martes, 27 de febrero de 2007


Tercera edición de Las afueras, de Pablo García Casado



Recuerdo una tarde de invierno de 1996. Javier Fernández, el hoy escritor y editor de Berenice, Pablo García Casado y yo estábamos tiritando de inéditos (Pérez Estrada), calentando antes de nuestro tradicional partido de fútbol-sala dominical. Pablo me comentó que estaba pensando mover su libro inédito, ni siquiera estoy seguro de que tuviera el mismo título que ahora, creo que por entonces a lo mejor se llamaba todavía Yo soy el que vigila los juegos de los niños; o quizá eso fue antes. La cuestión es que me preguntó a dónde se me ocurría que podía enviarlo. Por fortuna, me vino a la cabeza una noticia reciente: "envíalo a DVD, una editorial que acaba de aparecer. Su editor ha dicho que está buscando propuestas de riesgo literario". Metió un par de goles esa tarde (Javier metió todos los demás, de ambos equipos). Y me hizo caso.

Lo demás es historia: en estos días, diez años después, aparece la tercera edición de Las afueras (DVD, 1997), uno de los libros con más impacto, literario y mediático, de la poesía española de finales del siglo XX. Un libro que ha sido muy imitado (por mí el primero, basta ver algunos textos de Circular), muy leído y, por lo que se va viendo, muy vendido. Un libro que tuvo mucho que ver en la consolidación de la colección de poesía de DVD, dirigida con ardiente inteligencia y fría pasión por Sergio Gaspar (que, por cierto, es el "editor nihilista" del que hablo en el prólogo a Construcción), y que será pronto objeto de un hermoso recuerdo por parte de una promoción joven de poetas, homenaje del que no daré detalles porque son sus organizadores quienes deben darlos. Las afueras obtuvo el premio Ojo Crítico y tuvo muchos votos en el Nacional de Poesía del año siguiente. Acostumbró a los lectores de poesía a mirar con ojos nuevos, abrió la, a mi juicio, más interesante fractura interior en la poesía de la experiencia, dinamitando su estrecha concepción del realismo, y se proyectó en el imaginario de los jóvenes poetas: para bien o para mal, Pablo se convirtió en el primer éxito mediático de un poeta joven, amén de aportar a la poesía española contemporánea una visión de la ciudad, de lo poético y de lo afectivo que hasta entonces no conocía. Excelente transmisor de los valores narrativos a la poesía, como intenté demostrar en mi ensayo sobre su obra, García Casado no ha hecho más que reinventar y reinventarse en cada libro. Su próximo poemario, un acontecimiento llamado Dinero que aparecerá según tengo entendido antes de final de año, será buena prueba de esto que digo, y constituirá otra dinamitación de muchos conceptos prejuiciados de nuestra poesía. Tengo muchísima curiosidad por ver cómo se recibe este libro por la crítica, por cierta crítica. Yo daré mi opinión el último.

Enhorabuena, por tanto, a García Casado y al editor por esta excelente noticia: es difícil ver en estos tiempos una tercera edición de un libro de poemas.
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Comentarios hasta el momento
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Anónimo dijo...
Hola Vicente,una sugerencia: a ver si puedes estandarizar (si es que existe el verbo) la tipografía del blog a algo más leíble, una verdana o una arial tamaño 11,5 va fetén. Los naranjas y las negritas afean bastante y restan interlineado. Lo importante no es como esté presentado sino el contenido, que ya de por sí es bastante interesante.Saludos anónimos.
8:59 PM
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Vicente Luis Mora dijo...
No sé si lo he arreglado, o lo he estropeado más. Dime qué te parece.Un saludo y gracias por la sugerencia.
11:16 PM
Anónimo dijo...
Una negrita para todos los niveles de texto quizá no sea una buena idea. A ti te va más una Helvética, una Arial, en un porcentaje de negro (80%, 70%). De todos modos pregunta a los chicos que han diseñado el blog, te aconsejarán bien.Saludos.
9:06 PM
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Silvio Gnisci Morgach dijo...
¿Editorial DVD?¿Dónde la puedo encontrar?Mañana voy a Metrópolis (Jaén) a ver si tienen algo.¿Dónde en Córdoba?Cambio de tercio. Sí, anónimo lleva razón. Homogeneizar la letra es buena idea, más que nada para la lectura del post.Saludos.
12:12 AM
manolo arana dijo...
enhorabuenísima para pablo, que como tú bien dices, para bien o para mal, ha marcado a parte de los poetas que ahora pupulamos por aquí
5:09 PM
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Vicente Luis Mora dijo...
Veré qué puedo hacer con lo de la letra. DVD, Silvio, es una editorial que puedes encontrar en cualquier parte. Un abrazo.
5:17 PM
genaro dijo...
Ayer llegó por fin Las afueras. Llevaba tiempo buscándolo después de haber leído y disfrutado El mapa de América, y me ha encantado. Espero ansioso su próximo libro.Un botón: Al terminar el poema Sad song, mi reacción instintiva fue pasar la página violentamente y mirar para otra parte, como cuando súbitamente ves en la televisión una imagen desagradable.Pd y petición: Llevaba quince días en ascuas, tanta anticipación en anunciar las obras, a algunos nos mata.
9:33 AM
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M dijo...
Yo que soy un neófito y que de un tiempo a esta parte estoy sintiendo ese fuego infrecuente, eso de buscar poesía, haré lo propio con el libro. Joder, qué difícil es abarcar tantas facetas del arte y tratar de nutrirse un poco de todo (que si cine, si cómic, si cuento, si poesía, siquéséyo)
10:32 PM

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Diego Doncel dijo...
Con un poco de suerte Las afueras se pueden convertir en uno de esos libros que terminan siendo iconos para una generación. Las afueras es un libro pop, no sólo por su lenguaje, tan novedoso, no sólo por el tema que trata y el imaginario que despliega sino también porque busca introducirse en el lector, esto es, busca al lector. Cualquier obra pop no renuncia precisamente a esto, busca ser un “ producto” social aunque lo haga con la misma ironía con que lo hace Pablo García Casado. Junto con esto Las afueras tiene como logro reflejar la complejidad de la vida de hoy, de la vida de nuestras ciudades y acierta con un pulso estético que comienza a desentenderse de los realismos sucios y busca nuevas dimensiones, unas nuevas dimensiones que cristalizarán en El mapa de América. Cualquier persona de buena voluntad se alegrará de leer un libro como éste, y cualquier persona de buena voluntad destacará el esfuerzo que supuso para que la poesía española entrara en una nueva etapa.Gracias, Pablo, y enhorabuena.Diego Doncel
11:43 AM

lunes, 19 de febrero de 2007

Paseo por ARCO




Sólo escombros, gracias



Campaña de la Comunidad Autónoma de Madrid. Consejería de Infraestructuras





16 de febrero de 2007. Entro en ARCO con más ganas que expectativas. De una librería me acabo cansando al rato, los macroconciertos me agotan a las tres horas, pero puedo pasar doce horas seguidas de pie, observando obras de arte y caminando entre ellas, casi sin descanso. Quizá he llegado demasiado temprano, parece que estén montando todavía algunos stands, pero esto no empezó hoy, sino ayer. Luego no están a medio montar, es que algunas piezas son así, incompletas, con restos de construcción, escombros, ladrillos, escobas, recogedores. Por ejemplo, las obras de Aggtelek, mezcla de reciclaje y puro desperdicio; por ejemplo, la escultura o instalación del artista chino Ai Weiwei, que ha recogido maderas e hierros procedentes de la destrucción de un templo para salvarlos en una especie de muro artístico. O como esto:










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Recuerdo:





"Se trataba de una pieza que reflexionaba sobre la existencia, el espacio y el tiempo. Unos trozos de madera y aglomerado amontonados con obsesión de performance daban el toque a una obra de prestigio. Pero pasaron las limpiadoras y tiraron los ladrillos. Desde entonces, las limpiadoras de la Feria de Arte Contemporáneo (ARCO) no se atreven a tocar nada (...) La galerista Magda Belloti narra esta anécdota como una de las más divertidas de la Feria." (“¿Parque temático o escaparate sagrado?”, El Mundo (ed. Andalucía), febrero 2000).

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Al poco rato me rindo a la evidencia: hay una insensata, compulsiva, sustitución del arte por el mercado. La pregunta es: ¿habría, hay, algún arte o estética que fuera capaz de convertir todo este mercado en arte, leerlo estéticamente y hacer algo aprovechable con él?

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Xavier Bru de Sala: “Vivimos tiempos de confusión entre el arte y la publicidad (…) habida cuenta de que es imposible penetrar en la intimidad del acto de concepción de la obra, ¿cómo distinguiremos la voluntad artística de la simple publicidad encubierta del arte?”
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En el principio no fue el Verbo sino la basura.
J. M. Pérez Álvarez, Cabo de Hornos

"Tras asistir al Royal College of Art de Londres, y entrar en contacto con los principales representantes de la escultura británica del momento (...) A finales de la década de los setenta, Cragg empezó a recorrer y observar la ciudad, para recoger aquellos elementos que conforman nuestro paisaje urbano, acumularlos y ordenarlos, ofreciendo nuevas visiones sobre nuestra cultura industrial. Él mismo cuenta cómo en esa época su proceso de trabajo se basaba en viajar, pensar, y hacer. A raíz de sus exposiciones se trasladaba a una ciudad y empezaba a localizar todo tipo de materiales para realizar sus obras, gracias a lo cual tenía la posibilidad de absorber su atmósfera y podía acercarse a lo que le interesaba de la gente de la comunidad (...) La escultura abandonaba el 'pedestal' convencional para desplegarse en el espacio, evitaba los materiales tradicionales para inclinarse por aquellos que la misma sociedad está habituada a rechazar, escudriñaba la ciudad y el paisaje industrial (...) e iniciaba algo que nos atreveríamos a llamar como una estética del contenedor.” (Gloria Picazo)

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ARCO, Stand PR41: DNA – Berlín. El artista ha dejado la pintura literalmente fuera de la exposición. Las paredes permanecen blancas y las figuras han sido sacadas: compuestas con grandes pegotes de pintura de varios colores, yacen en una vitrina exterior, desechadas, como un muestrario de posibilidades exiliadas.

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“El espectáculo –decía Debord en La sociedad del espectáculo, acabo de recordarlo al colocarme frente a la pieza flotante de Damián Hirst– es un dinero sólo para mirar”; todo empieza a cuadrar ahora. El objetivo del espectáculo, en términos de arte internacional, es la circulación del producto, no del capital en sí. Es el movimiento, la sucesiva adquisición de la pieza, el cambio de coleccionista, el paso del coleccionista al museo, el que mejora el valor de cambio. Debord tenía razón, siempre la tuvo, pienso mientras camino contemplando el gigantesco espectáculo del arte contemporáneo extendido bajo el cielo gris del Pabellón 9.

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“Cuando la mierda apareció en el arte, la desublimación regresiva produjo su postarte más consumado”, escribe Donald Kuspit en El fin del arte.

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Leo últimamente mucho al filósofo Eduardo Subirats, quien en su ensayo La cultura como espectáculo decía que "el mundo ha devenido enteramente en su representación y la imagen se ha convertido en todo su ser", sobre todo en temas culturales. La cultura, a base de ser confundida con la representación espectacular, acabará siendo espectáculo en sí misma. Si observamos los reportajes que vienen apareciendo en prensa sobre y televisión sobre ARCO, ¿acaso son las fotos de las mejores obras las que acaparan protagonismo? En absoluto; son más bien las imágenes de las instalaciones más atrevidas las que cobran interés para los medios. La parte artística –que no es poca– de ARCO queda sepultada bajo las toneladas de información inútil sobre su parte espectacular –que es la mayoría, no nos engañemos–. La saturación de lo esencial por lo menos importante acaba, con el tiempo y la presión de los medios, por ahogar a la primera, de modo que la rémora se hace más grande y fuerte que el pez al que chupa la sangre. El espectáculo, la cáscara, vale más y ocupa más espacio que la almendra cultural.

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Nuno Vasa: Home (2004): una pieza que resume a la perfección la distopía imaginada por Javier Fernández en su novela Cero absoluto (2005): la sociedad de individuos burbuja, desconectados unos de los otros, viviendo aislados y sólo unidos por los media:


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En los últimos diez años, una serie de cosas bastante sorprendentes han recibido el nombre de esculturas: estrechos pasillos con monitores de televisión en los extremos; grandes fotografías documentando excursiones campestres; espejos situados en ángulos extraños en habitaciones ordinarias; líneas provisionales trazadas en el suelo del desierto. Parece como si nada pudiera dar a un esfuerzo tan abigarrado el derecho a reclamar la categoría de escultura, sea cual fuere el significado de ésta. A menos, claro está, que esa categoría pueda llegar a ser infinitamente maleable.
Rosalind Krauss, “La escultura en el campo expandido”, October, nº 8, 1979


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Son múltiples las obras, instalaciones y exposiciones que cuentan con tecnología para intentar incluir al espectador. Una galería de Montreal ofrece una interesante experiencia de inmersión tridimensional. También hay mucho arte interactivo, sensores que te detectan, proyectos de vida artificial que procuran entornos virtuales de comunicación, contadores que te cuentan si te colocas delante y un largo etcétera. Es curioso que las obras de técnicas tradicionales intentan excluirnos con propuestas cada vez más epatantes, herméticas o excéntricas, mientras que la presunta inhumanidad de los robots y las nuevas tecnologías persigue lo contrario: contar con nosotros, incluirnos, tocarnos, escucharnos, sentirnos. Algo parecido sentí al día siguiente en la exposición llena de circuitos, cables y televisores de Nam June Paik. No nos emociona el resultado (obviamente, es una ficción técnica, lo sabemos), pero sí el propósito. El arte tecnológico contemporáneo, al menos, intenta ser humano.

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En una mesa redonda (15:00 h. Salón N108), la joven comisaria neoyorkina Amy Smith Stewart cuenta que una vez comisarió una exposición sobre arte y mercado, explicando el modo en que cada uno de los jóvenes había recogido su reto. Contó cómo algunos artistas se habían vestido de obreros, o se habían imaginado en situaciones de contenido social. Sólo uno, a mi juicio, se había enterado de algo: tomó el dinero que le dio la señorita Smith y contrató a otro para que le hiciera el trabajo.

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En una galería de arte de Copenhague vi una instalación junto a una serie de pantallas de televisión, cada una con grandes subtítiulos en los que se leía: “La tierra prometida”. Esta instalación me pareció que estaba muy bien pensada y que era a la vez una invitación a pensar, y ello no menos por la escoba y la hebilla que había en el rincón, al final de la serie. Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de meditar sobre ese significado al final de la instalación, una operaria de limpieza vino a recoger sus herramientas, que había dejado en el rincón durante la hora del almuerzo. (Zygmunt Bauman)
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Francisco Calvo Serraller, en una de sus crónicas, cita para criticarla la opinión de la Teoría general de la historia del arte de Jacques Thuiller: “hoy en día se puede decir que la palabra arte se aplica a cualquier cosa”. Creo que ambos tienen razón; Thuiller porque, en efecto, se llama arte, como es sociológica y mediáticamente comprobable, a cualquier cosa (y basta ir a ARCO para verlo); Calvo Serraller porque cree que aún hoy es posible hablar de arte auténtico sin mezclarlo todo en un maremágnum ingobernable. También creo que eso es posible. A mi juicio, hay arte y hay mercado, dividido el espacio de esta forma:

1) Arte sin mercado.
2) Arte más mercado.
3) Arte menos mercado.
4) Mercado.

1) Arte sin mercado: arriesgado, demasiado avanzado en unos, demasiado clásico en otros, es un arte que no encuentra posibilidad de venta, y permanece apartado del círculo de Ferias, Bienales y galerías poderosas. Depende de pequeñas galerías independientes o del impulso personal de sus autores.

2) Arte más mercado: como el anterior, es arte de verdad, auténtico, pero ha alcanzado además el reconocimiento del mercado y la academia, cotizándose por un alto y seguramente justificado valor. Aquí podemos citar a todos los artistas internacionales que, vivos o muertos, siguen vendiéndose y triunfando, sin renunciar –al menos, en demasía– a sus propósitos originales: Pollock, Chillida, Tapiès, Warhol, Barceló, Hopper, Koons, Bourgeoise, etc.

3) Arte menos mercado: arte “vendido”, arte de autores que pudieron ser grandes pero prefirieron someterse a las exigencias del mercado; arte que no es capaz de tener más miras que su propio consumo. Incluye a los artistas del grupo interior que han rebajado su musa con el objetivo de ser más accesibles y vendibles, o se han estancado en una estética rentable; también a quienes planifican cuidadosamente una estrategia de provocación y escándalo –algo instalado en el establishment artístico londinense– para forrarse.

4) Mercado: todo lo demás. Pura basura.

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“El arte es el antimercado en tanto pone la multitud de las singularidades contra la unicidad reducida a precio”; Toni Negri, Arte y multitud.

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Estas categorías tienen claros equivalentes literarios:
1) Arte sin mercado: literatura experimental o de riesgo.
2) Arte más mercado: grandes maestros consagrados, como Vargas Llosa, Pombo, García Márquez, etc.
3) Arte menos mercado: mainstream literario, cazapremios, novelistas de “novela al año” secuestrados por grandes grupos.
4) Mercado: best-sellers y lo demás.


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Buscando soluciones:




“La basura puede ser una mina de oro si se calienta a 10.000 grados Fahrenheit (5.537 grados Celsius). Una planta que se construye en Florida usa la tecnología Plasma Arc Gasification para convertir 3.000 toneladas de desechos diarios en vapor para las fábricas cercanas, además de 120 megawatts de electricidad.” (Ciberpaís, El País 01/04/2007)



domingo, 18 de febrero de 2007

Nuevo diseño

Quiero agradecer a María y Fernando, los maestros de Caravan Comunicación, que diseñaron la página web y ahora han rediseñado el blog. Creo que ha quedado estupendo, infinitas gracias.

Casa nueva, vida nueva. Entre hoy y mañana colgaré una paranoia que me sugirió mi reciente visita a ARCO.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Poema inédito de Eduardo Milán




Uno de los mayores poetas vivos en lengua castellana, el uruguayo Eduardo Milán, nos ha enviado para el blog un poema inédito. Sólo me queda manifestar mi enorme agradecimiento y renovar mi admiración por este creador que, a mi juicio, es una de las mentes poéticas y críticas mejor amuebladas del momento.


[Eduardo Milán (Rivera, Uruguay, 1952), residente en México desde 1979, ha publicado Manto (FCE, 1999), que recoge toda su obra poética hasta 1997, Ostras de coraje, Querencia, gracia y otros poemas, Habrase visto, Acción que en un momento creí gracia y Habla (Pre-Textos, 2005). Además es un traductor, antólogo y ensayista notable: entre sus finos ensayos sobre poesía y vates hispanoamericanos están Trata de no ser un constructor de ruinas, Justificación Material, el asombroso Un ensayo sobre poesía (Libros del Umbral, México, 2006) y Resistir, Insistencias sobre el presente poético (2ª edición en FCE, 2004), que comentamos en este mismo blog. La poesía de Milán ha pasado por varias etapas, todas transidas por dos elementos irrenunciables: primero, y como dijimos en Singularidades, la capacidad de hacer una auténtica poesía metafísica mediante la preocupación radical sobre el lenguaje y nuestra construcción como personas -y la de nuestro arte verbal- a su través; y segundo, un desarreglo sensorial y verbal que, sin embargo, y en un milagro con pocos equivalentes vivos, es capaz de sintonizar con las más acuciantes preocupaciones materiales y políticas del presente. Es, a mi juicio, el poeta que mejor ha entendido lo que César Vallejo se proponía y el que mejor lo ha hecho, a su manera, y con sus propios mecanismos poéticos. Sí, soy fan, no me importa que se me note. -En realidad, si no se me notara, ¿qué clase de fan sería?- En serio: si admiro a Milán no es por otro motivo que éste: es uno de los pocos poetas, vivos o no, que aún me pone con sus versos el vello de punta. En breve aparecerá en España un nuevo poemario.]





Cuando mucho una discontinuidad


Cuando mucho una discontinuidad,
Una mancha que se desmancha de la mancha
Lleva su huella
Una ráfaga de caballo moderno nunca empastará
El despistado caballo no está
Llano está, caballo no

El poema moderno
Lleva su des-madre consigo, la descuelga
Del árbol,
La derrama en la imagen de una piedra-planta-pájaro
De nombre La Naturaleza
Habita detrás de un dios, dios detrás

Piedra-planta-pájaro
Pómez-pule-alma

Habita una casa al principio
Habita un movimiento al fin
Cosas del poema moderno variar vacío

Ya no temas
Ya no temas, niño de los pasajes,
Descansa, mi benjamín
Aquí no hay escaleras.
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sábado, 10 de febrero de 2007

PLANETA ENFERMO, PLANETA SITIADO


Guy Debord
El planeta enfermo; Anagrama, Barcelona, 2006

Eduardo Subirats
La existencia sitiada; Fineo, México, 2006



La frase que citamos a continuación, ¿no parece escrita hoy?: “El mundo racional producido por la revolución industrial ha liberado racionalmente a los individuos de sus límites locales y los ha unido a nivel mundial (…) Los bárbaros ya no están en los confines de la tierra: están aquí, constituidos como bárbaros precisamente por su participación forzada en el mismo consumo jerarquizado” (p. 33). Pues no, la escribió en 1966 un hombre de inteligencia aterradora, que unía a su lucidez observadora un asombroso don de clarividencia: el filósofo francés Guy Debord, prematuramente desaparecido en 1994.

Anagrama ha publicado bajo el título de El planeta enfermo tres textos que tienen en común la atención del filósofo por el presente, en el momento de su redacción. Les une, además, la agudeza de esa observación ad hoc. Así, comentando los terribles sucesos que tuvieron lugar en Watts, el barrio negro de Los Ángeles, en 1966 –que prefiguraban los ocurridos treinta años después– Debord analiza los métodos de reacción y las causas, para sentenciar: “el país industrialmente más avanzado no hace sino mostrarnos el camino que se seguirá en todas partes si no se echa abajo el sistema” (p. 35). La única diferencia entre entonces y ahora es que el sistema norteamericano ya no puede derribarse… porque está en todas partes. Y el modo en que se ha impuesto a lo largo y ancho del mundo es el espectáculo, ese concepto central de la filosofía de Debord, al que dedicó su clásico La sociedad del espectáculo y los Comentarios a la sociedad del espectáculo, títulos ambos publicados también por Anagrama. De hecho, buena parte de los argumentos contenidos en El planeta enfermo son lugares revisitados de la segunda parte de La sociedad del espectáculo, titulada “La mercancía como espectáculo”, aunque añaden una luz particular al ser arrojados a los hechos del periódico.

Dentro del último ensayo, un inédito que da título al libro, Debord escribía -en 1971- reflexiones que veinte años más tarde expondría Barry Commoner, en su libro En paz con el planeta. Ambos alertaron de los riegos que genera una sociedad como la nuestra, y en las dificultades de controlar la aplicación por las empresas de sus compromisos de no agresión ambiental. Debord iba más allá que Commoner, a quien quedaba cierto optimismo, para sentenciar que la situación de nuestro planeta es terminal: “todo el conocimiento científico (…) ya no discute sino el plazo que queda y los paliativos que, de aplicarse con firmeza, podrían alargarlo un poco” (p. 77). El diagnóstico de Debord es tan preocupante como extendido: en esta cuestión todos sabemos que la actual política fabril y contaminante conduce a la extinción del entorno medioambiental, y todos pensamos a la vez que ya vendrá alguien a arreglarlo; quizá confiemos, como apunta Debord con agudeza, que los ricos necesitan algún planeta para seguir siéndolo, y que ellos mismos acabarán teniendo que poner los medios, ya que la contaminación es lo único que ha igualado a las clases (p. 80). Como análisis de nuestro tiempo, la obra de Debord, sobre todo en lo tocante al espectáculo, no ha sido superada. Mientras que a muchos filósofos contemporáneos se les lee con un asomo de admiración o distancia, leyendo a Debord tiene uno la obligación, no pocas veces irritante, de reconocer que pura y simplemente tiene razón.

El espectáculo es también uno de los temas preferidos del filósofo Eduardo Subirats (Barcelona, 1947), profesor de la New York University y una de las figuras más interesantes –e incómodas– del panorama del pensamiento español contemporáneo. Subirats, que ha estudiado bien a Debord, aborda en su último ensayo, La existencia sitiada (Fineo, México, 2006), la realidad o falta de realidad de nuestro mundo tras su reemplazo imaginario y visual por una “realidad suplementaria (…) una superrealidad integral o un sistema hiperreal del espectáculo global” (p. 28). A su agudo juicio, hay una “indistinción objetiva entre lo real y el espectáculo y (…) la verdad compulsivamente impuesta de slogans e imágenes mediáticos que no poseen ninguna realidad” (p. 29). En la órbita del Baudrillard de El crimen perfecto, se sostiene que los medios de comunicación no son un sistema de representación, sino “una realidad concebida, editada, producida y globalmente difundida como un montaje” (p. 42). En términos similares se expresaba hace tiempo Román Gubern: “la densa y omnipresente iconosfera contemporánea tiende a reemplazar nuestra experiencia directa de la realidad por una experiencia vicarial e indirecta de la misma, intensamente mediada (y, por tanto, interpretada), en forma de mensajes manufacturados por expertos de las industrias culturales, aunque oculten celosamente su condición filtrada, manipulada o tergiversada” (1). El modo de operar, según Subirats, es fácilmente reconocible: Los medios actúan rompiendo el discurso real, y reordenándolo de nuevo, en una práctica del montaje que suele dejar fuera lo más importante (p. 27), justo aquello que necesitamos como ciudadanos para hacernos una correcta idea del problema en cuestión.

Subirats cree que hemos pasado del predominio de lo militar sobre lo civil que Schmitt veía como fundador de la modernidad política, a la sustitución de los elementos de dominio y control: “las decisiones más criminales se imponen con mayor eficiencia a través de la retórica de la seducción” (p. 41): no hace falta justificar con mecanismos militares la invasión de un país, sino seducir con la imagen de qué hermoso sería el mundo con la desaparición de cierto dictador, de cierto gobierno, de cierta idea. Dentro de esas estéticas de la desaparición, por utilizar un término de Virilio, se ha llegado incluso, a abordar filosóficamente, sobre todo desde posturas cientifistas (no muy lejanas a veces de la ciencia-ficción) la desaparición del hombre, al menos tal y como ahora lo entendemos. El filósofo Víctor Gómez Pin, en otro ensayo reciente, Entre lobos y autómatas (Premio Espasa de Ensayo de 2006), dice que “la utopía de la superación del hombre por la vía de la artificialidad cibernética se hermana así con la utopía de la superación del hombre por dilución de las fronteras que lo separan del mundo animal. El despliegue potencial de las tecnologías digitales tendría, pues, complemento en una suerte de pulsión mística, de retorno a formas de espiritualidad que la Ilustración (…) parecía haber dejado atrás” (Espasa, Madrid, 2006, p. 14). Sin embargo, para Subirats, la superación de lo humano ha encontrado otros caminos alternativos: “Los medios electrónicos (…) constituyen un sistema complejo de instrumentos, de softwares, poderes institucionales, agentes subalternos y códigos formales. Son dichos aparatos, y sus formas jerárquicas espacio-temporales, los que operan como sistema constitutivo de la realidad electrónica. Son los códigos lingüísticos electrónicamente definidos los que constituyen subestructuralmente la nueva ‘forma cultural global’ y los nuevos sujetos ‘posthumanos’” (p. 23).

El ensayo de Subirats recoge ideas ya presentes en otros libros suyos, como Culturas virtuales (2001) o Viaje al fin del paraíso (2005): la destrucción del planeta, la globalización icónica, la tendencia al vacío del arte contemporáneo, la catástrofe belicista y nuclear de la política mundial, y las perplejidades de una conciencia crítica ante ese desolador panorama. Aunque Subirats insiste en que su libro no es negativo, tenemos que reconocer que aquella frase sobre que el pesimismo es sólo buena información no andaba desencaminada. Eso sí, hay motivos para alegrarse: que sigan publicándose libros como los de Subirats y Debord, que siga existiendo esa fractura a cuyo través nos llegan reflexiones de tanto calado, nos permite a nosotros ser conscientes de esos problemas y soñar que alguien, en algún sitio con poder real, detrás de las pantallas del simulacro, sea consciente también de ellos y haga algo para solucionarlos. Sí, he escrito soñar, no soy un insensato. Pero soñar es gratis.



Notas
(1) Román Gubern, La mirada opulenta. Exploración de la iconosfera contemporánea; Gustavo Gili, Barcelona, 1989, pp. 400-401.
[Blog original completo en http://vicenteluismora.bitacoras.com]
[Justificación del texto gracias a los sabios consejos informáticos de Silvio Gnisci]
16 comentarios hasta el momento:
Silvio Gnisci Morgach dijo... los medios de comunicación no son un sistema de representación, sino “una realidad concebida, editada, producida y globalmente difundida como un montajeQué idea tan interesante. Si así es y así está comprobado hay que empezar a ser más subversivos de lo ahora estamos siendo.Saludos. 10:29 AM manolotel dijo... Me parece un resumen muy clarividente de un autor esencial para entender el mundo de hoy. Produce un poco de tristeza y un poco de miedo (mezclados)comprobar que analizado lo que en cada uno de nosotros no pasa de ser una impresion más o menos fugaz, resulta ser una fuerza que dirige a la humanidad a no se sabe donde.Un saludo. 1:00 PM Vicente Luis Mora dijo... Gracias, Manolotel, saludos. 2:02 PM liquid sky dijo... Quemando cromo está la situación! Tomado al vuelo del ABCD del fin de semana pasado. (Laura Revuelta en un artículo sobre Nam June Paik)"Aunque los tiempos ha cambiado una barbaridad, y ni una cámara de vídeo ni una pantalla de televisión son objetos fetiches como para que se ejerza sobre ellos una violencia destructora y renovadora al estilo Paik, hacen bien en mantenerlo vivo las nuevas generaciones. Al cabo, él fue uno de los últimos románticos del arte, aunque sus obras más que alcanzar precios imposibles en el mercado sean imposibles de encontrar. Pero sus frases no cuestan nada y aún preservan toda una filosofía: «La esencia del entorno está en la televisión mucho más que en el cine o en la pintura. De hecho la televisión (su movimiento aleatorio de diminutos electrones) es el entorno actual». «Imaginemos un futuro en el que la TV Guide (guía de programación televisiva) sea tan voluminosa como la guía telefónica de Manhattan». En esas estamos.Un saludo. 6:08 AM Vicente Luis Mora dijo... Razón tienes, no menos que Nam June. Saludos a los dos, él seguro que los recibe vía satélite. 7:39 AM Silvio Gnisci Morgach dijo... Perdón, ¿Qué es el ABCD? Lo he leído en algún otro lado pero he perdido la referencia.Gracias. 9:55 AM liquid sky dijo... Hablando del asunto, y de pasos no más allá. Esto se encuentra en la web de Revista de Occidente. De largo no es el mejor artículo que ofrece la revista en Febrero, pero sí el único disponible en red. Aquí tienes el link:http://www.ortegaygasset.edu/revistadeoccidente/articulos/(309)Fernando_Castro.pdfEl estupor se recrudece en según qué ámbitos, al lado de los que otros comentarios aletean (alrededor de Francisco Ferrer Lerín, en esta ocasión),http://blogs.elboomeran.com/azua/2007/02/presentacin_de_.htmlUn saludo. 1:25 PM carlos maiques dijo... La palmera virtual del asedio al fondo de la mente: un arte del acabamiento, o una crónica de la enfermedad. No sé del todo el motivo, pero hay mucha relación entre los últimos posts que has ido colgando, debe ser la sincronicidad, -o tu toque de "serendipity"-. Me da la impresión que me puedo encontrar algo sobre Tom Robbins, Lawrence Peter o Toffler al volver la esquina, pero no, ya sería demasiada casualidad en el extrañamiento del mundo. A pesar de todo lo que cae, y lo que nos queda, incluso, al decir de Wislawa Szymborska"En la hierba que ha crecidosobre causas y efectos alguien debe tumbarsecon una espiga entre los dientespara contemplar las nubes"(Fin y principio, traducción de Jerzy Slaworminski y Ana María Moix)Hasta otra. Saludos. 2:04 PM Vicente Luis Mora dijo... Silvio, el ABCD es el (estupendo) suplemento cultural del diario ABC, que se publica los sábados. Un abrazo. 12:02 AM Silvio Gnisci Morgach dijo... Ah, sí, no lo conocía con ese nombre... 1:40 AM Laura dijo... Soy licenciada, leía con entusiasmo a Subirats en la universidad pero si ayer me hubiesen preguntado de qué habla su obra no habría podido evocar ni una idea. Qué frustración. Gracias por refrescarme la memoria y activar el pensamiento. Aprovecho para recomendar una novedad narrativa muy rica en humor y reflexión: "El rencor de los bufones" (Barataria), del argentino Pablo Manzano. Un adelanto del libro en http://elrencordelosbufones.blogspot.comUn beso, Laura. 11:39 AM Vicente Luis Mora dijo... Gracias, Laura, bienvenida. Saludos. 11:39 AM Alvy Singer dijo... Yo le estaba echando un ojo a El contente vacío y es que Subirats es un nombre que como siempre hace bien en sacar a relucir. A mi me encandiló por sus merecidas observaciones sobre el nacionalismo católico español (¿hasta qué punto se considerará provocador algo tan lógico?). Cuando advirtió sobre una censura de alcance mundial no falló, pocas veces disidentes encontramos a pesar de Internet y ese pensamiento único muchas veces me contamina (para mal mío). Y luego está eso que Subirats ya define muy bien él:".Este final de la historia fue, como es muy sabido, una ilusión global expuesta por el neoliberalismo norteamericano. Pero el final de la historia es, en realidad, una vieja consigna apocalíptica, formulada primero por el imperialismo cristiano español o refundido más tarde por el milenarismo nacionalsocialista alemán bajo el signo de la construcción de siempre repetidos órdenes mundiales y globales. En sustancia esta doctrina quiere decir que cuando todo el orbe sea cristiano o cuando todo el globo se haya convertido a la propaganda construida por la media corporativa, la Humanidad obediente alcanzará la felicidad, ya como consumidores del reino de Dios, ya como beatos del paraíso neoliberal." 12:25 PM Vicente Luis Mora dijo... Se podrá estar de acuerdo o no con las apreciaciones puntuales de Subirats, pero creo que hay que leerle, como a tantos otros ensayistas... con la diferencia de que este es de los pocos españoles obligatorios. Gracias a todos por venir. Aprovecho para recordaros que, cuando puedo, cuelgo también todos estos comentarios en el blog original, http://vicenteluismora.bitacoras.com. Últimamente puedo poco. Saludos. Por cierto, para abrir apetito: mañana colgaré un poema inédito de Eduardo Milán, cedido especialmente para el blog. Abrazos. 12:29 PM Carlos Maiques dijo: Hola Vicente:Aquí te pego un fragmento muy divertido, dentro del desastre que supone, de City of God, de EL Doctorow -citado por el artista conceptual Robert Morris en sus notas de trabajo. De nuevo Pangea? Tal vez, quién sabe. No tengo la edición en castellano, (La ciudad de Dios, Muchnik, 2001),así que te lo mando en inglés. Lo envié traducido literalmente a tu blog, pero, como te podrás imaginar, ocurrió un error inesperado, y desapareció al redirigirse hacia la nada. Entiendo que estés harto, es una buena razón para cualquier mudanza.Esperando que encuentres tiempo cuando lo necesites, me voy, nos vemos por tu nuevo ciberbarrio.Un saludo, Carlos"You think I'm nuts but it's possible, I mean you just ought to consider that possibility, that movies are a malign life form that came to earth a hundred or so years ago and have gradually come to dominate not only our feelings but our thoughts, our intellects. They are feeding on us, having first forced us to invent them and provide them with the materiality of their existence, which is film, or, latterly, tape. Maybe you would have a better idea of what I am saying by thinking of them as having the same desire to suck us up into themselves as a tapeworm in our guts, one planetary tapeworm living in the guts of the earth, using up the cities, the country side, the seas, and the mountains. But I don't expect you to agree, I know what you're thinking, and not even if I invoke those pseudoscientific horror movies to you, wherein one person, a scientist perhaps, sees some great threat to humanity that he cannot persuade the world of until it is almost too late -- a giant bug, a plague or alien specie from space, a King Kongism of disaster is what I'm describing -- even knowing that convention and having seen versions of it over and over -- the awful knowledge given only to the lonely hero, and perhaps his loyal girlfriend, herself the daughter of an eminent scientist, who e will die during the course of the film -- because you have been watching too many movies! But I offer to you as evidence my own life, which has somehow attracted the attention of the movie creatures, as they apparently have you, and look at me sitting here on this set with you, and already you think I'm just an actor reading his lines, that's the role you're supposed to be playing, but whether I am or not, I can testify that I'm turning into a shadow, and it's a terrible feeling wherein even you most intimate passionate feelings are, you suspect, words on a page written for you to act out."And I can even tell anymore if this is the first time I'm saying this or the second or the one hundredth. Can you tell? Am I the real person, or the film image? And you? I just don't know. And even when I finish this monologue and the director calls, 'Cut,' I still won't know, because he too may be nothing more than an image, a shadow, an arrangement of downloaded ones and zeros.'Cut! A voice calls from the darkness. And he hears bravos and a scattering of applause from onlookers that may or may not be a soundtrack."

jueves, 1 de febrero de 2007

Reseña en marcha de José Luis Rey

José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973) ha sacado en poco tiempo tres libros (Caligrafía de fuego, La familia nórdica y La prosa del soldado), que vamos a reseñar conjuntamente. Pero me gustaría hacer el experimento de hacerlo en marcha, progresivamente, quizá aprovechando para releer La luz y la palabra y buscar una explicación de la visión global de la poética de este autor, a mi juicio uno de los poetas jóvenes más inspirados y capaces de nuestro tiempo.

Pues comenzamos.


José Luis Rey
La familia nórdica; Visor, Madrid, 2006


En sus diarios madrileños, publicados bajo el título de La prosa del soldado, José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973) explica las razones de su fascinación por Emily Dickinson en varias ocasiones. En una de ellas leemos lo que sigue:

Amo la poesía de Emily Dickinson porque en ella veo lo que tuve en la infancia: cuando llegamos a las puertas de la eternidad, ya no es posible retroceder. El misterio nos rodea como el agua. Y hay que saber el modo tranquilo de estar as if the chart were given. (2006:96)


Rey es un poeta generoso, fascinado por la obra de otros, pero no sólo por la de la poeta norteamericana, y aunque La familia nórdica se presenta como un poemario escrito tras la estela de Dickinson, habría que precisar esa consideración. Julián Jiménez Heffernan ha señalado en varios lugares, pero sobre todo en Los papeles rotos (2004) cómo los mejores poetas españoles han escogido una vía de la tradición hispana que suele garantizar buenos resultados estéticos: la canción lírica, ese poema “pequeño, claro, libre” con antecedentes en la poética renacentista y que, a través del Barroco y resistiendo el embate de la poesía mística, logró vía Juan Ramón Jiménez insertarse, gracias a Lorca, Cernuda y Valente (pero también gracias a Aleixandre o Gimferrer y, de retorcidas maneras, gracias a Gil de Biedma y Gamoneda) en nuestra poesía reciente e incluso contemporánea. A este delgado hilo viene a unirse, claramente, José Luis Rey, que a pesar de construir La familia nórdica como un homenaje a Emily Dickinson, a quien está festejando, inconscientemente, es a esa línea patria y en especial a Juan Ramón (“cómo no iba yo a ver la casa de Juan Ramón Jiménez si me sabía sus poemas de memoria”; La prosa del soldado, p. 36). La poeta de Amherst está aquí, sí, pero lleva puesto un traje talar (admitamos ambos sentidos del término), y por más que intenta quedarse desnuda de no sé qué ropajes, la pureza de La familia nórdica se debe más al aliento de la poesía en castellano que al de la poesía en lengua inglesa, por más que Rey sea un experto conocedor de Dickinson, Eliot o Dylan Thomas. Es fácil observar cómo muchas estrofas de este libro comienzan con versículos para acabar siendo rematadas con versos de arte menor, como si Rey quisiera obligarse a un verso largo y nervioso, a lo Thomas, y no pudiese acabar más que en ecos lorquianos o juanramonianos: “y esto fue ser feliz: / tan sólo haberlo sido. Y esto fue / haber escrito la altura, / haber flotado en el tiempo”. O más claro aún, en los romances dispersos por el libro: “en el trigo de otro mar, / en la luz, que me esperaba, / en el oro que seremos / ha empezado la mañana”.

Siempre que me preguntan por quiénes son los mejores poetas nacidos con anterioridad a 1970, me salgo por la tangente aludiendo al gran número y a la diversa lección, pero nunca rehuyo la cuestión cuando se trata de nacidos después de esa fecha: para mí Antonio Lucas, Mariano Peyrou y José Luis Rey están en un lugar más destacado, y Rey tiene una especie de don para elevar el tono y enraizarse en esa escogida tradición patria de grandes poetas, sosteniendo una voz lírica de extraordinaria contundencia. Curiosamente, el desafío mayor de La familia nórdica es intentar poner una sordina a esa voz, hacersa pasar por el tamiz finísimo de la poesía de Dickinson y someterla a narrar anécdotas concretas, pequeñas, delgadas: poemas sobre una gotera, sobre un destello, sobre una calle, sobre una cuchara, sobre cotidianeidades generales que intentarían ser sublimadas por un visionarismo íntimo. En la nota de la contraportada, claramente escrita por alguien que conoce bien la poesía de Rey y que podría ser él mismo, leemos que hay un giro hacia una “poesía trascendente (…) una celebración que desemboca en una suerte de mística verbal”. Así leído puede dar un poco de miedo, pero vamos a explicarlo: esa trascendencia no es la de siempre, no estamos ante una variación de poesía religiosa, no hay dioses ni habitados ni deshabitados, no hay Leopoldo Panero padre, ni siquiera cierto Valente. No hay Dios: hay Ser. Esa trascendencia ha de ser entendida dentro del mismo contexto heideggeriano que Rey utiliza al examinar la poesía de Gimferrer en su magnífico estudio Caligrafía de fuego (Pre-Textos, 2005), o cuando comparando en La prosa del soldado a Juan Ramón y Rilke acaba Rey así: “para los dos, la poesía se convierte al final en la única religión verdadera” (2006:41). Dejemos ahora la pertinencia o no del uso del filósofo alemán, pero es ahí donde se encuentra la explicación, nada numinosa, de esa “revelación que habita cada cosa, como cima luminosa del Ser”. En realidad, si es o no mística (verbal), si persigue o no al Ser, nos da exactamente igual. Yo más bien hablaría, siguiendo al Eduardo García de Una poética del límite, de “realismo visionario” (Pre-Textos, Valencia, 2005, p. 79) Lo que importa, porque sin esa materialidad los intentos metafísicos quedan en nada cuando hablamos de poesía, es que los poemas funcionan, que la voz poderosa de Rey se eleva sobre la anécdota pequeña y sobre la poesía de Dickinson, que su voluntad de celebración se yergue sobre el silencio sajón, y su majestuosidad castellana quiebra toda la humildad programada, para bien de su lírica y para gozo nuestro. Si la Dickinson escribe con exquisitez puntiaguda: “el dolor –tiene un Elemento de Blanco–” (pain –has an element of Blank, si no recuerdo mal, no tengo el original a mano), Rey construye esta maravilla:

Escribí un lugar blanco para morir en él.
Lo poblé de leyendas y de pájaros.
Le di leyes, un sol, una raza naranja,
muchachas en la arena mordiéndose desnudas,
grandes camiones verdes, detenidos al final de una frase.

Entre estos versos voluntariamente condenados a lo infinitésimo se puede entrever un corpachón gigante, exigiendo su espacio de profeta: “el silencio no sirve, porque está lleno de oro”. Rey es por naturaleza órfico, canta el mundo, y no es introspectivo; frente al intimismo y el recato editor de Dickinson, se alza su generosidad rítmica y adjetival, sus más de cien páginas de poemario, el ciclo ya por poco tiempo inédito de La luz y la palabra: veinte libros, nada menos: una cosmovisión absolutamente inversa a la de la poeta norteamericana. Pero la clave, insisto, no es la actitud vital: no los hechos, sino los dichos, la pulsión de gran poesía que se impone, celebratoria, sobre cualquier deseo de pequeñez: “Las tropas verdaderas tomaron el país, / (…) las sábanas del topo, / la versión oficial sobre el ser y el no ser, y siempre chimeneas. / Pero si ahora dormimos veréis la eternidad. / Y la física estalla porque a veces volamos. / Abro los ojos y el verano crece. / Ay cómo salta el mundo cuando canto”. Si es que de eso se trataba, justo de eso.