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viernes, 6 de noviembre de 2009

Poesía en red



Agustín Fernández Mallo, Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma; Anagrama, Barcelona, 2009

[Esta reseña es la extended version de la aparecida en el número de octubre de la revista Mercurio]

Déjame seguir. Hay sistemas que no funcionan en absoluto. Otros sirven para explicar un hecho en relación con muchas verdades posibles, surgidas de otros sistemas. Otros son sistemas de espectro muy cerrado, hasta unívocos. Hay sistemas de comunicación entre dos relaciones preexistentes y otros que realizan lo que solo podemos llamar creación.
Enrique Prochazka (1)

En la ciencia se trata de explicar lo que no se sabía de manera que se entienda. En la literatura uno se comporta justo al contrario.
Paul Dirac

Los jóvenes están buscando el arte en las conexiones cerebrales que se dan en las calles. En las sinapsis. Rizomas. En esos espacios que quedan en los procesos de conexión. Ellos están conectándose. Ellos son ellos, no son uno. Ellos están marcando haciendo ahí la literatura, la escritura. Ellos están en las redes colgados todo el día y conectados entre ellos (…)
Claudia Apablaza (2)


Frente a la apatía teórica de sus mayores, parece que la mayoría de los poetas nacidos con posterioridad a 1960 afrontan sin complejos la necesaria tarea –a mi modesto juicio– de explicitar en una poética sus claves constructivas, los rudimentos de su arte; y ese propósito afecta a autores muy distintos y de prácticas muy diferentes o casi opuestas entre ellos (Riechmann, Santamaría, Álvaro García, Méndez Rubio, Falcón, Eduardo García, Bagué, entre muchos otros). Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) se suma a esta sana tendencia con Postpoesía, un interesante ensayo de poética que participa de unas claves (un “nuevo paradigma”, explica el autor, en términos kuhnianos) inéditas en todos los demás.

Comenzando del final hacia el principio (siguiendo una de las reglas de la propia postpoética que el libro defiende), Mallo sostiene, sobre una tesis de Nicolas Bourriaud, que vivimos en la Altermodernidad, entendiendo como tal el espacio artístico que ha seguido a la posmodernidad. La tesis de Bourriaud, que es más una red para unir artistas muy distintos en una exposición que una auténtica teoría en el sentido duro del término, le viene bien a Mallo para tejer su propia red conceptual, que parte precisamente de la teoría de las redes complejas para presentarse como una alternativa a la poesía tradicional u Ortodoxa. Es poco frecuente plantear una poética a partir de un ataque a los demás (disfrazado de comparación), y me parece un modo tan bueno como cualquier otro de plantear una poética, ya que todo planteamiento estético individual es un ponerse al margen del resto. Pero si el ataque –como sucede en Postpoética- es frontal, directo y general, debe estar bien articulado, debe conocer a fondo aquello que combate. “Es el nombre de aquello que destruyes / lo menos que debieras saber”, decía Aníbal Núñez, en un poema significativamente titulado “Derribo”. Y quizá el problema es que el punto de partida del ataque de Fernández Mallo es, sin embargo, discutible: considera el autor que “una mayoría abrumadora de la poesía publicada en todas las lenguas oficiales de este país parece no haberse enterado del cambio operado no sólo por el resto de las artes antes descrito, sino por el conjunto de lo que damos en llamar sociedades técnico-desarrolladas” (p. 25), lo cual es cierto, siempre que nos atengamos, como él hace, al dúo terminológico “poesía publicada”, pero no es en absoluto así si nos referimos a una poesía en sentido amplio, que en ocasiones sucede fuera de lo “publicable”: la holopoesía, la poesía fractal, la poesía visual, la cinepoesía, el videopoema, los poetubes (videopoemas pensados para el formato Youtube), la e-poetry (que tiene, gracias al impulso continuo de Laura Borràs, un festival anual ya clásico en Barcelona), la slam-poetry o spoken word, la hiperpoesía, la poesía experimental, la polipoesía, la unfinished poetry (cf. http://theunbook.com/), la poesía objetual y un largo etcétera de posibilidades expandidas sobre las que Mallo pasa por encima, y que son practicados desde hace tiempo por un enorme numeral de poetas españoles. Mallo sólo se refiere a “ciberpoesía y holopoesía” aunque añadiendo que no entran dentro del ámbito de la postpoesía porque “no tienen por qué utilizar metáforas contemporáneas para articular sus obras. La poesía postpoética habla más bien de la naturaleza de las metáforas que sirven de soporte al poema” (p. 32). Esto mueve a preguntarnos: ¿y qué ocurre cuando –como suele suceder– la ciberpoesía o la holopoesía sí se interesan por las metáforas contemporáneas? Por no hablar del hecho de que estas ramas, en sí mismas, son metáforas de la contemporaneidad. Pero, yendo más allá, incluso en la poesía “publicada” hay ya bastantes ejemplos de lo que sería para Mallo postpoesía, y desde luego contamos desde hace lustros, por no decir decenios, con un sector de la poesía española muy consciente de los cambios tecnológicos, científicos y filosóficos; un sector que cita u utiliza –explícita o indirectamente– a los mismos científicos, artistas, filósofos y pensadores estéticos a los que Mallo hace referencia en su ensayo (3). También es injusto e improcedente que diga el autor que “en cualquier tratado o revisión de poesía actual todas las referencias anteriores son mínimas o sencillamente no existen (…) las referencias a filósofos de la ciencia, a físicos cuánticos, a semióticos, a escritores de ciencia-futura (…) a metafísicos, a filósofos del lenguaje” (p. 26); ignoro qué tratados sobre poesía actual lee Fernández Mallo, pero desde luego en los que han escrito autores como Antonio Méndez Rubio, Fernando R. de la Flor, Jaime Siles, Jenaro Talens, Alberto Santamaría, Germán Labrador, Julián Jiménez Heffernan, Alfredo Saldaña, Eduardo García, Luis Bagué Quílez, Jordi Doce, Jordi Ardanuy, J. M. Cuesta Abad y un largo etcétera, no sólo están presentes esas referencias sino que esos ensayos (o los de un servidor) sobre poesía española no se entienden sin ellas. Estas tajantes aseveraciones traen causa de que Fernández Mallo no es –ni quiere ser– crítico literario ni crítico cultural (en la p. 14 se nos advierte que en Postpoesía “no encontrará el lector constantes referencias a pie de página ni fracturas academicistas”), y por lo tanto hay un gran y lógico hueco en su conocimiento, tanto del territorio poético español como de las lecturas críticas sobre el mismo: su propósito, en realidad, es más bien aportar creación que aportar mapas o panoramas, y su conocimiento parcial del panorama poético español (tanto tradicional [4] como alternativo) limita su punto de partida. Los momentos más brillantes e interesantes de Postpoesía, por tanto, no tienen lugar cuando su autor habla de lo que no hay o más bien cree que no hay, sino cuando plantea su propuesta concreta: cuando el libro deja de describir un estado de cosas para lanzarse a lo que tiene de poética, de propuesta estética propia. Entonces entramos en un territorio fascinante.

La propuesta de Fernández Mallo es muy sugestiva; planteada como un método intuitivo, como soft theory, propone un entendimiento de lo estético que va más allá de lo tradicional, que amplía su marco de referencias y también su modo de asociarlas: “sólo hay ideas conectadas por procesos analógicos, metafóricos, que creo que son los pertinentes si de poesía estamos hablando; mucho pegamento. Una investigación por inducción analógica, en absoluto científica al uso” (p. 14). En otras palabras, la condición de físico nuclear del autor no implica que quiera crear una nueva “ciencia poética”, sino más bien la de aprovechar cualesquiera metáforas (artísticas, literarias, mediáticas, pero sobre todo científicas) en aras del entendimiento de lo poético como algo tan amplio que, a la vista de la definición habitual que se tiene de la poesía, no queda más remedio que considerarlo como postpoético, como aquello que viene después de la poesía concebida en términos ortodoxos. Apelando a la filosofía pragmatista de Rorty y a las teorías de Prigogine, Postpoesía busca crear un espacio de generosidad, donde no sólo el autor pueda escribir, sino donde muy diversos autores y modos de concebir lo poético puedan encontrar un fructífero campo de conexión creativa. Para Mallo los infinitos elementos posibles para hacer creación están ahí, y se trata de mirarlos de otra forma y de acercarse a ellos sin prejuicios, siempre que el resultado funcione metafóricamente (p. 36). De ahí que para Mallo el poeta no sea ni un médium ni una persona normal, sino un laboratorio (p. 38), un lugar de experimentación libre cuyos resultados justifican su trabajo. Este cambio de actitud es necesario porque hemos pasado de una era de “escasez de información y el exceso de conocimiento” a una sociedad donde sea crea “desde el exceso de información y la escasez de conocimiento” (p. 78), lo que altera el status quo epistemológico. Mallo se coloca en el lugar no de un escritor al uso, que intenta responder preguntas universales, según leemos hasta la saciedad en los antiguos manuales canónicos de literatura, sino en el lugar del artista, que se propone algo más original y, quizá, más importante, como ha señalado Georges Didi-Huberman: “ciertamente, los artistas no resuelven ninguna cuestión de ese tipo. Ahora bien, por lo menos saben, desplazando los puntos de vista, invirtiendo los espacios, inventando nuevas relaciones, nuevos contactos, encarnar las cuestiones más esenciales, lo cual es mucho mejor que creer que se responde a ellas” . Quizá debamos entender postpoética en el sentido de que “después de la poesía, está el arte”.

En la concepción de Mallo, por tanto, el artista se hace nómada, destierra cualquier idea de identidad convencional (p. 184) y la creación se identifica con una red del tipo “libre de escala” (p. 158), con nodos muy conectados en cuanto a las ideas y de escasa conexión en cuanto a las personas, lo que garantiza la singularidad de la obra dentro de una nueva cartografía. Me ha llamado la atención la sintonía –obviamente casual– de este pensamiento con el expuesto en otro libro reciente, Leerescribir (2008), de la profesora Milagros Ezquerro, que busca desde la semiótica una complejidad semejante a la perseguida por Fernández Mallo, y que también se apoya en la física para conseguirla. Escribe Ezquerro:

Lo que propongo es una visión diferente, más interactiva y comunicacional, en la cual la energía libidinal –pues de eso se trata– circula incesantemente del ideotopo alfa hacia el semiotopo del texto, y de ahí hacia el idiotopo omega, y de vuelta hacia el idiotopo alfa, pasando por el semiotopo. (…) No se trata de una circulación en circuito cerrado ya que son tres sistemas complejos, abiertos y auto-organizadores, que, a su vez, están relacionados con sus propios contextos, que son asimismo sistemas complejos, abiertos y auto-organizadores. Los contextos alfa y omega están en mutación constante, modificando los ideotopos alfa y omega: ninguno de estos sistemas es estático y fijo, todo se mueve, todo fluye. (5)

La semejanza se extiende a los gráficos con que ambos autores explican sus ideas. Este es el de Ezquerro:



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Y éste el de Fernández Mallo:



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Como vemos, hay una división triádica de fenómenos, unidos por una circulación constante de vectores que indican líneas de fuga / fuerza. Diferentes esferas de lo real que se conectan mediante la fuerza entrópica del lenguaje creativo. Los fenómenos quedan enlazados por la energía textual de Ezquerro o por la postpoiesis de Mallo. Ambos insisten en la idea de sistema complejo bajo la forma de red abierta. No utilizaremos las teorías de la poligénesis, pero parece que soplan buenos tiempos para la visión compleja y sin puertas del hecho literario, frente a las angosturas que lo han sometido durante décadas a visiones bidireccionales autor / lector. Hasta los científicos comienzan a abandonar las organizaciones arbóreas del conocimiento y elegir las redes como modelo explicativo (6). En el caso de Fernández Mallo, además, hay que tener en cuenta que esta construcción teórica soporta y nutre a una obra poética, dándose la circunstancia de que esta obra es una de las más interesantes e innovadoras, a nuestro personal juicio, de nuestro panorama actual. Y esa voluntad de no cerrar, de dejar la poiesis abierta para que creación y sociedad se retroalimenten continuamente en un proceso de mutuo enriquecimiento, tiene mucho que ver en el resultado obtenido.

Como vemos, hay en Postpoesía ideas de sobra, no siempre bien formuladas desde el estilo, algo irregular, de su escritura; pero ni eso ni las carencias de conocimiento sobre el campo literario deben hacernos olvidar lo importante de este ensayo, que es la nueva lectura estética de nuestro tiempo que nos ofrece, y de los requerimientos que vindica para la creación literaria, que necesita una actualización urgente de su software constructivo. Desde ese punto, Postpoesía es un ensayo importante porque desvela las carencias de parte de la poesía actual, acota su generalizado anacronismo y plantea interesantes y no exclusivistas formas de salir adelante, de encontrar caminos para seguir camino. Y eso no tiene precio.
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[Relación personal del crítico con el autor del libro: excelente
Relación del crítico con la editorial: ninguna]
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Notas
(1)E. Prochazka, “Tú, que entraste conmigo”, Cuarenta sílabas, catorce palabras; 451 Editores, Madrid, 2008, p. 96.
(2) Claudia Apablaza, Diario de las especies; Jus, México D.F., 2008, p. 125.
(3) Así, Gilles Deleuze es homenajeado en El fugitivo por Jesús Aguado, los artistas conceptuales por Chantal Maillard, los teóricos del píxel y la imagen por Javier Moreno o Alberto Santamaría, los filósofos franceses como Foucault o Barthes son utilizados con abundancia desde los novísimos, los pintores no figurativos por Olvido García Valdés, Jordi Doce, Ana Gorría o Francisco León, los científicos que Mallo llama posmodernos por Félix de Azúa, Fernando Fortuny, Sofía Rhey, Andrés Neuman, Raúl Alonso, María do Cebreiro o un servidor, y otros autores como Peyrou, Canteli, del Pliego, Sandra Santana o Riechmann han utilizado muy sabiamente muchas o todas de las referencias anteriores, oblicua o explícitamente.
(4)Confunde Mallo, por ejemplo, el término “poesía de la diferencia”, ampliándolo a todo aquello que, desde finales de los ochenta del pasado siglo, no era poesía de la experiencia. La poesía de la experiencia era un sector muy limitado caracterizado por su oposición a ésta, mientras que algunos autores que Mallo denomina “cercanos a la poesía de la diferencia como Valente, María Victoria Atencia, Claudio Rodríguez o cierto Gamoneda” estaban en órbitas muy diferentes. En realidad, eran los poetas de la diferencia quienes intentaban ser cercanos a esos nombres citados, o podían ser considerados como tales, y no al revés.
(5) G. Didi-Huberman, Ser cráneo. Lugar, contacto, pensamiento, escultura; Cuatro Ediciones, Valladolid, 2009, pp. 32-33.
(6) Milagros Ezquerro, Leerescribir; Rilma 2 / ADEHL; México D.F. / París, 2008, p. 21. Para los no familiarizados con semiótica aclararemos que el idiotopo son “los elementos vinculados al productor del texto (…) que definen sus relaciones al texto: circunstancias biográficas, peculiaridades psicológicas, situación socio-histórica, motivaciones, etcétera” (ibídem, p. 23), mientras que el semiotopo sería “el sistema de las relaciones específicas que mantiene el texto con el campo semiológico en el que se inscribe” (p. 24).
(7) “claro que se pueden realizar árboles de primates, o de vertebrados, o genealógicos entre familias, pero si somos estrictos (…) debemos aceptar que la historia de la vida no puede ser representada como un árbol. En los últimos años esta idea ha perdido todo su sentido. Lo que ahora construimos no son árboles, ni siquiera arbustos, sino redes” Eugene Koolin de la National Library of Medecine del National Institutes of Health, citado por Pere Estupinya en http://lacomunidad.elpais.com/apuntes-cientificos-desde-el-mit/posts.

viernes, 20 de febrero de 2009

Campo Nublo: un diálogo con Agustín Fernández Mallo


La editorial Idea ha acometido un ambicioso proyecto editorial: nada menos que la publicación de los 30 poemarios que componen la obra completa del poeta canario Antidio Cabal, nacido en 1925 y aún vivo y bien despierto. De toda esa producción, buena parte de ella inédita hasta esta recuperación editorial de Idea, coordinada por Antonio Jiménez Paz, destaca el poemario Campo nublo, un libro escrito originalmente en 1956 y que no fue publicado hasta 2000. Como sabía que Agustín Fernández Mallo lo había leído y disfrutado mucho, pensé que en lugar de hacer la típica reseña era más interesante sostener una conversación con él sobre el poemario, que Agustín también colgará en su blog.

VLM. ¿Qué fue lo que más te interesó de Campo Nublo?

AFM. Cuando cayó en mis manos Campo Nublo (un regalo del poeta canario Ricardo Hernández Bravo, que me lo hizo llegar dedicado por el autor), lo que más me llamó la atención fue su intención totalizadora, querer abarcar de la metafísica, a la teoría literaria, las ciencias naturales, el ámbito de la urbe, pasando por una poetización de las ciencias, la religión, las pastelerías, los cines, las peluquerías o las tijeras. Eso, teniendo en cuenta que desde hace 50 años los libros de poesía son más la especialización en una pequeña “maravilla” que la elevación a “maravilla” del Cosmos, es raro, muy raro. Donde todo lo divino y humano se halla conectado y participan de la misma lógica, que no es otra que la lógica poética del propio autor. Nada le es ajeno a este libro. Una especie de Lucrecio ampliado y servido en aforismos; tapas sin gluten. Lo segundo que me llamó la atención es que, siendo un libro escrito hace tantos años, estuviera formulado en un estilo tan contemporáneo. Cada aforismo es un hallazgo, una paradoja, un fogonazo de lucidez que va de la hondura de San Juan de la Cruz a la espuma de la cotidianeidad en un lenguaje vectorial, directo, limpio, transparente. Es brillante sin ser farragoso. Para mí, sin duda, uno de los mejores libros de poesía en español que he tenido la suerte de leer. Y a ti ¿qué te llamó la atención?

VLM. Me interesan muchas cosas. La que más me interesa, obviamente, por deformación doctoral (mi tesis, ya sabes, va sobre eso), es el tratamiento del yo y de la subjetividad. A esas alturas de siglo XX (1956), sólo había otro poeta que tenía en sus textos un tratamiento tan directo y consciente del yo elocutorio o poético y su relación con el yo “real” del autor. Su nombre era Luis Cernuda. Aunque Gil de Biedma ya había publicado algún libro por entonces, no será hasta Moralidades (1966) cuando dé -precisamente sobre la órbita de Cernuda, como él mismo reconoce en El pie de la letra (1980)-, el salto cualitativo a una profundización del yo de la ambición (aunque no con los mismos resultados que Cernuda, claro) de la de Cabal y Cernuda. Por sí solo, este hecho ya me fascina de Cabal, cómo en aquella época podía tener tan claro un proceso que, como he estudiado, es más bien a principios de los años ochenta cuando comienza a despegar como preocupación ambiental (no generacional, ya que se unen al proceso de cuestionamiento del yo poético diversos autores de muy diversas edades, estéticas e intereses). Hay más cosas que me interesan, y ahora vuelvo a ellas, pero me gustaría apuntarte, por si te da pie a seguir reflexionando, que es curioso que a ambos nos interese tanto Campo nublo, un libro, en principio (corrígeme si me equivoco) muy distante de nuestras propias poéticas.

AFM: Yo, a quien lo veo muy cercano, es a María Zambrano, muchísimo, ese territorio fronterizo entre poema y artefacto de conocimiento puro. Una Zambrano en versión medular.

Respecto a lo de poéticas distantes, pues no lo veo tan claro. Por mi parte, ahora que hablas del tratamiento del yo, hay una búsqueda de un esencialismo en Cabal que la veo también en mi obra poética, e incluso novelística. En ese aspecto, lo veo en la misma línea que ciertos tramos de un Edmond Jabès o de un Valente. Poemas-aforismos encaminados a tallar un yo esencialista, hay muchos ejemplos,

52-. Nosotros somos objetos estériles e individuos no iluminados y nosotros somos híbridos y resinosos y no solubles en la belleza.
458-. El presente se ladea en el vacío, sobre todo en la noche.
462-. Recorro mi yo, buscando ultracostas.
660-. Si existiera el lenguaje, yo no escribiría.

O descripciones de aliento haiku, que terminan en una agudísima sentencia poetizada digna de un excéntrico filósofo de la ciencia:

664-. La abundancia de pájaros ha cesado. Ninguno dice, ninguno vuela. El cielo está cambiando. La realidad está separada de muchas unidades de medida.

Incluso hay comicidad:

313-. El agua tiene un dialecto que se oye en los muelles, se oye su sistema onomatopéyico, que choca contra barcos anclados, contra los metales del fondo de la obra. El mar sufre solo, como un vasto preso.

Ese tipo de cosas las veo muy cercanas a cierta parte de mi poética.

Respecto a tu poética, tampoco la veo tan distante de la de Cabal. Aunque es cierto que, a mi modo de ver, tu poesía no busca tanto ese esencialismo del yo [esa implosión] como sí un despliegue en el mundo presupuesto palpitante [explosión], precisamente en eso último veo vuestra parentela, ya que en Cabal, como dije, está ese despliegue.
Por decirlo ya: creo que la poética de Cabal, la tuya y la mía, se tocan en un punto: su aliento presocrático. El momento en el que lo que hoy llamamos filosofía, poesía, ciencias, matemáticas, religión, etc., eran la misma cosa. Creo que los tres bebemos de algo así. Cabal lo articula en el lenguaje y forma de su tiempo [aunque, como hemos dicho, avanzado a su época], y nosotros en el nuestro, el del píxel, los telepredicadores, el “¿Te gusta conducir?”, los talibanes de Afganistán y la era de simulacro, pero es la misma cosa.
Pero, cambiando de tema, ¿no encuentras, como envolvente a todo el poemario, la búsqueda de una deidad, por laica [o no] que sea? ¿No te parece una “respuesta poética” a la postura [estrictamente filosófica] existencialista, o por el contrario te parece que abunda en el existencialismo?

VLM. Apuntas varias cosas interesantes. Las menciones a los filósofos presocráticos no son inapropiadas hablando de Cabal, ya que él las utiliza en el “Limen” escrito para la nueva edición de El espacio como lenguaje (Idea, 2008); este concepto del espacio como lenguaje, por cierto, tampoco resulta extraño a nuestras obras, ¿verdad? Los temas que tocan los presocráticos (agua, fuego, tiempo) están muy presentes en Campo nublo; casi todos los fragmentos conocidos de Heráclito están interpretados, revertidos, de un modo parecido al que Ducasse utilizara en sus Poésies (1870), cuando retuerce el sentido de los aforistas de la época y deconstruye sus pensamientos. Me gusta Cabal porque escribe contenida y brevemente, y sin embargo cabe todo ahí: si Cabal buscase una deidad, creo que sería en todo caso panteísta. Le atrae lo holístico, aquello que busca al ser en todas las cosas. No rechaza nada (en esto, como apuntas, hay un gran punto de encuentro con tu poesía). Observa el fragmento 94: “Canta, oh poesía, cántate a ti misma. Sé tu propia basura”. No es frecuente este paso de lo sublime a lo mostrenco. Digo sublime porque el fragmento 93 me lo parece: “La dirección de la muerte no la sé. Orfeo sí. Colaborado por los dioses, traspuso la puerta y llegó a la macroniebla. Ahora, Orfeo está muerto, los dioses se han ido, y todo ha quedado a cargo de la carne”. Heidegger y Nietzsche ahí metidos, como si nada, encarnados. Los dioses nos han dejado a la intemperie y sólo nos queda el cuerpo. Si sustituimos “todo ha quedado a cargo de la carne” por “todo ha quedado a cargo de la materia”, tenemos la que sería, a mi juicio, la médula de la poesía de Cabal. En 413 se pregunta: “¿De qué están hechas las cosas que están no hechas? ¿Sabes tú de qué están hechas las cosas que no son? ¿Quién hizo la no realidad y le puso mente?”. En 497: “La realidad del pensamiento es terrible. Me pierdo en su materia compuesta, tal vez duermo en sus sueños”. Y casi cerrando el poemario: “Los tres estados de la materia son: el poético, el presocrático y ambos” (811). Hilemórfica, materialista, buscadora del arjé o principio del que están compuestas todas las cosas, la lírica de Cabal entronca directamente con la poesía antigua, pero quizá no tanto con la griega de Píndaro como con la romana de Lucrecio. La materia esencial, aprehensible sólo mediante el conocimiento del poema, como rerum natura. Bueno, Agustín, creo que ya nos hemos puesto lo suficientemente espesos. Antes de quitarles las ganas a más lectores, si se te ocurre alguna otra razón para recomendar Campo nublo, es el momento.

AFM. Sí. Cojan el libro, abran al azar, empiecen a leer por donde quieran, y comprobarán que el 82% habla de algo que les afecta, y el % restante de algo que les afectará en las próximas horas. Un fenómeno poético que pocas veces se da.

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domingo, 16 de noviembre de 2008

Novedades



Poco a poco voy dotando de contenido la barra derecha de este blog. Me gustaría que dentro de unos años, y haciendo bueno el sistema escriturario del Glas de Derrida (imagen a la izquierda) fuera cuestionable si es más importante el margen lateral que la supuesta escritura central. A partir de ahora colocaré en la parte de abajo una sección titulada "¿No sabes qué leer?", donde pondré las portadas de novedades que me parecen interesantes pero que no tendré tiempo de comentar.





Comienzo con estas dos:





Creta lateral travelling, de Fernández Mallo, es la lujosa reedición del poemario publicado inicialmente en 2004 por La Bolsa de Pipas. El mismo editor, Román Piña, desde otro sello, retoma la publicación del libro.


Este primer poemario de Agustín daba las pautas de lo que luego iría siendo una obra extraña, diferente, sugestiva y monstruosamente hermosa, cuya última entrega es el excelente Carne de píxel. Si alguien no conocía las curiosas prosas poéticas de Creta lateral travelling, es buen momento para acercarse a ellas.










Matices y detalles es una obra difícil, complicada y por momentos inasible. Ello convierte la lectura de este libro de Ludwig Hohl en una obligación ética, en un momento en que la literatura comienza a convertirse en lo fácil y la vida literaria en otra manifestación de "La comercialización como obra de arte", según el artículo de Manuel Ruiz Zamora que recomendaba ayer Molinuevo en su blog. Hohl, que vivió gran parte de su vida escribiendo en un sótano, ajeno a toda vida literaria y a la búsqueda de la fama, dedicándose a escribir una obra enorme en todos los sentidos, por desgracia apenas traducida al castellano, es el representante de un modo de entender el arte, también el arte literario, que por desgracia hoy parece imposible de sostener. Sin embargo, el resultado de su actitud es deslumbrante. La verdad artística y la desnuda experiencia humana que aparece en este conjunto fragmentario de impresiones sólo puede calificarse de arte mayor, de literatura con una densidad (estilística, metafísica y vivencial) que es complicado encontrar hoy en día. Leer a Hohl es una forma de resistencia contra nuestro tiempo, o contra lo peor de nuestro tiempo, y publicarlo es una forma también de resistir contra la superficialidad imperante. Hay que dar las gracias a Ibon Zubiaur por haberse molestado en traducir exquisitamente este libro, y a Sergio Gaspar por el acto heroico de publicarlo. DVD es una editorial absolutamente imprescindible en estos momentos (en Quimera comentaremos próximamente el Rilke que acaba de editar el sello) y hago constar, para lectores perversos, que no tengo ningún proyecto de edición con DVD en este momento (en realidad, que no vaya a aparecer ningún libro mío en la colección es otra muestra más de la inteligencia de su línea editorial). Cómprense todo lo que saque DVD Ediciones, aunque puntualmente no les resulte interesante el resultado; pero comprar sus novedades es el único modo de que el sello siga publicando este tipo de libros que, como el de Hohl, sanean con su mera existencia el panorama editorial español.

La transferencia a la cuenta de siempre, Sergio.

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