miércoles, 11 de mayo de 2011

Un par de cosas

La primera es que este sábado estaré en Sevilla, España, dando una charla dentro de las jornadas Textropías, organizadas por el I+CAS (Centro experimental y tecnológico para la cultura y las artes de Sevilla). Según el programa, hablaré de esto: "La literatura actual se encuentra, desde antes de la llegada del libro electrónico, en un proceso de ensanchamiento o expansión que el ebook ha llevado a su punto álgido. Letra, imagen y ahora sonido e imagen dinámica están compartiendo el espacio antes conocido como “texto”. El objeto de esta ponencia es pensar hasta qué punto los textos literarios pueden ser concebidos como obras de arte y tratados y analizados como tales". Hablaré también de otras cosas, claro.


La otra es dar noticia de que ha aparecido un volumen titulado
Redacciones, publicado por la nueva editoral vallisoletana Caslon:

http://caslonlibros.com/2011/04/redacciones/

Es un libro valiente, que presenta a cuatro jóvenes (en algún caso, jovencísimos) pensadores? Ernesto Castro, Jara Calles, Miguel Espigado y Raúl Quirós, que hacen aportaciones de valía a sus diferentes campos.

El libro lleva prólogo de un servidor, del que rescato un párrafo:

Sería complicado buscar nexos de unión entre ellos, aunque creo encontrar uno: la preocupación por el concepto de reconocimiento. Sea desde la estética (Castro), desde la teoría literaria (Calles, Espigado) o desde la práctica interartística (Quirós), en cada uno de los ensayos aquí recogidos se aborda en algún momento la cuestión de los procesos de reconocimiento. El reconocimiento social es una parte del proceso constructivo de la identidad muy complejo, aunque apuntaremos al menos que “una persona o un grupo es reconocido mediante la aplicación de determinaciones de cualidades o atribuciones de identidad que son experimentadas por las personas o los miembros del grupo como restricción del espacio de juego de su autonomía” (Axel Honneth, “El reconocimiento como ideología”, Isegoría nº 35, julio-diciembre 2006). Por cuanto algunas de las prácticas examinadas en este libro rozan el concepto de lo lúdico, de una u otra forma, no es impertinente la mención a la restricción, un concepto que ha dado sus buenos frutos estéticos, desde las restricciones oulipianas a las memorables The Five Obstructions (2003) de Lars von Triers y Jørgen Leth. Las limitaciones al concepto de novela (Espigado), a la subjetividad espejeante (Castro), a la literatura tecnológica (Calles) o las innúmeras reducciones del campo de batalla a que obligan las prácticas cinematográficas y editoriales actuales (Quirós), enmarcan un espacio gongorino de batallas de amor y campos de pluma (o de campos literarios de Bordieu), en los que el sujeto contemporáneo deriva sus quiebras y quiebra sus derivas, dejando un rastro en el camino. Las obras artísticas son parte de ese rastro de época que estos autores cazan desde la libérrima aeronave teórica de su pensamiento en marcha.

1 comentario:

Francisco Daniel Medina dijo...

Vicente, comentas que en, Redacciones, el nexo de unión quizá más evidente entre los diferentes autores que integran el ensayo, es la alusión desde distintos ángulos al asunto del reconocimiento. Pues bien, dicha afirmación (y mi simpatía por la provincia de Úbeda y sus cerros) me ha llevado directamente a pensar en Erich Fromm y en su ensayo El miedo a la libertad. En él su autor nos dice hasta el hartazgo que el principal mal del hombre moderno es que, conforme avanza en el proceso de individuación, se va quedando más solo y más desprotegido ante un destino incierto que puede depararle todo tipo de sinsabores. En la Edad Media, por ejemplo, ese problema no existía ya que una suerte de determinismo radical –e inentendible desde nuestras mentalidades contemporáneas- eximía al hombre de numerosos quebraderos de cabeza: el individuo nacía teniendo una determinada posición social que implicaba la dedicación a una determinada tarea dentro de la cadena productiva, y no tenía que preocuparse de nada más y carecía por tanto de la necesidad de escoger y de la ansiedad e incertidumbre que suele ir aparejada a ella. Pues bien, una vez que el individuo se libera de ese sistema cerrado y claustrofóbico (pero al mismo tiempo seguro) y empieza a ser dueño de su propio destino, de manera que lo que consiga o deje de conseguir dependerá tan solo de sus méritos, es cuando empieza a forjarse un individuo egocéntrico y cuando empieza a adquirir sentido el concepto de fama y la búsqueda de reconocimiento por parte de los otros. Podemos decir que se da una resistencia por parte del individuo a asumir y aceptar la propia desaparición que conlleva la muerte. Entiendo que la fama es el mecanismo que encuentra el individuo egocéntrico de perdurar y de incluso sobrevivir a la propia muerte. De todos modos, para mí, el asunto del reconocimiento se explica a groso modo desde un planteamiento muy básico y eminentemente biologicista. El reconocimiento satisface en nuestras sociedades una serie de necesidades tanto materiales como emocionales: por tanto, el patrimonio que nos reporta es sumamente adaptativo. Entonces buscamos el reconocimiento a toda costa ya que éste se ha convertido en un fin en sí mismo y no en una consecuencia más o menos deseable de… Desde mi punto de vista, la necesidad de fama y de perduración en la memoria de generaciones venideras únicamente tiene sentido desde un egocentrismo exacerbado, ya que cuando tú te sientes parte de un conjunto, te sirve con el simple hecho de que dicho conjunto persista, aunque tú no vivas ni para verlo ni para contarlo. Pero hoy día hemos llevado esa necesidad de fama y de trascendencia a su máxima expresión. Ahora, y esto sí es irme por los cerros de Úbeda, me viene a la cabeza David Summers y algo que, según le oí decir una vez en una entrevista con la que me tropecé accidentalmente mientras hacía zapping, le dijo su padre: en esta vida hay dos tipos de hombres, los que van al cine a ver una película y los que hacen películas y yo te recomiendo que seas de los primeros. Pues bien mi teoría es que, cada vez más, tanto para bien como para mal, todos queremos hacer películas pero algunos –y esto es lo curioso del asunto- no tanto porque les apasione el cine sino porque se mueren por asistir como invitados a la gala de los Goya. De todos modos, se trata de un asunto arduo que no se puede ventilar de manera solvente y airosa en un post. Con respecto al primer asunto de tu post, el relativo a la conferencia en Sevilla, te diré que, cada vez que se habla de mezcolanza entre la escritura y otras disciplinas, es como si algo se revolviese dentro de mí ya que suelo ser bastante purista al respecto y todo lo que no sea negro sobre blanco hace que me rechinen un poco los oídos. Nunca he sido demasiado amante del Crossover. Aunque bien es verdad que todos los puristas del flamenco se llevaron las manos a la cabeza cuando Camarón gestó La leyenda del tiempo. Un abrazo, Vicente, y buen fin de semana en la capital hispalense.