En estos días la interesante editorial De Conatus acaba de publicar la traducción al castellano, de la mano de Javier Calvo, de la novela El artefacto (The Artifact, 2018), de Germán Sierra.
Por si sirve para estimular a su lectura, incluyo de nuevo la reseña que hice de la primera edición inglesa, con algún injerto, añadido tras la relectura en español.
El artefacto transcultural de
Germán Sierra
Germán Sierra, The
Artifact. Lawrence, Kansas: Inside the Castle, 2018.
La
última novela de Germán Sierra —a mi juicio uno de los escritores españoles más
interesantes, mientras el mundo editorial prefiere mirar hacia otros lados,
menos duros de masticar—, no es que haya salido primero en inglés en una
editorial estadounidense: es que ha sido escrita directamente en inglés. Habrá
personas que consideren esta decisión una frivolidad, o un esnobismo, pero
quienes piensen de esa forma, o bien no conocen la formación cultural y literaria
de Sierra, o bien no han leído la novela —o, seguramente, las dos cosas—. La
lectura del resultado, les avanzo, sería suficiente para despejar cualquier
tipo de duda al respecto de su oportunidad y de su valor transcultural.
The Artifact es una novela no
determinista, abstracta, en la que no se defraudan las expectativas del lector
normal —si es que tal lector existe—, sino que se escribe desde la conciencia
de que el mejor lector es aquel que no espera que una novela le entretenga,
sino que le pase por encima, que le arrase,
que trastorne sus ideas de lo que es o puede ser la novela de nuestro tiempo y
ensanche sus ideas sobre su época. Sierra consigue una vez más ese propósito,
mediante una narración fantasmática dirigida por un protagonista huidizo, de
subjetividad diluida, marcado por un accidente y por el brazo ortopédico
futurista que lleva en lugar del suyo; un científico crítico y autocrítico que fluctúa
por geografías innominadas reflexionando sobre su vida personal, meditando
acerca de las crisis perpetuas de la sociedad actual y sobre la condición del
ser humano como cima de la evolución biológica y también de su crepúsculo moral,
hasta que encuentra un “pliegue de la realidad” en el escáner del cerebro de
una persona. Ese pliegue, el artefacto,
se columbra como una nueva forma de existencia no “bioide”, irreconocible, indetectable para el
estado de la ciencia, que quiebra las convicciones científicas y filosóficas
del protagonista, con todas las consecuencias. En este sentido, y en cuanto la
novela plantea el camino hacia lo posthumano sin forma, sin plantearlo como
distopía ni como utopía, sino como mera posibilidad, podría calificarse a esta
novela como “aceleracionista”, en la órbita de algunas narraciones de Reza
Negarestani; línea definida por el propio Germán Sierra de esta forma:
“Podríamos definir como ‘aceleracionistas’ todas aquellas expresiones
artísticas y científicas que dan cuenta de esta ‘navegación’ hacia lo inhumano;
que se encuentran en la trayectoria, todavía humanamente reconocible, hacia lo
irreconocible” (Sierra, “Un estremecedor crepitar de eurekas”, en Amelia
Gamoneda y Francisco González [eds], Idea
súbita. Ensayos sobre epifanía creativa, Madrid, Abada, 2018, p. 153).
El
título de la novela me parece especialmente afortunado, si atendemos a las distintas
acepciones que los diccionarios ingleses y españoles otorgan a las palabras “artifact”
y “artefacto”, ambas procedentes del latín arte
factum (hecho con arte):
+ Objeto, especialmente una
máquina o un aparato, construido con una cierta técnica para un determinado
fin.
+ Sustancia o estructura no
presente de forma natural en la materia, sino creada por medios artificiales,
como durante la preparación de una lámina de microscopio.
+ Despect. Máquina, mueble o,
en general, cualquier objeto de cierto tamaño.
+ Carga explosiva; p. ej., una
mina, un petardo, una granada, etc.
+ Producto barato, por lo común
realizado en cadena, que refleja la sociedad contemporánea o la cultura
popular.
+ En un estudio o en un
experimento, factor que perturba la correcta interpretación del resultado.
En un sentido deleuze-guattariano, The Artifact es una máquina narrativa,
compuesta a su vez de otras máquinas menores, una narración ciborg que opera
como huésped de una serie de códigos propios redistribuidos y ajenos
ensortijados en un mecanismo autotélico, plagado de esas metáforas oscuras que son tan del
gusto de Sierra. Un ecosistema narrativo amenazado de continuo por el glitch o fallo biológico, aludido en
algunos momentos de la trama, pues no hay sistema sin peligro de entropía en el
horizonte —pero sin esos errores no hay hueco para la mutación de avance—. Un
ejemplo de cómo The Artifact funciona
como artefacto narrativo recombinante: el relato de Sierra “Selfie” (2016) se
integra en las primeras páginas, dentro de la descripción de la empresa en que
trabaja el protagonista (llamada Quix en el relato, sin nombre en la novela), y
desliza otra sección, expandida, entre las páginas 61 y 63. Otro ejemplo: el cuento
breve “El escándalo”, publicado en línea por el autor en 2013, también aparece
desmembrado en algunos lugares; por ejemplo, en las páginas 95 y siguientes, o
en la página 58, donde puede encontrarse transducida
esta sugerente reflexión: “Radomir cree que la inteligencia es un error tan
improbable que no puede haberse repetido en ningún otro rincón del universo”. Es
decir: esos relatos anteriores devienen textos otros, corpúsculos injertados que, como la prótesis del protagonista,
se convierten en parte del organismo, pues The
Artifact es, entre otras muchas cosas, una narración metaprotética, esto
es: una reflexión sobre el concepto de prótesis —como añadido físico, pero
también ontológico— desde una textualidad que la recrea, adjuntando biónica
literaria. Pero no sólo esos relatos se re-integran en la novela. En su novela Intente buscar otras palabras (2009),
Sierra dejaba esta reflexión: “Escribir se ha convertido en un rito funerario
celebrado por una máquina”; y en The
Artifact, leemos: “Writing is now a distributing action involving living
and dead people and a lot of unliving machines” (p. 26). Y ahora, en el regreso al castellano, no leemos la
frase original, sino que la traducción de Calvo respeta la alteración genética, y
tenemos: “Ahora escribir es una acción distribuida que involucra a gente viva y
muerta y a un montón de máquinas no vivas” (El artefacto, p. 20). De este modo, tenemos tres
variantes de la misma idea, cuyo funcionamiento semeja al de esos virus autocopiativos
que se mencionan en la novela y que, como ciertos artefactos diseñados a tal efecto, pueden
replicarse a sí mismos para sobrevivir, "como organismos en recombinación perpetua".
En la continuación de
ese párrafo, Sierra compara las letras con organismos infecciosos, recordando
el símil de William S. Burroughs que entendía el lenguaje como un virus patógeno:
en este sentido podríamos entender la invasión del inglés, pero también la antes
aludida intratextualidad constante entre obras de Sierra, que además incorpora
ortopédicamente intertextualidad ajena: en la página 54 se remezclan los textos
propios con entradas de la Wikipedia, como la de los escáneres MRI, de los
que por cierto deriva inteligentemente el nombre de Mori, uno de los personajes
principales. También se reproducen en cursiva citas de otros autores, por lo
común atribuyéndoles la autoría, aunque no escasean los guiños, como los que
Sierra hace a Ballard (p. 77) o Beckett (p. 123). De este modo, el artefacto
narrativo resultante es una sofisticada máquina cognitiva, un Zeitgeist
introspectivo puesto a funcionar mediante un discurso hasta cierto punto
biomecánico también, pues el lenguaje narrativo textual basado en la
morfosintaxis es, por lo menos hasta el día de hoy, el fruto de una única especie
de seres vivos, nosotros. De ahí que
convenga esclarecer la filogenia textual: si es cierto, y lo es, que nuestra
ventaja biológica reside “in having inherited the adjustements and improvements
of all living beings that have preceded us”, convirtiéndonos en “a remix of
other being’s experiences, interactions, successful attemps of keeping being
themselves through time that became the necessary background to change” (p.
100), The Artifact es en cierta
manera el resultado de la mejora evolutiva de Sierra como escritor, subiéndose,
para lograr el cambio, a hombros de modelos literarios anteriores, tanto
propios como ajenos.
Uno de los posibles significados de la palabra transduction, utilizada varias veces en
la novela, el relacionado con el aprendizaje de las máquinas como “the process
of directly drawing conclusions about new data from previous data, without
constructing a model”, puede ser tomado como una especie de leitmotiv presente
en The Artifact, cuyos propósitos
estéticos y herramientas literarias son tantos, tan entreverados y complejos,
que nos tememos que todo lo expuesto aquí apenas le hace justicia. Se podría
hacer una lectura “hauntológica” de la novela, tan de moda últimamente, a
partir de las numerosas referencias a los fantasmas y espectros digitales,
corporales y biomecánicos presentes en ella —con Ghost in the Shell y el “ghost in the machine” de Ryle en el
horizonte—; se podrían buscar pasadizos entre sus procedimientos de cut-up y juegos elocutorios con los de
Burroughs o Gilbert Sorrentino; no sería impertinente trazar lazos también con
la teoría del ruido de Amy Ireland; se podría hacer un estudio de la novela
desde un enfoque cognitivo—quizá lo hagamos—; sería factible una lectura
foucaultiana de la novela como crítica a los sistemas tecnocientíficos de
control social; se podrían hacer muchas cosas con The Artifact, pero, sin género de dudas, la que más recomiendo es
leerla.
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