lunes, 13 de julio de 2009

Firma invitada: Ramón Román Alcalá

El pasado sábado se publicaron en Cuadernos del Sur estas páginas del filósofo y especialista en Filosofía antigua y Estética Ramón Román Alcalá, que llamaron mi atención por ser una persona tradicionalmente defensora de la imagen y el estudio de los media. En este argumentado artículo Román Alcalá defiende un concepto de imagen que va más allá de la superficialidad convencional con que es tratada, y que intenta ahondar en las relaciones entre lo que llama la educación logocéntrica con la peligrosa educación imagocéntrica. Creo que su lectura puede resultar de interés.


CONTRA LA IMAGEN POR LA IMAGEN MISMA
Me la juego: titular un artículo y decir “estoy contra la imagen”, parece hoy insensato y anacrónico (por no decir, arcaico, viejo, decrépito, caduco etc.). Soportaré también ante su lectura (espero que se lea y que no se vea sólo) sonrisas arrogantes o jactanciosas y comentarios impíamente desdeñosos antes de leerlo. Pero nadie duda que en esta era de la mirada, la imagen, destructora de la forma escrita como expresión global, goza de un poder de sugestión considerable y fascinante que ha rendido y humillado a la crítica del discurso, inane, estúpidamente callada frente a la revolución falaz y mentirosa de la apariencia. Me interesa el debate sobre la imagen, frente a su embestida fascinante e hipnotizadora, que ha impedido la reflexión ante un fenómeno global que ha enmudecido a la mayoría de los humanos ante su poder.

Bajo el signo de la imagen en las revistas, el cine, la televisión, la política o la Universidad, la imagen ha sustituido a la forma escrita como modo de expresión global con un poder de sugestión irresistible. Esto tiene unas consecuencias que son necesario resaltar: la era de la razón está siendo sustituida por la era del sueño, al albor de una nueva cultura en la que la imagen, superponiéndose absolutamente al discurso, ha terminado por reemplazarlo. La imagen que imitaba el mundo, que era copia y representaba al objeto, se ha convertido en sustancia en sí misma, determinando el contenido, imponiendo una visión que no hace referencia a nada, invirtiendo el esquema tradicional, convirtiendo lo imaginario en real. La imagen, así, tiene un poder nuevo que no se transfiere al mundo, sino que escapa mágicamente a nuestro juicio y control.

El espíritu espectador se ha instalado entre nosotros, fenómenos como youtube o el power point en la educación, terminan por anular, sin quererlo, el pensamiento. Se supone que son nuevas metodologías, de enseñanza, de relación con los contenidos, etc., pero es algo más y no nos hemos dado cuenta, se nos ha escapado: es la sustitución de un modelo en el que pensar o conectar conocimientos y contenidos era necesario y tenía interés, a un modelo en el que la fascinación por la imagen colapsa el pensamiento. Nos hace menos originales, más limitados ya que el espíritu crítico se pierde en la imagen, convertida en pura pasión inmovilista. La fascinación, en definitiva, no es más que una extraña parálisis de actividad. Esto desde mi punto de vista es bastante negativo, pero advierto que este juicio me condenará al mundo “antiquii” de la cultura dialogada y crítica, sin analizar lo que digo. Por favor, sigan leyendo.

Por ejemplo, es sorprendente como el mundo de la educación se ha rendido al efecto PowerPoint, desde hace tiempo vengo advirtiendo que la educación “logocéntrica”, ha sido sustituida por otra “imagocéntrica”, llevándonos hacia el silencio, hacia un mundo en el que la sola palabra pronunciada es de un mundo muerto, inaudito, innecesario e inaudible. Nos han convencido de la necesidad de introducir nuevas tecnologías relacionadas con la imagen para transmitir “el nuevo conocimiento”, y no nos hemos dado cuenta que cuando se dice “una imagen vale más que mil palabras” hay que entenderlo literalmente, y esto no significa que sea positivo.

El triunfo, extensión, uso y abuso del Powerpoint amenaza el espíritu crítico porque es pre-lógico. Edward Tufte profesor de la Universidad de Yale de “Estadística, Diseño de la Información y Política económica” (es decir, que no es de letras) escribió hace tiempo un artículo en la revista Wired (la revista más interesante sobre el análisis de la tecnología), titulado “PowerPoint es el diablo” en el que criticaba la presentaciones típicas que ponen el formato por encima del contenido, facilitando la apariencia de interés para algo que puede estar perfectamente hueco. El argumento que utilizaba demostraba que una clase dada con transparencias con usualmente unas 40 palabras por cada una de ellas, y con 18 segundos de lectura, nunca completaba un razonamiento. Ello implicaba que los alumnos tenían dificultades en apreciar el contexto y valorar las relaciones entre unos aspectos y otros, separados entre sí por varias transparencias. Y afirmaba que una clase dada con este sistema de imagen y colorines aportaba a las mentes de los alumnos 100 veces menos de conexiones que otra en sentido tradicional y trivializaba los contenidos. Si el contenido no tiene interés y está mal estructurado animarlo o ponerlo en colores no lo va a arreglar. Si en la cultura, en las letras, los contenidos se han vuelto irrelevantes y hay poco interés hacia ellos, el PowerPoint está haciendo más daño que beneficio.

Dicho sesudamente (esto es un problema porque hay que pensarlo), la enunciación inmediata de lo real en la imagen, modifica la existencia imaginaria de los seres humanos. Me explico, la imagen siempre ha sido una representación de las cosas del mundo, pero al convertirse la imagen en una enunciación en sí misma, anula todas las miradas y representaciones del mundo, y ella se convierte en el mundo mismo (no existes y eres famoso para salir en televisión, sino que por salir en televisión existes y eres famoso). A través de la imagen como única forma de comunicación es el mundo mismo el que deviene, se convierte en imagen. Esto quiere decir, que las imágenes no son impresiones que el ser humano tiene a partir de lo exterior, y por lo tanto creadas y filtradas por él, sino que está habitado, abducido, secuestrado por imágenes que no son suyas. Somos más participados que participantes de la realidad, condenándonos a un mimetismo que anula lo personal. La política es un ejemplo significativo de este fenómeno, ¿qué significa que los políticos se han separado de los ciudadanos?, pues que unos y otros han sido mediados por la imagen, las campañas publicitarias, los mítines, los debates, la política misma se transfigura, se convierte en imagen, en sugestión. Me frustra lo que aparentemente me llena, y esa frustración es sobre todo alienación porque la imagen no dialoga, no escucha, no responde, es sutilmente autosuficiente en sí misma. Los políticos no son seres humanos, son imágenes de ellos mismos, son impersonales, objetivos y fascinantes. En la televisión no hay periodistas, no hay políticos, no hay intelectuales son imágenes, por eso no dialogan, no escuchan, no tienen opiniones razonables sobre diferentes problemas, son estereotipos, imágenes de sí, cautivos por saturación de ella, en ellos el discurso, el enunciado, lo que media, no se distingue del mediador, de la imagen que tiene que dar y da (el programa 59 segundos es un ejemplo contundente de esto, no hay debate múltiple y dialogado, hay posiciones sin matices -imágenes fijas- parecen pertenecer todos a partidos políticos con doctrina preestablecida). Aquí esta la inversión, el discurso está abierto a infinidad de matices, es palabra que va y viene escuchada por otro, filtrada y transformada, metamorfoseada en un nuevo pensamiento, la imagen, por el contrario, reabsorbe todos los sentidos, los anula es a-logos, aplana, no escucha, no oye, no ve, no crea. Solo muestra pasivamente lo mandado y obedecido que hay que transmitir.

Ahí está lo indecente de la imagen objetiva que fija el instante y deviene espectáculo, figura y figurantes mecánicamente incrustados sobre la película y repetidos ante la mirada. Aquí está también la extraordinaria fortuna de la imagen objetiva en movimiento, que es un reflejo mágico del mundo ya que transforma el juicio crítico en truco mediático visual, en el que el contenido es irrelevante. La indecencia, pues, está en la imagen y esta amenaza no ha sido desactivada por la educación, a nadie se le ha enseñado a leer las imágenes, a enjuiciar las imágenes, a cribar las imágenes. De la misma forma que enseñamos a distinguir el Romeo y Julieta de Shakespeare, del Mein Kampf de Hitler (libro muy difícil de encontrar, y en algunos sitios prohibido por su natural peligro), no hacemos lo mismo con la imagen (a la mayoría de los educadores o padres se nos escapan los videojuegos, lugar común de formación actual), la creemos neutral, la aceptamos sin darnos cuenta de la inmoralidad que algunas de ellas conlleva. Esta es una de las paradojas fascinantes de este mundo mecánico y consumista en el que estamos atrapados como engranajes bien engrasados.

¿Debemos pues de poner límites a la imagen? Un nuevo mecanismo tecnológico se ha instalado, pero todo mecanismo es un útil más complejo con un plan más profundo, y me da la impresión que en estos temas de la imagen, paradójicamente, andamos a ciegas. Y el logos que es el único que puede aportar cierta luz a los problemas, parece que se ha exiliado finalmente, expulsado por el prestigio de la imagen con una energía que, proveniente del mundo de las máquinas, se ha convertido en poder. Roger Munier en un libro escrito hace casi 50 años advertía de los peligros de la imagen, acababa el libro en 1960 con un párrafo terrorífico: el mundo real será sustituido por una imagen cada vez más perfecta técnicamente, y cada vez más difundida en los hogares con la televisión, en las escuelas, en las calles… a una humanidad pasiva y extasiada, que se conformará con este sustituto del mundo y sus diferencias.

Hay que integrar la imagen en una nueva forma del decir, hay que dominar a la imagen, no dejar que nos domine salvajemente como hasta ahora. La imagen debe ser transparente, debe reenviarnos al mundo, no debe ser un muro que nos impida crear e interactuar con el mundo; sólo es peligrosa en la medida en que como pura repetición, reproducción maquinal del mundo, anula el cambiante y rico mundo real. Si la imagen anula al mundo, nosotros quedamos mudos, incapaces de trascenderla se convierte en un símbolo cínico encerrado en sí mismo que nos reenvía a la inmediatez de su propia apariencia.

Sólo hay una forma de trascender la imagen y es integrarla en el discurso, en el decir, hacerla pensamiento también, hablar sobre ella, criticarla, no pensar que con su mera exposición todo está dicho (la mayor parte del cine -para adolescentes- sigue esta mentira visual, todo empieza y termina en la imagen y no hay discurso posterior, y por ahí se va a desarrollar el cine en tres dimensiones, con un objetivo económico –evitar la piratería- no cultural). Instaurar este nuevo lenguaje sin precedentes debe ser prioritario, para evitar que la imagen sea su propio fin. Si no lo conseguimos, y hasta ahora estamos perdiendo la partida, la imagen de ser un vehículo mediador y mecánico, se convertirá cada vez más en estructura significante en sí misma (ya lo es, algunas series televisivas modifican lo real), y su poder de alienación será magnífico y terriblemente eficaz. Hay que dignificar la imagen, sacarla de manos de mercaderes mezquinos y miserables que ven solo su valor en sí misma, y convertirla en algo más humano. Efectivamente, una imagen puede valer más que mil palabras, pero solo si consigue que a partir de ella se escriban esas mil palabras, si no la imagen no vale nada, la imagen no es más que imagen técnica, reproductiva, mecánica, inhumana al servicio de oscuros y bastardos intereses.
Ramón Román Alcalá
Profesor Titular de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba, ha publicado los siguientes libros: Pirrón como culminación de la tradición escéptica griega (Servicio de Publicaciones, Universidad de Granada, 1993); El escepticismo antiguo: posibilidad del conocimiento y búsqueda de la felicidad (Servicio de Publicaciones, Universidad de Córdoba, 1994); Filosofía (Ed. Edebé, Barcelona, 1998); Averroes y la Córdoba de su tiempo (en colaboración, Servicio de Publicaciones, Universidad de Córdoba, 1998); Hermenéutica de la obra de arte, diez miradas virginales (Coordinador, Servicio de Publicaciones, Universidad de Córdoba, 2000); Lucrecio: reflexión filosófica contra superstición religiosa (Ed. UNED, y UCO, Córdoba, 2003); Semblanzas del escepticismo (Tecnos, Madrid, en prensa).

domingo, 5 de julio de 2009

17 apuntes sobre El viajero del siglo, de Neuman





Si hay que soldar el imperio alemán: ¿podrán sus fragmentos unirse?

Metternich[1]



1. Traducción y tradición. Tomemos esta frase de la página 319 de El viajero del siglo, formulada por el interesante personaje secundario Levin: “ningún libro es exactamente el mismo a lo largo del tiempo, los lectores de cada época van transformándolo”. Esta frase sobre la traducción puede leerse de otra forma, alterando levemente los términos: “ninguna época es exactamente la misma a lo largo del tiempo, los lectores de cada libro van transformándola”. En esa alteración, en esa aliteración, en la distancia entre esos deslizamientos del significante, reside uno de los significados profundos de El viajero del siglo.

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2. Géneros. Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) trabaja usualmente cinco géneros: novela, relato breve, ensayo, poesía, aforismo. Los cinco están presentes en El viajero del siglo. El relato breve aparece en algunas remembranzas de los personajes y en un cuento “policíaco” que aparece periódicamente en la novela; el ensayo en los largos e interesantes debates en casa del señor Gottlieb, el poema en las traducciones que hace Neuman de textos extranjeros, y el aforismo disimulado en algunas descripciones (“Entre las telarañas un insecto asistió al sueño de Hans, hilo por hilo”, p. 20; “Hans (…) padecía una inquietud perpetua, siempre como esperando una noticia que no acaba de llegar”, p. 284). En ese sentido, y en otros también, El viajero del siglo puede ser considerado la summa de la obra de Neuman.

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3. Es soberbia la escena donde Hans y Sophie se encuentran por primera vez (páginas 44 y siguientes), por la delicadeza con la que está recreada y por la impresionante precisión con que Neuman describe la psique femenina de la época, digna de un James o de una Austen.

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4. Posmodernismo encubierto, I. Neuman entra como un elefante en la Historia del XIX con la cacharrería textual posmoderna. Hasta doce tipos de formatos distintos (cartas, descripciones, conversaciones completas, conversaciones con interlocutores elididos, notas del delicioso Libro sobre el estado de las almas del padre Pigherzog, poemas, traducciones, interpolaciones de dramas como Guillermo Tell de Schiller o La vida es sueño, acotaciones a esas obras, noticias de prensa, crítica literaria disfrazada de comentario de textos, un relato detectivesco) crean un tejido enmarañado donde el concepto de fragmento lo preside todo, a pesar de la aparente vertebración. Neuman introduce la incertidumbre posmoderna a través de toda esa artillería de códigos dirigida a socavar precisamente la presunta certidumbre de la forma moderna de contar. Frente al monolitismo moderno, la dispersión monádica; frente a sus férreos puntos de vista, el perspectivismo psicológico y narrativo. Hay un narrador omnisciente, sí, pero está completado por otras numerosas perspectivas de observación y modalidades narrativas, que no convierten del todo la novela en polifónica pero sí en polisémica, poliédrica y polimórfica.

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5. En un juego que hemos visto recientemente también en Juan Trejo, los nombres de los personajes admiten sentidos ocultos u homenajes. Hans debe ir a ver a un tal Lyotard. El padre Pigherzog podría encubrir a un “duque cerdo”, si aceptamos juegos de palabras anglogermanos. Luego volveremos al nombre de Álvaro.

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6. De Gerard de Nerval dice agudamente uno de los personajes que escribe como si estuviera dormido. Neuman, por el contrario, escribe como acabara de salir de una hibernación. Con largo tiempo reflexionado por detrás y energía renovada por delante.

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7. Temporalidad. El tiempo de la novela es confuso, pero creo que es una confusión deliberada –posmoderna y relativista en cierto sentido–, para permitirle a Neuman hablar de lo que quiera. En principio, la acción de la historia se sitúa en torno al año 1816, después de la consolidación de la Cuádruple Alianza creada en Europa por distintos tratados (en la página 383 Hans y Álvaro leen un periódico que recoge la noticia del aniversario del nombramiento de Metternich como canciller; ese recorte debió de publicarse el 9 de octubre de 1810, pues Metternich había sido nombrado ministro de exteriores y canciller del Imperio austríaco por Francisco I el 8 de octubre de 1809), pero después se habla del año 1823 como algo ya pasado (p. 398). Aunque la documentación histórica de Neuman es asombrosa, se deslizan algunos anacronismos, no sé si deliberados: se habla de la segunda fase del pensamiento de Schlegel, caracterizada por su religiosidad tras su conversión al catolicismo (caso similar al de Clemens Brentano), pero el primer libro donde se atisbarían esas ideas en Friedrich, Filosofía de la historia, es de 1827. De ahí que la condición mutante del espacio narrativo establecida por Neuman, sobre la que ahora volveremos, se extienda también a la del tiempo narrativo de El viajero del siglo.

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8. La música es la madre. Este apunte es algo hermético, disculpen.

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9. Autocrítica. En la página 406 asistimos a una curiosa lectura del poemario de Neuman Mística abajo (El Acantilado, 2008): “la cuestión es que ¿por qué los creyentes van a ser los único con derecho a hablar de espiritualidad?, ¿por qué los ateos tenemos que renunciar a lo invisible? (…) ¿por qué los ateos nos emocionamos con la música religiosa?, porque la trascendemos, mejor dicho al revés, nos la traemos abajo”.

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10. Posmodernismo encubierto, II. En medio de una época archifijada por la Historia, un período congelado y anotado por décadas de ciencia historiográfica, Neuman inserta una bomba posmoderna: Wandernburgo. Esta ciudad inventada es descrita por el autor como una ciudad móvil en el exterior (fluctúa en las fronteras entre Sajonia y Prusia) y mutante en el interior, donde calles, edificios y establecimientos cambian cada día de sitio, como en Dark City, la sugestiva película de Alex Proyas. Wandernburgo, neologismo alemán (Wandern, paseo + Burg, ciudad) que podríamos traducir como ciudad errante, es un invento genialoide de Neuman, que introduce el relativismo histórico y la fluidez en un contexto poco dado a esas alegrías y dado a la tirantez, permitiéndole esa idea al autor la flexibilidad que necesita para introducirse por las escasas y angostas rendijas de la Historia. El resultado es una asombrosa manera de hacer respirar al siglo XIX sin manipular los hechos, sólo haciendo fluctuar nuestra mirada sobre los mismos.

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La comparación del mundo con un laboratorio había despertado en él una vieja idea.
Robert Musil, El hombre sin atributos



11. Historia como laboratorio. Creo no excederme en la interpretación si afirmo que la intención de Neuman parece ser la de utilizar la historia europea del XIX como un modo de explicarnos el presente. Como si lo que (nos) ha ocurrido estuviera ya explicado o escrito entre las líneas de la Europa decimonónica. En algún lugar Hans –que a mi juicio tiene los puntos de vista más parecidos a los de Neuman–, apunta esta condición del pasado como laboratorio: “verán (…) Creo que el pasado no debería ser un entretenimiento, sino un laboratorio para analizar el presente” (p. 173). Es ésta una lectura hasta cierto punto interesada de la Historia, pero es una de las posibles, y es innegable que, bien utilizada, tiende puentes que dan mucho que pensar. Por ejemplo, fue divertido y terrible para mí leer (p. 399) cómo Hans le dice a Álvaro que teme que las recién independizadas colonias españolas en Hispanoamérica tengan su futuro hipotecado por las oligarquías locales… el mismo día que el presidente de Honduras era sacado del país por los militares. Giros de la historia, eternos retornos, uroboros paradójicos y crueles. El azar no existe, lo dijo Borges: por desgracia, esa historia es un ritornello de marchas fúnebres. También pueden verse en la novela de Neuman destacadas inercias históricas que explican la difícil complejidad territorial española, las tempranas tendencias germánicas al antisemitismo y antagonismos sociopolíticos europeos que acabarán –o no– en los tratados de Yalta y Postdam.

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12. He aquí la paradoja de estos tiempos de narradores globales: Neuman, argentino de nacimiento, es uno de los escritores “españoles” más europeos.

Pero esto no es nuevo: también Volpi es quizá el más europeo de los narradores mexicanos. Es un fenómeno sostenido, según hacíamos referencia en algún post anterior, por unas dinámicas precisas: tanto la narrativa latinoamericana como la española, y de igual modo la desarrollada en castellano en Estados Unidos (es decir, toda la narrativa hispánica o hispanoamericana) están viéndose sumidas en un proceso de globalización que tiende a unir sus partes sólo por tres elementos vinculantes: la lengua, el uso del fragmento y la común heterogeneidad. Lo del fragmentarismo es algo en lo que venimos insistiendo aquí desde hace tiempo, y Gustavo Guerrero ha apuntado también la condición fragmentaria y la heterogeneidad como elementos claves de la literatura latinoamericana esencial en un excelente
artículo publicado en Letras libres en junio. A juicio de Guerrero es inviable “cualquier intento de abarcar el campo literario con una sola mirada o en una sola perspectiva”, y se ha producido un cambio que afecta, precisamente, a los narradores hispánicos de la edad de Neuman:

como buenos hijos de la postmodernidad, nuestros últimos escritores, muchos nacidos después del boom, son los primeros que viven su identidad latinoamericana no como una evidencia indiscutible e intangible, no como una esencia prácticamente sagrada, sino como un objeto histórico sujeto a cambios y variaciones, que puede construirse y reconstruirse, y que no excluye la libertad de elegir entre diversas versiones ni la posibilidad de reinventar versiones más personales o individuales. Dicho en otras palabras: hemos entrado en el tiempo de las identidades post-tradicionales, abiertas y reflexivas, en una dinámica en la que cada cual adapta de distintas formas los rasgos comunes al proceso de crearse un rostro propio y viceversa[2]

Parecidas reflexiones podemos encontrar en las últimas reflexiones de autores como Beatriz Sarlo, Ángel Esteban, Milagros Ezquerro o Francisca Noguerol, así como en estudiosos que apuntan, como Claire Taylor y Thea Pitman[3], que el uso habitual y sistemático de las nuevas tecnologías en los últimos escritores latinoamericanos (Paz Soldán, Rivera Garza, Yépez, Chiappe, Herbert, Busqued, Claudia Ulloa, Thays, Tryno Maldonado, Noemi Guzik Glantz, etc.) es una forma más de hacerles salir de su entorno local, insertarse en un espacio literario más amplio y globalizado, y prácticamente elegir el modo de escritura en que quieren desarrollarse. En 1960, un narrador latinoamericano venía muy determinado por su entorno cultural, por la biblioteca paterna, por los fondos de las bibliotecas públicas de su ciudad y por la tradición novelística de su país. Hoy no, salvo decisión propia. Internet ha acabado con esa limitación, ensanchando el espectro cultural de los últimos narradores hasta cotas insospechadas. Un estudio de campo literario de la narrativa actual –en cualquier lengua– que, intentando describir sus habitus, ignore las modificaciones suscitadas por el ciberespacio está condenado al más rotundo de los fracasos. Y el motivo central es claro: Internet, de muy diversos modos (desde el perfil listado resultante de la búsqueda de estos autores en Google, pasando por sus comunicaciones por e-mail con autores de otros países, sus blogs y muros de Facebook, hasta las entradas sobre escritores en Wikipedia), es el lugar donde estos narradores establecen la mayoría de sus acciones y relaciones de campo, por no hablar de que en algunos casos, como las novelas hiperfónicas de Chiappe, es el campo exclusivo de escritura. La identidad hoy en día no es tanto una post-identidad sino, a mi juicio, una identidad expandida, más ancha y flexible que la que se tenía hace apenas cuarenta años. Y este es un factor clave a la hora de evaluar las producciones literarias de nuestro tiempo; no en vano esos cambios subjetivos, que estudiamos in extenso en nuestra tesis, afectan por igual a escritores y lectores, reconfigurando a su vez la experiencia de la recepción.

No todo es nuevo, de acuerdo, pero nada es ya como antes.

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13. Errancia. A los apuntados hechos hay que añadir que muchos de estos narradores viven en países distintos de los suyos de nacimiento, o han tenido largas estadías fuera de ellos. Esa deriva geográfica trae también consecuencias, como apunta el propio Neuman en la novela: “Profesor, usted mismo (…) ha viajado y lo sabe, cualquiera que se haya mudado sabe que los cambios de lugar traen cambios interiores” (p. 98). El viajero del siglo, desde el título, es una novela sobre el viaje, el tránsito y el destierro, donde el autor exhuma o exorciza, según queramos verlo, su propia experiencia biográfica (“son muy inquietos esos argentinos, últimamente están por todas partes (…) Hablan de su país continuamente y nunca se quedan en él”, p. 170). Hans es, como Neuman, traductor, viajero e intelectual errante; Álvaro lleva “de paso” en Wandernburgo 10 años (p. 88), y un poco más adelante dice: “en realidad es imposible estar completamente en un lugar o irse del todo (…) casi todo el mundo vive así, ¿no?, entre irse y quedarse, como en una frontera” (p. 122). Hans vive en ese estado durante toda la novela, aunque lo que le retiene en Wanderburgo no es la ciudad, a la que nunca acaba de aceptar y entender; su identidad es Sophie, es el amor quien le impide salir de la ciudad cambiante.

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14. Álvaro, el agitado español que aparece en la novela, es uno de los personajes que más me han gustado: “¡Yo adoro España!, suspiró la señora Pietzine, ¡es un país tan cálido! Querida señora, dijo Álvaro, no se preocupe, ya lo conocerá mejor” (p. 77).

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15. Intrahistoria. Las tensiones sociopolíticas del período europeo comprendido entre 1810 y 1830 son introducidas hábilmente en la novela, por medio de detalles secundarios (piezas musicales, ediciones) e incluso de objetos. A modo de muestra, un botón: Pierre Renouvin ha explicado cómo las potencias europeas de la época (Austria, Rusia, Inglaterra y, en menor medida, Prusia) temían las ideas revolucionarias francesas y orientaban su política, tanto exterior como interior, a contenerlas
[4]. Es un miedo de la época, que Neuman recrea a través del temor de los wandernburgueses al birrete jacobino de Hans, que convierte su atuendo en inquietante. Su amigo Álvaro no es el prototipo del español romántico de la época (que sería otro Álvaro, el recogido en el drama de Ángel de Saavedra, perseguido por la fuerza del sino), pero sí es el liberal próximo a las ideas revolucionarias que no llega a tiempo de participar en las revueltas de Barcelona de 1821. Este modo de diluir la historia en la peripecia de los personajes, en vez de contarla explícitamente, como hacen las novelas históricas –género al que no pertenece El viajero del siglo al plantear un modelo posmoderno de revisionismo; las novelas históricas recrean, Neuman problematiza semántica y formalmente–, me ha interesado mucho.

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16. Lo hemos apuntado más arriba, pero hay que enfatizar el alto valor intelectual que tienen las numerosas páginas en que Neuman traduce y comenta poemas de la época, tanto alemanes como franceses e ingleses. No sólo las traducciones en los tres idiomas son casi exquisitas en cuanto al poema de llegada, sino que las reflexiones sobre los problemas y condicionamientos ofrecidos por los textos de partida son valiosas y sugerentes, demostrando un conocimiento de la cultura de la época que va mucho más allá de la palabra documentación. Por ejemplo, la explicación del último verso del Kublah Khan de Colerigde contenida en la página 306 es admirablemente deliciosa y malévola. Neuman ha digerido y destilado el siglo XIX europeo, y su cosmovisión alumbra un modo poco frecuente de tratar la tradición, recuperarla y retraducirla a nuestro contexto. El viajero del siglo guarda en su interior un excelente ensayo sobre la literatura del siglo XIX, de unas ciento cincuenta páginas de extensión, que añade al mérito de su inteligencia el agradecible esfuerzo de presentar todas las traducciones realizadas de propia mano. Aunque no les gustase la novela o no les guste la escritura de Neuman, sólo por esto, El viajero del siglo es un libro necesario.

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17. Posmodernismo encubierto, III. Esta novela es uno de los ejercicios literarios más ambiciosos que he visto en los últimos años. No sólo por su variedad interna, por su escritura intachable y por la sensibilidad psicológica que demuestra Neuman al describir sus personajes. El propósito de reconstruir esos fragmentos del imperio alemán de que hablaba Metternich en sus memorias era, a priori, un intento casi épico. Un propósito de autores titánicos como W. T. Vollmann o R. Musil. La Europa de principios del XIX se movía, o más bien no se movía, en una situación de “status quo” dirigida a la inmovilidad expansiva del contrario, como ha señalado Charles Zorgbibe en su conocida Historia las relaciones internacionales
[5]. Ser capaz de penetrar en ese complejo sistema de alianzas estratégicas, contrapesos políticos, diplomacias de rapé, parapetos geográficos que, paradójica y lateralmente, daban cauce al principal movimiento cultural de renovación, el Romanticismo, supone una valentía narrativa e intelectual poco frecuente en nuestra narrativa. Neuman, además, ha sido capaz de disfrazar una novela rotundamente posmoderna en un hábil marco tardomoderno, presentando El viajero del siglo como una novela decimonónica cuyas fuerzas interiores de demolición sólo son visibles con una lectura atenta: El viajero del siglo es una narración omnisciente, pero preñada de perspectivismo; es una novela lineal, si bien creada a base de fragmentos narrativos y de “esemplasia coaxial” (por utiliza el complicado término de John Barth) de textualidades y géneros muy diferentes: es decir, una novela monumental, creada desde la tensión interna, la lucha de contrarios y las tendencias autodestructivas.

Como la misma Europa que retrata.


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Notas
[1] Clemens von Metternich, Metternich. The Autobiography; Ravenhall Books, London, 2004; citado en Servando de la Torre Fernández del Pozo, “Fuentes para el Estudio de la Guerra”; Cuadernos de Historia del Derecho, nº 14, 2007, p. 203.
[2] G. Guerrero, “Crítica del panorama”, Letras libres, junio 2009.
[3] C. Taylor y T. Pitman, “Introduction”, en C. Taylor y T. Pitman (eds.), Latin American Cyberculture and Cyberliterature; Liverpool University Press, Liverpool, 2007, p. 22ss.
[4] P. Renouvin, Historia de las relaciones internacionales (Siglos XIX y XX); Akal, Madrid, 1998, pp. 29ss.
[5] Cf. Charles Zorgbibe, Historia de las relaciones internacionales. 1. De la Europa de Bismarck hasta el final de la Segunda Guerra Mundial; Alianza Universidad, Madrid, 2005, p. 58.




jueves, 25 de junio de 2009

Paranoien



Escribo desde una terminal de Internet en el aeropuerto de Zurich, terminal A. Tengo la sensacion (disculpen los acentos, no habra ninguno) de estar viviendo un cuento de Ballard. Los parpadeos de las pantallas es lo unico que se mueve aqui. No hay nadie mas que yo, a pesar de ser las 3 de la tarde de un jueves. Cuando digo nadie quiero decir nadie: ni seguridad, ni viajeros, ni equipos de limpieza, ni ser humano alguno. Centenares de metros de stands vacios, sillas huecas, mostradores descuidados, pasillos inacabables y cintas transportadoras me contemplan en silencio. Solo esta terminal y las maquinas expendedoras generan algo parecido a un movimiento, y es pura vibracion de pixels, parpadeo estatico. 5 minutos en el contador de internet. Nadie alrededor. Cuando llegue habia miles de personas, que han desaparecido como por ensalmo, uno a uno. Deben creerme. Estoy oyendo ruido de pasos, pero no veo a nadie! No son tacones, parecen pasos de hombre. Un minuto en el contador. Los mostradores me tapan al creador del ruido ritmico. No veo reflejos, no oigo respiracion, solo los pasos. Vienen hacia mi, pero no consigo ver su





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miércoles, 17 de junio de 2009

Defensa

Este texto fue leído el lunes pasado en Córdoba, en la defensa de mi tesis doctoral.

Defensa

Estimados miembros del Tribunal, Sr. Director, señores y señoras,
Tenía intención de no leer nada, y de improvisar esta defensa de viva voz, algo que entiendo que uno no sólo puede, sino que quizá deba hacer, si las circunstancias lo permiten. Sin embargo, el hecho de saber con antelación que cuando tuviera que dirigirme a ustedes volvería de mi segundo viaje intercontinental en 14 días, me hizo pensar que a lo mejor mis condiciones físicas no eran las más apropiadas para lanzarme a la aventura de la improvisación. He dicho físicas porque las mentales nunca me han permitido, en realidad, tales alegrías, siendo mi incapacidad cognitiva algo estructural y no coyuntural. Por no querer que mi estado físico desluzca, aún más de lo ya previsible, mi intervención, decidí escribir este texto. Texto que tiene una sola virtud: la de ser breve.






En uno de los extras añadidos al deuvedé de la película de Alfonso Cuarón Children of Men (2006), el filósofo Slavoj Zizek hace un corto comentario de algunos aspectos de la excelente película. Dice el pensador esloveno que una de las cosas del filme que más le gustan es el final, cuando la mujer y el niño, única esperanza de la raza humana, quedan solos flotando en el océano, buscando la salvación en un pequeño bote. Zizek vierte aquí una fantástica metáfora sobre el sujeto contemporáneo: “El bote –dice– no tiene raíces, flota donde vaya. Ese es para mí el significado de la maravillosa metáfora de la barca: la condición para renovarse es cortar las raíces”. Con esto se expresan varias cosas: primero, que las metáforas líquidas son las que mejor definen nuestra contemporaneidad, como ya viese Bauman. Segundo, que un sujeto desarraigado no tiene por qué ser algo nefasto, inconveniente o maligno. Quizá, como deja entrever Zizek, sólo mediante el corte de aquellas cosas que nos amarran podemos ser libres, aunque esto implique ser libres para elegirlas de nuevo, si bien esta vez de forma voluntaria. Para algunos, la desintegración del sujeto contemporáneo es una falacia, algo inventado por los filósofos para seguir acudiendo a congresos. Para otros es una evidencia, sí, aunque categorizan el fenómeno como algo negativo, exhibiendo sus cuitas a modo de canto melancólico por una unidad perdida. Esta investigación me ha hecho conocer un tercer grupo, un nutrido e interesante colectivo formado por muchos pensadores y artistas para quienes esa descomposición, por el contrario, es una oportunidad única. Nos permite la preciosa posibilidad de rehacernos, de (re)construirnos, despojándonos de numerosas adherencias históricas, ideológicas, políticas, religiosas, metafísicas, económicas, culturales, psicológicas, que nos habían sido impuestas sin pedirnos opinión. En esto la sociedad europea y la norteamericana, curiosamente, coinciden. Para la lógica social estadounidense, el ciudadano tiene el derecho de reinventarse a sí mismo, de levantarse de nuevo y hacerse tantas veces como desee. La sociedad europea, más sabia pero también más conservadora en términos de identidad, apela a la necesidad de que nos sintamos realizados. Me encanta esa expresión, porque significa que venimos de estar irrealizados, de no tener realización, palabra que define el Diccionario de la Real Academia como “acción y efecto de realizar o realizarse”. Es algo hermoso: significa que, en tanto que no nos realizamos, no tenemos realidad. Dicho en otras palabras: si no nos inventamos, no somos. El poeta y editor Sergio Gaspar acaba de publicar un notable libro de poemas, Estancia, donde escribe:

(…) Nuestra tarea
es levantar un hogar que se derrumba
–lo llamaremos identidad– con fragmentos
de recuerdos no necesariamente vividos.
[1]

Estos fenómenos, que pueden parecer extraños a algunos, si no producto de la ciencia ficción, son habituales y hasta obsesivos en la literatura española de la posmodernidad, término este que hemos entendido para la tesis –a diferencia de nuestra costumbre y con voluntad clarificadora– en su definición puramente historiadora, diacrónica, periodizadora. Los más de doscientos poemas que hemos recogido al final de la tesis, los miles de ejemplos narrativos y líricos citados en el texto, recogen esta preocupación y la atan, nítidamente, al espejo como símbolo de esa descomposición subjetiva, de la puesta en crisis de la identidad, algo que hace apenas siglo y medio era un indiscutido término de partida y hoy un espinoso punto de llegada. Es curioso que en un mundo donde parece que la pantallas han sustituido a la contemplación directa, un objeto antiguo, plano, analógico, discreto, barato y que suele pasar desapercibido, como el espejo, pueda guardar tanta carga significativa respecto a lo que somos, llegando a constituir, como vemos en el estudio, nuestra auto percepción, al decirnos todos los días quiénes somos a nosotros mismos. En este punto la influencia de la imagen y los medios de comunicación ha sido determinante. En una novela recién aparecida, el escritor Germán Sierra resume el proceso de este modo:

La autorización por la imagen se ha convertido en el medio universal para colonizar la subjetividad. Sin embargo, sus métodos y efectos no han sido analizados hasta muy recientemente porque, a pesar de todo, y quizá como parte fundamental de su estrategia intrínseca, la influencia de la imagen artificial en la subjetividad fue –y todavía es– tratada como un símbolo de frivolidad intelectual en lugar de ser reconocida como un efecto de la narrativa social dominante.
[2]

Nuestro trabajo intenta demostrar que la imagen ya no puede ser vista con esa frivolidad a la hora de estudiar la determinación de nuestra identidad. Más allá de que nos reconozcamos en las fotos de nuestros álbumes, o en la propia imagen contemplada en el espejo, lo cierto es que no podernos vernos ni reconocernos si no es mediante una imagen externa, de la proyección de nuestra cara en otro medio, en los medios, o en un azogue. En todo caso nuestro rostro es inaccesible sin una ayuda tecnológica exterior, de una reproducción de nuestra cara que no se corresponde con la realidad. En el caso del espejo, la repetición no es exacta porque nos devuelve una imagen inversa, donde derecha e izquierda están intercambiadas; en el caso de las reproducciones mecánicas, sean digitales o fotográficas, tampoco hay exactitud porque la pixelización o la impresión fotográfica son procesos electrónicos o químicos que operan por ajustes de color y sombras, y no devuelven nunca la imagen real, sino una aproximación plausible y detenida, estanca, de nuestro rostro; rostro que es sin embargo dinámico y se altera con la respiración y el parpadeo cada pocos segundos. Antes del Photoshop, toda imagen era ya, en cierta forma, una manipulación estructural. La detención de un proceso caracterizado por el movimiento y la mutación incesante. La conclusión de esta infidelidad nuclear es terrible: no tenemos acceso inmediato y fidedigno a lo que somos. Y esto es algo que han advertido, intuitiva o reflexivamente, la inmensa mayoría de poetas y narradores contemporáneos que escriben en castellano.

El marco de posibilidades de la tesis doctoral era de una enorme amplitud; el número de libros del período en estudio es casi inimaginable: más de un millón de volúmenes. Ese número irracional nos permite decir sin exageración que esta tesis es sólo una de las cientos de miles de tesis doctorales posibles que pueden componerse sobre este tema y ese espectro, sin repetir ninguno de los poemarios o novelas en estudio. Cuatro generaciones de doctorandos pueden hacer estudios sobre el espejo en la literatura reciente en castellano sin rozarse sus observaciones ni colidir sus campos de trabajo. En nuestra selección se ha optado por incluir a autores significativos y a otros que no lo son tanto; a autores vivos y a autores muertos; a autores que están en horas bajas de su carrera y a otros que están en su cénit, como Mario Bellatin. A poetas poco conocidos y a clásicos. Esta variedad era para mí obligada, ya que si quería demostrar que la presencia de la identidad desintegrada, a través del tema o el motivo del espejo, era una constante en la literatura en castellano de la posmodernidad, tenía que poner ejemplos de todas las posibilidades, líneas, edades, estilos y tonos de la narrativa y la poesía actual. Hacer un seguimiento del tema solamente en autores de primera línea hubiera supuesto falsear la homogeneidad de la disolución subjetiva en toda la amplitud de eso que Alfonso Reyes llamaba la experiencia literaria.

Nuestro acercamiento a los textos ha sido tan variado como los textos mismos; hemos utilizado el análisis filológico de rigor, pero también hemos querido utilizar la mitocrítica o el asedio filosófico a los ejemplos cuando nos ha parecido pertinente, a la hora de esclarecer el sentido de los mismos o de ampliar el horizonte de exploración. El hecho de que el tema de fondo que rastreábamos, la disolución del sujeto contemporáneo, hubiera sido muy estudiado desde las perspectivas filosófica y psicoanalítica, nos ha animado a ello, en aras de intentar hacer sentido de los textos además de hacerles la autopsia filológica. Como el paciente estaba muerto no ha protestado mucho, pero esperemos que se valide o al menos se perdone nuestro procedimiento forense.

Uno de los puntos más interesantes para mí de la investigación ha tenido lugar al enfrentarme a ese mito mutante que es el mito de Narciso. Un mito que ha sabido adaptarse a todas las épocas, y que ha llegado a nuestra posmodernidad de un modo casi contradictorio a su nacimiento clásico. Si en sus primeros tiempos Narciso era el prototipo del sujeto pleno, encantado de conocerse, lleno de sí y enamorado de su propio ser, el narcisismo contemporáneo se caracteriza por la capacidad del yo disuelto de adorar todas y cada una de sus múltiples manifestaciones
[3]. Hay un microcuento muy conocido de Juan José Arreola que dice “la mujer que amé se ha convertido en un fantasma y yo soy el lugar de sus apariciones”. Si sustituimos la figura de la mujer amada por la del yo, podemos vislumbrar una idea muy aproximada de lo que sería este Narciso posmoderno, fantasmal, repetido hasta la saciedad en decenas de poemas y textos narrativos actuales en castellano.

En estos once años de investigación he visto miles de espejos o de extrañamiento ante los mismos en los textos, no sólo españoles, sino también hispanoamericanos y extranjeros que he leído[4]. Antaño, en todas las lenguas y culturas el espejo ha demostrado su condición arquetípica para reflejar el problema de la subjetividad y hogaño se revela como un instrumento estético insustituible a la hora de metaforizar o canalizar las carencias y crisis de la identidad contemporánea. Su poder simbólico es tal que a veces le da la vuelta a la escritura y se convierte no en herramienta utilizada por ella, sino en metáfora de la misma. Un ejemplo lo tenemos en otro libro publicado en 2009, el libro de relatos de Flavia Company Con la soga al cuello, donde uno de sus personajes dice: “Uno acaba por tener necesidad de relatarse a sí mismo delante de los demás. Uno acaba por necesitar esa especie de espejo”[5]. La literatura en castellano de la posmodernidad es un juego literario de espejos en que los azogues del texto reflejan el otro eco visual donde el propio escritor contempla su experiencia de ficción. Hacer una distinción de todas las formas posibles de uso literario del espejo, así como categorizar todas las formas o tipologías subjetivas producto de esas utilizaciones, ha sido otro de los objetivos de la tesis y el que más tiempo me ha llevado, seguramente, por la variedad de posibilidades utilizadas y el estrecho grado de imbricación entre ellas.

Respecto a la conclusión final más importante, la de que los sujetos somos ficción o hemos constituido la realidad que somos a partir de un proceso ficcional, de un storytelling que nos construimos a voluntad –y quizá a nuestra plausible imagen y semejanza–, entiendo que es difícil de aceptar. Lo es para mí, personalmente, y lo es para cualquier persona. Es duro pensar que somos una nada espesa, un nadie cárnico, siguiendo la cruda metáfora de Metzinger
[6], alrededor del cual hemos levantado un constructo de personalidad para sobrevivir. Un relato subjetivo. Pero si nos paramos a pensarlo, si hacemos un alto en el camino y descendemos con humildad y consciencia a nuestro interior, nos daremos cuenta de que muchos de nuestros comportamientos y actitudes ante los demás o ante la propia existencia son fruto de un conjunto de factores, entre los cuales nuestra voluntad y la voluntad de los otros (es decir, los relatos propios y ajenos que cuentan lo que somos) son parte fundamental, son aquello que nos edifica. Las personas cambian con el tiempo; lo hacen realmente, y cambian mediante lentísimos procesos de inversión o reversión ficcional. Personas que de niños creían en las hadas, en el ratoncito Pérez o en los gnomos crecen y se racionalizan; adolescentes que piensan que masturbarse puede dejarles ciegos se vuelven escépticos de mayores. Personas que creen de jóvenes que la fidelidad es un valor se comportan de mayores con una actitud muy próxima al sexo libre. Y al revés, adolescentes rijosos y alérgicos al compromiso desarrollan luego actitudes de máxima fidelidad. Centrándonos en estos dos últimos casos, diremos que los primeros creen que aquello que les contaron sobre la fidelidad era un cuento chino, frente al cual construyen los suyos propios. Los segundos consideran que la historia de una relación no puede escribirse sin el compromiso de la exclusividad. Otras veces, personas de mentalidad conservadora o apolítica en su juventud, viendo las injusticias sociales, se conciencian y se hacen de izquierdas en la edad adulta; frente a ellos, hay quien, como Jorge Luis Borges, comienza pirómano, declarándose anarquista spenceriano individualista, para acabar de anciano bombero, pagando las cuotas de un partido conservador, en un gesto de escepticismo, según sus propias palabras. Las personas cambian. Unas más, otras menos, lo que nos induce a pensar que hay una rescritura. Si los seres humanos fuéramos un software, seríamos un programa de código abierto, susceptible de evolución, adaptación y reforma. Esas “mejoras” se producen mediante la inserción voluntaria de nuevos discursos internos con los que intentamos convencernos a nosotros mismos de que debemos evolucionar. Hasta nuestra perspectiva sobre nosotros y nuestros sentimientos de la infancia varían. Todo lo que nos atañe está sujeto a rescritura y a una ficción controlada. Hace apenas un mes ha salido a las librerías un ensayo de Agustín Fernández Mallo, titulado Postpoesía, donde el autor escribe: “la ficción se pertenece a sí misma, al universo genésico que despliega. En otras palabras: decir que una obra de arte está basada en hechos reales es inconsistente con el presupuesto óntico de la misma. Así las cosas, hasta el género biográfico es ficción[7]. Cito tantos libros recientes de forma deliberada, para intentar mostrarles que esto, que el proceso discursivo reflejante, no va a parar, que la sucesión de libros que aceptan la disolución de la identidad no va a detenerse, no puede detenerse, porque es un proceso que viene de lejos y que se está acelerando con el paso del tiempo, del mismo modo que la expansión del universo. Pero volviendo a la cita de Fernández Mallo y su asociación entre biografía y ficción, no podemos negar la evidencia de que es una realidad tan cierta como terrible. Aceptarla ha sido duro para mí, y ha sido no un prius teórico, no una idea consistente que tuviese en 1998, cuando comencé esta investigación, sino el resultado de la misma. La demoledora conclusión. Llevo estudiando el sujeto de modo sistemático desde hace once años; de modo intuitivo y carente de sistema desde que tengo uso de conciencia, como todos los que estamos aquí, porque todos crecemos metaexistencialmente, preguntándonos cada poco el sentido de nuestra vida y de nuestra pertenencia al cosmos. La pregunta quién soy yo es la más frecuente de nuestras existencias, y comienza cada mañana, como apuntamos en la tesis, cuando nos colocamos frente al espejo y aceptamos inconscientemente los minúsculos cambios faciales y corporales producidos durante las últimas 24 horas[8]. Esa de quién soy yo es una pregunta hasta cierto punto obsesiva. Hacer una investigación obsesiva sobre una obsesión, si se paran a pensarlo, es algo absolutamente disparatado, y sostenerla durante once años un atrevimiento que se paga muy caro. El que la mantiene lo paga con la bajada al mäelstrom individual, con un descensus ad ínferos que tiene poco de homérico y mucho de epiléptico, pues deja al viajero interior temblando ante la nada de la propia existencia. También lo pagan, y mucho, las personas que rodean al investigador, aquellas que tienen que soportar que aquél a quien quieren salga totalmente desolado del cuarto de trabajo, hundido, sin ser capaz de mirarlos después de la horrible experiencia de haberse mirado sin piedad a sí mismo. Hoy es un día feliz para mí por muchos motivos, pero entre ellos descuella el dar fin a este proceso enfermizo de investigación. Hoy vuelvo a una existencia normal, en la que preguntarme por el sentido del sujeto será una ocupación ocasional, un trabajo de domingos por la tarde o de períodos fiscales, como lo es para el resto del mundo, como lo era para mí antes de 1998. Pero mi angustia sostenida durante tantos años ha dejado varios cadáveres por el camino, además del propio. Por eso no quiero hoy dar las gracias, lo que quiero hacer aquí y en este momento es pedir perdón. [Aquí vinieron los agradecimientos] Y por último, creo que es justo pedirles perdón a ustedes, miembros del Tribunal, por hacerles leer un original de 650 páginas, de seguro lleno de errores, imprecisiones y ausencias. No tengo nada más que decir. Sólo que voy a escuchar con toda atención las recomendaciones, censuras, sugerencias e incluso posibles insultos que vayan a dirigirme. También les animo a que, si lo consideran oportuno, me lancen cualquier objeto contundente que tengan a mano, como modo de demostración palmaria de su enojo, rogándoles –eso sí– puntería en el lanzamiento, no vaya a ser que resulte herido alguno de los asistentes por culpas sólo a mí debidas. Sin más, muchas gracias de nuevo por las recomendaciones que van a hacerme y que tendré en cuenta para mejorar el original, y gracias también a ustedes por su atención.

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Notas.
[1] Sergio Gaspar, Estancia; DVD Ediciones, Barcelona, 2009, p. 15.
[2] G. Sierra, Intente usar otras palabras; Mondadori, Barcelona, 2009, p. 32.
[3] “El Yo se convierte en un espejo vacío a la fuerza de asociaciones y de análisis, una estructura abierta e indeterminada que reclama más terapia y anamnesia. Freud no se equivocaba cuando, en un texto célebre, se comparaba con Copérnico y Darwin, por haber infligido uno de los tres grandes “mentís” en la megalomanía humana. Narciso ya no está inmovilizado ante su imagen fija, no hay ni imagen, nada más que una búsqueda interminable de Sí Mismo, un proceso de desestabilización o flotación psi”; Lipovetsky, La era del vacío (1983), Anagrama, Barcelona, 1996, p. 56.
[4] Un ejemplo más que acaba de aparecer: “entró en la habitación, se dirigió al espejo, esto tenía que verlo, tenía que ver el rostro del idiota ridículo al que se le había ocurrido acoger aquella sensación extraña de disgusto. Y ante el espejo apareció, en efecto (…) y se ofreció una sonrisa conmiserativa, pobre yo que estás ahí dentro, acaudillando pamplinas. ¿Cómo se te ocurre?, se preguntó, le preguntó al extraño impreso en el azogue”; Juan Bonilla, “Un gran día para tus biógrafos”, Tanta gente sola; Seix Barral, Barcelona, 2009, pp. 14-15.
[5] Flavia Company, “Con luz verde”, Con la soga al cuello; Páginas de Espuma, Madrid, 2009, p. 30.
[6] “La ilusión es irresistible. Detrás de todo rostro hay un yo. Vemos una señal de conciencia en cada ojo que parpadea e imaginamos algún espacio etéreo detrás del cráneo, encendido por patrones móviles de sentimiento y pensamiento (…) Pero cuando miramos, ¿qué vemos en ese espacio detrás del rostro? El hecho descarnado es que no hay nada salvo sustancia material, carne, sangre, huesos y cerebro (…) Miramos en una cabeza abierta, contemplando cómo late el cerebro, el modo en que el cirujano escarba y prueba y se entiende con absoluta certeza que no hay nada más que eso. No hay nadie allí”; Thomas Metzinger, Being No One. The Self-Model Theory of Subjectivity; MIT Press, Cambrigde, 2004.
[7] Agustín Fernández Mallo, Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma; Anagrama, Barcelona, 2009, p. 198.
[8] “Tus círculos, mis círculos, dar vueltas / alrededor del mismo equivocarse. / Envidio, sin embargo, tu memoria. / La facultad de cada tres segundos / olvidar quien he sido / y volver a mirarnos como extraños”; I. Pelegrín, “Tres segundos”, Óxido; Pre-Textos, Valencia, 2008, p. 44.

viernes, 12 de junio de 2009

Conferenencia sobre blogs y literatura

Transcribo dos de las cuatro partes de mi conferencia sobre blogs y literatura en el I Encuentro Iberoamericano de Blogs, celebrado esta semana en Managua:



1. Ver y leer. Literatura para un mundo desarticulado

The blog it’s a broadcast, not a publication. If it stops moving, it dies.
Matt Drudge


A pesar de encontrarnos en el marco de un encuentro Iberoamericano sobre blogs, en cuya organización se juntan instituciones respetables como las diplomáticas y las universitarias (lo cual animaría a pensar que los blogs hispanoamericanos son una realidad incontestable de nuestro tiempo), creo que no peco de alarmista o de desconsiderado si comienzo situándome en una posición algo pesimista. A mi juicio, quienes sostenemos que los blogs son hoy una de las formas más interesantes y vivas de comunicación, interlocución e incluso creatividad literaria nos encontramos con todo tipo de resistencias. El de resistencia es un concepto muy conocido por los psicoanalistas, por los físicos especialistas en mecánica y por quienes han contraído matrimonio, de modo que no requiere mucha explicación, pero no debemos olvidarlo si queremos situar de algún modo el lugar alrededor del cual funciona la blogosfera literaria y sus posibilidades de consideración como una alternativa artística real.

Comencemos con un ejemplo. En el marco del XI Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social “Comunicación, democracia y ciudadanía”, celebrado en Puerto Rico (octubre 2003), el profesor e investigador sobre medios de comunicación Omar Rincón disertó sobre la “narrativa light” de los mass media, explicando que “lo light representa el modo de pensar de esta época y es el horizonte donde toda la felicidad es posible (…). La profundidad es aburrida, la superficialidad es toda una emoción”
[1]. Uno de los agudos indicadores de narrativa light detectados por Rincón en los medios de comunicación de masas sería el empleo de narrativas basadas en “lo breve, el clip, el fragmento y lo efímero”. El certero diagnóstico de Rincón, que se refería sólo a las narrativas generadas por los media, ha sido utilizado o es imitado por quienes entienden que los mismos vicios sacuden a la literatura influenciada por ellos o generada desde los medios de comunicación de masas (e Internet, por supuesto, es uno de ellos). De esta manera, se considera por algunos que la literatura que comienza, aflora o acaba en los blogs es también superficial, fragmentaria y efímera. Es cierto que el blog es necesariamente superficial, porque como dice el escritor y blogger Andrew Sullivan, “por superficial me refiero, simplemente, a que el blog permanece breve e inmediato, porque nadie quiere leer un tratado de 9000 palabras en línea”[2]. El mismo autor añade otra distinción con la narrativa convencional: “un novelista puede gastar meses o años antes de comprometer palabras al mundo. Para los blogueros, la fecha de entrega es siempre ahora”[3]. Es cierto que es un peligro de lo fragmentario caer en la superficialidad (tampoco, desde luego, la narrativa extensa asegura la profundidad; la novelística española de unos años a esta parte quizá sería buena prueba de lo contrario, salvo las escasas y consabidas excepciones), y ese peligro debe evitarse desde su consolidación como una apuesta de sucesivos ahondamientos en las distintas capas de lo real, una suerte de catas arqueológicas o prospecciones petrolíferas en las profundidades de nuestra sociedad. No se trata de ir “picando” en la superficie de nuestro entorno, sino de excavar en multitud de hechos que, bajo su aparente inocuidad, son representativos de los fenómenos sociológicos o psicológicos de alcance en nuestros días y que aquellos medios (y buena parte de nuestra literatura) ignoran por completo, por distintas razones que ahora no vienen al caso.

La experiencia literaria (por utilizar una expresión de Alfonso Reyes que me parece muy hermosa) de los blogs es fragmentaria, porque todo lo es. La narrativa de una época viene atravesada por los condicionantes socioeconómicos de su tiempo pero, aún en mayor medida, también por las formas de percepción de sus autores y lectores. Por el modo en que éstos reciben y generan la información. La novela decimonónica, que triunfó en el siglo XX y que extiende, para mí de forma inexplicable, sus raíces de modo generalizado en las librerías del 21, era fruto de un tiempo lineal, de una sociedad donde no había más medio de comunicación de masas que el periódico, escrito por un sujeto de la Modernidad ignorante aún de su condición postcartesiana y de su estado crítico como unidad subjetiva inamovible. Era una novela que sirvió muy bien a los objetivos y los parámetros filosóficos de su época y que nos ha regalado numerosas obras maestras. Pero la nuestra es una época muy distinta. Es una época donde los medios de comunicación son casi incontables, no son poseídos por unos pocos millonarios sino que todos tenemos acceso creativo a ellos por muy pocos dólares al mes, o incluso gratis en aquellos lugares donde se ofrece gratuitamente Internet; es una época donde la idea de distancia ha cambiado, donde el sujeto es consciente de su dispersión identitaria y de su nomadismo geográfico, y todos esos son factores que la literatura de nuestro tiempo no debería olvidar si pretende ser igual de útil al 21 que la novela convencional fue al XIX.

La literatura del 21 parte de la noción de fragmento, tanto la novela blog como la novela superviviente, como luego veremos. Y ese fenómeno es normal porque el fragmento se está implantando en todas las artes como unidad mínima de comunicación y creación artística. Como ha señalado Lawrence Dreyfus,

“Another form of narrative is established here, the exploration of that of cinema and that of the universe of video games. Now, those researches on other narrative forms draw from the narrations of past facts, and also from abandoned techniques and technologies one re-animates in the contemporary world. Facing a reality increasingly assertive, mediatically telling and more and more fantasized, the notion of fragment takes on all its meaning. The fragment allows the reversal of an order, to disconnect the rules of the game. It favors the multiplicity over the sum as the artist, bringing into play other processes of editing for new offers in reality, put forward”
[4].

No puede ser de otro modo, porque nuestro mundo ya no es lineal sino discontinuo; no está regido por la idea, de raíces modernas, de un proceso dirigido a un destino, sino por una serie inverosímil de procesos informáticos de fines diversos, prácticamente uno por usuario. No puede haber un fin de la historia porque la historia no es un camino. Vivimos en un tiempo presente, sincrónico y no diacrónico, en un instante de 24 horas de duración donde la característica esencial es la continuidad entre los fenómenos, la conexión entre las personas, la contigüidad entre los principios y la comunicación entre las ramas del arte y el conocimiento, y entre éstas y la tecnología. Vivimos en un tiempo que en otro lugar hemos denominado Pangea, un planeta interconectado donde todas las cosas están relacionadas por varios factores, desde la globalización a las pandemias, pero sobre todo por la tecnología. Como escribí hace no mucho tiempo, “nuestro mundo es ahora más amplio, interior y exteriormente; la Tierra se ha convertido un planeta cyborg, recubierto de una carcasa metálica o digital, pero orgánica, formada por una red espinosa interminable, donde cada punta es un ordenador, que llega a varios miles de millones de hogares, a lo que hay que añadir la gran capa de edificios inteligentes, centros comerciales, espacios públicos cubiertos y homogeneizados por la digitalización y el aire acondicionado (lo que Rem Koolhaas llama el Junkspace, el Espacio Basura
[5]). El resultado es una coraza metálico-electrónica que unas partes del planeta no existe más que en la delgada e invisible forma de la cobertura de los teléfonos móviles y el alcance de las ondas de radio, pero que en otros sitios tiene consistencia matérica y una altura de muchas plantas”[6]. Vivimos en un mundo que es el mismo que el del siglo XX en cuanto a sus circunstancias físicas, pero que ha mutado mucho en las demás. Vivimos en un mundo nuevo. Vivimos en un mundo que ya no siente, por fortuna, la necesidad de la verdad única, de la idea solitaria triunfante. En un mundo consciente de su estatus contingente. Sabemos, por haberlo visto, que las cosas cambian en veinte minutos. El mundo entero cambió en los 20 minutos que separaron las nueve menos diez y las nueve y diez, hora local de Nueva York, del 11 de septiembre de 2001. Somos o debemos ser conscientes de que incluso cuando pensamos sobre arte, literatura o blogs, operamos sobre un sector de la realidad esencialmente mutable y cambiante. Ya escribía Umberto Eco en 1977, haciendo autocrítica de su Apocalípticos e integrados, que “el territorio se modifica, desde dentro y desde fuera. Y si se escriben libros sobre las comunicaciones de masas es preciso aceptar que son provisionales. E incluso que, en el espacio de una mañana, pierdan y vuelvan a recobrar actualidad”[7]. La realidad siembre ha sido el espacio de lo mutable, y el hombre es un mutante naturalmente adaptado a los cambios. El problema es que la literatura no siempre ha sido consciente de ello.

Los blogs son el mejor testimonio imaginable de esa consciencia. Tienen presente la inmediatez y la contingencia de lo que somos y del tiempo en el que somos. Son ricos en posibilidades, entre ellas la posibilidad de respuesta. Se produce un fenómeno y los blogs son capaces de opinar en tiempo real sobre él, se produce una novedad y los blogs pueden hacer opinión o arte sobre él en cuestión de minutos. La revolución que los blogs suponen no hace referencia a la calidad de esa respuesta o de ese arte, sino a la potencialidad de que existan, al hecho casi increíble de que un suceso pueda ser transmutado en literatura en cuestión de minutos u horas. Ocurrirá en poquísimos casos, de acuerdo, pero nadie me negará que puede ocurrir, y que cualquier habitante del planeta que entienda la lengua en que está escrita esa entrada puede disfrutarla casi al instante. Una catedral tardaba en el siglo XV entre treinta y cien años en construirse. Una novela del siglo XIX tardaba varios años entre su escritura y su publicación. Un cuadro de pop-art podía pintarse una semana y exhibirse la siguiente. Pero el paradigma comunicacional ha cambiado, como casi todo, impulsado por una aceleración histórica cercana al paroxismo, frenética. Ahora todo es instantáneo, para bien y para mal. Hubo miles de novelas decimonónicas malas (y las sigue habiendo), y hay millones de entradas de blog literariamente deficientes. Esto no significa que la fórmula del XIX fuera mejor que la del 21, sólo que había apenas unos pocos de miles de literatos a comienzos del XX y que hay millones de blogueros en todo el mundo en nuestros días.

Cambian los modos de generar información. Cambian los modos de recibirla. Aumenta de forma exponencial el número de personas que desean comunicarla. La proporción de escritores amateur es quizá la de siempre, pero ahora tienen medios de expresión globales. Cambia la percepción de nuestras posibilidades como artistas, como escritores, como lectores. Comprendemos que hoy estas tres realidades, antaño estancas, pueden ser la misma cosa, al mismo tiempo. Un joven escritor español, Agustín Fernández Mallo, ha publicado hace muy poco su ensayo Postpoética, donde defiende los márgenes de una nueva cosmovisión creativa: “la postpoética (…) tiene como uno de sus soportes fundamentales, un material que puede ser visto/leído, y pocas veces contado/dicho, en consonancia con esa tercera naturaleza constituida ya hoy por las posibilidades que ofrecen los ordenadores personales. Éstos, con aperturas de ventanas inactivas, hacen imposible una ‘declamación’ de lo que la pantalla muestra. Iconos, mensajes en móviles, e-mails, hipertextos, Internet, etc. Más que nunca, hoy la lectura es entendida como acto genérico de la comprensión en solitario de lo visto/leído, haciéndose inseparable del soporte en que nos viene dada”
[8]. Esto tiene incalculables consecuencias. Nos sitúa en una experiencia escrituraria muy diferente de la del siglo XX. La página no es ya algo donde se puede escribir, sino un espacio que se puede reordenar, donde se puede leer e inscribir textos, pero también enlaces, imágenes, sonido, dibujos, movimiento. Hegel decía que es filósofo quien acierta a poner su tiempo en palabras, y artista quien acierta poniendo en imágenes su época; los blogueros son, en los mejores casos, artistas, porque el blog ya no es una página en blanco; es una página con colores, con posibilidad de gráficos, con movimiento, con vídeo, con imagen, donde el texto, como en algunas experiencias de Derrida, es sólo una de las partes del encuadre material, existiendo otros discursos en los laterales. La atención del lector es continuamente distraída por referencias a otros posts, a comentarios, a enlaces a otras páginas, a imágenes, a canales de Youtube, y un imaginable etcétera. Es un espacio que llama constantemente a otros, un lugar compuesto de lugares. Mientras que la novela del siglo XX es aún el espacio egocéntrico del negro sobre blanco y la caja única, la literatura del blog es un espacio generoso, abierto a otros (a otros autores y a otros espacios), que ha cambiado la caja por el scroll y el movimiento lineal de derecha a izquierda y de arriba abajo por un movimiento libre, una deriva psicogeográfica por la pantalla y por esas otras pantallas invisibles, que aún no están ahí pero a las que puede accederse con un simple golpe de ratón. La página del XX era un templo, nos decía que no había sentido más allá de sus blancos muros. La página del 21, la página del blog, es una elección, una selección, una lección, que nos hace ser humildes y nos explica que somos parte de una colectividad y nuestro arte sólo una minúscula tesela móvil en el mosaico del nuevo milenio.


4. Conclusión

Para ir concluyendo, me gustaría decir que la blognovela es sólo un paso dentro de un mundo que ya admite la novela robot creada desde plataformas digitales y atisba o que Doménico Chiappe ha llamado la novela Wii
[1]. Estamos en un mundo en pleno proceso de cambio y, si su narrativa está pendiente del mundo en torno, es normal que también esté sufriendo profundas transformaciones. No todas ellas serán necesarias, no todas ellas son igual de valiosas, no todas ellas permanecerán. Nos acercamos a un momento muy similar a los comienzos del siglo XX. Ahora estamos entrando en un período de crisis artística que conducirá, en la segunda década del 21, a las nuevas vanguardias: un nuevo Surrealismo, un nuevo Dadaísmo, un nuevo Cubismo, etc. Es normal que esto suceda, porque las estructuras narrativas y poéticas se esclerotizan y necesitan reinventarse. Es muy sano que eso ocurra, aunque sólo sea para ver qué fórmulas convencionales y preñadas de tradición merecen permanecer. Lo que ocurre es que las nuevas líneas de fuga del arte y la literatura del 21 tenderán a ser diferentes que las del XX, porque el mundo en que se desenvolverán es pangeico, ramificado, interconectado, continuo. En otro texto más afortunado que el anterior, Ricoeur aduce con sabiduría que “como toda obra poética, la ficción narrativa surge de la epoché del mundo ordinario de la acción humana y de las descripciones que hacemos habitualmente del mismo mediante nuestros discursos”[2]. En este panorama, la literatura blog no debería aspirar, no hay por qué, a sustituir a la literatura publicada, sino a ser una alternativa válida, tanto para los lectores como para los propios escritores. Un escritor no debería tener que optar entre ambas, debería poder elegir las dos al mismo tiempo, como hacen los autores antes citados. Internet es un mundo sin fronteras, y no debiéramos crearlas artificialmente. Se trata de añadir libertad, no muros.

Como ha expuesto el filósofo José Luis Pardo, “necesitamos una dosis adecuada de globalidad para no asfixiarnos en contextos sin ventanas (la obra de arte, creo, es la dosis exacta de globalidad que nos permite soportar nuestra existencia local –nuestro contexto- sin ahogarnos)”. Esas ventanas pueden ser las del sistema Windows, desde luego, o las ventanas verticales de los blogs. Lo importante es no perder la conciencia de qué es lo que buscan, de aquello que persiguen. Y lo que persiguen los blogs es la intensidad. Lo hemos dicho antes: la clave de la blogoliteratura es triádica: elección, lección, selección. Se trata de quedarse con lo importante, no de fragmentar lo contingente. Como recordaba otro filósofo, Juan Arana, cuando se hicieron estudios sobre las mentes de los mejores ajedrecistas del mundo, sorprendió la conclusión de que los genios no estudian más posibilidades que el resto de jugadores de ajedrez, simplemente “no pierden el tiempo contemplando las malas opciones y tienen el olfato de considerar sólo las mejores (…) Así que todo se resume en una cuestión de énfasis”
[3]. Frente a la “odiosa deliberación de la novela”, como decía Borges, el blog se alza como una síntesis operativa, como una red cuyos nodos son las partes imprescindibles de la historia, a ser posible contadas con la misma majestuosidad que en la literatura convencional. Elección de una forma fragmentaria, lección de humildad democrática, selección de aquello que es importante sabiendo dejar al margen lo no fundamental, eso debería o podría ser la literatura blog. En una reseña de Diferencia y repetición de Deleuze, exponía Foucault que había que pensar desde la intensidad, como conciencia de lo múltiple. Defendía el pensador francés que era mejor pensar “movimientos de individuación en lugar de especies y géneros; y mil pequeños sujetos larvarios, mil pequeños yos [moi] disueltos, mil pasividades y hormigueos allí donde ayer reinaba el sujeto soberano. (…) Pensar la intensidad –sus diferencias libres y sus repeticiones– no es una pobre revolución en filosofía. Es recusar lo negativo (…) a cero, al vacío, a la nada (…) Es recusar finalmente la gran figura de lo mismo que, de Platón a Heidegger, no ha dejado de anillar [boucler] en su círculo a la metafísica occidental”[4]. Disculpen que cite a tantos filósofos, pero es que son quienes se han molestado en enseñarnos el camino más inteligente. En nuestras manos está ahora seguirlo o no. El futuro es de los blogs, siempre que caminemos por la senda de la intensidad renovadora y rigurosa. Seamos conscientes del esfuerzo que eso requiere de nosotros. Disfrutemos de esa exigencia, y no nos rindamos ante la misma. Que la resistencia quede siempre fuera de nosotros, fuera de los muros de esta universidad, y no en nuestro interior. Gracias a todos por su atención.


Notas parte 1.
[1] Recogido en O. Rincón, “La profundidad de la televerdad: lo light, lo new age y lo reality como filosofía del entretenimiento”, Comunicación, democracia y ciudadanía, Puerto Rico, 2005, p. 139.
[2] A. Sullivan, “Why I blog”, Atlantic Review, November 2008, p. 109.
[3] A. Sullivan, op. cit., p. 108.
[4] Laurence Dreyfus, “Art at stake or the diversion of Time”, en René Audet (et. al.), Narrativity: How Visual Arts, Cinema and Literature are telling the World today; Dis Voir, Paris, 2007, p. 88.
[5] R. Koolhaas, Espacio basura; Gustavo Gili, Barcelona, 2007.
[6] V. L. Mora, “Pangea, el nuevo mundo”, Cultura/s de La Vanguardia, 21/11/2007.
[7] Umberto Eco, Apocalípticos e integrados; Tusquets, Barcelona, 2006, p. 23.
[8] Agustín Fernández Mallo, Poesía postpoética; Anagrama, Barcelona, 2009, p. 87.

Notas parte 4
[1] “El narrador robot inaugura una etapa que ya ha comenzado a colarse en Facebook, donde se ‘publican’ novelas como The Fugue o The Architects are Here, cuyos capítulos se transmiten desde esta plataforma como mensajes para el afiliado. En estas obras se aplican cuestiones simples de programación que generan gran eficacia narrativa, como cambiar los nombres propios de los personajes por el del lector y sus amigos, obtenidos de esta información pública que son los perfiles y los listados de amistades”; D. Chiappe, “El narrador robot y el lector Wii”, Letras libres, mayo 2009, accesible en http://www.letraslibres.com/index.php?art=13814.
[2] P. Ricoeur, “Para una teoría del discurso narrativo”, Historia y narratividad; Paidós Ibérica, Barcelona, 1999, p. 143.
[3] J. Arana, “Formas y patologías de la creatividad”, en José Luis González Quirós (ed.), Los rascacielos de marfil. Creación e innovación en la sociedad contemporánea; Lengua de Trapo, Madrid, 2006, pp. 133-34.
[4] Michel Foucault, “Ariadna se ha colgado”, Entre filosofía y literatura. Obras esenciales, vol. I; Paidós, Barcelona, 1999, p. 328.

lunes, 8 de junio de 2009

Pasadizos ontológicos entre Santamaría y Dobry


Alberto Santamaría, Pequeños círculos; DVD Ediciones, Barcelona, 2009.
Edgardo Dobry, Cosas; Lumen, Barcelona, 2008.


Buscamos por doquier el absoluto y sólo encontramos cosas
Novalis, Fragmenta

¿Por qué no iban a tener las cosas lenguaje?
R. Musil, Las tribulaciones del estudiante Törless


1

Las cosas, como explicaba Schopenhauer, funcionan como nexus idearum. Son los más antiguos hipervínculos en el internet de las ideas. Funcionan como atractores alrededor de los cuales comienzan a tejerse mallas simbólicas o alegóricas, estructuras abstractas que parten de la concreción irradiadora. El ejemplo canónico de este proceso, del que ya hemos hablado en otro lugar
[1], es el poema Anécdota del jarro, de Wallace Stevens, que ha acabado siendo él mismo una cosa textual capaz de seguir generando discurso en torno, inextinguiblemente.

Pero mientras que otras tradiciones poéticas, en especial las anglosajonas, han sido muy cuidadosas y eficaces en su acercamiento a lo ontológico, a la coseidad como principio vertebrador de los poemas, la poesía española no siempre ha sido capaz de profundizar en este asunto, quedándose la mayoría de las veces en la superficie alegórica de las cosas, sin ser capaz de descender con eficacia a lo simbólico. Dos voces llamaron mi atención en este sentido tempranamente: la primera fue la de Julián Jiménez Heffernan, quien durante una conversación me dijo que un estudio ontológico de la joven poesía española en torno a 2000 produciría desoladores resultados. La otra fue el ensayo de Philip Silver La casa de Anteo, donde puede leerse, hablando de la poesía española y contraponiéndola a otras tradiciones: “en este sentido, desde el período romántico hasta hoy, la poesía ha sido la repetición de los infructuosos esfuerzos por fundar objetos en un sentido ontológico”
[2]. El propio Silver aludía en el mismo ensayo (p. 19) a una posible causa: la falta de pensamiento poético profundo y la resistencia a la teoría de los poetas españoles contemporáneos. Así era a finales del XX, pero el hecho de que numerosos poetas de las últimas hornadas hayan abandonado esa resistencia, junto a la llegada de varios autores hispanoamericanos jóvenes a nuestro país (poetas que han contribuido a introducir un más que necesario aire fresco en nuestra lírica), son factores que han producido, entiendo, un cambio en esta situación, como vamos a intentar demostrar de forma somera a partir de dos libros recientes, aunque los ejemplos pueden ser muchos más.


2

En un interesantísimo libro titulado Cinética (Dilema, Madrid, 2004), del que ya hablamos aquí en otra ocasión, el poeta argentino residente en España Edgardo Dobry incluía un texto titulado “La pena de las cosas”, donde leíamos: “Toda la pena de las cosas: / su estante soledad, / rala gramática del tiempo / esparce la maleza del desuso / sobre estratos de sombra. // Reja de hierro, / piel de polvo, / estragos de óxido en un clavo / emergido en el flujo del desorden; / giro pésimo / de una puerta que fue árbol: / se forman con muerte las cosas, / se hacen cosas de morir. / Después huyen hacia sí de la memoria”. Este poema, que Eduardo Milán incluyese con buen criterio en su espléndida antología de poesía latinoamericana Pulir huesos (2007), nos advertía ya de que Dobry era un creador consciente de la importancia de fundar objetos desde un punto de vista ontológico. La contundente confirmación de ese hecho la encontramos en Cosas (Lumen, 2008), un poemario difícil, nada evidente, armado desde un extraño virtuosismo de la concisión. En él Dobry acude al recuento o rescritura de los objetos desde un despojamiento radical, que convierte en res derrelicta a cualquier cosa considerada como no esencial
[3]. Escribe Dobry: “el poema y la casa del molusco / son de quien los habita ahora, / no de quien los fabricó” (p. 11). Las cosas no tienen sentido, carecen de fin concreto y son recicladas y reutilizadas por distintas personas para usos diferentes. En realidad, su sentido reside en su falta de sentido inmediato. Proyectada sobre ellas la memoria, por ejemplo, se convierten en recuerdos. Proyectado sobre ellas el deseo, se transmutan en fetiche o emblema[4]. Proyectando sobre ellas la poesía, como apunta Maillard, se convierten en sucesos[5].


3

A los poetas les interesan más cosas que la poesía, de otro modo sus poemas estarían vacíos. Son poetas porque en ellos domina el interés de transformar la experiencia y el pensamiento (y experimentar y pensar significa tener más intereses que la poesía) en poesía.
T. S. Eliot, Las fronteras de la crítica


“Explícalo no con ideas sino con cosas”, sentenció el poeta Williams Carlos Williams, y ese verso saltó como un resorte en mi mente cuando leí los de Alberto Santamaría: “quizá explicar / sea el verbo / menos útil // de nuestra lengua” (pp. 48-49). El propio Williams decía también que “Todo arte es objetivo, no declama ni explica”, y creo que Williams y Wallace Stevens son dos referencias esenciales a la hora de hablar de la poesía de Alberto Santamaría, una voz singular y plural a la vez, que puede ser él y también diluirse en la voz de Stevens (como en las diversas “Anécdotas” o en las referencias a la mirada y los jarrones presentes en el poemario) sin dejar de ser auténtico.

El modo de operar de Santamaría es la escritura por sublimación (no en el sentido estético de la palabra sublime, al que tantas páginas ha dedicado el autor, sino en el sentido químico, partiendo de lo matérico y llegando a lo inmaterial). A partir de una realidad extremadamente concreta y prosaica, el autor va enredando conceptual y lingüísticamente su verbalización, hasta llegar a unas singulares alturas de abstracción. Pero sin olvidar nunca de dónde parte: “no diré que no encuentro cierto placer descarnado en este simple estar entre cosas” (p. 12). En realidad, mediante esta sublimación física se produce un movimiento anti-sublime estético, una suspensión: Santamaría lo explica bien cuando contrapone la mirada de Wordsworth sobre la naturaleza de El Preludio, típicamente dentro del sublime estético, con la de Szymborska –y la suya, añado–, caracterizable como un instante de suspensión, donde la resolución está constantemente aplazada, y “el poema es sólo la superficie del ojo que mira, aprehendiendo y transformando”
[6]. De ahí que la mirada sea, en buena parte, una enumeración de cosas más o menos estáticas, sobre las que la mirada se posa, tranformándolas. Frente al ingenuismo científico del romántico Wordsworth, que veía una cesura entre él y el entorno natural, Santamaría opone rotundamente, con una seguridad científica que hemos visto también en Javier Moreno: “No hay nada que podamos llamar naturaleza” (p. 17). O, como dice Agustín Fernández Mallo en Postpoética: “es tan ‘natural’ desde un punto de vista químico, o ‘artificial’ desde un punto de vista cultural, el colorante E-128 como el jamón de pata negra”[7]. Porque, en efecto, como ya hemos recordado aquí, la naturaleza es también una tecnología apropiable, aunque su uso consista en dejarla –por motivos ecológicos, entre otros– tal y como está[8]. Como vemos, la mirada de Santamaría puede ser cualquier cosa menos desinformada, puede gustar o no pero tiene una solidez teórica, filosófica y estética de un nivel poco frecuente en nuestro entorno.


4.
“tu mano acude / hacia dentro // talla / sin misterio // el estómago de las cosas // su vacío / carece de hilos” (Santamaría, Pequeños círculos, p. 27).

“El círculo que nos incluye / quince mil kilómetros estiro. / Lo pongo en manos de mi madre. / Ella lo guarda en la caja / de lata con los otros hilos” (Dobry, Cosas, p. 80).



5. Extrañamientos

De la superviviente miniatura
sobrevive la joya, no la dama
Aníbal Núñez


a) Santamaría, tomando una frase de Las correcciones, de Jonathan Franzen, habla de la “inclinación de las cosas”, con la que alude a esa particularidad de decorado que rodea ciertas experiencias –por ejemplo, la del amor– y esa oblicuidad con que asoman a lo que consideramos importante, aunque sucede que, en cierta forma lo importante son ellas, ya que esas cosas son el lugar donde tiene lugar el acontecimiento representado en el poema. El texto, en estas condiciones, es un lugar extraño.

b) Jacques-Alain Miller diferenciaba el objeto perdido de la pérdida considerada en sí misma como objeto; dependiendo del estatus de ansiedad que genere la desaparición de la cosa, es un simple objeto extraviado o una brecha fantasmática
[9]. Dobry teje un fino hilo conceptual entre las cosas y lo perdido, entendiendo por tal también lo olvidado. En el último poema, un vaso de leche es el eslabón perdido, el símbolo que une lo que antes estaba y ahora no está, lo fantasmal: “todo lo que tocamos es playa / de algo más grande sumergido” (p. 28). En el poema 82 leemos: “hay que mojar la vista en este río, / dejarla secar en la memoria” (p. 90). El agua es lo perdido de la cosa, y el limo sedimentado es lo que Celan llamaría singbarer Rest, el resto cantable, según la traducción de Valente: la idea menos el agua de la retórica. Lo esencial destilado, o más bien desecado. En estas condiciones, la cosa seleccionada para ser el objeto del poema es lo extrañado.

c) Ambos poemarios utilizan el mismo recurso, el extrañamiento, para desmaterializar a las palabras de su significado, para descosificarlas como objeto lingüístico. Los procedimientos son opuestos por completo: operando por expansión Santamaría, por radical concreción Dobry, el lenguaje y la sintaxis poética se descolocan para sugerir de nuevo una distancia legible entre la cosa –el significante– y el sentido –el significado–, de modo que la operación poética deja de ser un signo reconocible para convertirse en un símbolo abstracto. La poesía se reinicia para convertirse en ambos poetas en una operación original, la de poner nombres: “nombrar no es sencillo. No basta con reconocer un objeto y expeler un sonido más o menos articulado. Existen personas que han dedicado su vida entera a nombrar unas pocas cosas…”
[10]. El extrañamiento (más semántico –pero no sólo– en el caso de Santamaría, más sintáctico –pero no sólo– en el de Dobry), reelabora, reactualiza, el discurso, convirtiéndolo en un cuerpo extraño dentro de su propia lógica: “Calcinó que te el café la lengua / es ahora el sol / del humor negro entre la panza”, escribe Dobry, en términos casi gongorinos[11].

.

Notas
[1] V. L. Mora, “Hay colinas más altas que montañas”, Pasadizos. Espacios simbólicos entre arte y literatura; Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 27ss.
[2] Philip W. Silver, La casa de Anteo. Ensayos de poética hispana; Taurus, Madrid, 1985, pp. 23-24.
[3] Sobre la relación entre la poesía y el objeto derrelicto o abandonado, es capital leer el texto de Julián Jiménez Heffernan, “Derelictos: materiales para una poética”, epílogo a la antología de César Antonio Molina, El rumor del tiempo; Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2006, p. 303ss
[4] “Y una vez conquistados para tu persona, marcados por tu posesión, los objetos ya no tienen pinta de estar allí por causalidad, asumen un significado como partes de un discurso, como una memoria hecha de señales y emblemas (...) te apegas a las señales en las que identificas algo de ti, temiendo perderte con ellas”; Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero (1979); Siruela, Madrid, 2000, p. 156.
[5] Chantal Maillard, La sabiduría como estética. China: confucianismo, taoísmo y budismo; Akal, Madrid, 2000, p. 74.
[6] A. Santamaría, El poema envenenado. Tentativas sobre estética y poética; Pre-Textos, 2008, p. 124.
[7] “la postpoética (…) tiene como uno de sus soportes fundamentales, un material que puede ser visto/leído, y pocas veces contado/dicho, en consonancia con esa tercera naturaleza constituida ya hoy por las posibilidades que ofrecen los ordenadores personales. Éstos, con aperturas de ventanas inactivas, hacen imposible una ‘declamación’ de lo que la pantalla muestra. Iconos, mensajes en móviles, e-mails, hipertextos, Internet, etc. Más que nunca, hoy la lectura es entendida como acto genérico de la comprensión en solitario de lo visto/leído, haciéndose inseparable del soporte en que nos viene dada”; Agustín Fernández Mallo, Poesía postpoética; Anagrama, Barcelona, 2009, p. 110.
[8] “Nunca ha existido naturaleza ‘virgen’. Siempre ha sido considerada ésta, inconscientemente o a sabiendas, como acúmulo de materiales para la Técnica” (Félix Duque, Habitar la tierra. Medio ambiente. Humanismo. Ciudad; Abada, Madrid, 2008, p. 37.
[9] Zizek desarrolla esta dualidad de Miller en términos lacanianos en Slavoj Zizek, Visión de paralaje; Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, p. 104.
[10] Germán Sierra, Intente usar otras palabras; Mondadori, Barcelona, 2009, p. 88. Desde Kant la cosificación es una operación de lenguaje, como ha visto José Luis Molinuevo: “por eso los traspasa creando el objeto mediante el lenguaje: en la experiencia considera a los fenómenos como cosas en sí y, rebasándola, como efecto de un objeto trascendental”; José Luis Molinuevo, Magnífica miseria. Dialéctica del Romanticismo; CENDEAC, Murcia, 2009, p. 31.
[11] “El orden de las palabras es uno de los más sutiles y delicados instrumentos de expresión que posee el lenguaje, hasta tal punto, que en él señalan huella profunda las más pequeñas diferencias temporales y espaciales. Y aun de un mismo tiempo y en un mismo lugar, cada ser hablante muestra predilección por ciertos tipos ordenativos, que son los que mejor cuadran a su temperamento”; Dámaso Alonso, La lengua poética de Góngora; CSIC, Madrid, 1961, p. 177.