Iván Repila, El niño que robó el caballo de Atila;
Libros del Silencio, Barcelona, 2013
Jesús
Carrasco, Intemperie; Seix Barral,
Barcelona, 2013.
Gracias a Miguel
Ángel Hernández Navarro, quien comentó en Facebook que estos dos libros tienen
puntos de contacto, los he leído seguidos, uno a continuación del otro. El
resultado de esta lectura conjunta es muy enriquecedor y surgen de ella algunas
conclusiones interesantes. La primera es que, a mi juicio, la narración
contemporánea más sugerente es aquella que rompe la rígida estructura del
melodrama y explora otras fórmulas de comunicación con el lector. Creo que por
eso Intemperie, de Jesús Carrasco, sin
dejar de ser una brillantísima novela, me ha interesado menos que El niño que robó el caballo de Atila, de
Iván Repila, nouvelle que me ha
parecido honda, inquietante y efectiva. Intemperie
es un western clásico, puesto por
escrito con enorme calidad literaria y un saber constructivo notable tratándose
de un debut narrativo. El libro de Repila es literatura simbólica y salvaje,
como la de Rafael Pinedo o Juan Rulfo, menos premeditada y virtuosa pero que se
impregna en la memoria y en las tripas. Su lectura otorga ese aldabonazo en la
escarcha de la mente que Kafka requería para la literatura. Como mero ejemplo:
“La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable” (El niño que robó el caballo de Atila, p. 95).
Los dos
personajes centrales de las novelas tienen muchas cosas en común: son niños; no
se explicitan sus nombres ni apenas circunstancias personales; vienen de
familias infernales de las que quieren librarse; sufren hambre, miedo y
privaciones durante toda la obra que les generan similares delirios y deliquios
visionarios (como perseverar en su forma de huida hasta dar la vuelta completa
al mundo: “Si no puedo salir por arriba, saldré por debajo. Aunque tenga que
atravesar el mundo como un gusano”, El
niño que robó…, p. 117; “como mucho, daría la vuelta al mundo para volver a
toparse con el pueblo”, Intemperie,
p. 23; esta idea ya estaba presente en Nadie
conoce a nadie, de Juan Bonilla); y su imaginación feraz se opone a la
barbarie inhóspita de su entorno. También tienen sueños o visiones donde ven el
interior de su cerebro como un espacio vacío (El niño que robó…, p. 107; Intemperie,
p. 46), metáfora con la que ambos autores describen las opresoras cárceles mentales
en las que viven. Ambos chicos se arrojan a la intemperie de la existencia
humana de la más cruel y desgarrada de las formas, y ambos aprenden a utilizar
la violencia después de sufrirla: la venganza más atávica late en el final de
las dos novelas.
El motivo por el que el lector empatiza a la perfección con ambos niños ya lo explicó Jonathan Franzen al hablar de Robinson Crusoe: “leer acerca de las soluciones prácticas a los problemas del hambre, la intemperie, la enfermedad y la soledad es sentirse invitado a entrar en la narración, a imaginar qué haría uno si se encontrara aislado de una manera siimilar, y a medir su propia resistencia, recursos e ingenio práctico en comparación con los de él". (J. Franzen, Más afuera; Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 38-39.)
El motivo por el que el lector empatiza a la perfección con ambos niños ya lo explicó Jonathan Franzen al hablar de Robinson Crusoe: “leer acerca de las soluciones prácticas a los problemas del hambre, la intemperie, la enfermedad y la soledad es sentirse invitado a entrar en la narración, a imaginar qué haría uno si se encontrara aislado de una manera siimilar, y a medir su propia resistencia, recursos e ingenio práctico en comparación con los de él". (J. Franzen, Más afuera; Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 38-39.)
También hay
conexiones de tono y estilo: el tono brutal y despojado se alterna en ambas
novelas con párrafos o frases más elaboradas, como demostrando que la economía
de medios es un recurso estilístico intencional y no una carencia. Queda claro
que la parquedad y el laconismo no son característicos de esta nueva narrativa
tardomoderna, de la que hace poco vimos otro ejemplo, el de Rubén Martín
Giráldez. Por el contrario, estos nuevos autores tienen un estilo fuerte,
sólido, rico, cimentado en la tradición y bien temperado, que nada tiene que
envidiar al de sus mayores. Intemperie tiene
otro elemento valioso: la recuperación (que ya habían hecho en distintos
momentos Azorín o Delibes) del léxico rural, llenando la novela de términos
como ataharre, serón, albardas, creosota, etc., raras ya de encontrar en el uso
cotidiano del idioma.
En resumen,
dos novelas excelentes y necesarias, entre las que no hay que elegir. Es deber
del lector atento leer las dos.
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[Relación con los autores: ninguna. Relación con Libros del Silencio: ninguna. Relación con Seix Barral: es mi actual editorial de narrativa]