domingo, 29 de abril de 2018

La deforestación del ecosistema literario




Ensayos a la intemperie, 1. La deforestación del ecosistema literario.


Porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y, si hay de qué, se las alaben.
Anónimo, Lazarillo de Tormes

Decid (si algún filósofo lo advierte)
¿qué desatinos son de la Fortuna
hambre en la vida y mármol en la muerte?
Lope de Vega, Rimas de Tomé de Burguillos

Halléme obligado a decir que [Cervantes] era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: “Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?”. Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: “Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo”.
Licenciado Márquez Torres (Cervantes, según Mayans i Siscar), “Aprobación”, Quijote, II.














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El rival más débil

            En un interesante reportaje de Nuria Azancot, titulado “Duelos, quebrantos y esperanzas del mundo editorial”[1], publicado en El Cultural, la periodista reflexionaba sobre los azares del sector del libro, y pedía opinión a cuatro personas: los editores y críticos Pilar Adón y Gonzalo Pontón, el crítico y editor Ignacio Echevarría y el librero Antonio Ramírez. Cada uno de ellos, como indudables expertos que son en sus respectivos campos, desgranaba su parecer sobre la situación de estancamiento del sector tras estos largos años de crisis económica. Son opiniones inteligentes e informadas, nada que oponer. Pero hay un momento, increíblemente significativo, en el que Azancot les pregunta sobre cuál es, a su juicio, el escalón o eslabón más frágil de la cadena del libro. Y asisto, un poco sorprendido, a sus respuestas: para Gonzalo Pontón es punto más débil es el lector; Echevarría denuncia con justicia “el cada vez más malpagado y sobrexplotado proletariado editorial, constituido por informantes, correctores, traductores, compositores, impresores, editores de mesa”; Pilar Adón pone el énfasis sobre las librerías, “la columna sobre la que descansa el comercio del libro”, y
Antonio Ramírez detecta algo más grave, una grieta que recorre el sistema editorial español de punta a punta y que parece ensancharse cada vez más: “la fragilidad de casi todos los oficios de intermediación que componen la cadena editorial”. Y recuerda a traductores, correctores, maquetadores, ilustradores, críticos y libreros y sus trabajos “en condiciones de extrema precariedad […]”

            Esas respuestas no están en absoluto desorientadas, son justas y exactas en lo que muestran, pero me resultan extrañas por lo que dejan en sombra.

En lo que sigue me gustaría romper una lanza por un “pequeño” elemento del mundo del libro, que, a mi seguramente interesado juicio, es el punto más frágil y más precario de toda la cadena, y en el que nadie en ese artículo —significativamente— ha reparado. Porque ese frágil elemento de la cadena ya no ocupa ningún lugar en la economía, ni siquiera en la economía de la atención.



La situación del escritor en el engranaje editorial

Escribir libros, a menos que uno sea un gran genio (¡incluso en ese caso!), es el peor camino para hacer fortuna. Creo que la buena literatura ya no da dinero.
Henry James, Los papeles de Aspern (1888)

Vladimir: Debieras haber sido poeta.
Estragon: Lo he sido. (Señala sus harapos) ¿No se nota?
Samuel Beckett, Esperando a Godot (1952)

Más que por el fuego, su carácter asustadizo temblaba ante la decisión de su hermano de hacerse escritor, lo que para él era igual a un voto voluntario y profesional de pobreza.
Andrés Ospina[2]

Por todas partes oímos hablar de la muerte de la literatura. Es un tema viejo, claro que sí, y llevamos oyendo siglos esas voces, por supuesto. Ya hemos apuntado en otros lugares que, en realidad, nunca como ahora se había leído tanto. Otra cuestión, y esta sí puede ser pertinente planteársela, es si leemos igual y, sobre todo, si leemos lo mismo que antaño. En este sentido, los penúltimos sollozos parecen estar dirigidos a la “calidad” de lo que leemos, y a la progresiva desaparición de la “alta cultura” tradicional y, paralelamente, de la alta literatura.

Imaginemos, por un momento, y sólo a título hipotético, que esos lamentos tienen razón. Incluso en tal caso, cabría preguntarse si en el reciente declive de la literatura seria tradicional no habría tenido gran parte de culpa una de sus virtudes, que es su anti-institucionalismo. Me explico. Examinando el manido tema de la “muerte del arte”, que se arrastra desde Hegel, el profesor Juan Martín Prada escribe que “deberíamos admitir, al menos, que la extensiva proliferación de instituciones artísticas en todas partes a lo largo de las cuatro últimas décadas –bienales, museos, centros de arte, etc.,– o, en otras palabras, la intensificación de la vida institucional del arte, puede que sea correlativa a una cierta ‘muerte’ del arte actual, como ámbito cada vez más desintensificado y marginal en relación a su papel en las sociedades actuales”[3]. Pero, en realidad, esa dependencia constante de la institución y los presupuestos públicos que comporta (pues son los estados, y en España es desde luego el Ministerio de Cultura el que tradicionalmente ha pagado los museos, buena parte de las ferias y no pocas participaciones en el “pabellón español” de varias bienales) ha contribuido a garantizar la existencia del arte contemporáneo y cierta salud en el mismo, pues esos museos de arte contemporáneo que abundan, por no decir proliferan, en nuestras ciudades, también han adquirido obra de los artistas para constituir sus fondos. Quizá han “matado” cierta rebeldía en el arte contemporáneo, desde luego, pero no cabe duda de que lo han mantenido vivo (aunque sea en estado vegetativo, según algunos críticos de arte).

Lo que conviene retener es que mientras la institucionalización ha sido palpable en el arte, y no digamos en el cine, la participación pública en la literatura no llegaba a semejantes índices de institucionalización. La industria editorial, según datos de 2015, es la industria artística española menos subvencionada: sólo el 1% de la producción total[4].





Una de las formas más relevantes de aportación estatal que incidía de forma real en el “tejido” industrial literario y que, oblicuamente, podía generar algún beneficio a los escritores, era la compra de libros para las bibliotecas públicas. Cancelada casi por entero esta posibilidad por culpa de la crisis económica, puede decirse sin temor a exagerar que la literatura es la única rama importante de las artes que el Estado ha abandonado casi por completo. Los escritores son los únicos artistas abandonados a su suerte (si esto es del todo malo o no, inclinándose un servidor unos días por el sí y otros por el no, es otro tema). La caída de las ventas ha provocado que tampoco encuentren ayuda económica, como antes, desde el sector privado. Los anticipos se han limitado al máximo o han desaparecido. Los escritores pueden publicar, sea en papel o en Internet, pero ya no es posible cobrar por el trabajo, condenando al autor al “régimen de la doble jornada laboral”, en palabras de Vivian Abenshushan[5]. La escritora Blanca Riestra declaraba a un periódico estas frases lapidarias: “escribir [...] es una de las profesiones más duras, económicamente es desastrosa, los resultados son poco visibles y vives en la perpetua insatisfacción, y más en este país donde la cultura importa un bledo”[6]. Un año antes, Ignacio Martínez de Pisón había sido aún más específico:



La profesionalización que habíamos conquistado ha desaparecido. Volvemos a la situación en que muy pocos escritores van a poder vivir de sus libros; volveremos al escritor de fin de semana, trabajador de lunes a viernes”, señala. Esa situación provocará unos destrozos irreparables, porque afectará a la calidad de los libros. Y dibuja una metáfora para que entendamos que si no puede entregarse en cuerpo y alma a su tarea como escritor, las novelas no serán tan buenas: “Si queremos que un nadador esté en la final de los Juegos Olímpicos tiene que entrenarse todo el tiempo. Si sólo puede hacerlo los fines de semana… no podrá ni clasificarse”.[7]



            La cuestión de si la escritura “de fin de semana” es o no perjudicial para la calidad sería bastante discutible. Recordamos muchos casos de escritores que han tenido trabajos convencionales y que escribían cuando les era posible, incluso de madrugada, como Kafka. Pero algo está claro: mientras que los narradores estadounidenses, alemanes o nórdicos tienen la posibilidad de dedicarse plenamente a la escritura, en los países donde la deforestación editorial deja sin recursos a los escritores, como en España, también les acorta su tiempo de lectura y creación. Eso no tiene por qué suponer un mal insuperable, pero, desde luego, ayudar no ayuda.




La deforestación del anticipo

Mi fuerza laboral había empezado a emanciparse de sus objetivos materiales: trabajaba cada vez por menos. Gratis es la forma cristalina, me decía, más pura del trabajo.

Erika Martínez, “La trabajadora”, Chocar con algo




Si estudiamos estos fenómenos es porque tienen más importancia para entender la cultura y la literatura de lo que a primera vista parece; ya explicó en su momento Raymond Williams la poca pertinencia de estudiar lo económico, lo cultural y lo político como si fueran esferas separadas. Por ello, continuamos con un ojo puesto en cada una. Hace algún tiempo se suscitó un debate en España sobre el tema de la deforestación editorial, a raíz de un artículo de Gonzalo Pontón, titulado “Ojalá que se extingan los escritores”[8] y publicado en El País en agosto de 2013. En él defendía el editor que la textualidad electrónica produce cambios respecto a la escritura tradicional (lo cual es cierto, pero no tiene que ser necesariamente dañino), y sobre la memoria de los mismos. Su conclusión es que la digitalidad “nos convertirá en seres intelectualmente más indigentes” por la mutación de nuestro contacto físico con el objeto de lectura. A su juicio, en un par de generaciones de nativos digitales el libro en papel habrá desaparecido; no así la literatura, que aparecerá en otras formas, “sobre todo si hay provecho económico en perspectiva”. Y de ahí pasa, en la última parte de su artículo (la que más polémica levantó) a sentenciar a muerte la figura del escritor tradicional, precisamente porque su quehacer ya no recibe, ni recibirá, las compensaciones monetarias de antaño. A su juicio, la desaparición del “escritor profesional” tendrá beneficios, porque limitará la escritura a sus verdaderos valedores, a aquellos que la llevan en la sangre, e incluso adelanta el nacimiento de otro tipo de escritura: “es posible que sobre el pudridero de sus restos florezca una escritura más desasida y necesaria, no tan trivial, con mucho menos ruido y furia”.



            El artículo, interesante por la cantidad y variedad de ideas, con independencia de que se esté de acuerdo o no, generó notable conversación y fue muy comentado en redes sociales. Una de las respuestas más directas y completas que recibió fue la del narrador Juan Bonilla, quien respondió en su blog al artículo de Pontón, en los siguientes términos:

Como los jóvenes escritores van a ver enseguida que no pueden esperar cobrar una peseta por lo que escriben, sólo escribirán los mejores, parece esperar Pontón, confundiendo tenacidad con talento y volviendo al supurado asunto de que escribir tiene que ser una necesidad del alma, que no sé cómo se ha elevado a lugar común. Escribir puede ser una necesidad o un pasatiempo: no hay nada que previamente indique que la tormentosa angustia que padece un viudo al que se le han suicidado sus ocho hijos vaya a producir un artefacto literario más convincente que las invenciones de una dama que, por librarse del calor, se pone a fantasear con robots pornográficas.[9] 



En otro lugar de su post, agrega Bonilla con agudeza: “Según la tesis de Pontón, la literatura que se hace en Mauritania, donde no hay un solo escritor que cobre un céntimo por lo que escribe, es muy superior –dada su pureza no contaminada por el dinero– a la que se hace en los Estados Unidos, donde no hay un solo escritor que no espere cobrar por lo que escribe”. Y acaba apuntando, creo que con razón, que será la demanda –sea ésta cual sea la que decida quién es o no profesional, ya publique en digital o en libros tradicionales; y que puede que la queja del editor Pontón venga del hecho de que hasta ahora esa determinación, la de quién es o no escritor profesional, la hacían de forma exclusiva los editores[10]. Retomamos aquí lo que decíamos al establecer la analogía con el arte: aquí también se producirá el acuerdo consensual y será el público el que decida quién será el profesional que pueda vivir de la escritura.



            El asunto siguió de actualidad en los meses siguientes; en diciembre de ese mismo 2013 Jesús Ferrero publicó un artículo titulado “El descrédito de un escritor”, donde imaginaba una especie de ONG futura para defender a los escritores, convertidos en menesterosos[11]. En enero de 2014, Javier Reverte publicaba en ABC un artículo titulado “El fin de literatura”[12] en una dirección próxima a la de Gonzalo Pontón. En él aludía a otro artículo de Javier Marías, donde Marías explicaba las cantidades que dejaría de cobrar en caso de pirateo de sus libros, y añadía: “yo sólo cobro si a los lectores les da la gana de leer lo que escribo. Si se la da, pero muchos no pagan nada por ello, ya me dirán qué clase de tonto sería si continuara atado a la silla, devanándome mis pocos sesos para llenar, línea a línea, 500 páginas supuestamente interesantes o turbadoras o placenteras. Uno no debería estar dispuesto a que lo perjudiquen quienes lo aprecian”[13]. Si esto significa, como parece, que Marías no está dispuesto a escribir si no hay dinero por medio, lo cierto es que prefiero alinearme en la línea de Bonilla. O en la línea de Patricio Pron, que ha declarado que “los escritores posiblemente no podrán vivir de sus libros como tampoco lo hicieron en el pasado. No conozco a ninguno de calidad que haya podido hacerlo, sólo los que han propuesto fórmulas muy vinculadas al mercado, que son los que menos me interesan”[14]. Al menos yo voy a seguir escribiendo, cobre o no cobre por hacerlo, y he recibido remuneración por seis de mis veinte libros publicados, con lo que tengo argumentos de peso para dar credibilidad a mi postura, pues sé bien lo que es escribir gratis (sobre las consecuencias sociopolíticas de publicar sin cobrar es interesante el post de Jorge Téllez, “El llamado del escritor”[15]). Además, como apunté antes, entre la crisis económica, la progresiva desaparición de columnistas pagados en los periódicos y la deriva editorial de los últimos años (recorte drástico de los anticipos, caída en las ventas de libros), no sé si el presente es un debate que volveremos a tener alguna vez en España. Es casi seguro que cuando la situación económica mejore el mercado editorial haya cambiado tanto que ya no sea posible regresar a la coyuntura de principios de siglo, o sólo sea posible para unos pocos.

Pero incluso cuando era posible vivir de la literatura y sus aledaños era el que abordamos un tema difícil de esclarecer. Porque desde luego es difícil de entender “la absurda paradoja de que del libro viven todos: impresores, libreros, editores, distribuidores, traductores… Menos los autores”, como ya apuntó tajante y sensatamente Nicolás Mellini[16]. O, en palabras de 2007 de César Aira, “Yo había escrito el libro, mi función era la única irremplazable en toda la cadena, y por eso mismo estaba fuera de la cadena”[17], y Piglia anotaba en Prisión perpetua (1998) que, si la literatura no existiese, se inventaría todo su engranaje pero no “la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura”[18]. Todo viene de no entender el modelo de “esclavitud neoliberal” (Ehrenhaus[19]) que utilizan algunos editores para sacar sus negocios adelante, a expensas de los escritores que regalan su talento. Mi experiencia personal me dice que trabajar en otra labor para garantizarte libertad en la escritura garantiza libertad, sí, pero no necesariamente mejor escritura. En los escasísimos periodos de mi vida dedicados por completo a escribir he escrito mejor, por la sencilla razón de que tenía mejores posibilidades de lograr una concentración profunda (algo indispensable para la poesía y la novela y difícil de lograr con el teléfono sonando de continuo y 300 correos en la bandeja de entrada) y, sobre todo, gozaba de más tiempo para repensar, corregir, pulir y revisar lo escrito. Y, por desgracia, esa posibilidad, en estos tiempos, es una especie de lujo asiático. Incluso en Estados Unidos los ingresos de los escritores han reducido a límites de precariado, por debajo del umbral de la pobreza[20], y una reciente encuesta en Francia revela que la mitad de los escritores asociados está pensando dejar la práctica literaria[21]. La escritora austríaca Marlene Streeruwitz ha apuntado en uno de sus extraños textos, a medias entre el relato y el ensayo, que

la dificultad para los y las artistas es que tienen que ganar dinero para vivir. Una dificultad más es que el arte no convive con otra ocupación; entonces se tiene que ganar dinero con las obras de arte. El dilema es que el y la artista sólo tienen a su disposición para su trabajo el tiempo de su vida lineal, mientras que el dinero tiene a su disposición un incremento anormal por los intereses y los intereses de los intereses. Entonces, el dinero funciona bajo otras leyes del tiempo.[22]



En efecto, la obligación de producir está ahí por norma constitucional (“se reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado”, artículo 38), y lo que hay que intentar es que los esclavos de la economía de mercado sea nuestra fuerza de trabajo y no nuestra literatura, nuestro cuerpo y no nuestra mente. Esto no tiene nada que ver con ganar dinero o no, pues es más que lícito ganar dinero con el trabajo, sino con evitar la escritura de una obra cuyo fin exclusivo sea plegarse a los gustos del mercado y los lectores.





Por eso no es casual que, entre los autores de cierta edad, técnicamente jóvenes como novelistas, aunque talludos como personas, el modelo de escritor profesional se haya restringido al máximo, y casi no se cuente entre su horizonte de expectativas[23]. María Alcantarilla habla de los freeter en su novela Un acto solitario (2017), donde aclara que es una palabra compuesta por free y arbeiter (trabajador en alemán), y que el término “se refiere a la situación de un cierto grupo de jóvenes que, tras terminar sus estudios, trabaja en empleos breves o, simplemente, permanecen desocupados, a menudo viviendo aún en la casa paterna”[24], algo muy frecuente si su ámbito de ocupación es el cultural, como la propia obra denuncia algo más adelante: “A veces no sé cómo decirle a los ejércitos de personas que me piden alguna colaboración, que no tengo suficiente para la luz o el agua [...] Es curioso. Ahora hablan del paro o la miseria pero excluyen a ciertos grupos como si fueran intocables. Como si cultura y sueldo no estuviesen reñidos.” (p. 36). Alberto Olmos ha escrito sobre el particular:



Hablamos de una generación (la de los 70) que ya se ha acostumbrado a escribir sin compensación económica, no sólo en sus blogs personales o en revistas on line, sino en los propios medios tradicionales en papel, que solicitan artículos de actualidad entendiendo que airear una firma es ya una justa retribución. Hablamos de que los escritores de los 50 llegaban a cobrar mil euros por un artículo. Hablamos de que la crisis económica iniciada en 2008 ha inhabilitado a un escritor, no para ganarse la vida con sus libros, sino para ganársela siquiera con su pluma. Una de las pocas revistas digitales de nuevo cuño que ha tenido la decencia de pagar a sus colaboradores abona por artículo o entrevista treinta euros, y con ese magro estipendio ya colaboran en ella todos los autores relevantes de la generación de los 70, desde Ricardo Menéndez Salmón a Javier Calvo.[25]



En su blog, el propio Olmos apuntaba en noviembre de 2013 que la aparición de los datos de ventas reales de Nielsen ha producido un efecto contrario al esperado sobre la retribución de los escritores: lejos de constituirse, como era su esperanza, en el modo de saber lo efectivamente vendido y no estar a merced de los editores, se ha convertido en el modo de éstos de saber lo que vende un escritor concreto, para rebajar hasta el máximo (o eliminar) la posibilidad de anticipos (en sentido similar se ha expresado Pablo Sánchez[26]). Ya explicó Sennett en su momento cómo la posibilidad de que los ejecutivos tuvieran a mano todos los datos a la hora de tomar las decisiones gracias a los avances tecnológicos era una de las claves de la globalización económica[27]. Pero hay otros factores donde lo macroeconómico se ha vuelto micro: Los escritores de cierto nivel se ven sometidos, como explica Marta Sanz en Clavícula (2017) a un ritmo estajanovista de trabajo y a la obligación de no negarse a ninguna petición u oferta de artículo o acto público[28]. La caída de ventas ha producido que grandes figuras que hace diez años vendían 40.000 ejemplares ahora vendan 4.000, y se oye que ya hay algún premio Planeta que no ha superado los 50.000 volúmenes vendidos, cuando lo habitual era el medio millón. Como apuntó el librero Aldo García, las fajas de los libros dejaron de hacer referencia, como antaño, al número de ejemplares vendidos o de reediciones[29]. Recordemos con Sergi Vila-Sanjuán cómo eran las cosas a principios de siglo: “la tirada media normal de una novela en España es de unos 3.000 ejemplares [...] Si supera los 20.000 ejemplares de venta se considera que va muy bien. Y si se pone por encima de los 100.000 ejemplares vendidos puede hablarse ya de auténtico best-seller”[30]; hoy estos datos despiertan la mayor de las nostalgias entre los profesionales de la imprenta. La conclusión es que, como apunta Pontón en su artículo, va a ser imposible en breve plazo vivir de la escritura en España, al menos si se hace de la tradicional forma seria. Por ello, quizá podría proponerse un pequeño cambio en la redacción del artículo 35, apartado 1, de la Constitución Española, cuyo tenor pasaría a ser el que sigue:



Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, salvo que sean escritores o individuos de similar inutilidad social, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo.



            Si hablo del peligro de extinción del escritor tradicional no es porque no haya literatos con talento, que los hay; ni porque la novela haya fenecido, lo cual no es cierto; mis motivos son otros. Sostengo que el escritor, tal y como lo hemos conocido hasta ahora, peligra porque su ecosistema –al menos el del escritor español, y me imagino que algo similar estará pasando en Grecia, en Italia, en Irlanda y otros países acuciados por la crisis– está siendo desmantelado desde diversos frentes, quizá para siempre. Y, como ha apuntado con sensatez Juan María Rodríguez, la “visibilidad” proporcionada por las redes sólo da eso, visibilidad, pero casi nunca rendimiento económico, no es sembrar sino regalar[31]. Para Boris Groys, “cientos de millones de [...] ‘productores de contenidos’ cuelgan sus contenidos en Internet sin recibir ningún tipo de compensación”, en términos de “proletarización y explotación” por las “corporaciones que controlan los medios materiales de producción virtual”[32], algo que también denuncia desde hace años Jaron Lanier. Para Mery Cuesta, “la baratura no nos engañemos es muchas veces la máscara amistosa de la precariedad profesional”[33]. La estructura social de trabajadores autónomos que estamos convirtiendo en típica del freelance cultural, cantada y retratada a la perfección por Sergio Fanjul en los poemas de Pertinaz freelance (2016) es, en realidad, una desestructura, por una sencilla razón, ya explicada por Sennett hace más de diez años: mientras que “vigorosas y extensas cadenas de redes humanas permiten vivir en el presente a quienes ocupan los niveles sociales más altos”, puesto que “lo que importa es la relación cara a cara” con los contactos familiares y de amistad entre personas importantes, “la gente que trabaja desde su casa, sólo conectada a la oficina a través del ordenador, queda con tanta fuera de las reuniones informales de discusión y toma de decisiones”[34]. Por eso es más importante quedar a tomar un café con el editor que llamarle; es más útil visitar al director de una revista que escribirle un correo; en resumen: es preferible estar presente en La cena de los notables (como se llamaba el ensayo de Constantino Bértolo), donde se deciden las cosas de la literatura, a tomar fotos de tu cena solitaria en casa y subirla a Instagram. En el primer caso, al menos, trabajas para ti mismo; en el segundo, trabajas gratis para Instagram. Así que hay cada vez menos espacio donde respirar. Aunque con estos ensayos a la intemperie también demostremos que hay una parte positiva en un arte desinteresado, no podemos olvidar hasta qué punto esa generosidad repartida sin fin puede volverse contra la legítima aspiración del trabajador-escritor para vivir del fruto de su trabajo.


[La entrega número 2 de estos ensayos a la intemperie será el próximo sábado]







[2] Andrés Ospina, Ximénez; Laguna Libros, Bogotá, 2013, p. 90.

[3] Juan Martín Prada, Otro tiempo para el arte. Cuestiones y comentarios sobre el arte actual; Sendemà Editorial, Valencia, 2012, p. 117-18.

[4] Winston Manrique Sabogal, “Los editores españoles lanzan un SOS”, El País, 05/02/2015, accesible en http://cultura.elpais.com/cultura/2015/02/04/actualidad/1423081388_427463.html

[5] V. Abenshushan, “La jornada de la escritora”, en su blog Escritos de desocupados, 16/11/2013, http://escritosdesocupados.com/sitio/?post_type=work&p=125


[7] Peio H. Riaño, “La muerte del escritor de clase media”, El confidencial, 13/04/2014, http://www.elconfidencial.com/cultura/2013/04/13/la-muerte-del-escritor-de-clase-media--118788

[8] G. Pontón, “Ojalá que se extingan los escritores”, Babelia de El País, 10/08/2013, p. 19.

[9] J. Bonilla, “La extinción del escritor”, en el blog Biblioteca en llamas, 27/08/2013, http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2013/08/27/la-extincion-del-escritor.html

[10] “Puestos en la lógica del mercado, me temo que ni siquiera la figura de escritor profesional va a extinguirse -no se extinguirán las ballenas: se sustituirán por ballenas sintéticas llegado el caso-, sólo que será el mercado quien dicte quién es profesional o no (antes eso podían dictarlo los editores, confiando en que autores  cuyas ventas quedaban lejos de cubrir sus adelantos, despegaran comercialmente en algún momento, o dándose por satisfechos por tenerlos en sus catálogos para lucirlos como autores de culto)”; J. Bonilla, en el mismo lugar.

[11] Jesús Ferrero, “El descrédito de un escritor”, El País, 23/11/2013, accesible en http://elpais.com/elpais/2013/10/29/opinion/1383068310_196080.html.

[12] Publicado en ABC el 19/01/2014, accesible en http://www.almendron.com/tribuna/el-fin-de-la-literatura/.

[13] J. Marías, “Las bandas de la banda ancha”, El País Semanal, 22/12/2013, http://elpais.com/elpais/2013/12/19/eps/1387465128_839474.html

[14] Patricio Pron, entrevista con Fede Durán para Huelva información, “No conozco a un solo escritor de calidad que haya vivido de sus libros”, 26/07/2014, http://www.huelvainformacion.es/article/entrevistas/1823239/no/conozco/solo/escritor/calidad/haya/vivido/sus/libros.html


[16] Nicolás Mellini, “Sobre la subsistencia de los escritores”, 22/01/2011, en http://sugherir.blogspot.com.es/2011/01/los-que-escriben.html. El mismo argumento lo expone Pedro A. González Moreno, La musa a la deriva; Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo, Salamanca, 2016, p. 188.

[17] César Aira, La vida nueva; Mansalva, Buenos Aires, 2007, p. 24.

[18] Ricardo Piglia, Prisión perpetua; Anagrama, Buenos Aires, 2009, p. 21.

[19] Merece la pena leer todo el artículo de Andrés Ehrenhaus, “El tamaño de mis derechos”, en el blog Club de traductores literarios de Buenos Aires, 19/06/2017, accesible en http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com.es/2017/06/un-modelo-de-neoesclavismo-liberal-que.html.

[20] Cf. Rachel Deahl, “New Guild Survey Reveals Majority of Authors Earn Below Poverty Line”, Publishers Weekly, 11/09/2015, accessible en http://www.publishersweekly.com/pw/by-topic/industry-news/publisher-news/article/68008-new-guild-survey-reveals-majority-of-authors-earn-below-poverty-line.html.

[21] Maximiliano Tomas, “Escritores deprimidos del mundo, uníos”, La Nación, 24/03/2016, http://www.lanacion.com.ar/1883015-escritores-deprimidos-del-mundo-unios.

[22] Marlene Streeruwitz, “Moneda. O. Vida. Una novela de una vida micro”, en Herwig Weber (ed.), Historia del espejo. Narrativa austriaca poskafkiana; Conaculta, México D.F., 2012, p. 157 (traducción de Herwig Weber).

[23] A principios de 2014 (03/01) se publica en El País un reportaje de Víctor Núñez Jaime, titulado “¿Generación precaria de escritores?”, centrado en narradores jóvenes; la cuestión es que el título podría abarcar a cualquier generación de escritores españoles, teniendo en cuenta que el precariado pronto alcanzará a prácticamente todos.

[24] María Alcantarilla, Un acto solitario; La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, p. 35.

[25] A. Olmos, “Las expectativas”, en Alberto Olmos (ed.), Última temporada. Nuevos narradores españoles 1980-1989; Lengua de Trapo, Madrid, 2013, p. 14. Ricardo Menéndez Salmón ha declarado recientemente: “A pesar de que Niños en el tiempo es un libro sólido, insólito y audaz, en el que el autor experimenta y no se duerme en los laureles, creo que no es el libro que muchos esperaban. Esta es una obra nacida de la necesidad práctica de publicar y de tener unos ingresos humildes para sobrevivir otro año más. Ahora mismo tengo que plantearme así la literatura [...] He barajado la posibilidad de aceptar libros de encargo. Si me dieran 30.000 euros por escribir la biografía de Messi, la escribo y que luego la firme el padre de Messi”; Peio H. Riaño, “Si me pagaran 30.000 euros por escribir la biografía de Messi, la haría”, El Confidencial, 14/01/2014, acc. en http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-01-14/si-me-pagaran-30-000-euros-por-escribir-la-biografia-de-messi-la-haria_75803/

[26] “Nielsen es una base de datos por suscripción con resultados de ventas de libros y, por tanto, el equivalente literario de los medidores de audiencia televisiva; pero también es, como me dijo un editor, algo parecido a la lista de morosos de los bancos, por la que cualquier escritor publicado queda marcado por su nivel de rentabilidad, es decir, su capacidad de crédito, nuevo concepto socioliterario. Esa capacidad de crédito es lo que puede determinar su trayectoria posterior mucho más que los otros supuestos factores del éxito literario en el neoliberalismo cultural actual.”; Pablo Sánchez, “El nuevo enemigo de la literatura”, Caja Negra, 07/05/2017, http://cajanegrasanchez.blogspot.com.es/2017/05/el-nuevo-enemigo-de-la-literatura-no-no.html.

[27] Richard Sennett, La cultura del nuevo capitalismo; Anagrama, Barcelona, 2006, p. 41.

[28] Cf. Marta Sanz, Clavícula; Anagrama, Barcelona, 2017, p. 69.

[29] “Eran otros tiempos. La realidad se ha transformado en los últimos años y de hecho, como reconoce Aldo García, de la librería Antonio Machado de Madrid, sólo hace falta recorrer los puntos de venta para percatarse de que los faldones publicitarios que habitualmente cubren las portadas de los libros más vendidos, ya no hacen ostentación de ejemplares vendidos, ni de número de reediciones”; EFE, “Librerías sin best-seller”, El Mundo, 23/12/2013, accesible en http://www.elmundo.es/cultura/2013/12/23/52b80a9122601db7728b458f.html.

[30] S. Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática; Destino, Barcelona, 2003, p. 109. Interesante recordar estas palabras de Fernando R. de la Flor en 1997: “sin percibir que viven en el mejor de los mundos posibles, los escritores españoles de hoy cargan alegremente sobre las espaldas del Estado protector la cuenta de un déficit y de una permanente deuda, que la sociedad tendría contraída hacia un trabajo necesario para mantener su química simbólica”; F. R. de la Flor, Biblioclasmo. Por una práctica crítica de la lecto-escritura; Junta de Castilla y León, Salamanca, 1997 op. cit., p. 43.

[31] “hete aquí la mayor trampa del momento cultural actual. Hoy, la mayoría de ellos ya saben que la visibilidad es una quimera, una engañifa de un sistema productivo hundido y caduco para salvar las apariencias a costa de un empeño que no obtiene su recompensa. Ni la obtendrá [...] Si nadie paga el concierto, el video, la foto, el poema, la cosa, nadie podrá vivir de esto jamás.”; Juan María Rodríguez, “Gratis total”, El Mundo, edición Andalucía, 03/10/2015, accesible en http://www.elmundo.es/andalucia/2015/10/03/560f8ed6268e3e7c108b456c.html. Véase también Marisol Salanova, “Mujeres explotando mujeres”, Exit, 04/04/2016, en http://exit-express.com/mujeres-explotando-mujeres/.

[32] B. Groys, Volverse público. Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea; Caja Negra, Buenos aires, 2014, p. 125. Y un poco más adelante, sentencia el pensador berlinés: “la remoción del control autoral, intencional e ideológico sobre la escritura no condujo a su liberación. Por el contrario, en el contexto de Internet, la escritura ha quedado sujeta a un tipo diferente de control a través del hardware y del software corporativo, a través de las condiciones materiales de producción y distribución de la escritura. En otras palabras, al eliminar completamente la posibilidad de trabajo no alienado, artístico, cultural y autoral, Internet completa el proceso de proletarización del trabajo que había comenzado en el siglo XIX. El artista se vuelve aquí un trabajador alienado no muy diferente de cualquier otro en el proceso de producción contemporáneo” (p. 126).

[33] Mery Cuesta, La rue del Percebe de la cultura y la niebla de la cultura digital; Consonni, Bilbao, 2015, p. 19.


[34] Richard Sennett, La cultura del nuevo capitalismo; op. cit., 2006, p. 73.