miércoles, 5 de noviembre de 2008

Why so serious? Seriedad y superhéroes: un diálogo con Alvy Singer

“desdichado de aquel país que necesita héroes”
Bertold Brecht, Galileo



VLM: Estimado Sr. Alvy Singer, ¿o debo llamarle Pablo Muñoz? Hace poco usted me escribió un mail con un título muy extraño. El asunto de su mail era “Cuánta solaera”. La curiosidad se despejó cuando lo abrí y leí que Cuánta solaera era su fantástica y genialoide traducción de Quantum of Solace, el pretencioso título de la última película de James Bond, que se nos ha vuelto profundo. En efecto, decía usted, a alguno de los gestores del negocio Bond le ha dado una solanera importante y ha olvidado que la falta de pretenciosidad y el sentido del humor corrosivo eran una parte fundamental del más famoso espía al servicio secreto de Su Majestad. Variety, de hecho, describe la última entrega como un "Bond inteligente y minimalista", y quizá el minimalismo es lo contrario de 007. Comparaba usted esta increíble perversión hacia lo serio de Bond con la jerga pseudofilosófica del último Batman, aunque aquí discrepamos un poco, ya que la serie de DC Cómics también había una línea del cómic original que presentaba a un Batman cincuentón, meditabundo y malote. Pero no he tenido más remedio que compartir su preocupación cuando hace poco leí esta noticia en El País sobre el famoso guionista de cómics Millar: “Superman podría convertirse en el Michael Corleone de los superhéroes. Esa al menos es la intención que tiene Mark Millar, guionista y creador de cómics (…) Y en su órdago por llevarse el gato al agua, el guionista, que lleva madurando este proyecto durante 10 años, apunta alto. ‘Va a ser como Michael Corleone en la trilogía de El Padrino, la historia completa de principio a fin, ves cómo empieza, cómo se convierte en lo que es y a dónde va’, afirma Millar en una entrevista concedida a la revista Empire, en la que señala a la última película de Batman, El Caballero Oscuro, como el ejemplo a seguir por Superman ya que ha demostrado ‘que puedes coger una saga de cómic y hacer una película seria’". Bien, la pregunta que le hago es la misma que hace constantemente el Joker, señor Singer: Why so serious?, ¿por qué tan serio?


A.S.: El impacto de The Dark Knight ha sido (y me temo que se alargará) notable en el cine actual de superhéroes. Coincide también esto con una época en la que el tebeo está recibiendo mucho reconocimiento, con ello dos de las obras que cambiaron la perspectiva de los superhéroes, Watchmen y El regreso del Caballero Oscuro. El primero, un tebeo de Alan Moore y Dave Gibbons, deconstruía a los superhéroes creando unos nuevos personajes basados enteramente en superhéroes de la Edad de Plata y dándoles un nuevo sentido. No obstante, Watchmen sólo funciona en su medio/lenguaje: su deconstrucción tiene sentido como ruptura de una escala evolutiva que iba de las fundacionales obras de Siegel/Schuster, Bob Kane y pasaba por el modelo de más éxito, el de Stan Lee de Marvel Cómics, de superhéroes con superproblemas cotidianos. Cito además estos tebeos porque tanto Miller como Moore en otros dos tebeos han reformulado el concepto de Batman.


Por otra parte, la película de Christopher Nolan trata a Batman, que, si se caracteriza por algo, es por ser el icono que muta. Es el único superhéroe que ha admitido no ya versiones más o menos diferentes, sino antagónicas prácticamente. Desde el superhéroe de ramilletes pulp, lejanamente inspirado en el Zorro y con elementos inocentemente detectivescos que debutó en Mayo de 1939, en el número 27 de Detective Cómics, anunciando 64 páginas de acción y aventura e introduciendo al asombroso y único Batman. La historia presentaba a Bruce Wayne como un millonario aburrido y ocioso, amigo del comisario Gordon que investigando la muerte de un empresario, se topaba con Batman, superhéroe que salvaba el día encontrando al asesino. Al final de la historia, el lector descubría que el aburrido Wayne era Batman. En aventuras posteriores fueron introduciéndose lo primeros villanos, entre ellos el Joker y Dos Caras, modelados todos a partir de una sensibilidad pop, en este caso hacia el cine de género ya que ambos se modelaron ¡a partir de pósters! El Joker se modeló a partir del cartel de The Man Who Laughs y Dos Caras a partir del de The Dr. Jekyll and Mr. Hyde, versión de Victor Fleming y rodada en 1941. O sea que tras estos dos villanos late una reinterpretación que tiene sus raíces en Dumas y Stevenson. Desde entonces el personaje evolucionó, pasando por las aventuras espaciales de los años cincuenta, mucho más fantasiosas e inocentes, hasta el estallido de los años sesenta que, gracias a su serie de televisión, incorporó a Batman al centro de los swinging sixties. Los setenta aportaron las maravillosas historias de O’Neill/Adams y también de Steve Englehart y Marshall Rogers, haciendo al personaje más detective y continuando la herencia de Kane, llevándola a un terreno más actual. Y aquí llegamos a los ochenta, a la época de la confusión. La otra obra de Batman de Frank Miller que ha recibido gran aplauso general es Batman: Año Uno. El tebeo revisita al personaje en clave de cine negro y convierte al secundario habitual Jim Gordon en auténtico protagonista. El tebeo de Miller es muy inteligente: profundizar en un superhéroe que no tiene poderes y que todo lo que hace es disfrazarse de murciélagos para repartir mandobles es, ya de por sí, una forma de cargarse al personaje o de ponerlo en evidencia. Miller sugiere que lo que es Batman es un detective, no ya de profesión, sino un auténtico vikingo al que entronca, como hizo con Daredevil y Elektra unos años antes en la compañía rival, con el tono y arquetipo del género negro. El Batman de Miller es un ronin que es la única figura honesta junto a Gordon. El tebeo, de un realismo desarmante gracias al tono desmitificador de David Mazzuchelli al lápiz, muestra a un Batman patoso, sin apenas habilidad para colgarse en los edificios y vencer con sus habitualmente espectaculares gadgets a sus villanos.
Decía al principio que volveríamos a hablar de Miller y Moore, por eso la cita. Ya hemos hablado del primero. El segundo caso es Batman: La broma asesina escrito por Alan Moore y dibujado por Brian Bolland. Este tebeo es, digamos, la base conceptual más fuerte para The Dark Knight porque demuestra que las diferencias que hay entre Batman y el Joker son puramente superficiales, casi de puesta en escena: ambos son fruto de un mal día en el que cambiaron sus vidas. El tebeo se caracteriza, sin embargo, por su falta de acción, su énfasis en los diálogos y su atmósfera malsana, agobiante y enloquecida.
Se preguntaba Nabokov en Buenos Lectores y Buenos escritores, pieza que abría su Curso de Literatura Europea, si podíamos ser tan ingenuos pensando que una novela histórica podía dar información exacta sobre lugares y épocas, cuando estaba sujeta a la ficción y la empobrecía. Los tebeos de superhéroes son un testigo privilegiado de la Historia: desde su nacimiento, llegaron esos tebeos de propaganda en los que los superhéroes combatían a dictadores, pasando por los cincuenta en la que los ecos homoeróticos alcanzaron a Batman y Robin, pasando por el auge de Reagan y Thatcher, con tebeos lánguidos, apocalípticos y renacidos en su espíritu crítico. Con el 11S han llegado los Ultimates (revisitación de los Vengadores) y The Authority, supergrupos que tienen más de mercenarios al servicio de Bush o de la causa global. Si Alan Moore empezó una deconstrucción irreversible del superhéroe, ahora son tiempos de reconstruirlo y su rostro ha cambiado, inevitablemente.
Ahora llegamos al cine. La relación de los superhéroes y el cine se remonta a los seriales cinematográficos de Batman, Dick Tracy y Superman y se ha prolongado siempre con el audiovisual. Lo curioso de la situación de ahora es que nunca antes se había analizado, discutido y estudiado el tebeo superheroico, también sus características y sus aportaciones. Y el cine se mantiene atrás. Hablaba usted de una escuela tardomoderna y de otra posmoderna en la literatura, las dos con grandes ejemplos, pero en los superhéroes ocurre algo peor: que tras la revisión posmoderna de esta, llegamos a una, proporcionada por el cine, que es más conservadora: aquella que sostiene que todos los supervillanos no deben tener ya un obligatorio halo trágico, sino que deben tener un auténtico perfil psicológico ready made para que el espectador no se pregunte porque hay un señor disfrazado tratando de hacer El Mal. El caso de Spider-Man 2 (y 3) es paradigmático en ese aspecto. Sin embargo, Batman tuvo en 1997 una cuarta entrega, de la saga iniciada por Tim Burton, en la que se volvía, de una forma estridente y voluntariosamente gay, al tono camp de la serie de los sesenta. Y Bond un caso parecido cuando se estrenó en 2002 Muere Otro Día, un cocktail que pretendía devolver al personaje sus inventos más delirantes. La tendencia del superhéroe serio surge también como reacción a estas películas: el espectador de hoy en día parece reclamar seriedad en sus héroes, olvidándose de que The Dark Knight Returns de Miller era una sátira que terminaba con Batman uniéndose a los mutantes terroristas a los que combatía y en el caso de Bond, que ya en su primera película había villanos en volcanes deseando conquistar la humanidad.
Mi pregunta sería si cree usted que los superhéroes han perdido su capacidad para incorporar el humor (exclusivamente) por el contexto pos11S, usted que vive en Nuevo México y tiene una perspectiva sobre el país. O cree que, entrando más en la sociología, la juventud de hoy en día, decía Verhoeven, ha perdido la capacidad
para descifrar la ironía. Volviendo a lo que decía Nabokov, no está de más decir que la novela histórica es uno de los éxitos habituales en la ficción contemporánea desde hace muchos años y preguntarse, también, sobre si esta revisión superheroica que se está llevando en el cine es capaz de aportar nuevas luces sobre el esquema del superhéroe.

VLM: Su notable genealogía no hace más que preocuparme, Sr. Singer
. La de los superhéroes es una mitología relativamente nueva (el cómic fundador, Superman, nace en 1938), es uno de los productos más firmes del imaginario de masas del siglo XX. Y su reflexión sobre la novela histórica me da que pensar, porque Barthes, que estudió muchas nuevas mitologías –aunque no, por desgracia, ésta en particular, al menos que yo recuerde– fue consciente de que la sociedad crea estos mitos para, inmediatamente, reciclarlos; los reinventa y retoca para evitar su salida del imaginario. El 11/S, ya que usted lo cita, creó dos imaginarios “profesionales” de héroes: los bomberos y los soldados. Ambos pasaron de ser grupos profesionales en Estados Unidos a ser, de forma inesperada e irreversible, colectivos enteros de “superhéroes de a pie”. Hasta el día de hoy hay en EEUU frecuentes programas en televisión dedicados a bomberos y militares donde la palabra héroes cruza la pantalla con reflejos dorados. Mientras antes había que ser sobrehumano, tener poderes especiales, para ser un superhéroe, ahora esta capacidad está al alcance de todos. Quizá esa, ahora que lo pienso, fue la razón del éxito de la célebre serie de televisión Héroes, de la que ahora se emite aquí la tercera temporada. La saga Héroes presentaba estereotipos corrientes: una animadora, una madre soltera, un hermano menor con tendencia al fracaso, un japonés gafotas, etc., que de pronto obtenían superpoderes. La serie ayuntaba el mito con lo cotidiano, la realidad con el deseo. Pero volvamos a la profesionalidad y el superhéroe, un tema interesante, porque con él volvemos a Barthes, ejercicio saludable de vez en cuando. Barthes estudia en Mitologías (sigo edición de Siglo XXI, Madrid, 2005) al hombre-jet, al piloto de aviones a reacción, como superhéroe. El hombre-jet es superhéroe por “ir más rápido que la velocidad” (p. 95). El superpoder de la velocidad es de los más antiguos, se remonta al poder de ubicuidad de Pitágoras y también al personaje secundario del Barón de Münchausen que corría más que la bala de un cañón (Flash sería su actualización tecnológica); pero es un superpoder preciosamente ajustado a nuestra sociedad dromocrática (Paul Virilio), basada en la velocidad. Sobre esto no abundo, porque ya aburrí con el tema en Pangea. Pero el jet-man, el hombre bala, el Superman, el Silver Surfer, el Hancock, el Iron Man, el Superratón, el Rocketeer, y cualquier forma transitoria que tome el hombre-que-vuela, fue uno de los primeros que sufrió esa transformación de la que usted habla, y que Barthes explica de una forma particular que podremos extrapolar a lo general: “a pesar del aparato científico de esta nueva mitología, hubo simple desplazamiento de lo sagrado: (…) lo que en un primer momento aparece como simples prescripciones dietéticas, muy pronto se presenta dotado de significación sacerdotal” (Barthes, p. 97). Barthes habla sólo de los pilotos, pero ¿qué ocurre si ponemos el ventilador semiótico? Pues que, por ejemplo, la forzada abstinencia de los militares sería el ejemplo extremo de renuncia al goce para ejecutar la misión sagrada de protección. No lo dude, señor Singer: los superhéroes son santos. Ya sé que usted no necesita ejemplos, porque usted es una enciclopedia andante, pero por si acaso alguien los necesita; veamos ejemplos de renuncia mística: Hancock pierde sus poderes cuando se acerca a su supernovia, pero no puede dejar de hacerlo; Jessica Alba en Dark Angel tiene que guardar castidad, porque mataría a su amado si le toca (igual problema tiene la niña de los X-men con su chico); Batman sacrifica a su amada en The Dark Knight para salvar al fiscal; Spiderman siempre sacrifica su vida personal con Marie Jane; Riddick ve morir entre sus brazos a todas las chicas que conoce en sus andares espaciales; James Bond perdió a la única mujer a la que amó por culpa de su sacrificado trabajo; la Cosa perdió su forma humana; el Capitán Trueno su corrección política, y así hasta un etcétera infinito que unas veces ronda el mito de Próspero, el drama shakespeariano de La tempestad donde el mago renuncia a su magia, y otras camina sobre el síndrome de Orestes: el superhéroe continuará ejerciendo su rol de salvar al mundo aunque se lleve a su madre por delante. Todo bajo el mito mayor de Antígona: la responsabilidad del héroe ante la polis. Pero su ascetismo es indudable, no se pone en cuestión; en buena medida, el superhéroe no busca la salvación del mundo sino la de su alma, quiere llegar a los altares mediante la renuncia, quiere ser santo apartando de sí el demonio de la carne, aquello que lo convierte en humano. El clímax total son los guerreros Jedi de Star Wars, que visten como monjes y en realidad lo son; el ángel caído, Anakin, es sólo un chico que se comporta humanamente; y el colmo absoluto es Obi-Wan Kenobi, cuya presencia es fantasmática: tiene presencia pero no cuerpo, es el superhéroe perfecto: hace el bien en cualquier punto del cosmos, pero no puede echar un polvo en pantalla (Los fantasmas no pueden hacerlo, era el título de aquella cosa de John Derek de 1989, de la que no se salvaba ni su mujer, lo que tenía mérito). El no va más del bienpensantismo yanqui. Con lo cual, a lo mejor este “regreso a lo serio” de los superhéroes es, en realidad, estructural; a lo mejor todo superhéroe es un guerrero de dios, un cruzado en potencia, alguien que deja la Inglaterra de la vida para lanzarse a la Jerusalén de la virtud. En resumen: un pesao, como dicen en mi pueblo; un plasta insoportable que sigue la vía purgativa pero cuya única posible vía unitiva con el espectador (disculpe que maneje esta terminología mística y barroca) es cuando falla, cuando no es lo suficientemente bueno, cuando vemos como espectadores o lectores reflejados en él nuestra propia debilidad humana, nuestra imperfección.



A.S.: Esto que dice del superhombre casto me lleva al clásico Libro Gordo de los Superhéroes (Ed. Midons, Barcelona, 1997) de Sergi Sánchez que hablaba de los invencibles héroes de Peplum, los superagentes secretos, los diversos Conans de fantasías varias y los, inevitables, jedis, superhéroes en la castidad. El sexo, aunque sea como ausencia, propicia lecturas muy interesantes del mito. Una de las pocas escenas rescatables de Mallrats (1995, Kevin Smith) ponía en boca de uno de sus protagonistas la vida sexual de Superman, un tema que ha sido tratado con muchísimo humor en diversos tebeos anteriores. El momento más chispeante, sin embargo, es el epsiodio de Smallville (2001-), serie televisiva que propone una revisitación en clave teen del nativo más famoso de Krypton, en el que Lana Lang, el primer amor del algo alelado protagonista, adquiría poderes similares a los de su pareja. ¡Se miraban y entonces un terremoto inundaba Smallville! Cuando una amiga de ambos va a verles, asustada, deduce de lo que se trataba. Clark Kent, en un momento glorioso, exclama indignado: ¡También habláis de eso! ¡Las parejas de los superhéroes son resignadas mujeres faltas de amor! Y volviendo al diálogo, también resultan muy significativos los duelos entre Wonder Woman y Superman que sólo tienen
un final.

Regresando al pesado casto, Noel Ceballos
escribía en su crítica de Los 4 Fantásticos y Silver Surfer escribía que este último “venía a la Tierra con su pathos pop a robarnos las novias”. El trágico es también un arquetipo romántico, indiscutible. Resulta significativo que los dos superhéroes del cine de espías que han surgido tras Bond, además de convertir siglas sean terriblemente castos: Jack Bauer y Jason Bourne, viudos prematuros los dos. Bauer, pese a todo, tiene un pasado de infidelidad: ¿explicaría eso su entusiasmo en las torturas?

Pese a que estaba incluido en la novela, el momento de Casino Royale de la tortura, digamos, bajuna ya ha dado
que pensar, así que muchos filósofos ven en la tortura todo un retrato de esa Inglaterra poscolonial y por tanto dolida en su orgullo nacional. No profundizaremos en lo notable de la metáfora Bondiana de tratarse de una crítica cultural, pero sí que resulta significativo que, aunque sea mediante el propio Fleming, sea en una película en la que se pretende refundar La Masculinidad, la que someta a Bond a prueba, en una época en la que Bourne y Bauer les llevan ventaja.

Sin embargo ninguno de estos renacidos superhéroes de voluntad solitaria ha conseguido profundizar tanto en el concepto familiar como la película de Brad Bird titulada Los Increíbles y articulada a partir de un modelo familiar muy evidente (los citados ahí arriba Cuatro Fantásticos) pero con aportaciones apasionantes. La película presenta al mayor enemigo del superhéroe, más tóxico que cualquier kryptonita: la dinámica de la vida cotidiana. Los Increíbles sugiere que los superhéroes lo son sin remisión, porque sólo saben vivir en una lógica de duelos llenos de destrozos y salvaciones del mundo in extremis, de situaciones al límite.

Pero, a veces, el superhéroe requiere y demanda autoconsciencia. La fundamental El último Gran Héroe (1993, John McTiernan) presentaba a un fan fatal de una interminable saga de películas de acción, y eso nos recuerda que el superhéroe después de dejar la capa y ponerse el esmoquín se pasó a
la camiseta sudada, entrando en la película con una tarjeta fabricaba por Houdini. Cuando se encontraba con su héroe, Jack Slater (interpretado por un maravilloso Schwarzenegger), le decía que “ahí vivían los Malos”. Un furioso Slater replicaba entonces al niño que si “después de tantos años estudiando” todo lo que tenía que hacer era “señalar y ver a los malos”. La escena es fascinante porque demuestra que el superhéroe es, a diferencia del espectador, un salvador poco consciente de la ficción hiperbólica en la que se mueve. El superhéroe es una parte activa y feliz de esa fantasía, decía la película. Pero la situación daba un giro cuando en la película terminaba el día de Slater, lleno de espectaculares escenas de acción y el héroe reprochaba a su fan que si “creía que le gustaba vivir todo el día en aventuras al límite”. Pese a todo, la película reconciliaba al público con la ficción cuando al final, tras salir al Mundo Real, Slater debía volver a la película para no morir, hablando, quizá, de esa eternidad en la que se mueve parejos los dioses y las ficciones.

Y retomando Los Increíbles, el discurso acerca del Fan se lleva más allá: no sólo es un escéptico que funciona (sólo) como espectador, sino que es directamente el supervillano. En Los Increíbles, el malvado Síndrome sólo era un fan despechado por su héroe, aunque al final terminaba por reinventarlo. Decía Jordi Costa que El Protegido descubría que el superhéroe no era otra cosa que
una creación del supervillano, idea que también mantiene Los Increíbles. El Señor Cristal no es otra que un lector de tebeos obsesivo y sugieren estas películas que los supervillanos son los demiurgos de estas historias.

Mi pregunta sería la siguiente: ¿Qué remedio hay cuando el propio Joker destierra a Batman de su película? ¿Cómo la mitología superheroica puede y debe combatir, o asimilar, ese síntoma de que el Mal sigue siendo la estrella de nuestras historias, el centro sobre el que giran? ¿Hay una cura o debemos mantener la calma?


[Hulk en el supermercado, obra del artista Fernando Romero]
VLM: Bueno, sobre ese tema del mal en referencia a los supervillanos y a los millonarios asesinos ya hablamos en dos posts anteriores, y en uno de ellos recordaba la opinión del filósofo José Luis Molinuevo de que el Bien no podrá luchar, en igualdad de condiciones, contra el Mal mientras la iconografía visual de los villanos sea estéticamente superior (más atractiva y fascinante) que la del Bien. ¿Hay alguien que no vea más interesante a Mr. Hyde que al aburrido Dr. Jeckyll? Poníamos allí como ejemplo contrario, quizá a seguir, la película V de Vendetta, si se acuerda, donde la estética del por cierto también supercasto V es más interesante que la de su antagonista Big Brother británico. Pero, como se deduce también de esa espléndida película que es El protegido, no creo que haya tanto un síntoma del mal prevalente, como usted anuncia, sino la incólume certeza de hallarnos ante una obviedad: los superhéroes existen porque existe el mal, son consecuencia directa de él. La “creación” del superhéroe del protegido, que ignora su don hasta que habla con Mr. Crystal, el villano, es en realidad una tautología. Aquí si es el huevo maligno el anterior a la gallina benéfica, no cabe duda. Lo dejó claro Bergman en esa obra maestra que es El huevo de la serpiente (1977), una película que urge revisitar, por cierto. La frase con que la cinta se cierra, si mal no recuerdo, y vaya en mi descargo que sólo la he visto una vez y hace quince años, hablaba precisamente del mal (nazi) y decía que era “como el huevo de la serpiente, que deja ver a su través el horror naciente en su interior”. Siempre irá el mal primero (y quizá mejor vestido o con un aspecto más interesante), y después el bien, bajo la forma del superhéroe redentor.

Mire, Sr. Singer, a lo mejor hay quien piensa que este tema de los superhéroes es una frivolidad. Pero no lo es. Está en el imaginario y es pura ideología. Todo lo que repta en el inconsciente colectivo, precisamente por su arraigado estatus simbólico, requiere de acercamientos serios. La mitad de los grandes estrenos de cartelera (tanto aquí como en España), los que agrupan más espectadores, tienen como protagonistas a superhéroes, cuyas aventuras se alargan durante varias secuelas. Esas películas pueblan a sucesivas generaciones de referencias poppys, como a mí me dejaron su marca visual y/o argumental los cientos de tebeos de superhéroes que leí de pequeño (aunque el que más me gustaba era el genial Superlópez). El “superlenguaje” ha pasado a nuestro vocabulario común, a nuestras bromas, a nuestro tiempo libre. Incluso a nuestra literatura, donde es rastreable su huella de las novelas posmodernas norteamericanas, pobladas de referencias pulp, a la narrativa de un Fresán o a la poesía de un Raúl Quinto, quien “continuara” en La piel del vigilante su adorado Watchmen, Sr. Singer. La cultura o subcultura –como prefiera– de los superhéroes es de las más longevas y exitosas de nuestro tiempo; en eras de crisis, como ésta, todavía viene más cargada ideológicamente. Hace planear la posibilidad de un solucionador de problemas, seguramente a eso se refería Brecht en la cita con la que abría el post. Todo esto tiene una clara dimensión política. La primera serie de superhéroes es la Ilíada. Ulises, Aquiles, Héctor, tienen superpoderes (especialmente Aquiles, un Supermán con la kriptonita en el talón; Weil decía que “el verdadero héroe, el verdadero tema, el centro de La Ilíada es la fuerza”
[1]), y sus jueguecitos con los dioses son el espejo épico en que querían mirarse los antiguos en su tiempo libre. Los superhéroes modernos son ateos, o agnósticos al menos, y ya no miran con ojos de deseo a Helena ni luchan por ella, sino por la victoria griega, occidental, sobre la oriental, como luego harán en Maratón contra los persas, en 490 a. C. Héctor contra Áyax, Milcíades contra Darío, los superhéroes contra los terroristas árabes. Dos mil quinientos años de maniqueísmo para las masas.

Esta (sub)cultura está llegando a sitios insospechados. Le pongo un ejemplo: en septiembre estuve en una exposición en un sitio tan serio, por seguir con el tema, como el Metropolitan Museum de Nueva York. Caramba, es uno de los museos más importantes del mundo, ¿no? Pues allí tenían una exposición titulada… Superheroes. Fashion and Fantasy. Era una mezcla de alta y baja cultura. La patrocinaba Armani, sí, pero la edición del catálogo la hacía una tal Yale University, quizá le suene. La exposición era de trajes usados en las películas de superhéroes, todos diseñados por célebres modistos, pero en el catálogo hay textos sesudos, entre ellos uno del fantástico narrador norteamericano Michael Chabon (quien en Las asombrosas aventuras de Kavalier and Clay se imagina su propio superhéroe, el Escapista). Da lo mismo cuál sea el punto de partida: los trajes de los superhéroes, las novias de los superhéroes, el dentífrico de los superhéroes, la cuestión es enlazar, tender el pasadizo, diríamos, entre lo que estos estereotipos mitológicos tienen de diversión de masas y lo que pueden representar (o quieren representar) en el imaginario. El director del Metropolitan, Philippe de Montebello, demuestra en la presentación del catálogo tenerlo claro: “Superheroes includes movie costumes as well as radical fashions in which designers go beyond iconography to explore issues of identity, sexuality, and patriotism”. Chabon, en su excelente texto, explica cómo después de haber creído durante mucho tiempo que el tema central de los superhéroes es el escapismo, en realidad lo es la idea de transformación. Esto es especialmente valioso desde el punto de vista simbólico, porque sabemos por Jung que el de la transformación es uno de los arquetipos culturales más difundidos e importantes
[2]. Medio en broma, medio en serio, como hay que hablar de este tema de los superhéroes, Chabon escribe: “decimos identidad secreta y adoptamos una serie de estrategias de ocultación para preservarla, pero de hecho lo que intentamos obliterar es una narrativa; no quiénes somos, sino la historia de cómo hemos llegado a ser superhéroes; e, implícitamente, el relato de todo lo que no teníamos, y de lo que no éramos, antes de que la araña nos mordiera. Y todavía, al mismo tiempo y como he sugerido, nuestro disfraz no oculta nada, lo revela todo: es nuestra piel secreta, expuesta y exponiéndonos a la mirada del mundo. El superheroísmo es una especie de travestismo; nuestro superdrag sirve en seguida para oscurecer el yo exterior que ya no nos define más mientras traiciona, con garbo semi-inconsciente, la verdad de la historia que llevamos en nuestros corazones, la historia de nuestra transformación, del recomienzo de nuestra trama, de nuestro renacer al mundo de la aventura, de la historia misma”[3]. Todos los superhéroes tienen algo de drag queen y, sobre todo, todos tienen una historia que ocultar, una narrativa de la que su disfraz (o su trabajo diario de tapadera) nos habla mientras intenta, desesperadamente, ocultarla.

Le agradezco, Sr. Singer, que haya tenido usted la gentileza de mantener esta conversación. Me temo, no sé qué piensa usted, que finalmente el why so serious? sólo podrá contestarse con otra pregunta profunda, pronunciada por una voz seria que habla desde una sonrisa dibujada.


A.S: El placer ha sido mío, Monsieur Mora. Creo que tras la pregunta podríamos encontrar al Capitán Atom, un viejo superhéroe de la Charlton Cómics. En su día, el tebeo encontró una excusa para demostrar que este superhéroe (post)nuclear no era tóxico para la gente gracias a su traje. El disfraz cómo escudo hacia la normalidad. Cuando en 1986 renació, no sólo tuvo el placer de coincidir con una de sus mejoras codas –el Doctor Manhattan de Watchmen, sino que este nuevo superhéroe ya ni siquiera el mismo personaje civil, Allen Adams. Por el contrario era un militar que estaba acusado de un crimen que no cometió en plena Guerra Fría. Allen se convierte en superhéroe al resignarse al ir a la cárcel: el perdón presidencial lo otorga el someterse a una prueba nuclear. Esta, lejos de matarle pese a su fracaso, le hace más fuerte: los superhéroes, creo, hablan siempre de estos hombres fuera de tiempo, la mayor parte de veces consecuencias del Mal y también respuestas hipertróficas al mismo.

En cierto modo, en una era del escepticismo el why so serious? es inválido. Trata de buscar en el disfraz, pero al final, el propio Mark Millar lo sabe, tendremos que descongelar al Capitán América. Un modelo de ingenuidad desgastado, tal vez, pero también una forma de recoger la memoria y el conocimiento. El propio Millar en Marvel 1985, con ese muchacho que, a falta de un año de la llegada de Moore y Miller (en 1986, recordemos), ve aparecerse a los superhéroes de la Marvel de entonces parece corroborar aquello que decía Foucault sobre Nietzsche, que “el conocimiento es al mismo tiempo lo más generalizante y lo más particularizante.”

Gracias por esta conversación, por su propuesta inesperada y valiente, espero que entre todos ayudemos a quitarle las manchitas (aunque sea un poco) a las capas rojas. Y a los lectores habría que decirles que no dejen de mirar al cielo.




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Notas
[1] Simone Weil, “La Ilíada o el poema de la fuerza”; citada por Alberto Santamaría en El poema envenenado. Tentativas sobre estética y poética; Pre-Textos, Valencia, 2008, p. 31.
[2] Además de todo Psicología y alquimia, puede confrontarse Carl Gustav Jung, “Adán y Eva”, Mysterium coniunctionis. Obra completa, vol. 14; Trotta, Madrid, 2002, pp. 374ss.
[3] M. Chabon, “Secret Skin. An Essay in Unitard Theory”; en Andrew Bolton (ed.), Superheroes. Fashion and Fantasy; The Metropolitan Museum of Art / Yale University Press, New York, 2008, p. 22.

16 comentarios:

Libertariano dijo...

Ah, muy bueno el diálogo. Y muy oportuno después del triunfo de Obama, que combina a la perfección la figura de santo laico y de superhéroe integrado con ribetes de heterodoxia. Algo así como La Pantera Negra. Creo que Vicente fue algo ingenuo, venía del mitin, al creer que Obama, un prodigioso producto lakoffiano, tiene algo que ver con la "política real" (sea lo que sea eso desde que Platón salió de su caverna).

Imagino a Marx rebotándose en su descanso londinense. Al fin y al cabo, ¿qué son los cómics si no el opio del intelectual?

Fíjense en la dinámica nominal: tebeos - cómics - ¡novela gráfica!

También me llena de satisfacción vuestro diálogo porque estoy sumido en la lectura de "Poder terrenal" y "Causas sagradas" de Michael Burleigh, sobre el fenómeno religioso en su doble vertiente sobrenatural y laica (mis dioses son Los Vengadores) Libros de los que descanso con "JLA vs. Vengadores", con Galactus de por medio, y "La muerte de Supermán", un tocho de 800 páginas que ríanse ustedes de la muerte de la novela o la muerte de los bloggers (¡ay!) que anuncian en The Wire.

Yendo al fondo del asunto. Hubo un tiempo en que el comic era furibundamente despreciado por frívolo, superficial y adolescente. Algunos se acomplejaron y decidieron hacerlo "adulto", profundo, con mensaje social, alternativo, antisistema... Se pasó a discutir quien ganaría en una batalla, si el Capitán América o Batman (el Capi), si Thor o Superman (el kriptoniano), a las potencialidad anarquicas de Alan Moore, que vino a "reivindicar" a los superempijamados (¡cómo si hiciera falta!!) y, de ahí, ¡señores!, a aplicarles el tercer grado deconstructivista y la religión comparada como método.

Y es que los que hacen las nuevas pelis de Batman o de Bond no sólo han leído a Fleming y Kane, sino también, como ustedes, a Derrida, Barthes, De Man y la madre que mayeúticamente los alumbró. Y quieren que se note.

Una nota especialmente importante es la que tiene que ver con el Mal como representación y como hecho ontológico. Creo que los cómics tiene una función parecida a la de los sueños: entrenarnos virtualmente en la confrontación con el Mal y ofrecernos pautas de identificación con el Bien. Tienen razón. Homero era el Stan Lee de los griegos, y Áquiles su Batman, personaje glorioso a la vez que peligroso.

Y de tal grado de sofisticación teórica los lodos wachovskianos. ¡Que Matrix es la madre de todas el bullshit comiquero! (me acabo de comprar el Matrix reloaded para la psp: el matrix filosofal, en la intimidad)

En fin, no se quejen tanto de la solaera, que aún no he visto y de la que me habéis abierto el apetito, que casi terminais citando a Feynman y la mecánica cuántica.

PD. ¡Viva Shyamalan!

juanpaulus dijo...

Vaya parrafada, madre mía, no crees que estaría bien estructurarlo como es debido????

Vicente Luis Mora dijo...

Curiosa pregunta, Juanpaulus. Esto es un blog, ¿cómo se supone que debiera haberlo estructurado? ¿Como si fuera un libro o una revista? ¿Con preguntas y respuestas cortas, como un periódico? Lo que me interesa del blog es precisamente su falta de estructura, su libertad. Vivo sometido a normas -como cualquiera- la mayor parte de mi tiempo, déjame un espacio donde respirar. Saludos.

Pablo Villadangos dijo...

Os habréis quedado a gusto... sí, señor. ¿Os parece bonito despacharos esta parrafada filosófica acerca de los pobres mitos del siglo XX? ¡¡ES BROMA!! Os ha quedado un poco largo, pero estoy completamente de acuerdo en subrayar el aspecto mítico de los cómics. Son los mitos del siglo XX, habrá que ver si también serán los del XXI. También tienen, por supuesto, un aspecto psicológico de formación del imaginario colectivo, sobre todo masculino: los niños se identifican fuertemente con las figuras de los protectores para aprender a enfrentarse al mal omnipresente del mundo. Pero también habría que mencionar el fuerte componente ideológico de muchos de los cómics. Personajes como el Capitán América, por ejemplo, son paradigmáticos de la enseñanza subliminal de la ideología, en este caso capitalista. En un post pasado, también me ocupé de The Dark Knight y los nuevos villanos. Por si no ha sido suficiente, os recomiendo un blog que también tiene ideas interesantes sobre este tema:
http://www.umblaetterer.de/2008/08/26/the-dark-knight/
(el único problema es que está en alemán, no sé si lo leéis. Son varios autores, el especialista en cine es San Andreas). Un saludo.

Salanova dijo...

Oh, maravilloso. Maravilloso diálogo, y muy necesario. Declaran algo intersantísimo y muy cierto: Hablar de superhéroes no es una frivolidad. Un artículo excelente sobre ello, escrito por Rául Minchinela:

http://ccultura.blogspot.com/2006/06/el-fundamento-de-los-superheroes.html

Hay una diferencia clara, a mi parecer, entre Bond y Bourne: Mientras el primero no podría vivir sin ser un superespía, el segundo quiere dejar de serlo. Descubrir su identidad es lo más importante, prefiere ser un hombre normal.

"todo superhéroe es un guerrero de dios, un cruzado en potencia, alguien que deja la Inglaterra de la vida para lanzarse a la Jerusalén de la virtud."

Superman es el ejemplo más obvio, pero en el Batman de la Máscara del fantasma podemos observar dos temas de los que ustedes apuntan:

1.La Castidad
2.El destino ineledubible del héroe.

En el final de La máscara del fantasma se nos presenta algo terrorífico: Bruce Wayne no está destinado para el amor, su destino es ser Batman. Ni su fuerte enamoramiento le rescata de su condición de justiciero.

Por último, me gustaría señalar algo de lo no han hablado: La-atractiva y polémica-relación de los superhéroes con la sociedad. En toda cinta moderna de superhéroes o en todo cómic moderno de superhéroes ha habido un enfrentamiento de la sociedad con los superhéroes. Una protesta. Tanto en Watchmen como en el The Dark Knight de Miller se plantea si de verdad es necesario un justiciero. Mucho más actual, en el The Ultimates de Millar los propios Ultimates, liderados por Nick Fury, dejaban que Hulk pagase por un atentado ocurrido en el primer volumen para así poder seguir actuando como superhéroes. No hubiesen cedido sino hubiese sido porque la sociedad necesitaba alguien al que culpar. Cedían a la presión.

En el Civil War del mismo Millar, los superhéroes se dividen en dos bandos enfrentados por culpa de una masacre provocada por un grupo de superhéroes. Una vez más, el gremio de superhéroes ,que tiene a su supuesto portavoz en Tony Stark, necesita hacer algo para que la sociedad SE CALME. Surge un enfrentamiento desmesurado y egoísta entre los dos bandos que acaba afectando todavía más al resto de seres humanos.

Un saludo, y enhorabuena!

Raul Sensato dijo...

Sigo masticando su certero juicio de que los superhéroes son santos. Como suelo marcharme del discurso antes de volver con nueva perspectiva, ruego me permita:

No sé si está usted familiarizado con la figura del músico Manu Chao. Un francés que canta en español -según confesó, porque hasta los setenta las únicas letras de rockanrol potables salieron de los chichos y los chunguitos-, que ha levantado dos estilos propios -la Patchanka de Mano Negra y el sonido Clandestino- y que es una figura bien conocida en buena parte del mundo. En general, cuando he escuchado música en Español en locales extranjeros, era casi siempre Chao.

La modélica carrera de Chao -que merece toda la admiración que compaña a la creación de aires musicales propios que seducen en diferentes latitudes- ha sido (y es) puesta bajo lupa asentándose en un único juicio: "Manu Chao no es un santo".

Este no ser santo de Chao toma muchas encarnaciones, como no ser generoso, o no ser agradecido ("pero esa no es la verdad", tuvo que cantar en su segundo album) o no tener una dieta biológica o chuminadas por el estilo que maculan el santo que usted retrata en el superhéroe.

Poner a Chao junto a Superman me sirve esencialmente para ilustrar ese juicio certero que ha puesto usted sobre V de Vendetta: si V se hubiera pasao por la piedra a la niña, el mensaje se habría caido en pedazos.

El lector de callo y recorrido prefiere la figura del antihéroe, nombre de mierda puesto por morales protestantes. En el estándar del cine, un señor que salva vidas pero elude los aplausos es un antihéroe. Según se han ido dando cuenta de que el término era lamentable, han llamado antihéroe al trastornao de la calle de Taxi Driver y han terminado llamando antihéroe a todo tipo que se levanta por las mañanas y se visten por los pies.

Así pues, el lector prefiere el antihéroe al héroe, que permite más matices... porque no los soportamos en el héroe. Ni de hecho, en ninguna figura que no refleje una correspondencia directa con el estado actual. Todo horizonte tiene que ser inmaculado. El rebelde V no dee tocar a la niña, el conflictivo Chao tiene que dar suculentas propinas y Superman cierra los ojos cuando pasa por las duchas de señoritas -pese a que no tiene más cojones que verlas, como el dios de las monjas que se duchan, que enunciaba Bertrand Russell.

En consecuencia, tal vez el único lugar en el que se están tratando los horizontes sea el comic, porque es el único lugar en el que parte del canon establecido sea esa inmaculez que le imponemos a todo horizonte. Y tal vez por eso, el comic está conformando narrativas que el resto de medios están adoptando con una media de viente años de retraso.





figura combativa pero -a la luz de lo expuesto-

Don Lindyhomer dijo...

Hola Pablo y VL. Disculpad que abuse de vuestra condición de buenos entendedores dando algún que otro salto mortal por falta de tiempo. Estando fundamentalmente de acuerdo con todo lo dicho, os dejo algunas matizaciones que la conversación me ha sugerido, por si pudieran servir de quitamanchas.

Sobre lo de la seriedad. Rescato aquí el motto que tomó Ultraplayback de Chesterton: lo contrario de serio no es divertido. Corto y pego para el que no conozca el texto:
"Mr. McCabe thinks that I am not serious but only funny, because Mr. McCabe thinks that funny is the opposite of serious. Funny is the opposite of not funny, and of nothing else. The question of whether a man expresses himself in a grotesque or laughable phraseology, or in a stately and restrained phraseology, is not a question of motive or of moral state, it is a question of instinctive language and self-expression. Whether a man chooses to tell the truth in long sentences or short jokes is a problem analogous to whether he chooses to tell the truth in French or German. Whether a man preaches his gospel grotesquely or gravely is merely like the question of whether he preaches it in prose or verse. The question of whether Swift was funny in his irony is quite another sort of question to the question of whether Swift was serious in his pessimism. Surely even Mr. McCabe would not maintain that the more funny "Gulliver" is in its method the less it can be sincere in its object. The truth is, as I have said, that in this sense the two qualities of fun and seriousness have nothing whatever to do with each other, they are no more comparable than black and triangular. Mr. Bernard Shaw is funny and sincere. Mr. George Robey is funny and not sincere. Mr. McCabe is sincere and not funny. The average Cabinet Minister is not sincere and not funny."

Y dejen que a continuación le de la vuelta a eso que dijo Chesterton a McCabe (About what other subjects can one make jokes except serious subjects?): sobre qué otra cosa ponerse serio excepto de las cosas divertidas? Como decía el filósofo francés Alan, Aristóteles existe porque al final uno se cansa de Platón. El entusiasmo con el que el público acoge al Batman de Nolan es el entusiasmo de nuestra lectura de Watchmen con diez años de retraso, y ahí estoy con Vigalondo. Otro problema es que parte de la crítica y público tome el giro hacia lo "serio" como una dignificación del comic, como si el comic fuera algo que tuviera que ser dignificado. Pero sabemos que no es la intención de Nolan. ¿No?

La pregunta del Jocker "Why so Serious?" debe leerse de manera diferente a cómo la usa VL en este caso. Caricaturizando filósofos, es la pregunta que haría Derrida a Kant. Batman es un héroe prometeico (el mito central de la Ilustración) incapaz de dar respuesta a una pregunta que le hace la "modernidad cansada" (el Jocker). El paso del humor a la seriedad permite (siguiendo a Barthes) actualizar el mito, a través de punzantes variaciones de algún mitema.

Sobre las declaraciones de Millar, creo que es un autor que me parece que ya ha demostrado ser muy hábil comercialmente. Volverá usted a hacer mohines, Don VL, cuando le repita lo que le dije en el FNAC de Barcelona acerca de Tarantino: en una época como la nuestra en la que La Vanguardia se asimila a la transgresión (por pura imitación de un gesto verdaderamente genial de una artista ya muerto), los creadores verdaderamente rompedores presentan sus obras bajo una coartada. Y la de Millar, “para llevarse el gato al agua”, es esa.

Sobre la castidad del superhéroe. Creo que por la época en la que nacieron, podemos prescindir del sufijo: pienso ahora en un boxeador como Ben Bolt o un piloto como Johnny Hazard (con ese nombre y rodeado de bellezas orientales) que viven en celibato. El héroe diurno (como lo llamaría Durand) es maniqueo y no tiene mácula. Por eso “la santidad” no caracteriza al superhéroe en particular. La separación de los padres es requisito de toda iniciación, más que punto de partida para la introducción de lo trágico. El superhéroe que nació en aquellos años de revolución tecnológica se miran más (insisto) en Prometeo que en Antígonas: son más épicos que trágicos.

Sobre que el mal es la estrella de nuestras historias, yo diría que sería mejor decir que la estrella es la ruptura originaria (Ur-trennung). Pensar que es el mal es herencia de los 2500 años de maniqueísmo para las masas que dice VL.

En fin, se me ha hecho tardísimo!

Luis Ángel Abad dijo...

Coincido con la idea de que la figura de los superhéroes ofrece actualmente un recipiente ideal para filtrar ideología si presumimos su consumo acrítico. Su presencia icónica remite a una idea vacía de justicia que puede ser rellenada a placer en cada momento.

Señalo sólo los últimos datos al respecto:

En 2008 se estrena Iron Man, donde un fabricante de armas casquivano se cae del caballo al ser raptado en Afganistán y decide convertirse en (una alegoría del) ejército. No sin antes redimirse tras luchar con un alter-ego que viene a simbolizar el peligro de un poder militar fuera de control democrático, utilizado en beneficio de intereses exclusivamente personales.

También en 2008 se estrena la segunda película de Hulk. Si en Iron Man, el protagonista señala abiertamente que "yo soy el ejército", en Hulk se señala al monstruo como "el arma". Y al final de la película, tras un flash escénico que puede dar a entender que Bruce Banner ha controlado a voluntad su capacidad de convertirse en Hulk, aparece Tony Stark para plantear a Nick Fury una propuesta que queda en el aire.

Es algo más que un cameo. Se trata de dos pasos en un programa de producción que culminará con el estreno de una película sobre el supergrupo (el super-ejército) "Los Vengadores" para Julio de 2011 (años donde se cumple el décimo aniversario del atentado del 11S).

La película de los Vengadores se estrenará un par de meses después de que haya llegado a las pantallas la versión cinematográfica del Capitán América (por si hiciera falta algún héroe que remarcara abiertamente el sentido patriótico de todo el asunto? -héroe que también forma parte del grupo.

http://www.cibercomics.com/2008/05/05/thor-los-vengadores-y-capitan-america-ya-tienen-fecha-de-estreno/

En fin, que si esto no huele a programa, que baje Obama y lo vea...

Respecto a The Dark Night, pues me parece un perfecto ejemplo de cómo se reviste una producción de respetabilidad cinematográfica para contar una historia donde se fabrica consenso sobre la necesidad de que existan cosas como la CIA. Un héroe en la sombra que duda sobre su tarea y que está dispuesto a salir del escenario cuando encuentra a un político honesto que va con la cara por delante, hasta que se la parten literalmente. Pero en fin, la explicación al completo me la guardo para desarrollarla en un post de mi recién estrenado blog :p

Así que tomarse en serio el cine de superhéroes no estaría de más. Pero no tanto para proyectar interpretaciones que arrojan complacientes lecturas de respetabilidad sobre el género a la manera de literaturas comparadas que recalan en reformulaciones "shakespearianas", sino en un sentido político e ideológico mucho más concreto.

Por cierto Vicente, tu tarea y la del resto de bloggeros que pululan por aquí ha sido un estímulo para dedicirme a poner mi granito de arena con el chiringuito virtual que acabo de abrir. Gracias por vuestras distintas dedicaciones. Me sumo al juego.

Lucas Manlieb dijo...

Siento de antemano la parrafada y la pesadez, pero es la primera vez que me atrevo a participar en un debate de blog... por intentar que no quede.

Muy sintomática de los la deriva hacia una tipología del héroe post-11S como profesional: bombero, policía, incluso –¿por qué no?– conductor de ambulancia. Parece que entre los héroes (y semidioses) griegos hasta Batman y Superman, Bourne, 007 y Bauer media un largo recorrido en el que la imperfección humana le ha ganado el asalto al arquetipo mitológico inalcanzable. El nuevo héroe no tiene ya una visión panorámica del cosmos, ni mucho menos un radio de acción extenso: el centro de operaciones debe ser la ciudad –a poder ser NY, que deviene así metonimia de todas las megalópolis globalizadas–. Esta carencia congénita e insuperable hace del héroe un civil más, incapaz de apresar cabalmente el mundo que lo rodea. Sin olvidar, claro está, el acoso ubicuo a que lo someten los mass media, siendo nuestro héroe otro figurante del mundillo del cotilleo y del sensacionalismo. Hablo, pues, de un hombre-masa en la estela de Ortega y Gasset, un individuo que va "puramente a la deriva", que se sabe integrante de un gran cuerpo social, responsablidad que le abruma y dificulta la parcela de sus deseos individuales; paradigma de ello sería el atónito y desorientado Clive Owen de Hijos de los hombres.

Quizá los consumidores necesiten cada vez más un héroe "plausible" hoy en día, incorporado al sistema del Estado (ya sea agente de Su Majestad o de CTU/FBI) como un funcionario más, al que se le retribuye por su heroísmo.

A este respecto es instructiva la irrupción refrescante de Dexter Morgan. Forense experto en sangre de día y serial killer de noche, descendiente también de Hyde/Jekyll, éste se ve abocado a contribuir al bien público por la vía oficial; pero también por la vía del proscrito, el asesino que mata por necesidad, pero escoge como víctimas a los de su misma ralea. Dexter pierde toda conciencia heroica y su heroicidad es un hecho puramente colateral...

Un apunte más: Dexter es además un artista contemporáneo, que analiza las salpicaduras y los charcos de sangre con ojo sumamente estético. Sus cuadros, su salvapantallas, su escritorio muestran manchas de sangre que remiten directamente a la técnica del dropping de Pollock. ¿Qué consecuencias podría tener el emparejamiento del héroe con el artista? La verdad es que da miedo...

Otra novedad de Dexter: en la tercera temporada su novia se queda embarazada y el protagonista plantea la posibilidad de que su hijo herede la condición de su padre... ¿Os imagináis un mundo en el que los héroes nos legan una progenie igualmente heroica, un mundo en el que los héroes crecieran al compás de la demografía?

Un placer aprender de vosotros.

Vicente Luis Mora dijo...

Lucas bienvenido. El aprendizaje es mutuo, de eso se trata. Saludos y gracias por tu interesante comentario; Dexter es una serie, en efecto, muy problemática. Camina sobre una doble moral muy sospechosa.

Anónimo dijo...

Sobre la proliferación de transformaciones, de metamorfosis hacia lo otro no hay mucho que decir. Dioses o reyes mono, funcionarios y artesanos eficaces en la sombra puliendo superficies que no se desgastan , inoculadas con el botox de arquetipos, en proceso continuo de desarrollo sostenible. Ronin de Frank Miller lleva al extremo, en su tiempo, pero se mantiene la vigencia, el sacrificio, la transformación, y hasta el escapismo del que habla Chabon. Millar como ejemplo de una perversión de la sátira original de hace casi 25 años, la de Miller en Dark Knight – pero no estoy tan de acuerdo, atendiendo a muerte de un Joker en el 3er episodio más bien conradiana, ya que nos ponemos en las tinieblas de un corazón verde. Y la verdad, me da la impresión que se buscan comparaciones donde no son tan evidentes, tan solo porque lo permite el género: pocas tesis sobre la Mazmorra, Julius Knipl, Shintaro Kago o Maruo –será por nombres disponibles…- (¿por esquivar el encasillamiento o no ser tan reductivas?), o al menos, no tantas como las que suscitan esta clase de materiales. No parece ser resbaladizo el terreno, recordemos que en un comentario de uno de los personajes de DeLillo, se dice que las catástrofes materiales y humanas –y su representación- nunca dejan de ser una celebración. Un héroe, super o anti, integrado o no, es una catástrofe con un final, en principio, alejado de lo previsible. Casi la posibilidad, una promesa que se asegurara de no cumplirse en nuestra vida.

La reseña de Jordi Costa en El País sobre "JCVD" llega a plantearse unas preguntas que se ajustan a este diálogo VLM-AV y a los comentarios posteriores. Arcade Mayhem, Koldo. Lástima que ella no pueda vivir, ¿pero qué conmociona?. Ciertamente. Un saludo.
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la reseña

"El clímax llega cuando el icono se rompe, llora y confiesa privadas turbulencias para emerger reconvertido en figura sagrada: el action hero como entidad para el sacrificio, como una nueva forma de santo. Es posible que todo sea una elaboradísima broma, pero la conmoción es verdadera."

http://www.elpais.com/articulo/cine/Action/hero/santo/elpepuculcin/20081107elpepicin_7/Tes

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c.m.

Anónimo dijo...

Algo más sobre JCVD

http://www.jcvd-lefilm.com/


Hard Body Plays an Old Softie (Himself)


http://www.nytimes.com/2008/11/09/movies/09lim.html?ref=movies

Movie Review
JCVD (2008)


It’s All About Him, No Matter Who He Claims to Be
By A. O. SCOTT
Published: November 7, 2008


http://movies.nytimes.com/2008/11/07/movies/07jcvd.html?ref=movies


desde El lamento de Portnoy:

http://ellamentodeportnoy.blogspot.com

http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2008/10/jcvd-de-mabrouk-el-mechri.html#comments

http://www.ochoymedio.info/review/1162/JCVD/
--
c.m.

J. L. Pomona dijo...

Muchas gracias Vicente por tu correo.

Qué libro tuyo me recomendarías después de haber leído Circular 07.
Acepto ensayos incluso, jeje.

Por cierto, un libro que te recomiendo si quieres airear la mente y pasar un rato ameno y desasosegante: Cosmética del enemigo, de A. Nothomb.

Vicente Luis Mora dijo...

No conocía ese libro de Nothomb, gracias por la pista. Recomendaciones: "Ladrón de mapas", de Eduardo Lago, sobre el que esta noche colgaré un post; el libro "Matices y detalles", de Ludwig Hohl (DVD), "Mentiras contagiosas", de Jorge Volpi (Páginas de Espuma), "El dorado", de Robert Juan-Cantavella (Mondadori) y la última novela de Lolita Bosch, también en Mondadori. Abrazos.

Jesus Andres dijo...

Apocalípticos e integrados. Umberto Eco. 1965.

p.277." ¿Es posible establecer conexiones entre ambos fenómenos, afirmando que Superman, pese a ser sólo uno de los instrumentos pedagógicos de esta sociedad, y que la destrucción del tiempo que persigue, forman parte de un proyecto de deshabituación de la idea de proyecto de autorresponsabilidad?

p.293."En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada".

Imagino un anti-comic en que el malvado roba todos los ejemplares del libro citado libro pero Superman no los busca. O mejor aún, un Robin de los bosques, que presta, gratuita e ilegalmente, ejemplares del libro mientras Superman trata de impedírselo.

Tropovski dijo...

Yo también me pregunté siempre que pensaría Barthes de los superhéroes; quizás el género le era indiferente: para tomártelo en serio supongo que debes haber crecido con él y además amarlo.

¿Qué habría pensado Baudeleaire, de ese nuevo mitema urbanita y de su tan curiosa estética?

Estoy recordando el poema que le dedicó Rubén Darío a Walt Whitman, calificándolo de "sereno y santo". Por muchos otros rasgos que de él presenta, el vate resulta casi un superhéroe y lo cierto es que, a efectos morales, lo fue: enfrentado al final de su vida, amargamente y por su pensamiento libertario, con esa nueva democracia olímpica que tanto amaba pero que tanto tenía todavía por hacer: "En su país de hierro vive el gran viejo,/bello como un patriarca, sereno y santo./Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo/algo que impera y vence con noble encanto.//Su alma del infinito parece espejo;/son sus cansados hombros dignos del manto;/y con arpa labrada de un roble añejo/como un profeta nuevo canta su canto.//Sacerdote, que alienta soplo divino,/anuncia en el futuro, tiempo mejor./Dice el águila: «¡Vuela!», «¡Boga!», al marino,//y «¡Trabaja!», al robusto trabajador./¡Así va ese poeta por su camino/con su soberbio rostro de emperador!

Por cierto, para quien conozca el cómic Star Brand de Jim Shooter y John Romita Jr. -básicamente, una aproximación hiperrealista pre-1986 al concepto de supérheroe-: ¡qué parecido a Whitman, el viejo que le da la "marca del poder" a Kenneth Connell!

Pienso en otro superhéroe transgenérico, Ziggy Stardust, que cae al final del disco. Sus enemigos, como los del también bowieano y venido del espacio exterior protagonista de The man who felt to Earth, son el tiempo ("time takes a cigarrette...") y la ciudad, ese dédalo que inventó Baudeleaire para inventar, de paso, la mística moderna.

Lo cantó más tarde Bowie, versioneando a Springteen: "Es difícil ser un santo en la ciudad".

Estupenda idea, la del superhéroe como santo. Ahí está, creo, parte del interés que pueda despertar el héroe: bajo esos ajustados pijamas, ¿tienen o no sexo, esta mezcla de ángeles y payasos multicolores? También pienso en Pierre Bordieu, cuando en su Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario analiza la forma en que, en los albores de la modernidad, se determina a los autores centrales por la forma en que no dejan de lado las cuestiones morales que suscita ese espacio urbano. Los superhéroes, a mi juicio, son una suerte de tábula rasa para la idea de la justicia, vistiéndola de colores planos, brillantes y algo ridículos. La forma en que todo eso fermenta y se desarrolla, es, sencillamente, fascinante. ¿Qué hay latente y cómo crece ese entretenimiento en principio para niños, jóvenes e inmigrantes -unos de los targets principales de la historieta, al menos al principio?

Termino con una cita de Dumas hijo, citada por Bordieu como contrapunto a la revolución baudeleriana: "Toda literatura que no proponga la perfectibilidad, la moralización, lo ideal, lo útil en una palabra, es una literatura raquítica y enfermiza, nacida muerta". ¿No están los superhéroes en el centro exacto de lo que pedía Dumas hijo, pero de una forma tan excéntrica que es lo que los hace interesantes?