sábado, 31 de marzo de 2007

Cómo vivir. Qué hacer


[Texto leído en Neo3, Barcelona, marzo 2007, mesa redonda sobre censura y autocensura]


Caso 1.
Me llamo Jesús de los Dolores. Tengo 20 años. ¿Qué sería capaz de hacer por publicar? No por escribir, que es lo de menos, sino por publicar. Soy parecido al Max Frisch joven: “Yo escribía para los periódicos, y me sentía orgulloso cuando se imprimían mis cosillas. El afán de hacerme valer, creo yo, fue la primera cosa mía que le decepcionó. Yo necesitaba ganar dinero. Eso, por descontado, él lo entendía, pero lo que yo escribía le resultaba penoso. Me animó a dibujar” (M. Frisch, Montauk; Laetoli, Pamplona, 2006, p. 28). Me gusta el poema de Wallace Stevens: “Cómo vivir. Qué hacer”.

Sé que no puedo ser demasiado original. Los experimentos son incompatibles con los comités de lectura y los jurados de los premios literarios. Tengo mucha literatura dentro, pero la dejaré para después, para dentro de unos años. Ahora lo que tengo que hacer es escribir un pelotazo, algo que me catapulte enseguida a los medios, a la fama y a las grandes editoriales. El riesgo para después, para más tarde. A ver, qué dicen los suplementos: Guerra Civil, memoria histórica. Ah, no, esto es la sección de Nacional. El suplemento literario está aquí. Anda, qué curioso: Guerra Civil, memoria histórica.


Caso 2.
Me llamo Jesús de los Dolores. Tengo 45 años. Gané un premiecillo, salté a la discretísima fama de centro cívico y diarios provinciales. Una vez le di la mano a Juan Cruz en una fiesta, y Herralde se me acercó en un hotel de Barcelona, confundiéndome con Muñoz Molina. Ahora tampoco puedo publicar lo que me gustaría, los editores me obligan a recortar partes de mis novelas porque me dicen, textualmente, que son demasiado literarias. Mi agente me va sugiriendo los temas sobre los que debo escribir, los personajes que debería quitar, el tono de las escenas de sexo. Porque ahora meto un huevo de sexo, vende mucho, lo he visto en las páginas de contacto de los periódicos, las únicas que no pierden nunca espacio, esas páginas llenas de microcuentos y definiciones stendhalianas de un trazo. Cómo vivir, qué hacer, qué escribir. Mi próxima novela va a ser hiperviolenta, por lo visto eso mola mucho a los jóvenes. Y si matas a un cura o a un imán con la suficiente mala leche te aseguras salir en todos los periódicos y en el Estrafalario ése del Rioyo. He encontrado una cita que me ha gustado mucho en un libro que me encontré tirado por la calle, de un tal Félix Duque, con ese nombre cómo va a vender una mierda: “en el nihilismo no pasa nada, ni nada puede inquietar a quien cumple con su ‘deber’ de ‘buen ciudadano’: última añagaza de un Orden en que la idea misma de ‘civilización’ (…) ha dejado ya de tener sentido. El nihilismo no es sino la manifestación última de una metafísica cuyo ideal de redonda y plena autorreferencialidad se plasmaba fenoménicamente en el automovimiento, o sea, en el perpetuum mobile del ourános griego y, modernamente, en la ‘máquina perfecta’” (F. Duque, El cofre de la nada. Deriva del nihilismo en la modernidad; Abada, Madrid, 2006, p. 80).

Eso es lo que funciona, la máquina total, el mercado continuo. Lo he visto en las páginas de economía de los periódicos, esas páginas llenas de cuentos de terror disfrazados de novelas. Pastoriles.


Caso 3.
Me llamo Jesús de los Dolores. Tengo 70 años y una tesis doctoral sobre mi obra. Soy casi como el Frisch adulto: “Me asusto levemente cuando alguien a quien no conozco me habla de repente y se revela como lector. ¿Qué hacer? A menudo valoran lo que hoy día ya no quiero escribir, y entonces me siento como un traidor. Entonces, por lo general, finjo que tengo prisa. También suele ocurrir, claro está, que alguien, un borracho en un bar, me dé la lata, o por lo menos lo intente. Da por supuesto que estoy entusiasmado conmigo mismo. (…) Al hombre le encona en realidad, no mi manera de pensar, sino el éxito” (op. cit., p. 49). Era normal que al fin las cosas funcionaran. 50 años plegándome por completo a las exigencias del mercado, a las advertencias de mis amigos, a las órdenes de mi agente, a las recomendaciones de los editores, tenían que producir un buen resultado, un gran final. Tenía que hacedlo, comprendedme. No podía dejar de salir. No podía rechazar el aparecer, el estar a costa de lo que fuera. Hubo que tocar puertas. Que vender amigos. Que dejar editores tirados. Que hacer llamadas por la noche. Pero era necesario, todo era necesario: la máquina era imprescindible, y no podía pararse. Eso sí. No he podido escribir literatura. No he tenido tiempo. Y ahora que lo tengo, no recuerdo cómo se hace. A los veintipocos lo tenía claro, pero tanto tiempo aparcando las buenas ideas puede hacer que éstas desparezcan. Lo he visto en las necrológicas de los periódicos, esa sección llena de grandes relatos. Qué hacer. Cómo vivir. Qué escribir. Todo eso ya no importa. Tengo un nombre. Pero os lo advierto: antes de disolverme en la nada, después de una vida siguiendo cerrilmente fórmulas de éxito, tópicos manidos y tradiciones anacrónicas, os lo advierto: una vida de éstas, en cualquiera de mis resurrecciones, voy a empezar a escribir literatura, voy a hacer libros de riesgo, y os vais a cagar.


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15 comentarios hasta ahora:


Carlos dijo...
Personalmente, lo que menos verosímil se me hace del texto es el tercer monólogo. No creo que la insatisfacción sea precisamente un rasgo característico del "tipo" que nos presentas.
9:33 PM


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Vicente Luis Mora dijo...
Bueno, yo pensaba, evidementemente, en una insatisfacción puramente literaria. Los abundantes representantes de este especimen están, como dices, bastante satisfechos de sí mismos, pero les entra un extraño nerviosismo cuando ven en otros la literatura que les gustaría haber escrito a ellos. por eso ya no leen nada...
10:48 AM

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Pablo García Casado dijo...
querido vicente: He visto reflejado en tu texto una gran parte de los males de nuestra generaciòn. Creo que nos hemos fascinado con la posibilidad de estar en el mercado, pero para la gran economía somos sólo un pequeño y purulento forúnculo. Le damos tanta importancia al hecho de aparecer que dejamos a un lado lo que verdaderamente nos da satisfacciones: el momento de escribir y el momento en que nos leen. Sé que entre esos dos momentos hay mucha política -entendido en sentido amplio-, pero a veces nos preocupamos demasiado por la temperatura de la piscina cuando lo que deberíamos hacer es nadar.La gran mayoría de los que aparecen en tu blog, como la mayoría de quienes esceriben, son mejores personas que la gente que te puedes encontrar en otros órdenes de la vida.Gente que dedica su tiempo de forma gratuita a dar lo mejor de sí mismos sin esperar, apenas, otro premio que el de satisfacer a un hipotético lector. Sé que en este foro se dirimen cuestiones de mayor calado intelectual que mi comentario. Pero también es de recibo señalar nuestra generosidad como escritores y como críticos a cambio un puñado de arena. suyo siempre, Pablo García Casado
7:59 PM


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Vicente Luis Mora dijo...
Gracias, Pablo. Creo que tienes razón en lo que dices. La poesía en general -y desde luego este blog en particular- se hace por amor al arte. Y al espectador del arte, claro que sí. Por cierto, me atrae esa imagen del forúnculo, no está mal ser un grano en el culo del sistema. Un abrazo.
9:46 PM


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Iban Zaldua dijo...
Excelente aproximación, Vicente Luis. Pero la pregunta es: ¿se puede escapar realmente de todo eso? Yo, sinceramente, soy pesimista al respecto.Copio un fragmento de la introducción del libro de Dubravka Ugresic "Gracias por no leer" (aunque igual no haría falta, porque seguro que lo conocéis):"¿Qué le queda, pues, al escrito? ¿Fingir que no se entera y aceptar la eternidad en términos fatalistas como medida de valor? ¡La eternidad, sí, sí! Y eso que la esperanza media de vida de un libro es de unos treinta años en tiempos de paz (menos en guerra), antes de que las bacterias del papel lo hagan papilla. ¿Fijar su rumbo a partir de una justicia literaria superior? ¡La justicia, sí, sí! Cuando al lector se le engatusa con todo lo que se le pone delante de las narices: poderosas cadenas de librerías, tiendas de aeropuertos y amazon.com.El escritor que no acepta las reglas del mercado muere, así de sencillo. El lector que no acepta lo que el mercado le ofrece está condenado al ayuno literario o a la relectura. El escritor y su lector (los dos personajes por y para quienes existe la literatura) viven hoy una existencia semiclandestina. El mercado literario está regido por los productores de libros, pero producir libros no significa exactamente producir literatura".Hasta aquí la cita de Ugresic. En cuanto a la intervención de Pablo García Casado, estoy de acuerdo en general, con algún pero a lo de que "la mayoría de quienes escriben, son mejores personas que la gente que te puedes encontrar en otros órdenes de la vida": lo dudo mucho. Y además, no me importa demasiado si son mejores o peores (siempre que no me toquen de vecinos en la escalera): como lector, lo que quisiera que hicieran es un buen libro. De hecho, casi me atrevería a invertir la afirmación y decir que entre los escritores anda(mos) lo peorico del género humano, pero seguramente me estaría pasando y, además, me llevaría demasiado espacio argumentarlo.Un saludoIban Zaldua.
11:43 AM


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Anónimo dijo...
¿Dónde el caso de la gente -digámoslo así- más honesta? Hay quienes escribimos y publicamos sin perder el culo por el mercado. Más aún, sin saber si se es leído, siquiera, por alguien.Y la curiosidad: ¿por qué no interesamos a quienes critican el mercadeo antiliterario?Toto
2:31 PM


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enlejaniadesoles dijo...
Yo como no tengo publicación alguna me lo puedo tomar de forma menos dramática. Pero digame señor Vicente el pelotazo de su amigo en qué consiste, que también uno tiene ansia de fama. Y mejor, no me digas como hacía M. Frisch para ganar el dinero que necesitaba. Un abrazo, en tono jocoso.
3:09 PM


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Anónimo dijo...
Lo veo complicado.Veo complicado que alguien que es capaz de firmar un bodrio, con la única intención de poder ir a las ferias y salir en Qué leer, esté realmente capacitado para hacer literatura de verdad.Me parece muy complicado que alguien que consigue renunciar a sus verdaderos impulsos y necesidades artísticas para sucumbir ante el mercado, tenga verdaderos impulsos y necesidades artísticas.A fin de cuentas, el arte es un acto de fe, y es irrenunciable.
4:54 PM

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Vicente Luis Mora dijo...
Querido y anónimo amigo, tienes razón en parte: sí, es verdad que alguien con talento difícilmente renunciará a escribir bien. Pero en el sistema actual de publicación de narrativa, no es nada difícil que alguien se pase cerca de 10 ó 15 años con una maestra en el cajón, por ser demasiado literaria, demasiado larga o demasiado difícil para las editoriales de prosa. Y ese autor puede decir: bueno, pues escribo algo más ligero, me sitúo, y después la publico. Y ocurrir que, efectivamente, escriba una ligereza, la publique, y siga sin encontrar jamás editor para su novelón maestro, por seguir siendo difícil o hiperliterario. Y tirarse la vida así, publicando in/dignidades. El caso más frecuente es el del novelista que empieza bien, con un par de buenas novelas, para dar de pronto con un "tono" o un "tema" que resultan exitosos; entonces no suele importante, para mantener ese éxito, rebajar sus pretensiones artísticas. Eso está a la orden del día. Luego hay un tercer grupo, el de autores que nunca han escrito nada bueno y que nunca lo harán, y que sin embargo escalan rápidamente hasta los puestos más altos de las listas de ventas. Ellos son hoy la literatura, no los otros, para los medios de comunicación -y algunos editores descerebrados, o sólo preocupados por el negocio-. Así nos va, y así está el panorama. Saludos.
6:23 PM


rafayiyo dijo...
¿Por qué no hablamos de los buenos libros y nos olvidamos de lo demás? No merece la pena tanta lamentación y tanta ansiedad (que no la coja un psicoanalista, que le parecerá envidia sublimada o algo así...) Yo lo tengo muy claro: cada uno que escriba como pueda o quiera, que como lector ya separaré el grano de la paja... Siempre ha sido más o menos así: ¿alguien se sorprende todavía? Pese a todo, no me digáis que el que se empeña no logra publicar, tanto si lo suyo es buenísimo (raro, pero hay) como malísimo (a miles). ¡Si hoy publica todo el mundo! ¡Basta de quejas apocalípticas y a escribir y/o a leer! Y otra cosa: ojo con huir del mercado y caer en el solipsismo del purismo adolescente, que tan malo es uno como otro...
11:09 PM

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Vicente Luis Mora dijo...
Sabía yo que este tema levanta ampollas. Por cierto, Iban. Ya sé que andas ocupado, pero ¿por qué no expones, siquiera sintéticamente, los motivos por los que crees que los escritores somos seres especialmente execrables? Si tú das tu opinión, yo doy la mía -que hasta ahora no he dado...-.Un abrazo,Vicente
9:10 AM

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genaro dijo...
Predata: Me olvidé de firmar un comentario anterior, lo hago ahora, aunque no creo que importe demasiado.A Rafayiyo. Tienes mucha razón, la cosa es bastante simple. Ahora: “solipsismo del purismo adolescente”.No hay tampoco que confundir las cosas. El proceso artístico es anterior al mercado, y ahí debe permanecer. Lo dijo Gamoneda ya antes: “La experiencia de la emisión -o la recepción- de la poesía, intensifica mi vida y yo vivo esta intensificación como una forma de placer”.El mercado es posterior, insisto.Cuando Gimferrer, embajador de sí mismo, escribió algunas de sus joyas como L’espai desert, no creo que estuviese pensando en las ventas; eso no quita que una vez terminadas las obras, se tuviese que negar a la promoción y difusión de las mismas. Pero eso, viene después.Por machacar un poco en lo ya dicho, no entiendo demasiado como alguien con verdadera “pasión” por la literatura es capaz de escribir algo que no le gustaría leer, pudiendo hacerlo mejor; aunque sí entienda que hay que comer, y que el ego a veces juega muy malas pasadas.
10:23 AM


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Litvan dijo...
Supongo que hay de todo, Vicente. Gente que publica sin problemas, en editoriales potentes, y que es buena. Gente que publica en esas mismas editoriales, pero sin ninguna calidad. Gente buena con sus textos en el cajón (o en el ordenador). Gente que se cree buena simplemente porque tiene sus textos en el cajón (o en el ordenador). Gente que elabora currículos literarios como el que acumula méritos para un puesto en la administración. Gente que es consciente de que rebaja su calidad sólo por publicar. Gente que NO es consciente de que ha rebajado su calidad (o que simplemente NO tiene más calidad que ofrecer). Gente muy joven que cree que abre caminos nunca abiertos y que desdeña a los de 30 años que aún no han publicado. Gente muy joven y muy interesante. Gente muy trillada y muy metida en las instituciones y muy bien colocados. Gente muy trillada, pero también a veces muy interesante. Premios amañados y premios justos. Resentidos y generosos. Frustrados y geniales. Orgullosos e inseguros. En fin, toda una fauna ésta de la literatura, no mejor ni peor que el resto de las faunas humanas... Conclusión: leamos y escribamos... lo demás es, en gran parte, azar.Saludos.
11:24 AM


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Sergi Bellver dijo...
Para demostrar mi voto de brevedad (una epifanía reciente) voy a obviar todo lo que iba a decir con mi habitual abuso de la metáfora y suscribiré al 99% lo que han dicho rafayiyo y litvan.pd: has (hemos) salido ganando con la versión en blogspot, Vicente.Dale recuerdos a Eduardo García y a su maleta parabólica, de mi parte.
3:42 PM


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Anónimo dijo...
¿i donde se situa el autor del blog en esos retratos sucesivos? ¿o no se siente reflejado i definido en ninguino?
i-masclet
4:08 PM

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Iban Zaldua dijo...
Bien. Una de las razones por las que se me ocurre que los escritores no solemos ser buenas personas es por el síndrome de "mataría a mi madre por hacer un buen chiste", es decir, la tendencia a recurrir a la realidad que nos circunda (familiar, amistades, conocidos... empezando por nosotros mismos, claro está) para fundar o alimentar nuestras ficciones; creo que de esto pecan los cultivadores de casi todos los géneros (poesía, novela, relato etc.), con la posible excepción del ensayo (pero ni de eso estoy seguro). Pienso que es inevitable (escribimos desde lo que vivimos, por una parte, y desde lo que leemos, por otra; perdonad el topicazo), pero no deja de ser peligroso y, en demasiadas ocasiones, doloroso para quienes rodean al escritor: a veces no nos paramos a considerar las consecuencias. O nos paramos, durante un instante, pero continuamos, porque mataríamos a nuestra madre por un buen chiste. Ya habrá tiempo de arrepentirse más adelante.

Relacionado con esto: el egoísmo, la dedicación suprema a la propia obra. No hay más que recordar cómo trataron, yo qué sé, Juan Ramón Jiménez o Bertolt Brecht a sus mujeres. Etc. Aunque en esto no haya quizá diferencias con las demás artes, para qué nos vamos a engañar. Por otra parte la envidia, sobre todo la insana, y el rencor son sentimientos muy comunes entre los escritores, grandes, medianos y pequeños: es un mundo muy competitivo, desde hace mucho además, desde antes que se inventara el mercado tal y como lo conocemos hoy; no hay más que leer a Marcial para darse cuenta de lo que digo. Hasta un apóstol del desvanecimiento literario y de la humildad como Robert Walser tenía sus momentos de debilidad en ese sentido, como lo demuestran algunos de los comentarios que le hacía a Carl Seelig en sus paseos (cfr. Paseos con Robert Walser, editorial Siruela).

De acuerdo, es posible, como han comentado más arriba, que la fauna literaria no sea ni “mejor ni peor que el resto de las faunas humanas”, pero en todo caso los que practican la literatura serían peores gentes por contraste, es decir, por contraste con una actividad que se tiene por sublime y generosa (“el arte es un acto de fe, y es irrenunciable”, decían más arriba; en fin, yo también tengo mis dudas sobre el carácter sagrado de la literatura -y del arte en general-, pero, bueno, por hoy las voy a dejar apartadas). Sin embargo, asumiendo que es así, que la Literatura (con mayúsculas) es una actividad tan noble y sobrehumana, la práctica social de los que la hacemos posible es tan burdamente humana, que no podemos parecer sino peores de lo que realmente somos. O quizá lo seamos, a fin de cuentas.
9:57 AM

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vicente luis mora dijo...

1) Para i-masclet: nunca me encontré en el primer retrato; no estoy, evidentemente, en el segundo, y espero no identificarme jamás con el tercero. Si ocurre o crees que ocurre, avísame. Saludos

2)Para Iban: gracias por tu estupendo post. Mi opinión no difiere mucho de la tuya en cuanto a la descripción del estereotipo de escritor torturador (Montauk, el libro que cito de Frisch, es especialmente significativo a ese respecto), pero creo que el hecho de que seamos conscientes de ese peligro hace que, en ocasiones -espero que muchas-, la tentación de hacer daño a los próximos y prójimos desaparezca. Lo de la competitividad es cierto, Iban, pero: ¿en qué profesiones no la hay? ¿Acaso no hablan mal unos cerrajeros de otros, unos abogados de otros; acaso no habla de chanchullo el médico que ha perdido la plaza fija frente a otro? No podemos caer en el ingenuismo. Observa cómo se tratan diariamente entre sí políticos y periodistas de distintos partidos o grupos mediáticos: comparadas con ésas, nuestras trifulcas son juegos de niños. Mirando hacia atrás, veo que entre los escritores he encontrado algunas (bueno, bastantes) malas personas, pero también he encontrado personas excelentes y casi modélicas, sobre todo entre escritores hispanoamericanos, bastante más humildes que los patrios. En la nuestra hay de todo, como en todas profesiones. Pero el perfil medio de mis mejores amigos responde a estos caracteres:
a) Buen o excelente escritor.
b) Autocrítico o muy autocrítico.
c) Sin agente literario, sin aspiraciones de gran público y sin ínfulas.
d) Considera el resto de cosas de la vida más importantes que la escritura.
e) Serían incapaces de jugármela o jugársela a alguien a quien aprecian por conseguir algo en el mundo literario.

Espero que ellos me consideren a mí dentro de un grupo de parecidas características.
Un abrazo, Iban.

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martes, 20 de marzo de 2007

Pluralidad sí, gracias


Iván Cabrera Cartaya, Fragmentos de sentido (Casa Museo Gutiérrez Albelo, Icod de los Vinos, 2006)
Rafael Antúnez, Los nombres de Helena; Renacimiento, Sevilla, 2006
David Eloy Rodríguez y Miki Leal, Asombros (Imagoforum, Sevilla, 2006)
Antonio Alcaide, Los premios perdidos; Asociación Cultural Barataria, Jerez, 2005
Camilo de Ory, Lugares comunes; Pre-Textos, 2006



Tradiciones

El crítico de arte Kosme de Barañano escribía en una ocasión que “las grandes obras, como un gran libro de estudio, han desafiado y estimulado a todos los artistas, invitándoles a la copia y la paráfrasis. En cuanto imitación de lo mejor de lo realizado, la copia ha sido un procedimiento educativo, una especie de viaje virtual hacia un tesoro que se revisita con la propia mirada de cada uno. En el ensayo Imitando a su maestro, señalaba W. H. Auden que el poeta necesita de una etapa de ventrilocución para ir encontrando su voz desde la poesía en general. En el Louvre es donde, según Cezanne, se aprende a leer la pintura”. El problema es que, para algunos, justo donde termina el aprendizaje, termina también el camino. Ortega y Gasset era claro al respecto de la necesidad de entender la tradición como punto de partida de la obra, y no de llegada: “existen algunos que reivindican la tradición, pero son ellos precisamente los que no la siguen, porque tradición significa cambio”. Como todos los tópicos y obviedades, estas ideas requieren ser recordadas de vez en cuando en la crítica de la poesía española contemporánea, tan amante de dejar en casa el sentido común, salvo las consabidas excepciones. Vamos a examinar ahora varios casos de poetas jóvenes que, con más o menos éxito y voluntad, están intentando digerir una o varias tradiciones para conformar su propio y singular camino literario.

Antúnez

Rafael Antúnez, autor de dos poemarios más que estimables, La batalla de la luz (2001) y Nada que decir (2002, accésit del Premio Adonais), regresa con un poemario insólito, que es en sí mismo una particular mirada hacia la tradición occidental. Tomando el nombre (y el mito) de Helena como mujer de belleza fatal capaz de hechizar los corazones masculinos (y, en consecuencia, optando por un lógico postromanticismo estilístico), se van recogiendo sus transformaciones históricas o bíblicas (Eva, Cleopatra, Dalila, Salomé, Judith, etc.) o literarias (la Beatriz de Dante, la Laura de Petrarca), en lo que es menos un recorrido por el eterno femenino que por las diversas tradiciones estéticas que, desde las inscripciones egipcias y el Cantar de los Cantares hasta los rescoldos del modernismo, han venido tejiendo la historia cultural, y sobre todo poética, de Occidente. En la primera parte, “Eva”, asistimos incluso a puntuales despliegues de poesía épica, que tildaríamos de borgiana si Borges hubiera sido capaz de vertebrar el amor en sus poemas y de considerar a la amada como un “demiurgo” y al amor como lo que “dio origen a la vida”. Sólo reprochar a Los nombres de Helena la mezcla de tonos, que a veces conjuga partes muy coloquiales con otras de espléndida altura. Traductor de Jabès, admirador de Dante y de toda la poesía meditativa y contemplativa europea, Antúnez es siempre una voz sólida, original, capaz de asumir y recrear la tradición en sus propios espacios y con sus propias coordenadas estéticas.


Cabrera Cartaya

El joven Iván Cabrera Cartaya escoge, del panorama de posibles tradiciones líricas, la tradición contemplativa. En una línea establecida por Andrés Sánchez Robayna y de la cual él casi puede ser nieto (o hijo de uno de los poetas del excelente grupo formado por Francisco León, Alejandro Krawietz, Melchor López o Rafael-José Díaz), su poesía es una contemplación sobre el mundo, sobre todo el entorno natural, desde una postura órfica (no en el sentido hermético), sino cantora de las formas de lo conocido; no en vano el poemario se abre con un verso determinante: “la mirada establece el mundo”. Pero la mirada no es unidireccional, “también mirar es un diálogo, / igual que la palabra es una forma / de acceder al encuentro con la imaginación”. Esta manera de concebir la mirada artística es muy plástica, y hemos podido verla en ensayos de pintores como John Berger o Hockney. Fragmentos de sentido, que obtuvo el XIX Premio de Poesía Emeterio Gutiérrez Albelo, es un poemario modernista de fondo y posmoderno en el título (la idea moderna de fragmento buscaba un Sentido artístico global, la posmoderna ya no), que entronca con alguna de las tradiciones más sólidas de nuestra poesía reciente, sobre todo en ese grupo canario, antologado en su momento por Robayna en Paradiso: siete poetas (1994): un hilo que conecta poetas de diferentes voces e idiomas, como Valente, Jàbes, Ungaretti, Jaccottet, y con algunas señas de identidad común: la memoria del origen canario (“siempre querríamos las islas”, p. 15), el uso cuidadoso y muy frecuente del poema en prosa, el acercamiento contemplativo y con sujeto elíptico a la naturaleza, plasticidad adjetival, preocupación por el pensamiento en el poema, y una presencia más o menos visible de la trascendencia. Ninguno de estos autores consigue el vaciamiento necesario del sujeto para llegar a lo que he llamado en otro lugar la poesía de indagación contemplativa (más lógica, como apuntaba bien Jordi Doce en Imán y desafío, en la poesía en lengua inglesa, donde es la entonación habitual desde el romanticismo), pero su preocupación por el lenguaje y por la profundización de la voz los engloba, desde luego, en la indagación expresiva. En el caso de Cabrera, aunque en ocasiones (p. 16) sí logra un vaciado absoluto del sujeto elocutorio, en la mayoría hay una presencia no ocultada del yo lírico, que subjetiviza lo contemplado con la retórica habitual, si bien aligerada de hojarasca: “damos pasos desnudos en su red / bajo el cansado sol que nos libera”.

Cabrera parece sentirse especialmente cómodo en la continuación o actualización de algunos topoi clásicos, como los mitos romanos, la Eneida, la imagen shakespeariana del teatro del mundo (p. 26), poco frecuentes en poetas de su edad, salvo casos como Antonio Portela, aunque el modo moderno de tratarlos es casi antitético al posmoderno de este último. Entregada, pura y feliz, la poesía de Cabrera ganará muchos enteros cuando supere los (interesantes) códigos heredados, ahonde en su propia voz y deje atrás algunos lugares manidos de la retórica tradicional que se han colado, como en todo primer libro, entre los versos: “hay polvo en los caminos / que no conducen a ningún lugar / pues no existe ningún lugar”; o “bajo una luz dudosa”; y cuando sepa ver qué piezas no merecen ser incluidas (p. 35). Pero en si eso ocurre, estaremos ante un poeta con una mirada de sugestiva penetración, capaz de pintar con las palabras, y de plasmar imágenes bellísimas: “y querríamos conocer / de dónde viene cierta música, / qué flor precisa entrega este perfume / que entra por la ventana y nos embriaga / o de qué material se ha hecho / el hilo que ha cosido el aire negro / al borde inaccesible de los tallos”.


Alcaide

Cambiando de registro, y pasando al realismo, el poeta Antonio Alcaide (Granada, 1967) ha publicado un largo libro, Los premios perdidos (Asociación Cultural Barataria, 2005), donde asistimos al desarrollo de una poesía muy personal, quizá demasiado anclada en ciertas referencias literarias que no son las que se citan (dando la razón al Miguel Casado que denunciaba que la cita de autores extranjeros por poetas jóvenes rara vez se trasluce en una efectiva influencia). La de Alcaide es una poesía basada en la recuperación o revisión de los lugares comunes del lenguaje, para armarlos con nuevos sentidos, dentro de un realismo bienhumorado y filológico que recuerda ciertas fases de la poesía de Ángel González. Si bien en algunas partes asistimos a deudas claras de la poesía de la experiencia (“a veces los vehículos, / y confundiéndose, / dejan las calles, / me entran por el sentido, / por el hastío y el vientre / y se hacen fuertes / en la larga avenida de mis tardes”), en la mayoría de estos ciento y muchos poemas hay un despojamiento estilístico que busca, más que una retórica contenida, un preciso desarrollo del pensamiento del poeta, o de su pensamiento sentimental. Son interesantes sus revisiones de topoi clásicos, como la rosa, y las vueltas de tuerca lingüísticas y semánticas a que son sometidos. Sus mayores aciertos tienen lugar, precisamente, cuando toda la tensión del poema se ajusta, sin digresiones, a la idea central: “Contigo es una extraña palabra. / Siempre la había creído redundante. / Ahora entiendo esa insistencia / en la preposición, / su cerco al pronombre”. Cuanto menos facilidades (p. 75) y solipsismos se permita, mejor será la poesía de Antonio Alcaide, un autor difícil de encasillar, por fortuna.


De Ory (Camilo)

Camilo de Ory (Segovia, 1970), ha recogido en Lugares comunes un conjunto de estampas visuales (de Málaga, en su mayoría) recorridas por el inteligentísimo hilo conductor de su mirada. “Limitarme a mirar”, dice en un verso de “Cementerio inglés”, después de haber definido, un poco antes, en qué consiste esa mirada poética, llena de dudas sobre su propia configuración:

Creemos que miramos lo que nunca ha existido,
creamos un pasado que mejora el presente.
(El pasado no siempre nos mira a la cara.
El hobre piensa –yerra– que se mira a sí mismo).

Esta mirada de Ory es muy distinta de la de cualquier otro poeta de su edad, y no sé si añadir de edad alguna; no es una mirada de extrañamiento ante los elementos comunes de cualquier ciudad (un bloque de pisos, un instituto, un coche aparcado) sino, precisamente, de desextrañamiento, de acercamiento a lo común de realidades sobre las que nadie piensa o, mejor, sobre las que los poetas no suelen escribir. Observemos la analogía que encuentra a quienes trabajan en un circo:

Nos dejarán su ausencia y una plaza desierta:
cada semana montan y desmontan su vida.
Desde mañana harán lo mismo en otra parte
como un hombre que vuelve mañana a la oficina.

Sólo a veces hay que reprocharle que su lenguaje poético se anquilosa en fórmulas demasiado normales de expresión; esa planitud roza en algunos poemas la poesía de la normalidad, pero en la mayoría lo insólito del emplazamiento del poema sublima esas limitaciones, y se aleja de la posible caída. Ory describe con su extraña contemplación a los pacientes que pueblan un centro de salud, mira a las personas que contemplan la calle tras la ventana de un edificio, se indaga por el constraste entre el vivo color de los automóviles y la grisura vital de sus ocupantes (es psicólogo de formación), y un largo etcétera de singularidades que él convierte en “lugares comunes”, desvistiéndolas de misterio, pero de ese misterio que él mismo ha creado previamente al colocarlas en el particular objetivo de su cámara poética. Un trabajo original, desconcertante, al que habrá que seguir los pasos.


Rodríguez + Coda

David Eloy Rodríguez se ha unido al artista Miki Leal para crear un libro muy recomendable, Asombros (Imagoforum, Sevilla, 2006); recomendable porque hay en realidad tres volúmenes en él: un poemario, una interesante colección de láminas y un libro conjunto (bastante más breve, porque el diálogo interartístico no siempre se produce, por más que le pese a prologuistas y editor). De los tres nos interesa aquí, obviamente, el de Rodríguez, miembro del colectivo La Palabra Itinerante, lo que quiere decir que se reconoce practicante de una poesía combativa, civil, con un compromiso claro, pero que él consigue salvar (al menos, en una razonable mayoría de casos) de lo panfletario, que es el mayor peligro que tiene esta poesía. Sí, es verdad que su lírica es clara, demasiado clara a veces, y que, como señala Enrique Falcón en el prólogo, su estilo es la resistencia; pero observemos estrofas como ésta: “Hay que confirmar el mundo en todos sus extremos, / acariciar cada cosa / para comprobar que está en su sitio. / Destituidos del verbo libertad, / despojados de vivencia, / somos seres sin hogar posible, / perros famélicos que escarban, desesperados, / en una sepultura”. Qué importa si escasean los tropos, si hay sujeción a lo racional, si el discurso es naturalista: en estos versos late más sangre y hay más verdad que en muchos poemarios normalizados, quizá escritos con más retórica pero con mucho menos literatura, que es otra cosa y que, como decía Kafka, está dirigida –si es buena– a romper el hielo de nuestro interior. Comparto esa imagen de perros hurgando en sepulturas, creo que refleja perfectamente el ansia de realidad de quienes no están o estamos satisfechos con la cultura de “lo evidente” (p. 15) y quieren o queremos ver lo que hay detrás del simulacro y del espectáculo y, sin más, envidio esa imagen y me gustaría haberla escrito yo. No sé si me explico, creo que sí. La poesía puede y seguramente debe buscar, cuando es necesario, cuando toca, el sublime estético; pero si tiene una cosa mejor que ofrecer, y a veces un destello ético lo es, el hecho de ofrecerla bien y llegar (y hacer llegar al lector) a una verdad íntima o social, la convierte en un tesoro inapreciable. No me hagan elegir entre El gran Gatsby o A sangre fría. No me obliguen a escoger entre el poema de Keats al ruiseñor y el poema de Celan sobre los judíos que tenían que cavar sus propias tumbas durante el Holocausto. Soy así de egoísta: lo quiero todo. Y me parece que la Literatura cojea si la privamos de cualquiera de estas patas. Hacen falta poetas como Iván Cabrera, y hacen falta poetas como David E. Rodríguez. Sus verdades son distintas, sí, pero necesitamos ambas. Es verdad que, como dice el autor, “hay palabras como palomas que se disputan / migajas de este cielo” (p. 26), pero no es menos cierto que hay “palabras / como gafas de ver”. Se preguntó Paul de Man: Visión o ceguera. Y se contestó él solo: ambas.


lunes, 19 de marzo de 2007

Road Trip


Nos vemos, si queréis, miércoles y jueves en Valladolid, en Versátil.es
(Encuentro sobre poesía, Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid)

o viernes y sábado en Barcelona, en Neo3

(encuentro de nueva narrativa)
http://www.circulolateral.com/02_neo3.htm

viernes, 9 de marzo de 2007

Firma invitada: Iban Zaldua
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Con motivo del 25 aniversario de la muerte de Philip K. Dick, el narrador Iban Zaldua (San Sebastián, 1966) escribió en euskera para el diario Berria este magnífico relato, que nos ofrece ahora para el blog en traducción del poeta Ángel Erro.
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LA SEGUNDA VIDA DE PHILIP K. DICK

Iban Zaldua


Enciendo el ordenador y entro en la página web de Second Life (www.secondlife.com): aquí mi nombre es Deckar, y he conseguido que mi imagen se parezca a la del Harrison Ford de antaño. Últimamente estoy aficionándome bastante a Second Life.

Paseo sin rumbo por diferentes escenarios del juego virtual, hasta que veo en la terraza de una cafetería a un avatar con el aspecto de Philip K. Dick; el titular del periódico que está leyendo da cuenta del LIV Congreso del Partido Nacionalsocialista en Nüremberg. Me acerco, y me hace un gesto para que me siente; antes de que haya podido preguntarle sobre la noticia, él me responde, como si tuviera la capacidad de leer en mi mente: "Curioso, ¿no le parece? Esta zona de Second Life funciona bajo el supuesto de que los alemanes hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial". "Una ucronía en el interior de un mundo artificial: ¿dónde podría estar más a gusto un fan de Philip K. Dick?", le contesto irónico. "No soy un fan, sino el propio Philip K. Dick; de cualquier manera, más de una vez he afirmado que no querría vivir dentro de una novela mía. Si estoy aquí es porque no me queda otro remedio". Me río, pero cliqueo sobre su imagen y en el cuadro de información se lee efectivamente "Philip K. Dick": el resto de los recuadros están en blanco. Aparece un camarero de aspecto robótico y le pedimos un par de cervezas, que nos sirve con diligencia unos segundos más tarde: el sol de Second Life se filtra a través de los vasos, proyectando reflejos dorados sobre nuetra mesa. En fin, me obligo a pensar, no es más que un conjunto de píxels.

En todo caso, me decido a seguirle el juego al supuesto Dick: "Te dará rabia, ¿no? Haberte muerto antes de que las adaptaciones cinematográficas de tus obras empezasen a producir dinero a espuertas...". "Bueno, como no lo he sabido hasta que resucité en esta Second Life, no he sufrido nada por ello". "Pero ahora que lo sabes...". "He encontrado el modo de cobrar los derechos de autor en dólares de Second Life, así que ni tan mal. Aquí puedo comprar de todo". "¿De todo? –le pregunto–. Pero, ¿qué dices? ¡Si aquí nada es real!". "Esto es mejor que estar muerto del todo, te lo puedo asegurar". Estoy a punto de comentarle que todo esto me recuerda demasiado a la novela Ubik, pero me no me ha dejado: "Además –continúa–, ¿cómo sabes que esto no es real?". "Porque es tan sólo un juego on line; además, yo no estoy muerto, sino delante de la pantalla de un ordenador". "¿Estás seguro?". "Sí...". "Entonces, ¿por qué no lo dejas ahora mismo?". "Porque no me da la gana". "Así que estás enganchado". "Lo puedo dejar cuando quiera". "¿Estás seguro?". "Estoy seguro".

Pero no lo estoy. Me doy cuenta de que no he tecleado las últimas palabras, sino que las he pronunciado; sin embargo, no he reconocido mi voz, y no sé desde cuándo he dejado de teclear.
Dick le ha pedido otras dos cervezas al robot. "Creo que tenemos para rato", añade.
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Iban Zaldua(Traducción: Angel Erro)

jueves, 8 de marzo de 2007

8 de marzo

Los Vedas lo atestiguan, los Puranas lo gritan:
Si eres una mujer, nada bueno te espera.

Entonces yo, que soy una mujer,
¿no merezco asomarme a la verdad?

Las mujeres, proclaman, nos seducen,
y están locas y son decepcionantes.
Cualquier roce con ellas destroza nuestras vidas.

Bahina dice:
si es tan dañino un cuerpo de mujer,
¿cómo podré alcanzar la Verdad en el mundo?


Bahina Bai




Bahina Bai: poeta hindú nacida de agricultores pobres, del siglo XVII. Versión de Jesús Aguado, incluida en J. Aguado (ed.), El vecino inquietante. Segunda antología de poetas devocionales de la India; 4 Estaciones, Lucena, 2004.

viernes, 2 de marzo de 2007

Paneuropa




Marcos Ordóñez
Detrás del hielo; Bruguera, Barcelona, 2006



Al explicar François Truffaut las razones que le llevaron a rodar la novela de Henri-Pierre Roché, Jules et Jim, escribía lo siguiente: “Cuando leí Jules y Jim tuve la sensación de encontrarme ante un ejemplo de lo que el cine no llegaba nunca a hacer: mostrarnos a dos hombres que aman a la misma mujer sin que el público pueda sentir una preferencia por uno de estos personajes, de tan obligado que se ve a quererlos a los tres del mismo modo. Éste fue el componente (…) que me conmovió más en esta historia que el editor presentaba así: un verdadero amor entre tres”. La cita viene al caso no sólo porque la novela de Roché esté citada en Detrás del hielo, sino porque entiendo que la misma intención narrativa (hacer creíble un amor a tres, un propósito siempre ambicioso) es la que persigue esta rotunda novela de Marcos Ordóñez. La cita de Truffaut no es en absoluto inoportuna tratándose de alguien, como el autor, que compatibiliza la escritura con la crítica teatral y con la docencia de narrativa audiovisual y teatral; de hecho todo lo visual, lo cinematográfico y, sobre todo, lo dramatúrgico están omnipresentes en esta novela, en la que aparecen muchos actores (reales y fingidos), numerosas páginas movidas por el amor al teatro, y sentidos homenajes a Shakespeare (pp. 87 y 96).

Pero no dejemos lugar a equivocaciones: Detrás del hielo es ante todo, y en ello estriba su mayor mérito, una obra profunda y genuinamente literaria, una pieza de excelente narrativa con momentos puntuales de grand style, algo a lo que ya no estamos acostumbrados, por desgracia. Su trama también está tocada por la ambición: los tres protagonistas (Klara, que es la que sostiene la voz elocutoria del relato, narrado en primera persona; el fotógrafo Oskar y el rebelde Jan), se verán envueltos en una serie de peripecias sucedidas en Moira a finales de los años sesenta y principios de los setenta, que llevan a ese país ficticio a pasar de una maltrecha democracia a una cruel dictadura militar. Moira es una república centroeuropea falsa, construida narrativamente con topónimos ficticios, tomados por Ordóñez de apellidos de escritores como Janouch o Belinsky, pensadores como Malwida von Meysenburg, o músicos como Jasarev. Una pequeña Europa del pensamiento que, simbólicamente, es referencia de toda la Europa del 68 (más Praga que París), y que convierte a Detrás del hielo en una parábola explicativa de la degradación política de las utopías, una Paneuropa donde Ordóñez ha volcado una profunda revisión de problemas y recuerdos generacionales.

Detrás del hielo es, por tanto, una novela política amén de una novela de amor. Su trama está forjada en esa desilusión que sufrieron quienes eran jóvenes en un momento histórico donde el optimismo colectivo desembocó, en ciertos países, en un brutal encuentro con la realidad: “no fue una época de razones. Fue una época de proclamas absurdas, viejos juramentos, maldiciones olvidadas, deseos ocultos” (p. 454). Como Kundera, como Chirbes o como el Volpi de El fin de la locura, Ordóñez pasa revista a toda una generación que pasó de la “edad de la broma” (p. 404) a la “edad del plomo” (p. 529). Conforme van pasando los años, nos damos cuenta de que es, al cabo, la “gran historia que contar” de la segunda parte del siglo XX, cuando las guerras grandes se volvieron pequeñas, y las batallas de todos contra todos pasaron a ser batallas de unos pueblos contra sí mismos: minúsculos y crueles suicidios colectivos. Sin embargo, la visión de Ordóñez no es testimonial, no es imparcial: uno de los “Compañeros de la noche” (el grupo, al que pertenece Jan, que lucha contra los militares sublevados), Pavel, se dirige en un momento clave de la novela contra unos jóvenes franceses que no tuvieron que nada que perder y que no perdieron nada, y antes de endilgarles una cita de Hegel, les pregunta si saben algo. De la guerra. De la vida. Por tanto, no hay un discurso inocuo en la novela; se retoma el asunto de la revolución pendiente (“eso es la revolución, dijo Stefan: todo lo que está por hacer”) y se utiliza un punto de vista nostálgico y crítico a un tiempo: algo que sólo puede hacer quien ha perdido algo, siquiera sus ilusiones de cambio. Todas las dictaduras militares, tanto de izquierdas como de derechas (pero sobre todo estas últimas, tampoco es Ordóñez imparcial en este punto), incluso la de Argentina y sus miles de jóvenes desaparecidos, aparecen retratadas en su crueldad, en su ignorancia, en su absoluto abandono de lo humano y en el castigo gratuito a una generación de revolucionarios, seguramente más platónicos que prácticos.

Pero Detrás del hielo, quizás desde el título, es una obra que intenta ser positiva, que intenta buscar la vida más allá de lo muerto. Y de ahí que junto a la novela política encontremos también una historia de amor: el relato de una inteligente educación sentimental, donde están cuidados a la perfección incluso los títulos de los libros que lee la joven Klara (ver p. 107). En una elección muy afortunada, ya que el narrador podría haber sido cualquiera de los personajes del trío, es la propia Klara quien se convierte al final del argumento en la “cazadora de voces” que permite hilar, retrospectivamente, las voces de todos los demás. No sólo las de sus compañeros perdidos, sus amigos de la infancia y adolescencia o sus familiares, sino el coro de todo un pueblo, el de Moira, con la memoria sepultada por la opresión militar. La construcción del personaje de Klara es firme, aunque comience con cierto tono ñoño que, sin embargo, debemos comprender por cuanto al empezar a narrar sus peripecias el “yo” que escribe tiene 17 años. Pronto esa voz infantil va ganando solidez y recursos, y se permite pequeños hallazgos que van poblando el tejido de la obra: “mi madre siempre tenía prisa. Eso es lo que más recuerdo de ella. Mi madre ante el espejo, pintándose, poniéndose perfume y yéndose tan rápida que los botones de su abrigo chocaban con el pasamanos de la escalera, y sonaban como pequeños disparos” (p. 28). O: “luces hermosísimas pero que no hacían feliz, como joyas falsas” (p. 513). También una hermosa comparación de gustos da pie al enamoramiento entre Klara y Oskar, cabal 66% del trío amoroso: “como dos niños felices al descubrir que han estado haciendo, cada uno en su cuarto, la misma colección de cromos” (p. 88). La aceptación de este trío sentimental, algo muy difícil de solventar airosamente para cualquier narrador, está de sobra conseguida en un par de páginas espléndidas (315-316), donde se oblitera la incredulidad y se cuajan los posos para una elaboración de la relación doble de Klara con Jan y Oskar, que da paso al final, mucho más político y menos personal, del libro. En efecto, se consigue el propósito buscado, y la novela se configura, tal como quería el editor de Jules et Jim, en un verdadero amor entre tres.

Además de todo ello, Detrás del hielo es un elaborado estudio sobre la construcción de la identidad (personal, de pareja, grupal o colectiva y nacional), nada ingenua sobre el individualismo y la disolución del sujeto. La larga lucha de Ordóñez como crítico y lector de teatro en lo tocante a la construcción de personajes ha surtido un efecto ejemplar: toda la disgregación subjetiva contemporánea encuentra su eco en otras tantas despersonalizaciones concretas. Así, la disolución del actor teatral en el personaje, del cantante en el coro, del retratado en la fotografía, del soldado en el ejército, son otras tantas variantes de dispersiones de identidad que Ordóñez va estudiando a lo largo de esta interesante novela, más compleja y profunda de lo que la amenidad de su lectura nos pueda hacer parecer. Porque ese es otro milagro del libro, haber creado un contundente volumen de más de quinientas páginas que se pasan en un suspiro, pese a algunos episodios sobrantes (“La ruta encantada”), sin crear sentimiento de hartazgo o de impaciencia.