domingo, 3 de junio de 2018

Respuesta de Adolfo Mendébil a los Ensayos a la intemperie


Aunque faltan algunas entregas de los Ensayos a la intemperie que vamos subiendo en las últimas semanas, las entradas ya publicadas han suscitado esta polémica, informada y brillante respuesta del escritor y profesor Adolfo Mendébil, español residente en Rumanía desde hace años y lector y crítico atento del panorama literario, como podrá verse a continuación. Le agradezco mucho el envío de esta pieza, porque suscitar el debate era y sigue siendo uno de los objetivos prioritarios de este blog.




La desincronización de la escritura con el presente: reflexiones sobre hantología y estética relacional a propósito de Ensayos a la intemperie

Adolfo Mendébil

Por lo demás, se trata de alcanzar la alienación total

Un incendio invisible, Sara Mesa

En primer lugar, gracias por escribir y compartir esta serie de entradas, Vicente Luis. Creo que este tipo de discursos que denuncian la precariedad del escritor (pero también del crítico) son hoy día justamente los más necesarios. El caso es que dan mucho que pensar las reflexiones y argumentos que has plasmado en estas entradas. Tanto es así que me gustaría compartir algunos pensamientos aleatorios e ideas dispersas que me ha suscitado la lectura. Perdón de antemano por la extensión, pero creo que merece la pena no ser breve esta vez.

En cuanto a la condición de la literatura como mercancía, cabe preguntarse ya que estamos, en efecto, si la literatura puede ser considerada una mercancía como tal. Como bien arguyes, “los escritores sólo generan textos inmateriales que otros (los editores) se encargan de convertir en cosas”. Lo que se comercia en literatura no es la literatura misma, sino el libro como objeto. El bien de consumo. La propia mercancía con la que se negocia. Y justo creo que debatiendo en estos términos podemos hallar, no sé si una respuesta, pero sí algunas pautas para despejar dudas.

Según lo apuntado, la desobjetualización de la era digital ha generado una crisis de la mercancía y de los objetos de arte, por lo menos en aquellos que pueden ser reproducidos íntegramente en el medio digital (ebook en literatura, copias digitales en archivos .flac o .mkv para el caso de la música y el cine), a diferencia de las artes plásticas o escénicas, que son irreproducibles digitalmente por más que insista el manido tópico benjaminiano (lo que se reproduce realmente es una metaimagen, pero no una copia exacta de esa imagen). Así pues, esta crisis de la mercancía a través de la desobjetualización del arte no sólo está afectando a la literatura, sino también y mucho antes afectó a la música y el cine.

Y a eso voy. Si comparamos el modo en que la música y el cine han buscado ingresos alternativos a la venta de mercancías musicales y cinematográficas (vinilo, CD, VHS, DVD, Blu-ray, etc.), la literatura no ha sabido reinventarse con la llegada del ebook. Por diversas razones que paso a exponer y que me gustaría compartir, como digo, para ampliar el debate.

1. El espectáculo como nueva mercancía

Considero que lo primero de todo que debemos tener en cuenta es que el mundo del arte ha dejado de comerciar con mercancías para negociar con espectáculos. Incluso el arte plástico, donde todavía se mantiene el culto a la singularidad del objeto, cada vez se aproxima más a un modelo artístico relacional. Happenings, montajes, instalaciones, arte callejero, el modelo situacionista en general, son prácticamente las formas de arte plástico-visual predominantes en nuestra época. Lo mismo sucede con la música, cuyos ingresos proceden en su mayoría de los conciertos, es decir, de los espectáculos, siendo su mayor exponente los festivales multitudinarios. Y otro tanto puede decirse del cine, arte supeditado a la taquilla, especialmente en sus primeras semanas de estreno.

A diferencia de las expresiones mencionadas, la literatura, que no la lírica, carece de esta posibilidad. Carece de la posibilidad de devenir en espectáculo. Las jam de escritura o los recitales de poesía se aproximan más al concepto clásico de la lírica primitiva como triunica choreia de la Grecia arcaica que como literatura propiamente dicha: el arte de poner negro sobre blanco la expresión oral del ser humano.

Es verdad que los escritores tienen la posibilidad de generar ingresos complementarios con las giras literarias, las conferencias y participaciones en congresos, pero casi siempre sirven para cubrir gastos y se conciben tanto más, salvo en el caso de los grandes nombres, como una forma de promoción, cuanto que un verdadero medio de vida. Y ni de lejos pueden competir con espectáculos tales como los festivales de música y los estrenos de cine.

Asimismo, no existen subvenciones literarias comparables a las artísticas pero tampoco espacios reales de interacción del escritor con el público. Los festivales del libro son eventos pensados para el editor y no tanto para el escritor. Identificarlo como espectáculo literario propiamente dicho sería como confundir el museo con la feria del arte, o un concierto con la feria del disco. Máxime cuando rara vez en las ferias del libro se cobra entrada o se organizan como plataforma para generar ingresos directos.

De hecho, siguiendo el hilo de la argumentación la pregunta crucial está servida: ¿existe posibilidad de generar un espacio literario en el mundo real siendo como es la literatura un arte cuyo espacio efectivo es la imaginación?

O si cabe una pregunta de mayor calado y con mayor potencial polémico: ¿Es la literatura estética?

2. La literatura no es “estética”

En la sociedad imagocéntrica (el concepto es de De la Flor) movido por la estética en su estado más literal (la percepción sensorial pura de las formas, no la percepción intelectiva de los conceptos aprehendidos por las categorías estéticas inherentes al juicio), la literatura tiene todo que perder. A diferencia del resto de artes ni es visual ni es escénica. Carece del poder de la opsis (aunque sí de la phantasia), pues su medio natural no es físico (no es audiovisual, sino conceptual, intelectual, fantasmagórico como diría Platón).

Claro está que en este sentido lo lógico sería apostar, siguiendo tu teoría tecnoliteraria, por un concepto pangeico de la literatura. Optar, en definitiva, por el concepto tecnográfico de Danielewski, cuya obra, a mi juicio, ha generado más ruido por el modo de convertir el libro en un objeto de arte y la escritura en un diseño de la pantpágina, como tú bien has explicado en El lectoespectador, que por la manera en que la tortuosa y agónica forma de presentar el aspecto gráfico de la escritura refleja la naturaleza tortuosa y agónica de la historia (véase la lectura de Dayo Script en su videocrítica “¿Por qué nos fascina la cuarta pared?”).



La apuesta por lo pangeico y sus variantes tanto analógicas como digitales es interesante precisamente por la posibilidad que abre para muchos escritores: vender algo más que literatura. No un acceso, un portal a la imaginación, pues en ello reside la esencia de lo literario, sino un objeto de arte, una pieza cuyo valor mercantil no sólo reside en su contenido sino por añadidura en su continente.

La literatura accede así al reino de la estética en su sentido literal. La literatura se vuelve estética y por tanto conecta mejor con un mundo rendido justamente a la estética (no es casual que a un crítico puramente millenial como Dayo Script, que no se ha formado en el mundo anterior a la crítica afterpop, tome como referente literario del nuevo siglo la obra de Danielewski). Y no piense el crítico más ortodoxo que es disparatada esta concepción tecnoliteraria como alternativa, pues no viene a ser más que un remedo en la era digital de los libros de horas medievales o los compendios barrocos de emblemas y empresas. De hecho, es el claro síntoma de las épocas de crisis, de cambio, de agotamiento de las formas tradicionales, de manierismo en los términos en los que lo define el erudito Curtius.

3. ¿Es posible un Netflix de la literatura?

Por otro lado, si algo impide que la clase media literaria vea recompensado ese “tiempo dedicado a un esfuerzo que debería ser productivo”, no creo que venga motivado únicamente por que “al sistema no le conviene que lo sea”. La realidad es que los medios y cauces de promoción literaria son lamentables por cuanto son de lo más primitivo. No existe una red social propiamente de escritores. A diferencia de la música que encontró en Myspace y ahora en Bandcamp una forma de difusión masiva para atraer a los oyentes y acercar a los coleccionistas a las bandas indies, no existe una bomba de oxígeno semejante para esos escritores jóvenes (por jóvenes entiendo escritores y escritoras menores de 30 años) que hace años sí “se colaban, como promesas, en los catálogos de las grandes editoriales”. Digamos que la literatura ha carecido y carece de cuanto significó DeviantArt en su día y cuanto significa hoy día Instagram para los creadores plásticos y visuales.

Comoquiera que sea los agentes literarios en todo su espectro no han sabido todavía o no han encontrado la forma de convertir las redes sociales en firmes aliados de su causa. Quizás Twitter es la red social a la que mayor partido le está sacando el mundo de la literatura, pero también es verdad que, más allá de la lírica, la microficción, la gnómica posmoderna o las diversas formas de minimalismo literario actuales, para el novelista o narrador rara vez se postula como un medio efectivo de difusión de su obra.

Tampoco el mercado ha sabido adaptarse a los formatos de consumo literario mediante un modelo paralelo al streaming. La industria del cine y las series han encontrado en Netflix y similares un formato que permite darse a conocer y crecer como artista en la industria. Lo mismo sucede con Spotify en música y con Steam en el mundo de los videojuegos: son plataformas de distribución y gestión de derechos que suponen una alternativa de ingresos para los creadores digitales.

No existe, por desgracia, un modelo semejante, cuando menos tan consolidado en el campo de la literatura, que ofrezca la posibilidad de pagar cuotas y leer en una red digital de bibliotecas y catálogos de libros (me refiero a la posibilidad de disponer de una plataforma similar o parecida a la biblioteca digital del Instituto Cervantes pero ampliada a todo el sector editorial). He aquí tal vez uno de los problemas que alejan a la literatura de los cauces de distribución de nuestro tiempo.

Debemos pensar que de media un ebook cuesta prácticamente lo que un plan de suscripción a Netflix o Spotify (el ebook de Homo Lubitz, por ejemplo, cuesta en planeta de libros 9,99 euros, si mal no recuerdo lo mismo que una mensualidad de Netflix). La literatura por no perder ingresos a corto plazo en este sentido pierde visibilidad e impacto social, lo cual tendrá una repercusión enorme de cara el futuro. Resistirse a este modelo de negocio es básicamente dar cumplido el dicho “pan para hoy, hambre para mañana”. Si ya nos estamos quejando ahora de que no existe posibilidad de ver recompensado el esfuerzo económico de la creación literaria, en cuestión de décadas será inviable e insostenible para el escritor si no se encuentra alguna solución, como así lo ha hecho la industria musical, audiovisual y del videojuego a través del streaming. No digo que sea la panacea, pero como mínimo es un intento de subsanar la pérdida de ingresos que está sufriendo y ha sufrido la clase media de la literatura.

4. Tirar una raya y hacer la suma: la literatura y los millenials

Tema aparte es la recepción del público y la visión que se suele tener, en nuestro país sobre todo, del mundo literario y la escritura. Si la volvemos a comparar con la música la brecha es insalvable. Un caso como el de C.Tangana y el trap en España confirma que no es tanto que al sistema no le convenga que la literatura de clase media llegue al gran público, sino que esa literatura, que no es comercial pero tiene potencial de serlo, tampoco ha sabido conectar con las nuevas generaciones y en especial con las inquietudes del presente. No ha encontrado todavía el lenguaje quizás o el medio de difundir una imagen diferente, modernizada, alejada de la visión rancia de los libros que tienen la mayoría de jóvenes y no tan jóvenes. Es decir, favorecer una conectividad alternativa, diferente, fresca como diría algún moderno, para subsanar la desconexión de la literatura con las nuevas generaciones. Y urge encontrarla, urge conectar con el nuevo público, a menos que pretendamos hundir la literatura del todo y verla reducida a una expresión intelectual como lo son hoy día el teatro, el ballet o la ópera.

Por lo tanto, no es un problema de que al mercado no le interese, creo, a juzgar por cómo el trap ha irrumpido en el mercado discográfico español (incluso recuérdese atacando al propio capitalismo –en este sentido no hay nada más avant-pop que el rap y el trap–), sino que al gran público (llamémosle millenial por prostituida que resulte la etiqueta) no le interesa realmente la literatura (ya sea independiente o no) que se está escribiendo. No porque no le interesen los libros y la escritura (ahí están ciertos poemarios posnoventistas que se han vuelto virales para demostrar lo contrario), sino que la literatura como arte suscita todo menos pasión, por la propia imagen que la crítica y los intelectuales en España suelen ofrecer de ella, máxime en un mundo, como decía antes, movido por y para la “estética”. 

La literatura (española) se relaciona y con razón con el pasado, con lo viejo, con el mundo abuelo, con los señoros de derechas y los intelectuales progres. Se contempla en su conjunto como una sarta de batallitas, en el sentir general, que poco o nada tiene que ver con el acelerado y disruptivo mundo que nos ha tocado vivir. No se me malinterprete: no se trata de abogar por el vandalismo literario, sino de describir abiertamente y sin tapujos la imagen que la literatura española proyecta en las nuevas generaciones de nativos digitales.

En este sentido Agustín Fernández Mallo u Óscar García Sierra han sido la excepción que confirma la regla: la regla de que la literatura española, por más que nos duela decirlo, es especialista en lloriqueos patrios y literatura de calcetar para señoras bien, o en su defecto chick-lit con trasfondo feminista de mercadillo o autoficción onanista-intelectualoide de cartón piedra para machirulos que siguen creyendo que a Mary Shelley le escribió Frankenstein su marido.

Tampoco es cuestión de reivindicar una literatura zangolotina que conecte con los seguidores de El Rubius, pues este tipo de literatura suele, como la tendencia musical de turno, durar lo que tarda en madurar la nueva generación (¿alguien se acuerda a estas alturas de Skrillex?). Pero como mínimo parece necesario reivindicar una literatura que se aproxime a las rarezas de un Katchadjian o a la mirada crítica de Schweblin, es decir, al modelo de una literatura como la argentina, que parece estar conectando infinitamente mejor con el público de nueva generación, pero ganándose al mismo tiempo el respeto de los popes. La mayor parte de los críticos extranjeros lo reconocen abiertamente: poco o nada tiene que hacer España en términos literarios frente a la literatura del Cono Sur. Y he aquí lo lamentable: por más que en España exista esta literatura como existe en Argentina o Chile, no es visible por la propia imagen que la crítica literaria española ha ido generando de sí misma desde los tiempos de Menéndez Pelayo. Por más que se ha intentado en los últimos años enmendar esta imagen de la literatura española (este blog es un clarísimo ejemplo), lo cierto es que no hay manera de dejar de tirar una raya, como decía Ortega y Gasset, y hacer la suma. Guste o no, la literatura española es árida como el desierto de lo real.

Introduzco en este punto el que para mí es el problema de fondo: la crítica en todas sus acepciones. Así pues, no me refiero aquí tanto a la crítica académica, que goza de muy buena salud, sino al espíritu crítico de un público (culto) que se mueve por y para la imagen literaria que ofrece de sí mismo. Me explico: todo el mundo alaba la escritura de Sara Mesa, pero ¿cuántos de los lectores que han leído sus novelas pueden explicar por qué les ha entusiasmado tanto Cuatro por cuatro o Un incendio invisible? Lo mismo podría decirse del entusiasta de Martín Giráldez o, si se me permite, de todo el mutacionismo en general. No se trata de elitismo por parte de los críticos académicos, sino de un esnobismo extendido entre los lectores actuales interesados más en la postal literaria de Facebook que en el verdadero contenido de la obra de arte. Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. No será mi caso.

5. Hantología de la literatura o la nostalgia de los futuros perdidos

Ahora bien, tampoco debemos sacar las cosas de quicio. No creo que se trate aquí de un caso semejante al del traje nuevo del emperador (o si lo prefieren los carpetovetónicos, del paño del rey en El conde Lucanor), donde todo el mundo confirma cínicamente cuanto se espera oír por miedo a contradecir la opinión de la masa. Sino porque esa función, la función de interesarse por el contenido de la obra, por la filosofía del arte de la escritura, en realidad le corresponde al crítico. Como alegaban los idealistas alemanes, el arte y por tanto la literatura es la capacidad de racionalizar lo irracional. Y he aquí lo que diferencia al lector del crítico: mientras el lector se deja llevar por la irracionalidad racionalizada (en cristiano, el significado, la imaginación, la propia lectura), el crítico trata de comprender y explicar al común de los lectores, mediante el estudio de los propios mecanismos literarios de racionalización de la irracionalidad (la forma, la estructura, la significación), el porqué de ese placer “estético”, más allá de los sentidos, que provoca la literatura en nosotros.

En esto es en lo que lleva fracasando la crítica desde Barthes (salvando excepciones como George Steiner, Harold Bloom o Umberto Eco, que sí han sabido conectar con el gran público). Los críticos, máxime los académicos, sabemos explicarnos los unos a los otros por qué leemos lo que leemos, pero somos incapaces de explicar esto mismo al común de los lectores. Quizás porque no hemos acabado de asimilar del todo en qué consiste la literatura de nuestro tiempo; quizás porque el discurso crítico se ha teorizado de tal modo en este presente post-utópico y post-marxista del arte que resulta imposible ya hablar del propio arte en el sentido más estricto. 

Adonde quiero llegar con todo este discurso es que son muchísimos los aspectos que inciden sobre el modo en que la literatura está perdiendo su hegemonía en el mercado cultural frente a sus competidores. No recuerdo quién era, creo que Orejudo, que decía en una entrevista que a la literatura le habían salido unos durísimos competidores, y lo cierto es que nuestro gremio no está sabiendo reinventarse y renovarse para entrar de una vez en el nuevo siglo. De hecho, sólo hace falta acudir a cualquier biblioteca (en las universitarias el caso es extremo) y observar dónde suele encontrarse y localizarse la literatura del nuevo siglo: o bien como apéndice del siglo XX, figurando los escritores del siglo XXI junto a Laforet, Ferlosio o Marías, o bien enterrados entre las montañas de literatura basura y productos literarios de usar y tirar que se amontonan en la sección de novedades.

La realidad es que llevamos casi dos décadas del nuevo siglo y todavía seguimos sin aceptar que el siglo XX y con él su literatura ha muerto. Hasta tal punto que la literatura de nueva generación y junto a ella la crítica parecen incapaces de escapar de esta fenomenología del fin, este entierro perpetuo de lo literario que, como el cadáver del padre en la novela de Barthelme, no deja de ser un lastre pesado del que somos incapaces de librarnos.

Parece que la literatura del siglo XXI, más que una literatura de la globalización y la transformación digital de la vida y el mundo como habría de ser, se comporta como un espectro de la literatura del siglo XX, como una continuación de la modernidad literaria de un futuro alternativo perdido, a la manera de una hantología derrideana según Fisher, que no ha llegado a cumplirse y hacerse presente porque Internet así lo ha impedido. En otras palabras, parece como si la mayor parte de la literatura del presente no aceptase que Internet lo ha cambiado todo, que resulta imposible seguir escribiendo como en el siglo XX, y que como diría Sloterdijk el texto y con él la literatura ha perdido para siempre el centro de poder cultural.

A partir de ahí creo que se explicaría todo lo demás. No achacaría al mercado o al propio sistema la desaparición de la clase media literaria, cuanto a unos agentes literarios en todo su espectro (me incluyo el primero) que no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Desde los escritores que siguen empeñados en escribir como si viviésemos en 1990 y no existiera Internet (o cuanto lo intentan, pienso en la última novela de Muñoz Molina, es por evidentes intereses creados, por más que personalmente celebre la apuesta); los editores que no ceden en sus pretensiones de resistir a la realidad, hacinados en un nicho de mercado que se estrecha y estrecha hasta que sólo quedará espacio para su propio cadáver; y los lectores que siguen añorando de forma cínica (pues la demandan pero luego ni la compran ni la leen) una literatura que no puede competir de ninguna de las maneras con las series, el cine o los videojuegos.

Analizando la situación parece como si hubiera una desincronización entre la literatura y nuestro tiempo. Como si no acabarán de compenetrarse temporalmente. O quizás sea que la función de la literatura pasa por esto mismo: preservar la tradición y prolongar un espectro del pasado en el futuro. Una hantología del futuro desde el pasado que confluye en nuestro presente. Un negativo de la realidad. O simplemente un reino de muerte. Ya lo decía el genial Quevedo: leer no es más que hablar con muertos.

Gracias por el tiempo y el espacio,
Adolfo Mendébil



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