jueves, 19 de julio de 2007
¿Generación? ¿Nocilla?
¿Generación? ¿Nocilla?
Bueno, este va a ser un post largo, de hecho va a tener hasta índice:
A. Vicente Luis Mora: ¿Generación? ¿Nocilla?
B. Respuestas de Eloy Fernández Porta
C. Respuestas de Jorge Carrión
A. Vicente Luis Mora: ¿Generación? ¿Nocilla?
El Cultural de El Mundo de hoy (19/07/07) publica un artículo titulado “La generación nocilla y el afterpop piden paso”. Desde el suplemento se nos propuso la semana pasada una serie abierta de preguntas a una serie abierta de personas (hay algún escritor a quien ni siquiera conozco), que intentamos contestar cada cual como pudimos. Me parece muy interesante el artículo, que demuestra una muy saludable curiosidad (sólo compartida por Culturas, de La Vanguardia) por intentar adentrarse en una serie de jóvenes y valiosos narradores (me excluyo) que tienen en común… Bueno, pospongamos qué puedan/podamos tener en común. Desde luego, avanzo que tienen en común el hecho de que casi todos acaban o acabamos de publicar un libro, y teniendo en cuenta que un periódico es una estructura editora de actualidad, ese hecho debería tranquilizar a algunos no citados. Como digo, la postura del artículo es muy saludable. Lo que ocurre es que, como es natural, no es posible acertar de pleno en todas las cosas, sobre todo cuando se quiere hablar de muchas cosas en muy poco espacio, y eso va tanto por el suplemento como por los mismos autores consultados. Quizá aquí, con más espacio, es el lugar de explicarse. A mí me toca puntualizar algunas cosas con las que es normal que esté en desacuerdo, porque ya las he manifestado antes, porque ya había expresado la opinión en (disculpen la publicidad) La luz nueva (Berenice, 2007), mi ensayo sobre narrativa española actual. Ahí había dicho cosas que se enfrentan a otras postuladas en el cuestionario, de modo que es normal que las recuerde:
a.a) No soy posmoderno. No he dicho eso nunca y, si alguna vez me he metido a mí mismo en alguna de mis etiquetas críticas, ha sido en la de “pangeico”. Si la pregunta es: “¿entre escritor tardomoderno o posmoderno, qué preferiría que le considerasen?”, la respuesta sería: “escritor”.
a.b) En el artículo se habla de que estos autores publican en editoriales independientes. Bueno, en parte es así, pero se aclara más la situación global si se dice que hasta seis de los quince escritores citados, casi la mitad, han sido publicados por Berenice. Creo que ése es un dato que dice, por sí solo, bastantes cosas.
a.c) No es exacto decir que en el Atlas literario celebrado en Sevilla “los autores de este grupo arremetieron, según los presentes, con ironía e incluso violencia, contra los otros narradores tardomodernos”. Lo hicieron algunos. Yo no sólo no lo hice, sino que en La luz nueva hablo, creo que muy elogiosamente, de no pocos de estos escritores tardomodernos.
a.d) ¿Por qué no aparecen mencionados Diego Doncel, Mercedes Cebrián, Robert Juan-Cantavella, Salvador Gutiérrez Solís o Manuel Vilas? Tienen tantas o tan pocas razones para estar como cualquiera de los citados.
a.e) Me alegro de que por fin términos como “afterpop”, de Eloy Fernández Porta, o “tardomodernos”, concretado para este sector de la narrativa actual por un servidor, comiencen a cobrar carta de naturaleza. Los considero más exactos y abiertos a posibilidades críticas que “nocilla”.
a.f) Precisamente he dejado esa cuestión, la de fondo, para el final. ¿Generación? No, gracias. El otro día tuve el privilegio de hablar con uno de los mejores y más respetados filósofos orteguianos, o conocedores de Ortega, de este país, y decía que la categoría de generación literaria no tiene, en este momento, ningún sentido. Ni en otro tampoco, añado. ¿Nocilla? Hay dos posibilidades de uso de este término: si es sociológico, en el sentido de hablar de autores que de jóvenes tomaron nocilla, me parece una tontería, sin más. Si se usa, como creo y además parece deducirse de uno de los destacados del artículo, en relación a Nocilla Dream (Candaya, 2006), la novela de Agustín Fernández Mallo, entonces creo que deberíamos hablar más despacio. Repaso los nombres y no creo que varios de ellos tengan mucho que ver –por no decir nada– con las categorías estilísticas, referenciales o estructurales de Nocilla Dream. Esta novela, lo dije en este mismo blog, me parece demasiado singular hasta para parecerse a sí misma. Estoy deseando ver Nocilla Experience, la próxima entrega de la trilogía, para ver qué demonios se inventa el bueno de Agustín, porque cada libro suyo que he leído de poesía no se parecía en nada al anterior. Será curioso ver la nueva novela –o lo que sea, sigo sin tenerlo claro– y compararla con la anterior. De modo que el rótulo nocilla tampoco me parece apropiado.
a.e) ¿Pero hay algo? Es decir, ¿con otra denominación, con la palabra grupo en vez de generación, habría algo que uniese a estos –u otros– nombres? Bueno, creo que a esto contestaré en los comentarios. Ahora mismo me parece más interesante dejar la pregunta abierta. Veamos lo que piensan Agustín y Jorge:
B. Respuestas de Eloy Fernández Porta
1. ¿Existe la generación nocilla? (O, si lo prefieres, porque el término generación no te guste, el grupo...)
Lo que existe es un paradigma estético que responde a una condición social. Esta condición se ha llamado "implosión mediática", en el sentido de "exceso simbólico creado por los medios". El "afterpop" es la respuesta creativa a ese fenómeno. Este término designa un conjunto de fenómenos históricamente posteriores a la cultura pop, y también estéticamente superiores y estratégicamente oposicionales. El pop ha muerto: lo que queda ahora es una reconstrucción de la alta cultura realizada a costa de sus ruinas. Huelga decir que ese término no es nacional ni generacional.
2-¿Cómo surge, cuál sería su fecha de creación/fundación/ detección?
Surge por coordinación de actos e instituciones underground. Congresos de literatura como el de la Fundación Torrente Ballester, el Mapa Poético o Neo3 y revistas como Quimera, TBR o el antiguo Lateral.
3-Eres considerado uno de los del grupo Nocilla: ¿te sientes identificado? ¿Por qué?
Me gustan las líneas transversales, los conjuntos en intersección y las citas a ciegas. Me siento identificado con antologías de narrativa plurales como Golpes, Tripulantes o Mutantes, y con ideas como el "I+D literario" de Carrión o la "neopangea" de Mora. Ese membrete no lo había oído hasta ahora.
4- ¿Y con la etiqueta de Literatura zapping?
La idea más importante no es "cultura de masas" sino "archivo". La información que nos rodea constituye un archivo inestable; el autor afterpop lo cuestiona por medio de des-informaciones narrativas. El desinformador usa recursos como el terrorismo informativo, la erudición falaz o la histerización de datos aberrantes. El zapping, como operación sobre los datos, lo uso para saltar del anuncio de Master Card a Slavoj Zizek y explicar el primero a partir del segundo. No me dice nada, en cambio, si sólo sirve para pasar de un programa de cotilleo a un documental sobre bichos.
5-¿Qué rasgos distinguirían a esta generación?
Usar la crítica cultural contra el espectáculo, la abyección contra el kitsch, el sarcasmo contra el formalismo, la pornografía del dinero contra el erotismo del bienestar y el punk contra cierta cultura oficial de mal gusto. El punk nos interesa en el mismo sentido en que a Picasso le interesaba el arte tribal, es decir, como reacción pseudo-primitivista contra lo peor de la modernidad.
6-¿qué os diferencia de vuestros mayores?
Algunos creen que somos poppys. No es cierto. Yo sólo soy un puto intelectual europeo que encontró la nueva vanguardia en la superación crítica del pop. Conozco bastante gente que piensa igual. Los verdaderos poppys son algunos de nuestros mayores, que creen estar en los bosques de Heidegger cuando de hecho habitan las praderas de Disney.
7- Y de vuestros contemporáneos?
Prefiero buscar parecidos con artes afines a caer en el narcisismo de las pequeñas diferencias. Disfruto con el trabajo de músicos como 12Twelve, artistas como Francesc Ruiz, dibujantes como Keko y medios como Mondo Brutto.
8- ¿Tienes miedo de que los medios de comunicación intenten sólo convertiros en una etiqueta más de consumo?
Esa sería una preocupación demasiado humanista. Yo ya soy un objeto de consumo: vendo ideas, consumo relaciones, cotizo al alza o me devalúo, según. La sociedad de consumo es un conjunto de ficciones sobre el valor (económico, literario, personal). Yo añado a esas ficciones las mías propias, y procuro hacerlo con cinismo y salero.
C. Respuestas de Jorge Carrión
1-¿Existe la generación nocilla? (O, si lo prefieres, porque el término generación no te guste, el grupo...)
Los periodistas y los escritores trabajamos con palabras, tenemos que ser cuidadosos con ellas. El "boom" ya fue una etiqueta lamentable, no creo que poner "nocilla" en circulación sea una buena idea. Para comprender la literatura española actual se pueden encontrar términos bien definidos en los últimos libros de Vicente Luis Mora y de Eloy Fernández Porta. Que los lectores, y entre ellos los periodistas, encuentren esos términos, los comprendan, los analicen. Y después decidan cuál o cuáles usan. Como en cada momento histórico, en el nuestro hay creadores que tienen una sintonía "generacional", porque comparten referentes culturales, porque usan de modos parecidos las herramientas tecnológicas, porque han vivido experiencias históricas parecidas, y porque pese a todo eso apuestan por una escritura seria.
¿Cómo surge, cuál sería su fecha de creación/fundación/ detección?
La atención mediática a los autores nacidos en los años 70 que han empezado a publicar a principios de este siglo es reciente, pero las conexiones entre esas personas han sedimentado durante años.
2. Eres considerado uno de los del grupo Nocilla: ¿te sientes identificado? ¿Por qué?
Ese "eres identificado" me suena a "la gente dice". Difícilmente alguien que haya leído mi libro de crónicas de viaje La brújula o mi tesis doctoral sobre Sebald y Juan Goytisolo dirá que pertenezco al mismo "grupo" que otros escritores que sobre todo escriben ficción y leen literatura norteamericana. Me interesa el aire fresco que ha inyectado en nuestra atmósfera enrarecida la novela de Agustín Fernández Mallo, he escrito artículos sobre algunos autores de mi edad o un poco mayores, comparto espacios con ellos (como la revista Quimera o como el blog de Vicente Luis Mora), pero eso no nos conduce al concepto de “generación” (eclipse, círculo cerrado), sino que nos lleva al concepto de red. Red de amistades, red de interlocutores, red de cómplices, pero nada de grupos ni de generaciones, porque no hay ni puede haber nómina cerrada, al contrario, debe haber apertura, búsqueda incesante de nuevos links, dentro y fuera de “España” (sea eso lo que fuere). En mi caso, mi búsqueda me ha llevado a una comunidad personal integrada por personas de Argentina, México o los Estados Unidos, además de “españoles”.
3.-¿Y con la etiqueta de Literatura zapping que dice que es la propia de la GN?
El zapping es una forma de lectura ya clásica, basada en el fragmento y en la consecutividad, con no menos de treinta años de vida. Era ya posible antes de que yo naciera. Las lecturas del sistema Windows, potenciadas por las plataformas de la red (YouTube, Google, Hotmail, etc.) me parecen algo que sí singulariza al modo de leer de la gente que nació en los setenta, que no ha conocido otra forma de enfrentarse a la realidad que no pase por la imagen y el textos simultáneos, en el televisor y, sobre todo, en la pantalla del ordenador. Horizontalidad y simultaneidad se unen a la fragmentación del zapping. En el zapping los canales siguen transcurriendo, aunque no sean visibles; en cambio, en los videos de youtube o en los e-mails, encontramos textos cerrados, brevísimos, nuevas formas de temporalidad que lo son de lectura.
4-¿Qué rasgos distinguirían a esta generación?
Esa conciencia tecnológica es realmente nueva, diferencia nuestro momento histórico de los precedentes. También es nuevo el posicionamiento respecto a la política, que ha superado la dicotomía en partidos de izquierda o de derecha, pero que en los escritores que me interesan, por lo general, es progresista, por decirlo de algún modo. La crítica al poder de la imagen y de los media es otro elemento que me interesa, porque para mí la literatura sólo puede ser una forma de crítica. Obviamente, por haber vivido la juventud en la misma época, antes de que cada uno formara su propio mundo de lecturas, compartimos series de televisión, iconos pop, una cierta forma de vivir la sentimentalidad, la posibilidad de viajar fácilmente (con lo que ello ha conllevado de transformación de coordenadas tempo-espaciales), la frecuentación de países e idiomas, una formación académica interdisciplinar, etc. De eso se habla continuamente en los blogs. Sólo hay que molestarse en buscar los lugares de encuentro y tertulia más estimulantes. Todo eso, como he dicho al principio, separa a cada momento histórico, a cada “generación”, de las precedentes y las siguientes. Pero eso no significa que cada autor, por su cuenta, no busque formas de diálogo intergeneracional. Como en la vida. Nadie puede hacer abstracción de todo eso cuando se pone a escribir. Lo que cuenta, al cabo, es como uno configura un mundo artístico a partir de los imputs que ha recibido durante toda su vida. En mi caso, el viaje y la experimentación con formatos de no-ficción, mediante las técnicas de la ficción. En GR-83, un libro de artista cuya edición fue íntegramente regalada, intenté reflexionar precisamente sobre eso: cómo conviven Google Earth y la memoria histórica, Walter Benjamin y Los Simpson.
5.-¿Qué os diferencia de vuestros mayores? ¿Y de vuestros contemporáneos?
En el Atlas Literario de Sevilla se produjo una amalgama, generacional y artística, como intenté explicar en una carta de respuesta a Rojo en su blog de El País. A mí me interesan más los autores que consideran el lenguaje literario un problema que los que lo utilizan como una simple herramienta, o como una simple solución a la cuestión irresoluble de lo real. Si los lectores invierten cierto tiempo en leer las novelas, libros de cuentos o ensayos que se publican actualmente de autores como Juan-Cantavella, Ferré, Rosa, Bosch, Navarro, Moreno, Fernández, Sierra, Vilas, Doncel, por ejemplo, ellos mismos se darán cuenta de a qué me refiero.
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Comentarios
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(Para verlos pincha sobre ellos o cliquea ahí abajo sobre la palabra "comentarios" en verde)
Más documentación sobre este tema en: http://generacionnocilla.blogspot.com/
miércoles, 11 de julio de 2007
Entrevista sobre La luz nueva
http://www.libros2.ciberanika.com/desktopdefault.aspx?pagina=~/paginas/entrevistas/entre162.ascx
Saludos.
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Han dejado comentarios:
Antonio Jiménez Morato
Daniel Bellón
VLM
Antonio Jiménez Morato
Gregorioecologista
Afterpunk
M
Miguel Espigado
VLM
Anónimo
Miguel Espigado
VLM
Anika
miércoles, 4 de julio de 2007
1. W. H. Auden, Los señores del límite; Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg, 2007.
2. Dimitris Calokiris, El museo de los números, Berenice, Córdoba, 2007.
3. Gore Vidal, Ensayos (1952-2001); Edhasa, Barcelona, 2007.
1. W. H. Auden, Los señores del límite; Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg, 2007.
http://www.lotofago.com/numeros/lotofago11/critica.htm
2. Dimitris Calokiris, El museo de los números, Berenice, Córdoba, 2007.
Fragmentos para una presentación
(CAC, Málaga, 25 de junio de 2007)
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Grecia es la infancia. La nuestra y la de Occidente.
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La filosofía como linterna y la religión como escudo.
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Este libro de cuentos del narrador, poeta y ensayista griego Dimitris Calokiris (1948) contiene uno de los cuentos más breves de la historia de la literatura. Se titula “Vita brevis”, y el texto es: “ÒV, OFF”. Los esforzados traductores, Vicente Fernández y Ioanna Nicolaidou, han tenido que alargarlo un poco para que se entienda en castellano: “ONtología / OFF”. En griego, hay homofonía de sentido entre la primera palabra del original y el término inglés on. De modo que es un complejo chiste metafísico en tres idiomas, latín, griego e inglés. Según la Metafísica de Aristóteles, "hay una ciencia que estudia lo que es, en tanto que algo que es y los atributos que, por sí mismo, le pertenecen" (IV, 1003a21-22). Esto se dice tò òn hê òn en griego clásico. Òn es el participio de einai, ser, y por tanto la mención en el cuento de Calokiris no es anglófila, sino ontológica. Estando al final del libro, y con no pocas bromas acerca de la identidad del sujeto en general y de los personajes en particular (en no pocos cuentos el personaje va cediendo su protagonismo, en otros nunca lo tiene, en otros no hay nadie en el texto), el relato hiperbreve tiene, además de profundidad filosófica, una notable carga de corrosivo regodeo nihilista.
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“El hecho es que me encontraba en el punto de resonancia de un elaborado discurso poético, cuyas inquietudes –algunas al menos– eran las que precisamente me esforzaba en formular por cuenta propia. En otras palabras, una literatura, para mí, ajena al tedio”[1].
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A la adscripción de este libro a la línea más pura de Posmodernidad europea cabe oponer pocas reservas, basta con recorrer las primeras páginas. La decanonización constante, la ironía metaliteraria, la condición de puzzle, la dispersión identitaria (véase el relato titulado “Quién”), y el juego –borgiano, sciasciano- de erudiciones fingidas y verdaderas no nos deja cuartel, llevándonos de sorpresa en sorpresa. Cuando la erudición es fingida, Calokiris roza la ciencia-ficción; sabemos que es verdadera cuando la disfraza: el personaje que abre “Ardoroso oficiante” está descrito de esta manera: “Decían que de su boca entraban y salían enjambres porque un día, a los nueve años, se escapó de su csa en el pueblo cuando un mediodía su madre se desnudó entera, sin razón aparente, estrechó a su bebé entre sus brazos y los dos juntos se tiraron al pozo para siempre” (p. 123). No puede ser casualidad la mención, cuando los vecinos de quien luego sería San Ambrosio descubrieran, precisamente cuando éste tenía esa edad, que de la boca aquel niño tan especial entraban y salían abejas sin picarle. Calokiris conoce la anécdota erudita, pero la disfraza, la olvida, la oblitera en ficción. No nos fiamos de él, renuncia a la fiabilidad. Por ejemplo, cuando menciona a un producto herbicida llamado “Cioran”, por debajo de la broma filosófica a costa del nihilismo nos asalta la duda: ¿la mención del herbicida es casual o no? ¿Caminan detrás las cuatro hierbas curativas de Epicuro, aquello de que no debemos temer a los dioses, que la muerte no nos concierne, es fácil conseguir lo bueno y lo terrible es fácil de soportar? La respuesta es sí. A lo de que lo terrible es fácil de soportar, me refiero, se lo asegura un crítico literario; la otra cuestión, la posible retorsión epicúrea de la broma rumana de Calokiris, nunca la elucidaremos.
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“En el fondo del espejo, apareció sonriente el poeta Andreas Embiricos” (p. 141). Embiricos (1901-1975) fue un poeta griego, introductor del Surrealismo y el psicoanálisis en Grecia. [Durante la presentación, Calokiris dice: "me propongo la creación de un sueño real, tangible". Apunten eso] Algunas referencias especialmente emotivas de Calokiris remiten a personas que han intentado poner algo de magia, de misterio y de búsqueda en la cotidianidad arenosa de nuestros días, o en el légamo de la mala literatura realista.
*
Calokiris no narra una historia, sino que deriva de unas a otras, parece elegir azarosamente (pero Borges lo dijo, no hay azar, y Calokiris aprendió bien del argentino que el azar es sólo una ley de la causalidad que aún no conocemos), y sus hilos narrativos se enrejan, enredan y enrocan los unos en los otros. Un ejemplo confeso, página 128:
Ahora bien, en este punto se nos plantea la cuestión puramente técnica de si debemos seguir el dessarrollo de la historia del perro, del busto, de la planta, de la anciana que aunque vivió como mormona pasó a mejor vida con toda normalidad o, simplemente, combinar todo eso en una comedia de enredo. Volvemos, pues, a los mormones (p. 128).*
En un panorama, como el europeo, de literaturas normalizadas y aterradas en el estómago castrante de sus propias tradiciones, es un placer encontrarnos con la narrativa griega, que en casos como los de Calokiris, Zomás Scasis o Michel Fais, es capaz de ejecutar sabios, divertidos y excelentes actos de terrorismo literario; tanto más y con mayor mérito aún, que lo hagan cuando justo ellos son los que tienen a sus espaldas la más seria, completa e inmortal tradición de todo Occidente. Tenemos aquí una gran lección que aprender los otros pueblos de Europa, acomplejados y grises, plagados de narradores que enrojecen de ira si alguien osa tocar las líneas de Sterne o Rabelais y lleno de poetas que se consideran vejados si se menta en vano el nombre de Machado.
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Creo que, para terminar y pasarle la palabra al propio Calokiris, nada mejor que esta frase suya, con la que comienza su relato “Geografía”, y que da la talla de la rareza, el atrevimiento y el valor, en todos los sentidos, de esta literatura: “No sé cómo termina esta frase; ni siquiera puedo decir cómo empieza” (p. 133).
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Nota
[1] D. Calokiris, “Borges: el laberinto de la traducción”, Trans nº 1, 1996.
3. Gore Vidal, Ensayos (1952-2001); Edhasa, Barcelona, 2007.
Un inmenso suspiro
Qué se puede decir sobre un libro de casi mil páginas que resulta corto, interesante y ameno; qué mejor forma de defenderlo que recomendarlo. Esta recopilación parcial, aunque amplia, de los ensayos de Gore Vidal (West Point, EEUU, 1925), está dividida en dos partes: una donde se recogen ensayos literarios y otra, a mi juicio más valiosa, donde se agrupan parte de los cientos de textos y artículos que Vidal ha dedicado a materias políticas o sociológicas.
Respecto al primer grupo, debemos apuntar que Vidal, como buen escritor ególatra, únicamente está capacitado para hablar con inteligencia de literatura si la obra del autor examinado se parece a la propia. Sólo un escritor generoso y escasamente soberbio puede salirse de sí y de su concepción de lo artístico para apreciar con objetividad la obra literaria de los demás y valorarla sin arrojar sobre ella luz íntima. Vidal, uno de los mayores exhibicionistas y egocéntricos ejemplares de un mundo de por sí poco capacitado para la autocrítica, es incapaz de ese gesto de generosidad, lo que empaña –y mucho– sus análisis literarios, que suelen acoger el enganche, la rastrojera o la ojeriza, por no decir la envidia. Los insultos dedicados a los teóricos del noveau roman podríamos haberlos imaginado antes de leer el ensayo: es imposible que Vidal pudiera llegar a simpatizar con algo tan alejado a su encantado de conocerse modo de escribir/se, siempre lindando lo autobiográfico, siempre haciéndonos sospechar que uno de los personajes podría llamarse Gore Vidal. Esto no es necesariamente malo (sin esa vertiente literaria, no tendríamos a Proust, ni a Montaigne, por ejemplo), sólo digo que hay que tenerlo en cuenta para morigerar el alcance de ciertos juicios de valor.
Y cuando éstos se adentran en aspectos literarios, Vidal no se caracteriza precisamente por su timidez. En “Novelistas y críticos de los años cuarenta” revela a Carson McCullers, Bowles y Tennessee Williams como “los tres escritores más interesantes en Estados Unidos”, postergando al último Faulkner (p. 57). Se ceba con los autores que puntualmente han hecho sombra a su infatigable ego, como Mailer, Sontag o Salinger. Pero Vidal es un autor notable, y no son pocas las veces en que sus opiniones son tan justas como necesarias: “los escritores no compiten entre ellos. El auténtico enemigo es el público, cada vez más indiferente a la literatura, un público al que sólo se puede llegar por medio de fenómenos, pornografía de grado superior o narraciones voluntariamente huecas de la vida que llevamos hoy en día”. También nos tranquiliza saber que también “con cada generación, la prosa norteamericana va empeorando, lo que refleja caos a la hora de pensar, una deficiente educación y la insuficiente asimilación del inglés inmigrante al antiguo idioma” (p. 97).
Sin embargo, en la segunda parte asoma el fino crítico y moralista cuyos juicios desafían, con toda razón, lo políticamente correcto: “tenemos más de un millón de personas en la cárcel y más de dos millones en libertad condicional. Todos los años son violados muchos más hombres dentro del sistema carcelario estadounidense que mujeres fuera de éste, pero a nadie le importa” (p. 888). En general, hay que reconocerle un valor notable; no debe ser nada fácil hablar de asesinatos del FBI y permanecer incólume como ciudadano (quizá por eso pasa parte del año en su palacio italiano). Hace poco leía una entrevista al autor, donde Vidal negaba que el gobierno norteamericano pudiera haber participado en los atentados del 11-S, por la sencilla razón de que estaban planeados con inteligencia. Vidal es así, capaz de alturas y bajuras al mismo tiempo; pero la cuestión es que es un personaje valioso, valiente, que representa lo mejor de los Estados Unidos (la inteligencia, el talento, la capacidad de trabajo, la perseverancia, la cultura humanística global), y lo peor (cierta prepotencia, cierta desatención por los de abajo). En fin, qué puede decirse de un hombre capaz de frases como “no basta con triunfar: los otros deben fracasar”. Seguramente, que su triunfo siempre será relativo. Pero indiscutible.
viernes, 29 de junio de 2007
[Texto leído en el encuentro Atlas Literario Español, celebrado esta semana en Sevilla, durante la mesa redonda sobre tradición y cultura de masas]
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El arte sólo avanza si se abren nuevas puertas, si hay nuevos umbrales. De otro modo hay estancamiento y detención. Y eso es involutivo o acabará siéndolo en breve plazo.
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Por ello creo que es necesario –me lo digo a mí, y sólo a mí– un arte nuevo, innovador. Experimentador y no experimentalista; original y no originalista. Si les asusta la palabra vanguardia, no la usen. Pero no olviden que es la única actitud ante el arte (ya clásica y tradicional, tiene un siglo de vida) que intenta llevarlo más allá, preguntarse y responderse a la vez. El que sigue la tradición cerrilmente no se pregunta nada, no aporta nada, no dice nada.
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Me llama mucho la atención que personas que se definen como progresistas elaboren un arte conservador y estanco. Me sorprende bastante que escritores que se declaran públicamente socialistas e incluso comunistas utilicen en sus libros fórmulas decimonónicas de narración, modelos burgueses de escritura, técnicas de narrador omnisciente que responden a epistemologías de corte divinista o pertenecientes a un concepto de sujeto laminado y absolutamente destrozado por la ciencia, la filosofía, el psicoanálisis o la psicología, no ya contemporáneas sino incluso modernas. La obra de Freud es de finales del XIX, lástima que ésa se cite tanto y se comprenda tan poco. Hasta alguien considerado conservador como Harold Bloom cree que es uno de los mayores escritores de todos los tiempos. Hay quien prefiere los ensayos de un tal Juan de Mairena. También me fascina que esos mismos escritores comunistas o socialistas utilicen personajes que responden a esquemas sociológicos y psicológicos anacrónicos y de Ancien Régime, estructuralmente reaccionarios desde una –cualquiera– lectura ideológica. No digo que no se pueda hacer. Digo que me sorprende.
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También me sorprende ver a personas que se jactan públicamente de ideología progresista adoptar en su obra estrategias de mercado, y demostrar allá donde van una marcadísima preocupación (he borrado obsesión) por los temas económicos de la literatura, poniendo en segundo plano ésta última, u olvidándose de ella. No digo que no se pueda hacer, sólo digo que me escandaliza.
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Todo esto se solucionaría, quizá, si los escritores en particular y no pocos en general dejaran de jactarse de su ideología en público, esgrimiéndola como arma arrojadiza, en vez de mostrarla como una simple opción cívica, que es lo que es. Yo por eso nunca hablo en público de mi ideología. Me ahorra contradicciones.
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Dicho esto, abogo por un arte proyectivo, en el doble sentido temporal y arquitectónico de la palabra. Un arte de escribir que lance el lector hacia delante, y que sea un proyecto, esto es: algo complejo –no complicado–; ambicioso –no soberbio–, útil, hermoso y, sobre todo, habitable. Un texto que no dé la razón a los fukuyamas críticos que sancionan el fin de la historia literaria, cuando el único final que ha llegado es el suyo.
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A mí lo que me interesa de la tradición es reventarla. Pero, obviamente, para destruir algo, y de esto saben los ingenieros que derriban casas, hay que conocerlo bien. A fondo. Hay que saber dónde están los cimientos, para colocar las cargas explosivas en el lugar exacto. Una bomba literaria colocada en un tejado no produce efecto alguno. Pero una sacudida en algunos cimientos de la novela, como el narrador omnisciente impersonal, o la linealidad del tiempo narrativo, es significativa. Alguien decía que en España se sigue haciendo novela como si Joyce, Musil o Beckett no hubiesen existido. Y tenía razón, así es. No hay que imitarles, hay que imitar su ejemplo, su capacidad innovadora, su reflexión crítica acerca de la tradición precedente. Suelo repetirlo: el 90% de lo que hoy consideramos clásicos indiscutibles eran autores que en su tiempo eran experimentales o fueron incomprendidos.
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Escribe Flaubert en Bouvard y Pécuchet: "Por otra parte, en ese tiempo una retórica nueva anunciaba que hay que escribir como se habla y que todo estará bien con tal de que haya sido sentido, observado. Como habían sentido y creían haber observado, se juzgaron capaces de escribir. Una obra de teatro es incómoda por la estrechez del marco; pero la novela permite más libertades. Para escribirla buscaron en sus recuerdos" (Montesinos, Barcelona, 1993, p. 130). Cualquiera puede escribir, porque los medios identifican novela y memoria, como si todo lo que se parezca a Las cenizas de Ángela fuera narración literaria. Lo íntimo y lo banal, la confesión sensiblera y melodramática, escritos en tono menor y con absoluta carencia de ambición narrativa, son hoy el pan nuestro de cada día, el nuevo panem et circus con que muchas editoriales entretienen a las masas. Historias comunes para gente común, se nos dice. Hace poco leía un ensayo de Gore Vidal, escrito en los años 50, donde apuntaba que lo bueno de la televisión es que se había apropiado de toda esa basura sentimentaloide y vacua, dejando a los narradores el campo expedito para hablar de cosas más profundas. No sé qué dirá ahora, cuando multitud de novelas parecen libros de autoayuda y, quizás, lo sean.
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No podemos evitar la influencia de la cultura de masas. Todos estamos afectados por ella y la publicidad, la televisión, la prensa y las tecnologías digitales han formateado nuestro cerebro llegando su impacto, según algunos científicos que cito en La luz nueva, a niveles neuronales. Incluso escritores que no ven televisión, como nuestra estupenda Lolita Bosch, definen su postura literaria por oposición a ella, lo que denota, oblicuamente, su importancia. Lo único que importa aquí es conocer las leyes de los mass media para ser sólo afectado por ellos, pero no manipulado. Los narradores sois técnicos en manipulación, y los media son tanto inspiración como competencia. Tenemos que aprender mucho de ellos, de cómo atrapan al espectador y lo enganchan. Aprender, no reproducir acríticamente sus procedimientos. El objetivo es tomar sus técnicas y sublimarlas, darles consistencia literaria, algo mucho menos fácil de lo que parece, por dos motivos. Uno, obvio, es que están pensados para la imagen, y no para la palabra, con lo cual hay que hacer algún tipo de salto expresivo. Otro, que sus procedimientos técnicos están en perpetua mutación y desarrollo, de modo que hay que separar el grano de la paja para no confundir lo estable con lo puramente transitorio y coyuntural. Me explico: el reality show, a mi juicio, tiene poca resistencia, pero la reciente necesidad general de exhibir públicamente los sentimientos, siendo capaces algunas personas de confesar a una cámara y a cientos de miles de espectadores lo que no suelen decirle a su pareja o a su familia, sí es un material duradero y sobre lo que merece la pena escribir. En ello estamos.
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Se han mojado:
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- Carlos Gámez Pérez
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- Vicente Luis Mora - Respuesta a Jordi Carrión
- Jordi / Jorge Carrión
- Jordi / Jorge Carrión
- Toni Montesinos
- Yahoo News (sin desperdicio)
jueves, 21 de junio de 2007
[A solicitud de un posteador, cuelgo este artículo, aparecido en un número reciente de la revista Mercurio]
Una bloguera llamada Miriam dice en su bitácora Literalmente, dentro de un post titulado “Ficción en un blog o la apología del engaño”: “por suerte, hasta ahora, la verdadera literatura no pasa por las bitácoras”. Esta es una opinión muy extendida (a la que me sumo, y también otras personas más inteligentes que yo[1]), pero quizá no lo sea dentro de unos años. Es cierto que los blogs están comenzando a revolucionar la literatura pero, como luego veremos, están revolucionando la analógica, la publicada en libro. Lo que sí han hecho ya los blogs es cambiar el mundo literario. Los blogs han resucitado las antiguas tertulias de principios del XX, como la del café Pombo, y están configurando microespacios culturales donde escritores, críticos y lectores charlan sobre sus gustos literarios, comentan novedades y, puntualmente, ponen a caldo a otros escritores. En fin, lo que viene siendo la vida literaria desde que Simmias asiera el cálamo.
La estudiosa Elena Carpi, en un artículo incluido en Covadonga López Alonso y Arlette Séré (eds.), Nuevos géneros discursivos: los textos electrónicos (Biblioteca Nueva, 2003), incluye un texto descriptivo sobre los weblogs o blogs o bitácoras, donde analiza uno de sus aspectos menos estudiados, los enlaces: “la tipología de enlaces utilizada, los llamados deep link, simboliza eficazmente su capacidad introspectiva: los log permiten, en efecto, alcanzar las páginas más internas de los sitios en donde los motores de búsqueda no pueden llegar, formando comunidades conectadas entre sí”. Esos deep link o enlaces profundos, de cierta problemática, como supimos gracias a José Antonio Millán (el gran Académico del ciberespacio), están creando redes alternativas a las que generan los chats, que reproducen en Internet las redes de escritores o grupos literarios que pululan fuera de ella. Por ejemplo: mediante estos links permanentes, un grupo de poetas con afinidades comunes como Jesús Beades, Enrique Baltanás, José Mateos o Enrique García-Máiquez sostienen una amigable conversación, casi diaria, en Internet. De la misma manera, las referencias y citas comunes entre los blogs de Álvaro Valverde y Jordi Doce, entre los diversos blogs del colectivo “La Palabra Itinerante” o entre los comentaristas “oficiales” de los blogs de Arcadi Espada y Félix de Azúa, o las discusiones (a veces airadas) que se generan en mi blog de crítica literaria, Diario de Lecturas, van creando “tertulias” que han sublimado su condición local, de pequeño conciliábulo nocturno, para abrirse a un mundo donde no es extraño recibir de cuando en cuando la visita y las palabras de lectores argentinos, norteamericanos, peruanos o españoles “exiliados” en diversas universidades del mundo. Antes me reía cuando escuchaba a algunos decir que habían conocido a sus novias chateando. Pero lo cierto es que, a día de hoy, estoy haciendo más amigos a través del blog que de ninguna otra forma; también a través del blog decenas de chicos jóvenes (y no tan jóvenes) me envían sus libros inéditos, o publicados, para pedirme opinión, de modo que gracias a Internet… estoy leyendo más papel que nunca.
Los blogs son vida literaria, sí; pero también son literatura, porque la literatura se nutre del comentario y la glosa, y la teoría sobre literatura –digan algunos lo que quieran– es literatura en estado puro. Y también se incorpora en los blogs a veces creación original, ya sea propia (como en el caso del blog de Jorge Carrión, donde narra los “viajes literarios” que luego recoge en sus libros) o ajena (Jordi Doce suele colgar en su blog, de cuando en cuando, traducciones de poetas ingleses). Esto genera, como decía Ángel Petisme, otro poeta con blog, de los más veteranos, una concepción del trabajo literario como obra en marcha, ya que una vez colgada la obra, ésta recibe los comentarios (publicados o no, dejados en el blog o hechos de palabra) de amigos y enemigos, y el autor puede pulirla o completarla de cara a su ulterior publicación. Porque no nos engañemos: del mismo modo que todo futbolista quiere estar en el Real Madrid (no en el de ahora, pero ustedes me entienden), todo bloguero literario quiere publicar en libro. El fetichismo del objeto libro es aún demasiado tentador, se tiene la sensación de que si no se le publica a uno en rústica, no existe. Y, sin embargo, los datos desmienten tal afirmación: si es cierto que algunos meses mi blog ha sido leído por quince mil personas, según datos de la empresa que lo aloja, ¿cuándo escribiré una novela que venda 15.000 ejemplares? ¿Cuántos novelistas tienen el número de lectores que tiene, en un solo día, Arcadi Espada? ¿Qué novela de Félix de Azúa será tan consultada como su blog, con el que ha tenido tanto éxito que se ha visto obligado a volver, tras pretender en vano dejarlo?
Hace unos meses Technorati.com, el buscador de blogs más poderoso, tenía contabilizados más de 53 millones de blogs, aunque la tercera parte de los blogueros abandona sus andanzas cibernéticas a los seis meses de comenzadas. Los blogs son fáciles de crear y usar, y como se adaptan perfectamente a nuestra tendencia narcisa de mostrarnos ante el mundo, han tenido un éxito espectacular, sobre todo entre los ya narcisos por naturaleza, como los escritores. Y esto comienza a generar cambios en la concepción de su literatura. El excelente crítico J. M. Pozuelo Yvancos publicaba hace poco (06/01/2007) en ABCD de las Letras una interesante reseña sobre la novela de Agustín Fernández Mallo Nocilla Dream. Aunque no estoy de acuerdo con Pozuelo en que la obra (uno de los éxitos de esta temporada, lo cual es muy saludable, tratándose de una novela muy literaria y experimental) tenga estructura de blog, creo afortunadas otras reflexiones de la reseña, como ésta, con la que termino: “No puede pasar mucho tiempo sin que Internet vuelva a convulsionar la fisonomía de los géneros. Es inútil adoptar en tales ocasiones alternativas de apocalípticos o integrados. La literatura, que es una necesidad no dependiente del medio, ha sobrevivido a cada cambio profundo del canal de su difusión. Y lo hará igualmente en el siglo XXI. Pero no será la misma. Ni siquiera es deseable que lo sea”.
Notas
[1] “Por otra parte los blogs son una forma de periodismo de intimidad compartida, directo, sin inmediaciones (…) Pero también podrían ser los blogs un caso de lo que podría denominarse vida reactiva, primero reaccionas, luego piensas. Es decir, como una serie de ocurrencias sobre lo que está ocurriendo”; José Luis Molinuevo, La vida en tiempo real. La crisis de las utopías digitales; Biblioteca Nueva, Madrid, 2006, p. 35.
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martes, 12 de junio de 2007

"¿Dónde viven los narradores españoles? ¿Qué leen? ¿Qué les preocupa? ¿En qué piensan? ¿Qué concepto tienen de su mundo, y de su tiempo? Pero, sobre todo, ¿en qué tiempo viven, en qué época creen que viven los narradores españoles? Leyendo la mayoría de las novelas o relatos actuales, parece que viven en 1980, o finales de los 70. Una situación pre/posmoderna. Una modernidad alargada, estirada y agónica. Una España recién salida de una dictadura, y detenida en el tiempo, en una operación de sostenimiento de constantes vitales no muy distinta de la que sufrió el dictador. Hay un capítulo muy divertido de South Park, donde los (terribles) niños protagonistas retienen al “Hombre de 1980”, que sigue anclado en aquella época, escuchando a Snap y los primeros éxitos de Dire Straits, y vistiendo vaqueros Lee. Si una cita de serie televisiva les parece de inaceptable baja cultura, vayamos al séptimo arte y pensemos en Goodbye Lenin! (2003), esa película donde un joven intenta recrear la Alemania socialista del Este para su madre amnésica, como si no hubiera caído el Muro de Berlín. Si este contubernio de literatura y cine tampoco les parece serio (aunque, háganselo mirar, eso ya estaba superado), piensen en El retrato de Dorian Gray, ahora sí, y la máscara joven suspendida en el tiempo, mientras el rostro real –el del cuadro, el de la representación– se pudre en la planta de arriba. Gran parte de la novela española actual sigue en su sueño letárgico, hibernada como Disney o la leyenda de Disney, ajena al simulacro de los tiempos, detenida antes de la globalización, paralizada en el consenso, estancada en una economía de mercado de primera fase, en una sociología de llamarse por teléfonos fijos, en una psicología de hablar con las madres, en una cultura de la Movida, como si sus personajes no fueran sociedad del espectáculo, sino que la contemplaran en sus televisores (Telefunken), obstinada en su obliteración de las nuevas tecnologías, no sólo en sentido sociológico, sino también narrativo: pues igualmente hay nuevas tecnologías de la prosa, e idéntica resistencia."
"En efecto, la constitución de nuestro mundo (y del mundo, por tanto, de los escritores y sobre el que los literatos escriben), viene determinado noseológicamente por la intervención de los medios: “la revolución tecnológica en curso refuerza aún más el papel de la tecnología en nuestra cultura hasta poder considerarla como uno de los principales determinantes, si no el principal, de nuestra relación pragmática y cognoscitiva con el mundo”[1] y si esto es así para la carga mediática que aceptamos conscientemente, es difícil calcular los efectos de la inconsciente y subliminal.[2] El imaginario social ya no es distinto de lo percibido, todos los arquetipos colectivos son ahora inconscientes, puesto que se ha perdido el contacto directo completo con la realidad, completándose sus resquicios con la ficción realista que ofrecen los mass media. Y esto tiene un efecto claro sobre nuestra actuación (como personas o como artistas) en esta nueva situación psicológica: “si el universo moderno es el universo de bytes, cables, chips y corriente eléctrica que se oculta detrás de la pantalla, el universo posmoderno es el universo de la confianza ingenua en la pantalla que vuelve irrelevante cualquier examen de lo que hay detrás de ella. Tomarse las cosas por lo que valen como interfaz supone una determinada actitud fenomenológica, la actitud de confiar en los fenómenos”[3]. El realismo, en estas condiciones, no es muy diferente de un idealismo ingenuo. Esto no quiere decir que no haya posibilidad de un realismo eficaz, sino que la postura realista tendrá que reajustar la percepción a las condiciones de la misma, mediante una corrección fenomenológica: hacerse uno consciente de las limitaciones de los sentidos, de la manipulación constante de los medios, de la falta global de información veraz, no debe ser el resultado del pensar, sino el suelo mismo del pensamiento, a partir del cual la reflexión –y la escritura como consecuencia– parta para reinterpretar nuestro concepto de realidad y aquilatarlo.
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[1] José Antonio Pérez Tapias, Internautas y náufragos. La búsqueda del sentido en la cultura digital, Trotta, Madrid, 2003, p. 18. Véasetambién Langdon Winner, La ballena y el reactor. Una búsqueda en la era de los límites de la alta tecnología, Gedisa, Barcelona, 1987, p. 19.
[2] James Lull, Medios, comunicación, cultura. Aproximación global, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1997, p. 38.
[3] Slavoj Zizek, op. cit., p. 219.
Descripción del simulacro 7
PRIMERA PARTE: EL MAPA NÁUTICO 19
Mapa de líneas estéticas de la actual narrativa en castellano 21
Los tres grupos de adscripción estética (y el espacio intermedio) 21Tardomodernidad 25
Posmodernidad 28
-Posmodernistas españoles: la narrativa mutante 30
-El término 30
-Importancia de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías 32
-La pérdida del sentido de realidad 40
-Recepción y crítica del espectáculo 60
-Ultraviolencia y superficialidad 64
-Quiénes 68
Pangea 69
-El hueco de la entropía: de la no-modernidad a Pangea 70
-La narrativa de Pangea 72
SEGUNDA PARTE: LA BITÁCORA
Diario de lecturas 79
El blog 81
La crítica (que queremos) 85Narrativa tardomoderna: Tres reseñas y un estudio 89
-Llámame Gal: Eduardo Lago 89
-La literatura del agotamiento: Enrique Vila-Matas 93
-Testamentos sin traicionar: José María Merino 100
-Volver al mundo (del lenguaje): José Ángel González 104Mutantes 131
-Hay dos alcaldes tuertos en Canciones Tristes: Rodrigo Fresán 131
-Ángulos: Diego Doncel 143
-Mal de altura: Juan Francisco Ferré 146
-La misa negra: Manuel Vilas 150
-Narrativa de la imagen: Salvador Gutiérrez Solís 154Pangeicos 159
-Presente visionario: Javier Fernández 159
-La razón cúbica: el ursa 164
-Phantasmas: Javier Moreno 169
-El realismo aumentado: Agustín Fernández Mallo 179
-El Google-Art: Julián Jiménez Heffernan 185
-Blogolalia 191
-Angustias posmodernas 191
-Más angustias posmodernas 194
-Hamburguesas y poesía 197
-Llamadas telefónicas 201
-Aeropuertos 218Coda: la noche de las vacas ideológicas
J. A. Montano
sábado, 9 de junio de 2007
Escatológica
El Suplemento Literario del Times era excelente a tal efecto, de una solidez e impermeabilidad a toda prueba. Ni los pedos lo rompían.Samuel Beckett, Molloyen los ojos de la cara suele haber por mil leves accidentes, telillas, cataratas, nubes y otros muchos males; mas en el del culo nunca hubo nubes, que siempre está raso y serenoF. de Quevedo, Gracias y desgracias del ojo del culo
El añorado Vicente Núñez nos legó que “La poesía es delito”. Deleuze dijo que escribir es algo sucio; Gerald Manley Hopkins tuvo que dejarlo porque lo consideraba incompatible con el sacerdocio; Paz en Los hijos del limo le completó al exponer que “el saber del poeta es un saber prohibido y su sacerdocio es un sacrilegio”. Pablo García Casado ha escrito sobre "eyacular el poema"; Alexis Díaz-Pimienta tiene una pieza, "Poeta en el aeropuerto", donde también compara la escritura con la eyaculación. Sus últimos versos dicen: "la diferencia está en que el hombre solo / no se lava después de la última palabra". Leopoldo María Panero ha declarado en algún sitio sentirse "cagando poemas", y José Ángel Valente escribió: "Implacable desprecio por el arte / de la poesía como vómito inane" (El inocente). Gil de Biedma decía que "El juego de hacer versos / (...) es algo / parecido en principio / al placer solitario". Monterroso tiene esto en algún sitio: "Escribir es un acto pecaminoso. Al principio, contra los grandes modelos, en seguida contra nuestros padres, y pronto, indefectiblemente, contra las autoridades". En fin, que comienzo a pensar que esto de escribir es algo bastante indecente.
Y sin embargo, como sentencia Juan Villoro en El disparo de Argón (1991), “la mierda tiene proporciones alarmantemente humanas”. El psicoanálisis se ha acercado a la relación entre lo fecal y la conformación psicológica, bastará con recordar la consideración de la defecación como oro en Freud, o la fase anal en la construcción de la psique del niño definida por Jacques Lacan; igualmente tiene un nutrido registro en psicobiografía literaria[1]. En lo tocante a la literatura también la relación con lo excrementicio es un tema universal: Hodgart, en La sátira, recuerda la “obsesión cloacal” de Swift que, a su vez, sólo seguía “una antigua tradición”[2], la cual pasa por los condenados a nadar en un mar de mierda por Dante en su Divina comedia y llega vía Satiricón y los poemas chaperos de Catulo hasta la creación del mundo a base de ventosidades en Las nubes de Aristófanes[3]. Sin embargo, es nuestro Siglo de Oro (período literario que, a juzgar por sus citas de apertura y por su blog de significativo nombre, Inculatorias[4], Pérez Cobo conoce bien) un período especialmente rico en literatura de contenido escatológico, sobre todo en dos de nuestros principales poetas, Quevedo y Góngora[5]. Ignacio Arellano critica que en su edición de las prosas del primero, Fernández Guerra eliminase “Gracias y desgracias del ojo del culo”, porque “no se trata de una ‘degradación de lo cómico’ como afirma Sánchez; es precisamente un tipo de comicidad especial, basada en la turpitudo et deformitas que aparece en todos los tratadistas áureos como la forma más eminente de lo risible”[6]. En efecto, lo que se busca en algunos poemas de Quevedo no es el sonrojo del lector, sino el del retratado en el poema, como en este soneto, de mucho parecido a algunos poemas de Pérez Cobo:
Que tiene ojo de culo es evidente,
y manojo de llaves tu sol rojo
y que tiene por niña en aquel ojo
atezado mojón duro y caliente.
Tendrá legañas necesariamente
la pestaña erizada como abrojo,
y guiñará con lo amarillo y flojo
todas las veces que a pujar se siente.
¿Tendrá mejor metal de voz su pedo
que el de la mal vestida mallorquina?
Ni lo quiero probar ni lo concedo.
Su mierda es mierda y su orina, orina,
sólo que ésta es verdad y esotra enredo,
y estánme encareciendo la letrina.[7]
En el caso de Góngora, lo pestilente para algunos era la innovación y osadía de sus novedades técnicas; Juan de Jáuregui, en su impagable Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades, escribía: “así, las más de las veces dejan a V.m. por señor de el campo, viéndole empuñar un soneto merdoso y otro pedorro. Y al menorete un monóculo o un cagalarache”
Eduardo Lago, en su novela Llámame Brooklyn, dice que la poesía hay que buscarla “en la inmundicia, manchándote el alma. Sólo así encontrarás lo que estás buscando. Sangre, mierda y semen, no lo olvides (…) Lo que cuenta es poder rozar la eternidad, aunque sólo sea un instante. Que nos quemen. A Dios le da exactamente igual”[11]. En ese espacio de abandono teológico[12] y derrelicto constructivo la poesía desde la modernidad viene buscando su inspiración[13], y no pocas veces a través de la transgresión fecal, desde Lautréamont a Bataille[14]. Precisamente abordando la obra de Bataille, escribe Foucault: “la transgresión es un gesto que concierne al límite; es ahí donde, en la delgadez de esa línea, se manifiesta el resplandor de su paso, y tal vez también su trayectoria en su totalidad, su origen mismo (…) La transgresión se abre a un mundo brillante y siempre afirmado, un mundo sin sombra”[15], y con razón apunta a una filosofía del límite, en cuyo borde lo escatológico, como poética habitual de lo trasgresor, está siempre caminando. No es casual que otro agudo lector de Bataille, el peruano Vargas Llosa, haya escrito que para que “para que esta sublimación [del sexo al erotismo] ocurra, es imprescindible, como lo explicó George Bataille, que se preserve ciertos tabúes y reglas que encaucen y frenen el sexo, de modo que el amor físico pueda ser vivido -gozado- como una trasgresión”[16]
El lenguaje no se da independientemente del juego del interdicto y de la transgresión. Es por lo que la filosofía, para resolver, de ser posible, el conjunto de los problemas, debe retomarlos a partir de un análisis histórico, del interdicto y de la transgresión. Es impugnando, a partir de la crítica de los orígenes, como la filosofía, transgrediendo la filosofía, accede a la cumbre del ser. La cumbre del ser no se revela por entero más que en el movimiento de trasgresión en el que el pensamiento fundamentado, por el trabajo, en el desarrollo de la conciencia, supera al fin al trabajo, sabiendo que no puede subordinarse a él.[17]
En nuestra poesía reciente, hay algunos poetas cuyo tratamiento del tema daría para algún artículo; Pérez Estrada tiene este curioso poema en Diario de un tiempo difícil:
También había un poeta
al que habían de practicarle la cesárea,
era preciso extraerle un pedo inconmensurable,
un pedo que venía en mala postura.
Era preciso actual con diligencia,
con prisa,
con toda la prisa del mundo,
antes de que el gran pedo se malograra.
Ya un encuadernador de urgencia esperaba al pedo.
Ya un bibliófilo esperaba a aquel pedo,
no a otro.
Escribe con mucha razón en su blog Pérez Cobo: “Si la mitología puede volver a escribirse desde nuestro siglo, he aquí una muestra. La ironía, la sátira, hacen posible la nueva escritura de viejos modelos. Es la eterna paradoja: ya no es posible la imitación, practica leal de los antiguos y nada deshonrosa, pues para nosotros seria poco mas que un pastiche, la falta de voz, una copia -que aun es menor que un plagio, puesto que una copia tiene un significado mas prosaico, menos hermoso, mas vulgar, sin el arte de la elegancia del plagio, de la belleza, quedándose en mera reproducción-. Pero una nueva lectura del mito posibilita una nueva escritura: le da vida, lo hace actual.” Los códigos lingüísticos del Siglo de Oro, durante un corto espacio de tiempo, permitían ciertas alegrías satíricas configuradas como código de escape o desgaste de modelos no literarios, pero sí psicológicos, despreciables. Reírse indigna(da)mente de un miserable no contaminaba al poeta con la porquería expulsada, sino que suponía volcar de un modo retórico la agresividad moral de la época, atacar a lo peor con lo peor. El resultado nos sigue sorprendiendo hoy por su dureza unas veces, por el ingenio otras, en cualquier caso por ser capaz de unir lo más humano con lo más divino, como la misma palabra escatología, que igualmente designa el católico “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”, y el más procaz “Tratado de cosas excrementicias”, según nuestro imparcial DRAE. Justo en ese límite, en el de no decidirse entre ambas lides, entre la función humana y fisiológica del culo y otros posibles tratamientos, semánticos o sexuales, entre la condición de fin cabal del cuerpo y principio aleve del atrevimiento, es donde los giros retóricos sobre el trasero y su codificación poética alcanza mayor riqueza. Sabedor de ello, Raúl Pérez Cobo insiste e incide en la condición de lo cular como finis terrae mundi de lo lírico, y como principio metafísico de alcance, puesto que a él con esa trascendencia, la del espíritu de la ventosidad después de lo digestivo, según se lee en su blog, le basta. El poemario de Pérez Cobo tiene la habilidad de hacernos ver la obviedad de que lo alimentario, lo nutricio de nuestra vida, acaba en el culo; del mismo modo, y para según qué o quiénes, puede también empezar por ahí. Pérez Cobo escribe que “la vida es un proceso escatológico”, vindica el culo-en-sí e intenta recuperarlo como parte del ser humano: “el culo comprendiendo ser persona”, se lee por algún lado. Esta ontología anal, que vindica el culo como ente, como objeto de reflexión filosófica exenta, tiene pocos parangones en una poesía preocupada ocasionalmente por la basura o por la mierda (esto es, por el producto), pero rara vez distraída en el productor, en el ser causante. Pérez Cobo recupera el mito áureo (en los dos sentidos, el de Freud y el de nuestra Filología) de lo torpe, reproduciendo incluso sus códigos estróficos y métricos, sus sonetos y silvas, para darle vida de nuevo al tema que sigue siendo, pasados los siglos y siendo tan modernos como somos, aún bastante prohibidos. Durante toda esta semana, no se imaginan la cantidad de personas que me han llamado o escrito mails diciéndome: “Vicente, ¿qué es eso del culo que presentas el viernes?”. Supongo que a estas alturas Mario Cuenca, que es quien lee esto en voz alta, ya les habrá dicho que no he podido acudir por trabajo, pero no por vergüenza, seguramente porque no me queda ninguna. Pero decir “culo” en voz alta es aún en ciertos círculos como decir “caca, pedo, culo, pis”, y sigue estando mal visto, sigue estando fuera de las normas de buen gusto (salvo del gusto gay, supongo) y sigue estando prohibido. De modo que este libro de Pérez Cobo y su denuncia de la hipocresía física y moral, a pesar de su deliberado y muy consciente anacronismo, sigue estando vigente en la sociedad globalizada y casi posmoral del siglo XXI. Increíble pero cierto.
Eliot dijo en The Hollow Men que el mundo no terminaba con una explosión, sino con un gemido. Pérez Cobo tiene muy claro a qué tipo de gemido lastimero no termina de referirse Eliot, el mismo gemido con el que terminaba la película de Berlanga Todos a la cárcel (1993): “el mundo es un agujero, / y se extingue” (p. 56), sentencia el poeta. Así culminará, al menos desde el punto de vista físico, toda forma de vida: con una ventosidad del Universo. Desde esa gravedad corporal escribe Pérez Cobo, que desde un magnífico humor traba los temas solemnes: “humores negros forman cacas serias”, dice en persecución de Descartes, con un estilo muy personal que el lector recibe confundido: sabe que el autor está hablando, a la vez, de cosas muy altas y muy bajas, por esa dualidad esencial de lo escatológico a la que antes hacía referencia. De modo que estamos ante un libro que dará contento a todos (aquí se me ocurre un chiste, que prefiero callar), ya que tanto los metafísicos como los físicos a solas encontrarán en Poemas de culo sus diversos placeres, puestos al lado o encima los unos de los otros. Y esas mentes que puedan, como la del autor y la mía, ser capaz de aprehender ambos discursos al mismo tiempo disfrutarán, pues, el doble, “pues hay quien se define como par, / -allí donde se juntan mis mitades-” (p. 50). Sí, es cierto. “Los poetas son la mierda del barrio”, como escribía el vate cubano Alexis Díaz-Pimienta[21]. Sólo espero que esta mierda de presentación, al menos, les haya entretenido. Les dejo con Raúl Pérez Cobo.
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