lunes, 31 de agosto de 2009
Pedantwitter contra Twitter
Impresionante, de verdad. Sin palabras me quedo. Twitter está diseñado para que la gente se diga en 140 caracteres máximo (menos que en un SMS normal) simplemente lo que está haciendo en cada momento. En la página personalizada de entrada, ya aparece arriba la pregunta “What are you doing?”, bien clara. Es decir, es una invitación a que las personas comenten entre sí las cosas que hacen, con un número de palabras mínimo. ¿Qué esperaban estas luminarias encontrar en los mensajes? ¿Claves para evitar el calentamiento global? Y, además, ¿qué problema hay con la cháchara inútil? ¿Es que fuera de Internet las conversaciones que solemos mantener son las que tenían Platón y Aristóteles en sus paseos por la Academia y yo no me he enterado? Las tardes en que estos investigadores van al supermercado a comprar verduras, ¿qué tipo de conversaciones tienen? ¿Y cuando charlan en los ascensores? Cuando están en su empresa y llaman al trabajo de su mujer, a última hora del día, ¿despachan la conversación con un “voy para allá, ¿compro algo de cena?”, o se ponen a divagar sobre física cuántica? No sólo todos, absolutamente todos, tenemos charlas inútiles a lo largo del día, sino que no hay ningún problema en ello y son más que necesarias para mantener la cordura.
La cuestión, y aquí reside el problema, es que no escasean quienes buscan denostar a cualquier precio los presuntos “descubrimientos” o “bombazos” que suceden en Internet, quitándoles importancia de la manera que sea. Que conste que yo no uso Twitter, pero no se me ocurriría insultar a un programa que relaciona todos los días a cientos de millones de personas, con el mismo nivel de superficialidad con el que nos relacionamos los demás fuera. Es inadmisible que se le pida a Twitter que genere por sí mismo inteligencia en sus usuarios, cosa que nunca se le había pedido a nada (digital o analógico) en la historia de la humanidad. Entre líneas ese estudio –y las noticias que lo acogen– están pidiéndole al sistema que sea no un canal de comunicación, sino un intensificador filosófico, algo que transmute en oro líquido las ideas de las pobres personas que han accedido al mismo. Twitter es culpable de no mejorarnos como humanos, de mantenernos tal y como somos, corrientes, cotidianos, insustanciales la mayoría del tiempo, como si tuviéramos obligación de ser sublimes sin solución de continuidad, según el precepto baudeleriano. Es curiosa esta nueva forma de luddismo, de tecnofobia, que exige a todo lo que venga de Internet unas prestaciones y una capacidad que no se le exige a nada analógico, a nada que haya fuera de la Red.
Twitter ha demostrado su eficacia para mantener en una relación superficial pero constante a personas, sobre todo mayores. Frente a otros programas digitales, es paradójicamente usado por personas de cierta edad. La razón la exponía hace poco un artículo del New York Times: los adolescentes no quieren usar un programa destinado a comentar lo que hacen en cada momento: en realidad prefieren que eso no se sepa mucho para evitar la sobreprotección paterna y el control. Como agudamente ha entendido la publicidad estadounidense de uno de los gadgets del iPhone, que permite tener controlado mediante el Google Earth a otro usuario que lo acepte (Blackberry tiene otro big brother parecido), los hijos detestan que sus padres sepan en todo momento dónde están y qué hacen, y Twitter es el modo perfecto de conseguir una de las dos cosas. Para no tener broncas en casa por no aceptar como amigos a los padres dentro del sistema Twitter, prefieren simplemente estar al margen del mismo.
Twitter no es la penicilina, de acuerdo. Ni falta que hace. Tampoco va a ser un revulsivo para nada. La revista mexicana de cultura digital Picnic incluía en su último número un divertido artículo de Alonso Ruvalcaba titulado “Micropoética de Twitter”, donde el autor demostraba que no hay muchas razones para poner en esa red social nuestras esperanzas sobre el futuro de la poesía. Ni falta que hace, tampoco se creó para eso.
Del mismo modo que nadie usa una batidora para resolver problemas sociales ni le exige a su microondas que haga aparecer en su pantalla pensamientos profundos, no deberíamos exigirle a las redes sociales más que cumplan lo que prometen; esto es: que sean redes y que sean sociales; que funcionen informáticamente en red y que comuniquen personas. Cualquier otra exigencia de sabiduría habría que hacérsela a esos extemporáneos demandantes de profundidad.
No obstante, y al parecer con ánimo de que no se diga que los tecnófilos carecen de autocrítica o que no intentan mejorar, y para apaciguar a los genios de la empresa que hizo el estudio, se ha creado una nueva red social, llamada Pedantwitter, en la que sólo pueden participar personas con un coeficiente intelectual muy alto, o que tengan mucho dinero... Se puede acceder a Pedantwitter a través de la dirección www.¿EstánUstedesBebidos...org. Transcribo aquí una de las primeras conversaciones corales que han tenido lugar esta semana:
@dubitativa
¿Creéis que debería perdonar a mi padre por los malos tratos sufridos en mi infancia?
@gödel2.0
Galois pensó en la última noche de su vida que sólo 8 de las 24 permutaciones cumplían la restricción de que xsub1 + xsub2=0, y x1 y x3 y x4=0. ¡Qué tío!
@eztoezhorrorozo
dubitativa, no vuelques sobre tus progenitores la violencia recibida, saca de ti la culpa. Ven a mi consulta, 91 25566499983, tardes 20% descuento.
@sonlasdoceycuarto
¿Traduciríais los versos de Celan es gab / keinen Namen meh für / das, was uns trieb como ya no quedaba nombre / para lo que nos movía?
@picarona
Ay, que me tiene loca la Crítica de la razón pura de Kant, ¿podéis ayudarme con el análisis del sujeto trascendental, que tengo que ir a hacer la compra?
@crepusculo
Aquí estoy, comiendo una lata de atún e intentando decidirme sobre si es más útil la imagen-cristal de Deleuze o la imagen-tiempo de Didi-Huberman.
@conunKantoenlosdientes
Picarona, deberías comenzar por clarificar la perspectiva analítica sobre la que vas a operar; ¿en el marco de un debate ontológico o de u
@porreti
No me imagino una organización estatal que produzca la emancipación social y la igualdad económica de oportunidades al mismo tiempo.
@conunKantoenlosdientes
Coño, no seáis tan tacaños y poned más espacio disponible, que las frases suelen hacerse interesantes a partir de los ciento ochenta caracter
@conunKantoenlosdientes
cabrones
¡Guau! ¡¡¡Este Pedantwitter va a ser superpopular!!! Vamos, es que no sé cómo estos empresarios no se habían dado cuenta del negocio. Me alegro de que otros se lo hayan arrebatado. Voy a darme de alta ahora mismo. ¿Quieres ser mi amigo?
.
.
viernes, 21 de agosto de 2009
Diario de las especies, de Apablaza

Diario de las especies; Jus, México D.F., 2008.
El personaje A.A., que parece próximo a Claudia Apablaza (Chile, 1978), la autora de este libro, confiesa en la página 119: “Tampoco esto es un espacio terapéutico, pero se cruzan las variables: vida, literatura, ficción, realidad, biografía. Me duele no distinguir las fronteras”. En efecto, Diario de las especies es un libro metaliterario, y dentro de las múltiples posibilidades de metaliteratura se adscribe a una corriente actual que tiene como referente claro a Enrique Vila-Matas, que aparece como personaje en la novela. De hecho, se está creando un nuevo género o subgénero narrativo que podríamos denominar “libros en que un joven escritor viaja a Barcelona y conoce a Enrique Vila-Matas”, en el que podemos agrupar Diario de las especies de Apablaza, El ángel literario de Eduardo Halfon, Kazbek de Leonardo Valencia, y próximamente Nocilla Lab de Agustín Fernández Mallo (creo que el escritor catalán también aparece en algún libro de Manguel, en Pacífico de Garriga Vela y en la próxima novela de Paul Auster). Hay que reconocerle a Vila-Matas ese papel de faro de nuevos narradores, que a diferencia de otros escritores no se limita sólo a las típicas citas de homenaje, sino que alcanza a su inclusión como personaje de ficción en sus tramas (algo muy vila-matiano, como es sabido). Todo esto implica que algún día alguien deberá estudiar la gran influencia que Vila-Matas y Roberto Bolaño –otra referencia de Diario de las especies y de otros muchos narradores– están teniendo en toda una generación de escritores españoles y latinoamericanos.
Yo diría que Diario de las especies es una especie de “antilibro” (en el sentido dado por Novalis al término) de Bartleby y compañía, de Vila-Matas. Si este último es un ahondamiento en la experiencia de los escritores que no escriben, que dejan de escribir, el libro de Apablaza habla de los escritores que escriben o intentan escribir: de sus dudas, de su concepto de tiempo, de sus experiencias, de su inicio en la escritura, de cómo encuentran editorial (pp. 105 y siguientes, las que más recuerdan al libro de Vila-Matas). Sin embargo, formalmente, hay notables diferencias, puesto que Diario de las especies está construido como un blog. Sin pertenecer al género de las blogonovelas creado por Hernán Casciari ni al de las excelentes blogsívelas desarrolladas por Cristina Rivera Garza, Apablaza crea una novela blog que tampoco admite parecidos con las que publica la peruana Claudia Ulloa (véase su sugestiva Séptima madrugada; Estruendomudo, Lima, 2007), ya que la de Apablaza es coral, como luego veremos. Como vemos, la experimentación literaria con el blog –hablo de una experimentación de cierto nivel, no de uso– es hoy predominantemente lationamericana.
En la primera parte del libro, significativamente llamada “Búsqueda de una novela”, Apablaza no sólo hace una novela blog, sino que reflexiona teórica y prácticamente sobre la misma. Así, apunta que “Las novelas en los blogs no tienen fecha exacta de finalización, a menos que el blog se suprima” (p. 86), aunque sobre todo es interesante su planteamiento de construcción de un blog total, con la interactividad de los lectores también ficcionalizada. Esta idea de retratar numerosos comentaristas anónimos inventados es feraz; permite a la autora zambullirse en infinitas posibilidades identitarias, disolviéndose en ellas. ¿Disolviéndose? Bueno, quizá exista aquí un problema. Intento decir que en Diario de las especies la escritura de muchas de esas identidades ficticias no se distancia demasiado de la propia de la narradora. Cuando uno sólo tiene las palabras de alguien para reconstruir su psique, para encontrar al personaje que hay detrás, debe hacer un sobreesfuerzo para hacer creíble y tangible la personalidad. El único recurso que hay es el propio texto, y siendo –como cualquier texto es– un rastro subjetivo, una marca psíquica, el objetivo de todo escritor de personajes es idéntico al del escritor de heterónimos; debe crear la ilusión de algo real, la apariencia verosímil de una identidad otra. En los numerosos anónimos cuyos comentarios se reproducen, sólo aquellos conocidos en el mundo digital como “trols” (en este blog hemos tenido unos cuantos) están bien reproducidos, y también se sostienen algunos comentaristas asiduos, como Mexicanita. Pero la mayoría escriben como Apablaza, utilizando el mismo tipo de frase corta, que pasa de unos a otros asuntos de súbito. Veamos un ejemplo: la narradora escribe: “La novela enciclopédica aparece en la edad media (…) Uno de los mejores ejemplos es Dante. La verticalidad comprime la horizontalidad. No hay un hacia delante. El tiempo se detiene. Es atemporal” (p. 84). Y un poco más adelante, el comentarista JacRRRR responde: “Ya. Recapitulo. Las novelas se escriben solas. Es como una extensión de la vida. No hay salida si eres escritor. Es una tercera mano. O tienes tercera mano o no tienes” (p. 89). Lo que dicen es diferente, pero la respiración de los párrafos, su ritmo frasal, es exactamente el mismo. Hay, a mi juicio, demasiada homogeneidad en los caracteres descritos, porque hay demasiado parecido entre los textos. No obstante, debe reconocerse a la autora el decidido y esforzado intento de crear voces en la novela, la voluntad de abrirla y de abrirse a la otredad, que al final es o debería ser el objetivo de toda narrativa digna del nombre, incluso cuando se habla de uno mismo, pues también hay otredades interiores.
La segunda parte de la novela, “Persona”, es un sugestivo experimento de metamorfosis que parece influenciado –aventuro– por Clarice Lispector y Diamela Eltit. En él desaparece la metaliteratura y aparece la persona, alguien que sufre una metamorfosis por la cual ya no quiere ser escritora (p. 151), porque “ser persona es dejar de ser libro, de ser cita” (p. 141). Es un texto extraño, metafórico, plagado de alegorías animales, de especies, que no sé si interpretar como la expresión de un proceso metanoico por el que quien busca una novela sale transformado de la experiencia, lo consiga o no. En realidad, quizá no sea necesaria una explicación, porque estas últimas quince páginas son excelentes y se defienden por sí solas. Quizá A.A. no consigue una novela, pero desde luego Apablaza sí.
Con algunos defectos, pero con muchas cosas destacables, Diario de las especies, si mi información es correcta, será reeditada en España en 2010. Si ustedes me leen desde España, creo que harán bien en comprar la novela y enfrentarse a un texto singular, inteligente, formalmente atrevido y enamorado de la literatura, que nos invita a seguirle la pista al nombre de Claudia Apablaza. Si ustedes me leen desde México o desde Chile, probablemente ya lo estén haciendo.
miércoles, 12 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
Bellatin en el New York Times

Un narrador travieso con ojos y oídos para lo inusual
Larry Rohter, NYT 10/08/2009, p. C1-C6
“Hace algunos años el novelista Mario Bellatin acudió a uno de esos congresos literarios locales [se refiere el autor a México D.F.], en los que los escritores son invitados a hablar de sus autores favoritos. Incapaz de elegir, inventó un escritor japonés llamado Shiki Nagaoka y habló, con aparente convicción, acerca de cómo Nagaoka le había influenciado, completamente seguro de que la broma iba a desenmascararse durante el turno de preguntas y respuestas.
Por el contrario, el público le acribilló con peticiones de información sobre Nagaoka, quien se suponía portaba una nariz tan inmensa que le impedía comer. De este modo el señor Bellatin (pronúnciese en inglés Bay-yah-TEEN) decidió extender la broma y escribió sin demora una falsa biografía –completada con extractos de sus obras, fotos y bibliografía– titulada Shiki Nagaoka: una nariz de ficción.
A lo largo de toda Lationamérica los lectores se han acostumbrado a esperar este tipo de salidas de Bellatin, 49 años, que ha emergido durante los últimos años como una de las principales voces de la ficción experimental en castellano. Con un puñado de novelas escritas desde 1985 no ha jugado sólo con las expectativas de lectores y críticos, sino que ha torcido el lenguaje, la trama y la estructura hasta adaptarlos a sus misteriosos propósitos, de maneras a veces tan inquietantes como desconcertantes.
“Con Bellatin nunca se pisa terreno firme”, es el modo en que lo expresa la crítica Diana Palaversich, y Bellatin asiente: “para mí la literatura es un juego, una búsqueda de formas para atravesar las fronteras”, dice en una entrevista realizada en un parque próximo a su estudio, acompañado de los dos perros que son su constante compañía. “Pero en mi trabajo las reglas del juego son siempre obvias, las tripas están expuestas, y puedes ver lo que se está cocinando”.
Aunque fue premiado con una beca Guggenheim en 2002 y ha participado en encuentros con escritores y talleres en los Estados Unidos, Bellatin es poco conocido en el mundo angloparlante. El primero de sus trabajos en traducirse fue Damas chinas, un conjunto de tres nouvelles aparecido hace apenas dos años, y Salón de Belleza, otra novela corta de 1994, va a ser publicada por City Lights Books esta semana.
[…]
Varias novelas de Bellatin, Shiki Nagaoka y Salón de belleza incluidas, se centran en personajes cuyos cuerpos están desfigurados, deformes o afectados por alguna enfermedad de transmisión sexual incierta o fluida. Esta es la razón por la que Palaversich, que escribió la introducción a un reciente compendio en español sobre la obra de Bellatin[1], le compara no a otros escritores latinoamericanos sino a cineastas como David Cronenberg y David Lynch o pintores como Frida Kahlo. “Cada una de sus novelas cortas forma parte de un gran universo narrativo bastante hermético, coherente y plausible, y en el que los cuerpos anómalos son la norma”, dice Palaversich desde Sidney, donde enseña Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Nueva Gales del Sur. “Él desnuda su espacio ficcional de cualquier referencia concreta o reconocible geográfica o culturalmente, y lo que queda es una fragmentación tanto de cuerpos como de textos, un enigma que deseas descifrar”.
El propio Bellatin ha perdido parte de su brazo derecho, como resultado de un defecto de nacimiento con el que juega, del que se aprovecha y que agradece en su trabajo “escribiendo con mi cuerpo entero”. Él bromea acerca de que “mi mano izquierda no sabe lo que hace mi derecha” […]
“La gente suele decir, con no poca razón, que toda la mejor literatura de ficción viene de alguna herida, a partir de alguna distancia que es necesario establecer entre un escritor y la normalidad”, dice el novelista y crítico Francisco Goldman, amigo de Bellatin. “En el caso de Mario, la herida es literal y viene con toda clase de matices psicológicos y con dolor, y parece relacionado con la sexualidad y el deseo; el deseo de un cuerpo completo […]”
En sus novelas más recientes Bellatin ha buscado desvestir y allanar su prosa conservando su afición por lo bizarre […] Una próxima Biografía ilustrada de Mishima, sobre el escritor japonés que se suicidó en 1970, contará la historia de “lo que le sucedió al escritor desde que su cabeza fue cortada”, ha declarado.
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, remarcó Jorge Luis Borges en el prólogo a Ficciones, su más conocida recopilación de cuentos breves; “mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”. Aunque es ésa una estrategia que Bellatin ha utilizado a veces, tanto él como sus admiradores huyen de tales comparaciones.
[…]
Como síntoma de su creciente reputación internacional, Bellatin ha firmado recientemente un acuerdo de varios libros con Gallimard, el prestigioso sello galo, que exige que sus próximos libros sean publicados en francés antes de que aparezcan en español en Latinoamérica. Como siempre, el autor tiene pensado aprovechar la oportunidad para seguir haciendo travesuras, retraduciendo la versión francesa al español. “El escritor es siempre el último que llega a la fiesta, el último en divertirse con la actividad literaria, que puede ser un via crucis tan aburrido como placentero”, se queja. “Quiero leer mi propia producción y quedarme atónito, ser capaz de leerme como si yo también fuera un lector que se acerca a mi propio texto por primera vez”.
[1] Creo que el autor del artículo se refiere al prólogo de Palaversich a la Obra reunida (Alfaguara México, 2006) de Bellatin.
viernes, 7 de agosto de 2009
Subrayar

En todo caso, mi descubrimiento fue posterior a que Salvador Elizondo escribiese un falso relato (en realidad es una excelente digresión ensayística), titulado “En defensa de lo desprestigiado”. Merece la pena transcribir el largo primer párrafo, porque abunda en la importancia de los subrayados en los libros: “Cuál no sería mi sorpresa al compulsar los subrayados de dos ejemplares idénticos de An Outcast of the Islands, leídos con veinticinco años de diferencia, y comprobar que a todo lo largo de sus 368 páginas no hubo un solo caso en que coincidieran. Además, la naturaleza de los subrayados era totalmente diferente en cada ejemplar. En mi primera lectura, hecha todavía sin malicia de escritor, señalaba los pasajes que se referían a la profundidad de las pasiones, a la vehemencia de los sentimientos, a las formas de vida y los parajes exóticos que el autor describe con gran maestría. (…) Pasados cinco lustros desde entonces, los subrayados de mi relectura señalan únicamente los procedimientos técnicos, las argucias y las convenciones literarias con las que el autor desarrolla la trama del argumento y mueve a los personajes en un medio palafítico inusitado (…) la misma ley que rige la diferencia entre los subrayados compensa las actitudes o las disposiciones de ánimo con que nos aproximamos a una obra literaria en diversas épocas de la vida”[1]. Elizondo lo puede decir más alto, pero no más claro: los que releen los libros son otros, en 25 años el lector cambia drásticamente y el resultado, a modo de líneas de sismógrafo mental, son esas líneas quebradizas extendidas en el margen de la página. Esas marcas irregulares, trazadas sosteniendo el libro en posición vertical, sin equilibrio, son un inquietante test de Rorschach que trasluce todo lo que éramos en el momento de la lectura.
Por eso los subrayados son terroríficamente delatores, por eso deberíamos cuidarnos más de eliminar los libros que leímos (o los subrayados que dejamos en ellos) que los libros tempranos y torpes, que los escritos íntimos, que los borradores, que las cartas de amor. Los subrayados son mucho más peligrosos. Son el verdadero autorretrato, puesto que suponen una escritura sin el vértigo de la autoría, una emanación libidinal en estado puro, una confesión por escrito sin revisión ni repaso corrector; son una marca psicológica dejada inconscientemente sobre los libros de los demás, en que proyectamos nuestras fantasías de perfección, nuestras pulsiones atávicas, nuestras obsesiones privadas, nuestras ironías. Somos nuestros subrayados. Y en los críticos literarios el mal del párrafo marcado es todavía peor, porque es un tic profesional y delata una tacha moral imborrable. George Steiner, en Pasión intacta, escribe que “el intelectual es, sencillamente, un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano”. Ese gesto revela, en sí mismo, nuestra escasa catadura ética: mírennos ahí, sentados, empuñando algo afilado con lo que hendir el talento ajeno, apuñalando líneas al borde del troquelado, esbozando patéticamente un perecedero canon –ralo, escaso, avaro– de lo que creemos que vale en la obra de los demás: ese gesto altanero y repugnante ya lo dice todo de nuestra propia miseria.
-
Nota
[1] S. Elizondo, Camera lucida; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2001, p. 119.
________________________
Addenda de 2017: http://revistapenultima.com/continuacion-de-subrayados-diversos-de-vicente-luis-mora-sobre-continuidad-de-ideas-diversas-de-cesar-aira/
Y también este microcuento de José Óscar López, Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena: Balduque, 2017, pág. 81:
martes, 28 de julio de 2009
La ciudad toma el arte, el arte toma la ciudad
Foto de una terraza de Nueva York.
Exteriores del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (LACMA)
1. Las relaciones entre el arte y la ciudad son de doble vuelta, su interpenetración es constante. No hay un espejo entre ambos fenómenos: son azogue uno del otro..jpg)
Por lo común es el arte quien se asoma a la ciudad, pero esta escultura de Dan Colen, titulada "Untitled" es un claro ejemplo de lo contrario. Un grafiti inverso.
Lo que siguen son dos muestras de arte "señalético", que reflexiona sobre los modos de simbolizar y marcar la ciudad, ahondando en cómo los ciudadanos somos movidos por estas señales fijas. El primero es de Rogelio López Cuenca. Hate (2003) es una obra de Marcos Ramírez.
2. La ciudad de hoy es, según Antonio Fernández Alba, una ciudad-espectáculo, algo que había apuntado el urbanista Virilio: “la estética de lo edificado se disimula en los efectos especiales de la máquina de comunicación, artefactos de transferencia o transmisión, el arte desaparece incesantemente bajo la intensa iluminación de los proyectores y propagadores. Después de la arquitectura-escultura comienza la era de la facticidad cinematográfica, tanto en s
entido literal como figurado. Desde ese momento la arquitectura es puro cine”[1]. Para Iain Chambers, la ciudad es una “pantalla gigante”, y quizá es también el muro total, el hipermuro donde exhibir la obra, donde colgarla o donde pintarla, a modo de fresco contemporáneo. La ciudad es también un soporte; los rascacielos admiten las proyecciones de imágenes y sus azoteas son el lugar ideal para la instalación de las obras de Dan Graham (izquierda). Los muros son intervenidos por el grafiti o por los scribbles de Karl Haendel. El mismo Haendel hizo para la Bienal de California de 2008 un interesante proyecto en las vallas publicitarias angelinas, cuyo resultado podemos ver a continuación de uno de los scribbles.
Máximo Gorki, en un artículo publicado en The Independent el 8 de agosto de 1907 decía sobre Nueva York que “el resplandor está por doquier, no hay ni una sombra. (…) El visitante se queda anonadado; su conciencia se atrofia a causa de los intensos reflejos; sus pensamientos huyen de su mente; se vuelve una partícula en la multitud”.
3. Urbanismáquina
Arquitectura es todo
Le Corbusier, Mensaje a los estudiantes de arquitectura
“Ciudad: éste es el nombre de una enfermedad nerviosa muy grave”, decía Ezequiel Martínez Estrada en La Cabeza de Goliat (1940), quizá pensando en la tumoración. El crecimiento tumoral aparece cuando el cuerpo deja de ser un órgano para convertirse en una Máquina. La asociación de la máquina con la ciudad es conocida. “El alias de toda ciudad –fabril, funcional, audiovisual, informatizada– es Máquina”, escribía Christian Ferrer, y por lo común es una máquina causante de enfermedades, cancerígena. El párrafo más hermoso donde he podido leer esto está en la fantástica novela Tynset de Wolfgang Hildesheimer:
Sólo que allí están las ciudades, las resistentes fortificaciones alargadas, trampas laberínticas, difíciles de penetrar, encajadas unas en otras, enredadas unas con otras en una dura competición perpetua…, debería evitarlas en la medida de lo posible. Al viajar seré testigo ocular de su crecimiento, veré cómo se estiran, cómo se revuelcan por el campo abierto, cómo devoran montañas de escombros para volverlos a vomitar en otro lugar para hacerse enormes, se tragan pueblos, lamen huertos familiares, nivelan el suelo y plantan el minúsculo germen de una ciudad satélite, se adentran en la tierra cavando para volver a surgir desde el agujero que han cavado y crecer a lo largo y a lo ancho para comerse la tierra en las siete dimensiones, de forma incalculable –no, incalculable no, simplemente mal calculada–, de modo que crecen rápidamente, desarrollan en una noche metástasis que hacía dos días todavía no se intuían, ayer no se veían y hoy ya son hinchazón, mañana núcleo de un tejido podrido, se forman cadenas de pequeñas úlceras de hormigón, todas idénticas, y todas rodeadas de lepra plantada, cercada, se forman en pendientes que han sido comidas o a ambos lados de las carreteras de acceso, las carreteras se cierran en redes cuadradas alrededor de las aglomeraciones de úlceras de hormigón, así surge luego la periferia, que luego se convertirá en ciudad, que luego se convertirá en gran ciudad, que luego se convertirá en ciudad madre de una aglomeración de satélites, donde ya nadie sabrá dónde está, ni siquiera aquel que haya crecido en ella, que luego se convertirá en ruinas y en algún siglo, en un futuro calculable pero no calculado, de nuevo en un desierto… [2]
4. Antes y desp
ués
3. Found Art
Hace poco escribía Fernando Castro Flórez un interesante artículo en ABCD sobre un montaje casual que un vagabundo había hecho en una calle de Madrid ("Esto no es una performance", 21/03/2009). Allí reflexionaba Castro Flórez –quien llegó a hablar con el “artista” sobre el tema– sobre los difusos límites que la intervención artística puede tener con la intervención casual o azarosa. Una muestra entera sobre esos
límites se vio en el neoyorkino New Museum el año pasado; el sugestivo título era Unmonumental, y se planteaba como una reflexión sobre la ciudad de Nueva York como creadora mecánica de arte encontrado. La fotógrafa Joy Garnett también se dedica a subir a su blog fotografías de arte encontrado en Nueva York, algunas de ellas excelentes. A la izquierda tenemos un ejemplo.
Otra propuesta distinta a medias entre el arte encontrado y el fabricado es este interesante proyecto de Rosemarie Flore, Subway Windows Print, una de cuyas obras podéis ver a la izquierda y cuyo proceso constructivo se detalla aquí. Flore tomó va
rias ventanillas de los vagones 33 y 36 de un tren de metro neoyorkino en desuso, e imprimió las imágenes de grafitis casuales dibujados en ellas, haciendo una especie de negativo impreso de las letras y dibujos vertidos casualmente. La autora intentaba “un registro visual del tiempo gastado en el transporte público de Nueva York”.
mmmm
5. La ciudad como instrumento musical. La ciudad como otro tipo de máquina; una máquina sonora. “Las ciudades se pliegan a los sonidos, de manera bastarda, para ofrecer una armonía que sus habitantes están impedidos de asimilar. Ruidos metálicos o cibernéticos o fibrosos avanzan por los intersticios entremezclándose con un énfasis que ni el más eximio músico podría programar. La fibra es leve”, escribió Diamela Eltit[3]. David Byrne planteó el año pasado la posibilidad de un edificio sonoro, capaz de hacer música. Abajo tienen la foto, tan espectacular como la in
iciativa.
6. Grafiti. El grafiti me sigue pareciendo una de las formas más sugestivas, abiertas y c
reativas de arte contemporáneo. En algún post anterior hablamos de
En el mismo número se recoge una interesante entrevista con Herbert Baglione, un artista que me ha llamado no sólo por el potencial plástico de su obra, sino también por su conexiones invasivas con la ciudad, y por alguna declaración puntual:
I don’t see a lot of difference between the metrópolis now and what happened in the Coliseum in Roman times, for example, in due proportions, of course. The barbarism in today’s world is psychological terrorism be it on the streets or the bombardment of daily information. One hour in the traffic of Sao Paulo may lead the most serene guy to a desire to kill. By the way, anxiety and compulsion for violence are normal characteristics to be seen. Everything comes down to action and reaction.[4]
Os dejo con un par de obras que intentan recuperar espacios perdidos de la ciudad, reactivándola como espacio expositivo. Ambas pertenecen a la serie Icons for now.
[1] Paul Virilio, La estética de la desaparición; Anagrama, Barcelona, 1988
[2] Wolfgang Hildesheimer, Tynset; El Olivo Azul, Sevilla, 2007, pp. 66-67.
[3] Diamela Eltit, Los trabajadores de la muerte; Planeta Chilena, Santiago de Chile, 1998, p. 68.
[4] Herbert Baglione, en Juxtapoz, nº 102, july 2009, p. 54.
.
viernes, 17 de julio de 2009
Notas sobre libros nuevos
Tanta gente sola; Seix Barral, Barcelona, 2009
Hace muchos años, cuando Juan Bonilla aún se definía a sí mismo como “terrorista literario” (bueno, la definición era de don Ricardo Gullón pero a Bonilla le encantaba repetirla, fingiendo sentirse disgustado con el adjetivo), escribió un artículo para la revista Clarín (nº 1, enero-febrero de 1996), en el que, haciendo un interesante panorama de la narrativa española de entonces, manifestaba su preocupación por la falta de creatividad estructural y, sobre todo, por la generalizada carencia de imaginación argumental de nuestros prosistas (con las consabidas excepciones). Hay que reconocer que Bonilla queda fuera de esa lacra, ya que cada libro nuevo de relatos es una asombrosa colección de imaginativos sucesos (algunos, quizá, basados “en hechos reales”) que mantienen interesado, cómplice, divertido y reflexivo al lector. En Tanta gente sola (2009) Bonilla vuelve a mezclar literatura y vida (él fue uno de los primeros autores que utilizó sistemáticamente la autoficción, desde 1993 por lo menos, en Veinticinco años de éxitos), si bien en este libro de cuentos propone algo que está más allá de los márgenes habituales de las relaciones literatura y vida: una literatura dirigida a afectar la vida. En cierto momento escribe: “Recomiendo encendidamente a todos los profesores de Literatura de primer ciclo que utilicen este experimento para enseñar bien pronto a sus alumnos cuál es la literatura perniciosa que bajo ningún concepto deben consumir: aquélla que se complace en hacernos creer una cosa alza como si contara con que nosotros no vamos a ponernos a comprobar si lo que nos cuenta es cierto o no. Aquella que se conforma con ser literatura y está incapacitada para ser vida”[1]. Por lo tanto, la “Metaliteratura”, título del relato que acoge esta variante, está destinada a ser precisamente ese más allá que su etimología denuncia.
Tanta gente sola acoge excelentes cuentos sobre televisión (uno de los géneros preferidos del autor es el telerrelato: rara es su recopilación de cuentos donde no hay uno ambientado en el mundo de la televisión), sobre la multiplicidad subjetiva (“Fregoli”), sobre la ambición de lograr récord Guinness, o sobre la disolución en Internet (“Alma cargada por el diablo”). Hay un sentido homenaje a Perec y una tremenda originalidad argumental, que hace a este libro, como a cualquiera de los libros de relatos de Bonilla, una novedad más que recomendable.
Javier Vela, Imaginario; Visor, Madrid, 2009
Si tuviera que exponer plásticamente los problemas que tienen algunos poetas contemporáneos para situar su estética, intentando asimilar los nuevos tiempos sin renunciar a la tradición heredada, quizá pocos libros como Imaginario sean tan significativos. A lo largo de todo el poemario de Javier Vela (Madrid, 1981) es detectable la tensión entre modernismo y posmodernismo, entre la clasicidad y la intención de romper los odres viejos. Con momentos muy interesantes (aquellos en que desborda) y otros más retóricos (aquellos lastrados por la contención y el excesivo seguidismo), Imaginario guarda algún poema excelente, como este “Europa después de la lluvia”, donde la imaginería posmoderna –el poema es un homenaje a J. G. Ballard– lucha contra el natural clasicismo del autor. Obsérvense como los dos temerosos versos finales casi matan el poema de anacronismo, aunque las estrofas intermedias lo salvan:
EUROPA DESPUÉS DE LA LLUVIA
Imágenes del siglo
en que nací.
Cuadro de la fingida
catástrofe del mundo.
La broma posmoderna
del plutonio
transfigurado en hongo nuclear.
¿Hace el soldado gárgaras
de sangre?
Hay
fuego en el agua
negra: la marea
arrastra peces muertos
y neumáticos.
Pongámonos románticos
por una –última– vez.
Se apaga un sol de fósforo
contra el televisor
y llega la esperada parusía,
bum:
una explosión de luz
en el vacío
nocturno de los días sin mañana.
.
Bernard Beckett, Génesis; Salamandra, Barcelona, 2009
Pese a ser algo débil como distopía –la novela podría pasar como versión intelectualizada de Matrix o Terminator–, Génesis es un interesante y ameno libro sobre los límites de la inteligencia humana y la inteligencia artificial. Beckett (Nueva Zelanda, 1967) demuestra en esta obra situada en un futuro lejano habilidad y capacidad de instruir deleitando, como decían los antiguos. Aunque al final descubrimos la condición, hábilmente escondida, de thriller de la obra, Génesis puede ser leída también como reformulación del diálogo platónico, donde las conversaciones entre los personajes van creando un mundo y dándole sentido al mismo tiempo. Algunas partes pueden hacerse lentas y espesas, pero merece la pena llegar al estupendo final y demostrar cómo hemos sido engañados por la inteligente máquina del libro.
.
Jesús Ge, Crónica del incendio. Colección Manuales de instrucciones, nº 4. Edita: Fundación Inquietudes, Madrid, 2009.
La Fundación Inquietudes está publicando unas pequeñas plaquettes desplegables que merecen ser al menos mencionadas. Han publicado una antología de tres poetas argentinos, otra de varios poetas jóvenes italianos (con algún descubrimiento precioso), dos dedicadas a Eduardo Milán, una de poemas de Miguel Ángel Curiel y esos “antihaikus” de Jesús Ge (Madrid, 1972). Entre estos irreverentes y tremendistas haikus podemos encontrar algunas piezas devastadoras:
un móvil suena
entre los amasijos
del tren en llamas
llega la carta
a casa del soldado
después del cuerpo
amanecer
sigue gimiendo el perro
sobre el anciano
.
J. M. Caballero Bonald, La noche no tiene paredes; Seix Barral, Barcelona, 2009.
Me dejó un poco frío, ya lo dije aquí en su momento, Manual de infractores (2005). Me extrañaba la apuesta estética de aquel poemario, contaminado por completo por su carga de crítica social y de indignación, que a mi juicio había postergado el continente a favor del contenido. Sin embargo, La noche no tiene paredes nos devuelve momentos del mejor Caballero Bonald, porque nos trae de nuevo al amante del Barroco. La Epístola moral a Fabio, el Lope de El caballero de Olmedo, el Fray Luis de la Oda a la vida retirada, la Guía espiritual de Miguel de Molinos y un largo etcétera de textos esenciales caminan por estas páginas, más o menos embozados o disfrazados en sus paños áureos. Apuntes próximos a la indignación del poemario anterior se mezclan con piezas estoicas, senequistas, donde el poeta gaditano recupera lo mejor de la tradición a la que más debe. Me gustó mucho una frase suya de Copias del natural (1999), en la que sentenciaba que “lo que no es barroco, es periodismo”. En cierta manera (pero es su maniera) eso es verdad, y el periodismo irritado de Manual de infractores ha dejado paso a este poemario duro, brillante, rocoso, heterogéneo, epicúreo en lo nocturno y estoico en lo diurno, punzante, quietista en su vertiente contemplativa, áspero, crespo, puntualmente bronco, delicado como una flor espinosa, variado como las Flores de Espinosa, terso como un erizo, tremendista, barroco y donde reconocemos destellos del autor de Descrédito del héroe (1977) y Laberinto de fortuna (1984), dos de los mejores poemarios escritos en castellano del siglo XX.
.
Notas
[1] Juan Bonilla, “Metaliteratura”, Tanta gente sola; Seix Barral, Barcelona, 2009, p. 119.











