sábado, 5 de mayo de 2018

De la crisis como tema a la crisis como paisaje


[Segunda entrada de los Ensayos a la intemperie.]

De la crisis como tema a la crisis como paisaje

Sigue sin haber nada tan terrorífico en la ficción contemporánea (ni siquiera el baño de sangre de Cormac McCarthy o el eros sádico de Denis Cooper) como el momento en que el narrador de Knut Hamsun en Hambre, un joven intelectual hambriento, se mete el dedo en la boca y empieza a devorarse a sí mismo.
James Wood[1]

En varias novelas, libros de cuentos e incluso poemarios publicados durante los últimos años es perfectamente posible encontrar como tema la precarización cultural. También Damián Tabarovsky lo comentaba no hace mucho respecto a un libro de ensayos[2]. De hecho, sin forzar demasiado las tornas, podríamos decir que existe un “cronotopo” narrativo de España en época de crisis o de post-crisis como el espacio-tiempo socioeconómico donde los jóvenes empiezan a trabajar gratis o con un salario escaso, ya sea para ganar experiencia o visibilidad. A estos sujetos ha dedicado Remedios Zafra su ensayo El entusiasmo (2017), definiéndolos de esta forma: “Sujetos envueltos en precariedad y travestidos de un entusiasmo fingido, usado para aumentar su productividad a cambio de pagos simbólicos o de esperanza de vida pospuesta. Un entusiasmo que encontraría sus máximas expresiones de júbilo forzado en trabajos culturales, creativos y cada vez más en el contexto académico”[3]. Una de las novelas que se adapta especialmente la descripción de Zafra es la primera narración larga de Toni Quero, Párpados (2007), donde una artista plástica, Duna, y su novio, el innominado narrador en primera persona de la novela, que es fotógrafo de profesión, se embarcan en un viaje a ninguna parte a lomos de una moto custom. El viaje se financia con los ahorros que les da la venta del equipo fotográfico de este último, un gesto simbólico de desprendimiento de las condiciones materiales del trabajador cultural, de las herramientas que le permitían, entre comillas, ganarse la vida. El fotógrafo es consciente de su condición de sujeto precario, y del modo en que se han aprovechado de su entusiasmo laboral: “[…] pensaron en mí porque sabían que aceptarían un salario bajo para ganar experiencia”[4]. Como en la ya citada Un acto solitario (2017), de María Alcantarilla, donde una joven que quiere ser trabajadora cultural se muda a Madrid, la experiencia precaria pasa su factura en las relaciones familiares y afectivas; el fotógrafo de Párpados comenta poco después: “la crisis de la prensa escrita se llevó por delante el periódico y, en un abrir y cerrar de ojos, me encontré sin trabajo, sin dinero y sin Duna” (Quero, p. 31).

Tanto la novela de Alcantarilla como la Quero insisten en el retrato de una juventud en perpetuo movimiento, que no consigue trabajos estables ni medios de supervivencia razonables. El hecho de que se trate de las dos primeras novelas de escritores jóvenes —nacido a finales de los 70 Quero y a principios de los 80 Alcantarilla— nos hace pensar no que sean novelas autobiográficas, sino que la cosmovisión negativa de los autores, llegados a la edad de la emancipación en plena crisis económica, ha impregnado la psicología de sus personajes. “Me resigno: vivir en el Delta es todo lo que podemos permitirnos” (p. 22), sentencia el narrador homodiegético de Quero. En estas novelas (así como en otros textos, como Los turistas desganados de Katixa Agirre, la autoficcional Clavícula de Marta Sanz, los relatos de Fantasía lumpen de Javier Sáez de Ibarra, o cuentos breves como “Siempre hay un momento en que un escritor escribe un cuento como éste, porque todos los escritores se ven zarandeados en algún momento por una guerra o una crisis; o por ambas”, de Felipe R. Navarro, incluido en Hombres felices) la crisis económica ha dejado de ser el tema de las obras o el decorado para convertirse en parte del paisaje. Está ahí, omnipresente; explica los continuos movimientos nacionales o internacionales de los personajes en busca de trabajo y es la causa de la brevedad de sus contratos; pero esa crisis ya se da por supuesta, se disuelve en la trama, se convierte en la vida misma. La precariedad es la existencia, es el lugar donde suceden las cosas. No se contempla como un estado a superar, ni como un espacio del que salir. Pese a que Alcantarilla, Sanz y Quero son poetas, no hay pulsión lírica en sus obras narrativas, deliberadamente secas, lacónicas, hueras de artificio verbal y de ornamentos sintácticos; es como si la precariedad permease el estilo y lo llenase de fragmentación, silencios, elipsis y sequedad discursiva y léxica. En ellas la prosa también se viste de pragmatismo, escepticismo y eficacia, como las vidas de sus personajes. La antaño alambicada prosa de Sáez de Ibarra también se ha secado, en aras de un barthesiano effet du réel, y hay cierto naturalismo en Katixa Agirre. Sólo Felipe R. Navarro utiliza un estilo desmesurado en sus relatos, quizá para aportar un efecto de contraste ante la devastación.

Respecto a la precarización en el “contexto académico” que comenta ácida y acertadamente Remedios Zafra en El entusiasmo, puede encontrarse un ejemplo en la novela de Aixa de la Cruz La línea del frente (2017), donde se habla de “esos novecientos euros al mes”[5] que cobran los investigadores becados, como la protagonista; o en la nouvelle de Urbano Pérez Sánchez Trieste (2017), donde se comentan sus deambulares como investigador incipiente en el extranjero. Esta semana leí que hay universidades donde buena parte del profesorado se compone de profesores asociados (para que la universidad se ahorre los costes sociales de los trabajadores), que cobran entre 450 y 650 euros al mes.

Hace poco leíamos la noticia real que la Universidad de Utah había creado un espacio cerrado para que los estudiantes puedan llorar en época de exámenes. ¿Para cuándo un espacio similar para profesores precarios?



[Próxima entrega: 17 de mayo.]



[1] J. Wood, Los mecanismos de la ficción. Madrid: Gredos, 2009, p. 169.
[2] Según Damián Tabarovsky, que comenta La collection (2014), de Luc Boltanski y Arnaud Esquerre, “Describir a los intelectuales ya no como portadores de una verdad última, de una conciencia social, de un saber universal, sino como un nuevo tipo de proletariado, un estrato precarizado económica y socialmente es, evidentemente, acertado. No es posible pensar el auge de las industrias ‘creativas’ (que incluyen la publicidad, el marketing, la gastronomía ligada a la cultura, el coleccionismo de arte, las nuevas tendencias del consumo, los objetos de lujo como formas de arte y acumulación de status, las grandes ferias y encuentros internacionales, los festivales de cultura y afines, el turismo cultural, y etc., etc., etc.) sin percibir también que ese sistema funciona a partir de este nuevo proletariado que ofrece sus ideas y conceptos –sus mercancías– en el mercado. Luc Boltanski y Arnaud Esquerre agregan que lo propio de estos nuevos objetos de enriquecimiento es que “la narratividad forma parte de su manera de estar en el mundo’”; Damián) Tabarovsky, “Un libro a leer”, Perfil, 21/04/2018, http://www.perfil.com/noticias/columnistas/un-libro-a-leer.phtml.
[3] Remedios Zafra, El entusiasmo. Barcelona: Anagrama, 2017, p. 14.
[4] Toni Quero, Párpados. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017, p. 30.
[5] Aixa de la Cruz, La línea del frente. Madrid: Salto de Página, 2017, p. 44.

3 comentarios:

Pablo Muñoz dijo...

Qué bien!

Anónimo dijo...

¿Y cuánto cobra un albañil que se la juega en el alambre o un camarero que se deja la salud en el trabajo y además tiene que pagar, con sus impuestos, el sueldo del profesor quejumbroso o del funcionario absentista que le roba literalmente al Estado, es decir, a los que pagan impuestos para que se mantenga esa gigantesca máquina extorsionadora? Los funcionarios son privilegiados vistos desde el punto de vista de los que se la juegan en el tajo, ya que tienen derechos que los otros no pueden ni soñar

Vicente Luis Mora dijo...

Creo que con el "yo estoy peor" o "y tú más" no progresamos demasiado. Cada colectivo debe reivindicar sus derechos. Aquí se mezclan dos profesiones, escritor y profesor, que tienen realidades diferentes y problemas diferentes. Pero los profesores asociados que cobran cuatrocientos y pico euros al mes NO son funcionarios, tampoco los becarios ni los contratados (ayudantes y contratados doctores). Funcionarios son sólo profesores titulares y catedráticos, y no es de ellos de los que se habla aquí.
Un saludo.