sábado, 5 de noviembre de 2011

El sistema Bellatin

Mario Bellatin, Disecado; Sexto Piso, Madrid, 2011.

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Lo que no es un poquito deforme da la impresión de ser insensible.

Charles Baudelaire, Cohetes

La incongruencia entre apariencia y esencia es fundamento tanto de lo sublime como de lo cómico; el cuerpo, como signo ínfimo, indica lo indescriptible.

Max Kommerell, Jean-Paul

Si se hace un libro que cuenta todos los demás libros, ¿él mismo es un libro, o no?

M. Foucault, El lenguaje al infinito

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En el último de los textos que compone El Gran Vidrio (2007), uno de los libros más difíciles que ha dado la literatura reciente en castellano, la protagonista del monólogo se plantea la posibilidad de hacer una biografía de sí misma: “una autobiografía cuyo eje sería cada uno de los libros que he publicado”[1]. El cosmos textual del escritor mexicano Mario Bellatin es tan coherente y está tan relacionado consigo mismo y con la persona de su autor que podemos atribuirle al escritor que narra en primera persona muchos de sus libros, esta declaración y convertirla en una especie de ley o sistema de escritura. Luego volveremos sobre esto. Antes de analizar el sistema Bellatin, deberíamos puntualizar que aunque Disecado parezca un ejercicio de autoficción, ni este libro ni ningún otro de Bellatin lo son: todo lo contrario, suponen un ejercicio de autodestrucción, de eliminado o borrado del yo. El presunto sosias de Bellatin aparece en el libro denominado recurrentemente como ¿Mi yo?, en cursiva y entre interrogaciones, y también como un símbolo, j, que no sé si este blog podrá reproducir, para mostrar el cambio estructural del “sujeto” al adoptar la religión sufí. El objetivo último no es la exhibición narcisista del yo, habitual en la mayoría de autofricciones contemporáneas, sino su disolución total en la escritura, su aniquilamiento sistemático. Queda la experiencia vivida, pero desaparece el sujeto que la encarnó.

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Entremos, pues, en el análisis de lo que denominamos el sistema Bellatin. En algunos párrafos, Bellatin parece haber escrito Disecado no copiando, pero sí teniendo a la vista algunos textos suyos anteriores, por lo demás citados explícitamente. Cuando narra la experiencia que j tuvo escribiendo Perros héroes (2006), el narrador dice:

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El enfermero-entrenador era un sujeto algo subido de peso. Había llegado a esa casa muchos años atrás únicamente con el fin de realizar las prácticas necesarias para conseguir el título de enfermero en el instituto de salud en el que estudiaba. (Disecado, p. 25)

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Y en Perros héroes leemos:

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Nadie sabe si el enfermero-entrenador primero fue enfermero y luego entrenador o viceversa, si antes fue entrenador y después enfermero. Se trata de un joven algo subido de peso (…) (Perros héroes; Matalamanga, Lima, 2006, p. 11)

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No es el único caso. Veamos otro ejemplo, aún más rebuscado. Leemos en Disecado que el escritor que visita al narrador trabajaba en una escuela de creación literaria, de curiosas características:

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Un espacio donde sólo existía una prohibición: la de escribir. Es decir, los alumnos, tal vez debía decir los discípulos de un número grande de maestros, no podían acudir a ella con el fin de cotejar sus propios trabajos de creación, pues éstos permanecerían o, mejor aún, se construirían en un ámbito paralelo al de la escuela: en los gabinetes personales que cada uno de ellos debía crear para sostener una obra única. La escuela tendría que ser solamente una suerte de detonante capaz de hacer que cada quien se enfren tase, de manera solitaria, con la propia creación. Esto se practicaba con la intención de que el trabajo resultante no se encontrase bajo la tutela más que de su propio autor, y de que una obra ejecutada bajo estas condiciones hiciera más evidentes sus particularidades. (pp. 33-34)

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Esto me sonaba. Y recordé de pronto un texto que sólo debemos conocer los bellatinianos más acérrimos, aquellos que estamos dispuestos a buscar su prosa metamorfoseante allá donde pueda encontrarse: ni más ni menos que el “Prólogo” que Bellatin escribe a un volumen colectivo titulado El arte de enseñar a escribir (2006), donde habla de su famosa Escuela Dinámica de Escritores. Compárese este párrafo con el anterior:

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Aparte de hacer mis libros, dirijo una escuela de escritores. Un lugar donde sólo existe una prohibición: la de escribir. Es decir, que los alumnos, tal vez deba decir los discípulos de un número grande de maestros, no pueden llevar a ese espacio sus propios trabajos de creación. (…) Los alumnos deben generar sus textos personales en un espacio ajeno a la escuela. Deben construir sus propios lugares de creación, donde lo aprendido o, mejor dicho, lo experimentado en la escuela, pueda ser puesto en práctica. La escuela debe servir solamente como una suerte de detonante capaz de hacer que cada quien se enfrente, de manera solitaria, con su propio trabajo. Esto se practica con la intención de que la obra resultante no se encuentre bajo la tutela más que del propio creador. Una obra ejecutada bajo estas condiciones hará más evidentes sus particularidades (…)[2]

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Lo importante no es detectar estas y otras muchas auto-apropiaciones que Bellatin lleva a cabo en esta y otras obras, algo que está al alcance de cualquier lector con un poco de memoria o de sistemática. Hay en Disecado más párrafos que conducen como pasadizos a otras obras suyas como Salón de belleza, Jacobo el mutante o El Gran Vidrio. El “estado hipnótico” (p. 16) bajo el que ¿Mi yo? ve la adaptación teatral de Salón de belleza es el “trance casi hipnótico”[3] con el que Mishima ve la adaptación de la misma obra en Biografía ilustrada de Mishima (2009). Y, años antes, Lecciones para una liebre muerta (2005) era un patchwork artístico, a medias entre la literatura y la performance (no en vano el título recordaba a otra intervención, la célebre Cómo explicar los cuadros a una liebre muerta de Joseph Beuys), construido con elementos nuevos trufados de citas de obras suyas anteriores. El método es conocido por todos los estudiosos de Bellatin. En Disecado se introducen de cuando en cuando unas enigmáticas tijeras, como si fueran signos de puntuación, que pueden apuntar los cambios de sentido en la narración, aunque a mi cabeza traen inmediatamente esta práctica de corta y pega que el autor ha hecho seña de identidad de su trabajo. Lo esencial, en consecuencia, sería hacer sentido de este procedimiento de retroalimentación, determinar su alcance. El propio autor, en ese Prólogo donde examina el modo en que no es posible enseñar a otros a escribir, pero sí a ser escritor, nos deja algún apunte interesante: “habría que recapacitar y preguntarse qué es lo que define a un escritor. Puede tener que ver con la conciencia que se tenga de lo que se está escribiendo. Con la posibilidad de leerse a sí mismo. Con advertir los distintos elementos que conforman su sistema de escritura” (p. 11). Creo que ahí está la clave. Bellatin tiene un sistema de escritura, que incluye la “lectura de sí” como parte del proceso. Bellatin escribe de forma continua, pero se permite en las obras nuevas “releer” parte de sus antiguos textos e incorporarlos al tejido de los embriones, como el que hace un injerto de una rama en un árbol. El procedimiento, en agricultura y en arte, es hacedero y plausible si acaba dando fruto. Y en Bellatin lo da, de un modo tan incesante y sistemático como la propia escritura, dando la razón al Senett que sentenciara que “en lugar de aspirar a lograr algo completo y acabado de una vez, habría que construir una estructura provisional que comenzara con un esbozo y fuera capaz de evolucionar. (…) Habría que comprometerse con la dificultad, el accidente y la limitación”[4]. Es decir, una obra que acepte la existencia tal y como es. Frente a los cuerpos muertos, deformes, mutilados o decadentes que pueblan su obra, el corpus o cuerpo textual de Bellatin se presenta como un biomecanismo de partes intercambiables, de fragmentos-prótesis que completan la función del órgano al que se ajustan, y que dan vitalidad y sangre al corpus con su perpetuo movimiento de mutación. La obra bellatiniana es ese gesto[5] dual mediante el que argumentos consagrados a la muerte y la degeneración son construidos gracias a un sistema vital, autogenerado, positivo, destinado a la duración y la supervivencia.

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Giovanni Panini, pintor piacentino nacido en 1691 (no confundir con Giovanni Papini, escritor toscano del XX), fue un pintor que se dedicaba a reconstruir pictóricamente los edificios de la Roma antigua y sus vistas. En dos descabellados óleos, titulados Vistas de la Roma antigua y Vistas de la Roma moderna, Panini nos muestra una galería gigantesca en la que por doquier están colgados cientos de reproducciones de edificios y paisajes, inventados en el primero, realistas en el segundo. Entre las columnas mayúsculas y los arcos, no hay un sólo espacio libre en la pared donde no haya un óleo que represente la vista o veduta de una realidad antigua: son gigantescos cuadros de cuadros; vedutas, por tanto, de vedutas. En su piranésica y laberíntica construcción, Panini recrea en el interior de ese edificio otros interiores de edificios no menos vastos, reduplicando borgianamente los espacios y logrando, a pesar del realismo, una atmósfera de compleja imposibilidad. Sus creaciones, destinadas en principio a que se le pudiera encargar cualquiera de los cuadros contenidos en ellas, tenía un interesantísimo punto final, que nos hizo llegar Gianni Guadalupi en un antiguo ejemplar de la revista FMR: Panini habría “concebido y llevado a cabo el sueño de todo pintor, el cuadro de los cuadros, una gigantesca galería de pinturas donde poder reunir, debidamente miniaturizadas, todas sus otras Galerías[6]. Más que el aspecto de veduta de veduta de veduta que tal visión conlleva, me atrae su poder expresivo para retratar el sistema Bellatin. Imaginemos que el procedimiento vedutista pudiera ser hecho con un virtuosismo estético inapelable, con originalidad y con una aterradora capacidad de descripción de las zonas en sombra de lo humano. Imaginemos que este prodecimiento revisitador pudiera ser sostenido, con calidad homogénea, durante decenios. Imaginemos que eso pudiera hacerlo una sola mano, de un solo hombre. Entonces, si somos capaces de imaginarnos eso, podremos imaginar qué es, quién es, Mario Bellatin.

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[Relación con el autor: puramente crítica: hemos mantenido correspondencia sobre sus libros y hemos coincidido en algún encuentro. Relación con la editorial: ninguna]


[1] M. Bellatin, El Gran Vidrio; Anagrama, Barcelona, 2007, p. 158.

[2] M. Bellatin, “Prólogo”, en M. Bellatin (coor.), El arte de enseñar a escribir; Fondo de Cultura Económica, México D. F., 2006, pp. 9-10.

[3] M. Bellatin, Biografía ilustrada de Mishima; Entropía, Buenos Aires, 2009, p. 48.

[4] R. Senett, El artesano; Anagrama, Barcelona, 2009, p. 323.

[5] Para el concepto de gesto en la obra crítica de Max Kommerell, véase Giorgio Agamben, La potencia del pensamiento; Anagrama, Barcelona, 2008, p. 250ss.

[6] G. Guadalupi, “Roma en un salón”, FMR n. 22, 1993, pp. 15-28.

19 comentarios:

Vicente Luis Mora dijo...

En efecto, el blog no ha podido reproducir la imagen del símbolo utilizado por Bellatin y la ha transformado en una "j". Mis disculpas.

Francisco Daniel Medina dijo...

Vicente, tengo una duda: cuando escribes "autofricciones contemporáneas" justamente en el renglón 16 del primer párrafo, no sé si se trata de una deformación irónica de la palabra que yo no termino de entender o de una errata. Si es lo primero, me gustaría que matizaras el concepto. Y, si es una errata, espero que no te moleste que te la comente (me da mucha rabia ver una errata en un texto y tú, teniendo en cuenta la longitud de los textos que escribes y la complejidad de los temas, sueles ser muy escrupuloso en el redactado de los mismos). Ya de paso y, repito, siempre y cuando no te moleste que ponga el acento en esas nimiedades, te comento que, en el último párrafo, cuando comienzas a hablar de Panini (justamente en el renglón 8) escribes "conde" en lugar de "donde". Por otra parte a mí, personalmente, también me molesta mucho cuando se me cuela un doble espacio entre palabras y no es intencionado pero eso es ya entrar en un terreno demasiado maniático así que, ese lapsus espacial si se quiere, te lo pasaré por alto... Prometo que, en el siguiente post, trataré de aportar algo relativo al contenido. Anticipo que siempre he detestado los talleres de escritura o la idea de un lugar institucionalizado donde se pueda enseñar a escribir de una manera más o menos reglada o programada. Siempre he pensado que tienen más de negocio que de otra cosa: no puedo vivir solamente de mis novelas así que me dedico a vender motos. Pero la concepción de Bellatin de una escuela de escritura donde lo único que no esté permitido sea escribir sino más bien alimentar esa necesidad, me parece acertada y abre una puerta a que mi visión con respecto a los talleres de escritura pudiera cambiar aunque fuese sutilmente. A esa sí me apunto. ¿Sabes si estará ya abierto el plazo de matriculación? Un saludo, Vicente.

Vicente Luis Mora dijo...

"conde" es una errata, Francisco, que luego corregiré. Pero "autofricciones" es absolutamente deliberado. Sobre esto no me puedo extender, porque la autoficción contemporánea como autofricción está explicado en un texto, aún inédito, sobre narrativa española. Lo dejamos para cuando aparezca.

Respecto a la Escuela Dinámica de Bellatin, te diré que me parece una magnífica idea. Yo imparto a veces talleres, en los que también intento explicar la creación desde una perspectiva interdisciplinar, aunque no de una forma tan ambiciosa y compleja como la célebre escuela de Bellatin. Saludos.

Alvy Singer dijo...

Excelente crítica, Mora.

Anónimo dijo...

Pasadizo inevitable a El gabinete de un aficionado, de Georges Perec. Esa pintura de Heinrich Kürz donde se ve la colección de Hermann Raffke.Y a la propia pintura representada dentro de la misma vista del salón, y así hasta el infinito.

Las reestructuraciones, narrativas o poéticas, a partir de (auto/re)lecturas -como el reciente Verde Shanghai, de Cristina Rivera Garza- se comportan de un modo ligeramente distinto al de la imagen, ¿no crees? Un saludo y hasta otra.
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c.m.

PS: Paul Thek y sus cuadros hacia el infinito de los sesenta.
http://1.bp.blogspot.com/_CvDCiEFbNy8/TF2CY8yi4gI/AAAAAAAAV5Q/BJpNn_s5OXc/s1600/1b+Paul+Thek+%281933-1988%29+Untitled+%28Woman+with+a+Pearl+%26+Ruby+Necklace%29+1963.jpg

Y si alguien está interesado, una larga entrada sobre el artista en el blog de
http://bjws.blogspot.com/2010/08/american-artist-paul-thek-1933-1988.html

Vicente Luis Mora dijo...

Myse en abyme, Carlos. Saludos

m. Isaac. V.R. dijo...

Señor, usted es un chingón. Gracias por el artículo. Saludos.

Vicente Luis Mora dijo...

ja, ja. Gracias. Un saludo.

Marcos Solórsano dijo...

Señor, no es literatura "hispánica" ¿cuál es esa? ¿la española?

La que nosotros conocesemos es la literatura hispanoamericana, esa sí.

Vicente Luis Mora dijo...

Para su información, Sr. Solórsano,la literatura hispánica es la suma de: la literatura hispanoamericana + literatura española + literatura chicana de los Estados Unidos escrita en español. Hispánica cubre toda la expresión literaria realizada en nuestra lengua, con independencia de su origen territorial. Un cordial saludo.

Anónimo dijo...

Y se podria añadir la literatura hispanoamericana escrita en inglés, con autores como Daniel Alarcôn y Junot Diaz.
Son autores nacidos en América latina, que tienen el español como lengua materna, pero se expresan en inglés.
Las fronteras se van borrando. No se limitan ni a la nacionalidad, ni siquiera a la lengua.

Anónimo dijo...

Compré el libro "Gran Vidrio". Lo tuve en mis manos. Lo leí. ¿Lo leí? Mejor diría que lo soñé. Y era una pesadilla espantosa. Tuve que desprenderme de él, como si quemara. El sentimiento que me quedó no fue de rechazo, ni de repulsa, sino de una infinita tristeza, y no por el libro en sí, que olvidé de inmediato, sino por pensar que alguien lo fraguó en su mente, acunó sus palabras, las escribió en forma de libro, lo dio a conocer, otros lo publicaron, y otros incautos como yo lo leyeron. Tuve la sospecha de que ese libro se escribió para que se le hicieran crónicas y críticas crípticas, y alabanzas engoladas, sin tener en cuenta los ojos que pudieran acercarse a él, desprevenidos, ni los sueños que pudiera violar. Mal. Muy mal.

Vicente Luis Mora dijo...

Lamento que quebrara sus sueños, a otros nos hizo despertar un género nuevo de ellos. Saludos.

logiciel dijo...

Precisamente estoy trabajando en la cuestión de los sueños en literatura, presente desde tiempos inmemoriales y que da mucho de sí, sin duda.

No he leído a Bellatín, así que me lo apunto

gdsm dijo...

Conocí a Bellatin gracias a este blog hace un tiempo y la deuda es impagable.
En mi caso la lectura de Bellatin tiene algo diferente a cualquier otra, pero no sé muy bien porqué.

Así como termino un libro suyo lo olvido, solo me queda una placentera sensación de haber sido atravesado y modificado para siempre.
Después de haber leído una decena de novelas y cuentos suyos no puedo más que apenas recordar el argumento de uno o dos de ellos. La relectura es, de esta forma, totalmente nueva cada vez.
Bien pensado parece como si cada obra suya fuese una mirilla a la que asomarse y atisbar, levemente, bajo distintas perspectivas, ese sistema Bellatin.

Muchas gracias por el post y todo lo demás.

Vicente Luis Mora dijo...

Gracias a ti, por supuesto

Anónimo dijo...

Hola, Vicente,
su blog es por demás interesante. Le cuento igual una experiencia propia. Asistí al taller de Bellatín en Buenos Aires (ya había asistido a otros anteriormente y también dicto algunos, en psiquiátricos) y tengo que decirte que es exactamente igual a cualquier otro taller, incluso la retórica es similar, con lo cuál puedo resumir que el concepto que tiene es más interesante que su práctica, a la cuál no le dedicó demasiado interés, al menos en el caso que menciono. También me pasa que sus libros son más interesantes en los comentarios sobre ellos que en sí mismos, como el caso del elogio que le hace al corte y pega, que a mí siempre me dio resultados similares en sus libros, como si fueran parte del mismo corpus, o versiones de un mismo borrador, cosa que, sin ponerle muchas pilas uno mismo, termina aburriendo al cuarto o quinto libro, como me pasó a mí. No veo en él riesgo, pues su apuesta ya cristalizó hace años y solo se renueva en sus lectores, y eso es bellísimo, quizá no se pueda aspirar a más como escritor, pero él sigue escribiendo, exactamente igual, como un cadáver bastante lamentable, aburrido; esta es mi triste opinión.
Gracias a esta nota lo intentaré abordar de vuelta, pues hay por aquí un tomo esperando, de Bellatín.
Ever Román
Saludos

Vicente Luis Mora dijo...

Estimado Ever, gracias por su comentario y la aportación personal que supone. No concuerdo con su apreciación final: el corta y pega en Bellatin no es repetición, sino marca de estilo propio. Que los procedimientos sean similares en los libros no significa que esto los haga inválidos; de ser así, habría que pensar que sólo los autores que se reinventan en cada libro son apreciables. A mí me gustan este último tipo de autores, pero también otros que, como Bellatin, se vuelven reconocibles en sus giros. Por lo demás, el uso de la imagen fotográfica y de la dimensión performativa por parte del autor me parece que van dando un toque de distinción a su trabajo que aporta aires nuevos a cada libro. "Disecado", por ejemplo, es de mis libros favoritos, a pesar de ser el último. Siempre hay algo nuevo en un libro de Bellatin y, por supuesto, siempre hay algo del estilo de Bellatin.
Gracias de nuevo por su opinión y un cordial saludo.

Ya no vende dijo...

Vicente recién te sigo en twitter, me encantó tu reciente post sobre los fotogramas de Un Método Peligroso.

Me sorprendé encontrar que eres lector de Bellatín, al que nunca he leído y del que me has sembrado la curiosidad.

Bellatín y yo somos del mismo linaje místico sufi, la tariqa Yerrahi de México.

Ahora siento, de forma extraña que estoy a dos pasos de ti. Alhamdulillah!

Saludos y gracias

Haqiqa