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sábado, 8 de marzo de 2008

Wolfgang Hildesheimer: Tynset



Ojo a esta nueva editorial, El Olivo Azul. Véanse sus cinco primeros libros: Schnitzler, Hildesheimer, Shmeliov, Schwob, Andreiev. Ahí es nada. Cuando me solicitaron hacer el prólogo de Tynset ignoraban el favor que me hacían, dándome a leer esta obra, inexplicablemente no traducida al castellano hasta ahora. Transcribo algunas partes de mi prólogo, con la esperanza de que accedan ustedes a esta inclasificable novela. Tynset se incrusta en esa tradición narrativa en lengua alemana del siglo pasado que siempre me ha parecido, de los austríacos Musil, Broch, Schnitzler, Bernhard o Jellinek al suizo Frisch, pasando por los Mann, Böll, Canetti, Döblin, Brecht, Arno Schmidt, el primer Grass o Handke, lo narrativo esencial. En Europa, la mejor poesía del XX se escribió en castellano (con excepciones), la mejor filosofía en francés (con dos excepciones)… y la mejor narrativa en alemán. Hildesheimer está dentro de ese núcleo duro de grandes escritores en lengua germana, y esta novela es una buena prueba. Por cierto, la portada no tiene ese color tan horroroso, es azul viejo en la original, lo que ocurre es que Blogger últimamente está daltónico o mi ordenador tiene andropausia.



Tynset, el misterio cíclico

Vicente Luis Mora

El ser es la nada


Sí, Tynset es un buen nombre para el misterio.
W. Hildesheimer, Tynset

En el verano de 2007 los astrónomos se toparon con un problema metafísico inexpugnable. Unos investigadores de la Universidad de Minnesota publicaban en el Astrophysical Journal un fantástico hallazgo: lo encontrado (o, más bien, no encontrado) es un enorme agujero en el Universo de un tamaño aproximado de mil millones de años luz de extremo a extremo, sin materia oscura y sin una sola estrella o galaxia en su interior. El director de la investigación, Lawrence Rudnick, declaró, lacónico y sorprendido, que “no solo nadie había encontrado un vacío de estas dimensiones, sino que nadie esperaba siquiera hacerlo”. Bueno, eso no es del todo cierto. En realidad, en 1965, Wolfgang Hildesheimer ya lo había descubierto, o prefigurado, si quieren, con un catalejo de apenas sesenta aumentos:

(…) la luna no es más que el lugar desde donde cojo impulso, yo quiero ir a otra parte (…) a la cual tampoco llega ni el mayor telescopio de la tierra (…) [el catalejo] aumenta los objetos sesenta veces, no es potente, pero si fuera más potente seguiría teniendo una potencia que me impediría ver lo que quiero ver, es decir, nada. Con “nada” no quiero decir ese algo tan de moda denominado nada, la llamada “nada absoluta”, llena de patetismo insoportable, lo indeterminado, la nada indefinida de los filósofos. (…) No: quiero decir la nada geográfica o mejor dicho la nada cosmográfica (…) lo invisible entre lo visible, el agujero en el cielo (…) anhelo del lugar donde no hay nada y no puede haber nada y nunca ha habido nada, eso me empuja hacia arriba (…) (pp. 150-51)

La persecución de ese lugar (o antilugar, un lugar compuesto de ausencia) es el fin objetivo que se propone el protagonista: “esa nada es lo que yo busco”, nos dice. Todas las noches observa a las estrellas en pos de ese vacío, con reconocido autoengaño; y sin embargo nos llena de inquietud, cuarenta y dos años después, saber que esa nada absoluta existe realmente, y que el nihilista imaginado por Hildesheimer no la buscaba en vano. La tecnología punta de nuestro autor, capaz de esta y otras maravillas, no es el telescopio, sino la imaginación. Con ella el innominado protagonista de Tynset llega a lugares en los que el hombre nunca ha puesto el pie, por inexistentes; o a lugares reales a los que llega inventando el modo o los lugares mismos, reurbanizándolos mediante la ficción. Porque si Tynset es algo, es una demostración de la capacidad fabuladora del hombre, incluso del más común, puesto que este anónimo alemán que nos cuenta lo que piensa durante una larga noche de insomnio es una persona como cualquiera de nosotros, que necesita inventarse varios mundos para no ahogarse en la pesadilla de la vigilia. Sus viajes mentales son sustitutivos de los sueños que no puede tener.

Pero habría que ahondar en la esencia de esa nada que persigue. Una nada que es una constante en la obra de Hildesheimer, quien en Leyendas sin amor (1952), ya había creado a Theodor Pilz, alguien capital para la cultura por su negativa a crear: “su aportación a la historia de la cultura occidental consiste en la inexistencia de obras; de obras que, gracias a su valiente y arrojada intervención, jamás llegaron a consumarse”. Según la fábula del relato, es Pilz quien provoca con su obstinada no-creación las dudas a Madamme de Stäel para seguir escribiendo; es la causa del silencio que mantuvo Beethoven desde 1814 a 1818, y está, según Hildesheimer, en la raíz de que Rossini probara la gastronomía y abandonara la creación musical en 1842. Este Oblomov o Bartleby proselitista es una metáfora más en una obra que tiene dos constantes: la falsificación
[1] y la escritura simbólica. El personaje de Tynset es abiertamente simbólico y kafkiano; sonámbulo (p. 112) como los de Broch o Koestler, nos recuerda al personaje de La metamorfosis… sin metamorfosis, convertido desde la cuna en alguien monstruoso que no quiere ser, y que sólo aspira a su disolución, a la desintegración en la nada: “ninguna parte, el único lugar donde puedo respirar, libre, desprendido de todo, sin que nada me importune más que el clima (…) sin emitir ningún juicio, sin cargar con ninguna culpa (…) sin recorrer ningún camino más que el del jardín, por lo demás nada, nada…, me dejo llevar, hasta que ya no existo”. Hemos subrayado sin cargar con ninguna culpa porque es una declaración muy significativa para entender uno al menos de los niveles de significado de Tynset, novela que puede leerse de muchas maneras, una de ellas –la relacionada con los horrores del nazismo– nada tranquilizadora.



Tynset, el judaísmo y el Holocausto

Verdaderamente, lo mejor de los hombres siempre es lo suficientemente malo, esa horrible conclusión me conmovió, me agitó y me produjo escalofríos, todavía me produce escalofríos cuando pienso en aquella noche.
W. Hildesheimer, Tynset


Para entender todas las referencias asociables a esta novela, quizá debiéramos hacer algún apunte biográfico. Hildesheimer era judío. Nacido en Hamburgo en 1916, tuvo –como era frecuente en su tiempo– una vida errante, que incluyó estancias en Holanda, Palestina e Inglaterra, donde aprendió escenografía, aunque curiosamente su obra dramática se centró en piezas radiofónicas. Un dato fundamental es el haber abandonado Alemania en 1933, justo en los albores del nazismo, para volver a su país una vez terminados el Holocausto y la II Guerra Mundial. De su sentimiento de ausencia, de su carga de culpa por haber estado fuera del país mientras sus correligionarios sufrían la represión racial, surge directamente esta novela. Hildesheimer fue traductor en los juicios de Nüremberg desde 1946. Tuvo constancia de primera mano de hechos, procedimientos, ejecuciones y torturas que nunca sufrió en su propia piel. No es difícil imaginar el impacto que aquellos fríos testimonios de la barbarie debieron tener en su aún joven espíritu. Todos los especialistas determinan que la alegoría que hace Tynset hace con el Holocausto no es nada obvia: su contenido en absoluto es panfletario o alusivo, ni siquiera hace menciones históricas o se sitúa, cronológica o geográficamente, en lugares reconocibles. Todo está en la mente del lector, del mismo modo que la narración en primera persona elabora toda una construcción alternativa de la realidad. Sin embargo, hay pistas o señas que nos avisan. Haciendo una analogía con la "Casa tomada" de Cortázar, en el gran caserón por el que el protagonista vaga nocturnamente es el pasado quien se ha adueñado del edificio, deteniéndolo en el tiempo. Llena de objetos inútiles o antiquísimos (que a su vez le sugieren otras vidas pero, sobre todo, otras muertes), gélida, casi fantasmal, la casa es un espacio psíquico, y el recorrido nocturno es una alegoría del paseo de la conciencia culposa por la memoria colectiva, por el oprobio de la Shoah, por la humillación: “tengo demasiado insomnio, no son los ruidos los que me impiden dormir, es otra cosa, ¿qué es?” (p. 103). Otra posible analogía de la memoria culpable e imborrable es ese vendedor de textos religiosos que se congela en un coche y aparece todas las primaveras bajo la nieve, intacto, con los ojos cerrados, “como si última hora ya no hubiera querido ver nada más”.

[…]

Pero hay que andarse con cuidado. Hildesheimer es muy burlón en otras partes de su obra, sobre todo en los relatos breves, y hay que hilar muy fino en la interpretación de su auténtica voluntad, sobre todo teniendo en cuenta que para él, que publicó como real la falsa biografía Marbot. Eine Biographie, la palabra “auténtica” no significa gran cosa. Si tuviera que hacer una descripción de Hildesheimer como narrador, les diría que el autor de Tynset es alguien de quien no podemos fiarnos. Conocedor de Jung, profundo, pesaroso y reflexivo, es a la vez alguien extraordinariamente dotado para el juego y la ironía. Ningún escritor convencional, en una novela sobre la experiencia del Holocausto, se permitiría intercalar el episodio desopilante de alguien que aterroriza a una población centroeuropea llamando de noche a números tomados al azar de la guía de teléfonos, para espetarles: “lo han descubierto todo. ¡Huya mientras tenga tiempo!”, provocando numerosas desbandadas intempestivas. Con esta broma, y como gran conocedor del poder narrativo de lo simbólico que era, Hildesheimer quizá quisiese representar algo más profundo: esos ciudadanos que, ante la acusación arbitraria, huyen sin tardanza simbolizan que, al final, todos están manchados por la culpa de lo que pasó; que la sociedad europea tenía sangre en las manos, que la civilización occidental entera tenía una vergüenza oculta, un cadáver moral en el armario, la conciencia sucia ante una exigencia de responsabilidad, los enseres preparados para salir corriendo.

[…]


[Continúa en Wolfgang Hildesheimer, Tynset; El Olivo Azul, Sevilla, 2008]


.
Notas

[1] Véase al respecto la página 81, donde el narrador reconoce el “engaño total” del Tynset que está imaginando, y su relato corto “Retrato de un poeta”, donde un crítico literario se inventa a un poeta que acaba teniendo más éxito que él, y al que no puede destruir, pese a todos sus intentos (un argumento parecido constituye una de las tramas secundarias de Filomeno, a mi pesar (1990), de Gonzalo Torrente Ballester).