sábado, 20 de febrero de 2016

Cinco recomendaciones y una reseña




Blaise Pascal, Tratados de la desesperación; Hermida Editores, Madrid, 2016, edición de Gonzalo Torné.
Torné hace en este libro una selección (y traducción) muy afortunada de los mejores pensamientos de Blaise Pascal, especialmente de aquellos en los que aparece acuñado su pensar más “existencial”, que ha sido recuperado de forma continua por los escritores y filósofos de los dos últimos siglos. En palabras del propio Torné: “El lector descubrirá pronto que algunos de los pasajes más celebres y vibrantes de Pascal están asociados a esa duda estructural, una suerte de grieta o fisura que atraviesa la condición humana para caracterizarla. Una duda que requiere de un salto al vacío o una apuesta.” (p. 23).
Nada de lo humano esencial está fuera de este breve compendio. Para aprender de memoria.



Eduardo Lago, Llámame Brooklyn; Malpaso, Barcelona, 2016.
Se reedita, diez años después de su aparición, la excelente novela de Lago, que ya comentamos en su momento. Para quien no la haya leído, careciendo así de la experiencia de lectura de una de las obras más singulares y profundas de la narrativa en español del siglo XXI, la vistosa edición de Malpaso, que incluye algunas variantes sobre la original, es una oportunidad magnífica de recuperar el tiempo perdido. A partir de una novela inconclusa de Gal Ackerman, Néstor Chapman, una especie de albacea existencial y literario de Gal, debe reconstruir una obra y varias vidas, situadas entre dos culturas y dos lenguas. Una exhibición de complejidad narrativa y de amor por el relato bien hecho que forma parte del parco canon narrativo del siglo en marcha.



Sara Mesa, Mala letra; Anagrama, 2016
He leído casi todos los libros de Sara Mesa y creo que es una autora que no ha hecho más que crecer, si bien Cicatriz (2015) no terminó de convencerme, a pesar de su capacidad expresiva. Quizá mis reparos tuvieran algo que ver con la tentación psiquiátrica de cierta novela española, que he criticado algunas veces. Pero Cicatriz gustó mucho, así que quizá el problema fuese mío y no del libro. La cuestión es que en los relatos de Mala letra no hay apenas reparos que poner (salvo quizá el brusco cierre del espléndido “Palabras-piedra”); todo es magnífico, los relatos son desasosegantes y sugerentes, la plasticidad está más que afinada para crear ambientes en apenas unas líneas, la capacidad respecto al detalle no es menor que la capacidad frente al todo, el presente es tan vital y poderoso como el pasado, las tramas son críticas sin rozar lo panfletario, el sexo sigue siendo enfermizo y degradante (marca de estilo de la autora) porque es una pulsión que trasluce otras pulsiones, los personajes masculinos son sólidos y los femeninos extraordinarios, son complejas las tramas y los caracteres y todos están bien definidos y escritos, abundan los hijos sin padres y con muchas dudas, y la organización interna del libro está bien calibrada, compensándose las temáticas y las extensiones en una cadencia que fluye con naturalidad. Sólo cabe aplaudir.


Tadeusz Dąbrowski, Te Deum; La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016, traducción de Miguel Mejía.
Me ha interesado mucho este poemario del poeta polaco Tadeusz Dąbrowski, publicado originalmente en 2005. Tiene una mirada singular, a veces transida por la trascendencia más ortodoxa, y otras por el epicureísmo más compartible, pero casi siempre sus poemas son celebratorios y respiran inteligencia y afinación. El último poema, sin título, es un maravilloso ejercicio sobre la descomposición del yo. Junto a este postrero, los textos que más llaman la atención son aquellos en que se reflexiona sobre el hecho de mirar y sobre el hecho de pensar desde y sobre el poema. Incorporo dos ejemplos de esa línea de trabajo de Dąbrowski:





Ben Clark, Los últimos perros de Shackleton; Sloper, Mallorca, 2016.
Aunque el punto de partida es la desmesurada expedición de Ernest Shackleton a través del polo Sur, los poemas de Clark surgen de la épica trágica del aventurero inglés de los hielos para perderse rápidamente por fantasmas personales y descripciones del amor en “esta era de plasma” (p. 54). Con ecos de Eliot, de Shelley, de Hesse (incluso se citan como epígrafes noticias de prensa), la poesía de Clark sortea el peligro de la facilidad para ahondar en un sistema metafórico donde el calor de los afectos se opone al frío existencial, a poco que nos olvidemos de qué es lo importante (a destacar la sección “Teoría de los abismos”, donde se tiende un inteligente pasadizo entre los seres abisales que son “pura necesidad” y la figura de los amantes). “Hoy saldré a celebrar la dicha frágil / de todos los productos congelados” (p. 58), dice Clark, y no es casual que el poema de Shelley citado en el primer texto diga, en otros versos, “I love snow, and all the forms / Of the radiant frost!”. El poemario es, en gran parte, un homenaje a Shackleton y su desmesurado amor a la nieve, lo helado, la Antártida y otros territorios sublimes (en el sentido romántico de terribles, fascinantes y desangelados), pero también un recordatorio (véase “El reino menguante”) de que cuando nos empeñamos en la épica, olvidando lo “pastoril”, suele triunfar la elegía.



Mery Cuesta, La rue del Percebe de la cultura y la niebla de la cultura digital; Consonni, Bilbao, 2015.

En los últimos tiempos han aparecido cuatro libros que tienen en común haber elegido la textovisualidad como forma, frente a la modalidad de texto simple mediante la que hace algún tiempo se habrían formulado: los ensayos La rue del Percebe de la cultura y la niebla de la cultura digital (Consonni, 2015) de Mery Cuesta y Qué vemos cuando leemos, de Peter Mendelsund (2014, Seix Barral, 2015); la crónica-cómic Los vagabundos de la chatarra (Norma, 2014), de Jorge Carrión y Sagar, y la tesis doctoral Unflattening (Harvard University Press, 2015) de Nick Sousanis. Son señales que apuntan a que no íbamos muy desencaminados en El lectoespectador (2012) cuando señalábamos un proceso que estaba normalizando las experiencias a medio camino entre el texto y la imagen, incluso en terrenos alejados, en principio y con excepciones, a las mismas (los ejemplos recientes en poesía y narrativa son ya tan numerosos que sería difícil citarlos todos). Hoy nos centramos en el interesante ensayo-cómic de Mery Cuesta, que concita en sus páginas a la pensadora y a la dibujante, sin solución de continuidad entre ellas.

Con un formato innovador, gracias a la alternancia de textos e historietas, la autora critica con una perspectiva histórica la dinámica de cambios continuos o de cambio perpetuo en que está instalado el mundo digital, configurando como un “nuevo pasotismo, porque tiene algo de conformista” (p. 20), así como la devaluación de las obras en “contenidos” destinados a “consumidores” (p. 19), lo que las priva de su singularidad y de su valor artístico y los convierte en productos abaratados hasta lo desechable. Consciente de la mutabilidad de su objeto de estudio (“el método más honesto para teorizar sobre la cultura digital se conjuga en estricto presente y en pasado mañana o, lo que es lo mismo, en el terreno de lo especulativo”, p. 9), lo que también advirtiera el ya añorado Eco de Apocalípticos e integrados, Cuesta hinca su bisturí en varias manifestaciones de esa cultura y de algunas de sus subculturas, buscando clarificar algunos extremos y desmontar algunos mitos. Entre ellos, la autora, como ya han hecho con anterioridad otros autores, critica la falsa democratización con que a veces se presenta el mundo cibernético, cuando en realidad parece más bien un eficaz modo de control social, ejercido no desde el poder institucional, sino desde el poder económico.

Una de las mutaciones descritas en el ensayo que más me ha interesado es el vaciamiento del concepto underground tras la llegada del fenómeno digital: “el underground es un mito cultural (…) hoy, tanto en el mercado como en las programaciones culturales se sigue manteniendo vivo el cadáver del underground a través de sus atributos estéticos: como manierismo de lo pobre, como sofisticación de lo semioculto y lo salvaje (…) desde el momento en que el underground se vocea en una revista internacional de más de 30.000 ejemplares de tirada, es que está muerto y bien enterradito” (p. 83). Al underground le ha sentado mal la red, según la autora, porque “desde el momento en que una persona con una afición minoritaria expresa su preferencia en Internet y comienza a hacer comunidad con otros, esa afición deja de ser subterránea y se vuelve potencialmente capaz de convocar a una legión de adeptos. Esta posibilidad de popularización es contraria al espíritu minoritario y exclusivo del underground” (p. 82). También me ha parecido muy inteligente su lectura de la desideologización de la subcultura bizarra, que despolitiza aquellos objetos chocarreros sobre los que fija la mirada (p. 96).



Uno de los leitmotiv que atraviesan la obra es la caída de la alta cultura frente a la cultura popular, donde hay alguna reflexión oportuna (“hablamos de un ascenso de la cultura popular en la actualidad porque psicológicamente seguimos respetando un estatus del hecho cultural concebido en base a [sic] estratos verticales propiciado por las propias terminologías alta cultura/baja cultura”, p. 44), pero a veces nos parece detectar alguna contradicción. Si examinamos la página 62, por ejemplo, donde se nos habla de que el ascenso de la cultura popular se debe al “agotamiento de los contenidos de la alta cultura y sus protocolos, ritualmente sofisticados, plagados de creencias y pactos de silencio, mediatizados y artificializados mediante un indescrifrable aparato teórico”, nos daremos cuenta de que el discurso de la autora da por supuesto que el lector “popular” de la obra habla francés (en esa página hay una expresión francesa sin traducir), lee de seguido a Umberto Eco y conoce sus tesis sobre la vanguardia, maneja el nutrido aparato teórico que usa Cuesta y, en general, es tan connaisseur como los habituados a las antiguas manifestaciones de alta cultura. Por no hablar de que en la subcultura bizarra, como la propia autora reconoce, “la intelectualización desacomplejada se ha convertido hoy en una postura válida” (p. 95), poblando los manuales y fanzines friquis de erudición impostada y referencias ad nauseam, quiero decir inacabables. Es decir: Cuesta presupone que ha desaparecido un espectro cultural elevado en un libro redactado desde elevados parámetros culturales, lleno de citas de Ortega y Gasset o Grosz, cuyos códigos serían indescifrables para un espectador de MHYV o de Sálvame. El modo elegante, exigente y lleno de referencias con que Cuesta redacta sus argumentos contra la alta cultura los socava y constituye su mejor refutación. La alta cultura parece vivir más fuerte y pujante que nunca, debido a la esmerada formación high-brow que parecen tener sus numerosos y eruditos críticos.

Pero me temo que es un asunto en el que todos estamos llenos de contradicciones, como el colgado que se dedica a hacer reseñismo con pretensiones y notas al pie en un blog… Lo importante es que Cuesta domina los temas de los que habla, habla de ellos con inteligencia y sentido del humor, tanto mediante la palabra como a través del dibujo, y explica a la perfección cómo chirrían algunos goznes culturales y subculturales a causa de la aparición de la neblinosa cultura digital. Salvo alguna errata engorrosa (“looser” por “loser” en p. 93, o “Gomes de la Serna” en p. 102), el libro está bien editado y su lectura es muy recomendable para entender el cruce entre la cultura de masas (y sus subculturas) y la niebla digital, tan llena de posibilidades como de futuros fracasos, entre los que se contará algún día esta reseña.


[Relación con Mery Cuesta: ninguna. Relación con Consonni: ninguna]