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sábado, 21 de mayo de 2011

Cuatro (distintas) voces





Marta Agudo, 28010; Calambur, Madrid, 2011

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Frecuencias que sin rozarse construyen la veracidad de un mapa

Marta Agudo

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28010 es un código postal de Madrid. No les descubro nada si comento que un código postal hace referencia a una demarcación geográfica, el lugar donde una ciudad (o un mito, pues Madrid es para algunos –entre ellos para mí– un mito además de una urbe) deja de ser abstracta para convertirse en algo concreto, cartografiable. Marta Agudo realiza una operación similar en este poemario, haciendo que algo abstracto (un nombre, Marta), se convierta en algo endiabladamente concreto mediante una operación de lenguaje. El propósito es, ni más ni menos, “volver a generar una sintaxis que no tenga filiaciones” (p. 46), una propuesta adánica que no cae en la ingenuidad de la pretensión de pureza original, sino en la desolación de la busca de un asidero existencial operativo, de un comienzo o recomienzo plausible.


“Wagner alzó las cejas. Él sostenía que no saber nombrar las cosas es no entender su esencia, y si algo le molestaban eran las cosas confusas”[1], dice un personaje de Ignacio Vidal-Folch cuya sensibilidad parece muy similar al “personaje” Marta que protagoniza 28010: “Me llamo Marta. Me llaman Marta. Fui bautizada en escenarios sin dueño hasta que mis ojos fueron, poco a poco, dilatándose en ficciones” (p. 13). Este comienzo, un poco a la manera del Call me Ismahel de Moby Dick, abre la puerta a lo que es una construcción total de subjetividad, una fascinante operación poética de articulación de un yo plausible a través de la lengua, de la lengua poética en este caso. Reminiscencias rimbaudianas tratadas con ironía (poemas “de vocales” donde no hay correspondencia entre la letra elegida y su supuesto continente); consideraciones platónicas (cratilianas, para ser precisos) sobre la relación entre las cosas y sus nombres; apelación a un nuevo eje de coordenadas vital (fonética, sintaxis, geografía, secuencia) que sucede al habitual de norte, sur, este y oeste: todos los citados son recursos utilizados por Agudo para generar ficcionalmente un mapa subjetivo, en el que “Marta”, como el distrito 28010, abandona su inconsistencia para devenir sustancia, sujeto, emoción. Es decir: no estamos ante una técnica autoficcional, ante una autoficción poética, sino ante una refundación identitaria.


Agudo se sirve de dos elementos que conoce teóricamente muy bien: el fragmento y el poema en prosa, para utilizarlos en la dirección habermasiana, reconstituyente del proyecto incompleto de Modernidad. Veo este propósito moderno en el hecho de que la autora se cuida mucho de permitir la entrada a la entropía posmoderna: Agudo sujeta de modo férreo el poemario a 4 partes de 11 textos cada una, lo que indica una matemática voluntad estructural, una determinación del proyecto de no perderse. Agudo le pone calles al discurso. Es ella la experta en este tema y no yo, pero me arriesgo a decir que su propósito ha sido utilizar la fragmentariedad no cómo fácil referencia al astillamiento subjetivo del yo contemporáneo, sino como método perseguidor de una unidad intelectual, construida more gramático, a través de una conceptualización lingüística. Me explico: lo mismo que da consistencia al sujeto, el deletreo crítico de su nombre (véase página 21), da consistencia al poemario: el fragmento es también un deletreo, es pronunciar la totalidad por partes.


Agudo ha creado, con un lenguaje eficaz, elaborado pero nunca hermético, un poemario de una complejidad psicológica y conceptual admirable, ambicioso pero accesible, gracias a su sencilla dificultad, a todos los públicos lectores de poesía, si es que hay más de uno.

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Pedro A. González Moreno, Anaqueles sin dueño; Hiperión, Madrid, 2011

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Este poemario de González Moreno se instala en una temática que tiene ya cierta, por no decir bastante, tradición, cual es la escritura sobre poetas suicidas[2], y sobre los topónimos conocidos de esta morbosa psicogeografía (aunque se cometa algún pequeño error, como Mirabau por Mirabeau, p. 29). González Moreno tiene habilidad para versificar y consigue puntualmente buenas imágenes, pero su poética depende excesivamente (a mi juicio, claro) de los epígrafes incluidos de los poetas a los que aborda o de la poética de los mismos. Así, la heterogénea voz poética de Anaqueles sin dueño se vuelve tenebrosa cuando habla sobre Trakl, simbólica con Celan, surrealista cuando habla de surrealismo, o despojada si visita a José Agustín Goytisolo. El autor demuestra buenas dotes de adaptación, pero a este crítico no le interesa tanto la capacidad ventrílocua de un poeta como, más bien, su capacidad para tener una voz única y singular. Una singularidad discursiva que no tiene que ser la misma en todos los poemarios pero que es lógico que, al menos, califique por completo cada uno de ellos. Anaqueles sin dueño está cuajado de ilustraciones y amplificaciones de tópicos culturales y de retóricas conocidas, mejor resuelta que en otros practicantes habituales de la glosa poética (de los cuales González Moreno se diferencia en que el texto previo no un pretexto, sino un punto de partida para llegar a otra costa). A su favor, hay que decir que tiene algunos poemas acertados y un buen tono medio que no defraudará a lectores de poesía metaliteraria de corte confesional, lectores que no escasean en nuestro país.


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Francisca Aguirre, Detrás de los espejos; Fundación Centro de Poesía José Hierro, Getafe, 2011.

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Poeta tardía, que publicó su primer libro en 1972, Aguirre pertenecería por edad a la llamada generación del 50, con la que comparte algunos temas y preocupaciones, si bien

la extraña coherencia de su lírica la ha mantenido en un espacio aparte y propio. Machadiana, reflexiva sin hermetismos y buscando –en ocasiones, quizá con demasiado ahínco– la sencillez de lectura, su poesía tiene tonos autobiográficos, que la han hecho muy popular entre lectores de una edad similar a la suya. Aunque no es el tipo de poesía que más me gusta, hay que reconocerle a Aguirre la capacidad de expresar y comunicar la meditatividad vital, y su compromiso con un modo humanístico y cercano de leer y contar el mundo. El Centro de Poesía José Hierro ha editado esa antología, gracias a la cual quienes no han leído a Aguirre pueden tener una buena introducción a su obra. Reproducimos un poema de su primer libro, Ítaca:

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EL EXTRAÑO

(Hay un extraño que visita mi hogar.

Viene a las mismas horas en que él solía venir.

Habla un parecido lenguaje, aunque con acento distinto.

No sé de dónde viene, cuánto tiempo piensa quedarse.

Me trata con afecto y a veces con ligero cansancio.

Le preocupan mis cosas —sabe mucho de mí—.

Pienso que debe ser amigo suyo,

pero sin duda es un amigo desleal:

presiento que lo odia.

A mí me asusta todo esto.

No sé cómo lo he de tratar,

cómo habré de decirle que no es ésta su casa.

No quisiera llegar a ofenderlo:

hay demasiado parecido en él con el otro, que amo.

Y cuando está callado hasta yo misma los confundo.

Estoy muy asustada:

tengo miedo a que se quede para siempre.

Porque si éste se queda

yo sé que nunca más volverá el otro.)

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Martín Rodríguez Gaona, Codex de los poderes y los encantos; Olifante, Zaragoza, 2010.

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No es necesario hacer un análisis de este libro porque la excelente introducción de Manuel Rico nos ahorra el trabajo. Sólo me gustaría valorar el cambio drástico que ha sufrido la poesía de Rodríguez Gaona (Lima, 1969), que ha pasado de las indagaciones posmodernas, ácidas pero aún optimistas, de sus libros anteriores (de los cuales he leído Efectos personales; Ediciones de Los Lunes, Lima, 1992, y Parque infantil; Pre-Textos, 2005) a la sombría meditatividad de este Codex de los poderes y los encantos. Libro que, sin embargo, tampoco renuncia a juegos de intertextualidad posmoderna: en cierto modo se presenta a sí mismo como una rescritura de las crónicas indianas del Inca Garcilaso y de Felipe Guamán Poma de Ayala, desde una postcolonialidad distanciada y crítica. Rodríguez Gaona emplaza su experiencia (o, como bien dice Rico, la de su yo poético) en el mismo lugar que los antiguos cronistas: una escritura situada en un continente que intenta explicar o explicarse el otro. Ni la España ni el Perú de entonces son los de hoy, parece decir amargamente el autor, pero el dolor es el mismo. Una escritura reflexiva y de corte autobiográfico, marcada por “la situación humana” (p. 19), que se enmarca, como sus libros anteriores pero de forma muy distinta, en un atractivo y singular espacio de la poesía actual en castellano:

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Seres y objetos están en movimiento, mezclándose

y cambiando,

apareciendo y desapareciendo, plegándose,

despegando. Las frases se funden, viajan

y se pierden unas en otras.

El amor es un intercambio de lenguas.

¿Quién busca quedarse inmóvil

si puede alcanzar los límites, tocar el horizonte,

su barco ebrio, explorar las líneas de la costa?

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[Relación del crítico con los autores: con Marta Agudo y Martín Rodríguez Gaona, cordial; con Francisca Aguirre y Pedro A. González Moreno, ninguna. Relación con las editoriales: ninguna con ninguna de ellas]


[1] Ignacio Vidal-Folch, La cabeza de plástico; Anagrama, Barcelona, 1999, p. 26.

[2] Tradición que tiene numerosos antecedentes, tanto en la poesía española, como en la extranjera: así, véase el poema de Brecht sobre el suicidio de Walter Benjamin, o también J. M. Caballero Bonald, “Dualismo”, en Manual de infractores, Seix Barral, 2005, p. 133; Olvido García Valdés, “Umbrío…”, en Caza nocturna (Ave del Paraíso, Madrid, 1997); Ramón Bascuñana, “Alejandra Pizarnik medita su suicidio”, en Impostura; Asociación de Escritores y Artistas Españoles, Madrid, 2006; Teresa Barbero, “Poemas a un suicida”, en Prisión de los espejos; Bartleby, Madrid, 2005, pp. 55ss; y Juan Gil Albert, “Nocturno”, en Poesía completa; Pre-Textos Valencia, 2004, p. 539. Véanse también el poema sobre Kostas Karyotakis de Julio César Jiménez en La sed adiestrada; Ayuntamiento de las Palmas de Gran Canaria, 2008; el poema a Gregory Corso de José Antonio Martínez Muñoz, en Traiciones; Ediciones Felices, Murcia, 2009, p. 45, así como mi poema “Fado para náufragos”, incluido en Nova (2003); véase también el número 3 de la revista Vacaciones en Polonia, titulado “Suicidios y literatura”, y el ensayo de Toni Montesinos, El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (March Editor, Barcelona, 2005).

lunes, 5 de julio de 2010

Algunas novedades variadas

Comento algunas novedades editoriales que han aparecido en sellos diversos y que pueden resultar interesantes por distintos motivos.

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El primer libro es un regalo, y nunca mejor dicho, porque el autor ha querido hacerlo de libre descarga para todos los interesados, gratuito y únicamente sujeto a licencia Creative Commons. Su autor es el filósofo José Luis Molinuevo, y su título es Retorno a la Imagen. Estética del cine en la modernidad melancólica (Archipiélagos, 2010). Retomando el proyecto de su fabuloso blog “Pensamiento en imágenes”, cuyo enlace podréis encontrar en la sección de links a la derecha, Molinuevo se propone un regreso a lo real de las imágenes en ciertas películas que a su juicio entran de lleno en lo que denomina “modernidad melancólica”. A su juicio estas películas se presentan saturadas de interpretación, cubiertas de una cáscara pseudofilosófica que a veces diluye su significación, en vez de aclararla. Esa sobresignificación puede enturbiar, según el profesor de Estética, la recepción de unas imágenes que en su momento hacían de su despojamiento conceptual y su aproximación ontológica al espacio el eje de su fuerza (disculpen el brutal resumen de un concepto explicado por Molinuevo durante decenas de páginas). Su discurso es, por tanto, reintegrador y no expansivo, intentando relocalizar qué podría ser lo real estético en esas cintas, que forman parte del mejor legado cinematográfico occidental: Stalker, Fata Morgana, La mirada de Ulises, Blow Up, La Jetée, El cielo sobre Berlín, Blade Runner, El año pasado en Marienbad y un largo y exquisito etcétera. Para terminar, quería hacer énfasis en algo que no suele comentarse en este tipo de ensayos, pero que Retorno a la Imagen es capital: lo magníficamenente que está escrito el texto, la calidad literaria con la que Molinuevo va engarzando imágenes e ideas. Un lujo al alcance de todos. Podéis descargároslo aquí:

http://www.box.net/shared/c0m6yyo66o

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Francisco Rico, Jordi Gracia y Antonio Bonet Correa (eds.), España Siglo XXI. Literatura y Bellas Artes; Fundación Sistema, Madrid, 2010.

Es este un libro ambicioso, de casi mil páginas y numerosos autores, incluido dentro de un proyecto general titulado “España Siglo XXI”, dirigido por Salustiano del Campo y José Félix Tezanos. Este volumen, número 5 del proyecto, Literatura y Bellas Artes, está coordinado por Francisco Rico y Jordi Gracia para la parte de Literatura, y Antonio Bonet Correa para la sección de Arte. La parte literaria del volumen intenta ser una revisión amplia de los fenómenos acaecidos en la última parte del XX y principios del 21, desde la narrativa al teatro pasando por la poesía, el ensayo, la historia y la filología. Cerrando el volumen y el período en estudio hay un artículo mío titulado “Letras sin imprenta. Ciberliteratura, blogs, narrativas cross-media”, con los siguientes epígrafes, por si es de vuestro interés: “Ciberliteratura y cibercultura. Internet como medio creativo. Internet como medio transmisor o soporte de literatura tradicional. Internet como material. Otros ciberespacios: videojuegos y narraciones ‘cross-media’. Bibliografía”.

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Pilar Baumeister, Wir schreiben Freitod... Schriftstellersuizide in vier Jahrhunderten; Peter Lang Verlag, Frankfurt am Main, 2010.

Pilar Baumeister es una escritora de origen español residente en Alemania, autora de libros de poesía y ensayos. Ha publicado este curioso ensayo sobre literatura y suicidio, cuya traducción sería Escribimos muerte voluntaria... Suicidios de escritores durante cuatro siglos. Mi alemán no da toda vía para leerlo, pero quería dejar constancia de la salida del volumen porque en su momento, tuvimos en este blog un largo debate sobre escritores suicidas. De aquel debate tomó Baumeister alguna nota y por eso estoy o estamos, según me cuenta, entre los agradecimientos del libro. Transcribo la nota de prensa de la editorial traducida al español, por si alguien está interesado:

“Intentar una introducción para historias de suicidios sería seguramente absurdo. Sólo en medias res, bajo el peso total de la acción y quizás retrospectivamente sea posible comprenderlas de la manera más apropiada.» El presente ensayo recoge datos biográficos de 423 escritores y escritoras que se quitaron la vida en un período desde 1609 (John Suckling) hasta 2008 (con los más recientes suicidios de Thomas M. Disch, Hugo Claus, David Foster Wallace, Miroslaw Nahacz). Este libro no tiene en absoluto la intención de una evaluación moral, no es ningún reproche contra los incapacitados para vivir, ni tampoco quiere clasificar a la mayor parte de los afectados bajo el término de locos y seres maniático-depresivos, como son nombrados superficialmente con demasiada frecuencia. En lugar de ello, la autora investiga las circunstancias y motivos de esta situación tan extrema que todos comparten. Toma como ejemplos entre otros: parejas que se suicidaron, familias con varios suicidas, subrayando el lugar, la fecha, los acontecimientos y el instrumento para matarse; agrupa los suicidios según edad, sexo, nacionalidad y motivos; por razones políticas (el recuerdo de torturas sufridas), por un amor desgraciado, fracaso profesional, ineptitud de los métodos psiquiátricos o por culpa de enfermedades físicas graves (el derecho a la autonasia fue reclamado por Arthur Koestler). La autora, que es a su vez escritora, quiere denunciar deficiencias en la sociedad –despertar interés por la última obra de sus colegas antes del suicidio y crear una corriente de proximidad hacia sus vivencias, especialmente hacia las 77 autoras. La culminación de su proximidad está en su diálogo ficcional con ellas en el último capítulo.

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Marta Agudo y Jordi Doce han reunido en Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente (Abada, 2010) a numerosos poetas, estudiosos y críticos alrededor de la figura de José Ángel Valente, uno de los poetas e intelectuales españoles más valiosos de los últimos tiempos (o uno de los pocos escritores españoles universalmente valiosos, según se mire). Según la nota editorial, Pájaros raíces es “un acercamiento poliédrico, de facetas diversas pero complementarias, que permite indagar no solo en la naturaleza de esta obra sino en su intenso potencial de impregnación. La herencia creadora y crítica de esta escritura se halla presente, en mayor o menor medida, en la obra de todos los autores cuyos trabajos aquí se recogen, testimonio inequívoco del lugar central que Valente ocupa en la poesía en lengua castellana del pasado siglo y de su capacidad para generar líneas de tensión creadora y de diálogo crítico”. Un servidor colabora con un ensayo titulado “Desierto contra espejo. Por qué Valente tenía que ser mejor”, que es menos polémico de lo que parece, si bien lo que hace oportuno y necesario el volumen son las contribuciones, por orden alfabético, de Jordi Ardanuy, Marcos Canteli, Daniel Casado, José Martía Castrillón, José María Cuesta Abad, Rafael-José Díaz, Diego Doncel, Manuel Fernández Casanova, Agustín Fernández Mallo, María José Flores, Pilar Fraile, Eduardo García, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Isidro Hernández, Amalia Iglesias, Julián Jiménez Heffernan, Alejandro Krawietz, Francisco León, Antonio Lucas, José Antonio Llera, Juan Carlos Marset, Antonio Méndez Rubio, Luna Miguel, Eduardo Moga, Vicente Luis Mora, Luis Muñiz, Marianela Navarro Santos, Antonio Ortega, María Ángeles Pérez López, Julio Pérez Ugena, Carlos Peinado Elliot, Jaime Priede, Raúl Quinto, María do Cebreiro Rábade Villar, Goretti Ramírez, Esther Ramón, José Luis Rey, Jorge Riechmann, Ada Salas, Vicente Valero, Joan de la Vega, Javier Vela, José Luis Zerón Huguet e Ibon Zubiaur. Sólo Valente podía concitar un plantel tan variopinto; si no han leído aún su obra, no duden en hacerlo.

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El último libro que quiero recomendar, aun antes de terminar de leerlo, es la novela El ladrón de morfina (451 Ediciones, 2010), de Mario Cuenca. No sé todavía si le haré o no reseña, pero estoy viendo cosas excelentes que justifican las decenas de críticas muy elogiosas que están apareciendo en las últimas semanas sobre el libro. A modo de muestra, me gustaría reproducir uno de los muchos párrafos a cuyo margen he puesto signos de admiración:

En la guerra, convendrás conmigo, una especie de luz de alarma se mantiene prendida en el fondo del pensamiento, una parte del cerebro sigue escuchando las explosiones que reverberan al fondo de la noche, los bombardeos y las astillas de bambú, y casi puede uno ver esas astillas saltando por el aire, ingresando en la piel de los muchachos, y casi se escuchan los gritos y las pisadas de las botas sobre los charcos congelados, Dios sabe si de agua o de sangre o de orina. Hay prendida una pequeña luz al final del pensamiento, siempre alerta, tal que una lucidez de fondo, como si bajo el nivel del sueño hubiera otro nivel aún más profundo en el que el cuerpo continuara de guardia. Tus ojos, mientras duermes en la guerra, se mueven persiguiendo las cosas que se desplazan dentro del sueño, sino al ritmo del estruendo de fuera, de la realidad de fuera, una realidad en sesión continua, una sesión continua de horror, en la que los muertos caminan agarrando una cuerda muy larga, haciendo una columna muy larga que se pierde en las narices de la noche. Eso no es dormir. Eso es saltar de la guerra a la guerra, pasando por la fiebre.

(pp. 118-119)