domingo, 18 de noviembre de 2018

El antilector




Buena parte de las lecturas son antilecturas. El propio ejercicio de la lectura es a veces un ejercicio de respuesta o de resistencia, porque los libros acaban generando anticuerpos contra otras clases de libros. Cuanto mayor es la experiencia de un lector, más crece en él el placer de leer a la contra, y la razón es que el paso de los años disminuye la probabilidad de engañarlo o seducirlo. E incluso la antilectura aparece cuando la persona que lee se encuentra en formación: la antropóloga Michèle Petit recordaba que “si bien muchos adolescentes leen estimulados por el deseo de sus padres, hay otros que se vuelven lectores ‘en contra’ de su familia, y encuentran en esta actividad un punto de apoyo decisivo para desarrollar su singularidad”[1]. Esa actividad opositora puede darse asimismo en las lecturas que propician o dan lugar a la escritura de otros libros, como los antilibros mencionados por Novalis, que para Jorge Luis Borges constituían una especie de género tan ficticio como comprobable. El lector constante es siempre un antilector, un lector en guardia; tanto contra las normas o costumbres que le disuaden de leer (la costumbre, incluso para el Código Civil, es una ley consuetudinaria), como contra los libros que lee, esos textos que suscitan su inmediata respuesta, su contradicción antagónica. Buena parte de la escritura es una Antagonía.



Lo que sigue no es una reseña, sino una noticia, o bien una reflexión ilustrada, si ustedes quieren. Por varios motivos: el primero es que este libro es difícil hasta de citar. Creo que la cita filológica exacta sería:



Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, de Ben Marcus, con unos Pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez. Zaragoza: Jekyll & Jill, 2018.



Pero tampoco estoy muy seguro, admito recomendaciones. A la dificultad del título se añade otro problema: el libro parece ser de Ben Marcus, con un “añadido” de Martín Giráldez, pero tal cosa no es cierta. Si he contado bien, Martín Giráldez firma 4 páginas más que las firmadas por Marcus; ese sería el primer indicio de puntualización. El segundo es que la traducción al castellano de los dos pequeños textos de Marcus es obra del propio Martín Giráldez. Tales indicios nos animan a pensar que estamos ante un libro, o más bien un proyecto, de Martín Giráldez, al que ha querido sumarse generosa y bienhumoradamente Ben Marcus, cediendo sus dos artículos, uno contra la idea de literatura de Jonathan Franzen y otro irónico contra sí mismo (“He escrito un libro malo”, pp. 141-148.



La segunda razón para no reseñar es que no tiene mucho sentido elaborar una recensión sobre un libro conformado por dos o tres poéticas, entendiendo por tal término la explicación argumentada que hace un escritor de su estética; poética que Marcus hace por oposición (en una antilectura de Franzen), y Martín Giráldez a partir de una antipatía histórica: la espesa y polémica dialéctica entre naturalismo y retoricismo, dos lecturas antagónicas del concepto literatura que, como él mismo explica en su proceloso y argumentado escrito central, “Pinitos en pedantería”, están siempre presentes en el campo literario, mutando de terminologías y aspecto de época en época, sin terminar de resolverse nunca. Como muestra un botón: mientras releo este libro de Marcus y Martín Giráldez, que defiende una estética fuerte y estilísticamente compleja, aparece un artículo de Beatriz Sarlo en Babelia sobre William Carlos Williams, donde se defiende una “retórica en grado cero”. Y así vamos pasando los siglos.



Martín Giráldez hace en sus “Pinitos en pedantería” un escrito que parece el cruce de una sátira de Juvenal con un artículo académico de literatura comparada, y cada quien tendrá sus reservas —yo las tengo— sobre sus ideas, planteamientos y pareceres, pero hay que saludar encomiásticamente la aparición de un texto de ideas literarias firmado por un escritor, bien escrito y argumentado, que aparece gracias a la cada vez más indispensable Jekyll&Jill en un panorama intelectual escasamente intelectual, donde el armazón estético de la mayoría de los escritores actuales nunca se expone, limitándose a parciales y estratégicos brochazos puntualísimos en entrevistas, redes sociales o actos públicos. Se esté de acuerdo o no con Martín Giráldez, la generosidad de su mostración, su arrojo y su panoplia de lecturas merecen, pura y simplemente, la rendición (condicional) y el aplauso.



El texto de Ben Marcus no precisa comentario, porque es un texto autocomentado y porque sería baladí describir un acontecimiento, el del desarrollo de sus ideas, que nadie va a hacer mejor que el propio Marcus. Hay que leerlo y disfrutarlo; su sana indignación —contra un libelo de Jonathan Franzen que éste lanzase contra la literatura de riesgo— y su inteligencia —la de Marcus— me han recordado a otro festín propiciado por el mismo estropicio: el artículo de Cynthia Ozick, “Blues de la alta cultura” (Metáfora y memoria. Ensayos reunidos; Mardulce, Buenos Aires, 2016), no menos delicioso que el de Marcus, aunque quizá menos contundente, porque la exposición corrosiva y archirretorizada de Marcus se impone por sí misma frente a la pobreza conceptual y la mediocridad expositiva de Franzen.



Hay que leer este libro de Marcus y Martín Giráldez porque es un libro a la contra. Ni más ni menos. Un libro que va de frente contra muchas inercias literarias, industriales y lectoras, señalando el lugar de la oposición —una cantina oscura, recóndita y llena de libros raros en la que son habituales los lectores de este blog, entre otros—. No es este el momento —todavía— de hablar de qué sería en nuestros días la vanguardia, ese término tan connotado y a la vez deconstruido que ya perdió todo sentido reconocible. Pero una de sus muchas dimensiones sería la del anti, la del antagonismo, la oposición, la antinomia y la adversatividad. Una oposición frontal al estado de cosas (en lo literario y en algunos casos también en lo social), es decir: lo antitético al anticuario. Haroldo de Campos definió como “antilibro” el Serafim Ponte Grande (1934) de Oswald de Andrade, una prosa experimental, exploratoria y multigenérica. Apollinaire firmó un manifiesto titulado L’Antitradition futuriste (29 de junio de 1913). Tendríamos el Libro del desasosiego de Pessoa, categorizado por Richard Zenith para la edición portuguesa de Assírio & Alvim (1998) como “anti-libro”, y se sumarían con gozo los Antipoemas (1954) de Nicanor Parra y los Textos y antitextos (1970) de Fernando Millán. Y añadamos el concepto de antinovela, de numerosa bibliografía[2], por lo que mencionaremos uno solo de sus ejemplos, la Rayuela de Cortázar. Y aunque Rayuela no es el modelo —al menos no el mío, quiero decir— de lo que sería una vanguardia actual, no está de más recordar, como hizo Alan Pauls en su momento, que el propio Cortázar definió su obra en una carta como “una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género (…) Quiero acabar con los sistemas y las relojerías para ver de bajar al laboratorio central y participar, si tengo fuerzas, en la raíz que prescinde de órdenes y sistemas”[3]. En efecto, una novela experimental debería ser un laboratorio de la novela y de la lectura y antilectura de novelas, un lugar dedicado a la práctica del ensayo-error interminable donde el autor pone a prueba otras formas y semánticas (innovación), o las mismas formas y semánticas con otras combinaciones o desde otras perspectivas (experimentación), en aras de abrir —y abrirse— puertas expresivas, para que el cansino fin de la novela sea sólo el fin de quienes dejaron de leerla.
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[1] Michèle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. México D.F.: Fondo de Cultura Económica 1999, p. 149. Traducción de Rafael Segovia y Diana Luz Sánchez.

[2] Ver un resumen bibliográfico en M.ª Ángeles Chaparro Domínguez, “El concepto de novela y antinovela en La varona. Antinovela, de Francisco Contreras Pazo (1975)”, Lectura y signo, n.º 8, vol. 1, 2013, con aproximaciones de Sarraute, Sartre, William Gass o John Barth, entre otros.
También se puede leer el artículo de Juan Goytisolo “Las antinovelas”, en Babelia de 01/12/2014: https://elpais.com/cultura/2014/11/27/babelia/1417090781_192501.html.




sábado, 10 de noviembre de 2018

La solvencia de Andrés Barba


Andrés Barba, República luminosa. Barcelona: Anagrama, 2018.

Dentro de esa gran historia que Andrés Barba teje a lo largo de los años sobre la infancia y la crueldad (“la infancia es más poderosa que la ficción”, se lee en la página 85 de la novela), una asociación que Barba parece establecer como metáfora de lo enfermo dentro de lo sano de nuestra sociedad, o como acertado símil de la bipolaridad inherente a la propia condición humana, República luminosa es, en mi opinión, un salto adelante en su trayectoria, un paso redondo hacia la madurez narrativa de un prosista que desde muy joven ha tenido un lugar destacado en nuestras letras. Me resulta curioso no haberme ocupado antes de él en este blog, pero creo que el motivo es haber accedido a sus obras a destiempo (llego a República luminosa casi un año después de su aparición), dentro del ritmo extemporáneo con que simulan estar escritas, una atemporalidad que puede anunciar las altas posibilidades de que la narrativa de Barba sea una de las pocas llamadas a permanecer.

Barba, como el narrador de su novela, tiene una visión crítica sobre el “almibarado estereotipo de la infancia” (p. 107) que hemos construido socialmente. En varias de sus novelas hay exploraciones de las dimensiones menos insospechadas o más oculta(da)s de los niños, desde la violencia a la sensualidad pasando a la oposición férrea al mundo de los adultos. En el fondo, el razonamiento es de lógica aplastante: si la sociedad es cruel y nosotros somos seres oscuros y con zonas umbrías, por qué la infancia iba a ser un estado diferente, por qué íbamos a ser otros, en vez de ser sólo los mismos, en proceso de cocimiento. Eso sí: como todos hemos sido niños, sabemos que las novelas de Barba quizá exageran esas dimensiones retorcidas, pero tanto o más exagerados son quienes las obliteran por completo, presentando a los niños como la imagen de la pura candidez y la inocencia. “La dicha del niño”, decía Nietzsche en El caminante y su sombra, “es un mito tanto como la dicha de los hiperbóreos”. Por ese motivo, Barba y sus personajes no se proponen ser justos, ni benéficos, ni precisos, ni documentales: sus novelas no se proponen ser actos de periodismo. En ellas lo imaginativo y el lindero entre lo verosímil y lo imposible siembran el hecho mismo de escribir.


No comentaré el argumento —para eso están las contraportadas de los libros y las webs de las editoriales—, limitándome a apuntar que la historia me ha recordado mucho a Running Wild (1988), de J. G. Ballard, a la película El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960) y a la novela en que ésta se basa, The Midwich Cuckoos (1957), de John Wyndham. Pero cualquier parecido o posible homenaje en República luminosa es lo de menos; la portentosa imaginación de Barba pronto se apropia de la historia, la redimensiona y la lleva a otro lugar: la distopía o la crítica social bajo el marbete de ciencia ficción se transmutan por Barba en una novela metafísica, una obra existencialista donde el individuo en crisis no es un ser humano, sino la sociedad en su conjunto, de la que la ficticia y tropical ciudad de San Cristóbal es más un Aleph que un arquetipo. La capacidad de Barba para dar espesor a los detalles, a las psiques, al ambiente sofocante, a la humedad, a la potencia telúrica de la sangre, a las relaciones de amor y de odio, a los colores y calores, a los espacios, a las creaciones casi oníricas, es desconcertante. Siempre pensé que Barba era un narrador frío, de mirada nórdica, pero en esta novela parece escrita por una pensadora postestructuralista francesa mezclada con un novelista caribeño. Como todas las mixturas de este tipo, el resultado es de una belleza extraordinaria, sin dejar de ser —marca de la casa— desasosegante.

La novela de Barba contiene un libro interior de corte íntimo, cuyo tema es el amor. Ese minúsculo y hermoso tratado se va componiendo a través de una serie de comparaciones y asociaciones entre diversos avatares de la historia y la emoción amatoria, que mueven al narrador a buscar siempre un contrapeso al horror del argumento en el enamoramiento o en la sensación de amar: la amenaza tiene puntos de contacto con la seducción (p. 53), la credulidad para la magia funciona como el amor (p. 94), la pérdida de la confianza es una metáfora del desamor (p. 102), “el amor y el miedo tienen algo en común, ambos son estados en los que permitimos que nos engañen y nos guíen” (p. 127), etcétera. Tras estas correspondencias amorosas late, desde luego, la añoranza de la esposa muerta, que lastra la vida actual del protagonista y que le hace contemplar cualquier recuerdo bajo la especie de lo afectivo. Como puede verse, nada queda al azar en esta novela, muestra de la madurez de un narrador de impecable solvencia.


[Relación con autor y editorial: ninguna.]