domingo, 21 de julio de 2019

La exposición pública como antítesis del exhibicionismo





a.
Exponerse no es lo mismo que exhibirse.

Entenderemos en lo que sigue este último término en el sentido exhibicionista de “prurito de exhibirse” (DRAE)—.

b.
La persona que se exhibe —que puede ser un narciso, una inconsciente, un presumido, una soberbia, un exhibicionista en cualquiera de los sentidos de la palabra—, muestra lo menos importante de sí, con la confianza de que llegue a constituir su seña de identidad. Quien se expone actúa justo al contrario: lo que muestra públicamente es lo que cree más importante —dentro de lo público— de sí: su pensamiento, sus ideas, su opinión.

c.
Todas las personas tienen opiniones. Algunas de ellas, por su formación o por su presunta capacidad —que es justo la que tienen que mostrar y demostrar al exponerse—, tienen una “opinión pública contrastada”. Lo que la convierte en contrastada es, precisamente, el hecho de haber sido puesta a disposición de sus interlocutores, acto que ha permitido validarla, consolidarla o afinarla gracias a la discusión intelectual. A la puesta en cuestión.

d.
La ironía no es quizá la mejor forma de cuestionar unas ideas, pero es una forma de hacerlo. Ni se la debe sacralizar, ni merece menosprecio. Merece una consideración justa, caso por caso.

e.
La hipótesis de una persona de letras o un intelectual no sujeto a crítica es un oxímoron. El intelectual debe defender sus ideas, debe ser capaz de sostenerlas y debe permitir que sean sometidas a juicio, precisamente porque el juicio intelectual ajeno opera en las humanidades de un modo similar al método de ensayo y error en el mundo científico: constituye la forma de saber hasta qué punto las ideas propias aportan sobre lo ya existente. La exposición general es el procedimiento permite comprobar si son válidas per se o apenas constituyen meras copias malogradas de las ideas de otros. O simplezas.

f.
Decía Montaigne en sus Ensayos algo que puede aplicarse a quien sostiene su opinión en un lugar público, abierto y sometido de inmediato a crítica ajena, como las redes sociales o un blog:

Siento este provecho inesperado de la publicación de mis hábitos, que me sirve de algún modo de regla. Viéneme a veces la idea de no traicionar la historia de mi vida. Esta declaración pública me obliga a mantenerme en mi camino y a no contradecir la imagen de mis cualidades [...] La uniformidad y sencillez de mis hábitos muestra un aspecto de fácil interpretación, mas, como las maneras son algo nuevas y desacostumbradas, favorecen la maledicencia. De modo que a quien me quiera criticar abiertamente, paréceme proporcionarle materia más que suficiente en la que morder mis imperfecciones confesadas y conocidas, y con la que saciarse sin pelear con el viento.[i]

g.
La exhibición suscita la maledicencia por el fondo o por la forma. Enseñar(se) invita a ensañarse. En cambio, la exposición sólo puede suscitar antipatías en razón de su grado de acierto: a más inteligencia, menos maledicencia. Si tu opinión suscita muchos comentarios mordaces y muchos insultos gratuitos, pregúntate si es pensamiento lo que emites, quizá sea más bien espectáculo tecleado, maledicencia expuesta por escrito que va buscando, como la telebasura, la extensión de la bazofia gracias al empuje de los amantes de los estercoleros.

h.
No sé; puede que Emilio Lledó tenga algún trol, o haya sufrido el ataque de algún hater anónimo en los últimos sesenta años, pero sospecho que no. Me da por pensar que no los tiene. Y eso que sus entrevistas de los últimos años han sido muy difundidas, compartidas y retuiteadas, y no ahorran opiniones contundentes. ¿Cómo es posible que, salvo raras y puntuales excepciones, sólo coseche reacciones que van del respeto a la rendida admiración, pasando por el asentimiento puntual o el asombro? Hay que preguntarse por qué. Imagínense, toleren por un momento la posibilidad de que Emilio Lledó sea una persona realmente inteligente; alguien que, a través del estudio y la formación constante durante décadas, haya llegado a tener un pensamiento propio sólido y coherente con sus principios personales.

i.
No pongo a Emilio Lledó como modelo. Pero sí como ejemplo. Lo importante no es haber acertado en la persona de muestra, sino en el diagnóstico del problema. Emilio Lledó se expone, pero no se exhibe.

j. 
 [Ilustración de Marco Melgratti]


La exhibición queda retratada en esta confesión de un personaje de Javier Moreno: “exponer mi intimidad en Facebook. No sé qué espero conseguir con ello. Que se compadezcan, que se burlen de mí, algún tipo de catarsis liberadora. Algo de comprensión, acaso. Aunque, debo ser sincero, no se trata de nada de eso. En realidad busco convertir mi emoción en un producto, ponerlo a cotizar en el amplio círculo pensamientos. Comprobar cómo se revaloriza con cada nuevo ‘me gusta’. Lo exhibo. Lo adorno. Me publicito. Reivindico mi derecho a convertirme por unas horas en el centro del universo”[ii]. Sobre exhibicionismo en redes ya hemos hablado en otros lugares, recordando la “extimidad” de Lacan, Tournier, Tisseron y Paula Sibilia; la “egología” de Juan Martín Prada; el “marketing existencial” de Rosa María Rodríguez Magda, o la “espectacularización de la propia vida” apuntada por Paula Drenkard[iii], por lo que hoy no toca abundar al respecto. Nos interesa más la exposición pública.

k.
En su breve, pero contundente ensayo Ironía On. Una defensa de la conversación pública de masas (2019), Santiago Gerchunoff plantea un punto de vista interesante sobre la construcción de la conversación pública y sus efectos sobre la idea de democracia, que todo mundo parece respetar, pero que cada quisque acaba entendiendo interesadamente a su manera. Gerchunoff considera que existe cierto paternalismo a la hora de criticar sin más el intercambio de mensajes en los espacios públicos digitales, en los que existe —con algunas puntualizaciones que recuerda el propio autor— una mayor “horizontalidad” que la que caracteriza a los medios de comunicación tradicionales. A ese nuevo escenario y a la frecuente aparición en él de la ironía como instrumento de digresión unas veces y de agresión otras, dedica el autor núcleo central de su ensayo:

El desprecio y la alarma ante la transformación de la conversación pública contemporánea son tan intensos que han desembocado en el diagnóstico de esa serie aparentemente caótica de nuevas enfermedades sociales: la devaluación del lenguaje, la divulgación de mentiras, el reino de la opinión y las emociones, el victimismo, el gusto por linchar, la ironía hipertrofiada…
Voy a llamar ‘conversación pública de masas’ precisamente al objeto de ese desprecio: a la multiplicación de las conversaciones más o menos públicas producidas por la implantación universal de los medios conversacionales digitales. (Gerchunoff, p. 18)

Lo original, a mi juicio, del librito de Gerchunoff es su abierta y terminante defensa de ese espacio público de conversación, con independencia de que, en efecto, se produzcan numerosas disonancias, interferencias e incluso injusticias en el mismo (véase p. 66). Mientras huye de cualquier denigración o santificación generalista de las redes sociales y los debates producidos en las mismas, el autor intenta dilucidar la borrosa esencia de la ironía contemporánea, tras muchos siglos de práctica y no menos de teoría, teoría que Gerchunoff ha estudiado al dedillo y de la que intenta extraer sus elementos más aprovechables. Este ensayo coincide en el tiempo con José-Miguel Ullán. Por una estética de lo inestable (Iberoamericana / Vervuert, 2019) de Rosa Benéitez Andrés, que también estudia con rigor filosófico, dentro de su examen general del irónico Ullán, los orígenes y evolución de la ironía, para concluir que tras el empuje de los integrantes de la Frühromantik alemana, “la recuperación lograda por los románticos permitió comenzar a hablar, de un modo más preciso, de carácter literario o artístico de la ironía, de su vínculo con lo trágico o lo cómico, de la capacidad para estructurar nuevas vías cognoscitivas en las que basa su práctica y, por supuesto, de su carácter ambivalente” (p. 154). Tanto Gerchunoff como Benéitez Andrés hacen hincapié en el poder demoledor que una ironía inteligentemente utilizada puede oponer a los discursos dominantes, entendiendo por tales aquellos cuyo aposento y base no reside en la inteligencia, sino en el poder mediático, fáctico o económico de quien los enuncia.

l.
Gerchunoff, combativo, apunta a una de sus usos posibles dentro de esa conversación pública de masas: “no se trata con la ironía de enseñar la verdad […] sino de reaccionar frente a la estupidez” (p. 45), lo cual entraña un peligro para la persona cuyo discurso es rechazado, por supuesto, perfil en el que podemos encajar cualquiera de nosotros, en cualquier momento. No porque sea estúpido aquello que digamos, sino porque el interlocutor digital puede pensar que lo es. Éste es justo el momento en el que aparece el alcance de la exposición, de la idea de exponerse a los juicios, justos o injustos, ajenos. En esa conversación de masas la corrosión puede venir de nuestra parte, o puede ser utilizada contra nosotros. Cada persona puede tomar la decisión de afrontar ese riesgo o de quedarse al margen. La pregunta es: ¿puede alguien que sostiene un discurso público quedarse al margen de las respuestas generadas por ese discurso? Los antiguos medios de comunicación eran unidireccionales, con la consecuente ausencia de discusión, salvo el escasísimo hueco de las “cartas al director” en los pocos medios que las acogían; pero, como recuerda Gerchunoff, los medios de hoy son bidireccionales e interactivos, lo que altera por completo y para bien el estatuto del debate público. En realidad, es la respuesta la que da la medida de un debate digno del nombre. En este ecosistema, la ironía es uno de los medios de la supervivencia de la dialéctica; por eso es incluso saludable practicarla hacia uno mismo como emisor, recordando que, como decía Blanchot sobre Musil, la ironía puede ser también “la relación del escritor y del hombre consigo mismo”[iv]. Por este motivo, quienes practicamos la crítica (literaria, artística, cinematográfica, etc.) pública no debemos olvidar el sano ejercicio de la autocrítica.

m.
Como dice Peio Aguirre, el crítico “con cada toma de palabra se desnuda y se revela un poco más”[v], una vez que su opinión ha quedado expuesta.

n.
Recuerdo unas declaraciones bastante lamentables de Francisco Umbral cuando, al ser preguntado por un rifirrafe público que había sostenido con otro escritor conocido, respondió que él funcionaba como un dinamitero que dejaba una bomba y luego salía huyendo; que a él no le interesaba la continuación de la polémica, sino sólo prender la chispa. Esta forma de actuar me parece bajuna y cobarde. No se trata de que uno responda a los insultos gratuitos que recibe; pero los denuestos recibidos tras un ataque propio anterior no son gratuitos, sino consecuencias naturales de nuestro proceder. Quien participa en el espacio público de forma agresiva, debe aceptar las consecuencias de los hechos —incluidas las legales, si se llega a esa indeseable ampliación del campo de batalla—. Por ese motivo, quien se expone y participa de modo firme, pero educado, en ese espacio, puede pedir el mismo trato y borrar o bloquear a los maleducados. Pero lo que entiendo irrespetuoso y quizá injusto es que alguien con una opinión pública bloquee a quienes muestran su disenso o disconformidad con lo que ha dicho o escrito, sin mediar insultos o agravios (poco después de escribir el borrador de este texto, el tribunal supremo estadounidense prohibió al presidente bloquear cuentas de otros usuarios en Twitter: tiene toda la lógica del mundo, en cuanto servidor público). No sé qué sustantivo merece la persona que sólo quiere el borreguil aplauso a lo que escribe, desde luego no es el de escritora o pensador. Escribir es otra cosa: ser capaz de leer con atención y respeto la crítica ajena, incluso la irónica, y estar dispuesto a aprender —en su caso— de ella.

Opinar sin ser contradicho ni reprobado, escribir libros sin obtener más reseñas que las propagandísticas: he ahí la fantasía de no pocos escritores actuales, y la explicación de por qué sus libros suelen ser tan mediocres.


o.

no hablo de enseñar
hablo más bien de exponerse
Jorge Riechmann, Poesía desabrigada

La conversación pública requiere a mi juicio el mayor grado posible de diversidad y apertura en el debate. Una conversación en un perfil o muro digital en el que el usuario ha ido liquidando sistemáticamente a todos aquellos que no piensan como él, o a quienes tienen una ideología distinta o han mostrado reticencias respecto de sus opiniones o las han criticado, no es una conversación pública: es una red privada de confidencias entre pares. Lo público demanda la pluralidad: es la ausencia de igualdad de pareceres lo que socializa la conversación. Por ese motivo no borro en mis redes sociales a personas de distinta ideología —práctica que conlleva otro beneficio, el de no sorprenderse cuando llegan los resultados electorales—; no bloqueo a personas puntillosas o quisquillosos cuyas únicas aportaciones suelen ser negativas, e incluso mantengo visibles a contactos que literalmente me repugnan psicológica, ideológica, personal o artísticamente. El motivo de hacerlo, sobre todo en el caso de los “tocapelotas” o eirones —en el sentido griego del término, recordado tanto por Santiago Gerchunoff como por Rosa Benéitez—, es que su presencia en las redes actúa como interlocutor previo, una variante externalizada de la voz interior (Gerchunoff, p. 12) que anticipa la respuesta crítica y me permite afinar el argumento al máximo antes de emitirlo. Es decir, los quisquillosos no funcionan como censura previa, sino como una especie de editor interno que me obliga a formular la idea de la manera más sólida e inatacable de la que soy capaz —siendo la inatacabilidad, por supuesto, una completa utopía, pero una utopía que debe perseguirse—. Esta es una paradoja del presente de la que podemos sacar partido: los trols pueden hacernos mejores, porque nos obligan a estar vigilantes.


p.
Terminamos:

1). “[…] los nuevos conservadores […] Parecen tener miedo a la masa como tal y a su falta de jerarquías aristocráticas; el miedo a que cualquiera, sin ser nadie, sin haber pasado por los peajes jerárquicos de la vida pública burguesa, pueden discutir y eventualmente dejar en ridículo a una persona más o menos colegiada. A que la voz de los que saben de verdad se vea opacada en el caos de cualquieras que conversan y opinan sobre todas las cosas sin saber nada.” (Gerchunoff, p. 67)

2) “Pero de todo esto estarán la mayoría de ustedes al cabo de la calle, y disculpen que les diga nada sobre mediterráneos que habrán descubierto hace siglos. Lo que más me ha desagradado, sin embargo, son los llamados blogs y foros, por algunos de los cuales me he dado un paseo. No entiendo que tantos escritores tengan un blog propio y le dediquen, por fuerza, numerosas horas de su tiempo, porque me parece equivalente a esto: uno va a un bar, se sienta a una mesa y habla de lo que sea, y a continuación está expuesto a que cualquiera coja una silla y le suelte a su vez su rollo o -con demasiada frecuencia- sus imprecaciones. O bien a esto otro: uno inicia una conversación telefónica particular, y cualquier individuo puede colarse en ella y opinar lo que le plazca o ponerle verde a uno. No sé, para mí sería una pesadilla tener que escuchar pacientemente a personas que no he elegido, y con las que en algunos casos no quisiera ni cruzar media palabra.”, Javier Marías[vi].

3). “Porque otra de las regularidades de este blog es la accesibilidad del escritor, que además suele contestar a los comentarios porque lo considera parte importante de la nueva filosofía que trata de reivindicar. Llevo seis años en la universidad, entre filología y teoría de la literatura, y he conocido a muchísimos estudiosos, catedráticos, profesores, y escritores ponentes, como cualquier otro en mi situación, y puedo asegurar que solo una estrecha minoría está dispuesta a discutir sus ideas. Y de esa minoría, solo unos pocos están dispuestos a discutirlos con cualquiera.”, Miguel Espigado, en Diario de Lecturas.

En efecto: para conversar con cualquiera, para tomar parte en igualdad de condiciones de la conversación pública de masas —pues cualquiera puede abrir un blog, o un perfil en redes sociales, y comenzar a escribir—, para exponer opiniones con todas las consecuencias: esas fueron las razones para las que este blog fue creado, y así espero que siga siendo.




[i] Michel de Montaigne, Ensayos; libro III, cap. IX, Cátedra, Madrid, 1998, p. 236.
[ii] Javier Moreno, Acontecimiento; Salto de Página, Madrid, 2015, pp. 73-74.
[iii] V. L. Mora, “Sujeto a réplica: el estatuto narrativo del sujeto palimpsesto y formas literarias de identidad digital”, en Jesús Montoya Juárez y Ángel Esteban (eds.), Imágenes de la tecnología y la globalización en las últimas narrativas hispánicas; Iberoamericana Vervuert, Madrid, 2013, pp. 33-60. También lo tratamos en el apartado “Más egotismos: dos palabras sobre narcisismo electrónico” de La literatura egódica. El sujeto narrativo en el espejo en la literatura española contemporánea. Universidad de Valladolid, Servicio de Publicaciones, Valladolid, 2013, pp. 148ss.
[iv] Maurice Blanchot, El libro por venir. Trad. Emilio Velasco y Cristina de Peretti. Madrid: Trotta, 2005, p. 17.
[v] Peio Aguirre, La línea de producción de la crítica; Consonni, Bilbao, 2014, p. 24.
[vi] J. Marías, “Una región ocultamente furibunda”, El País Semanal, 14/12/2008.

domingo, 23 de junio de 2019

El trance lector de Alan Pauls




Pauls, Alan (2018). Trance. Buenos Aires: Ampersand.

Muchos son los libros devorados sobre la lectura, sobre el hecho de leer como práctica sostenida a lo largo de una vida, pero pocos tienen el plástico equilibrio de Trance, de Alan Pauls (Ampersand, 2018). 


Llama la atención cómo el prosista argentino es capaz de tejer de nuevo la “continuidad entre libro y mundo” (p. 24), rota por la mala vista y por la cesura entre el culturalismo del lector adulto y la inocencia inmersiva consustancial al lector niño. 


Como en todo lector obsesivo, la práctica se llena de mitos propios y de ajenos pensados como propios; así sucede con esa imagen de Pauls antes de saber leer con un libro en las manos, sostenido al revés, que piensa suya y acaba encontrando luego en los Diarios de Ricardo Piglia. 


Es decir: el mito lector como una otredad (la de un yo reelaborado) erigida sobre una otredad (la de Piglia) alzada sobre una otredad (la propia de la lectura, pues leemos siempre a los demás; leerse a uno mismo se llama “corregir”).


Ese fantástico equilibro de Trance es el arco trazado entre las nervaduras biológicas de la lectura in extenso como plataforma de crecimiento vital y la lectura como fuente de conocimiento y cultura. 


Entre la aventura libérrima y la referencia erudita:


Es decir, entre la historia de un yo y la histeria de sí.


La situación ideal de lectura para Pauls es un avión (a nadie le importa, pero la mía es a bordo de un tren; de hecho, es en un tren a Madrid donde leo el libro de Pauls), porque la lectura en trance que describe se basa en la privación sensorial, en el vaciado de todo lo demás.


La lectura se basa en una carencia: la de interrupciones (no de distracciones, que es otra cosa, porque a veces es la propia lectura la que distrae, al tiempo que abstrae, llevándonos a otros pasajes, y ése es el secreto de su poder de seducción).


La interrupción es lo exterior al libro, parece decir Pauls, mientras que la distracción es siempre interior, psicológica, con vocación imaginativa.


La lectura como perpetuum mobile, el único que no contradice la segunda ley de la termodinámica. Leer como mise en abyme: “Leer (como pensar) es un verbo architransitivo, cuyo horizonte de objetos no tiene límite” (p. 42).


Leer como una suerte de enfermedad mental, una compulsividad que nos otorga un asidero inestable, perecedero e irrenunciable, y cuya discontinuidad extendida es una metáfora de nuestra propia identidad (como lectores y como no lectores). 


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[Relación con editorial y autor: ninguna]