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sábado, 31 de diciembre de 2016

Videorreseña de varias novedades literarias


Hay dos vídeos; tardan unos segundos en abrir, después de pinchar en el enlace. Cada vídeo comenta los libros de las fotos que suceden a los enlaces; todos los libros han sido publicados en editoriales independientes o alternativas:

http://www.screencast.com/t/iYD4txdqvY23 :





http://www.screencast.com/t/kWMAAwIN :






[Relación con los autores: ninguna, salvo con Cantavella y Cebrián, cordial. Relación con las 8 editoriales: ninguna.]

domingo, 24 de agosto de 2014

Dorothy Tse y Mercedes Cebrián





Dorothy Tse, Snow and Shadow; East Slope Publishing, Hong Kong, 2014.
Mercedes Cebrián, El genuino sabor; Random House Literatura, Barcelona, 2014.

It is the writer’s language that should be described as floating as well, a language that is in between.
Dorothy Tse


A primera vista podría decirse que estos dos libros no tienen mucho en común. El de la hongkonesa Tse es un libro de relatos de corte surrealista, mientras que El genuino sabor  de Mercedes Cebrián es una novela de realismo naif (luego abordaré qué sea esto). Pero al ahondar en los dos títulos surgen insospechados puntos de contacto entrambos. Para comenzar, el tremendismo fantástico (y también naif) de Dorothy Tse –poblado de personas que se arrancan miembros, o de padres que se decapitan para poner su cabeza en el cuello de su hijo, que ha perdido la suya durante una noche toledana–, resulta extraña y conmovedoramente realista para describir las brutalidades que nos suceden con nuestros semejantes más próximos. Para seguir, el falso costumbrismo de Cebrián revela la parte fantástica de nuestra realidad, volviendo ajeno lo familiar, tal y como se aprecia en un apunte sobre los postres exóticos: “tras ese aspecto tan amigable, tan de buñuelo o natillas caseros que esos postres tenían, se agazapaba un idioma incomprensible a todos los niveles. Eso era de verdad lo extranjero: aquello que a primera vista parecía familiar de tan inocuo pero que, al abordarlo, resultaba brutalmente ajeno” (El genuino sabor, p. 18). Y la mención al idioma, sobre todo en lo tocante al idioma del entorno familiar, abre otro punto de contacto entre los dos libros, justo en el cual se cuece la almendra de lo narrado: la identidad extraterritorial.

*

Los cuentos de Tse, excelentemente traducidos del chino al inglés por Nicky Harman, están ambientados en Hong Kong, localidad natal de la autora. Eso significa que Tse es china aunque nació inglesa; como saben los lectores, el 1 de julio de 1997 la pequeña región situada en el delta del Río Perla dejó de ser parte de la Commonwealth para pasar a control chino. La esquizoide situación cultural de la ciudad se ve clara en películas de Samson Chiu, Fruit Chan, John Woo o Andrew Lau, autor de la cinta en que se inspiró Scorsese para Infiltrados[1], y los efectos de la división cultural son palpables también en el libro de Tse, originalmente escrito en chino. En un texto difundido por Iowa University, titulado “Writing Between Lenguages”, Tse describe cómo los hongkoneses crecieron con el dialecto chaozhau, pero han tenido que aprender luego el mandarín para relacionarse con la metrópoli, y mientras tanto responden los correos electrónicos en inglés: “para nosotros, merodear entre lenguas es también deambular entre diferentes roles e identidades”. Y luego hace esta declaración: “La literatura de Hong Kong tiene una tradición de resistencia al lenguaje de la vida corriente. Su lenguaje, altamente experimental, es una estrategia para distinguir un trabajo literario de otros comerciales o de entretenimiento (Hong Kong’s literature has a tradition of resistance to the language of daily life. Its highly experimental language is a strategy to distinguish a literary work from an entertaining and commercial one)”, aserto que podría sentar las bases para hablar de los relatos de Tse (escritos en chino culto en un ambiente chaozhau e inglés) como literatura menor, en el sentido deleuziano: “Una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor. De cualquier modo, su primera característica es que, en ese caso, el idioma se ve afectado por un fuerte coeficiente de desterritorialización”[2], que en este caso es más política o simbólica que geográfica; asimismo tiene la obra de Tse la tercera característica (valores referidos a lo colectivo), aunque es más discutible la existencia del segundo requisito, ya que en ella no “todo es político”, aunque alguna lectura realizada sobre su obra, como la del profesor Leo Ou-fan Lee, entiende que los cuentos son una elaborada metáfora de la peculiaridad hongkonesa. Sea así o no, estos relatos son también fábulas existenciales que, bajo la capa de fantasía, esconden un desgarro vital; así puede leerse el retrato brutal de esa madre que, viendo que su hijo no duda en amputarse miembros a cambio de sexo con prostitutas, vacila, con el dinero en la mano, si utilizarlo para conseguirle más mujeres al chico o quedárselo para pagarle un funeral decente cuando muera, optando por esto último (p. 72). Sería difícil describir el mundo narrativo de Dorothy Tse; una posibilidad sería imaginar el imposible punto medio entre Kafka, Chuck Palahniuk y Miranda July. En todo caso he disfrutado sin medida de estos cuentos libérrimos y terribles, en los que una mujer que siente crecer la muerte dentro de sí puede decir, eufórica: “At least, it’s a fresh new feeling” (p. 169), y unas chicas pueden donar sus cuerpos para que sus huesos le den consistencia a los muros de un rascacielos en construcción; unos cuentos que acogen imágenes de desconcertante y cruel belleza, como cuando la narradora del relato “Monthly matters” describe lo que hace su padre con su hermana embarazada:

Los ojos de los transeúntes caen sobre nosotros como hojas sacudidas de un bosque lleno de árboles. Mi padre extrae el cuchillo del vientre de Mui Mui y se retira un par de pasos. Todos esperamos a que algo suceda pero Mui Mui simplemente cae al suelo, sin emitir ni un gemido, como una estatua muy erosionada que se desmorona sobre el polvo. Entonces sólo queda el aire, como en una película muda, con todas las cosas deviniendo una pintura monocroma. La lluvia parece flotar en medio del vuelo, emitiendo el sonido tartamudo de la estática de las pantallas de televisión. (p. 130)

No se angustien, Mui Mui no muere. Los personajes de Tse siguen viviendo a pesar de sus amputaciones, transformaciones o metanoias, como esa princesa que vive durante años atrapada dentro un bloque de hielo (“Snow and Shadow”).

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A juicio de Mercedes Cebrián, la identidad en el extranjero es algo maleable y blandengue, una ontología no líquida sino plasmática, similar a las gachas (imagen querida para la autora, que sostuvo durante años el blog Gachas at Tiffany’s), ligada al uso flexible e irrespetuoso de los idiomas: “Almudena le explica detenidamente su idea de lo blandengue internacional, de la sensación de estar flotando en un líquido amniótico para adultos, de ser ella misma parte de un enorme tofu conversacional en una o más lenguas siempre plagadas de errores e imprecisiones, errores que acaban provocando vaguedades análogas en el trazo, en la rotulación del propio yo” (p. 107). Y justo en este último aspecto, la asunción de los problemas identitarios, es donde no acabo de comprender algunos reparos puestos a la novela de Cebrián, a la que he visto acusada de falta de solidez en los personajes. Creo que, precisamente, la ausencia de solidez de los personajes, denunciada por ellos mismos con amargura, conscientes de vivir “en una transición casi crónica” (p. 141) es uno de los temas esenciales –y mejor tratados– de la misma, conectando con otros libros de Cebrián como Mercado común (2006); no en vano titulábamos nuestra reseña de aquel libro “La vida portátil”, como portátil es la subjetividad de la protagonista: “Empaquetar sus objetos es para Almudena empaquetar su propio yo (…) y esperar, bien embalada, a que la necesiten en el belén viviente de alguna otra ciudad” (p. 132). Esa identidad “gachosa” de los extraterritoriales, de quienes viajan por trabajo y no encuentran su lugar en el exterior, debatiéndose entre la falta de arraigo del país de bienvenida y el distanciamiento cultural hacia su propio país de origen, está retratada a la perfección en El genuino sabor, vinculada a la expresión idiomática y al andar entre lenguas característico de los extraterritoriales, y me parece uno de los mayores aciertos del libro.

El realismo naif de Cebrián consiste en abordar la realidad desde un punto de vista acerado, profundo e incisivo que, en apariencia, se presenta como ligero y superficial. De ahí que su aparente “transparencia” pueda ser malentendida, y su “facilidad” esconde la terrible precisión del niño que grita que el emperador va desnudo. No niego que El genuino sabor es un libro que quizá no tiene grandes ambiciones artísticas y que parece conformarse con enfocar una lente microscópica sobre comportamientos individuales y sociales, pero arroja sobre ellos una luz desusada y necesaria, ofreciendo una imprescindible mirada al bies de nuestra sociedad y nuestro tiempo. Es verdad que la de Cebrián es una literatura poco propicia a la angustia de los “grandes temas” y sin agón con lo sublime, pero también es cierto que por eso mismo carece de la enfermedad de los constructores que Thomas Bernhard denunciase en Corrección, y no intenta imitar a los Maestros antiguos –como le sucede a muchos otros escritores, sin éxito alguno en el empeño–; por ende, gracias a libertad que ella se ha arrogado, su obra puede definir su propio campo de expectativas y renuncias, dentro de un sistema estético que, de puro original y diferente, sin ella no existiría. Intento decir que la literatura española sería más predecible y limitada sin Mercedes Cebrián.

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“La ciudad flotante 浮城es una imagen comúnmente aceptada, introducida por Xi Xi 西西en su famoso relato breve escrito durante los años ochenta, que toma prestada de una pintura de René Magritte, para describir la situación entre medias de Hong Kong. (…) es una ciudad que cuelga en el cielo entre las nubes de arriba y el mar de abajo –que son, respectivamente, China y Gran Bretaña–”, escribe Tse en el ensayo antes citado. Y uno de sus personajes cree que el edificio donde vive es un barco, toma pastillas para el mareo y cada vez que se levanta por la mañana piensa que ha llegado a una orilla distinta (“Blessed Bodies”). Si la ciudad planetaria que está materializando la globalización es flotante (gachosa, blanda pero diferente del líquido, un objeto sin raíces desplazándose sobre una superficie en movimiento, como apuntase Slavoj Zizek acerca de la barca con que termina la película Children of Men), pocas escritoras tan avispadas y finas como Dorothy Tse y Cebrián para describir lo que está sucediendo en ella.



[Relación con Dorothy Tse y su editorial: ninguna. Relación con Literatura Random House: ninguna. Relación con Mercedes Cebrián: cordial.]


[1] Véase Nuria Álvarez Macías, “Historia del cine de Hong Kong”, en http://thecult.es/secciones/cine-clasico/historia-del-cine-de-hong-kong.html
[2] Gilles Deleuze y Felix Guattari, Kafka. Por una literatura menor; Ediciones Era, México D.F., 1978, p. 28.

Foto:
Hallway, 2008 from In Between, by Julia Fullerton-Batten

viernes, 21 de enero de 2011

Tres modos de reconstrucción del tiempo

¿

¿Por qué no dejar pasar lo que hemos vivido, por qué tener que escribirlo?

Patricia de Souza

La memoria es un barco que se hunde y que exige una continua disciplina de rescate.

Ismael Grasa, De Madrid al cielo

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1. Tom McCarthy describe en Remainder (Residuos; Lengua de Trapo, Madrid, 2007), excelente novela de la que hablamos en este blog en su momento, cómo una persona que ha devenido millonaria decide rescatar un déjà vu y reconstruir en un edificio londinense un instante, una sensación, vivida muchos años atrás. Millones de libras, varios turnos de albaniles, grupos de actores y un equipo decolaboradores son puestos al servicio de este capricho recreativo que encuentra su segunda parte en la reconstrucción de otro instante, en este caso el atraco de una entidad bancaria. El protagonista dice en un momento dado: “¿Por qué había decidido trasladar la re-creación del robo al banco mismo? Por la misma razón que había hecho todo lo que había hecho (…): para ser real; para volverme fluido, natural, para cortar el desvío que nos aleja de la ruta fundamental de los sucesos, impidiéndonos tocar su esencia” (p. 266).

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2. Patricia de Souza, Tristán; Altazor, Lima, 2010.

La narradora que cuenta en primera persona la historia de Tristán elabora un ejercicio de recuperación de memoria que a veces parece el exorcismo de una antigua relación amorosa con un joven llamado Tristán, a veces una extrema necesidad vital de recordar y a veces un ejercicio literario de memoria dirigido a la perduración: “mi amor por él, me ha demostrado mi necesidad, mi deseo de trascender, la duración del tiempo y su extinción” (p. 61). A medio camino de varios géneros, entre lo autoficcional, lo ficcional (así parece deducirse del final de la primera parte) y lo autobiográfico, Patricia de Souza (Cora Cora, Perú, 1964) intenta en realidad reconstruirse por oposición (“no sé construir si no es por oposición”, p. 81), enfrentándose al reflejo del amor perdido, estableciendo a su través la propia identidad. En la parte final la autora confiesa la labor de muro de carga que la presencia masculina ha tenido en su trayectoria personal, y por ello no es raro que Tristán, esa figura que parece en parte real y en parte fabulada sea el hilo conductor de la reconfiguración memorial.

El libro es también, por otro lado, un exordio sobre la importancia que la literatura ha tenido en todo ese periplo, sirviendo como el instrumento verbal que configura el recuerdo: “¿Por qué no dejar pasar lo que hemos vivido, por qué tener que escribirlo?” (p. 63). Es la misma pregunta a la que Ricardo Piglia respondía hace poco, al aclarar que sólo recuerda de su pasado lo que ha quedado de él en su diario. En este sentido hay que destacar la honestidad e inteligencia de la última parte del libro, más próxima al ensayo que a la ficción: “La historia no se escribe sola, tenemos que reescribirla siempre, con nuestros propios instrumentos, con nuestro lenguaje. Recordar ciertos episodios, llenar los espacios en blanco, esa escisión ontológica entre pasado y presente, que es como saltar un charco de agua sucia para alcanzar del otro lado la luz” (p. 94). Según he podido leer en la web, la autora ha declarado en alguna ocasión que a ella lo que le interesa es decir[1] y no tanto preocuparse por el género en que lo hace, configurándose sus obras como una reflexión del discurso femenino. Tristán se incardina de lleno en esa definición, a mi juicio de un modo muy inteligente y preciso, configurándose también como una forma profunda y extrema de preguntarse sobre la posibilidad de la construcción literaria de la memoria.

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3. Mercedes Cebrián, La nueva taxidermia; Mondadori, Barcelona, 2011.

Mercedes Cebrián, una de las autoras jóvenes que nos han parecido siempre más interesantes, publica en este volumen dos nouvelles cuyo tema en común sería la identidad. La segunda de ellas, Voz de dar malas noticias, es una elaborada reflexión sobre la ventriloquía como modo de expresión de la propia subjetividad y del yo como máscara; en otro lugar volveremos a ella. La que nos interesa hoy aquí, en cuanto forma extrema de reelaboración de la memoria, es la primera novela corta, Qué inmortal he sido, planteada de un modo semejante al de Remainder, la novela de McCarthy. En la narración de Cebrián el propósito es similar: reconstruir veraz y materialmente un momento del recuerdo personal de la protagonista. El primer trabajo de la narradora es seleccionar “el evento que merece ser reconstruido” (p. 17), en este caso una fiesta algo “noña, sí –gente de treinta, de cuarenta y tantos” (p. 18), que tuvo lugar en casa de una amiga, y luego seleccionar algo más importante: el instante que debe ser recuperado: “no caigamos en el error de recrear sus restos apagados, lo que ve la anfitriona al día siguiente (…) Se trata de reconstruir la fiesta en el momento en que su nombre no ha sido aún estrenado: los ceniceros limpios, las copas impolutas sin manchas de pintalabios, la bandeja de pasteles todavía intactos (…) y nosotros, los recién llegados, igualmente intactos y con la sensación de merecernos algo extraordinario” (p. 19). Después comienza su “proyecto de recuperación”, constituido como una “pequeña empresa para recuperar situaciones vividas” (p. 29), a partir de sus recuerdos y de algunas imágenes rescatadas de esa fiesta. Para tantear las posibilidades recrea primero, con cierto éxito, el dormitorio del novio que tenía cuando cumplía 19 años, y de esa primera experiencia extrae ya una conclusión: “una vez emprendida la reconstrucción han de asumirse todas las consecuencias, como en la investigación policial de un asesinato, como en un psicoanálisis en condiciones” (p. 37; v. también p. 47), una reflexión que también podía extraerse, aunque no de forma explícita, de la novela de McCarthy, donde los protagonistas llevan hasta el final las posibilidades recreativas de la trama. La protagonista de Cebrián lleva a cabo un complejo proceso de búsqueda de objetos, telas, muebles, etc., que permitan la total suplantación del espacio en un semisótano, en un proceso que dura meses. La trama se completa cuando aparece por sorpresa la anfitriona de la fiesta real, y contempla perpleja una reconstrucción al natural de su propia casa. Dejemos a los lectores saber por sí mismos qué sucede entonces.

La diferencia con la novela de McCarthy es que mientras el protagonista de Remainder perseguía la mera reconstrucción espacial del recuerdo para contemplarlo y lograr la reviviscencia artificial del déjà vu, la heroína de Qué inmortal he sido quiere también volver a ser la de entonces para recrear la experiencia por completo, encarnándola. Es decir: el protagonista de Remainder es un espectador, la narradora de Qué inmortal he sido es en puridad una viajera en el tiempo, que se traslada mediante la reconstrucción virtual –entendiendo esta expresión en un sentido “analógico”– de la situación vivida. De ahí que decida perder peso, recuperar la ropa descartada y volver a cortarse el pelo según el estilo ya desfasado que por entonces lucía, generándose en ella diversos mecanismos de recuperación física de la identidad anterior. Uno de los personajes de Remainder dice que la “meta final” del recreador parece ser la de “acceder a una especie de autenticidad a través de extraño residual sin sentido” (p. 261); en el caso de Qué inmortal he sido la legitimación es muy otra; en realidad se conforma con una innecesariedad de justificación y viene dada por el hecho de que, incluso en el proceso normal de rememoración, “tampoco queda claro si el recuerdo es una mera suma de fotografías, anécdotas, objetos y bandas sonoras de un acontecimiento, o si es más bien de índole sinérgica y la suma de todo lo citado no da ni por asomo un resultado equivalente a la escena rememorada” (p. 16). En la obra de McCarthy, sus caracteres creen en la fidelidad del recuerdo, y por lo tanto en la posibilidad de la restitución del sentido, en el sentido apuntado por T. S. Eliot en sus Four Quartets. En cambio, Cebrián es posmoderna pura, entiende que el recuerdo es en sí una falsificación más, de modo que la reconstrucción espacial de un episodio acontecido con anterioridad no es menos arbitraria y legítima que la que aparece “en una pantalla como de cine de verano improvisada en mi propio cerebro” (p. 15) en forma de remembranza. Para su personaje ni siquiera existe la palabra autenticidad, lo que le permite operar con toda libertad y sin ninguna cortapisa de índole moral. Como vemos, difícilmente son rastreables experimentos más extremos de recuperación del pasado que los descritos en esta novela breve de Cebrián, incorporada a un volumen de nouvelles más que recomendable.

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[Relación con las editoriales reseñadas: ninguna. Relación con los autores reseñados: con Tom McCarthy y Patricia de Souza, ninguna; con Mercedes Cebrián, escasa y cordial]


[1] “No escribo pensando en que voy a hacer un cuento o una novela, simplemente escribo”, entrevista en Barcelona Review.

sábado, 21 de abril de 2007

Mercedes Cebrián y la vida portátil

Mercedes Cebrián: La vida portátil


M. Cebrián, Mercado Común; Caballo de Troya, Madrid, 2006




No era infrecuente hasta ahora que la poesía abordase nuestro entorno próximo: las ciudades, las calles, las infraestructuras de comunicación: desde los trenes de Machado a los aviones de la poesía reciente, pasando por los coches de Salinas o Marinetti, el medio de viaje siempre se ha incorporado al imaginario poético. Lo que no es habitual es que la mirada de un poeta se centrara en los no-lugares definidos por el sociólogo Augé, esas grandes zonas impersonales y destinadas al tránsito, como aeropuertos o zonas francas, donde pasan media vida los ejecutivos que cierran tratos y visten trajes ingleses, los funcionarios del Mercado Común que, más allá de la anécdota europea, hay que leer con dimensiones de cosmovisión. Para Cebrián, el planeta no es más que un gran Mercado donde las franquicias son los nuevos cruzados y sus centros comerciales los nuevos templos (“abrieron un IKEA / en Jerusalén”), y donde el “desplazamiento” de la “vida portátil” es el tegumento clave del sistema, que posibilita su supervivencia, al reunir toda la mano de obra disponible, perdida en la confusión de lenguas: “padecemos diásporas, símiles de diásporas; / padecemos también lo laborioso / de la empresa de hablar”. Los ciudadanos actuales, como expusieran Maffesoli y Attali, son nómadas libres, difuminadas sus cualidades psicológicas, étnicas y nacionales en un perenne derivar por trabajos y países. “Bouvard y Pécuchet –decía el Deleuze de La isla desierta– son la primera pareja planetaria. Es cierto que hoy hemos perfeccionado la errancia, y es como si ya no tuviéramos necesidad de movernos”
[1]. Esa errancia (“oremos por nuestros pasaportes”, p. 29), esa “vida portátil” es el hilo conductor de este primer y sorprendente poemario de Mercedes Cebrián, una autora muy a tener en cuenta si sumamos a estos textos los relatos y poemas incluidos en El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya, 2004), libro con no pocos asuntos comunes con este poemario.

Entre esos puntos de contacto está, desde luego, el corrosivo sentido del humor. La poesía de Cebrián se escribe desde el punto de vista imaginario de una niña ficticia, tan naïf como cruel, que observa la realidad con una ingenuidad malvada dirigida a poner al descubierto las contradicciones culturales del capitalismo, por seguir el título de Daniel Bell. Un mullido gamberrismo (“será la garra suave”, pedía Miguel Hernández, y Cebrián la tiene) da aliento al poemario: “nunca una despedida amplia / en el aeropuerto de la provincia”; o: “la población flotante no decide, no sabe / desde dónde le llegan los abrazos, el desamparo ocurre / en forma de regalo de empresa”. Huyendo del esteticismo, de cualquier clase de corrección, sin amparo en tradición española alguna (¿Gloria Fuertes + Arrabal?), con imágenes súbitas más propias de los nonsense poems de Lear o Carroll que de algún surrealismo, la poesía de Mercedes Cebrián era impensable antes de ella, es absolutamente singular y fascinante en su alejamiento de todo lo conocido y practicado en su entorno, con unos resultados poéticos que desbordarán a algunos lectores, que irritarán a otros y que no dejarán indiferente, desde luego, a nadie. No imagino qué otro poeta en castellano es capaz de escribir: “koala y pantuflas / pertenecen a un mismo y apacible / campo de la semántica”. Tampoco quién es capaz de disimular tanto dolor (y tanto horror) bajo la algarabía de celofanes azucarados, quién es capaz de interrogarse con tanta sutileza sobre la angustia de lo babélico, de lo globalizado, de lo español (“la España que raspa”, leemos en algún lugar). Mercado Común es un poemario de insólita ternura, un conjunto de preguntas mayúsculas escritas “en minúscula”, un poemario que expresa perfectamente la desolación personal y psicológica en un mundo atrapado por el deseo de alcanzar la felicidad a toda costa, ese objetivo adolescente y ñoño que sólo una mirada falsa y cruelmente infantil como la de Cebrián puede revelar y debelar: “de eso se trataba, de añicos, / de botellas vacías tras la fiesta, de reciclar / el vidrio”.


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Notas
[1] Gilles Deleuze, “Falla y fuegos locales”, en La isla desierta y otros textos; Pre-Textos, Valencia, 2005, p. 205.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Hamburguesas y poesía



Cada vez me interesa más ir uniendo aspectos sociológicos con los literarios; esta técnica aporta una saludable dosis de proximidad a lo real (sea éso lo que sea) y un acicate para no dejar de tocar suelo al hablar de poesía. Bien. En los últimos años he detectado una creciente presencia de McDonald’s y Burger King en los poemas publicados en España. Especialmente intenso es el tratamiento que Manuel Vilas dedicaba en Resurrección (2005) a sus visitas al McDonald’s en Zaragoza, hablando del poder “democrático” de obtener carne por tres euros. Y no es el único: Jorge Riechmann, desde una perspectiva radicalmente opuesta a la de Vilas, lo ha hecho en Poesía desabrigada (Ediciones Idea, Tenerife, 2006, p. 80) y Mercedes Cebrián, en un saludable e irónico punto intermedio, si bien más próximo a Riechmann, ha tocado también el tema, en un excelente poema, titulado “Contra la grasa, en vano”, incluido en su miscelánea de relatos y poemas El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya, 2004), de la que pronto hablaremos aquí.

Si hacemos caso a ciertos politólogos internacionales (lo que haremos ahora a título pedagógico, para partir de algún sitio), Estados Unidos quiere transmutar el antiguo poder inervador de la burguesía en el poder conservador de la hamburguesa. A juicio de ensayistas norteamericanos como Barber, Ritzer o Schlosser, las multinacionales de su país están desarrollando un proceso para hamburguesar al mundo. Su hipótesis se basa en que los fenómenos de todo tipo, ya sean culturales, económicos o sociales, tienden a la racionalización, y, como expresa George Ritzer (La macdonalización de la sociedad, Ariel, 1996), el paradigma contemporáneo de la racionalización formal es el restaurante de comida rápida. Su modelo (rapidez, flexibilidad, eventualidad laboral, franquicia como rápido sistema expansivo) se desarrolló geométricamente durante los años 80 (allí) y 90 (en Europa), y demostró velozmente sus aptitudes para desarrollarse sin límites en un mercado global. La receta es también aplicable a otros modelos de negocio típicamente norteamericanos, como el Nasdaq neoyorquino, el índice bursátil tecnológico más importante, que suma en importancia económica lo que todos los demás juntos. Leamos las razones expuestas por su directora, D. Davis, por las que este mercado se independizó físicamente de Wall Street, sede tradicional de la Bolsa neoyorquina: "Es imprescindible que el público nos vea, que tengamos un gran escaparate, porque tenemos muchos pequeños accionistas. (...) necesitamos un sitio popular. Cuanto más público, más nos conocerán, luego más venderemos". Como saben los lectores, ese sitio es... la calle. Los índices salen en Times Square, proyectados en gigantescas pantallas que pueden ver al año 458 millones de transeúntes. El autor del artículo de donde extraigo la información, Javier Martín, señala con perspicacia: "Los directivos del Nasdaq han copiado la estrategia del fast-food para popularizar el fast-stock. Hamburguesas y start-up tienen en común la riqueza en calorías y su alta volatilidad; y su público, que entra con la misma velocidad que sale". Así es, en efecto, porque ese es el modelo general americano. Dice Vicente Verdú en ese imprescindible ensayo para entender la metrópoli, El planeta americano:

La hamburguesa es algo más. Aparte de comportarse como alimento se comporta como documento. (...) Más allá de un simple negocio, McDonald's se ha desarrollado como un doble patriótico de Estados Unidos. (...) Una hamburguesa americana actúa como signo de un sistema cultural y cada local opera como un centro de propaganda incomparablemente más eficaz que los institutos oficiales. El ideal americano no busca conquistar el mundo en sentido duro, prefiere la dominación mediante la mímesis blanda de la hamburguesa.
Posteriormente se ha sumado a esta opinión Eric Schlosser con su libro Fast Food Nation (Fast food. El lado oscuro de la comida rápida; Grijalbo, B., 2002). Esta visión es exacta. Es el primer paso para entrar en el american way of life, tal como lo desean las multinacionales: el atontamiento, la aniquilación del individuo por el consumidor y del obrero por el elemento productivo, la sustitución programática (empresarial, ojo, no estoy hablando de “lo norteamericano” en abstracto, error metonímico en que muchos suelen caer) del ciudadano por el espectador. Como explica Schlosser, la hamburguesa es la muestra perfecta del universal deseo de gratificación instantánea, que busca el placer, la ebriedad o la curación aquí y ahora. "El exagerado consumo de alcohol y la casi universal prescripción de tranquilizantes por los médicos", que denunciaba el psicólogo Nicholas Cummings hace años, consecuencia de que nuestra sociedad farmacocéntrica "no tolera la tristeza, la enfermedad ni el dolor" (José Cabrera), contribuyen a generalizar la modorra mental hasta los límites del electroencefalograma plano.

Esto es lo que combaten, cada uno a su manera, Riechmann y Cebrián. Para el primero, lo interesante es destacar, desde la visión del “Intelectual meditabundo” (así se titula su poema), la perspectiva de mercantilización de la que, a su juicio, McDonald’s es el paradigma antonomásico: “pues me pagan / para que me deje comprar”. Pero reconozco que me encanta la versión crítica y malvadamente naïf de Cebrián en “Contra la grasa, en vano”, con que finalizamos:

(…)
Escuchad el chisporroteo descarado
de las patatas al freírse en
enormes cubetas
de nuevo orden mundial;
ajenas al lejano girasol, a la
bíblica oliva,
sumergidas en grasas de procedencia
innoble.

Grasa, a ti me dirijo: mírame
a los ojos con algo de
respeto
-es mi única compensación,
las dos tenemos claro que la flecha de
líneas discontinuas
acabará sin remedio en mi metabolismo,
produciendo
tejidos monstruosos.




Nota bibliográfica: Declaraciones de D. Davis: Ciberp@ís mensual 5/2000, p. 11. Verdú: El planeta americano; Anagrama, Barcelona, 1996, pp. 165-166. Ignoro si el título de este ensayoo de Verdú proviene del libro de Jacques Spitz, un escritor francés de literatura fantástica, que en La agonía del globo narra cómo América se despega del resto del mundo para formar un planeta independiente. “En cualquier caso, nuestras mocedades viven el patriotismo de la hamburguesa, se cuelgan de pepsi y rebeldía, y, queriendo ser globales, sólo son subciudadanos yanquis”; Francisco Umbral, “La hamburguer”, El Mundo, 19/1/2001. Según escribía en 1973 el gran teórico de la pulsión de gratificación instantánea, Konrad Lorenz, la intolerancia hacia el desagrado tiene como resultado “esa petición impaciente exigiendo la satisfacción inmediata de todos los deseos incipientes” (Los ocho pecados mortales de la sociedad civilizada; Plaza y Janés, Barcelona, 1973, p. 49), algo que Paulino Castells e Ignasi de Bofarull relacionan agudamente con la generalización de la domótica y la ley tecnológica del mínimo esfuerzo (Enganchados a las pantallas. Televisión, videojuegos, Internet y móviles; Planeta, Barcelona, 2002, p. 55). La de sociedad “farmacocéntrica” es una memorable definición de P. García Barreno en El Cultural de El Mundo, 21/3/2001. La cita de Nicholas Cummings está tomada de José Antonio Marina, Crónicas de la ultramodernidad; Anagrama, Barcelona, 2000, p. 132. “La gente quiere vivir en seguida, aquí ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo”; Gilles Lipovetsky, La era del vacío (1983), Anagrama, Barcelona, novena edición, 1996, p. 9.