A la izquierda, la genial publicidad estática de las librerías Gandhi, en México. La foto no es muy buena porque se tomó desde un coche en movimiento.
*
El surrealismo de Breton hubiera encontrado, de nacer setenta años más tarde, un medio mucho más eficaz de escritura automática: dejar caer el teclado de un ordenador al suelo, o frotarlo contra todo tipo de superficies romas, agrietadas o desparejas. Abandonar el teclado frente a un bebé. Lanzarle pelotas de tenis. Arrastrarlo por un suelo lleno de gomas de borrar. Prestarlo a un ciego. Dejarlo en la ventana para que lo pisen pájaros despistados. Colocarlo como diana en una escuela de tiro. Meterlo, como tercer cuerpo, en la cama donde hacemos el amor.
*
Raúl Quinto, uno de los poetas jóvenes más interesantes de nuestro panorama, ha sacado este año La flor de la tortura (Renacimiento), y ha reeditado Grietas (La Garúa). La flor de la tortura es uno de los poemarios más duros, por no decir salvajes, que he leído en mucho tiempo. En medio de la complacencia general, estos versos son una bofetada no ya a la cara del lector, que también, sino sobre todo a la
cara del mismo poeta, para despertar de lo que Kant llamaría el “sueño dogmático” y enfrentarse a la cruel intemperie de la existencia. En él pueden encontrarse piezas como espléndido haiku: “En el umbral / hay dos cuerpos desnudos / cicatrizando”. Absténgase mentes encantadas de conocerse, admiradores de Ana Rosa Quintana y suscriptores de Qué leer. Completando el negro panorama, con un tono desolado y seco, consciente del hueco interno (“el vacío lo es todo”, p. 44), Grietas (2002, 2008) construye o más bien deconstruye una visión desolada y rota del sujeto contemporáneo, a través de la elipsis y de la destrucción sistemática de los resquicios de una existencia plena. En buena medida, Grietas es un poemario de época, representativo de una corriente subterránea de la poesía española en la que el sujeto poético se ve a sí mismo como una fisura, como una grieta en la antigua esfera cartesiana del sujeto, por donde se escapa la vida a chorros o por la que entra, en tromba, el vacío al centro.
*
No es raro encontrar expresiones metafóricas en las cuales los escritores utilizan a la hora de describir el éxtasis sexual la inmersión en un espacio verde. No hace mucho encontré también la imagen en Musil. Me pregunto si esa tendencia puede relacionarse con las tesis de Jung sobre el oro verde, mito alquimista que vendría a significar el “espíritu vital”: de ser así, constituido en arquetipo y por tanto presente en el inconsciente colectivo de diversas razas y épocas, configuraría el escenario mental del coito.
*
Para amantes de Rimbaud, y/o de su poesía, acaba de aparecer en la Editorial Complutense el volumen de trabajos sobre el poeta francés coordinado por Miguel Casado y titulado Rimbaud, el otro. Textos de Michel Collot, Amelia Gamoneda, Jean-Marie Gleize, Chantal Maillard, Vicente Luis Mora, Jaime Moreno Villarreal, Miguel Morey, Antonio Méndez Rubio, Nino Palenzuela, Esther Ramón, Ildefonso Rodríguez y William Rowe.
*
Álvaro Valverde, Desde fuera; Tusquets, Barcelona, 2008. “A modo de inventario” es el primer verso de uno de los poemas de Desde fuera, y da la impresión de que el autor de Plasencia, al borde de los 50, recapitula o inventaría una descripción existencial, marcada más por la búsqueda de equilibrio que por la efectiva consecución del mismo (problemas de ser occidental, los orientales sobrellevan mejor este asunto). La indagación elegíaca es una de las características más reconocibles de la poesía de Valverde, presente ya en su excelente Ensayando círculos (1995),
poemario que nos sirvió a muchos para conocer esta poética sustancializada y contenida, tan enemiga de la falsa profundidad como del aspaviento innecesario. Una poética coherente, como decimos: ya en 1993, en uno de los poemas de A la debida distancia, había escrito Valverde: “mi tema es la memoria”[1].
Valverde tiene una voz muy personal, capaz de saltar de las tierras extremeñas a las praderas holandesas sin necesidad de variar su tono meditativo y sosegado. En uno de los mejores poemas de este libro, “El viaje de mi vida”, el yo se disuelve en un personaje diez años mayor que repasa el “espacio metafísico” de la breve distancia entre su casa natal y la que ahora ocupa. Una variante de ese paseo meditante la reflexión es el propio Desde fuera, lleno de viajes, sobre todo de viajes interiores, y que sitúa en el juego dialéctico del par conceptual interioridad/exterioridad su clásica estructura.
*
19/11/2008. Me encanta utilizar la palabra Red para referirme a Internet. Creo que es porque me parece asombroso que una realidad tan vasta pueda ser nombrada con un nombre tan corto.
*
El día después de haber escrito lo anterior, como si hubiera estado llamándolo, me encuentro el verso de Emilio Adolfo Westphalen: “¿Qué es más grande –el mar o la palabra con que lo nombramos?”.
*
Raúl Quirós Molina, El día que me enamoré de mi BMW; Vitruvio, Madrid, 2008. Es difícil publicar un primer poemario. No me refiero sólo a lo complicado de encontrar una editorial que, sin premios ni ayudas a la edición, apueste por un nombre joven que comparece –hasta donde sé– sin padrinos ni apoyos, sino al hecho de saber qué debe entrar y qué debe quedarse fuera de una primera colección de poemas. Acierta Vitruvio publicando El día que me enamoré de
mi BMW, del joven Raúl Quirós Molina (Madrid, 1980), irregular y compuesto de piezas de años y tonos diferentes, como todos los primeros poemarios, pero que guarda algunos aciertos sugerentes y otros, como “Riley Manson” (un poema dedicado a una actriz porno) simplemente memorables. Quirós Molina acierta más cuanto menos se ciñe a tradiciones previas, y toca fibra cuando se lanza a inventar literatura a su antojo, con valentía y descaro. Se cometen errores operando de este modo, por supuesto, y me temo que dentro de diez años el poeta leerá con sonrojo alguno de los textos, pero hay que aplaudirle su valiente y deslenguada apuesta, capaz de hacer una “Oda a la hamburguesa”, tema ya con cierta tradición poética reciente (Riechmann, Vilas, Mercedes Cebrián), o de ponerse en la piel de un dictador muerto que se zarandea en una soga.
*
09/12/2008. Aeropuerto de Washington D.C. Entra en la cafetería donde desayuno una chica con el uniforme de los Marines, el de camuflaje. Lleva el pelo medio largo, es rubia, ojos claros, expresión aniñada y cara de sueño. Todos los clientes se la han quedado mirando al entrar, porque es poco frecuente ver una soldado atractiva. Debe tener unos diecinueve años. Estornuda, y al hacerlo su cuerpo tiembla dentro del uniforme. Sé que ella odiaría leer esto, menos mal que lo escribo en español, pero lo que transmite es fragilidad. No parece capaz, aunque está entrenada para ello, de entrar con un fusil de asalto en una casa acribillando personas. Se recoloca el pelo, de espaldas a mí, con suavidad, mientras bosteza.
Ojalá todos los soldados despertasen, al verlos, lo que esta chica: las ganas de taparla con un abrigo, darle una pastilla para la tos e invitarla a un chocolate caliente.
*
Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Volpi y yo presentamos en México nuestros respectivos ensayos publicados en Páginas de Espuma este año, en un acto entrañable por muchos motivos. Me gustaría recomendarles Mentiras contagiosas por la sencilla razón de que dentro aguardan varias piezas magistrales. No sé con cuál de ellas quedarme. Según el día, releo el maravilloso texto sobre la nunca terminada adaptación del Quijote al cine por Orwon Welles, o reflexiono sobre los enlaces entre literatura y ciencia aportados en “Pobladores de mundos extraños”, o voy por la calle diciéndole a la gente que no puede vivir un solo día más sin leer “Las trompetas de Jericó y los crímenes de Santa
Teresa”, una de las reflexiones sobre la frontera y la literatura de la frontera más inteligentes que he leído, cuya ética suscribo de principio a fin. En este texto, precisamente, encontré un pasadizo entre nuestros dos ensayos, porque ambos transpiran la misma resitencia ética ante cualquier forma de frontera excluyente. Escribía yo en Pasadizos: “España acometió un muro en el norte de África para dejar afuera, lejos del progreso, a los pueblos pobres y de piel oscura. Los muros son siempre de conciencia. Hay en ellos una terca tensión norte-sur, una insalvable distancia, y la voluntad ciega de saltar las almenas que acaba venciendo cualquier resistencia defensiva. (…) C. W. Ceran observaba que en todas las ciudades antiguas había una parte de ciudadanos que deseaban la llegada de los de fuera y la brecha en la defensa, y la literatura universal, desde Kafka a Coetzee pasando por Buzzati, está llena de traicioneros vigilantes en las torres. Yo soy de los que aguardan esperanzados el momento. Los muros de Troya y Jericó cayeron, se superaron los de Nínive y Babilonia, cayó Constantinopla, caeremos. Todo muro acaba siendo, más tarde o más temprano, Muro de las Lamentaciones”. Y escribe Volpi: “La construcción de muros y fronteras se ha convertido en una especialidad arquitectónica –y en un género literario- por sí mismo. La muralla es la exacerbación de la frontera. Su objetivo es múltiple no sólo impedir que los de afuera nos vean –y nos deseen-, sino enturbiar el paisaje y quitarnos la tonta idea de que quizás los bárbaros al otro lado de la verja no son tan distintos a nosotros (…) En contra de lo que hubiésemos creído después de 1989, los muros no han perdido su vigencia, sino que se han multiplicado. (…) Estas barreras interiores ya no asilan a un país de otro –tarea fútil-, sino señalan la única frontera que importa en nuestros días: la que separa a pobres de ricos”[1]. Amén.
*
Los de Hermano Cerdo me pidieron lo mejor del año.
*
Bibliomaquia de los días
Desfilan batallones de días azules.
Apollinare
Andan días iguales persiguiéndose.
Neruda.
Y palidece en la luz del día común
Wordsworth
Hay días que parecen fotocopias
Aurora Luque
Sus días fueron copias
tan perfectas que no mancharon
nunca de hambre sus manos
Raúl Quirós Molina
A un día monótono otro
monótono, idéntico, sucede. Pasarán
las mismas cosas, volverán de nuevo a pasar,
iguales instantes nos toman y nos abandonan.
Constantino Cavafis
contemplo con espanto
el nuevo día traerme el mismo día del fin
del mundo y del dolor,
un día igual a los otros
Carlos Barral
Y está la resistencia de los días de lluvia
Inmaculada Mengíbar
Sólo me quedan los días iguales
de después, los días marginales
Ricardo Defargues
Sucede que ha llegado a preocuparme
la manera de ser de las semanas.
Pablo Neruda
Se parecen los días a los días
Esperanza López Parada
Los días son igual que una condena.
Santiago Auserón
Los días lentos
se apilan
Buson
No hay
pasado. Sí, también yo colecciono
días, pero los tengo todos repetidos
Gabriel Ferrater
Pero después de todo, no sabemos
si las cosas no son mejor así,
escasas a propósito... Quizá,
quizá tienen razón los días laborables.
Gil de Biedma
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Notas
[1] Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 127-128.
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El surrealismo de Breton hubiera encontrado, de nacer setenta años más tarde, un medio mucho más eficaz de escritura automática: dejar caer el teclado de un ordenador al suelo, o frotarlo contra todo tipo de superficies romas, agrietadas o desparejas. Abandonar el teclado frente a un bebé. Lanzarle pelotas de tenis. Arrastrarlo por un suelo lleno de gomas de borrar. Prestarlo a un ciego. Dejarlo en la ventana para que lo pisen pájaros despistados. Colocarlo como diana en una escuela de tiro. Meterlo, como tercer cuerpo, en la cama donde hacemos el amor.
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Raúl Quinto, uno de los poetas jóvenes más interesantes de nuestro panorama, ha sacado este año La flor de la tortura (Renacimiento), y ha reeditado Grietas (La Garúa). La flor de la tortura es uno de los poemarios más duros, por no decir salvajes, que he leído en mucho tiempo. En medio de la complacencia general, estos versos son una bofetada no ya a la cara del lector, que también, sino sobre todo a la
cara del mismo poeta, para despertar de lo que Kant llamaría el “sueño dogmático” y enfrentarse a la cruel intemperie de la existencia. En él pueden encontrarse piezas como espléndido haiku: “En el umbral / hay dos cuerpos desnudos / cicatrizando”. Absténgase mentes encantadas de conocerse, admiradores de Ana Rosa Quintana y suscriptores de Qué leer. Completando el negro panorama, con un tono desolado y seco, consciente del hueco interno (“el vacío lo es todo”, p. 44), Grietas (2002, 2008) construye o más bien deconstruye una visión desolada y rota del sujeto contemporáneo, a través de la elipsis y de la destrucción sistemática de los resquicios de una existencia plena. En buena medida, Grietas es un poemario de época, representativo de una corriente subterránea de la poesía española en la que el sujeto poético se ve a sí mismo como una fisura, como una grieta en la antigua esfera cartesiana del sujeto, por donde se escapa la vida a chorros o por la que entra, en tromba, el vacío al centro.*
No es raro encontrar expresiones metafóricas en las cuales los escritores utilizan a la hora de describir el éxtasis sexual la inmersión en un espacio verde. No hace mucho encontré también la imagen en Musil. Me pregunto si esa tendencia puede relacionarse con las tesis de Jung sobre el oro verde, mito alquimista que vendría a significar el “espíritu vital”: de ser así, constituido en arquetipo y por tanto presente en el inconsciente colectivo de diversas razas y épocas, configuraría el escenario mental del coito.
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Para amantes de Rimbaud, y/o de su poesía, acaba de aparecer en la Editorial Complutense el volumen de trabajos sobre el poeta francés coordinado por Miguel Casado y titulado Rimbaud, el otro. Textos de Michel Collot, Amelia Gamoneda, Jean-Marie Gleize, Chantal Maillard, Vicente Luis Mora, Jaime Moreno Villarreal, Miguel Morey, Antonio Méndez Rubio, Nino Palenzuela, Esther Ramón, Ildefonso Rodríguez y William Rowe.
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Álvaro Valverde, Desde fuera; Tusquets, Barcelona, 2008. “A modo de inventario” es el primer verso de uno de los poemas de Desde fuera, y da la impresión de que el autor de Plasencia, al borde de los 50, recapitula o inventaría una descripción existencial, marcada más por la búsqueda de equilibrio que por la efectiva consecución del mismo (problemas de ser occidental, los orientales sobrellevan mejor este asunto). La indagación elegíaca es una de las características más reconocibles de la poesía de Valverde, presente ya en su excelente Ensayando círculos (1995),
poemario que nos sirvió a muchos para conocer esta poética sustancializada y contenida, tan enemiga de la falsa profundidad como del aspaviento innecesario. Una poética coherente, como decimos: ya en 1993, en uno de los poemas de A la debida distancia, había escrito Valverde: “mi tema es la memoria”[1].Valverde tiene una voz muy personal, capaz de saltar de las tierras extremeñas a las praderas holandesas sin necesidad de variar su tono meditativo y sosegado. En uno de los mejores poemas de este libro, “El viaje de mi vida”, el yo se disuelve en un personaje diez años mayor que repasa el “espacio metafísico” de la breve distancia entre su casa natal y la que ahora ocupa. Una variante de ese paseo meditante la reflexión es el propio Desde fuera, lleno de viajes, sobre todo de viajes interiores, y que sitúa en el juego dialéctico del par conceptual interioridad/exterioridad su clásica estructura.
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19/11/2008. Me encanta utilizar la palabra Red para referirme a Internet. Creo que es porque me parece asombroso que una realidad tan vasta pueda ser nombrada con un nombre tan corto.
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El día después de haber escrito lo anterior, como si hubiera estado llamándolo, me encuentro el verso de Emilio Adolfo Westphalen: “¿Qué es más grande –el mar o la palabra con que lo nombramos?”.
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Raúl Quirós Molina, El día que me enamoré de mi BMW; Vitruvio, Madrid, 2008. Es difícil publicar un primer poemario. No me refiero sólo a lo complicado de encontrar una editorial que, sin premios ni ayudas a la edición, apueste por un nombre joven que comparece –hasta donde sé– sin padrinos ni apoyos, sino al hecho de saber qué debe entrar y qué debe quedarse fuera de una primera colección de poemas. Acierta Vitruvio publicando El día que me enamoré de
mi BMW, del joven Raúl Quirós Molina (Madrid, 1980), irregular y compuesto de piezas de años y tonos diferentes, como todos los primeros poemarios, pero que guarda algunos aciertos sugerentes y otros, como “Riley Manson” (un poema dedicado a una actriz porno) simplemente memorables. Quirós Molina acierta más cuanto menos se ciñe a tradiciones previas, y toca fibra cuando se lanza a inventar literatura a su antojo, con valentía y descaro. Se cometen errores operando de este modo, por supuesto, y me temo que dentro de diez años el poeta leerá con sonrojo alguno de los textos, pero hay que aplaudirle su valiente y deslenguada apuesta, capaz de hacer una “Oda a la hamburguesa”, tema ya con cierta tradición poética reciente (Riechmann, Vilas, Mercedes Cebrián), o de ponerse en la piel de un dictador muerto que se zarandea en una soga.*
09/12/2008. Aeropuerto de Washington D.C. Entra en la cafetería donde desayuno una chica con el uniforme de los Marines, el de camuflaje. Lleva el pelo medio largo, es rubia, ojos claros, expresión aniñada y cara de sueño. Todos los clientes se la han quedado mirando al entrar, porque es poco frecuente ver una soldado atractiva. Debe tener unos diecinueve años. Estornuda, y al hacerlo su cuerpo tiembla dentro del uniforme. Sé que ella odiaría leer esto, menos mal que lo escribo en español, pero lo que transmite es fragilidad. No parece capaz, aunque está entrenada para ello, de entrar con un fusil de asalto en una casa acribillando personas. Se recoloca el pelo, de espaldas a mí, con suavidad, mientras bosteza.
Ojalá todos los soldados despertasen, al verlos, lo que esta chica: las ganas de taparla con un abrigo, darle una pastilla para la tos e invitarla a un chocolate caliente.
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Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008. Volpi y yo presentamos en México nuestros respectivos ensayos publicados en Páginas de Espuma este año, en un acto entrañable por muchos motivos. Me gustaría recomendarles Mentiras contagiosas por la sencilla razón de que dentro aguardan varias piezas magistrales. No sé con cuál de ellas quedarme. Según el día, releo el maravilloso texto sobre la nunca terminada adaptación del Quijote al cine por Orwon Welles, o reflexiono sobre los enlaces entre literatura y ciencia aportados en “Pobladores de mundos extraños”, o voy por la calle diciéndole a la gente que no puede vivir un solo día más sin leer “Las trompetas de Jericó y los crímenes de Santa
Teresa”, una de las reflexiones sobre la frontera y la literatura de la frontera más inteligentes que he leído, cuya ética suscribo de principio a fin. En este texto, precisamente, encontré un pasadizo entre nuestros dos ensayos, porque ambos transpiran la misma resitencia ética ante cualquier forma de frontera excluyente. Escribía yo en Pasadizos: “España acometió un muro en el norte de África para dejar afuera, lejos del progreso, a los pueblos pobres y de piel oscura. Los muros son siempre de conciencia. Hay en ellos una terca tensión norte-sur, una insalvable distancia, y la voluntad ciega de saltar las almenas que acaba venciendo cualquier resistencia defensiva. (…) C. W. Ceran observaba que en todas las ciudades antiguas había una parte de ciudadanos que deseaban la llegada de los de fuera y la brecha en la defensa, y la literatura universal, desde Kafka a Coetzee pasando por Buzzati, está llena de traicioneros vigilantes en las torres. Yo soy de los que aguardan esperanzados el momento. Los muros de Troya y Jericó cayeron, se superaron los de Nínive y Babilonia, cayó Constantinopla, caeremos. Todo muro acaba siendo, más tarde o más temprano, Muro de las Lamentaciones”. Y escribe Volpi: “La construcción de muros y fronteras se ha convertido en una especialidad arquitectónica –y en un género literario- por sí mismo. La muralla es la exacerbación de la frontera. Su objetivo es múltiple no sólo impedir que los de afuera nos vean –y nos deseen-, sino enturbiar el paisaje y quitarnos la tonta idea de que quizás los bárbaros al otro lado de la verja no son tan distintos a nosotros (…) En contra de lo que hubiésemos creído después de 1989, los muros no han perdido su vigencia, sino que se han multiplicado. (…) Estas barreras interiores ya no asilan a un país de otro –tarea fútil-, sino señalan la única frontera que importa en nuestros días: la que separa a pobres de ricos”[1]. Amén.*
Los de Hermano Cerdo me pidieron lo mejor del año.
*
Bibliomaquia de los días
Desfilan batallones de días azules.
Apollinare
Andan días iguales persiguiéndose.
Neruda.
Y palidece en la luz del día común
Wordsworth
Hay días que parecen fotocopias
Aurora Luque
Sus días fueron copias
tan perfectas que no mancharon
nunca de hambre sus manos
Raúl Quirós Molina
A un día monótono otro
monótono, idéntico, sucede. Pasarán
las mismas cosas, volverán de nuevo a pasar,
iguales instantes nos toman y nos abandonan.
Constantino Cavafis
contemplo con espanto
el nuevo día traerme el mismo día del fin
del mundo y del dolor,
un día igual a los otros
Carlos Barral
Y está la resistencia de los días de lluvia
Inmaculada Mengíbar
Sólo me quedan los días iguales
de después, los días marginales
Ricardo Defargues
Sucede que ha llegado a preocuparme
la manera de ser de las semanas.
Pablo Neruda
Se parecen los días a los días
Esperanza López Parada
Los días son igual que una condena.
Santiago Auserón
Los días lentos
se apilan
Buson
No hay
pasado. Sí, también yo colecciono
días, pero los tengo todos repetidos
Gabriel Ferrater
Pero después de todo, no sabemos
si las cosas no son mejor así,
escasas a propósito... Quizá,
quizá tienen razón los días laborables.
Gil de Biedma
.
Notas
[1] Jorge Volpi, Mentiras contagiosas; Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 127-128.
[1] Álvaro Valverde, “Hotel inglés”, A la debida distancia; Hiperión, Madrid, 1993, p. 34.