
Agustín Fernández Mallo
Nocilla Experience; Alfaguara, Madrid, 2008
A veces, ni siquiera era necesario mirar la pantalla. Bastaba con cerrar los ojos para oír las frases que construía su imaginación televisiva, sentencias contundentes que lograban explicar la vida o aforismos que revelaban sus hilvanes (…)
Félix J. Palma, Métodos de supervivencia
Al contrario de mucha gente, no tengo nada contra la televisión; me ha salvado la
vida varias veces.
Juan José Millás, Algo que me concierne
se supone que no debemos considerar reales los recuerdos comercializados que guardamos en la cabeza, que la vida real consiste en el tiempo pasado lejos de televisores, revistas y cines. Sin embargo, lo cierto es que el planeta pronto estará completamente habitado por personas que sólo habrán conocido un mundo con televisores y ordenadores. Cuando lleguemos a ese punto, ¿seguiremos con nociones pretelevisivas de la identidad? Es probable que no.
Douglas Coupland, PolaroidsLa vida de cualquiera
que al entrar en el cuarto
encienda
un aparato frente a la ventana
y aún se resienta de saber quién
es.
José Ángel Cilleruelo, Salobre
la vida es un telefilme de
bajo presupuesto
basado en hechos reales
Pablo García Casado, El mapa de América
Entonces pensó que la vida es un anuncio de teletienda al que le han eliminado el producto anunciado.
AFM, Nocilla Experience
Primera pregunta, Agustín: ¿es la pantalla, sea de televisión o de cine, la nueva Biblia, el texto metafísico y continuo de nuestro tiempo? ¿Te encomiendas a la pantalla?
R: No es que me encomiende, si no que ella se encomienda a mí, es decir, no creo que podamos prescindir de ellas, ya que nos buscan, se nos revelan a cada instante. Por otra parte, no me parece algo negativo. De hecho, supongo que lo primero que recibe un ser humano cuando nace son olores, sonidos, y casi inmediatamente después, imágenes. El logocentrismo ha construido el discurso de la superioridad cultural de la palabra respecto a la imagen porque la palabra responde a funciones mucho más sofisticadas del cerebro, más complejas: ver es algo natural, e interpretar esas imágenes según tu propia tradición también es algo natural, pero leer no es natural. En eso tiene razón el logocentrismo. El asunto se desmonta cuando el tapiz de imágenes se hace tan complejo [tal es el caso hoy día], que para interpretarlo también hace falta recurrir a funciones superiores o sofisticadas del cerebro, que incluyen un severo aprendizaje del entorno cultural en el que uno se mueve. Quizá, tras muchos años de imperio de la palabra escrita, ahora ambas tendencias están obligadas a convivir.
Para terminar: estoy muy de acuerdo con todas las citas que pones; como a Millás, también a mí la tele me ha salvado muchas veces la vida. Me interesa y fascina de la tele [incluida la mal llamada telebasura] porque ha construido un universo propio, automantenido, inmune a cualquier ataque [a cualquier crítica que se la haga, ella responderá con otra mayor sobre sí misma]. Me interesan mucho los mal llamados mundos “artificiales” [ya que todo mundo es artificial; lo siento por los ecologistas, pero en tanto que humanos, lo “natural” no existe].
Utilizando una categoría poética, podríamos decir que AFM es un narrador “hímnico”, alguien que utiliza el entusiasmo como modo semántico de acercarse al mundo. Su narrativa es una celebración, una fiesta de la descripción, del recogimiento de datos, de la apropiación de lo hermoso hecho por otros, de todas las cosas que a él le parecen hermosas, recopiladas en un texto que transmite esa energía al lector. Por más que alguna de las historias contadas sea dura o no ahorre los aspectos marginales o dolorosos, el modo de AFM de relatarla, rodeándola de un zapping textual que va desde citas asombrosas, perspectivas científicas, elementos de los medios de comunicación de masas, produce el mismo efecto que una película de Cronemberg o Lynch: el horror se sublima y lo que queda es una excelente obra de arte, que anima al lector. Otro ejemplo válido sería el Apocalypse Now de Coppola, que como un mantra creciente recorre toda la ¿novela? (¿qué más da?) de Fernández Mallo. Los personajes de Nocilla Experience son, a mi juicio, más sólidos que los de Nocilla Dream, podemos verles las caras, sentirlos y compartir sus extrañas existencias. Son creíbles, a pesar de que algunos estén sumidos en tramas argumentales tortuosas y llenas de coincidencias, que recuerdan a las de Auster o más bien a las de Short Cuts o Babel (película esta última con la que comparte el gusto por las localizaciones distantes que acaban conectándose). Porque la narrativa de AFM es, sustancialmente, un juego de espacios y temas conectados. Pensé en ello cuando leí esta frase de Lynch: “si hay un Campo Unificado (…) es interesante ver cómo estas cosas no relacionadas viven juntas. ¿Cómo cosas tan diferentes entran en relación? Hace aparecer una tercera que casi que casi unifica las dos primeras. Es una lucha ver cómo esta unidad en el medio de la diversidad puede funcionar. El océano es la unidad y estas cosas flotan en ella” (Catching the big Fish, p. 141). ¿Te sientes próximo a esta manera de ver las cosas?
R: En primer lugar, me sorprende ese “entusiasmo” del que hablas respecto a mi obra. Nunca lo había oído. Y me sorprende porque en mis novelas no creí que eso se dejara ver. Al contrario, las veo bastante planas en materia de entusiasmo, bastante desafectadas en ese sentido. Creo que tratan la soledad [el único tema que de verdad me importa] sin adjetivaciones. Pero bueno, quizá una vez más me confunda. Y mi poesía sí que no la veo en absoluto entusiasta. Mi visión de la vida es más bien pesimista. Quizá parezcan entusiastas porque, por ejemplo, casi no hablo de la muerte, ya que es un asunto que no me preocupa [o que me preocupa tanto que lo veo inabordable]. Sólo hablan de la muerte en vida: la desaparición del amor, la soledad y cómo eso se suple con cosas como el arte, la literatura, o simplemente una vida cotidiana llena de cosas raras. Cuando eso se lleva al límite, el personaje tiende a ser un inadaptado, y de eso tratan algunos de mis personajes. Respecto a la frase de Lynch, no sé en qué contexto la escribió o la dijo, pero claro que me siento muy cercano a ello de forma espontánea, sin pensarlo mucho, porque la vida hoy ya es esa interconexión de múltiples ámbitos y contextos; en un anuncio de TV puede haber más conocimiento y poesía que en una sesuda obra literaria, porque aúna todo un conocimiento previo de siglos y de cultura. Hasta hace poco la humanidad había estudiado las cosas por separado, y ahora está tratando de ver las conexiones, y para ello se vale de los modelos en red, por eso la ciencia emergente hoy día es la Teoría de Redes. Por otra parte, y ya hablando de la novela, la conexión entre elementos que me interesa es la que es sutil y aparentemente azarosa, y sobre todo la que no maltrata al lector. Es decir, me interesa la novela compleja, pero no complicada. Cuando me enfrento a una obra llena de vericuetos argumentales, tipo investigación CSI, se me cae de la manos, me aburre. Para entendernos: de la misma manera me aburre el ajedrez y no el fútbol [aunque no soy nada futbolero], ya que en el ajedrez todas las partidas están ya escritas en alguna parte [es complicado pero no complejo], y sin embargo el fútbol depende de algo muy complejo como es el puro azar y las reacciones humanas ante estados de peligro o euforia. Por último, todas esas conexiones de las que hablas las articulo en forma fragmentada porque para mí es lo natural, me sale así, así que no lo considero en absoluto algo experimental. Para mí experimental sería hacer un novelón a la manera de saga rusa, eso sí que es un verdadero experimento ya que creo que ni yo ni nadie se exprese así en su vida cotidiana ni reconstruya así los hechos. [Por cierto, Babel no me gustó casi nada].
Bueno, cuando hablo de entusiasmo no me refiero a una descerebrada y cocacolera alegría de vivir, no describo un hype, ni me refiero a que tus personajes no sufran (es una obviedad que lo hacen y hay historias duras en Nocilla Experience, como la de los dos niños perdidos por los oleoductos soviéticos abandonados); hablo de una concepción no semántica de lo celebratorio (esta palabra no la recoge el DRAE, pero me la invento y punto), trato de definir de una poética de la recolección de cosas brillantes, luminosas, que quedan introducidas en tus novelas (en tus poemarios menos, es cierto), y que las dotan de una magia especial, de un resplandor que se mantiene aunque esas cosas derivadas a símbolos de nuestro tiempo entren en contacto con realidades duras y descarnadas, que son su espejo anticlimático y que, por supuesto, también constituyen nuestro tiempo. No quiero desvelar sorpresas de la novela, pero para que me entiendas me refiero a los dos Museos, me refiero al poder de la madera en marcha, me refiero a los contenedores junto al río.
R: Ahora lo entiendo. Esos elementos celebratorios (me gusta esa palabra aunque no esté en el DRAE, no hay que olvidar que las palabras no las inventa la RAE sino las personas, y después la RAE la fe, sólo eso, fe de que existen), pues como decía, esos elementos son parte de lo que yo llamo el desenfoque: por un momento, a través de ellos la narración cambia de textura, se vuelve extraña o borrosa, se crean “puntos de acumulación”, zonas de mayor densidad y al mismo tiempo más luz, y eso puede llegar a crear algo que turbe y fascine al lector. En general esos elementos celebratorios son una forma de monstruosidad, de extrañamiento, pero que en mi caso nada tiene que ver con los monstruos de los relatos de miedo. No olvidemos que monstruoso sólo significa, “aquello que no está en su propia naturaleza”. En este sentido, es monstruoso que dos niños vaguen por unos oleoductos subterráneos vacíos entre dos países, como también que alguien viaje en un coche totalmente de madera que además se alimenta con madera, o que un tipo diseñe en una casa para suicidas, o que una vieja de Brooklyn viva en su piso con un cerdo al que le habla al oído. Son instrumentos que destellan para vehicular la soledad en la que están sumidas esas personas.
Vamos a hablar un poco de imagen, Agustín. Escribes: “todo, de repente, mutaba en paisaje de un nuevo planeta, con lo que, siguiendo una especie de ascenso vertical que le llevaba ya a pergeñar un nuevo mundo, entendió que esas fotos sesgadas constituían el hábitat natural de la nueva literatura producto de un cine sin cabezas” (p. 166), y me recuerdas instintivamente al Fernández Porta define a los escritores como “cineastas sin medios”. De pronto se me ocurre: ¿aspiras de alguna manera a un arte total a través de la literatura?
R: Uff, pues sí y no. Desde un punto de vista clásico (barroco) el arte total era la arquitectura porque podía contener al resto de artes, mezclarlas, agitarlas y hacer salir de su chistera una obra que superaba a las partes en juego, hasta que llegó el cine, que parece haberle ganado la partida a todas. Ahora bien, en realidad yo creo que cualquier arte es total en sí mismo porque puede producir el mismo tipo de sensaciones y de igual intensidad que cualquier otro. Hablar del cine y de la arquitectura como arte total es tanto como afirmar que en La Divina Comedia hay más poesía que en el etiquetado de una bolsa de Gusanitos. En ambos textos hay lo mismo dependiendo de quién y cómo lo mire.
Dicho esto, entiendo tu pregunta, y si me pones a pensar en términos de “arte total” académico te diría que sí, que aspiraría a meter en la literatura todas las artes que conozco, pero no tengo esperaza alguna de que eso redundara en un producto creíble y digerible por el lector. No creo que sea posible. Primero, porque no sé cómo se podría meter en una narración la dimensión temporal de una manera eficaz, como sí hace el cine. Tampoco sé cómo se podría meter eficazmente la tercera dimensión, como hace la arquitectura. Ningún arte maneja los tiempos y las dimensiones en bruto, puras, pero los novelistas mucho menos. Los novelistas manejamos un tiempo y unas dimensiones que no son tales, sólo son trucos y proyecciones metafóricas de aquellos otros. Hay que entender que la literatura es el arte –si se le puede llamar así- más abstracto que hay, es pura intelectualidad, una marcianada que se construye a base de signos y complejas reglas de combinación que nada tienen que ver con los sentidos. El cine al menos se “ve”, la escultura al menos puede tocarse, la comida al menos puede saborearse, pero la literatura es un álgebra; de ahí que muy poca gente lea; natural.
Y segundo, no creo que se pueda llegar con la literatura a la obra de “arte total” porque cada vez que se meten en un texto elementos ajenos a la narrativa hay que tener mucho cuidado, casi siempre –no siempre- salen resultados fallidos, experimentos fallidos, cosas crípticas y enrevesadas, teóricas partidas, tan teóricas como esto que estamos aquí hablando tú yo, que nada tiene que ver con la literatura. (Mira si no cómo acabó alguien con el inmenso talento de Peter Greenaway por querer hacer el proceso inverso: meter la literatura en el cine; un churro)
Y por seguir con este rollo nada literario, te diré algo que realmente pienso respecto a lo que antes decía del espacio y el tiempo en las artes, y que se me acaba de ocurrir: creo que las artes tiene como función crear tiempo y espacio pero no en las propias obras sino en el receptor. Es decir, en ellas el tiempo y el espacio sólo son metáforas, trucos, y si esas metáforas son creíbles, entonces el tiempo y el espacio se encarnan realmente como experiencia propia e intransferible en el lector o espectador, ya que toda experiencia necesita de espacio y tiempo reales para manifestarse. Un tiempo y espacio orgánicos. Las artes serían entonces como un espacio y un tiempo pero en un croquis, y la experiencia del lector sería el espacio y el tiempo de ese croquis ya pasado materia vivida, construido, marcado ya en su biología.
Yo aspiro a ir desarrollando mi lenguaje, mi voz, ir conociéndome, y creo que con eso ya tengo suficiente trabajo. En Nocilla Lab, por ejemplo, habrá imágenes y un documental que estoy preparando.
Pero no entras matar, no terminas de decirme si Nocilla Experience te ha gustado o no y por qué.
Ja, ja, tranquilidad. Sigamos antes un poco. Uno escribe con / hacia / desde los textos que tienen “sangre compatible” con la nuestra, según la memorable concreción de Eugenio Montejo. A la vista de la repetición constante del guión de Apocalypse Now y de un libro de la revista Rock de Luxe de conversaciones con músicos, ¿puede decirse que las frases recortadas y “apropiadas” de estas entrevistas y de ese guión pueden sintetizar, como creo, la “poética” del libro? Y ello, aunque esa poética esté configurada, precisamente, como una antipoética, como un programa informático que combina –según las declaraciones de Beck– acierto y exceso, exactitud y error controlado. A esto contribuye un reciente artículo publicado en Babelia, donde haces una “Apología del error”. ¿Qué opinas?
R: En cierto modo sí. Todo fue muy casual. Poco antes de ponerme a escribir, antes de arrancar, estaba leyendo ese libro, El Pop después del pop (Biblioteca Rocldelux), que son entrevistas de Pablo Gil a diferentes músicos anglosajones de pop y rock. El caso es que eso se mezcló de manera muy natural con mis historias, iba de unas cosas a otras con naturalidad, con nexos entre ellas que de repente se me aparecían como obvios. Después vi que esos fragmentos de entrevistas insertados daban un contrapunto a mis propias historias, [historias que nada tenían que ver ni con el pop ni con la música en general]. El inserto de Beck es especialmente significativo, lo que él dice ahí es exactamente lo que pienso de mis novelas. Otros insertos enganchan con cosas más concretas, con lo que haya ocurrido en el capítulo anterior o lo que ocurrirá en el posterior. Pero la verdad es que los puse sobre la marcha, y bueno, al final, si te fías de un instinto inicial, todo más o menos cuadra.
Lo de Apocalypse Now es distinto. Ya en las primeras hojas se me apareció el recuerdo de esa peli, y en concreto de ese monólogo inicial, y no tenía ni idea del porqué, pero venía una y otra vez a mi cabeza, y mientras escribía lo iba insertando en los momentos en los que más estaba en mi cabeza, y seguía escribiendo, y al poco tiempo volvía, y entonces pensé en escribirlo siempre desde el principio pero cada vez con una o dos frases más, como una esfera que se va expandiendo. Llegó un momento en que supe el porqué de esa obsesión con ese monólogo: uno de los personajes se lo apropia, y así lo desarraiga, lo hace suyo, y subvierte de esta manera el sentido de las palabras del protagonista de la peli. El que hace ahí el apropiacionismo no soy yo, es el personaje. Entonces lo entendí y la verdad es que me gustó mucho, es uno de los momentos que más me gustan del libro.
Sobre mi artículo de Babelia, Apología del Error, sí claro, tiene todo esto mucho que ver. Si te fijas, todo esto son productos de errores.
Creo nos han enseñado a manejan los aciertos, lo aparentemente positivo, pero no a gestionar los errores. Como decía unos de los personajes de Nocilla Dream: la supervivencia consiste en redefinir los contratiempos en tu beneficio [o algo así, cito de memoria].
El videoartista Sergio Prego decía hace poco que "al transgredir las normas en la captura de imágenes se transforman las relaciones entre espacio y tiempo, tal y como las entendemos. La tecnología tiene una gran influencia en la mirada y permite transformar las normas de representación". Creo que tú estás de acuerdo con esto, y creo que tu modo de alterar la representación literaria convencional tiene como fin precisamente un cambio en la percepción, una nueva forma de mirar el espacio y el tiempo. Wallace Stevens decía en Adagia que “un viaje en el espacio equivale a un viaje en el tiempo”. Desde ese punto de vista, mirar el espacio del presente, viajarlo literariamente de otro modo, sería un salto al futuro literario, abandonar lo narrativo convencional para insertarse en un marco expresivo nuevo. ¿Estás de acuerdo?
R: Antes de nada: el trabajo de Prego me parece interesantísimo. Respecto a tu pregunta, lo del marco expresivo nuevo, estoy de acuerdo con eso, el único problema es que nadie sabe cómo hacerlo, cuál es la fórmula, ni siquiera se sabe si existe [estoy seguro de que no], todo es ir buscando, tanteando a ciegas y supongo que una gran fe un proyecto personal. Creo que ya lo he dicho, personalmente prefiero que esa nueva forma de hacer literatura venga de la mano se soluciones simples, si quieres hasta poéticas, mezcladas con una adecuada dosis de experimentación. Nada hay más desagradable que una cosa enrevesada y chapucera. Supongo que esa forma de pensar me viene por dos cosas, la primera son las ciencias, donde las teorías cuanto más sencillas mejores son, y por la poesía, que la que me atrae es la más delgada, tirando hacia el haiku. Insisto en lo mismo: leer es una actividad en sí misma antinatural; en principio, puede decirse que es un coñazo, un coñazo que se supera con un aprendizaje y la inmersión en una cultura [me refiero a cultura como forma de vida y costumbres de una sociedad, no como ilustración], y por lo tanto no es lo mismo experimentar con las palabras que con las imágenes, que siempre son mucho más digeribles y amables por experimentales que sean. Uno se puede tragar y disfrutar sin ser un gran avezado una peli Chris Marker, pero un tocho de según que escritores experimentales no se lo traga nadie por eso mismo que decía, porque en la literatura la experimentación hay que medirla mucho, hacerla atractiva, como la madre que tritura verduras en el puré para que el niño no coma sólo macarrones con tomate. El asunto es que hay lo que hay, las bases para crear algo son las mismas de siempre, aunque no las herramientas, y con eso es con lo que hay que jugar. A veces incluso lo más simple y aparentemente anodino, llevado al límite, es una experimentación en toda regla. Por eso me gusta La Casa de la Pradera, porque de tan naif y absurda, es radicalmente experimental. Mira, precisamente hace un rato fui al kiosco a por la prensa, y compré Rockdelux, y leí una entrevista al veterano productor musical Mario Pacheco, toda una institución, creador del sello Nuevos Medios, en la que decía que cuando fue a ver a los Ramones la primera vez que tocaron en el España, allá por los 80, lo que más le gustó fueron los teloneros, que eran Los Secretos. Y ese es otro ejemplo de experimentación radical porque no se puede hacer algo más simple y a veces hasta tópico y simultáneamente eficaz que lo hacen ellos, como en poesía podría ser el genial Pablo García Casado, que es un brillante experimentador. Después hay grupos que experimentan en plan alambicado pero que el resultado es muy bueno y con talento, que es a lo que me refería al principio, como por ejemplo Manta Ray, lo que en literatura sería, por ejemplo Perec.
¿Recurres a estos materiales, a la docuficción de la que hablabas en tu primera Nocilla, porque no encuentras en la literatura actual o pasada (salvo Cortázar, presencia constante en N.E.) modelos compatibles, o porque piensas que utilizar modelos artísticos o musicales no te compromete, no te obliga a “situarte” dentro del panorama literario?
R: Lo cierto es que no lo he pensado. Sí que encuentro modelos, de hecho hay una cantidad de literatura clásica que me gusta e interesa, sólo que le aplico mi revisión. Solamente voy poniendo lo que me parece adecuado, no me paro a pensar si encuentro material en la literatura actual o no, ni mucho menos si eso me va a comprometer o no. Diría que no desecho nada de lo que me afecta, sea de la procedencia que sea. Cada cual tendrá su modus operandi, el mío es no trabajar mucho los textos, no pensar mucho lo que hago, y sencillamente hacerlo; si trabajo mucho los textos y estructuras algo se me rompe, algo ya no fluye, y lo peor no es que en ese caso me salga un mal texto sino que me aburro. A veces creo que es saludable hacer las cosas un poco por la cara, sin pensarlo mucho, sin pensar cómo afectará eso a tu posición en el mundo literario. Si hay que poner un texto de Cortázar, pues se pone, y si tiene que ser la foto de una paella, pues se pone, y si hay que poner un texto de Vicente Luis Mora, pues se pone. Y si eso se parece a alguna estructura clásica, pues perfecto, y si no se parece, pues también.
Me gusta más Nocilla Experience que Nocilla Dream porque los elementos visuales más potentes son –al menos, eso creo–, de tu invención, como el del chef que cocina horizontes y tuercas y el palacio del parchís, entre otros. Mientras que en Nocilla Dream el imaginario icónico estaba tomado de referencias ya conocidas, como el árbol con zapatos de Nevada o los ensayos de Verdú, lo que provocaba que, como algunos lectores han visto, se olvidaba pronto una vez leída. Frente a esa volatilidad, Nocilla Experience tiene una gran capacidad de impregnación. Al ser más sólidos los personajes y más potentes las recreaciones espaciales, hay partes que se recordarán con facilidad. Sólo hay un elemento icónico que me chirría. Si querías apostar ahora por cierta novedad, ¿por qué retomar el tópico del corredor, totalmente devastado ya después de Forrest Gump?
R: Respecto a la volatilidad: respeto esa opinión, pero no la comparto en su totalidad, o sí, pero antes especificando que volatilidad no es para mí algo necesariamente negativo. Era lo que se pretendía. Como ocurre con la poesía, que está impregnada de volatilidad que a mí me gusta, es lo que buscaba. Quizá decir que es volátil y que eso sea negativo es aplicarle a esa novela un criterio de novela de verdad, novela, novela, que no es el que yo buscaba. Pero bueno, lo respeto totalmente, faltaría más.
En efecto, Nocilla Experience es menos “volátil”, es más “novela, novela”. Sin renunciar nunca, creo yo, a un pulso poético importante y la búsqueda de nuevos caminos.
El asunto Forrest Gump. Bueno, pues no sé, respeto que te chirríe, pero es que, primero, la historia me lo pedía, y si ya ha sido hecha antes en una peli, bueno, yo no tengo la culpa. Segundo, la historia del corredor, aunque se parece a Forrest Gump, nada tiene que ver, de hecho, luego se explica por qué ese hombre corre sin parar, y no tiene nada que ver con la película. Tercero, me parecía súper poético arrancar a la película Forrest Gump ese trozo y meterlo en mi novela, con otro personaje, otras vicisitudes, otros motivos, dando a entender que para acometer el absurdo de correr años sin parar no hay que ser necesariamente retrasado, puede haber otras motivaciones personales, o incluso artísticas tipo Land Art.
Por eso no me preocupó lo más mínimo meter eso. Es más, si te soy sincero es una de las historias del libro que más me conmueven y de las que las que más orgulloso estoy, precisamente por el desenlace, y en general por cómo está narrada. Sabía que esta pega saldría en los lectores, es normal, pero mira, ahí vuelvo a lo que decía más arriba: a veces las cosas hay que hacerlas sin más, hacerlas si la narración te lo pide, por la cara, y punto. Y ya vendrá el chaparrón, sí, pero has sido fiel a lo que querías hacer y además puedes defenderlo.
Después es que hay gente que no lo ve desde el mismo punto de vista que tú. Hace poco me llamó un crítico, que estaba leyendo la novela para hacer la crítica para un medio nacional, y me dijo que precisamente le había encantado esa historia del corredor, porque era tan brutalmente explícita la transposición de la peli a mi libro, tan “porque sí”, que había sabido darle un aire novedoso y eficaz, y que por eso le daba un alto valor narrativo.
En fin, todas opiniones me parecen bien, incluso las negativas, si son opiniones literarias, criterios literarios con los que yo puedo estar de acuerdo o no, pero respeto.
Respecto al “Epílogo”: desierto de Mojave, arreglos en el submundo del hampa, locales de strip-tease, samuráis, caravanas y armas… ¿temes que algún malvado critique un posible efecto Kill-Bill (vol. 2) en tu escritura?
R: Bueno, es que no he visto Kill-Bill, ni la 1 ni la 2. No me interesa demasiado Tarantino, y a no ser que me la den por la tele, no hago el esfuerzo de ir al vídeo club a por ellas, y cuando voy no me acuerdo nunca de ellas. Además, ya me parecería mala idea, hablar por hablar, porque esos ambientes no se los inventó Kill-Bill, ¡hasta ahí podíamos llegar, son clásicos! Por otra parte, lo que se trapichea en esos bajos fondos que salen en mi libro sí que no es algo tan usual, yo diría totalmente inusual.
Eso que dices es cierto, no adelantaré nada pero, en efecto, se hace contrabando de una mercancía nada habitual en las novelas o películas al uso. En los “créditos” finales, incluyes un mail de David Torres del que, en uno de esos golpes que te caracterizan, no has borrado la publicidad habitual de MSN. Con este tipo de gestos, así como con la inserción de la publicidad (vgr., Nike), en la novela, ¿intentas combatir el borrado del pop apuntado también por Eloy Fernández Porta en Afterpop?
R: Sí y no. No es que intente combatir nada, no estoy en guerra con nada ni con nadie, es que pongo esos iconos porque me parece lo natural, lo que me sale, no me imagino a mí mismo borrando esas publicidades a oscuras en mi casa, para que no se vean las impurezas, las vergüenzas, ni me imagino haciéndome de la liga “anti iconos pop en las novelas”, tipo la liga antitabaco o antialcohol de las ancianas del Far West; es que lo considero absurdo y puritano, te aseguro que se escapa a mis entendederas. Lo que hay es lo que hay, y el asunto está en extraer también de eso materia poética o novelable. Todos esos iconos están en mi cotidianidad, como en la de todo el mundo, y pueden entrar o no en una novela según el autor lo considere, ¿por qué no iba a ponerlo? ¿Hay alguna razón lo suficientemente sólida –más allá del simple prejuicio- para no hacerlo? Estoy totalmente de acuerdo en ese punto con las tesis de Eloy.
Novela / Nivola / Nocilla
Galdós / Unamuno / Fernández Mallo.
Modernismo / tardomodernismo / posmodernidad
Es una pregunta muy interesante pero muy difícil para mí. La verdad es que no podría decir que el Proyecto Nocilla es un modelo para la literatura posmoderna pangeica, (como tú bien has llamado a un tipo de literatura que se hace hoy), sin caer en la petulancia más absoluta. Por otra parte, es que no lo sé. Ni creo que nadie lo sepa aún hasta que pase el tiempo. Prefiero decir que es el tipo de literatura en el que me encuentro más cómodo y el que más me interesa (no el único) para expresar una poética hoy en día. Verás, no poca gente se ha confundido conmigo, han pensado que intenté e intento hacer saltar la literatura por los aires, que un día diseñé un plan extravagante para hacerme notar, y locuras así. Nada más lejos de la realidad. Yo simplemente un día me senté a escribir en mi casa, solo, sin haber tenido el más mínimo contacto jamás con el mundo de la novela, y me salió esto, sólo eso. Una vez dije en una entrevista que con el Proyecto Nocilla había ido a tumba abierta, y eso fue lo que hice, sin pensar en si esto o aquello estaba bien o mal, sólo escuchando lo que dictaban los estímulos externos y mi cabeza.
¿Qué diferenciará –dentro de lo que nos puedas adelantar, claro– Nocilla Lab de las anteriores? Por el título, suena más científica, o más tecnológica.
R: No creas, no es más científica. Quizá es menos. Por Lab quiero dar a entender que ahí se explicará cómo escribí las otras dos, cómo fue el laboratorio.
Es una novela muy distinta a las otras dos en estructura, tono, forma, etc. Está en primera persona, y es un road movie por una isla del Mediterráneo. Con la excusa del viaje se van contando cosas de las otras Nocillas al tiempo que me van ocurriendo cosas en ese viaje. Tiene cambios muy bruscos de forma pero cada cien páginas o así. No sólo hay texto, también ilustración, cómic, foto, etc. Además, si se consiguen atar unos cabos en cuanto a derechos de autor, también hay un documental-película (una docuficción) que estoy haciendo sobre el Proyecto Nocilla, y que en principio iría en un DVD adjunto al libro. Es un libro creo que literariamente más ambicioso que los otros dos. Pero para eso aún falta mucho.
Conclusión
Bien, ahora ya fuera de la entrevista, debo terminar mi valoración sobre Nocilla Experience. Y creo que debemos intentar esclarecer la poética en que este libro se inserta. Nos ayudará Roland Barthes, en una de esas escasas y grandiosas intervenciones de alguien en un programa televisivo que quizá justifiquen la existencia de la televisión:
Es un problema casi insoluble. Hay siempre una intimidación por parte de la modernidad, es inevitable. La innovación intimida porque tenemos miendo de perdernos lo que pueda haber de importante en ella. Pero también en ese caso habría que ser objetivo y pensar que la modernidad más actual conlleva sus propios deshechos; la modernidad libera confusamente el deshecho, la experiencia y tal vez una obra futura. Hay que tomar partido al respecto y defender la modernidad en su conjunto, asumiendo la parte de deshechos que comporta inevitablemente, y que ahora no podemos evaluar de un modo exacto.[1]
Sí, la televisión nos salva también en este caso, porque diría que justo la expuesta por Barthes es la actitud literaria de Agustín Fernández Mallo a la hora de edificar este Proyecto Nocilla. Mallo recoge la herencia moderna y posmoderna y toma, arbitrariamente, aquello que le interesa y que, a su juicio, debe ir a la obra, lo que estima que cabe en ella; en realidad, su postura estética no es muy distinta de la de ese personaje suyo que se ha construido su casa con deshechos en la extinta terraza del edificio Windsor[2], una poética muy en la línea de la novela jPod, de Douglas Coupland, que reseñamos en estas mismas pantallas con el título de "Una novela con Spam". En este sentido, la obra de Fernández Mallo, incluyendo también la poética, es grande precisamente porque sabe lo pequeña que es, porque es consciente de actuar desde abajo, desde la calle, desde el hecho y el desecho, desde lo soberbio y lo sobrante[3]. Su honestidad es asombrosa y su acercamiento a un nuevo modelo eficaz de modelar la realidad, de novelar lo real desde una mezcla imposible de inocencia y de absoluta falta de ingenuidad respecto a la composición ficcional de lo real, su psicopatía naif, coloca su obra en un estatus fenomenológico prácticamente inigualable, al conseguir que la reducción eidética (perdonen el palabro, me refiero a la capacidad fenomenológica de lograr que cada lector se identifique con la experiencia relatada en la narración) logre unas cotas que explican su sintonía con el público de cualquier edad. El lector, y esta es una confesión que me han hecho muchas personas, simpatiza con la obra de Mallo aunque esté en desacuerdo parcial con lo que en ese momento está contando, porque entiende que hay una verdad narrativa, un modo creíble y actual, distinto y honesto, de presentar las cosas.
En su momento, hice para la revista Quimera una reseña nada complaciente de Nocilla Dream. Ponía objeciones puntuales y generales, lingüísticas y estructurales, referentes a los personajes y de otros tipos. Tuvimos el autor y yo nuestras palabras, privadas y públicas, a este respecto. Sin embargo, aprecié en Nocilla Dream ciertos valores que me llevaban a defenderla, algo todavía en gestación que prometía cosas mayores, algo por venir que esta anunciado en su texto. Pues bien, lo que estaba anunciado era Nocilla Experience. Mejor libro, más sólido, ahora sí una novela sin dudas, heterogénea pero contundente, variada y mutante, como los tiempos en los que vivimos. En un momento de la novela, clarividente por estar escrito en torno a 2004, según su aclaración al final del libro, escribe Fernández Mallo: “la mutación es lo que importa” (p. 80). Fernández Mallo es más arriesgado y experimental en poesía que en prosa; es posmoderno en su modo de hacer novelas, pero es ya pangeico en su poesía; sin embargo, también sus novelas están en proceso de mutación hacia otro lugar, hacia otra forma. Seguramente Nocilla Lab sea ya una novela pangeica (lo veremos), perteneciente a otro modelo estético y técnico, pero el posmodernismo de Nocilla Experience es tan radical que casi logra la “velocidad de escape” suficiente para emanciparse de esa órbita. Esta novela puede ser acogida con reticencias por dos motivos: para hacerle pagar al autor el éxito de la primera, o por no conectar con la propuesta estética planteada, que desde luego avanza (kilómetros) sobre la mayoría de las propuestas narrativas actuales, caracterizadas por su agotamiento e inanidad, salvo valiosas excepciones, por supuesto. El gusto es libre y puede no encontrarse uno cómodo con esta forma diferente y valiosa de narrativa, pero que la propuesta no guste no significa que no la haya; de esta entrevista, de otras anteriores y del mismo texto, se deduce a la perfección que Mallo tiene una poética, tan respetable como cualquier otra, y que lo que pone sobre la mesa con Nocilla Experience es, desde el principio y desde el título, una experiencia literaria, un proyecto completo y complejo que cuestiona (sin proponérselo, por su propia existencia), modos y formas de entender lo literario o lo novelístico en la actualidad. Eso se paga, me temo, ojalá me equivoque; el caso es que Nocilla Experience viene a sentar, definitivamente, el punto de no regreso de cierto modo de entender la novela en España. La palabra, la decisión final, no la tenemos los críticos, ni los escritores. La tienen los lectores. Toca saber qué dicen ellos. Y algo me susurra que van a decir, como Molly Bloom, que sí.
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Notas
[1] R. Barthes respondiendo a Murice Nadau en el programa Dialogues, 13 de marzo de 1974. Recogido en R. Barthes, “¿A dónde va la literatura?”, Variaciones sobre la literatura; Paidós, Barcelona, 2002, p. 184.
[2] Me van a permitir la autocita, pero la casualidad merece la pena: tampoco es muy distinta esta estética de Mallo de la de ese personaje de Circular 07, de iniciales VLM, que “estaba elaborando un largo escrito que definió como el inventario de todos los deshechos acumulados en su casa; fue detenido inmediatamente y puesto a disposición de la autoridad judicial. A pesar de los reiterados ruegos de que no hablase sin la presencia de su abogado, el susodicho no dejaba de perorar acerca de la libertad de recolección de objetos de las calles, sobre el síndrome de Diógenes que debería tener, a su juicio, todo artista que se precie, y sobre las ventajas de un extraño aparato eléctrico de fines sexuales que aún no hemos identificado” (Berenice, 2007, p. 31).
[3] Entiendo lo que quiere decir Pozuelo Yvancos cuando opina sobre Nocilla Experience: “Quizá mirado como otra cosa que como un proyecto revolucionario, mirado como forma de actualizar los acarreos multiculturales de las vanguardias visuales, y una inteligente dosificación de la imaginería lírica, ofreciese la verdadera dimensión que tiene, lejos de esa tensión en la que el autor se ha situado, que hace esperar una genialidad y un grano aquí entreverado de mucho material facilón, que debiera haberse filtrado un poco más” (ABCD 08/03/2008), pero es que precisamente la poética de AFM es no filtrar, porque la realidad no lo hace. Puede gustar o no esta estética, pero es premeditada y coherente: “La realidad está llena de Spam, información que es basura porque no nos sirve de nada, mero ruido. La realidad está llena de cosas que no vienen a cuento. Pero, ¿qué ocurre si consigues meterlo en una novela y convertirlo en objeto de poética?”, AFM, entrevista para Público, 13/03/2008.

