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viernes, 29 de marzo de 2019

El debate entre Hermógenes y Crátilo


Sólo para especialistas universitarios, porque, por desgracia, el acceso a la revista no es libre sin coste, aviso de la aparición de este artículo sobre poesía.






Enlace a la revista:
https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/14753820.2019.1574374


Resumen del texto:

El artículo se propone aportar el concepto ‘cratilismo’ para resaltar algunas características metapoéticas presentes en la poesía española contemporánea. La distinción establecida en el Crátilo por Platón respecto a las dos concepciones del lenguaje, la consensualista de Hermógenes y la esencialista de Crátilo, se ha mantenido en el tiempo, estableciéndose durante dos milenios ambas posturas como polos del debate lingüístico primero y literario después. Tras varias evoluciones de la dialéctica entre ellas, en las que el romanticismo tuvo un lugar central, el cratilismo entendido como asociación ‘natural’ entre palabra y objeto designado ha solido encontrar refugio en la literatura, especialmente en la poesía. En el presente artículo se verán diversas manifestaciones a favor y en contra del cratilismo en poemas españoles contemporáneos, que tienen en común el uso de la retórica cratilista, ya sea de forma positiva o para desactivarla.


domingo, 10 de marzo de 2019

El tejido del lenguaje







El amor es como esas palabras
que no encontramos en el diccionario
Ada Salas, Descendimiento

 [Imagen de Arrival, vía]


Gran parte de la literatura —actual y antigua— parece creer en la hipótesis relativista de Sapir-Whorf, con antecedentes en la innere Sprachform de Humboldt, por la cual nuestra lengua determina el modo de pensar; una tesis vista desde el otro lado por Benveniste: “Interesante, en este sentido, es también la reflexión de Émile Benveniste sobre la relación entre pensamiento y lengua, por la cual podemos pensar tan sólo lo que podemos decir. De este modo, no sólo el pensamiento se ve encajado en las posibilidades (y limitaciones) del lenguaje sino también la percepción racional que tenemos de la realidad se ve afectada por la estructura de la lengua.” (Stefano Pradel[1]). Como Pinker señalara en su momento, este determinismo es intolerable por la confusión entre lenguaje en general y un idioma concreto en particular: exponemos sentidos y significados, más allá de la morfosintaxis individual o cultural. Pero esa visión de la lengua, aunque contradiga las teorías lingüísticas actuales y se oponga a los descubrimientos neurobiológicos[2], tiene un potente atractivo para antropólogos y para los creadores —no sólo escritores, recordemos la película La llegada (2016) de Denis Villenueve, donde la lingüista que protagoniza el film trabaja sobre las premisas de Sapir y Whorf para comunicarse con los extraterrestres—, por la inmediata identificación entre capacidad lingüística y poder de conocimiento y expresión, debido al continuo lexicalización-percepción establecido por Whorf. Desde estas premisas, cierta literatura aparece como una conformación exterior de la confirmación interior del mundo, un ejercicio de materialización, una creencia. Por eso me gustan los escritores que, en sus propias obras, alertan contra esta simplificación de las cosas, que tiene algo de solipsista. Porque, en su fondo, expresa ideas cortas de vuelo: no hay mundo si no soy capaz de concebirlo —como decía Einstein de Kant, según recuerda Stanislas Dehaene en su reciente ensayo En busca de la mente (Siglo XXI, 2018)—; no podría pensar en dos idiomas; si no puedo decir la cosa, la cosa no existe; los límites de mi lenguaje son los límites del mundo (Wittgenstein), etcétera.

Miremos más allá, porque, sin necesidad de llegar a los extremos de los realistas especulativos como Hartman o Meillassoux, es evidente que hay más cosas. Y se pueden enunciar desde un lenguaje literario autocrítico, consciente de sus limitaciones gnoseológicas, prudente, no autotélico, no ingenuo.

Berta García Faet, en La edad de merecer (La Bella Varsovia, 2015), escribe: “el caso es que toda educación sentimental es básicamente / lingüística»” (p. 89). Y Alberto Santamaría, comentando la propuesta lírica de la autora, observa: “El objetivo de esta poeta será la búsqueda de una nueva forma de construir lingüísticamente la identidad a sabiendas de que esa construcción siempre será frágil[3].

Por ahí van los tiros.

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[…] sin acertar a saciarme de tantas cosas sin nombre como deseaba […]
Rosalía de Castro[4]

Mariano Peyrou, a quien definí en su momento como uno de nuestros grandes poetas del lenguaje, continúa su indagación metalingüística (¿o metaliteraria desde el plano lingüístico?) en su novela Los nombres de las cosas (Sexto Piso, 2019). “Hay un hueco entre los nombres y las cosas. Un hueco secreto. Y los nombres lo van recorriendo, son lentos […] se van apoderando de las cosas” (pp. 125-126). La crítica de la correspondencia platónica entre los nombres y las cosas planteada en el Crátilo sustenta la semántica de la novela, mientras que la forma es una especie de mayéutica de 230 páginas donde los personajes (tres amigos) se enseñan o cuentan lo que saben a partir de la nominación de los conceptos empleados, prácticamente sin más armas discursivas que el diálogo.

La descripción de los protagonistas se hace, durante las primeras 150 páginas, casi exclusivamente a partir de lo que dicen. No hay descriptivismo naturalista, ni tampoco el narrador abunda en opiniones sobre sus amigos. Esta voz innominada que nos cuenta en primera persona los hechos —pues en Los nombres de las cosas no hay un argumento en sentido estricto, ha sido desmantelado por la trama— participa en las conversaciones desde la óptica menos predominante, pues sus amigos son Garzía (un director de cine) y Amundsen (un escritor) y el narrador los admira, prefiriendo un humilde segundo lugar, lo que no le impide cuestionar lo que dicen los demás, pero sin insistir cuando es replicado. Porque la personalidad de cada personaje también se revela en el modo de interrumpir el discurso de los otros —algo ya presente en De los otros, su anterior novela—. Peyrou plantea varios personajes, pero ninguna descripción física, ni apenas conductual, ni el narrador ofrece demasiadas perspectivas psicológicas. Todos, incluido el narrador, se presentan por lo que dicen: es su uso del lenguaje y su obsesión por los nombres de las cosas y su sentido último lo que los construye como entes perfectamente definidos.

*









María do Cebreiro, Los inocentes; Vaso Roto, 2019:



*


“El ascensor era una jaula y el techo estaba lleno de inscripciones y grafitis. ‘El lenguaje mata’, leyó Junior” (Ricardo Piglia[5]). Piglia, sobre Lacan (“la palabra mata la cosa”), quien a su vez lo tomó de Kojève, quien partió de Hegel:

Por lo demás, la palabra tiene una función negadora similar en Kojève. La diferencia entre el sentido, “o la esencia, el Concepto, el Logos, la Idea, etc.” del “perro” y la “palabra ‘perro’”, es que “la palabra ‘perro’ no corre, no bebe y no come” (Kojève, 1933-39: 372-373). En otras palabras, “en él, el Sentido (la Esencia) deja de vivir, es decir, muere. Por eso la comprensión conceptual de la realidad empírica equivale a un asesinato” (Kojève, 1933-39: 373).[6]


Por eso decía Hölderlin en una anotación fragmentaria de 1800 que “se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya”, frase que rescata Heidegger y que recupera María do Cebreiro para cerrar Los inocentes con una cita de Hölderlin y la esencia de la poesía.

*

El hermoso libro de Pascal Quignard, Las lágrimas, es una fabulación novelesca sobre el origen de un idioma en concreto, el francés, cuyo descubrimiento se convierte en una especie de orquestación épico-lingüística de potencia arrebatadora. Quignard retoma con sus personajes Hardnit y Nithard el arquetipo de los Gemelos Originarios —esa pareja gemelar que en numerosas culturas antiguas, incluso sin contacto entre ellas, está estrechamente anudada al mito de la creación del Universo—, un arquetipo sobre el que hemos escrito aquí. Quignard, conocedor de su potencia expresiva y de su naturaleza anticlimática, tan propicia para las narraciones épicas de base popular —llenas de personajes especulares (Hardnit el guerrero, Nithard el poeta) con destinos separados que vuelven a cruzarse llegado el clímax narrativo—, emplea el arquetipo también dentro de un contexto originario, pues uno de estos dos gemelos, obviamente Nithard, es el primero que hablará y escribirá la lengua francesa. Aunque Nithard o Nitardo y Hardnit parece que fueron realmente hermanos, nacidos bastardos —al menos eso dice la Wikipedia francesa—, entiendo que su condición de gemelos es una decisión narrativa de Quignard.

*

Inspirar con confianza y oxigenar el
signo; tu nombre, rostro invisible de
tu rostro, te sobrevive y siempre vuelve
otro, diferente de sí, trayendo días y raíles.

Mariano Peyrou, La sal (2005)

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Cepos / las etimologías.
David Leo García, Nueve meses sin lenguaje

En Los nombres de las cosas, los juegos del personaje narrador con Nico, su hijo, son muy similares a los que el protagonista de su novela anterior, De los otros (2016), tiene con otros niños, con los que juega a la vez que entre todos inventan su propia lengua y varían las nominaciones, acusando la arbitrariedad del signo lingüístico. Al jugar con los términos se devuelve el lenguaje a su estado de naturaleza, a la libertad de buscar un origen diferente al marcado por las etimologías. Los étimos no son ethos, sino pathos, parece decirnos Peyrou, que entiende la literatura como el modo de refundar lo que decimos —y lo que pensamos— con toda la libertad del homo ludens. Cada vez que pronunciamos una palabra pensando críticamente en su sentido la convertimos en neologismo.

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Relato de Lydia Davis:

THE LANGUAGE OF THE TELEPHONE COMPANY

“The trouble you reported recently is now working properly.”


*

Unai Velasco, en su prólogo de editor a Nueve meses sin lenguaje (Ultramarinos, 2018), de David Leo García, señala con exactitud algunos elementos de este libro de poemas del vate malagueño: en primer lugar, el desarrollo de los temas de Dime qué (2011), signo de una rara coherencia en una voz todavía hasta cierto punto joven; en segundo lugar, el ahondamiento de su preocupación por el lenguaje, pues “lo que ha sucedido es un cambio en la angulación de la cámara: un plano más cercado para la meditación del sujeto sobre las condiciones materiales de la enunciación” (Velasco, “Nota a la edición”, p. 6). En efecto, lo que antes era planteamiento, ahora parece fijación recurrente, pues la gestación aludida en el título y relativa al proceso de pensar lo que se va a decir ocupa buena parte de la semántica de los poemas de García, hábilmente encarnada en una forma autocuestionadora, vacilante, dialógica, interrumpida, sembrada de interrogaciones, polimétrica —esto es, que no se decide por ninguna opción de medida, cantando la métrica, probando el micro, como marcando la función fática de la lengua versal—.

“Inventar un idioma para titubear”, decía uno de los versos de Dime qué.

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Los personajes de Peyrou se interrumpen unos a otros, el de García se interrumpe continuamente a sí mismo.

*

En Fragmentos (Siruela, 2012), George Steiner nos recordaba que “tenemos que advertir la diferencia entre ‘hablar’ y ‘decir’” (p. 12). Un ejemplo clarificador lo tenemos en la novela de Peyrou, pues sus personajes, en sus inacabables charlas, nunca hablan, sino que dicen. Dicen y se responden, y aclaran sus respuestas y cuestionan las ajenas en cuanto enunciados lingüísticos, en un exhaustivo ejercicio de autoconsciencia idiomática que, aunque intenso y repetitivo, resulta ameno, cuando en otras manos podría ser una experiencia agotadora. Su minimalismo sí responde a un menos es más.

Arriesgando una interpretación para un libro especialmente impermeable a las lecturas únicas, entiendo que, a través del lenguaje, los personajes de Los nombres de las cosas no construyen una acción narrativa que avance, sino que la diégesis camina hacia atrás, porque la suma de sus palabras y conversaciones ilumina de modo progresivo el sendero trazado hasta el presente, su psicología y la historia menuda de sus pequeños hallazgos y grandes fracasos. En una frase interrumpida por otra voz, uno de estos tres amigos dice que la etimología demuestra que el sentido de las palabras está en el pasado. También el de las cosas, parece sostener esta novela, así como el de las personas. Los antecedentes, asimismo los familiares, especialmente la madre —el tema de fondo del hermoso último libro de poemas de Peyrou, El año del cangrejo—, también forman parte de ese pasado, de ese léxico vital que nos enuncia.


*
Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo.
Antonio Porchia, Voces

Una dimensión interesante del poemario de David Leo García es la metáfora de la pronunciación como muerte. Donde otros han puesto el punto de partida de la existencia —la palabra auroral, la expresión como apertura del interior al mundo—, García ve la cancelación del sentido primigenio, la pérdida del hallazgo: “Toda conversación es postcoital / pasar del arcoíris a la tintorería” (p. 21). De ahí que se pregunte “¿Cómo conozco / el gusto de la muerte // sin haberla probado / todavía? // ¿Qué me has hecho, lenguaje?” (p. 20). Como si el tránsito entre lo pensado y lo dicho fuese un desvanecimiento, una aniquilación; “Como el lenguaje, / edificado sobre puntos suspensivos” (p. 32), puntos que señalan la gestación, el girar de las palabras en el cerebro antes de ser decantadas, la paciencia del antes. La afasia, utilizada como recurso y símil en el excelente poema final, donde alguien aprende a hablar de nuevo, en forma de diario:



*

Quignard estudia en Las lágrimas el origen histórico de la lengua, que sabe datado en los Juramentos de Estrasburgo del año 842, y se da cuenta de que el personaje más atractivo del relato histórico no se cuenta entre los tres reyes hermanos que se disputaban el territorio galo tras la muerte de Carlomagno, sino en el portador de la mente que redactó los textos en latín, protogermano y protofrancés, creando “la piedra de Rosetta trilingüe de Europa” (p. 85). Un hecho histórico infinitamente más importante que el de los Juramentos, desde luego. Más adelante, hacia el final, Quignard llega incluso a remontarse al origen prehistórico del lenguaje, al momento de la primera emisión comunicativa, que fue el paso siguiente a la creación de litogramas y litoglifos por nuestros antepasados. Y es ahí, en esos diversos retornos, en las encarnaciones de la lengua, donde acontece la maravilla de este libro, cuya delicadeza estilística y narrativa procede de un envidiable prodigio de precisión y equilibrio.

Quignard es el futuro de la ficción, apunta la dirección de su supervivencia, pues lo que ocurre en Las lágrimas sólo puede ocurrir en un libro de literatura imaginativa. El lenguaje expuesto, diacrónica y sincrónicamente, como un tejido. Su presente, que habla del pasado de la especie humana, es nuestro futuro.



[1] Stefano Pradel, Vértigo de las cenizas: Estética del fragmento en José Ángel Valente. Valencia: Pre-Textos, 2018, p. 115.
[2] Véase José Luis Mendívil Giró, Gramática natural. La Gramática Generativa y la Tercera Cultura. Madrid: Antonio Machado Libros, 2003, pp. 217ss.
[3] Alberto Santamaría, "La imagen en el poema. Una proyección cartográfica de la poesía española reciente", en Versants. Revista suiza de literaturas románicas, n.º 64:3 (fascículo español), "La poesía española en los albores del siglo XXI", número editado por Itziar López Guil y Juan Carlos Abril, [pp. 67-79], p. 71.
[4] Rosalía de Castro, “Padrón y las inundaciones”, citado en María do Cebreiro, Los inocentes. Trad. Ismael Ramos. Madrid: Vaso Roto, 2019, p. 37.
[5] Ricardo Piglia, La ciudad ausente. Barcelona: Anagrama, 2003, p. 21.
[6] Thierry Simonelli, “Kojève o Lacan”, Verba Volant. Revista de Filosofía y Psicoanálisis, Año 4, No. 2, 2014, p. 84.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Diálogos entre poesía y tradición



Sí, todos los libros dialogan con la tradición, ya lo sabemos, pero algunos desarrollan esa conversación de una forma más significativa, más singular o más extrema. En estos meses coinciden en librería varios libros de poemas de este tipo. El primero sería Cual menguando (Tusquets, 2018), de Chantal Maillard, que dialoga con la obra dramática de Samuel Beckett, pero también con la propia obra anterior de Maillard (Hilos, 2006; y Cual, 2009) y, quizás, con la obra de Nietzsche a partir del personaje de Fiam[1]. Esta obra de Maillard merecería, como todas las suyas, un análisis complejo que no tengo tiempo, por desgracia, de realizar, por lo que prefiero remitir al lector al propio Cual menguando y a la inteligente lectura que Lola Nieto, ya involucrada en el proyecto multidisciplinar de Cual de 2009, realiza del libro aquí.


El segundo libro sería Ave, Eros (La Isla de Siltolá, 2018) de la poeta Ana Rodríguez Callealta (Cádiz, 1988), un libro de poemas que, si bien encuadrable en los últimos coletazos de lo que denominamos en su momento “poesía de la normalidad”, eleva el vuelo gracias a dos componentes de interés: el primero, la autoconsciencia brutal respecto a su condición discursiva, que impregna el libro de varias menciones más o menos explícitas a la teoría de la literatura y la lingüística; y, en segundo y más atrayente lugar para el lector no obsesivo, su diálogo irónico —dentro del respeto— con la tradición grecolatina, una tradición omnipresente, como es lógico, dentro de la poesía española contemporánea (véanse los estudios al respecto de Norberto Pérez, Vicente Cristóbal, Eva Álvarez Ramos, Jorge Fernández López, Luis Miguel Suárez, Pedro Conde y Javier García Rodríguez, Francisco Ruiz Soriano, etcétera), que la poeta gaditana sabe renovar y refrescar con una mirada libérrima y tan considerada historiográficamente como preñada de género y socarronería.



En Los privilegios reales (Pre-Textos, 2018) el poeta Alberto Carpio establece un fino y complejo diálogo entre las crónicas de Indias del siglo XVI y la actualidad, un diálogo en el que inserta algunas pistas amorosas y sociológicas que redimensionan esa tensión cronológica y de las que aventuraremos una posible explicación al final. Lo más característico de este atrevido libro de poemas es su intertextualidad, tan profusa y radical que casi roza las propuestas de poesía conceptual actualmente en boga en Estados Unidos, sin llegar a sus extremos. Entre sus páginas, sin más aviso de la intertextualidad que la conservación del español antiguo original, se insertan extractos de algunas cédulas o encomiendas reales, por ejemplo de Carlos I de Castilla (la de 26 de junio de 1523 en la página 63), o el Requerimiento de Juan López de Palacios Rubios de 1513 (pp. 34-35 del poemario), un texto, el del Requerimiento, destinado a leerse por mandato del emperador a los indígenas con los que se topaban los soldados españoles, para que se sometieran al rey y a la legislación indiana y canónica. Como explica Rafael Diego-Fernández,



El día 13 de junio de 1514, al pisar la tierra firme la armada comandada por Pedrarías Dávila, se mandó a Gonzalo Fernández de Oviedo que a los indios allí reunidos les leyera el dicho requerimiento. Más que de discusiones teológicas o políticas, suscitadas por la reflexión provocada en los escuchas por tan conmovedora petición, de lo que nos cuenta Fernández de Oviedo es de lo absurdo que resultaba leerles a los anonadados nativos, a gran distancia y en la lengua castellana -que por supuesto jamás en sus vidas habían escuchado-, el ingenuo documento del licenciado Palacios Rubios.[2]



Es decir, se inserta de forma deliberada un texto que plantea, amén de su problematicidad histórica, una dimensión palpable de imposibilidad de comunicación, de fractura lingüística. Un texto destinado a no tener respuesta en la otra parte.



También se incluyen como poemas en prosa fragmentos de la Historia de las Indias de Bartolomé de las Casas (por ejemplo, unas líneas del capítulo I del libro I en la página 33), o de la Brevísima relación del mismo autor (p. 39), o de la Historia verdadera de la conquista de la nueva España (p. 37) de Bernal Díaz del Castillo, o los “Presagios de la venida” (p. 36) de los informantes de Sahagún, recogidos en el libro XII del Códice Florentino, o extractos del cronista Guamán Poma (pp. 53 y 55), o líneas terribles de Vasco de Quiroga (p. 40). Otras veces se incluyen textos cuya intertextualidad es menos obvia, como los párrafos de Visión de los vencidos (1959), de Miguel León Portilla, transcritos en la página 38. Incluso en la página 53 se incluyen —creo— versos de la canción “My Favourite Dress”, del grupo The Wedding Present.



Junto a todos estos materiales ajenos, Alberto Carpio incluye poemas propios, claro está, completando el libro; poemas delgados y exigentes donde se mezclan dos tonos: uno hiperrealista, directo, casi feísta, y otro más elaborado, donde la suspensión de la sintaxis y las concordancias regala al lector una escritura rota que le descoloca y que, a mi juicio, ofrece los puntos álgidos de calidad de Los privilegios reales. Y es en ese adjetivo que hemos usado al principio del párrafo, ajenos, donde quizá podamos encontrar apoyatura para lanzar una interpretación, siquiera parcial, del libro. Los privilegios reales está escrito, como se nos explicita en la solapa, en Nueva York, durante una estancia de estudios académicos. Es decir, en América del Norte; es decir, está escrito en territorios anexos a los que sufrieron la conquista española desde 1492. En algunos momentos (pp. 56 y 59) se alude a la colonización y a la voluntad de no ser colono. Se habla de deudas canceladas y de invasiones en el poema liminar, y siempre, en todo momento, aparece la mencionada dialéctica textual entre los textos históricos y el hoy, entre el horror colectivo pasado y el horror individual presente. Hay una conversación con la tradición, con lo ajeno, escrita en una tierra ajena, donde el poeta extraterritorial ajusta cuentas con su propio legado y con el país donde ahora, de forma inversa, vive y se siente colonizado, en el que se siente esclavizado —salvando las lógicas y crueles diferencias, de forma meramente simbólica— por su modus vivendi. Observemos este instante, donde el libro dialoga, tanto literal como textovisualmente —respetando la cesura textual— con los Milagros de Nuestra Señora[3] de Gonzalo de Berceo (s. XIII):








La inserción (con un cambio a plural) del verso de Berceo, que mantiene su lozanía y brillo pese a los casi 800 años transcurridos desde su escritura, tendría varias finalidades: la primera, mostrar el aludido diálogo con la tradición; la segunda, estructurar el libro, pues Los privilegios reales tiene cinco partes: “Quantos aquí”, “Vivimos”, “En ageno”, “Encomienda” y “Moramos”. Así, la sección “Encomienda” está incrustada en el libro, casi como si invadiese la cesura versal, y las encomiendas y textos indianos que “colonizan” el libro son precisamente los que cumplen la tercera finalidad estratégica de la cita de Berceo: resaltar que también son “agenos” algunos de los materiales con los que el libro se construye, dándole voz propia a las palabras, haciendo buena la idea de que todo poeta escribe con la tradición —y más si es filólogo, como suponemos que lo es Alberto Carpio—.



En resumen, la lectura que proponemos de este libro retrata a su autor trasterrado en la antigua colonia, en situación de ajenidad lingüística, cultural y geográfica, ante recuerdos fragmentarios de la infancia (pp. 20-28), intentando encontrar un acomodo entre los dos continentes de su acervo (el actual y el proveniente de la tradición) y escindido en el uso de un lenguaje a veces descarnado y a veces deslenguado, desenraizado, con las estructuras gramaticales dislocadas, para aludir a su desajuste personal, a su desterritorialización, a su escisión interna, a su frustración personal en esos apartamentos en los que tantos otros han vivido antes y vivirán después, en los que nada es suyo y en los que “no hará hogar” (p. 67).



Se rompe el poema, se rompe la lengua y se rompe el sujeto. El resultado del intento discursivo de sutura o reunión de todos los pedazos es, sería, Los privilegios reales.

01/11/2018


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Blanca Llum Vidal, Aquest amor que no és u / Este amor que no es uno. Barcelona: Ultramarinos, 2018. Traducción de Berta García Faet.



Fray Luis de León, en el Prólogo de la Traducción literal y declaración del libro de los Cantares de Salomón, explica el mester de traductor de textos y sostiene que “El que traslada ha de ser fiel y cabal y si fuere posible contar las palabras, para dar otras tantas, y no más, de la misma manera, cualidad y condición y variedad de significaciones que las originales tienen”. Un propósito similar parece mover a Berta García Faet cuando traslada el poema de Blanca Llum Vidal, Aquest amor que no és u, que a su vez pasea sobre el fértil legado del Cantar de los cantares, tomando algunos de sus elementos como puntos de partida para hacer un poema de amor transversal, o de amor absoluto, como queramos definirlo —en el dudoso caso de que el asunto tenga o necesite definición—. El Cantar de los cantares es un texto extraño dentro de la tradición bíblica, según dicen los expertos, y, en el aspecto que a nosotros nos interesa, es un poema fundador, tanto por la estructura constante de símiles o comparaciones (que durante siglos o milenios regirá la poesía amorosa), como por la carnalidad anfibológica del lenguaje, como por el uso de imágenes que creo que podríamos llamar sin demasiado error “paleopetrarquistas”, escritas por un Petrarca idealizador avant la lettre:



8. A la yegua mía en el carro de Faraón te comparo, amiga mía.

9. Lindas [están] tus mejillas en las perlas, tu cuello en los collares.

10. Cercillos de oro te haremos esmaltados de plata.[4]



Las comparaciones del texto del Cantar suelen apoyarse en la naturaleza, especialmente en flores hermosas o en animales bellos o indispensables para la subsistencia humana, y esa comparación se hace de forma explícita, sin ahondar casi en lo metafórico, si bien siempre dentro de un sistema simbólico que el propio fray Luis de León trata de esclarecer en las “declaraciones” que añade a su versión.



Blanca Llum, como hemos dicho, no intenta en absoluto una traducción o versión libre del Cantar, sino que toma con “letra torcida” (p. 39) algunos de los elementos de esa tradición y los actualiza en un conjunto simbólico y metafórico más amplio, cuyas bases centrales son tres —un número relevante en la imaginería de este libro, según la propia autora—: En primer lugar, la transversalidad del sujeto que habla, que escapa de la forma dialogada original para crear un discurso de subjetividad polimórfica y cambiante —que, como es obvio, se corresponde con una idea de amor más amplia y diversa—; no en vano Blanca Llum cita en una entrevista[5] a Luce Irigay y su Ce sexe qui n’en pas un (1974, 1977), y recordemos que el poemario de Llum se titula Aquest amor que no és u. En segundo lugar, estamos ante un tratamiento poético donde comparaciones y metáforas mantienen su naturalismo, enriquecido con elementos oníricos y juegos de lenguaje, además de un ritmo peculiar que, como ya advierte el editor en su prólogo, es una de las características más singulares de la obra de Llum Vidal. En su nota de traductora, Berta García Faet —quien podría estar incluida en esta selección de diálogos entre poesía y tradición, por la brillante conversación que teje en su libro Los salmos fosforitos con César Vallejo—, la poesía de Blanca Llum es difícil de sacar del catalán original, por estar “estallada de giros antiguos, coloquialidad, paisajes concretos, temporalidades” (p. 64), lo que encuentra correspondencia en unos poemas —o capítulos de poema— trufados de ritmos diversos, con versos de arte menor y resabio popular (“Quan el sol es desplomi / i els ulls facin lloc a la nit, / buscaré el monstre petit / pels camins de les móres.”, p. 19) y otros fraseos más largos, de corte versicular, que quiebran el discurso y mantienen al lector siempre en guardia. La sorpresa es un elemento constante en la lectura; si hay algo parecido a un hilo narrativo en estos textos la autora gusta de tomarlo entre los dedos, enredarlo, retorcerlo, y llevarlo a imágenes diferentes, polisémicas, luminosas, que no sólo implican una resemantización y una reformalización del Cantar, sino un repensado integral del discurso poético a comienzos del siglo XXI, una declaración acerca de qué es hacer poesía amorosa en este lugar y en este tiempo, con una determinada lengua, la catalana: “i ara escullo cargol per dir néixer” (“y para decir nacer escojo ahora decir caracol”), no con la intención de lograr que las palabras parezcan nuevas, sino para dejar claro que, en efecto, lo son. El diálogo con los clásicos realizado por la buena poesía es una forma de paso atrás para tomar impulso, con la mirada siempre puesta en dar el mayor salto adelante posible.

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[1] Conjeturo esa posibilidad a partir de esta acotación de Carlos Javier González Serrano: «Nietzsche explicaba lo que, a su juicio, constituye el verdadero “ideal ascético”, aquello que se esconde tras esta expresión tan endiosada y ensalzada en la historia del pensamiento: “Mi respuesta es: al contemplarlo el filósofo sonríe a un optimum de condiciones de las más alta y osada espiritualidad, pero con ello no niega ‘la existencia’, antes bien, en ello afirma su existencia y solo su existencia, y esto hasta el punto de no andarle lejos este deseo criminal: pereat mundus, fiat philosophia fiat philosophus, fiam…!”, o lo que es lo mismo, que “perezca el mundo, hágase la filosofía, hágase el filósofo, hágame yo”»; C. J. González Serrano, “Mística, ascetismo y filosofía”, El vuelo de la lechuza, 24/02/2014, . Si viene de aquí, Fiam podría caracterizarse por una afirmación del ser y de la voluntad, frente al ser menguante de Cual; es decir: la conciencia frente a la simple existencia.

[2] Rafael Diego-Fernández Sotelo, “Mito y realidad en las leyes de población de Indias”; en Francisco de Icaza Dufour (coor.), Recopilación de leyes de los reinos de Las Indias. Estudios histórico-jurídicos. México D.F.: Porrúa, 1987, p. 220.

[3] Edición de Fernando Baños para la Fundación Ricardo Delgazo Vizcaíno, Barcelona, 1997, p. 7.

[4] Citamos por la versión de fray Luis de León publicada en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/cantar-de-cantares-de-salomon--0/html/01e17fb4-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_2_.


[5] Anna Maria Iglesia, “La forma amatorial son siempre formas amatorias”, Librujula, http://www.librujula.com/entrevistas/2269-la-forma-amatoria-son-siempre-formas-amatorias.


[Relación con los autores: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna con Ultramarinos y Tusquets, Pre-Textos y La isla de Siltolá han publicado libros míos]