En La literatura egódica (2013)
acuñé uno de esos neologismos que voy planteando, a veces con alguna fortuna y
casi siempre sin ella: “autonovela”. Allí describía la autonovela como el lugar
de encuentro entre la metanovela y la autoficción, describiéndola como el marco
conceptual donde podrían incluirse diversos libros (de Negra espalda del tiempo de Javier Marías a Mate jaque, de Javier Pastor, por ejemplo), que tienen en común cuatro
elementos: un esquema autofictivo, un paralelismo constante entre la reelaboración
subjetiva y la elaboración del propio libro en curso, una autocrítica psicoliteraria
y un contenido tan clavado en la realidad que podría causar efectos directos (y
no siempre agradables) en el entorno personal y familiar del escritor. A estos títulos
—en el ensayo se citan algunos más, y también podríamos añadir el reciente Clavícula de Marta Sanz—, viene a
sumarse ahora El dolor de los demás (Anagrama, 2018),
de Miguel Ángel Hernández Navarro, un libro que reúne estas cuatro
características (ver págs. 152, 271 y 279 y siguientes, en lo tocante al marco
metaficcional) y que ejerce la sana autocrítica apuntada, ejercida desde varios
puntos de vista: la desconfianza en la reconstrucción del pasado, las dudas
sobre la propia capacidad (p. 67), la angustia ante la posible impostura (pp.
235-37), la sospecha de que “la escritura nunca llega al fondo de las cosas”
(p. 188), la conciencia de la gravedad de remover el dolor ajeno (p. 31), y un
sano y necesario etcétera. La autonovela me parece un microgénero muy interesante
por encarnar el pequeño reino de los temores y de las dudas en un entorno
demasiado seguro a veces de sí, y siempre es atractivo y valioso ver a un
escritor hecho y derecho como Hernández Navarro dudar y bajarse de cualquier
pedestal, presentándose con humildad a sí mismo con las vacilaciones de un
aprendiz, como si estuviera a punto de comenzar.
[Relación con el autor: muy cordial. Relación con la editorial: ninguna.]
