Comparto el artículo publicado en Publishers Weekly España este mes de septiembre.
Aburrirse es increíblemente divertido
Vicente Luis Mora
Mientras los psicólogos advierten de los peligros de no aburrirnos, por culpa de la atención dilapidada en adminículos de entretenimiento idiota –antes conocidos como teléfonos–, yo disfruto aburriéndome con libros en los que nada pasa, llenos de zonas grises y tedio. Libros donde la experiencia de la nimiedad, lo infraordinario (Perec), lo mecánico y lo consabido protagonizan la trama. Pensemos en la novela de Jenifer Becker, Tiempos de aburrimiento (Alpha Decay, 2026, traduce Núria Molines Galarza), donde la treintañera Mila nos cuenta cómo quiere borrarse de redes y aplicaciones para no dejar rastro digital, por miedo a ser cancelada. Narra con todo detalle las gestiones con amigas, instituciones y webs para eliminar menciones o artículos donde se la nombre, y cómo deja su trabajo académico para buscarse a sí misma, a la vez que intenta aniquilar, como en el “William Wilson” de Edgar Allan Poe, a su doble digital. La novela es lenta, parsimoniosa, minimalista; no hay grandes emociones, ni escenas de sexo o violencia, ni epifanías o rupturas sentimentales. Sólo vemos a una chica que tira su vida por la ventana a cámara lenta. Dirán ustedes que esa descripción parece más dirigida a disuadir de la lectura de Tiempos de aburrimiento que a recomendar su lectura. En absoluto: no pude parar hasta terminarla. Porque, bien contada, la nadería es un tema fascinante.
*
La poeta Lola Ruiz parece haber leído a Mila: “Escucho hablar del derecho al olvido. / Lo necesito, lo quiero, ahora […] / Si alguien se equivocó en su pasado / y reclama que desaparezca su nombre / de la faz de las redes, / pido yo, exijo / rápidamente olvidar el tuyo, / como un derecho universal, / irrenunciable e imprescriptible, / como si me fuese la muerte en ello” (Otras estaciones, El Toro Celeste, 2025).
*
¿Qué tienen en común Samuel Beckett, Juan José Saer, Virginia Woolf, James Joyce, David Foster Wallace y Dino Buzzati? Según la ensayista Inma Aljaro, todos ellos levantan sus edificios narrativos convirtiendo el tedio en acontecimiento. En Tedio y narración. Sobre la estética del aburrimiento en la narrativa: de James Joyce a David Foster Wallace (Cátedra, 2024), el aparente oxímoron del aburrimiento divertido es el campo de juegos de esa narrativa experimental que cambió para siempre la literatura, cien años atrás. ¿Por qué nos atrae? Según Aljaro, “el lector cómplice que se entregue a la experiencia del aburrimiento quizás consiga descifrar algunos de los aspectos reveladores de este fenómeno que tanto revela de nuestra condición humana” (p. 130). En efecto, es en esos momentos donde parece no ocurrir nada cuando golpea la angustia metafísica: la nadería nos conecta, de inmediato, con el sentido de la vida. El modo en que cada personaje novelesco reacciona ante esa crisis tranquila es un retrato psíquico perfecto y, a la vez, un sismograma de la época que habita. Las añadas más jóvenes, que no toleran un instante de aburrimiento, ¿cómo construirán artísticamente su incertidumbre?
El inolvidable paseante que retrata Robert Walser en El paseo (1917) sale de casa una mañana y realiza un periplo en principio anodino, de recados por hacer; tareas que amenaza con narrar por lo menudo: “De estas gestiones se dará o rendirá informe tan minucioso y exacto como sea posible” (Siruela, 2024, trad. Carlos Fortea, p. 44). Sin embargo, asistimos maravillados a ese recorrido gracias al sentido del humor con el que el austriaco construye esa voz en primera persona, un obsesivo inconstante para el cual la más leve menudencia constituye un mundo relatable y lleno de facetas dignas de relieve. A diferencia del flanêur baudeleriano, que deriva por la urbe mirando hacia fuera, el paseante de Walser es un paisajista interno; es el efecto de las cosas sobre su mente aburrida lo que justifica el envite narrativo.
*
La Mila de Becker y el paseante de Walser tienen algo en común: son creadores sin trabajo. Como la pintora de La boca llena de trigo (Anagrama, 2026) de Mayte Gómez Molina, o el vago de la Oceanografía del tedio de Eugenio d’Ors. Como el pintor bloqueado de Fran Ruiz en Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer (Ed. Rosita y Amparo, 2026): “desde que estás en paro no paras: […] puedes permitirte el lujo de la atención. Registras detalles imperceptibles, las más mínimas variaciones del instante” (p. 42). También borra sus redes sociales y sabotea sus entrevistas de trabajo. Vive en modo “negligencia infinita”, uno de los destellos de este ejercicio de “metacuadernismo” (término de Gema Monlleón para libros erigidos sobre cuadernos autoconscientes de su condición diversa). Puede todo, no hace nada. ¿Estamos ante un nuevo nihilismo?

No hay comentarios:
Publicar un comentario