
Aprenderás a pensar contra tu propia lengua
Juan Goytisolo, Juan sin tierra
Juan Goytisolo, Juan sin tierra
Juan Goytisolo es uno de los nombres más conocidos de nuestras letras fuera de España y uno de los más controvertidos dentro. Su nombre sólo suscita indiferencia o tibieza en quienes no le han leído, o no le conocen. Sus elecciones ideológicas o sentimentales han sido tomadas por algunos como excusas para desactivar lo único importante, lo único que (en principio) reconoce el Premio Nacional de las Letras: la calidad de la carrera literaria de un autor. Y creo que es poco discutible la calidad media de la obra narrativa, crítica y autobiográfica de Goytisolo, encontrándose su legado entre los más importantes del XX. Sobre Goytisolo han escrito con fervor críticos europeos, hispanoamericanos, musulmanes y norteamericanos; católicos, árabes, protestantes, agnósticos y ateos; es leído en casi todo el mundo y ha tenido seguidores en varias promociones de escritores y lectores, así como defensores de edades variopintas como las de Julián Ríos, Carlos Fuentes, Pere Gimferrer, A. Sánchez Robayna, José María Pérez Álvarez, Juan Francisco Ferré o Jorge Carrión. Incluso quienes ponen algunos peros a partes o aspectos de su obra o su figura, no dudan en calificar de “obras maestras” a novelas como Señas de identidad, Reivindicación del Conde Don Julián o Juan sin tierra (como hace el gran estudioso de la literatura de posguerra José-Carlos Mainer en Tramas, libros, nombres).
El propio Goytisolo ha contribuido, conscientemente o no, a que la valoración de su obra literaria se vea esmerilada por factores extraliterarias. Atento siempre a la actualidad española pese a su exilio voluntario en Marrakech, agitador cultural, portador constante de opiniones contundentes, ha sido criticado por tirios y troyanos, por estar demasiado lejos o demasiado cerca; a ratos por la ferocidad de sus críticas y a ratos por aceptar premios o reconocimientos de un panorama cultural que dice detestar. Ana Nuño ha llegado a hablar de que “cabe entonces plantear la existencia de un problema Goytisolo. Éste, en realidad, es el generado por la ausencia de un contexto crítico adecuado para la recepción de su obra”. Creo que ese contexto ha comenzado a aparecer de unos años a esta parte, coincidiendo quizá con una nueva promoción de críticos nacidos o crecidos ya en democracia y que pueden abordar cierto tipo de problemas culturales o literarios con el necesario distanciamiento. En este sentido, para contextualizar la figura de Goytisolo, quizá habría que precisar qué significa “contribuir al desarrollo de una cultura”. A mi juicio –y no me cabe duda que al de Goytisolo también– esa contribución puede hacerse aportando nuevas obras, pero también mediante la crítica rigurosa de vicios establecidos y de las carencias que hay en todo sistema cultural, incluido el español. Goytisolo ha hecho las dos cosas, y las ha hecho bien. Ha demostrado con creces que sabía escribir y que sabía denunciar fisuras, vacíos, anorexias y tabúes de la cultura española. Esto no significa que tengamos que compartir todos sus libros, posturas, críticas y opiniones, algo imposible por su extrema singularidad y por su abundancia, después de 78 años de vida. Nadie comparte todo lo que ha hecho o dicho Juan Goytisolo. Ni es necesario hacerlo. A la hora de valorar su competencia literaria hay que dejar de lado lo que piensa Goytisolo sobre la cultura patria, sobre política internacional, sobre el orientalismo, sobre las religiones, sobre el sistema educativo o sobre la historia de España. Hay que ceñirse a los textos y ver si sus lecturas, teorías y diversos conocimientos construyen o no una narrativa sólida, algo que ha hecho el hispanista suizo Marco Kunz, por ejemplo, estudiando el tema de la migración en la obra del autor barcelonés. Habrá que abordar la calidad de su literatura de viajes, como hizo Jorge Carrión en su tesis doctoral, de próxima aparición en la editorial Iberoamericana Vervuert. Habrá que analizar si su utilización del lenguaje es firme y original, si su tratamiento textual relanza la novela española de finales del XX (algo que tratase Juan Francisco Ferré en su tesis doctoral), si sus personajes y técnicas han quedado en el imaginario narrativo posterior, y si sus aportaciones críticas y autobiográficas se cuentan o no entre las mejores que tenemos. Se trata de valorar, de forma desapasionada, un conjunto de textos. Y si esto se hace con rigor, sin animadversiones ni nepotismos, debe reconocerse que el Premio Nacional de las Letras ha acertado de lleno al galardonar –con bastante retraso– una trayectoria literaria con escasos parangones en nuestra historia reciente, por calidad y por diversidad. Decía Gimferrer en Los raros que “la sociedad y la literatura hispánica no deben prescindir de nadie, y la literatura, en particular, no puede prescindir de la verdad literaria”. Por ello da igual que Juan Goytisolo quiera siempre huir minuciosamente de la literatura hispánica, o al menos de la ibérica; lo importante es que ésta nunca deje escapar a Goytisolo. Y darle un premio es tan buena manera de intentarlo como cualquier otra, y entra dentro de los agridulces encantos de lo tardío. Aunque hay otras formas de retenerlo con nosotros: yo prefiero seguir, o que siguiésemos, leyéndole. Ahí es donde aguarda el Goytisolo que quedará cuando el polemista se vaya, ahí respira el Juan Sin Tierra realmente valioso. Ahí, entre las páginas de Señas de identidad, de Reivindicación del conde Don Julián, como lectores de gran literatura en castellano, podremos encontrarnos siempre también a nosotros mismos.
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El propio Goytisolo ha contribuido, conscientemente o no, a que la valoración de su obra literaria se vea esmerilada por factores extraliterarias. Atento siempre a la actualidad española pese a su exilio voluntario en Marrakech, agitador cultural, portador constante de opiniones contundentes, ha sido criticado por tirios y troyanos, por estar demasiado lejos o demasiado cerca; a ratos por la ferocidad de sus críticas y a ratos por aceptar premios o reconocimientos de un panorama cultural que dice detestar. Ana Nuño ha llegado a hablar de que “cabe entonces plantear la existencia de un problema Goytisolo. Éste, en realidad, es el generado por la ausencia de un contexto crítico adecuado para la recepción de su obra”. Creo que ese contexto ha comenzado a aparecer de unos años a esta parte, coincidiendo quizá con una nueva promoción de críticos nacidos o crecidos ya en democracia y que pueden abordar cierto tipo de problemas culturales o literarios con el necesario distanciamiento. En este sentido, para contextualizar la figura de Goytisolo, quizá habría que precisar qué significa “contribuir al desarrollo de una cultura”. A mi juicio –y no me cabe duda que al de Goytisolo también– esa contribución puede hacerse aportando nuevas obras, pero también mediante la crítica rigurosa de vicios establecidos y de las carencias que hay en todo sistema cultural, incluido el español. Goytisolo ha hecho las dos cosas, y las ha hecho bien. Ha demostrado con creces que sabía escribir y que sabía denunciar fisuras, vacíos, anorexias y tabúes de la cultura española. Esto no significa que tengamos que compartir todos sus libros, posturas, críticas y opiniones, algo imposible por su extrema singularidad y por su abundancia, después de 78 años de vida. Nadie comparte todo lo que ha hecho o dicho Juan Goytisolo. Ni es necesario hacerlo. A la hora de valorar su competencia literaria hay que dejar de lado lo que piensa Goytisolo sobre la cultura patria, sobre política internacional, sobre el orientalismo, sobre las religiones, sobre el sistema educativo o sobre la historia de España. Hay que ceñirse a los textos y ver si sus lecturas, teorías y diversos conocimientos construyen o no una narrativa sólida, algo que ha hecho el hispanista suizo Marco Kunz, por ejemplo, estudiando el tema de la migración en la obra del autor barcelonés. Habrá que abordar la calidad de su literatura de viajes, como hizo Jorge Carrión en su tesis doctoral, de próxima aparición en la editorial Iberoamericana Vervuert. Habrá que analizar si su utilización del lenguaje es firme y original, si su tratamiento textual relanza la novela española de finales del XX (algo que tratase Juan Francisco Ferré en su tesis doctoral), si sus personajes y técnicas han quedado en el imaginario narrativo posterior, y si sus aportaciones críticas y autobiográficas se cuentan o no entre las mejores que tenemos. Se trata de valorar, de forma desapasionada, un conjunto de textos. Y si esto se hace con rigor, sin animadversiones ni nepotismos, debe reconocerse que el Premio Nacional de las Letras ha acertado de lleno al galardonar –con bastante retraso– una trayectoria literaria con escasos parangones en nuestra historia reciente, por calidad y por diversidad. Decía Gimferrer en Los raros que “la sociedad y la literatura hispánica no deben prescindir de nadie, y la literatura, en particular, no puede prescindir de la verdad literaria”. Por ello da igual que Juan Goytisolo quiera siempre huir minuciosamente de la literatura hispánica, o al menos de la ibérica; lo importante es que ésta nunca deje escapar a Goytisolo. Y darle un premio es tan buena manera de intentarlo como cualquier otra, y entra dentro de los agridulces encantos de lo tardío. Aunque hay otras formas de retenerlo con nosotros: yo prefiero seguir, o que siguiésemos, leyéndole. Ahí es donde aguarda el Goytisolo que quedará cuando el polemista se vaya, ahí respira el Juan Sin Tierra realmente valioso. Ahí, entre las páginas de Señas de identidad, de Reivindicación del conde Don Julián, como lectores de gran literatura en castellano, podremos encontrarnos siempre también a nosotros mismos.
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