jueves, 29 de enero de 2009
domingo, 25 de enero de 2009
Fragmenta III
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Reproducción de dinosaurio cazada viva en un área de descanso en Arizona.
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[Diciembre 2008] “You need a face to face the world”, dice Maria Siemionow, de la Cleveland Clinic, directora del equipo de ocho cirujanos que, durante 22 horas del día 17 de diciembre, han realizado un transplante de rostro casi total. La intervenida era una mujer que había sufrido una terrible desfiguración; parte de la piel utilizada era suya, y parte era de un cadáver. How do you feel about the prospect of living with a face from a dead person?, le preguntaron en uno de los test psicológicos previos, aunque no le dejaron ver el rostro del donante para que no pensara que iba a parecerse a él/ella. Lo que hace al rostro no es tanto la musculatura, sino la estructura ósea tras ella, de forma que la piel nueva se adapta al contorno facial. En tanto el trauma había afectado a los huesos, el resultado es inesperado para la paciente, aunque al verse no ha rechazado su nueva cara. No sabemos qué respondió la paciente cuando le preguntaron cómo se planteaba la perspectiva de vivir con la cara de una persona muerta. Pero todas las células de nuestra cara y las de nuestros huesos mueren y son sustituidas por completo por otras (salvo las neuronas y algunas otras) cada siete años, de modo que cada siete años somos otra persona, y llevamos nuestro rostro sobre el cadáver de otro. El de aquel que fuimos.
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“Puso un rostro en nuestra faz sin nosotros”, escribió el místico persa Rumi.
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La literatura de César Aira puede resumirse en la imagen de un hombre paseando a un perro congelado.
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En los premios literarios, a los escritores ya nos queda sólo el lugar de los finalistas.
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Francisco Gálvez
Tránsito; Diputación Provincial de Málaga, Col. Puerta del Mar, Málaga, 2008.
Reedita la Diputación Provincial de Málaga, creo que con muy buen criterio, este excelente poemario de Francisco Gálvez publicado por vez primera en 1994. Como señala Eduardo García en su prólogo, eran aquellos malos tiempos para la diversidad y un período poco adecuado para la aparición de un poemario tan singular como Tránsito. Quizá ahora haya otros vientos para apreciar un libro que entonces era contracorriente y hoy también, pero por fortuna existen hoy más corrientes que en aquellos días, o más espacio para otras corrientes. La figura de Francisco Gálvez, a pesar de editar en editoriales conocidas, como Pre-Textos o Hiperión, y de coordinar revistas (Antorcha de paja, La manzana poética) y encuentros literarios, no es todo lo conocía que debiera por el gran público, y sin duda ello se debe a que dentro de sus distintos tonos (que van de la poesía tecnológica de El hilo roto [2001] a la reflexión “lakista” de El paseante [2005]), su lírica nunca ha sido complaciente ni ha atendido a las modas en curso. Tránsito sigue siendo, hoy por hoy, el libro más importante del autor, y quizá el que mejor define su poética. Eduardo García coloca a este poemario, con buen juicio, dentro de la escasa poesía metafísica real escrita en castellano (porque la conocida últimamente como tal, según García y de nuevo con razón, ni es metafísica ni es –en algunos casos– poesía), en cuanto ahondamiento profundo y riguroso en el concepto de tiempo, a través del motivo del tránsito. Este motivo, como sigue apuntando García, no hace referencia a la fugacidad ni a la pérdida, sino a “la conciencia de la continua transformación del mundo” (p. 20). Sobre la senda heraclitiana, García establece las líneas de lectura de estas transformaciones, que son tanto del tiempo en nosotros como de nosotros en el tiempo: “y el mundo es otro mundo, / y el hombre es otro hombre” escribe Gálvez, mientras que García recuerda las casi parejas palabras de Heráclito: “es siempre uno y lo mismo en nosotros, lo vivo y lo muerto, lo despierto y lo dormido, lo joven y lo anciano. Lo primero se transforma en lo segundo, y lo segundo en lo primero” (fragmento 88). La conciencia de esa escisión nuclear del individuo, no en dos partes separadas y estancas, sino en dos o más secciones fluctuantes, ventriculares, comunicadas, dicotiledóneas, metanoicas, “sístole y diástole / de un mismo espejo”, que decía Gonzalo Rojas[1], es la que nutre la mejor poesía moderna y posmoderna, desde Pessoa a John Ashbery, de Juan Ramón y Vallejo a Bernard Nöel, Eduardo Milán o Gamoneda. En esa estirpe que toma al sujeto como una incertidumbre, y no como un risible sujeto sólido y firme, es donde se coloca este excelente poemario de Gálvez. Un poemario en el que encontraremos textos como este “Rotación”:
La noche es el comienzo
de un día que ya es noche.
Todo gira en destellos y relámpagos
y la penumbra es un viaje
sin partida ni llegada.
En lo temporal huye el hombre,
mientras el mundo gira en su esplendor
como una bengala de fiesta.
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Ideas para instalaciones artísticas. Colocar en las calles de una ciudad bocas de metro falsas, idénticas a las reales pero colocadas en lugares donde no puedan jamás existir, para despistar a los viandantes. Colocar postes de parada de autobús o marquesinas en la ribera de un río. Escaleras mecánicas en funcionamiento, que den a muros en construcción.
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Él no había estado nunca en una casa de lenocinio (...) La mujer mantiene una billetera frente a su cara, con las dos manos.
-¿Usted es escritor?
-¿Yo? No. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Le gustan los escritores?
-No, no me gustan.
-¿Por qué? No son malas personas.
-Sí, son malas personas.
Ricardo Piglia, Nombre falso
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Amar: perder lectoras.
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Edmundo Paz Soldán, Palacio Quemado; Alfaguara, Madrid, 2008.
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“Puso un rostro en nuestra faz sin nosotros”, escribió el místico persa Rumi.
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La literatura de César Aira puede resumirse en la imagen de un hombre paseando a un perro congelado.
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En los premios literarios, a los escritores ya nos queda sólo el lugar de los finalistas.
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Francisco Gálvez
Tránsito; Diputación Provincial de Málaga, Col. Puerta del Mar, Málaga, 2008.
Reedita la Diputación Provincial de Málaga, creo que con muy buen criterio, este excelente poemario de Francisco Gálvez publicado por vez primera en 1994. Como señala Eduardo García en su prólogo, eran aquellos malos tiempos para la diversidad y un período poco adecuado para la aparición de un poemario tan singular como Tránsito. Quizá ahora haya otros vientos para apreciar un libro que entonces era contracorriente y hoy también, pero por fortuna existen hoy más corrientes que en aquellos días, o más espacio para otras corrientes. La figura de Francisco Gálvez, a pesar de editar en editoriales conocidas, como Pre-Textos o Hiperión, y de coordinar revistas (Antorcha de paja, La manzana poética) y encuentros literarios, no es todo lo conocía que debiera por el gran público, y sin duda ello se debe a que dentro de sus distintos tonos (que van de la poesía tecnológica de El hilo roto [2001] a la reflexión “lakista” de El paseante [2005]), su lírica nunca ha sido complaciente ni ha atendido a las modas en curso. Tránsito sigue siendo, hoy por hoy, el libro más importante del autor, y quizá el que mejor define su poética. Eduardo García coloca a este poemario, con buen juicio, dentro de la escasa poesía metafísica real escrita en castellano (porque la conocida últimamente como tal, según García y de nuevo con razón, ni es metafísica ni es –en algunos casos– poesía), en cuanto ahondamiento profundo y riguroso en el concepto de tiempo, a través del motivo del tránsito. Este motivo, como sigue apuntando García, no hace referencia a la fugacidad ni a la pérdida, sino a “la conciencia de la continua transformación del mundo” (p. 20). Sobre la senda heraclitiana, García establece las líneas de lectura de estas transformaciones, que son tanto del tiempo en nosotros como de nosotros en el tiempo: “y el mundo es otro mundo, / y el hombre es otro hombre” escribe Gálvez, mientras que García recuerda las casi parejas palabras de Heráclito: “es siempre uno y lo mismo en nosotros, lo vivo y lo muerto, lo despierto y lo dormido, lo joven y lo anciano. Lo primero se transforma en lo segundo, y lo segundo en lo primero” (fragmento 88). La conciencia de esa escisión nuclear del individuo, no en dos partes separadas y estancas, sino en dos o más secciones fluctuantes, ventriculares, comunicadas, dicotiledóneas, metanoicas, “sístole y diástole / de un mismo espejo”, que decía Gonzalo Rojas[1], es la que nutre la mejor poesía moderna y posmoderna, desde Pessoa a John Ashbery, de Juan Ramón y Vallejo a Bernard Nöel, Eduardo Milán o Gamoneda. En esa estirpe que toma al sujeto como una incertidumbre, y no como un risible sujeto sólido y firme, es donde se coloca este excelente poemario de Gálvez. Un poemario en el que encontraremos textos como este “Rotación”:
La noche es el comienzo
de un día que ya es noche.
Todo gira en destellos y relámpagos
y la penumbra es un viaje
sin partida ni llegada.
En lo temporal huye el hombre,
mientras el mundo gira en su esplendor
como una bengala de fiesta.
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Ideas para instalaciones artísticas. Colocar en las calles de una ciudad bocas de metro falsas, idénticas a las reales pero colocadas en lugares donde no puedan jamás existir, para despistar a los viandantes. Colocar postes de parada de autobús o marquesinas en la ribera de un río. Escaleras mecánicas en funcionamiento, que den a muros en construcción.
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Él no había estado nunca en una casa de lenocinio (...) La mujer mantiene una billetera frente a su cara, con las dos manos.
-¿Usted es escritor?
-¿Yo? No. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Le gustan los escritores?
-No, no me gustan.
-¿Por qué? No son malas personas.
-Sí, son malas personas.
Ricardo Piglia, Nombre falso
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Amar: perder lectoras.
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Edmundo Paz Soldán, Palacio Quemado; Alfaguara, Madrid, 2008.
Según nos dice la Wikipedia,
El Palacio Quemado es el nombre popular para denotar al Palacio de Gobierno boliviano, está situado en la Plaza Pedro Domingo Murillo en el centro de la ciudad de La Paz. Es un edificio en el cual se encuentra el presidente de la república y sus ayudantes que dirigen el país. El edificio ha tenido muchos nombres. Su apodo (Palacio Quemado) se originó del hecho de que fue incendiado en una sublevación del año 1875 en el gobierno de Tomás Frías. Se ha construido y mejorado desde entonces un buen número de veces, pero el nombre ha permanecido arraigado en el pueblo paceño.
La historia de un país se puede contar, bien a través de uno solo de sus habitantes, al modo de los narradores rusos del XIX (Anna Karenina, Miguel Strogoff, Tarás Bulba, Raskolnikov), o por uno solo de sus edificios. En el caso de Bolivia, si hay un edificio que admite ese simbolismo aglutinador es sin duda el Palacio Quemado. En esta novela, Paz Soldán toma el edificio como espacio narrativo de esta novela dura, realista, implacable con la política reciente de su país y con ciertos círculos históricos viciosos, que parecen impedirle salir adelante según los deseos de muchos de sus ciudadanos. El personaje elegido es idóneo: un escritor de discursos. Los escritores de discursos –entre los que me encontré durante un tiempo– son personajes con una perspectiva muy interesante sobre lo que sucede, ya que están a la sombra del poder, principalmente político y económico, aunque esa permanencia en la penumbra les permite no quedarse ciegos con la luz de los flashes. No comparten el lugar de los oradores, pero toman su voz. Una de las muchas facetas interesantes de Palacio Quemado es precisamente la de la responsabilidad personal respecto a los discursos escritos. Cada escritor de discursos, supongo, la salva a su manera, aunque Óscar, el protagonista de la novela, elige la peor de las vías: asumir por completo y dirigir ortodoxamente el discurso del Presidente Canedo, que sabe fallido y destinado al fracaso desde muy pronto. Óscar va haciendo que el Presidente (que niega con su roma actitud personal y la rigidez de su cuerpo los dinámicos parlamentos que Óscar le prepara) sea más coherente con su propia política de lo que realmente es, con lo cual las palabras le hunden aún más en el vacío de su propia irresolución. Una irresolución que se debate perennemente entre el Coyote, un ministro populista y tirano, y Mendoza, un Vicepresidente razonable, culto y elitista. Que al final de la novela descubramos la rapacidad de ambos es el modo de Paz Soldán de mostrar el cul de sac de cierta clase política latinoamericana, incapaz de conducir a sus países ni por el lado populista ni por el elitismo democrático: “un puerto chileno, una trasnacional norteamericana… De golpe y porrazo, los grandes responsables de nuestro atraso –porque nos costaba aceptar que quizás fuéramos nosotros mismos los responsables– parecían unidos a los ojos de la oposición” (p. 71). Una incapacidad estructural para gobernar(nos) que sólo mi optimismo antropológico sin pruebas me impide extrapolar ahora mismo a cualquier clase política de cualquier país del mundo. El caso es que Óscar comienza la novela siendo consciente del poder de los discursos (“la gente se quejaba de que los políticos siempre decían lo mismo […] y sin embargo a la hora de la verdad los escuchaba y analizaba cada una de sus frases como si éstas tuvieran poder. Y era verdad, lo tenían”, pp. 46-47), y poco a poco va siendo consciente que el poder es más bien relativo (p. 270), y que lo que importa es el poder de la imagen:
Constaté con angustia que aunque ya era muy consciente de que mis palabras no servían para nada, de que las palabras no servían de nada, de que el lenguaje no servía de nada, de que quizás para lograr que el presidente se comunicara con el pueblo debía inventar otro lenguaje que no pasara necesariamente por las palabras –estaba leyendo Homo videns, el libro de Sartori que me había recomendado Mendoza– (…) (p. 176)
Nada baladí la cita de Sartori, pues Homo videns es precisamente un manual preciso de cómo el poder político actual pasa, cada vez con más intensidad, por las pantallas pequeñas (aunque Sartori cometió el error, en 1997, de minimizar el papel de Internet). Y este es uno de los méritos más interesantes de la novela, a mi juicio: esclarecer la forma en que los pequeños detalles que rodean al poder pueden a veces injerir en la vida política de un país, determinarla y acabarla estropeando de forma irresoluble. El escritor de discursos es el que escribe para la realidad desde la sombra; Paz Soldán ha intentado iluminar esa sombra, arrojar luz narrativa para saber cuáles son los hilos con los que se mueve la realidad de las cosas, y quiénes los mueven.
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Guillermo Bon Bonzá, doctor en Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona, envió a varios congresos tres ponencias con nombres falsos, párrafos plagiados e insultos racistas escondidos en citas en alemán. Una de las comunicaciones la firmaba Hans Heidelberg, supuesto profesor titular de la inexistente Universidad Politécnica de Münchengladbach. Al desvelar su trampa, dijo que los trabajos, aceptados por comités de especialistas y editados en los CD-Rom de tres universidades importantes, revelaban los teatros inverosímiles en que se han convertido las ferias de vanidades académicas.
Néstor García Canclini, Diferentes, desiguales y desconectados, 2006
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EL PROFETA
¡Acerté, adiviné en un libro mío la forma en que se acabaría el mundo!, me gritaba el muy imbécil, mientras yo corría buscando a mi mujer.
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Diciembre 2008 - enero 2009 .
Notas
[1] G. Rojas, “A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro”, Esencial. 104 poemas y otros textos; Equinoccio, Caracas, 2005, p. 100.
[1] G. Rojas, “A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro”, Esencial. 104 poemas y otros textos; Equinoccio, Caracas, 2005, p. 100.
martes, 20 de enero de 2009
lunes, 5 de enero de 2009
Olvido digital vs. memoria digital

Manfred Osten
La memoria robada. Los sistemas digitales y la destrucción de la cultura del recuerdo. Breve historia del olvido; Siruela, Madrid, 2008.
En este ensayo, breve a pesar del largo título, Osten desarrolla varios temas que se van cruzando: la aceleración histórica, las consecuencias que la misma tiene en cuanto a la progresiva dificultad de conservar la memoria, los problemas histórico-sociales-culturales del olvido, y los sistemas de archivo digital. Esta cuadrangulación es interesante y tiene una obvia lógica relacional, que no ha pasado desapercibida ni al autor ni a los pensadores en que se apoya. Porque, digámoslo ya, Osten no es un gran pensador. No es un filósofo al uso, ni siquiera un fino ensayista, sino una persona inteligente que sabe leer libros y artículos de manera cruzada, tejiendo un texto a partir de las referencias de otros. No estamos defendiendo una absurda actitud de no citar a nadie, sino criticando la extendida costumbre de que las citas de los demás sean la parte más importante del texto, no por cantidad sino cualitativamente, obliterando aquella otra donde se exponen –o debieran exponerse– las hipótesis propias. La aportación de Osten es minúscula, y en realidad son otros pensadores alemanes (Harald Weinrich, Odo Marquard, Wolfgang Früwald, Wolf Singer, Wolfgang Hagen) los que sostienen el libro. Con todo, precisamente por la inteligencia lectora de Osten, el ensayo es muy interesante, por lo que tiene de clarificador en el planteamiento de los temas y por su labor difusora de los pensadores alemanes. Y enfatizo pensadores alemanes porque, en un gesto de cierto chovinismo alemán –por ser piadosos en la descripción– Osten escribe como si ningún pensador francés, norteamericano, español, chino o inglés hubiera escrito jamás sobre estos temas. Y si comenzar con unos rudimentos sobre filosofía de la historia puede hacerse, sin severos problemas, apoyándose exclusivamente en el pensamiento germano, conforme nos acercamos a la exposición de los sistemas digitales de archivo de datos, ciertas ausencias (Maldonado, Castells, Manovich) convierten al libro en un acercamiento muy limitado al tema de la consolidación de la memoria mundial. Osten parece ser uno más entre los numerosos pensadores que se acercan a los temas digitales sin saber lo que es una base de datos, un sistema operativo o una memoria en red. La ausencia total a lo largo del libro de referencias a los sistemas de trabajo en régimen Grid, por ejemplo, es una laguna crítica, porque apela directamente a la hipótesis de fondo del ensayo, esto es: que la aceleración histórica y los procesos de archivo de datos nos están sumiendo culturalmente en el olvido de la cultura tradicional. Desconocer algunos de los más importantes y revolucionarios modos de gestión de datos y procesos digitales, como el citado Grid, entre otros, desarticula la hipótesis y la deja a la intemperie de la Historia, que para algunos siempre incluye el pasado… pero casi nunca el presente.
Pero vamos a examinar algunas ideas del ensayo con los menos prejuicios posibles. En las primeras páginas expone Osten algunas ideas que merece la pena comentar. Por ejemplo:
La aceleración histórica desde la secularización es un hecho evidente; un pedagógico desarrollo histórico de la misma puede verse en el excelente libro de Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización (Pre-Textos, 2003), y es cierto que una consecuencia lógica es que los archivos culturales tienen menos tiempo para ser validados y su contenido asimilado por las sucesivas oleadas de procesadores, si queremos evitar el economizado término de consumidores. También es cierto, y muy triste, que asistimos, como dice Osten, “a la liquidación de las instituciones tradicionales de la memoria”, sobre todo de las bibliotecas, cuyos requerimientos de espacio físico casan mal con nuestros tiempos de especulación inmobiliaria. También se asiste, con dolor y resignación, al guillotinamiento masivo de ejemplares no vendidos de libros (recordemos el célebre caso de algunas colecciones de Alianza), por los altos costes de almacenaje, que es otra forma de liquidación cultural, en forma de incendio ecológico, ya que supuestamente los ejemplares guillotinados se convierten en pulpa para seguir imprimiendo. Pero en lo que no estamos de acuerdo es en la parte relativa (a la que se dedica el penúltimo capítulo del ensayo) a la dilapidación de la memoria colectiva (tradicional y/o histórica) por culpa de los problemas de compatibilidad de los soportes técnicos y de las memorias digitales. Sí, es cierto que “un PC moderno ya no está en situación de descifrar los contenidos del viejo Commodore” (p. 82). Ni falta que hace. Sí, es cierto que la BBC ha podido perder buena parte de sus contenidos visuales de los años 60. Mi hipótesis es que si eso ha sucedido es porque esos datos, como los de los viejos Commodores, en realidad no le interesaban lo suficiente a nadie. “Esto supone por una parte que se deje exclusivamente al parecer y criterio de las actuales élites de funcionarios el determinar qué contenidos de memoria estarán disponibles en el futuro y cuáles deberán considerarse obsoletos” (p. 85). Pues claro. ¿Acaso no ha sido siempre así históricamente? ¿No debemos a los funcionarios de los faraones los restos jeroglíficos de las tumbas, no debemos a los monjes medievales la supervivencia de la cultura anterior a ellos, no debemos a los eruditos árabes el rescate de los tratados de Aristóteles? Siempre hay una élite intelectual que decide, pero es que a esa élite es a la única que realmente le interesa la custodia de ciertos contenidos culturales. La ventaja es que los modernos medios digitales que Osten condena son, paradójica y cruelmente, los primeros en la Historia que han democratizado esos procesos de salvación del saber, y los han puesto a disposición de cualquier persona. En Wikipedia, un medio de conservación digital del saber que Osten, con pasmosa tranquilidad (será que no hay muchos contenidos wiki en alemán), ignora por completo en su ensayo, hay 180.000 colaboradores de todas las partes del mundo que han decidido sumarse a esa élite, del mismo modo que otros proyectos digitales, como el SAN (este sí citado por Osten), o la propia Encyclopaedia Britannica, que se ha pasado a la red. El resultado es que… ya no hay élite, por fortuna. Ahora somos decenas de millones de personas en el mundo las que mediante webs, wikis, blogs, videologs, fotologs, Youtube y demás recursos de almacenamiento cultural estamos dejando un testimonio de la cultura existente, tanto de aquella producida en marcha como de la almacenada durante siglos. El formato de almacenamiento de información conocido como byte es de los más reproducibles y perdurables que se han inventado, mucho más que las cintas de casete o las impresiones magnéticas o las tarjetas perforadas que ya pasaron a nuestro arcón de la memoria. Los bytes son líquidos, fluctúan, se almacenan fácilmente, y acumulan muchísima información en muy poco espacio. Will Wright, el creador del fascinante videojuego Spore estima que, en su creación, “un planeta entero, con su ecosistema, su orografía, sus civilizaciones y ciudades, cabe en 80 kilobytes, y que la cantidad de información necesaria para codificar un animal entero es apenas un par de kilobytes”[1]. Ochenta kilobytes es apenas el triple de lo que ocupa este texto en formato Word. Todo lo que he escrito a lo largo de mi vida no supera los cincuenta megas, de forma que en un CD-Rom cabe la obra completa de 14 escritores polígrafos y en un simple DVD la de 70. Guerra y paz se almacena, bien comprimida, en un diskete de 1’4. Mientras los sucesivos soportes informáticos funcionen con esta tecnología, y todo parece indicar que así será durante mucho tiempo, la capacidad humana de acumular información es simplemente inagotable e indestructible. La era digital, por tanto, no es la enemiga de la memoria ni la partidaria del olvido cultural, sino todo lo contrario. Los pesimistas como Osten o Weinrich sostienen que, como dice el último, “almacenar datos supone olvidarlos” (citado en Osten, p. 16). Podemos mirarlo así. También podemos mirarlo de este modo: “almacenar datos mecánica y universalmente es la única manera de garantizar que, cuando queramos recordarlos o necesitemos volver a ellos, estarán a nuestra disposición”. Que estos nuevos modelos de almacenamiento están afectando a nuestra organización cerebral es obvio, del mismo modo que la calculadora redujo nuestro potencial de computación y que la televisión ha reducido nuestra capacidad de atención continuada. Los pesimistas ven esto como una pérdida. Yo lo veo como una liberación, como el medio en que el propio hombre se ha dotado de instrumentos para liberarse de los trabajos pesados y mecánicos para dedicarse a trazar respuestas entre conceptos lejanos, del mismo modo que el automóvil nos permitió llegar antes a los sitios donde queríamos llegar. Fui opositor durante años. Llegué a almacenar de memoria miles o millones de datos que luego han devenido absolutamente innecesarios. Todavía sueño con las listas de bienes inmuebles del artículo 334 del Código Civil o con las penas para el robo con escalo. Algunas sentencias judiciales que vemos de cuando en cuando nos garantizan que saber de memoria la ley no garantiza siempre la justicia. Hay muchos críticos de literatura que han leído mucho y no se han enterado de nada. Hay gente que se estudia las guías de teléfonos. Yo me alegro por ellos. Pero me encanta haber comprobado, por mí mismo, que la memoria por sí sola no significa nada. Que lo importante no es tener todos los datos de alguna materia, sino saber los suficientes para entender y poder localizar los restantes cuando es necesario. Nuestro conocimiento es ya demasiado vasto para que un Goethe acumule todos los saberes de su tiempo. Hoy nuestro Goethe se llama Google. Este Googlthe es el único que puede rastrear nuestras epistemes casi por completo, con la ventaja de que es un instrumento (como cualquier otro buscador, como la Wikipedia o como la WWW) a disposición de usted, que lee estas palabras, a disposición de cualquiera que se acerque a Internet. La tecnología sólo es mala cuando se utiliza mal. Cuando se utiliza bien por los hombres la tecnología elimina el cáncer, corrige la vista, controla las placas solares y los molinos eólicos, fabrica los medicamentos, canaliza el agua y la filtra, etiqueta los alimentos orgánicos, crea vacunas, separa a los niños siameses y les da esperanza a quienes nacen sin riñones y hasta devuelve la vista a algunos ciegos. Hasta contribuye a crear depósitos del saber, tanto virtuales como tangibles, donde todo el conocimiento del mundo está a salvo, incluso el conocimiento creado por los autores pesimistas, luditas y tecnófobos. Feliz año a todos.
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Notas
[1] Javier Candeira, “Un universo en una línea de código”, en VVAA, Mondo píxel, vol. 1; Editorial Tébar, Madrid, p. 58.
La memoria robada. Los sistemas digitales y la destrucción de la cultura del recuerdo. Breve historia del olvido; Siruela, Madrid, 2008.
En este ensayo, breve a pesar del largo título, Osten desarrolla varios temas que se van cruzando: la aceleración histórica, las consecuencias que la misma tiene en cuanto a la progresiva dificultad de conservar la memoria, los problemas histórico-sociales-culturales del olvido, y los sistemas de archivo digital. Esta cuadrangulación es interesante y tiene una obvia lógica relacional, que no ha pasado desapercibida ni al autor ni a los pensadores en que se apoya. Porque, digámoslo ya, Osten no es un gran pensador. No es un filósofo al uso, ni siquiera un fino ensayista, sino una persona inteligente que sabe leer libros y artículos de manera cruzada, tejiendo un texto a partir de las referencias de otros. No estamos defendiendo una absurda actitud de no citar a nadie, sino criticando la extendida costumbre de que las citas de los demás sean la parte más importante del texto, no por cantidad sino cualitativamente, obliterando aquella otra donde se exponen –o debieran exponerse– las hipótesis propias. La aportación de Osten es minúscula, y en realidad son otros pensadores alemanes (Harald Weinrich, Odo Marquard, Wolfgang Früwald, Wolf Singer, Wolfgang Hagen) los que sostienen el libro. Con todo, precisamente por la inteligencia lectora de Osten, el ensayo es muy interesante, por lo que tiene de clarificador en el planteamiento de los temas y por su labor difusora de los pensadores alemanes. Y enfatizo pensadores alemanes porque, en un gesto de cierto chovinismo alemán –por ser piadosos en la descripción– Osten escribe como si ningún pensador francés, norteamericano, español, chino o inglés hubiera escrito jamás sobre estos temas. Y si comenzar con unos rudimentos sobre filosofía de la historia puede hacerse, sin severos problemas, apoyándose exclusivamente en el pensamiento germano, conforme nos acercamos a la exposición de los sistemas digitales de archivo de datos, ciertas ausencias (Maldonado, Castells, Manovich) convierten al libro en un acercamiento muy limitado al tema de la consolidación de la memoria mundial. Osten parece ser uno más entre los numerosos pensadores que se acercan a los temas digitales sin saber lo que es una base de datos, un sistema operativo o una memoria en red. La ausencia total a lo largo del libro de referencias a los sistemas de trabajo en régimen Grid, por ejemplo, es una laguna crítica, porque apela directamente a la hipótesis de fondo del ensayo, esto es: que la aceleración histórica y los procesos de archivo de datos nos están sumiendo culturalmente en el olvido de la cultura tradicional. Desconocer algunos de los más importantes y revolucionarios modos de gestión de datos y procesos digitales, como el citado Grid, entre otros, desarticula la hipótesis y la deja a la intemperie de la Historia, que para algunos siempre incluye el pasado… pero casi nunca el presente.
Pero vamos a examinar algunas ideas del ensayo con los menos prejuicios posibles. En las primeras páginas expone Osten algunas ideas que merece la pena comentar. Por ejemplo:
La secularización de todas las relaciones de la vida comienza bajo el signo de una rápida aceleración y de la leva de cualquier anclaje en una molesta memoria. Se trata pues de arrojar por la borda supuestos lastres a favor de una exclusiva orientación hacia el progreso (…) Un proceso que se acompaña de ulteriores y radicales rupturas de la continuidad de la memoria en forma de guerras mundiales, quema de libros y revueltas sesentayochistas. Pero sólo en la sociedad global de la información del siglo XXI parece que este proceso ha conseguido una dimensión que amenaza con superar todos los estadios hasta ahora alcanzados: tanto en el carácter ilusorio del supuesto alivio de la memoria mediante los sistemas digitales como en la tendencia a la liquidación de las instituciones tradicionales de la memoria (bibliotecas, teatros, óperas, museos, etc.).
La aceleración histórica desde la secularización es un hecho evidente; un pedagógico desarrollo histórico de la misma puede verse en el excelente libro de Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización (Pre-Textos, 2003), y es cierto que una consecuencia lógica es que los archivos culturales tienen menos tiempo para ser validados y su contenido asimilado por las sucesivas oleadas de procesadores, si queremos evitar el economizado término de consumidores. También es cierto, y muy triste, que asistimos, como dice Osten, “a la liquidación de las instituciones tradicionales de la memoria”, sobre todo de las bibliotecas, cuyos requerimientos de espacio físico casan mal con nuestros tiempos de especulación inmobiliaria. También se asiste, con dolor y resignación, al guillotinamiento masivo de ejemplares no vendidos de libros (recordemos el célebre caso de algunas colecciones de Alianza), por los altos costes de almacenaje, que es otra forma de liquidación cultural, en forma de incendio ecológico, ya que supuestamente los ejemplares guillotinados se convierten en pulpa para seguir imprimiendo. Pero en lo que no estamos de acuerdo es en la parte relativa (a la que se dedica el penúltimo capítulo del ensayo) a la dilapidación de la memoria colectiva (tradicional y/o histórica) por culpa de los problemas de compatibilidad de los soportes técnicos y de las memorias digitales. Sí, es cierto que “un PC moderno ya no está en situación de descifrar los contenidos del viejo Commodore” (p. 82). Ni falta que hace. Sí, es cierto que la BBC ha podido perder buena parte de sus contenidos visuales de los años 60. Mi hipótesis es que si eso ha sucedido es porque esos datos, como los de los viejos Commodores, en realidad no le interesaban lo suficiente a nadie. “Esto supone por una parte que se deje exclusivamente al parecer y criterio de las actuales élites de funcionarios el determinar qué contenidos de memoria estarán disponibles en el futuro y cuáles deberán considerarse obsoletos” (p. 85). Pues claro. ¿Acaso no ha sido siempre así históricamente? ¿No debemos a los funcionarios de los faraones los restos jeroglíficos de las tumbas, no debemos a los monjes medievales la supervivencia de la cultura anterior a ellos, no debemos a los eruditos árabes el rescate de los tratados de Aristóteles? Siempre hay una élite intelectual que decide, pero es que a esa élite es a la única que realmente le interesa la custodia de ciertos contenidos culturales. La ventaja es que los modernos medios digitales que Osten condena son, paradójica y cruelmente, los primeros en la Historia que han democratizado esos procesos de salvación del saber, y los han puesto a disposición de cualquier persona. En Wikipedia, un medio de conservación digital del saber que Osten, con pasmosa tranquilidad (será que no hay muchos contenidos wiki en alemán), ignora por completo en su ensayo, hay 180.000 colaboradores de todas las partes del mundo que han decidido sumarse a esa élite, del mismo modo que otros proyectos digitales, como el SAN (este sí citado por Osten), o la propia Encyclopaedia Britannica, que se ha pasado a la red. El resultado es que… ya no hay élite, por fortuna. Ahora somos decenas de millones de personas en el mundo las que mediante webs, wikis, blogs, videologs, fotologs, Youtube y demás recursos de almacenamiento cultural estamos dejando un testimonio de la cultura existente, tanto de aquella producida en marcha como de la almacenada durante siglos. El formato de almacenamiento de información conocido como byte es de los más reproducibles y perdurables que se han inventado, mucho más que las cintas de casete o las impresiones magnéticas o las tarjetas perforadas que ya pasaron a nuestro arcón de la memoria. Los bytes son líquidos, fluctúan, se almacenan fácilmente, y acumulan muchísima información en muy poco espacio. Will Wright, el creador del fascinante videojuego Spore estima que, en su creación, “un planeta entero, con su ecosistema, su orografía, sus civilizaciones y ciudades, cabe en 80 kilobytes, y que la cantidad de información necesaria para codificar un animal entero es apenas un par de kilobytes”[1]. Ochenta kilobytes es apenas el triple de lo que ocupa este texto en formato Word. Todo lo que he escrito a lo largo de mi vida no supera los cincuenta megas, de forma que en un CD-Rom cabe la obra completa de 14 escritores polígrafos y en un simple DVD la de 70. Guerra y paz se almacena, bien comprimida, en un diskete de 1’4. Mientras los sucesivos soportes informáticos funcionen con esta tecnología, y todo parece indicar que así será durante mucho tiempo, la capacidad humana de acumular información es simplemente inagotable e indestructible. La era digital, por tanto, no es la enemiga de la memoria ni la partidaria del olvido cultural, sino todo lo contrario. Los pesimistas como Osten o Weinrich sostienen que, como dice el último, “almacenar datos supone olvidarlos” (citado en Osten, p. 16). Podemos mirarlo así. También podemos mirarlo de este modo: “almacenar datos mecánica y universalmente es la única manera de garantizar que, cuando queramos recordarlos o necesitemos volver a ellos, estarán a nuestra disposición”. Que estos nuevos modelos de almacenamiento están afectando a nuestra organización cerebral es obvio, del mismo modo que la calculadora redujo nuestro potencial de computación y que la televisión ha reducido nuestra capacidad de atención continuada. Los pesimistas ven esto como una pérdida. Yo lo veo como una liberación, como el medio en que el propio hombre se ha dotado de instrumentos para liberarse de los trabajos pesados y mecánicos para dedicarse a trazar respuestas entre conceptos lejanos, del mismo modo que el automóvil nos permitió llegar antes a los sitios donde queríamos llegar. Fui opositor durante años. Llegué a almacenar de memoria miles o millones de datos que luego han devenido absolutamente innecesarios. Todavía sueño con las listas de bienes inmuebles del artículo 334 del Código Civil o con las penas para el robo con escalo. Algunas sentencias judiciales que vemos de cuando en cuando nos garantizan que saber de memoria la ley no garantiza siempre la justicia. Hay muchos críticos de literatura que han leído mucho y no se han enterado de nada. Hay gente que se estudia las guías de teléfonos. Yo me alegro por ellos. Pero me encanta haber comprobado, por mí mismo, que la memoria por sí sola no significa nada. Que lo importante no es tener todos los datos de alguna materia, sino saber los suficientes para entender y poder localizar los restantes cuando es necesario. Nuestro conocimiento es ya demasiado vasto para que un Goethe acumule todos los saberes de su tiempo. Hoy nuestro Goethe se llama Google. Este Googlthe es el único que puede rastrear nuestras epistemes casi por completo, con la ventaja de que es un instrumento (como cualquier otro buscador, como la Wikipedia o como la WWW) a disposición de usted, que lee estas palabras, a disposición de cualquiera que se acerque a Internet. La tecnología sólo es mala cuando se utiliza mal. Cuando se utiliza bien por los hombres la tecnología elimina el cáncer, corrige la vista, controla las placas solares y los molinos eólicos, fabrica los medicamentos, canaliza el agua y la filtra, etiqueta los alimentos orgánicos, crea vacunas, separa a los niños siameses y les da esperanza a quienes nacen sin riñones y hasta devuelve la vista a algunos ciegos. Hasta contribuye a crear depósitos del saber, tanto virtuales como tangibles, donde todo el conocimiento del mundo está a salvo, incluso el conocimiento creado por los autores pesimistas, luditas y tecnófobos. Feliz año a todos.
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Notas
[1] Javier Candeira, “Un universo en una línea de código”, en VVAA, Mondo píxel, vol. 1; Editorial Tébar, Madrid, p. 58.
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Vicente Luis Mora
sábado, 27 de diciembre de 2008
Emiliano Monge

[Transcribo el texto de presentación de Emiliano Monge leído el pasado 27 de noviembre en el Centro Cultural de España en Ciudad de México, aumentado con posterioridad]
Emiliano Monge
Arrastrar esa sombra; Sexto Piso, México D.F., 2008
Emiliano Monge nació en la Ciudad de México el 6 de enero de 1978. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde hoy imparte clases. Ha publicado relatos, crónicas y reseñas literarias en Letras Libres, La Jornada y en el suplemento de libros Hoja por Hoja del periódico Reforma. Actualmente se dedica de lleno a la escritura. Respecto a lo que voy a decir de su obra, les ruego comprensión y paciencia respecto a mis palabras de presentación, porque comencé a leer su literatura ayer y le he conocido a él hace seis minutos, de modo que deben poner en cuarentena todo lo que a continuación pueda decir. Para hablar de Monge, comienzo leyendo un texto de Lolita Bosch, aquí presente: “Y hoy, que estoy en Oaxaca, hoy que he vuelto a México, he pasado la tarde con mi amigo Emiliano, un escritor increíble que me prestó una de sus frases para dar inicio a este texto” (La familia de mis padres; Mondadori, 2008, p. 257). Espero que ese Emiliano sea este Emiliano que tengo aquí al lado, por mi bien y, sobre todo, por el bien de ella; si ambos coinciden, es cierto que a mi izquierda tenemos a un escritor excelente. Me comentó la propia Lolita que el libro de relatos de Monge tenía algún parentesco con Salvador Elizondo. Aproveché para releer al excelente narrador mexicano, y es cierto. Por ejemplo, escribe Monge: “viaja en un elevador cuyas paredes son dos espejos, su imagen se multiplica y se disgrega. El primer plano le muestra su semblante, el segundo una nariz que no conoce, después unos ojos que no le pertenecen, dos cejas superpobladas. Justo se embriaga en la transformación de su rostro”. Y escribe Elizondo en su relato “La puerta”:
Más que la casualidad puntual, en realidad este inquietante relato de Elizondo tiene un tono muy similar a varios relatos de Monge. De uno de sus personajes, llamado Gustavo, se nos dice que “necesita asirse a las cosas”, y creo que la obra de Monge también. La prosa de Monge se debate entre dos planos: una descripción milimétrica, minuciosa, proustiana sin el preciosismo aunque sí con bellas imágenes puntuales, que disecciona cosas y gestos, por un lado. El segundo plano sería la descripción de la dispersión mental de sus personajes que, a diferencia del otro tipo de descripción, es completamente abstracta, irreal unas veces y surreal otras. El resultado es una narración inquietante en la que no sabemos bien lo que pasa pero, como decía Borges, lo que pasa es terrible. Sus personajes no se reconocen en los espejos, dicen estar conscientes al despertar de su vigilia pero el lector no lo tiene tan claro. Algún crítico literario ha castigado la hipernovela de Michael Joyce Afternoon por considerar imposible que la narrativa desarrolle cosas que no han acontecido, pero en “El caparazón y la coraza” leemos que “No existe el risco, no baja el hombre la ladera”. En la narrativa de Monge lo que no existe, lo que no ocurre, es tan importante como lo que acontece. No sólo porque lo no-real proyecta su sombra amenazante sobre lo real, sino porque la descripción de lo que no toma lugar es tan vívida que, después de leerlo en Monge, dudamos precisamente de lo que transcurre a nuestro alrededor.
Si he entendido bien la estructura oculta del libro, Monge es el vecino que, desde su ventana, observa el comportamiento de los demás habitantes de la casa, al modo de la película de Hitchcock La ventana indiscreta: “la espalda del tiempo sacude al hombre (…) Cierra la ventana, no quiere mirar el reflejo de la noche (…) En el cristal de la ventana se dibuja mi silueta. Entonces quedamos solos, yo y él y yo que aquí lo observo, en el vacío ausente de la noche” (p. 120). En el relato anterior la mujer aborrece a otro hombre que la mira desde una ventana. Su visión sobre las casas de los demás es omnisciente: “No le gusta salir a la calle. Se recarga en el tronco de un árbol y recupera el aliento. Vuelve sobre sus pasos, el sol quema la piel de su cráneo. Cruje el gozne de la puerta cuando empuja la hoja. El eco de un teléfono se escucha tras el muro. Conozco la secuencia: repica el aparato, nadie contesta. El perro de mi vecina ladra inquieto en el patio” (p. 70). “En el sueño del héroe” el personaje, Justo Rincón (alguien con la manía compulsiva de pensarse otro), atina cuando piensa que el vecino (el narrador) quiere ser él: “Justo piensa que su vecino quiere ser Justo Rincón y se siente tranquilo” (p. 26). Es como si la prosa de ese vecino omnisciente fuera una grabadora visual que, mediante el registro exhaustivo de los actos cotidianos del resto de habitantes, diera cuenta de la tremenda soledad y el rasgado vacío en el que viven.
Los cuentos de Monge presentan hombres que viven solos y que intentan recuperar la normalidad; pero una normalidad muy kafkiana, ya que todos ellos se despiertan convertidos en algo que no desean ser, como el protagonista de La transformación. Del mismo modo que Samsa, tienen también problemas para darse la vuelta, para ubicarse, para asir los grifos, para desperezarse. No gustan de salir de casa (p. 106), les gusta el aislamiento: “los hombres somos como los ermitaños, como esos crustáceos que buscan refugio en la coraza” (p. 112), haciendo buenas las tesis de Lipovetsky sobre el individuo contemporáneo encerrado en su burbuja narcisista[2]. Sus dudas de identidad son tales que hasta reciben en el contestador llamadas de teléfono que no son para ellos, hechas por los personajes perdidos en otros relatos. También se encuentran entre ellos mientras pasean: la mujer que protagoniza “El temblor de las palomas” se topa, mientras saca a pasear al perro, con el desolado personaje de “La piel de los cangrejos” (p. 113), y con el simbólico Ulises de “El laberinto cerrado” (p. 95). Son personajes destruidos, psicologías a punto de salir de sí. La primera persona parece una tercera persona del singular, y a veces lo es. Son sombras arrastradas en lucha contra la confusión de su propia mente y su adecuación al mundo. No sé si son autorretratos de Monge, a ello invita la puntual aparición de una extraña primera persona, aunque me he sentido muy identificado con estos coleópteros inadaptados para la vida social que describe en Arrastrar esa sombra. Las escasísimas conversaciones reproducidas en sus relatos son muestras geniales de incomunicación, de personas que marcan su distancia al hablar, en vez de generar acercamiento. Si he entendido bien, en un solo día, la narrativa de Emiliano Monge, debería constituir un ejercicio estético y doloroso de comprobación de lo solos que estamos ante el mundo.
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Notas
[1] Salvador Elizondo, “La puerta” (1966), Narda o el verano; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2000, p. 94.
[2] G. Lipovetsky, La era del vacío; Anagrama, Barcelona, 9ª edición, 1996, p. 33.
Emiliano Monge
Arrastrar esa sombra; Sexto Piso, México D.F., 2008
Arden los objetos sin sombra
Emiliano Monge
Emiliano Monge nació en la Ciudad de México el 6 de enero de 1978. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde hoy imparte clases. Ha publicado relatos, crónicas y reseñas literarias en Letras Libres, La Jornada y en el suplemento de libros Hoja por Hoja del periódico Reforma. Actualmente se dedica de lleno a la escritura. Respecto a lo que voy a decir de su obra, les ruego comprensión y paciencia respecto a mis palabras de presentación, porque comencé a leer su literatura ayer y le he conocido a él hace seis minutos, de modo que deben poner en cuarentena todo lo que a continuación pueda decir. Para hablar de Monge, comienzo leyendo un texto de Lolita Bosch, aquí presente: “Y hoy, que estoy en Oaxaca, hoy que he vuelto a México, he pasado la tarde con mi amigo Emiliano, un escritor increíble que me prestó una de sus frases para dar inicio a este texto” (La familia de mis padres; Mondadori, 2008, p. 257). Espero que ese Emiliano sea este Emiliano que tengo aquí al lado, por mi bien y, sobre todo, por el bien de ella; si ambos coinciden, es cierto que a mi izquierda tenemos a un escritor excelente. Me comentó la propia Lolita que el libro de relatos de Monge tenía algún parentesco con Salvador Elizondo. Aproveché para releer al excelente narrador mexicano, y es cierto. Por ejemplo, escribe Monge: “viaja en un elevador cuyas paredes son dos espejos, su imagen se multiplica y se disgrega. El primer plano le muestra su semblante, el segundo una nariz que no conoce, después unos ojos que no le pertenecen, dos cejas superpobladas. Justo se embriaga en la transformación de su rostro”. Y escribe Elizondo en su relato “La puerta”:
Un rostro la miraba fijamente desde ese resquicio sombrío. El terror de esa mirada la subyugó. Se acercó todavía más al pequeño espejo que relucía en la penumbra. El rostro sonreía dejando escapar, por la comisura de los labios, un hilillo de sangre que caía, goteando lentamente, en el quicio. De pronto no lo reconoció, pero al cabo de un momento se percató de que era el suyo.[1]
Más que la casualidad puntual, en realidad este inquietante relato de Elizondo tiene un tono muy similar a varios relatos de Monge. De uno de sus personajes, llamado Gustavo, se nos dice que “necesita asirse a las cosas”, y creo que la obra de Monge también. La prosa de Monge se debate entre dos planos: una descripción milimétrica, minuciosa, proustiana sin el preciosismo aunque sí con bellas imágenes puntuales, que disecciona cosas y gestos, por un lado. El segundo plano sería la descripción de la dispersión mental de sus personajes que, a diferencia del otro tipo de descripción, es completamente abstracta, irreal unas veces y surreal otras. El resultado es una narración inquietante en la que no sabemos bien lo que pasa pero, como decía Borges, lo que pasa es terrible. Sus personajes no se reconocen en los espejos, dicen estar conscientes al despertar de su vigilia pero el lector no lo tiene tan claro. Algún crítico literario ha castigado la hipernovela de Michael Joyce Afternoon por considerar imposible que la narrativa desarrolle cosas que no han acontecido, pero en “El caparazón y la coraza” leemos que “No existe el risco, no baja el hombre la ladera”. En la narrativa de Monge lo que no existe, lo que no ocurre, es tan importante como lo que acontece. No sólo porque lo no-real proyecta su sombra amenazante sobre lo real, sino porque la descripción de lo que no toma lugar es tan vívida que, después de leerlo en Monge, dudamos precisamente de lo que transcurre a nuestro alrededor.
Si he entendido bien la estructura oculta del libro, Monge es el vecino que, desde su ventana, observa el comportamiento de los demás habitantes de la casa, al modo de la película de Hitchcock La ventana indiscreta: “la espalda del tiempo sacude al hombre (…) Cierra la ventana, no quiere mirar el reflejo de la noche (…) En el cristal de la ventana se dibuja mi silueta. Entonces quedamos solos, yo y él y yo que aquí lo observo, en el vacío ausente de la noche” (p. 120). En el relato anterior la mujer aborrece a otro hombre que la mira desde una ventana. Su visión sobre las casas de los demás es omnisciente: “No le gusta salir a la calle. Se recarga en el tronco de un árbol y recupera el aliento. Vuelve sobre sus pasos, el sol quema la piel de su cráneo. Cruje el gozne de la puerta cuando empuja la hoja. El eco de un teléfono se escucha tras el muro. Conozco la secuencia: repica el aparato, nadie contesta. El perro de mi vecina ladra inquieto en el patio” (p. 70). “En el sueño del héroe” el personaje, Justo Rincón (alguien con la manía compulsiva de pensarse otro), atina cuando piensa que el vecino (el narrador) quiere ser él: “Justo piensa que su vecino quiere ser Justo Rincón y se siente tranquilo” (p. 26). Es como si la prosa de ese vecino omnisciente fuera una grabadora visual que, mediante el registro exhaustivo de los actos cotidianos del resto de habitantes, diera cuenta de la tremenda soledad y el rasgado vacío en el que viven.
Los cuentos de Monge presentan hombres que viven solos y que intentan recuperar la normalidad; pero una normalidad muy kafkiana, ya que todos ellos se despiertan convertidos en algo que no desean ser, como el protagonista de La transformación. Del mismo modo que Samsa, tienen también problemas para darse la vuelta, para ubicarse, para asir los grifos, para desperezarse. No gustan de salir de casa (p. 106), les gusta el aislamiento: “los hombres somos como los ermitaños, como esos crustáceos que buscan refugio en la coraza” (p. 112), haciendo buenas las tesis de Lipovetsky sobre el individuo contemporáneo encerrado en su burbuja narcisista[2]. Sus dudas de identidad son tales que hasta reciben en el contestador llamadas de teléfono que no son para ellos, hechas por los personajes perdidos en otros relatos. También se encuentran entre ellos mientras pasean: la mujer que protagoniza “El temblor de las palomas” se topa, mientras saca a pasear al perro, con el desolado personaje de “La piel de los cangrejos” (p. 113), y con el simbólico Ulises de “El laberinto cerrado” (p. 95). Son personajes destruidos, psicologías a punto de salir de sí. La primera persona parece una tercera persona del singular, y a veces lo es. Son sombras arrastradas en lucha contra la confusión de su propia mente y su adecuación al mundo. No sé si son autorretratos de Monge, a ello invita la puntual aparición de una extraña primera persona, aunque me he sentido muy identificado con estos coleópteros inadaptados para la vida social que describe en Arrastrar esa sombra. Las escasísimas conversaciones reproducidas en sus relatos son muestras geniales de incomunicación, de personas que marcan su distancia al hablar, en vez de generar acercamiento. Si he entendido bien, en un solo día, la narrativa de Emiliano Monge, debería constituir un ejercicio estético y doloroso de comprobación de lo solos que estamos ante el mundo.
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Notas
[1] Salvador Elizondo, “La puerta” (1966), Narda o el verano; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2000, p. 94.
[2] G. Lipovetsky, La era del vacío; Anagrama, Barcelona, 9ª edición, 1996, p. 33.
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domingo, 21 de diciembre de 2008
Fragmenta 2
A la izquierda, la genial publicidad estática de las librerías Gandhi, en México. La foto no es muy buena porque se tomó desde un coche en movimiento.
*
El surrealismo de Breton hubiera encontrado, de nacer setenta años más tarde, un medio mucho más eficaz de escritura automática: dejar caer el teclado de un ordenador al suelo, o frotarlo contra todo tipo de superficies romas, agrietadas o desparejas. Abandonar el teclado frente a un bebé. Lanzarle pelotas de tenis. Arrastrarlo por un suelo lleno de gomas de borrar. Prestarlo a un ciego. Dejarlo en la ventana para que lo pisen pájaros despistados. Colocarlo como diana en una escuela de tiro. Meterlo, como tercer cuerpo, en la cama donde hacemos el amor.
*
Raúl Quinto, uno de los poetas jóvenes más interesantes de nuestro panorama, ha sacado este año La flor de la tortura (Renacimiento), y ha reeditado Grietas (La Garúa). La flor de la tortura es uno de los poemarios más duros, por no decir salvajes, que he leído en mucho tiempo. En medio de la complacencia general, estos versos son una bofetada no ya a la cara del lector, que también, sino sobre todo a la
cara del mismo poeta, para despertar de lo que Kant llamaría el “sueño dogmático” y enfrentarse a la cruel intemperie de la existencia. En él pueden encontrarse piezas como espléndido haiku: “En el umbral / hay dos cuerpos desnudos / cicatrizando”. Absténgase mentes encantadas de conocerse, admiradores de Ana Rosa Quintana y suscriptores de Qué leer. Completando el negro panorama, con un tono desolado y seco, consciente del hueco interno (“el vacío lo es todo”, p. 44), Grietas (2002, 2008) construye o más bien deconstruye una visión desolada y rota del sujeto contemporáneo, a través de la elipsis y de la destrucción sistemática de los resquicios de una existencia plena. En buena medida, Grietas es un poemario de época, representativo de una corriente subterránea de la poesía española en la que el sujeto poético se ve a sí mismo como una fisura, como una grieta en la antigua esfera cartesiana del sujeto, por donde se escapa la vida a chorros o por la que entra, en tromba, el vacío al centro.
*
No es raro encontrar expresiones metafóricas en las cuales los escritores utilizan a la hora de describir el éxtasis sexual la inmersión en un espacio verde. No hace mucho encontré también la imagen en Musil. Me pregunto si esa tendencia puede relacionarse con las tesis de Jung sobre el oro verde, mito alquimista que vendría a significar el “espíritu vital”: de ser así, constituido en arquetipo y por tanto presente en el inconsciente colectivo de diversas razas y épocas, configuraría el escenario mental del coito.
*
Para amantes de Rimbaud, y/o de su poesía, acaba de aparecer en la Editorial Complutense el volumen de trabajos sobre el poeta francés coordinado por Miguel Casado y titulado Rimbaud, el otro. Textos de Michel Collot, Amelia Gamoneda, Jean-Marie Gleize, Chantal Maillard, Vicente Luis Mora, Jaime Moreno Villarreal, Miguel Morey, Antonio Méndez Rubio, Nino Palenzuela, Esther Ramón, Ildefonso Rodríguez y William Rowe.
*
Álvaro Valverde, Desde fuera; Tusquets, Barcelona, 2008. “A modo de inventario” es el primer verso de uno de los poemas de Desde fuera, y da la impresión de que el autor de Plasencia, al borde de los 50, recapitula o inventaría una descripción existencial, marcada más por la búsqueda de equilibrio que por la efectiva consecución del mismo (problemas de ser occidental, los orientales sobrellevan mejor este asunto). La indagación elegíaca es una de las características más reconocibles de la poesía de Valverde, presente ya en su excelente Ensayando círculos (1995),
poemario que nos sirvió a muchos para conocer esta poética sustancializada y contenida, tan enemiga de la falsa profundidad como del aspaviento innecesario. Una poética coherente, como decimos: ya en 1993, en uno de los poemas de A la debida distancia, había escrito Valverde: “mi tema es la memoria”[1].
Valverde tiene una voz muy personal, capaz de saltar de las tierras extremeñas a las praderas holandesas sin necesidad de variar su tono meditativo y sosegado. En uno de los mejores poemas de este libro, “El viaje de mi vida”, el yo se disuelve en un personaje diez años mayor que repasa el “espacio metafísico” de la breve distancia entre su casa natal y la que ahora ocupa. Una variante de ese paseo meditante la reflexión es el propio Desde fuera, lleno de viajes, sobre todo de viajes interiores, y que sitúa en el juego dialéctico del par conceptual interioridad/exterioridad su clásica estructura.
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19/11/2008. Me encanta utilizar la palabra Red para referirme a Internet. Creo que es porque me parece asombroso que una realidad tan vasta pueda ser nombrada con un nombre tan corto.
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El día después de haber escrito lo anterior, como si hubiera estado llamándolo, me encuentro el verso de Emilio Adolfo Westphalen: “¿Qué es más grande –el mar o la palabra con que lo nombramos?”.
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Raúl Quirós Molina, El día que me enamoré de mi BMW; Vitruvio, Madrid, 2008. Es difícil publicar un primer poemario. No me refiero sólo a lo complicado de encontrar una editorial que, sin premios ni ayudas a la edición, apueste por un nombre joven que comparece –hasta donde sé– sin padrinos ni apoyos, sino al hecho de saber qué debe entrar y qué debe quedarse fuera de una primera colección de poemas. Acierta Vitruvio publicando El día que me enamoré de
mi BMW, del joven Raúl Quirós Molina (Madrid, 1980), irregular y compuesto de piezas de años y tonos diferentes, como todos los primeros poemarios, pero que guarda algunos aciertos sugerentes y otros, como “Riley Manson” (un poema dedicado a una actriz porno) simplemente memorables. Quirós Molina acierta más cuanto menos se ciñe a tradiciones previas, y toca fibra cuando se lanza a inventar literatura a su antojo, con valentía y descaro. Se cometen errores operando de este modo, por supuesto, y me temo que dentro de diez años el poeta leerá con sonrojo alguno de los textos, pero hay que aplaudirle su valiente y deslenguada apuesta, capaz de hacer una “Oda a la hamburguesa”, tema ya con cierta tradición poética reciente (Riechmann, Vilas, Mercedes Cebrián), o de ponerse en la piel de un dictador muerto que se zarandea en una soga.
*
09/12/2008. Aeropuerto de Washington D.C. Entra en la cafetería donde desayuno una chica con el uniforme de los Marines, el de camuflaje. Lleva el pelo medio largo, es rubia, ojos claros, expresión aniñada y cara de sueño. Todos los clientes se la han quedado mirando al entrar, porque es poco frecuente ver una soldado atractiva. Debe tener unos diecinueve años. Estornuda, y al hacerlo su cuerpo tiembla dentro del uniforme. Sé que ella odiaría leer esto, menos mal que lo escribo en español, pero lo que transmite es fragilidad. No parece capaz, aunque está entrenada para ello, de entrar con un fusil de asalto en una casa acribillando personas. Se recoloca el pelo, de espaldas a mí, con suavidad, mientras bosteza.
Ojalá todos los soldados despertasen, al verlos, lo que esta chica: las ganas de taparla con un abrigo, darle una pastilla para la tos e invitarla a un chocolate caliente.
*
Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Volpi y yo presentamos en México nuestros respectivos ensayos publicados en Páginas de Espuma este año, en un acto entrañable por muchos motivos. Me gustaría recomendarles Mentiras contagiosas por la sencilla razón de que dentro aguardan varias piezas magistrales. No sé con cuál de ellas quedarme. Según el día, releo el maravilloso texto sobre la nunca terminada adaptación del Quijote al cine por Orwon Welles, o reflexiono sobre los enlaces entre literatura y ciencia aportados en “Pobladores de mundos extraños”, o voy por la calle diciéndole a la gente que no puede vivir un solo día más sin leer “Las trompetas de Jericó y los crímenes de Santa
Teresa”, una de las reflexiones sobre la frontera y la literatura de la frontera más inteligentes que he leído, cuya ética suscribo de principio a fin. En este texto, precisamente, encontré un pasadizo entre nuestros dos ensayos, porque ambos transpiran la misma resitencia ética ante cualquier forma de frontera excluyente. Escribía yo en Pasadizos: “España acometió un muro en el norte de África para dejar afuera, lejos del progreso, a los pueblos pobres y de piel oscura. Los muros son siempre de conciencia. Hay en ellos una terca tensión norte-sur, una insalvable distancia, y la voluntad ciega de saltar las almenas que acaba venciendo cualquier resistencia defensiva. (…) C. W. Ceran observaba que en todas las ciudades antiguas había una parte de ciudadanos que deseaban la llegada de los de fuera y la brecha en la defensa, y la literatura universal, desde Kafka a Coetzee pasando por Buzzati, está llena de traicioneros vigilantes en las torres. Yo soy de los que aguardan esperanzados el momento. Los muros de Troya y Jericó cayeron, se superaron los de Nínive y Babilonia, cayó Constantinopla, caeremos. Todo muro acaba siendo, más tarde o más temprano, Muro de las Lamentaciones”. Y escribe Volpi: “La construcción de muros y fronteras se ha convertido en una especialidad arquitectónica –y en un género literario- por sí mismo. La muralla es la exacerbación de la frontera. Su objetivo es múltiple no sólo impedir que los de afuera nos vean –y nos deseen-, sino enturbiar el paisaje y quitarnos la tonta idea de que quizás los bárbaros al otro lado de la verja no son tan distintos a nosotros (…) En contra de lo que hubiésemos creído después de 1989, los muros no han perdido su vigencia, sino que se han multiplicado. (…) Estas barreras interiores ya no asilan a un país de otro –tarea fútil-, sino señalan la única frontera que importa en nuestros días: la que separa a pobres de ricos”[1]. Amén.
*
Los de Hermano Cerdo me pidieron lo mejor del año.
*
Bibliomaquia de los días
Desfilan batallones de días azules.
Apollinare
Andan días iguales persiguiéndose.
Neruda.
Y palidece en la luz del día común
Wordsworth
Hay días que parecen fotocopias
Aurora Luque
Sus días fueron copias
tan perfectas que no mancharon
nunca de hambre sus manos
Raúl Quirós Molina
A un día monótono otro
monótono, idéntico, sucede. Pasarán
las mismas cosas, volverán de nuevo a pasar,
iguales instantes nos toman y nos abandonan.
Constantino Cavafis
contemplo con espanto
el nuevo día traerme el mismo día del fin
del mundo y del dolor,
un día igual a los otros
Carlos Barral
Y está la resistencia de los días de lluvia
Inmaculada Mengíbar
Sólo me quedan los días iguales
de después, los días marginales
Ricardo Defargues
Sucede que ha llegado a preocuparme
la manera de ser de las semanas.
Pablo Neruda
Se parecen los días a los días
Esperanza López Parada
Los días son igual que una condena.
Santiago Auserón
Los días lentos
se apilan
Buson
No hay
pasado. Sí, también yo colecciono
días, pero los tengo todos repetidos
Gabriel Ferrater
Pero después de todo, no sabemos
si las cosas no son mejor así,
escasas a propósito... Quizá,
quizá tienen razón los días laborables.
Gil de Biedma
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Notas
[1] Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 127-128.
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El surrealismo de Breton hubiera encontrado, de nacer setenta años más tarde, un medio mucho más eficaz de escritura automática: dejar caer el teclado de un ordenador al suelo, o frotarlo contra todo tipo de superficies romas, agrietadas o desparejas. Abandonar el teclado frente a un bebé. Lanzarle pelotas de tenis. Arrastrarlo por un suelo lleno de gomas de borrar. Prestarlo a un ciego. Dejarlo en la ventana para que lo pisen pájaros despistados. Colocarlo como diana en una escuela de tiro. Meterlo, como tercer cuerpo, en la cama donde hacemos el amor.
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Raúl Quinto, uno de los poetas jóvenes más interesantes de nuestro panorama, ha sacado este año La flor de la tortura (Renacimiento), y ha reeditado Grietas (La Garúa). La flor de la tortura es uno de los poemarios más duros, por no decir salvajes, que he leído en mucho tiempo. En medio de la complacencia general, estos versos son una bofetada no ya a la cara del lector, que también, sino sobre todo a la
cara del mismo poeta, para despertar de lo que Kant llamaría el “sueño dogmático” y enfrentarse a la cruel intemperie de la existencia. En él pueden encontrarse piezas como espléndido haiku: “En el umbral / hay dos cuerpos desnudos / cicatrizando”. Absténgase mentes encantadas de conocerse, admiradores de Ana Rosa Quintana y suscriptores de Qué leer. Completando el negro panorama, con un tono desolado y seco, consciente del hueco interno (“el vacío lo es todo”, p. 44), Grietas (2002, 2008) construye o más bien deconstruye una visión desolada y rota del sujeto contemporáneo, a través de la elipsis y de la destrucción sistemática de los resquicios de una existencia plena. En buena medida, Grietas es un poemario de época, representativo de una corriente subterránea de la poesía española en la que el sujeto poético se ve a sí mismo como una fisura, como una grieta en la antigua esfera cartesiana del sujeto, por donde se escapa la vida a chorros o por la que entra, en tromba, el vacío al centro.*
No es raro encontrar expresiones metafóricas en las cuales los escritores utilizan a la hora de describir el éxtasis sexual la inmersión en un espacio verde. No hace mucho encontré también la imagen en Musil. Me pregunto si esa tendencia puede relacionarse con las tesis de Jung sobre el oro verde, mito alquimista que vendría a significar el “espíritu vital”: de ser así, constituido en arquetipo y por tanto presente en el inconsciente colectivo de diversas razas y épocas, configuraría el escenario mental del coito.
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Para amantes de Rimbaud, y/o de su poesía, acaba de aparecer en la Editorial Complutense el volumen de trabajos sobre el poeta francés coordinado por Miguel Casado y titulado Rimbaud, el otro. Textos de Michel Collot, Amelia Gamoneda, Jean-Marie Gleize, Chantal Maillard, Vicente Luis Mora, Jaime Moreno Villarreal, Miguel Morey, Antonio Méndez Rubio, Nino Palenzuela, Esther Ramón, Ildefonso Rodríguez y William Rowe.
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Álvaro Valverde, Desde fuera; Tusquets, Barcelona, 2008. “A modo de inventario” es el primer verso de uno de los poemas de Desde fuera, y da la impresión de que el autor de Plasencia, al borde de los 50, recapitula o inventaría una descripción existencial, marcada más por la búsqueda de equilibrio que por la efectiva consecución del mismo (problemas de ser occidental, los orientales sobrellevan mejor este asunto). La indagación elegíaca es una de las características más reconocibles de la poesía de Valverde, presente ya en su excelente Ensayando círculos (1995),
poemario que nos sirvió a muchos para conocer esta poética sustancializada y contenida, tan enemiga de la falsa profundidad como del aspaviento innecesario. Una poética coherente, como decimos: ya en 1993, en uno de los poemas de A la debida distancia, había escrito Valverde: “mi tema es la memoria”[1].Valverde tiene una voz muy personal, capaz de saltar de las tierras extremeñas a las praderas holandesas sin necesidad de variar su tono meditativo y sosegado. En uno de los mejores poemas de este libro, “El viaje de mi vida”, el yo se disuelve en un personaje diez años mayor que repasa el “espacio metafísico” de la breve distancia entre su casa natal y la que ahora ocupa. Una variante de ese paseo meditante la reflexión es el propio Desde fuera, lleno de viajes, sobre todo de viajes interiores, y que sitúa en el juego dialéctico del par conceptual interioridad/exterioridad su clásica estructura.
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19/11/2008. Me encanta utilizar la palabra Red para referirme a Internet. Creo que es porque me parece asombroso que una realidad tan vasta pueda ser nombrada con un nombre tan corto.
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El día después de haber escrito lo anterior, como si hubiera estado llamándolo, me encuentro el verso de Emilio Adolfo Westphalen: “¿Qué es más grande –el mar o la palabra con que lo nombramos?”.
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Raúl Quirós Molina, El día que me enamoré de mi BMW; Vitruvio, Madrid, 2008. Es difícil publicar un primer poemario. No me refiero sólo a lo complicado de encontrar una editorial que, sin premios ni ayudas a la edición, apueste por un nombre joven que comparece –hasta donde sé– sin padrinos ni apoyos, sino al hecho de saber qué debe entrar y qué debe quedarse fuera de una primera colección de poemas. Acierta Vitruvio publicando El día que me enamoré de
mi BMW, del joven Raúl Quirós Molina (Madrid, 1980), irregular y compuesto de piezas de años y tonos diferentes, como todos los primeros poemarios, pero que guarda algunos aciertos sugerentes y otros, como “Riley Manson” (un poema dedicado a una actriz porno) simplemente memorables. Quirós Molina acierta más cuanto menos se ciñe a tradiciones previas, y toca fibra cuando se lanza a inventar literatura a su antojo, con valentía y descaro. Se cometen errores operando de este modo, por supuesto, y me temo que dentro de diez años el poeta leerá con sonrojo alguno de los textos, pero hay que aplaudirle su valiente y deslenguada apuesta, capaz de hacer una “Oda a la hamburguesa”, tema ya con cierta tradición poética reciente (Riechmann, Vilas, Mercedes Cebrián), o de ponerse en la piel de un dictador muerto que se zarandea en una soga.*
09/12/2008. Aeropuerto de Washington D.C. Entra en la cafetería donde desayuno una chica con el uniforme de los Marines, el de camuflaje. Lleva el pelo medio largo, es rubia, ojos claros, expresión aniñada y cara de sueño. Todos los clientes se la han quedado mirando al entrar, porque es poco frecuente ver una soldado atractiva. Debe tener unos diecinueve años. Estornuda, y al hacerlo su cuerpo tiembla dentro del uniforme. Sé que ella odiaría leer esto, menos mal que lo escribo en español, pero lo que transmite es fragilidad. No parece capaz, aunque está entrenada para ello, de entrar con un fusil de asalto en una casa acribillando personas. Se recoloca el pelo, de espaldas a mí, con suavidad, mientras bosteza.
Ojalá todos los soldados despertasen, al verlos, lo que esta chica: las ganas de taparla con un abrigo, darle una pastilla para la tos e invitarla a un chocolate caliente.
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Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Volpi y yo presentamos en México nuestros respectivos ensayos publicados en Páginas de Espuma este año, en un acto entrañable por muchos motivos. Me gustaría recomendarles Mentiras contagiosas por la sencilla razón de que dentro aguardan varias piezas magistrales. No sé con cuál de ellas quedarme. Según el día, releo el maravilloso texto sobre la nunca terminada adaptación del Quijote al cine por Orwon Welles, o reflexiono sobre los enlaces entre literatura y ciencia aportados en “Pobladores de mundos extraños”, o voy por la calle diciéndole a la gente que no puede vivir un solo día más sin leer “Las trompetas de Jericó y los crímenes de Santa
Teresa”, una de las reflexiones sobre la frontera y la literatura de la frontera más inteligentes que he leído, cuya ética suscribo de principio a fin. En este texto, precisamente, encontré un pasadizo entre nuestros dos ensayos, porque ambos transpiran la misma resitencia ética ante cualquier forma de frontera excluyente. Escribía yo en Pasadizos: “España acometió un muro en el norte de África para dejar afuera, lejos del progreso, a los pueblos pobres y de piel oscura. Los muros son siempre de conciencia. Hay en ellos una terca tensión norte-sur, una insalvable distancia, y la voluntad ciega de saltar las almenas que acaba venciendo cualquier resistencia defensiva. (…) C. W. Ceran observaba que en todas las ciudades antiguas había una parte de ciudadanos que deseaban la llegada de los de fuera y la brecha en la defensa, y la literatura universal, desde Kafka a Coetzee pasando por Buzzati, está llena de traicioneros vigilantes en las torres. Yo soy de los que aguardan esperanzados el momento. Los muros de Troya y Jericó cayeron, se superaron los de Nínive y Babilonia, cayó Constantinopla, caeremos. Todo muro acaba siendo, más tarde o más temprano, Muro de las Lamentaciones”. Y escribe Volpi: “La construcción de muros y fronteras se ha convertido en una especialidad arquitectónica –y en un género literario- por sí mismo. La muralla es la exacerbación de la frontera. Su objetivo es múltiple no sólo impedir que los de afuera nos vean –y nos deseen-, sino enturbiar el paisaje y quitarnos la tonta idea de que quizás los bárbaros al otro lado de la verja no son tan distintos a nosotros (…) En contra de lo que hubiésemos creído después de 1989, los muros no han perdido su vigencia, sino que se han multiplicado. (…) Estas barreras interiores ya no asilan a un país de otro –tarea fútil-, sino señalan la única frontera que importa en nuestros días: la que separa a pobres de ricos”[1]. Amén.*
Los de Hermano Cerdo me pidieron lo mejor del año.
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Bibliomaquia de los días
Desfilan batallones de días azules.
Apollinare
Andan días iguales persiguiéndose.
Neruda.
Y palidece en la luz del día común
Wordsworth
Hay días que parecen fotocopias
Aurora Luque
Sus días fueron copias
tan perfectas que no mancharon
nunca de hambre sus manos
Raúl Quirós Molina
A un día monótono otro
monótono, idéntico, sucede. Pasarán
las mismas cosas, volverán de nuevo a pasar,
iguales instantes nos toman y nos abandonan.
Constantino Cavafis
contemplo con espanto
el nuevo día traerme el mismo día del fin
del mundo y del dolor,
un día igual a los otros
Carlos Barral
Y está la resistencia de los días de lluvia
Inmaculada Mengíbar
Sólo me quedan los días iguales
de después, los días marginales
Ricardo Defargues
Sucede que ha llegado a preocuparme
la manera de ser de las semanas.
Pablo Neruda
Se parecen los días a los días
Esperanza López Parada
Los días son igual que una condena.
Santiago Auserón
Los días lentos
se apilan
Buson
No hay
pasado. Sí, también yo colecciono
días, pero los tengo todos repetidos
Gabriel Ferrater
Pero después de todo, no sabemos
si las cosas no son mejor así,
escasas a propósito... Quizá,
quizá tienen razón los días laborables.
Gil de Biedma
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Notas
[1] Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 127-128.
[1] Álvaro Valverde, “Hotel inglés”, A la debida distancia; Hiperión, Madrid, 1993, p. 34.
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martes, 16 de diciembre de 2008
Crack, Boom, Afterpop, McOndo, Mutantes-Nocilla
Lo bueno de los blogs es que, entre otras cosas, permiten completar lo que ha salido, por problemas de espacio, recortado en otros sitios. El sábado pasado asistíamos en ABCD las Artes y las Letras, el suplemento literario del diario ABC, a un interesante diálogo a tres bandas (¿triálogo existe?), entre el mexicano Jorge Volpi, el español Jorge Carrión, que moderaba y coordinaba, y el boliviano Edmundo Paz Soldán. Tal y como estaba en el suplemento, el debate ya era interesante, pero creo que ahora, completo, lo es más aún, y pone sobre la mesa varias cuestiones interesantes: la tensión generacional, los grupos literarios, el diálogo entre las "dos orillas" (o la falta de él), las verdaderas novedades literarias y las que no lo son tanto, etc. Transcribo ahora el diálogo sin comentar, pero abriré los comentarios opinando al respecto.
McONDO, EL CRACK, AFTERPOP: ¿LA REINVENCIÓN DE LO GENERACIONAL?
En 1996 coincidieron las dos últimas grandes propuestas generacionales de la lengua española, desde un extremo y el otro de América Latina. Desde Chile, Alberto Fuguet y Sergio Gómez llamaban a los escritores en sintonía con la aldea global y las nuevas tecnologías y armaban la antología iberoamericana McOndo, en oposición al realismo mágico y comercial de su momento histórico. Desde México, Jorge Volpi, Ignacio Padilla y otros firmaban el manifiesto de El Crack, en defensa de la alta literatura y del retorno a la ambición del Boom. Justo diez años más tarde se publicó en España Nocilla Dream (Candaya, 2006) de Agustín Fernández Mallo, cuya segunda parte Nocilla Experience (Alfaguara) ha aparecido este mismo año. Regresa así un debate antiguo: ¿qué hacemos con lo que tradicionalmente se ha llamado “generación”? La llegada, en las mismas fechas, de los ensayos Afterpop. La literatura de la implosión mediática (Berenice, 2007) y Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era afterpop (Anagrama, 2008), de Eloy Fernández Porta, ha dado nombre a una reactualización generacional. El fenómeno ha sido debatido por el boliviano Edmundo Paz Soldán, el mexicano Jorge Volpi y el español Jorge Carrión, desde una perspectiva histórica y crítica.
J.C. (Jorge Carrión): Vayamos al principio: esta historia comienza en 1993, con la publicación en Santiago de Chile de Cuentos con Walkman, una antología de nuevos escritores que tuvo mucho éxito y que provocó, de hecho, la antología mcondiana…
E.P.S. (Edmundo Paz Soldán): Después de la antología Cuentos con Walkman, que estaba circunscrita a escritores chilenos de la nueva generación, Alberto Fuguet coincidió en el Iowa Writers Workshop con el escritor mexicano David Toscana. Cuando Alberto le mostró el libro a David, éste se mostró gratamente sorprendido y le sugirió hacer una nueva antología pero a nivel latinoamericano… Así surgió McOndo. Hay un dato algo olvidado al respecto: si bien el prólogo se refería sobre todo a la realidad latinoamericana, tres de los diecisiete escritores incluidos eran españoles: Loriga, Mañas, Martín Casariego.
J.C. Ese hecho me hace pensar en los nombres de las supuestas “generaciones”. De una terminología numérica e histórica (del 27, de medio siglo) o epocal (modernistas, contemporáneos), se pasa en la posmodernidad a las onomatopeyas (Boom, Crack), lo tecnológico o de inspiración popular (Walkman, MacOndo, Nocilla). ¿Será por causas periodísticas?
McONDO, EL CRACK, AFTERPOP: ¿LA REINVENCIÓN DE LO GENERACIONAL?
En 1996 coincidieron las dos últimas grandes propuestas generacionales de la lengua española, desde un extremo y el otro de América Latina. Desde Chile, Alberto Fuguet y Sergio Gómez llamaban a los escritores en sintonía con la aldea global y las nuevas tecnologías y armaban la antología iberoamericana McOndo, en oposición al realismo mágico y comercial de su momento histórico. Desde México, Jorge Volpi, Ignacio Padilla y otros firmaban el manifiesto de El Crack, en defensa de la alta literatura y del retorno a la ambición del Boom. Justo diez años más tarde se publicó en España Nocilla Dream (Candaya, 2006) de Agustín Fernández Mallo, cuya segunda parte Nocilla Experience (Alfaguara) ha aparecido este mismo año. Regresa así un debate antiguo: ¿qué hacemos con lo que tradicionalmente se ha llamado “generación”? La llegada, en las mismas fechas, de los ensayos Afterpop. La literatura de la implosión mediática (Berenice, 2007) y Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era afterpop (Anagrama, 2008), de Eloy Fernández Porta, ha dado nombre a una reactualización generacional. El fenómeno ha sido debatido por el boliviano Edmundo Paz Soldán, el mexicano Jorge Volpi y el español Jorge Carrión, desde una perspectiva histórica y crítica.
J.C. (Jorge Carrión): Vayamos al principio: esta historia comienza en 1993, con la publicación en Santiago de Chile de Cuentos con Walkman, una antología de nuevos escritores que tuvo mucho éxito y que provocó, de hecho, la antología mcondiana…
E.P.S. (Edmundo Paz Soldán): Después de la antología Cuentos con Walkman, que estaba circunscrita a escritores chilenos de la nueva generación, Alberto Fuguet coincidió en el Iowa Writers Workshop con el escritor mexicano David Toscana. Cuando Alberto le mostró el libro a David, éste se mostró gratamente sorprendido y le sugirió hacer una nueva antología pero a nivel latinoamericano… Así surgió McOndo. Hay un dato algo olvidado al respecto: si bien el prólogo se refería sobre todo a la realidad latinoamericana, tres de los diecisiete escritores incluidos eran españoles: Loriga, Mañas, Martín Casariego.
J.C. Ese hecho me hace pensar en los nombres de las supuestas “generaciones”. De una terminología numérica e histórica (del 27, de medio siglo) o epocal (modernistas, contemporáneos), se pasa en la posmodernidad a las onomatopeyas (Boom, Crack), lo tecnológico o de inspiración popular (Walkman, MacOndo, Nocilla). ¿Será por causas periodísticas? E.P.S. El nombre del Boom apareció en un periódico argentino. En la segunda mitad del siglo XX es la crítica periodística la que comienza a influir en gran manera en la recepción de los movimientos artísticos. A veces, bautizándolos, y en otras ocasiones banalizando el alcance de su propuestas. En esto los escritores somos corresponsables, porque nos servimos de los medios a la vez que los criticamos.
J.C. Y en 1996 se publica McOndo y se publicita el Crack. Yo tengo la sensación de que la gestación de ambos proyectos, y no sólo su ideología, es antitética. Si hemos de creer el prólogo de la antología, se trató de un libro gestado con pocos recursos y mucha fuerza de voluntad, sin un pacto previo de difusión, sin contratos, sin agentes literarios poderosos apoyando la iniciativa; aunque Mondadori sea una editorial poderosa. En cambio, en el Crack intuyo que existió la intervención de poderes, desde miembros del Boom, a quienes se estaba reivindicando, hasta superagentes o editoriales… ¿Me equivoco?
J.V. (Jorge Volpi): Éste es uno más de los malentendidos que siempre han rodeado al Crack. El grupo empieza con la reunión de cinco amigos, Palou, Padilla, Urroz, Chávez, Castañeda y yo mismo, en un Vips de la ciudad de México, en 1994, cuando ninguno de nosotros tenía el menor contacto con ningún “poder”. Padilla, Urroz y yo éramos amigos desde la secundaria. Todos habíamos publicado nuestros primeros libros con muchas dificultades (y enormes resistencias críticas). Los cinco teníamos
nuevas novelas inéditas, todas ellas amplias y ambiciosas (no digo que necesariamente buenas) y habíamos tenido muchas dificultades para publicarlas. Decidimos entonces asumirnos como grupo (jamás como generación), darnos un nombre irónico (Crack por el obvio homenaje pero también burla al Boom) e intentar publicar las cinco novelas dentro de una misma colección. Después de varios intentos frustrados, el editor Sandro Cohen en Planeta y luego en Nueva Imagen decidió acoger nuestros libros. Luego se diría que Cohen fue el inventor del Crack, otra mentira. Cuando los libros se publicaron finalmente en 1996, decidimos añadir la “broma en serio” de acompañarlos de un manifiesto. Así nació el Crack. Sin agentes. Sin pensar en el mercado o en las traducciones. Sin padrinos.J.C. Entonces habría dos fases: la doméstica, privada, y la internacional. Recuerdo, por ejemplo, la implicación de la revista barcelonesa Lateral en la segunda. O la publicación del manifiesto en revistas anglosajonas. ¿Cómo se dio la segunda fase, desde tu perspectiva?
J.V. La fase “doméstica” del Crack, como la llamas, duró bastante tiempo. Tras la publicación del manifiesto en 1996, recibimos decenas de ataques y descalificaciones en la prensa mexicana, de parte de contemporáneos y escritores un poco mayores que nosotros, por la pretensión de aparecer como grupo, algo muy mal visto en un país donde los grupos proliferaban pero nunca se atrevían a presentarse así, como los que se formaban entonces en torno a Nexos o Vuelta. Muchas notas hacían referencia, por ejemplo, al “autodenominado grupo del Crack”, una obvia referencia a los “autodenominados zapatistas”, como si fuésemos un grupo guerrillero. Reconozco que en nuestro intento había cierto anhelo juvenil de incomodar y escandalizar, pese a que en realidad lo que pedíamos era una especie de vuelta al Boom y una crítica feroz a la obligación para un escritor latinoamericano para escribir realismo mágico. La segunda “etapa”, si podemos llamarla así sin ser petulantes, del Crack se inicia con el Premio Biblioteca Breve a En busca de Klingsor, en 1999 (cinco años después de la formación del grupo) y se consolida con el Premio Primavera a Amphytrion. A partir de allí hay un repentino interés fuera de México hacia el grupo al que pertenecen esos dos mexicanos que acaban de ganar premios en España. (En ese momento yo seguía haciendo mi doctorado en Salamanca y Nacho Padilla había regresado a México hacía un año.) Vienen entonces las traducciones, las reediciones de algunos de nuestros libros, el nuevo escándalo mediático (ahora propiciado por nuestra supuesta complicidad con el “mercado” o por nuestro “abandono” de temas latinoamericanos, ambas cosas falsas). Los momentos importantes para el Crack que siguieron son la publicación en España del manifiesto (en Lateral), la publicación por Muchnik en 2001 de novelas de Palou y Vicente Herrasti (que se incorpora al grupo) y por fin, en 2004, de Crack. Instrucciones de uso (Mondadori), nuestro propio relato de las aventuras del grupo a diez años de existencia.
J.C. En tu relato hay una elipsis: qué ocurre entre la situación todavía edénica de 1996 y la situación institucionalizada de 1999.
J.V. Entre 1996 y 1999 los autores del Crack continuamos publicando novelas y ensayos en México de manera constante, y al mismo tiempo la mayor parte de sus miembros salimos de México para estudiar en otras partes (Nacho y yo en Salamanca, Ricardo y Eloy en Estados Unidos). Combinamos la vida académica con la literaria. Y así, como estudiante de doctorado, fue que obtuve el Biblioteca Breve.
J.C. Por otro lado, lo que apuntas acerca de las revistas como núcleos "generacionales" es interesante. Está claro que todos los escritores tienen una red o un grupo que se puede identificar con lo que hace cincuenta años se entendía por "generación". La "alianza" entre Fuentes, Goytisolo, Ortega o Ríos, por ejemplo, apunta en esa dirección; la "solidaridad" textual y personal entre Vila-Matas, Piglia, Villoro o Bolaño también. El problema es explicitar, hacer visibles esas redes, sobre todo a partir de una forma literaria que se percibe como anacrónica: "el manifiesto"...
J.V. Al contrario de otros grupos, los miembros del Crack decidimos hacer pública nuestra amistad literaria (sin contar con una revista, que es lo que tradicionalmente han hecho otros grupos); el manifiesto desde el principio fue un guiño irónico, una broma en serio, una provocacion. Y en ese sentido funcionó perfectamente, pues la reacción de otros grupos (que nunca se presentaron como tales) fue muy violenta. Todos sabíamos que un manifiesto era "anacrónico", como tú dices, pero esa era la intención... A la fecha seguimos creyendo que los grupos literarios animan la vida intelectual y por eso seguimos reivindicando su existencia.
E.P.S. A finales de los noventa, por otro lado, la idea de un movimiento artístico o propuesta generacional se hallaba descartada. Eran tiempos posmo, en los que había que ser irónico, escéptico, estar de vuelta de todo. Incluso de la misma tradición literaria. El prólogo a la antología McOndo tenía un tono medio en serio medio en broma. Fue la crítica la que interpretó el prólogo como un manifiesto, y así redujo lo generacional a lo que mostraba la antología: simplemente, se trataba de los escritores nacidos en los sesenta que habían comenzado a publicar en los noventa.
J.C. ¿Con McOndo el proceso expansivo fue muy diferente? ¿Se agotó con la antología? ¿Durante cuánto tiempo se atribuyó la etiqueta a sus autores?
E.P.S. El prólogo combativo de Fuguet y Gómez hizo que se viera a McOndo no como una simple antología sino como un movimiento coherente, con un manifiesto generacional, en el que todos sus autores estaban conjurados en procura del mismo objetivo. De hecho, muchos autores no estaban de acuerdo con el prólogo y se desmarcaron. Por ejemplo, ¿se acuerda alguien hoy que Santiago Gamboa estaba en la antología? Otros, incluso los que teníamos algunos reparos pero no nos desmarcamos del todo, nos quedamos con la etiqueta de “escritores McOndo”. Hasta ahora hay entrevistas en las que debo responder a alguna pregunta sobre mi pertenencia a McOndo.
J.C. Hasta ahora hemos hablado de coincidencias en la forma de los fenómenos, ¿qué ocurre con el fondo?
E.P.S. Efectivamente, si bien hubo una coincidencia temporal entre el Crack y McOndo, y hubo objetivos comunes, también siento que había diferencias
importantes. Una de ellas tiene que ver con la relación de la literatura con la cultura popular. A veces siento que el Crack, en su defensa de las novelas “difíciles”, siguió mostrando una diferencia muy jerárquica entre cultura alta y cultura popular. McOndo intentaba un diálogo con la cultura popular, con los medios, con las nuevas tecnologías. En el manifiesto del Crack, Padilla ataca los videojuegos; a mí, por ejemplo, me parece que algunos de los creadores más interesantes de nuestro tiempo trabajan diseñando videojuegos. J.V. Creo que tienes toda la razón, Edmundo. A Palou, Herrasti, Urroz o a mí nunca nos interesó demasiado (hasta ahora) la llamada “cultura popular” (Nacho en cambio siempre fue un fanático de los cómics). Yo, por ejemplo, me crié con música clásica y ésa sigue siendo mi pasión hasta ahora. Apenas sé algo de música pop, todo lo contrario de, digamos, Fuguet. En nuestros libros apenas hay jóvenes, no nos interesaba retratar ese mundo de sexo, drogas y rock’n’roll que tanto furor hizo tanto en España como en América Latina. En cambio, todos crecimos con la televisión y el cine, que son fundamentales tanto para McOndo como para el Crack.
J.C. En el décimo aniversario de la antología, Fuguet escribió en su blog “pronto postearé el puto prólogo”. ¿Cómo ven aquel proyecto, ahora, sus integrantes?
E.P.S. De 1996 al 2003, McOndo fue una mala palabra en la literatura latinoamericana. Sus escritores eran unos chicos del barrio alto, alienados a la cultura norteamericana. Creo que pasó lo mismo con el Crack. Digo 2003 porque ese año fue un parteaguas. En el congreso organizado por Seix Barral en Sevilla, me llamó la atención que se hablara de McOndo como una cosa aceptada y asumida, sin escándalos, simplemente parte de la historia reciente. McOndo puede verse como una intensificación de la presencia de los medios y la cultura popular que ya aparece en la obra de Cabrera Infante o Puig, pero lo que viene después de McOndo, toda la generación YouTube, hace ver que McOndo no era para tanto. En cuanto al proyecto, queda la sensación ambivalente de que fue como un arrebato, pero, a la vez, que causó impacto porque fue un arrebato. Cuando pienso en Afterpop, en cambio, siento que tiene un grado de sofisticación teórica que no tenía McOndo.
J.C. Seis o siete años después del Crack y McOndo, sin etiquetas ni manifiestos, nació en América Latina un fenómeno muy diferente, y de algún modo antitético. Me refiero al proyecto Eloísa Cartonera, que surgió en la Argentina de la crisis y se ha expandido a otros países latinoamericanos. Se trata de un proyecto de origen social, promovido por escritores que, a priori, no tienen por qué haber tenido, como Fuguet o como tú, Edmundo, una formación estadounidense ni posibilidades económicas para acceder al mundo de los shoppings, Miami, alta tecnología, etc., que se reivindicaba en el famoso prólogo de McOndo, que podía leerse como una defensa del neoliberalismo…
E.P.S.: Es cierto, McOndo puede leerse como un síntoma del momento celebratorio en torno al neoliberalismo que se vivía a mediados de los noventa en el continente. Creo que esa fue una de sus limitaciones: un proyecto que sólo incluía a hombres, a escritores de clase media, que no estaba muy interesado en explorar problemáticas sociales o políticas,etc. Pero creo que los compartimientos estancos de ese período han cambiado. Hay un retorno a temas sociales y políticos, y muchos de nosotros –me incluyo-- hemos publicado en alguna de las versiones de Eloísa Cartonera que han aparecido en países como Perú, Bolivia, Chile, México.
J.C. Los dos fenómenos generacionales latinoamericanos se articulan en un mundo casi sin Internet. Esa es la gran diferencia respecto a lo que ha pasado con Nocilla Dream y Afterpop: el fenómeno es estrictamente español. Quizá ese es, a mi juicio, uno de sus defectos. Había plataformas de internacionalización, al menos en el ámbito de la lengua, gracias a los blogs y los e-mails, y en cambio, el debate se ha limitado a nuestras fronteras…
E.P.S. La diferencia principal es que con McOndo y Crack hay como diez años de perspectiva. Es más fácil hacer el balance. Nocilla y Afterpop son todavía fenómenos en flujo, en formación, como sacarle una foto a un grupo que se mueve. Y eso complica un poco el análisis... Ahora, lo cierto es que el Crack también inicialmente era un fenómeno local, mexicano. Fue la caja de resonancia española la que lo amplificó.
J.V. Como dice Edmundo, del Crack y McOndo han pasado ya diez años, y su contaminación y difusión exterior fue, en realidad, bastante lenta. Creo que a fin de cuentas el congreso organizado por Casa de América y Lengua de Trapo en 1999 fue el detonoador de los contactos internacionales de nuestra generación (allí nos hicimos amigos Edmundo y yo, por ejemplo). Nocilla y Afterpop, en efecto, son fenómenos muy recientes y sólo españoles, al menos por ahora. La distancia entre lo que ocurre en España y cada país de América Latina sigue siendo muy grande, a pesar del internet y la globalización. Nocilla, para colmo, es un nombre puramente español, que nada significa en América Latina (en México ese producto se llama "Nucita"). Por ahora me parece difícil que ambas denominaciones sean adoptadas o copiadas en otros países, pero nunca se sabe.
E.P.S.: En Bolivia se dice Nutella… Yo encuentro varios puntos de contacto entre McOndo y Nocilla/Afterpop: el interés por la cultura pop y de masas, el intento de narrar el impacto de los medios en la subjetividad, el deseo de ver la literatura en su relación con una ecología de medios muy intensa, etc. Pero me parece que McOndo no es un referente conocido para los narradores españoles, a diferencia de lo que ocurrió con el Crack. ¿O me equivoco? Por otro lado, han pasado diez años entre Mcondo y Nocilla/Afterpop. ¿Es Nocilla una versión retrasada de lo que pasó en América Latina hace una década? ¿Cuáles son los cambios fundamentales?
J.C. Ten en cuenta que hablamos de plataformas de visibilidad. Lo afterpop estaba configurado, al menos parcialmente, desde mediados de los noventa, en novelas de Debate, en congresos de joven narrativa, en artículos de Lateral... Es decir, el interés por lo audiovisual, que después ha derivado en un interés conceptual y formal por las nuevas tecnologías, la posición irónica respecto a la cultura pop, la red personal de interlocutores, la experimentación, etc., viene de lejos en la nómina abierta de autores españoles que ven el lenguaje como un problema y no como una solución en nuestro presente. Pero no se ha hecho visible hasta ahora. Eso me lleva a la pregunta que os he formulado antes: separación institucional, lo latinoamericano como tendencia o moda en España, eclipsando lo local... ¿Cómo lo veis?
E.P.S. Los mundos culturales latinoamericanos funcionan como compartimientos estancos. Los lectores peruanos, por dar un ejemplo, no conocen qué se publica en Ecuador, y viceversa. Para bien y para mal, la literatura latinoamericana depende de las editoriales españolas para su difusión. El peligro, entonces, es tratar de escribir pensando en lo que le podría interesar al mercado español. La tentación es muy fuerte. Y no veo impermeabilidad a esos cantos de sirena.
J.C. Diego Trelles, en el prólogo a El futuro no es nuestro, dice que la antología de McOndo no tenía una base teórica sólida y que su propuesta estética era un “simulacro inofensivo”. Destaca, además, algo que llama la atención: al “grupo” le une la “superación de la novela total”. Y concluye que han optado por llamarse “sin onomatopeyas ni prefijos pegajosos”. ¿Qué opináis sobre el proyecto?
E.P.S. McOndo era una respuesta visceral a un estado de cosas, no había una base teórica pero sí varias ideas-fuerza muy importantes. Y había una selección de textos con cierto aire de familia. En literatura, no creo que sea un punto en contra no tener una base teórica. Las onamatopeyas y los prefijos son imposibles en una antología como la de Trellez, que apuesta por ser representativa y al hacer eso debilita cualquier posibilidad de una propuesta estética clara.
J.C. La paradoja de Bogotá 39 era que los autores latinoamericanos más leídos por los demás eran los que habían publicado en Anagrama… Jorge incluso declaró que sois o somos la “generación Anagrama”, porque nuestras lecturas han dependido del catálogo de esa editorial. Generación YouTube, generación perdida, generación X, Y o Z, Next Generation, ordenadores de nueva generación, generación nocilla o Anagrama… Quizá haya llegado el momento de olvidar esa palabra. ¿No creéis?
E.P.S. Me parece que sí, en teoría. Pero en la práctica la seguiremos usando.
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