domingo 11 de mayo de 2008

Aníbal Núñez, recobrado


Aníbal Núñez, Estampas de ultramar; Diputación de Salamanca, 2007 (Edición y estudio de Fernando R. de la Flor y Germán Labrador)
Aníbal Núñez, Cartapacios [1961-1973]; Fundación Premysa, Béjar, 2007. (Selección y estudio de Fernando R. de la Flor y Germán Labrador)
Miguel Casado (ed.), Mecánica del vuelo. En torno al poeta Aníbal Núñez; Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2008.


Cuando es inconfesable lo que los ojos narran
nada es trivial.
Aníbal Núñez

El año pasado se cumplieron veinte años de la muerte de Aníbal Núñez (Salamanca, 1944-1987), lo cual generó, por la curiosa maldición de los números redondos de la que hablaba Vila-Matas, una serie de reediciones de su obra y un congreso sobre su obra. En este caso, el motivo es lo de menos, y lo importante es que la anécdota cronológica ha permitido recuperar algunos textos (unos publicados, otros no) y, sobre todo, recuperar la figura del propio poeta, que aunque siempre ha estado en el murmullo de las conversaciones y textos importantes sobre la poesía española del XX, no ha tenido, y en buena medida sigue sin tener, la gran atención que merece.

Las causas podían ser muchas, y podríamos tirar de tópico: su situación estética al margen, su compleja personalidad, su muerte (lo suficientemente tardía, siendo temprana, para no poder sumirlo en el rentable tópico del genio desaparecido en su juventud), etc. En realidad, mi hipótesis es que la obra de Aníbal Núñez no ha sido todo lo tratada que debiera porque la mayoría de críticos y profesores universitarios no sabían como afrontarla. A casi nadie le gusta sumergirse en una obra donde el sentido está siempre en retorsión, la sintaxis en fracturamiento y el significado en fuga, donde se tiene la impresión de no encontrar nunca un apoyo firme en nada, real o simbólico (buen resumen apresurado, por cierto, de la semántica de muchos de sus poemas). Es decir: a pocos críticos y académicos españoles les gusta dedicarse precisamente a eso que se tendrían que dedicar, a verter su inteligencia lectora y erudición en aquellas obras que las necesitan, que requieren críticos exigentes. A la extricación de la mayoría de los poetas de la normalidad pueden dedicarse los niños de cinco años. Las obras como la de Núñez reclaman a gritos, precisamente, a los mismos lectores especializados que, por miedo a caer en el abismo (cuando la crítica auténtica debería vivir en ese precipicio) suelen mirar para otro lado, llegado el caso: a obras fáciles, asequibles, en las cuales el análisis, como en el de un resfriado, no tiene equivocación posible. Eso explica muchas cosas de la crítica española actual, de la enseñanza de la poesía española en universidades y de sus libros de texto; y eso explica también, por cierto, la nula estimación de esa crítica en los ambientes especializados internacionales de más rigor. Pero, en fin, seguiremos esperando anhelantes el momento en que nuestros doctores dejen los constipados de lado y se dediquen a ejercer la medicina de verdad, a la de salvar vidas (poéticas, narrativas) de verdadero valor. Sus errores, cuando los haya, serán más valiosos y pertinentes que sus antiguos y superficiales aciertos.

Señalan Fernando R. de la Flor y Esteban Pujals Gesalí que la obra de Aníbal Núñez está sustentada temáticamente (al menos, en buena parte) en un tema poco tratado en general en la poesía reciente, que es la desaparición del mundo rural y su sustitución fulminante por el urbano, que ha acaecido en apenas cien años. En efecto, la poesía española vivía a mediados y finales del XX en una curiosa dicotomía: o hacía como que todavía vivíamos en plena naturaleza (Claudio Rodríguez, Antonio Colinas, Alejandro López Andrada, Antonio Enrique, Vicente Valero –estoy exagerando, pero ustedes son inteligentes y me entienden–), con puntuales acercamientos urbanos, o defendía que nunca hubo campo y todo es entorno urbano (la mayoría de los poetas contemporáneos, entre los que me cuento). Hay poco poetas que se hayan situado en el medio. Fermín Herrero, un poeta cuya mirada a este respecto siempre me ha parecido muy sugestiva, se colocó en ese lugar entre dos aguas, escribiendo sobre o desde esa periferia exterior de las grandes ciudades, en la que los primeros huertos se juntan, mezclados sin discontinuidad, con los últimos polígonos industriales. Aníbal Núñez se coloca en otro lugar intermedio, en el proceso de extinción de aquel mundo rural para comenzar a narrar el urbano. Tiene un poema en Alzado de la ruina (Hiperión, 1983) donde leemos: “atrás quedaban / las dependencias las roderas / la belleza vacante y casi oculto / entre chumberas y naranjos / el huertecico el valle / para llorar y para retirarse / a meditar sobre los tiempos / agradecidos aunque estupefactos / ante un cadáver del que nacen trinos”. Creo que para él la naturaleza es precisamente ese “cadáver del que nacen trinos”, algo ya en franca descomposición orgánica, en fase de llegada al desperdicio (en el sentido de falta de utilidad económica), pero que aún, por su belleza intrínseca, es capaz de generar trinos (naturales y simbólicos, esto es: cantos de aves y cantos de vates).

Sobre el concepto de extinción en Núñez habla el inteligente ensayo de Antonio Méndez Rubio, una de las mentes más luminosas de nuestro tiempo, en el libro colectivo, editado por Miguel Casado, Mecánica del vuelo. En torno al poeta Aníbal Núñez, publicado por el Círculo de Bellas Artes (sello editorial que de un tiempo a esta parte está construyendo una biblioteca imprescindible). En este volumen se agrupan amigos y poetas cómplices, y también poetas más jóvenes para los que la obra de Aníbal Núñez ha sido un claro referente. Hay, por ello, gran heterogeneidad de textos, desde los más biográficos y personales, como el de José-Miguel Ullán, hasta los críticamente densos, como el del compilador Miguel Casado, que escribe con su perspicacia crítica habitual. Otras aportaciones, como la de Mariano Peyrou, parten de la obra de Núñez para hacer una sugestiva elaboración sobre uno de los temas claves de la poesía del salmantino, la dialéctica entre realidad y representación (elemento esencial, no por casualidad, de la obra de Peyrou). A juicio de Casado, los temas o hitos de la poesía de Aníbal Núñez serían: “un escenario mezclado de ruina arquitectónica y paisaje natural, el debate acerca de la realidad y su representación, la separación irreductible entre lo humano y la naturaleza, la belleza, el azar, sus vínculos con la vida personal” (p. 70). Sí, varios de ellos son temas románticos, pero teniendo en cuenta la Ilustración poética que tuvimos en España, y la ausencia casi total de Modernidad, aparte de las reelaboraciones cernudianas, lorquianas y juanramonianas de las vanguardias y el alto romanticismo europeo, pues mejor postromanticismo que nada, me temo. Pero ese es otro tema, apasionante, por cierto, al que si quieren volvemos otro día. Lo importante de este pequeño volumen es que es muy recomendable, no sólo porque la mayoría de los textos sean muy interesantes, sino porque la mayoría de los autores, como es lógico, hablan de su concepto de poesía (o de crítica) al enfrentarlo al de Núñez. Y hay poetas y críticos aquí muy importantes: además de los citados, Carlos Piera, Olvido García Valdés, Jenaro Talens, Fernando R. de la Flor, etc.

Por cierto, y ya que sale su nombre, tengo que respetar y respeto la opinión de mi estimado y admirado Fernando R. de la Flor y de Esteban Pujals, que firman el prólogo a la edición de Hiperión de la Obra poética, I (1995), para quienes la singularidad de la obra de Núñez hace imparagonable su estética con ninguna otra de su tiempo (p. 17). Pero a mí sí me parece –no te enfades, Fernando– que la obra de Núñez si tiene algunos elementos en común con la de algunos novísimos coetáneos a él. La obra temprana del salmantino en 29 poemas tiene muchas similitudes con la coetánea (1967) de Antonio Martínez Sarrión, Teatro de operaciones, y con otras del momento. Así, citas en otros idiomas, ausencia de signos de puntuación para reproducir el habla cotidiana, apelaciones a la cultura popular, poemas dedicados a las tragaperras o la basura (“Todos los desperdicios”), cierta ironía social, versos de canciones soul, son detalles que lo convierten, no en un novísimo precoz, pero sí en alguien con indudables puntos de acercamiento a ciertos novísimos (Sarrión, Panero, Vázquez Montalbán). La aparición posterior del imaginario norteamericano (Estampas de ultramar, escrito en 1974) le acercaría al Gimferrer de La muerte en Beverly Hills (1968), aunque la resolución estética, por supuesto, sea diferente. Por no hablar de que se comparte la oposición ante la estética dominante anterior, la poesía social: la ironía característica de Núñez, por ejemplo, le hace escribir un poema titulado “Irresistibles ganas de escribir un poema social”, con un contenido brutal y deliberadamente burgués, en el cual me parece ver una soterrada crítica a la doble conciencia o doble moral de alguno de los poetas sociales de mediados del XX (también denunció esa doble moral, en su momento, incluso autocríticamente, Jaime Gil de Biedma). En realidad, la clave la da Miguel Casado cuando apunta a que todo lo importante de la obra de Núñez se puede resumir en “núcleo de una reflexión acerca de la realidad y el lenguaje” (p. 71). Así es. ¿Y qué otra cosa era, en su momento, la mejor obra de los novísimos mejores? De ningún modo puede establecerse como una característica general de los novísimos, sea entendidos en su estricto sentido (los antologados por Castellet) sea en sentido amplio (los recogidos por Rosa María Pereda, más Vázquez Montalbán) que fuera la huida, el tan citado escapismo culturalista, una de las características generales del grupo. Muy al contrario, la poesía (y no digamos el talante personal y la posición política) de autores como Martínez Sarrión, Vázquez Montalbán, Talens, Azúa y alguno más demuestra justo lo contrario: la voluntad de quedarse contestando. Pero no, evidentemente, detrás de una barricada distinta de la del poema, o al menos no de forma preferencial. Estos poetas tienen muy claro lo que son –escritores– y la forma más lógica en que deben plantear su resistencia –escribiendo–. El problema es que como explicaba Juan José Lanz
[1], esta vertiente no era la que más interesaba destacar a Josep M. Castellet, quien, por ejemplo, elige de Una educación sentimental de Vázquez Montalbán los poemas menos comprometidos, colocados en la tercera parte del libro, "Ars amandi". Pero esta es otra historia, apasionante también, que también dejamos para otro día. La cuestión es que, para mí, cierta obra de ciertos novísimos, no siempre incluidos en la tan mentada antogía, es una indagación radical sobre las posibilidades del lenguaje como vehículo expresivo de la realidad, y que esa indagación, como hemos visto, es la almendra nuclear de la poesía de Aníbal Núñez.

El propio Fernando Rodríguez de la Flor, en colaboración con Germán Labrador, es parcialmente responsable de las otras dos ediciones que hoy queremos señalar, la reedición del libro de Núñez, Estampas de ultramar (Diputación de Salamanca, 2007), a los veinte años de su muerte, y la publicación de los Cartapacios [1961-1973] de Núñez (Fundación Premysa, Béjar, 2007), ejemplar como forma de “ecdótica de lo contemporáneo” (p. 13), y muy importante para rescatar el archivo no sólo de Núñez, sino también de todo un conglomerado de elementos esenciales para establecer el campo literario de los últimos años del franquismo y la entrada en la democracia. El resultado, treinta y seis poemas inéditos, pertenecientes a la etapa temprana del poeta (1961-1973), pero que en algunos casos pueden dar la medida, secundaria quizá, de papperback, como dicen los compiladores con una pequeña errata léxica, de lo que sería después la obra visible y organizada del poeta. Muchos de estos poemas jóvenes y descartados dicen más que algunas obras canonizadas enteras. Pero, sobre todo, lean la Obra poética publicada en dos tomos por Hiperión en 1995. En algunos casos, entenderán a la primera el compromiso radical, político y poético, de piezas como ésta:


EXPLICACIÓN DE LA DERROTA

Se sentó ante las líneas enemigas
en una mecedora, sorteaba
los disparos, sonriendo: la primera
bala la había alcanzado mortalmente
Se seguirá meciendo
hasta dejar sin munición a todos.


En otros a lo mejor cuesta algo más detectarlo. Dedíquenle un poco de tiempo. Al principio puede que les cueste entender del todo a Aníbal Núñez (si es que entenderle del todo es posible), pero no se preocupen: muy pronto él les entenderá a ustedes.


.

Notas
[1] J. J. Lanz, “Poesía y compromiso en la generación del 68. La renovación estética de los sesenta y el compromiso en tres poetas: Agustín Delgado, Manuel Vázquez Montalbán y José-Miguel Ullán”; en Muelas Herraiz, Martín, y Gómez Brihuega, Juan José (Coor.), Leer y entender la poesía: conciencia y compromiso poéticos; Serv. Publ. Universidad Castilla-La Mancha, Cuenca, 2002, p. 192.

domingo 4 de mayo de 2008

Escaleras












[M. C. Escher]
El arte del poeta es una escalera interminable.

Kavafis
I

A pesar de que recientemente Óscar Tusquets[1] escribió su epitafio, a la escalera le queda mucha vida por delante, sobre todo teniendo en cuenta que para Freud era una metáfora coital. Por ejemplo, el cine se ha preocupado numerosamente de las escaleras. Aunque soy aficionado al cine, y no cinéfilo empedernido, recuerdo a bote pronto las escaleras de El acorazado Potemkin (1925), de Eisenstein, When a Woman Ascends the Stairs (1960), de Mikio Naruse, no estrenada en España hasta su rescate en filmotecas, los 39 escalones (1935) de dirigida por Alfred Hitchcock y basada en la novela de aventura Los treinta y nueve escalones, de John Buchan; del mismo director, las escaleras de caracol de Vértigo (1977); también The Changeling (1979), dirigida por Peter Medak y traducida entre nosotros como Al final de la escalera; por no hablar de la magnífica escena de la escalera de la estación de trenes de Chicago en The Untoucheables (1987), del maestro De Palma, que algo tiene de homenaje a las de Odessa de Eisenstein. De Palma haría bajar a Pacino las escaleras pegando tiros en Carlito’s Way (1993), del mismo modo que Norma Desmond baja matando, con la mirada, las escaleras en la memorable escena final de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder. Hay otra película que termina en una escalera, El padrino III (Francis Ford Coppola, 1990), con un final triste, aunque para algunos malvados la muerte de Sofía Coppola era más que merecida, por mala actriz. Michelangelo Antonioni escribió un guión que nunca llegó a rodar, titulado Stairs (1950). En música, la Stairway to heaven de los Led Zeppelin quizá sea el clásico del rock más rotundo de la historia. En teatro, tenemos la Historia de una escalera (1949), de Buero Vallejo. En poesía, están las The Jeweled Stairs’ Grievance de Li Bai que tradujo, entre otros, Ezra Pound. En el Gilgamesh, el héroe sumerio intenta encontrar la escalera para subir al cielo; no la encontró porque estaba escondida en el Génesis, donde se habla de esa escalera[2] hasta los cielos que se retomaría en el medieval Libro de la Escala (del que tomaría muchos elementos Dante para su Divina Comedia, por cierto); también aparece en el Corán esa escalera mística, por la que Mahoma veía subir a los justos. Del mismo modo tiene sustrato bíblico, y también neotestamentario, otra escalera famosa, la Escalera de Jacob, que según el Zohar tenía 72 escalones. Juan Eduardo Cirlot escribe que “en muchas tumbas egipcias se han encontrado amuletos en forma de escaleras de mano. El Libro de los muertos dice: ‘Está a colocada mi escalera para [que pueda] ver a los dioses’”[3]. Luis Goytisolo escribió una novela titulada Escalera hacia el cielo; en relato breve, Julio Cortázar nos dejó sus “Instrucciones para subir una escalera”. En la novela de ciencia ficción Mercaderes del espacio (Minotauro, Barcelona, 1998), Frederik Pohl y C. M. Kornbluth imaginan un mundo tan superpoblado que las personas sin recursos, incapaces de pagarse los millonarios precios de los apartamentos, se arraciman en las escaleras de los rascacielos para pasar la noche. En 1953, cuando la publicaron, ese parecía un futuro muy remoto...
Y gracias a la erudición de los lectores de este blog he recordado otro título interesante, La entreplanta, de Nicholson Baker (Alfaguara, Madrid, 1990), novela en la que el protagonista, un oficinista al que se le han roto los cordones de los zapatos, desgrana los recuerdos que tiene en menos de un minuto, mientras sube las escaleras mecánicas de un centro comercial donde ha ido a comprar los cordones nuevos.


II
Hace poco, durante una visita a México D.F., me contaron la historia de Edward James, el extraño millonario que había construido una fascinante ciudad imposible en la Huasteca del estado de San Luis Potosí, en un lugar llamado Xilitla. Os adjunto una imagen, en Google podéis encontrar
más. Es el sueño de un solo hombre, como suele escribirse al hablar de este lugar, pero hay algo de mágico en esta interrelación imposible de escalera y selva. Parece un dibujo de Escher dentro de un cuento de Horacio Quiroga. Ya escribió Mariano Peyrou que “Si uno se queda en casa / con suficiente insistencia, la escalera / puede llegar al extranjero” (Estudio de lo visible; Pre-Textos, 2007).

















III
Escaleras i/lógicas
Mientras subía la escalera
Me encontré con un hombre que no estaba ahí
Seguía sin estar ahí hoy
Desearía, desearía que no estuviera
Hughes Mearns

Cerca de donde vivo, en la Loretto Chapel de Santa Fe (Estados Unidos) hay una escalera que se llama “milagrosa”. En este vídeo podéis verla tal cual está ahora, pero antiguamente no tenía pasamanos, y el resultado era una escalera que se sostenía en la nada, que las monjas preferían bajar sentadas. Esta foto es una reconstrucción mediante photoshop, pero es tal y como era antiguamente. Los carpinteros actuales dicen que una pieza como esta es casi inconcebible, de tan precisa y bien diseñada.















También están las escaleras a partir de la cinta de Möbius. Un ejemplo real es la Pretzel Stair Sculpture, bajo estas líneas, situada en Montreal en el Boulevard de Maisonneuve, junto a la entrada de la estación de metro Papineau.













Y no os perdáis estas fotos de escaleras imaginativas.



IV

Los buenos arquitectos saben
que las puertas no ponen el suficiente énfasis, e intercalan,
como una mancha entre dos reinos, tan ajena como descoyuntada,
la tierra de nadie de una escalera.
W. H. Auden, Acción de gracias por un hábitat


Pero es en arte y en arquitectura donde, como por otro lado es lógico, más se ha hablado de escaleras. Recomiendo al efecto el excelente libro de Catherine Slessor Escaleras contemporáneas (Gustavo Gili, 2001), así como el catálogo de Tusquets antes citado. Y en el MOCA (Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles) pude comprar hace poco el libro que en realidad ha traído, como una escalera mecánica, a todas estas escaleras aquí: el catálogo del fotógrafo Thomas Demand L’esprit d’escalier (Irish Museum of Modern Art, Dublín, 2007). El libro tiene una escalera interior; se han troquelado las páginas de modo que avanzar en ellas es ir descendiendo escalones (he intentado escanear algunas páginas, pero mi escáner no me habla). La foto de la izquierda y la de abajo son de Demand, pero he tenido que buscarlas en otro lugar. El “suelo” del libro es una cita del guión inédito de Antonioni, que dice que “la escalera es un manicomio”. En el catálogo hay un curioso texto del narrador norteamericano David Eggers, otro del español Enrique Juncosa (director del Irish Museum of Modern Art, donde se realizó la exposición de Demand), varios de arquitectos y críticos y un cuento de David Foster Wallace, perteneciente al conjunto La niña del pelo raro (Girl with Curious Hair, 1989), donde la escalera exterior de una empresa tiene mucho protagonismo. El catálogo es un libro-objeto inclasificable, a medio camino entre diversas artes, pero en realidad es una metáfora más de la escalera, esa indispensable solución arquitectónica que une cosas diversas, que actúa como un pasadizo entre distintas plantas, alturas, realidades y mundos, pero que casi nunca es tratada con la relevancia que merece.


[1] Ó. Tusquets, Réquiem por la escalera; CCCB, Barcelona, 2001.
[2] Cf. Alejandro Jodorowsky, La escalera de los ángeles; Obelisco, Barcelona, 2004 .
[3] J. E. Cirlot, Diccionario de símbolos; Siruela, Madrid, 1998, p. 192.

jueves 1 de mayo de 2008

Selmana de les Lletres

Como creo que la variedad de lenguas es una riqueza, y que el hecho de que tengamos varias en España es algo de lo que estar orgullosos, y no un problema, me gustaría dar noticia aquí de que la semana que viene comienza la Semana de las Letras Asturianas (Selmana de les Lletres). Con ocasión de la misma se ha redactado un manifiesto, que me parece interesante:

Asturies tien la suerte de falar, cotidianamente, tres llingües: l’asturianu, el gallegu-asturianu y l’español. En toes tres, a lo llargo de la Historia desenvolvió la so personalidá xenerando un espaciu afayadizu onde la convivencia de llingües y sociedaes permitió, ente munches otres coses, la entrada d’España nel Sieglu de les Lluces, quier dicise, na modernidá que propició la Ilustración. Sicasí, a partir de la Guerra Civil y la consecuente implantación de la Dictadura militar, les dos llingües propies d’Asturies (l’asturianu y el gallegu-asturianu) vieron cómo entainaba’l procesu de minorización, perdiendo xente que les falare y tando, anguaño, nuna situación de desigualdá pa los sos falantes tan inxusta como ayena al espíritu de la Constitución Española o la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Na etapa democrática impulsáronse n’Asturies polítiques de protección y promoción que, a pesar de les sos intenciones, nun llegaron a frenar una perda continuada de falantes hasta’l puntu de que, nel añu 2002, la UNESCO llamó l’atención a los estaos del mundu al veles nun peligru seriu de desapaición.
Nesti mediu tiempu desenvolvióse una lliteratura neses llingües que vien a arriquecer el fondu cultural español, européu y universal. Esti signu de vitalidá ye’l d’una sociedá abierta que nes fronteres ve ensin más una convención alministrativa y, fundamentalmente, una ponte que xunta orielles. Tamos nel convencimientu de qu’una llei xusta, que regule los usos oficiales del asturianu y del gallegu-asturianu, habría valir p’asegurar una proyección futura d’estes dos llingües y frenar un retrocesu espeyáu na so falta de visibilidá social; pero sobre manera paeznos que la oficialidá de les llingües asturiana y gallego-asturiana, n’equiparando los derechos llingüísticos de tolos ciudadanos d’Asturies, diba ser bona en sí al amparar estatutariamente (y, polo tanto, constitucionalmente) a toes y caúna de les persones que viven n’Asturies faciéndoles iguales énte la llei n’obligaciones y derechos. Creemos como escritores que la pluralidá ye una virtú en sí mesma y una garantía frente a la intolerancia. España, na Transición política, empobinó per camín de defensa de les diferentes llingües del Estáu; Asturies, que nun tuvo n’ayén nesti procesu, merez arriquecese con una sensibilidá que ye exemplu n’Europa y nel mundu.


Para el que no conozca esta lengua, llena de sonoridad y música, transcribo este poema de Xuan Bello, una de las voces más importantes de la literatura astur:

VIAXE A BRETAÑA

Alcuérdome d’aquel viaxe
de la primer xuventú, la plaza
onde l’autobús esperaba y el camín
tan curtiu qu’andáremos;
yo tenía malapenes
dieciocho años pero buscaba
secretamente dende cuantayá
el cielu d’una tierra qu’apacible
rellumara la lluz d’otros güeyos.

Una bandera resgada pola allegría
ondeaba nel norte de los nuesos suaños,
cariciando quién sabe
si daqué terrible qu’inda
nun se conociera.
Pela puerta más azul del iviernu
escapaos de casa
acabante sacar pasaporte y dineru,
fomos pa una tierra que riscaba,
díxolo Pablo,
col nuestru pasáu.

¡Ai, cómo vos contar
la emoción del que se sabe pelegrín!
¡Cómo vos contar l’amistá,
les palabres enceses,
la cerveza compartío,
Aquitania y les landes de nueche,
el casanciu cómpliz que s’amarraba
duce y suave nos nuesos cuerpos
como un amante que yá sabe
que l’otru va ceder!
Foi aquel el primer viaxe de mio
y de dalguna manera l’últimu.

Alcuérdome que cuando llegamos al albergue
tábemos mui bien rendíos
de fame, de suaños, d’una vida
que remanecía más allá de nós mesmos.
Sicasí, pela ventana,
víase un castañéu que cubría antiguo
una llomba de tierra escuro. Dalquién dixo:
esi ye’l monte onde se perdió Merlín.
Creímoslo y hacia lo mesto’l monte
xuntos empobinemos, convencíos
de que la nuesa vida yera
como la de los personaxes
d’un llibru. Y mentes paseábemos,
l’aire, espardiendo la fueya,
dio en contar
-callando banales secretos-
una hestoria que yá cuasi yera la nuesa.

lunes 28 de abril de 2008

Ballard es asombroso

Estoy releyendo a Ballard (bueno, en realidad siempre estoy releyendo a Ballard, con un ritmo más o menos frenético), y leyendo alguna cosa que tenía aparcada, como los cuentos de Aparato de vuelo rasante. El cuento que abre la colección se llama "La ciudad última". Pues bien: en Circular 07 me imaginaba a un arquitecto que habría muerto tempranamente, dejando muchos proyectos para ciudades cómodas: "ciudades transparentes, ciudades planificadas con edificios curvados, para que el viento las limpiase natural y automáticamente; ciudades donde el Ayuntamiento era además la cárcel, según sus notas, para acelerar el proceso habitual de los hechos; la ciudad blanda, pensada para niños y personas mayores; una ciudad digital para Internet, diseñada con Realidad Virtual; la ciudad lineal, adecuada para viajantes y personas con prisa, donde los escaparates de las tiendas y los productos de los almacenes corren en una vía de tren paralela a la carretera, de modo que se puede comprar en marcha; ciudades negras para las regiones árticas y blancas para zonas calurosas, que autorregulan la temperatura; ciudades con pelo, ciudades subterráneas, hiperciudades; ciudades para ciegos, con diferentes texturas y relieves en calles y edificios, sin coches; ciudades armónicas, donde las fachadas son ranuradas por músicos expertos, que convierten a los edificios en enormes oboes que suenan al cruzarlas los vientos; ciudades-embalse, ciudades-río, ciudades de oxígeno para colonizar planetas; ciudades metálicas; ciudades flotantes; ciudades vacías, construidas y dejadas sin habitar para prever movimientos inesperados de población por catástrofes o plagas; ciudades con torres altísimas y redes entre ellas, para atrapar las nubes y dosificar la lluvia; ciudades para insectos, ciudades de hielo, ciudades cuánticas", etc. Pues bien, leo este relato de Ballard y me encuentro con algo mucho más creativo y, además, práctico:

"Diseñé la primera ciudad plegable, partes intercambiables que se podían trasladar sobre rieles gigantescos. Tiene sentido: si durante el día no se usa un teatro, sácalo del paso y pon en su lugar un bloque de oficinas" (Minotauro, 1994, p. 49).

En fin, ni Calvino con sus ciudades invisibles ni Koolhaas con su urbanismo-ficción ni nadie, puede luchar contra la imaginación de Ballard. No sé si será, quizá no, el mayor escritor de nuestro tiempo; lo que sí tengo claro es que es, y a mucha distancia de los otros, el más interesante.

sábado 26 de abril de 2008

Mentiroso, mentiroso, de Iván Ferreiro

Creo que nunca he hablado aquí de una de mis pasiones (musicales), Iván Ferreiro. Tanto en Los Piratas como en solitario, me parece de los compositores y letristas más interesantes que tenemos. Mentiroso, mentiroso, su último libro-disco, es sorprendente, y tiene algún giro respecto a sus entregas anteriores. Por ejemplo, algunos homenajes, haciendo canciones al modo de Los Planetas ("Toda la verdad"), o de Enrique Bunbury en su etapa "cabaretera", en la que Ferreiro ha colaborado alguna vez, con alguna participación en directo que puede verse en Youtube. También hay una canción, "Más de una vez", que tiene un toque Javier Colís, aunque quizá esté hilando demasiado fino. "Secretos deseos" es una canción que pudo haber sido de la etapa Ultrasónica de Piratas, y las demás son pequeñas maravillas, donde Ferreiro demuestra su calidad musical y su habilidad componiendo letras.
Otro aliciente para comprar el libro disco (y no descargárselo), amén de apoyar a este artista para que pueda seguir grabando música, es que en el libro-disco todas las canciones han sido "versionadas" por dibujantes de cómic, de forma que cada historia se transforma además en una historieta gráfica, algunas de ellas memorables. Visualmente, me ha gustado mucho la versión de "N.Y.C." de Sagar Forniés. Sandra Uve ha hecho una maravilla ampliando la canción "Toda la verdad", con un cómic simplemente emocionante. En fin, un disco que es un lujo, como todo lo que toca este hombre.

El Roto, en El País, 24/04/2008


jueves 24 de abril de 2008

Pasadizo entre Química, de Sofía Rhei, y Carne de píxel, de Agustín Fernández Mallo

Sofía Rhei, Química; El Gaviero Ediciones, Almeria, 2008.
Agustín Fernández Mallo, Carne de píxel; DVD Ediciones, Barcelona, 2008.

panta rhei
Heráclito

Aprovecho la ocasión para felicitar a los chicos de El Gaviero, Ana y Pedro, por la colección de libros que vienen sacando desde hace ya varios años, y que combina libros de contenido variado con una exquisita presentación editorial (para posibles interesados: www.elgaviero.com). Entrando en materia, para tender una línea de interpretación entre estos dos libros de versos, quizá puede ayudarnos la imagen del surfista planteada por Baricco en Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación (2006, traducción de Anagrama en 2008). Para Baricco los nuevos bárbaros, aquellos que han abrazado en nuestros días las formas ligeras y desustanciadas de cultura, aquellos a quienes caracteriza como americanizados y partidarios del vino espectacular frente al de calidad, o del futbol total frente al tradicional, esos bárbaros se han decantado por la superficie, frente a la antigua tradición occidental de ir al fondo de las cosas. “Tenían enfrente el modelo del burgués culto, inclinado sobre el libro, en la penumbra de un salón con las ventanas cerradas y las paredes acolchadas: lo sustituyeron, de un modo instintivo, por el surfista. Una especie de sensor que persigue el sentido allí donde se encuentre vivo por la superficie, y que lo sigue por todas partes de la geografía de lo existente, temiendo la profundidad como se teme a un precipicio que no llevaría a nada”[1]. Como señala el propio Baricco, eso no significa que la actitud surfista ante la vida o el arte sea sencilla de acometer: toda la energía que aquel burgués dirigía al abismo, es ahora precisa para ejercerla concéntricamente, sobre un vasto campo de intereses. Baricco pone el ejemplo de los multitaskers, que me parece afortunado; los multi-tarea o multi-atareados son personas capaces de hacer varias operaciones a la vez, tanto físicas como mentales. Además, Baricco opina (y hasta cierto punto es cierto) que esta visión surfista de la vida puede suponer el fin del Romanticismo en nuestro tiempo, por el sacrificio de los conceptos de alma y espiritualidad que conlleva (p. 146). Es en este sentido, tanto o más que en los anteriores, donde hemos de colocar la repetida cita de Mallo de que “todo es superficie” (Carne de píxel, también estaba en Nocilla Dream), frase que –como ya apuntamos en su momento– ya fuera en su momento el lema del visionario Otto Neurath, creador de la señalética visual internacional.

Algo de razón tiene el escritor italiano en esta exposición, sobre todo en la última parte referente a la decadencia de la versión animista o espiritualista de nuestra cultura; y creo que estos dos libros que comentamos son dos fieles testimonios notariales de ese proceso de cambio o de mutación, palabra que el propio Baricco utiliza para referirse al mismo. En el poemario de Rhei, como en el de Mallo, la imagen divina no aparece en ninguna parte, y lo espiritual se limita a las distintas formas en que se observa la materia, aunque lo que preocupa de ésta a los poetas no es su destino, ni la reflexión ontológica sobre la misma, sino otras medidas bastante menos trascendentales: volumen, peso, tamaño, temperatura de ignición, estabilidad subatómica o molecular, dependiendo del caso. Los cuerpos amados se tratan como si fueran sacos de moléculas, la realidad como conjunto entrópico de partículas. La visión, por supuesto, no es nueva (está en Las partículas elementales de Houellebecq, sin ir más lejos), pero ambos poetas, por su condición de científicos, la llevan a cimas de singular contundencia y eficacia. También Javier Moreno (matemático de profesión) ha utilizado este tipo de metáforas en Acabado en diamante, libro que saldrá pronto a la luz y para el cual estoy redactando ahora mismo un prólogo. Moreno canta a los quarks, Mallo a los bosones y Rhei a los enlaces tetravalentes: más allá de la metáfora puntual, lo que hay que retener es que los tres poetas cantan a la naturaleza desde una perspectiva objetiva, estética y científica a la vez, absolutamente laica y desacralizada, que quizá no ha vuelto a hacerse desde Lucrecio, o más bien desde Demócrito. Obviamente (puntualizo por si acaso) ninguno de los tres cantan a la “naturaleza” entendida como paisaje campestre, sino como realidad extensa, al modo filosófico: el mundo físico que nos rodea. La superficie de las cosas frente a la antigua "profundidad de los grandes temas". El resultado es una nueva objetividad (no en el sentido de Benjamin) de una concisión y potencia expresiva desconcertantes, que es capaz de lograr piezas tan fabulosas y complejas como este poema de Rhei:

FUNCIÓN

1. Capacidad de actuar propia de los seres vivos y de sus órganos, y de las máquinas o instrumentos.
12. Ling. Cada uno de los usos del lenguaje para representar la rea­lidad, expresar los sentimientos del hablante, incitar la actuación del oyente o referirse metalingüísticamente a sí mismo.
13. Mat. Relación entre dos conjuntos que asigna a cada elemento del primero un elemento del segundo o ninguno.
14. Mil. Acción de guerra.
Hay ciertas diferencias de acercamiento: Mallo suele explicitar la fuente de sus menciones científicas, mientras que Rhei no siempre (el verso: “y el gato de Chesire está vivo y está muerto”, habla a la vez del gato de Lewis Carroll en Alicia a través del espejo y del gato utilizado por el físico Schrödinger en su famosa paradoja); Rhei suele ser contenida en la expresión, frente al derrame verbal característico de Mallo; Mallo es más visual y Rhei prefiere la abstracción; ésta prefiere la química y aquel la física, etc., pero es normal que existan muchas diferencias entre ellos. Ni siquiera sus modelos son los mismos: el de Rhei es el poeta y premio Nobel de Química Roald Hoffmann, de cuyo recomendable libro Catalista (Huerga y Fierro, 2002) ya hemos hablado aquí en alguna ocasión; el de Mallo es quizá Wittgenstein -otro día explicamos esto-. Pero están unidos, insisto, en lo esencial, esto es: en donde buscan la esencia de la materia lírica. Y la buscan en la composición de la materia, en la esencia de las cosas mismas, en nuestro origen como seres (la genética en Rhei) y como habitantes de un planeta concreto (la astrofísica en Mallo). Desacralizados, con el solo instrumento de su pensar, con la mente puesta en el más allá de lo físico, ambos poetas bien pudieran ser, junto con Javier Moreno, Francisco Fortuny y pocos más, los últimos poetas meta-físicos que tenemos.

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Nota
[1] A. Baricco, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación; Anagrama, Barcelona, 2008, p. 146.

lunes 21 de abril de 2008

Recomendaciones variadas de lectura

Mías y (mucho más interesante, por la diversidad), de otros muchos:

http://www.elpais.com/especial/dia-del-libro/recomendaciones.html

Feliz día del libro.