Ayer estuve en un acto político que cambió muchos de mis puntos de vista sobre los Estados Unidos. Estuve en el mitin que Barack Obama pronunció en Albuquerque, en una llanura colindante con la University of New Mexico, donde había congregadas, según estimaciones, no menos de cincuenta mil personas. Fui con mi amigo Pablo, y ambos salimos de allí con la experiencia de haber vivido algo histórico.
Podría contar muchas cosas sobre el acto: mi alegría de que el español estuviera en todo momento muy presente, incluso con canciones en directo interpretadas en castellano, algunas ideas de los diferentes discursos de otros demócratas del Estado, etc., pero me centraré en Obama, en lo que llamaría la experiencia Obama. Después de estar allí dos horas de pie, aguantando el frío, el cansancio de hacer una hora y media de colas y controles de seguridad, y con varias rupturas de ritmo durante todo el mitin, Pablo y yo estábamos muy cansados. Yo pensaba para mis adentros que los acólitos no iban a recibir a Obama demasiado bien. Pues me equivoqué. Y cómo. Desde que anunciaron que subía los escalones del estrado, aquella multitud sufrió una transformación increíble. Los rostros agotados, ateridos y angustiados por la crisis económica generalizada se convirtieron en pantallas que retransmitían ilusión y ánimo. Y él comenzó a hablar. Y entonces comenzó la experiencia Obama.
El ambiente del momento no eclipsó mi carácter crítico. Mientras estaba allí recordaba que hace poco declaraba el lingüista e intelectual Noam Chomsky al periódico alemán Der Spiegel que entre Obama y McCain “hay diferencias, pero no son fundamentales. Nadie debiera hacerse ilusiones. Estados Unidos tiene esencialmente un sistema de partido único y el partido gobernante es el partido empresarial”. No niego que Chomsky tiene parte de razón; de hecho el proyecto electoral de Obama está respaldado, desde el principio, por un grupo de poderosos empresarios de la zona de Chicago. Pero –incluso aunque aceptáramos eso por completo– yo no escuché ayer a Obama un discurso de grandes empresas, sino de PYMES. Un discurso de clase media donde no había promesas abstractas e inconcretas, como al principio de su campaña contra Hillary Clinton por la nominación demócrata, sino realidades. No sólo habló del talante norteamericano, también habló de impuestos, de hipotecas y de préstamos de ayuda a jóvenes universitarios. Si un joven tiene un gran expediente y quiere ir a la universidad sin tener dinero para hacerlo, dijo, habrá que crear una especie de prestación social sustitoria para que devuelva a la comunidad la beca gratuita que merece tener para estudiar. Si una pequeña o mediana empresa contrata a alguien en los dos próximos años, dijo, tendrá un descuento impositivo. Si alguien no tiene ningún seguro social, se creará uno muy básico con lo que se ahorre al detener la guerra de Irak y los ¡diez mil millones de dólares al mes! que cuesta a los norteamericanos. Si ya tiene seguro social, se intentará que las compañías cumplan lo establecido en sus cláusulas (algo que no hacen, como se puede ver día a día aquí y en el documental Sicko de Michael Moore). Aquí dijo algo que, por circunstancias personales concretas, me llegó muy hondo: “La reforma del sistema sanitario no es para mí un objetivo político más. Para mí es personal. Mi madre murió de cáncer con 53 años, peleándose en el hospital con la compañía de seguros para que ésta le autorizara un tratamiento”.
Este tipo de detalles, que descendían al desierto de lo real y apuntaban medidas muy concretas y palpables, me hicieron pensar que, como comentó Pablo -mientras contemplaba el escaso presupuesto del mitin, el hecho de que todos los organizadores fueran voluntarios no pagados, la ausencia de un partido político al estilo europeo y la atmósfera de espléndida improvisación- Obama había abandonado el estilo cinematográfico y mediático del Yes, we cam, que según apuntamos aquí utilizase en su nominación demócrata, para volver a la política real, para echarse a la calle sin alharacas, ni efectos de imagen, ni grandes escenarios, ni cuidadoso tratamiento icónico. Nada de eso. Un micrófono y su espléndida oratoria. Al estilo romano (salvo en lo del micro, claro). Sólo se permitió el gesto escénico de subir a la plataforma bajo los acordes de The rising, de Bruce Springsteen. De todas formas no se oía nada bajo el rugido de cincuenta mil gargantas. Mientras hablaba él yo miraba las caras de la multitud. Eran rostros llenos de pronto de vida, de ilusión por un cambio en las cosas. Un chico que estaba a mi lado se volvió a su madre y le comentó: “es esperanzador, ¿verdad?”. Obama dijo que la nación estaba en el peor momento desde la crisis de 1929. Pero que se había salido del Crack, y de los efectos de la guerra, y de Vietnam, y de la crisis del petróleo. Y que lo que había sacado del pozo a Estados Unidos era simplemente la convicción de los ciudadanos en que podían hacerlo y su voluntad de trabajar. Y de que la solución eran ellos, los que estaban allí, cada uno de ellos. Sí se puede, gritó varias veces en español. Y que él confiaba en ellos. Alguien del público desgarró lo que creo que todos estaban pensando: “nosotros creemos en ti”. Y entonces Obama dijo que este es un país donde lo sueños no se tienen, sino que se hacen, y donde los de fuera son bienvenidos porque Estados Unidos es un país hecho por pioneros e inmigrantes, y el estruendo era ya tan grande que ya no se podía oír nada. Y entonces me pasó algo que solamente me había pasado una vez escuchando a un político: se me erizó el vello y se me atoró la garganta. La otra vez que me pasó fue escuchando un discurso de Robert Kennedy, el hermano prematuramente asesinado de John Fitzgerald Kennedy. Está claro que Obama tendrá que demostrar que no es sólo brillante oratoria, que habrá que gestionar con medidas reales ese cambio, pero esta oratoria, en sí misma, ya produce efectos públicos saludables, por sí misma reordena el imaginario y establece la esperanza como proyecto político, entendida como lo que uno mismo puede hacer, como lo que debe hacer por su entorno social, según aquel memorable discurso presidencial de J.F.K. Y mientras Obama se despedía yo me preguntaba por qué mi país nunca ha tenido un político como Martin Luther King, como J.F.K., como -habrá que darle tiempo- Obama, o como Robert Kennedy, alguien que sepa entender cuál es la almendra de nuestra patria, esclarecer cuáles son las verdaderas cualidades de los españoles y convencernos, de una vez por todas, de que son esas cualidades y nuestro trabajo continuo a partir de ellas lo único que puede salvarnos.


