sábado, 23 de mayo de 2015

El urbanismo onírico de Mircea Cartarescu



Mircea Cărtărescu, Nostalgia; Impedimenta, Madrid, 2012.
Mircea Cărtărescu, Lulu; Impedimenta, Madrid, 2013; traducción de Marian Ocha de Eribe.
Mircea Cărtărescu, Por qué nos gustan las mujeres; Funambulista, Madrid, 2006, traducción de Manuel Lobo.
Mircea Cărtărescu, Las bellas extranjeras; Impedimenta, Madrid, 2013; traducción de Marian Ocha de Eribe.
Mircea Cărtărescu, El Levante; Impedimenta, Madrid, 2015; traducción de Marian Ocha de Eribe.




“Voy a resistir, porque este espacio en las montañas, aunque vacío, parece acumular sucesos, difuminar unos a través de otros, borrar los límites (tan precarios) entre el mundo de nuestra mente y el de la mente más vasta que nos comprende a todos” (Lulu, p. 42).


La proliferación

Envidio a quien no haya leído ningún libro de Mircea Cărtărescu porque todavía tiene la oportunidad de leer Nostalgia o El Levante y volverse completamente loco. Hacía tiempo que un autor no me deslumbraba tanto –pues he llegado tarde, pero en buen hora, al más conocido escritor rumano actual– y creo que, con independencia de las ideas y prejuicios que uno tenga sobre literatura, Cărtărescu es capaz de vencer cualquier resistencia y hacer caer al lector en sus redes gracias a la potencia y ambición de su escritura volcánica.

No hace mucho tuve una conversación en Barcelona con Gonzalo Torné. En ella, y a partir de algunas ideas que yo apuntaba torpemente sobre un conocido prosista actual, Torné fue construyendo en directo una interesante teoría, por la cual habría dos tipos de grandes novelistas: los prosistas inteligentes, creadores de obras bien planeadas y cuyo sobrado intelecto a veces se interpone en el camino natural de la narración y le impide alcanzar grandes cotas, y los autores proliferantes, caracterizados por tener brillantes intuiciones narrativas, a partir de las cuales desarrollan y desarrollan tramas y argumentos y personajes y más personajes, y más tramas y más sucesos y más anécdotas y más ramificaciones, hasta el infinito o el agotamiento –lo que suceda primero–. Sería fácil poner ejemplos: Henry James o Nabokov serían inteligentes, proliferantes Tolstoi o Kafka (especialmente en El castillo); Bellatin afina y Aira prolifera; Italo Calvino es un dechado de inteligencia mientras Don DeLillo se pierde a veces al intentar desarrollar sus agudas intuiciones: “en Ruido de fondo”, decía Torné, “lo interesante no es lo que hace DeLillo con la nube tóxica, sino que se le ocurriese la idea de la nube tóxica”. Medio en broma, medio en serio, llegamos a la conclusión de que en algunos casos extremos no sería necesario leer por completo los proyectos de los autores proliferantes: bastaría con leer doscientas o trescientas páginas hasta ver cómo funciona el mecanismo narrativo y disfrutar, durante un tiempo razonable, del mismo.

La definición de escritor proliferante se ajusta como anillo al dedo a Mircea Cărtărescu. Los proyectos y libros de Cărtărescu se parecen mucho entre sí, porque son la expresión de algunas ideas, topos, tropos, coros, logos y logros que el autor rumano repite y reinventa sin cesar, en una incesante tormenta de fábula y lenguaje que prolifera y se expande indefinida y magníficamente por varios libros y por varias artes: relato, novela, poema, artículo, ensayo. Todo lo escrito por él tiene un aire de familia inequívoco, cuyas claves desarrollaremos luego, pero que convienen en forjar un nombre indiscutible cuyo estilo se basa en la sobreabundancia y la diseminación, cuya desparramada locura, sobre todo en algunos relatos largos de Nostalgia, nos llena al principio de consternación y luego de alegría, porque en realidad no queremos que la desmesura y la escritura desatada de Cărtărescu se terminen. Después de leer cinco libros casi seguidos del rumano, lo único que deseo es que Impedimenta publique los tres tomos de Orbitor, su trilogía novelística, para poder sumergirme en el mundo onírico de Cărtărescu muchas horas más (hay una edición de Cegador en Funambulista, pero es una traducción de la versión alemana, no del original).


El posmodernismo

(…) entretanto yo tengo que decir algo inteligente sobre posmodernismo

El Levante, p. 159



El procedimiento es posmoderno, así que lo utilizaré también yo.

El Levante, p. 200

Aunque la mayoría de las veces los datos biográficos añaden más sombra que luz para interpretar una obra literaria, en la biografía de Cărtărescu hay un dato en extremo relevante para leer su obra: se doctoró en literatura con una tesis sobre posmodernismo rumano. Esto quiere decir que ha dedicado varios años de su vida -años clave por ser los de su formación intelectual-, a estudiar la posmodernidad y su(s) efecto(s) sobre las obras literarias. El posmodernismo de Cărtărescu es de corte postromántico, como queda claro en la selección de temas (el doble castrador, el solipsismo), la actitud ante la literatura de sus personajes y la extraña consideración, casi naif, de una naturaleza en estado de pureza: “el silencio de los bosques, el silencio de los lugares que el pie humano no ha pisado. Paisaje puro, naturaleza pura, indiferente, en paz, fundida con todo lo que verdaderamente existe” (Lulu, p. 56); esa “verdadera existencia” (p. 62), con ecos de la vraie vie est ailleurs de Rimbaud, vuelca su consistencia en su oposición al sueño y a las elucubraciones de los filósofos posmodernos (“los filósofos dicen que ahí afuera no existe nada”, El Levante, p. 146), aunque todo en los libros de Cărtărescu es ficción y, en buena parte, sueño. Otro sueño postromántico, mallameano, es el de la escritura del Libro, resabio, según Curtius y Blumenberg, del antiguo tema del mundo como libro del que hablamos en Pasadizos (2008). Para el protagonista de Lulu la escritura de ese Libro total era el único objetivo de su existencia en la juventud, y el desencanto de la madurez viene de haberse desenfocado de ese objetivo (p. 78). En un momento prodigioso de El Levante, unas islas imaginarias con forma de letras crean la palabra “Helesponto” sobre el mar, “como en los mapas” (p. 102), reverberando la imagen borgiana de la coincidencia entre realidad y rigor cartográfico: el mundo como escritura. Cerrando el círculo podríamos decir que para Cărtărescu ese Libro del Mundo es posmoderno y por eso lo es también su relato, como se reconoce en el canto IV de El Levante: “tras muchos llantos, tentativas y peripecias que en mi relato posmoderno te sumirán en ensoñaciones” (p. 73). Cuando el citado DeLillo describe en White Noise un “atardecer posmoderno, rico en imaginaría romántica”[1], me parece estar asistiendo a la perfecta definición de la literatura de Cărtărescu.


El mito frío

Todo, todo son efectos largamente planeados para que te enrosques en ellos como la bombilla en su casquillo o para que no distingas ya qué es sueño y qué es realidad…

El Levante; pp. 191-92



(…) maquillado y estrambótico como un arquetipo de Jung.

El Levante, p. 218

Una de las claves del autor es que racionaliza el inconsciente, y convierte sus dominios soterrados –las referencias en su obra a lo subterráneo son muy numerosas– en campos de juegos a su conveniencia. Amparado a veces en los sueños, que utiliza a pesar de ser consciente de su peligro para la narración (véase el párrafo con que se abre “El Mendébil” en Nostalgia, p. 43, o la autocrítica en Por qué nos gustan las mujeres, p. 23), resguardado otras veces en un tono onírico que lleva a sus textos a lindar con la literatura fantástica, Cărtărescu aprovecha todos los resortes del inconsciente de forma racional, haciéndolos servir a su propósito: “Pienso que recreo todo lo sucedido en Budila de una forma demasiado sencilla, que está demasiado clavado en mi mirada por ese subconsciente del que he aprendido a desconfiar siempre debido a su infinita astucia. En esa profundidad hay túneles secretos entre los edificios de mi mente, conductos y manojos de cables de colores, canales de agua fétida, llenos de las deyecciones de mi cerebro. Hay cámaras de escucha y burdeles subterráneos y habitaciones en las que no han entrado nadie. Y yo, solitario en la ciudad de la superficie, soy el único señor y el único enemigo”[2]. La mecánica de esta racionalización no sólo es semántica, sino que también es espacial, lo que me parece un hallazgo: para Cărtărescu el inconsciente es un lugar paseable, “los subterráneos de la mente” (Lulu, p. 151), construidos como un laberinto de pasillos (las circunvalaciones cerebrales) y escaleras, con miles de habitaciones cerradas con “candados obscenos”, que Victor va rompiendo para mirar al interior de cada una: “seguía arrancando al azar aquellos candados blandos, pero me resignaba cada vez con más dificultad a lanzar una ojeada en aquellas estancias hundidas en la abyección” (Lulu, p. 135). En alguna pieza de Por qué nos gustan las mujeres explica la génesis de esos sueños espaciales, lo que denota la autoconsciencia con la que emplea este recurso del urbanismo onírico[3]. Esta espacialización del inconsciente, que lo convierte de forma literal en el campo literario de juegos que citábamos arriba, es un rasgo de talento del autor, que le permite moverse por el espacio de lo onírico con una libertad plena y de modo autoconsciente. De ahí la presencia explícita de los mandalas, de los Dopplegänger, de los alef borgianos, de las bodas celestiales, de los caminos de ascensión purificadora, de la mise en abyme, de las eclosiones subterráneas, de los psicocopompós, de los espejos (ya sean mágicos, tapados o sin reflejo), de las transformaciones: Cărtărescu juega con los mitos y los arquetipos sin esconderlos, mostrando sus cartas e incluso sus fuentes (como Baltrusaitis o Jung en El Levante), porque lo esencial en su obra no son los materiales, sino la construcción y reelaboración de los mismos. De ahí ese lugar central que parece tener en la literatura rumana y, cada vez más, en la europea. Los motivos los explicó hace 80 años un compatriota suyo, Mircea Eliade:

La novela rumana (…) triunfará definitivamente cuando logre imponer dos o tres tipos de personajes-mitos en la literatura universal (no se trata del tipo del avaricioso, el amante, el celoso, etc., sino de personajes que sepan participar lo más intensamente posible en el drama de la existencia; que tengan un destino, que sepan padecer en su propia carne o que lleguen a encarnar la agonía del conocimiento, etc.). Un pueblo crea, a través de su folklore y su historia, mitos. Y una literatura crea, especialmente a través de su época, personajes-mitos.[4]

Y creo que Cărtărescu ha trabajado de forma deliberada en esta dirección, creando un tipo humano de corte mítico, consistente en un personaje algo inmaduro[5] dividido entre su existencia cotidiana y mostrenca y una vida interior fantasiosa y llena de imaginación, mediante la que intenta olvidar, sin conseguirlo, la miseria de su existencia real. Las mujeres –luego volveré a este peliagudo tema– juegan en su obra un papel residual, salvo excepciones, consagradas a ser metamorfosis de las musas tradicionales y meras “puertas de entrada” de lo extraordinario en lo ordinario, permitiendo a ese personaje varón habitual en las obras de Cărtărescu coquetear con una posibilidad de vivir la vida como algo maravilloso, mientras dure el encanto del amor (suena cursi, lo sé, pero exponerlo de otra forma es traicionar la verdad textual de sus obras). Ese personaje mítico convive con otros mitos ya clásicos de largo alcance, que el autor conoce de sobra y que utiliza a sabiendas, fríamente, para crear un determinado clima narrativo.

Una de las manifestaciones de esta racionalización, hasta cierto punto junguiana, como luego veremos, de los mitemas, podemos apreciarla en el motivo de la telaraña, cuya importancia en Nostalgia ya enfatizó en su prólogo Edmundo Paz Soldán, pero que es recurrente en toda su obra. El motivo alcanza en Lulu (1994) toda su capacidad simbólica, que alcanza las cotas de la cosmovisión: “deja de existir el mundo con sus verdades ramificadas en una red horizontal e ilusoria”, aunque su aparición más frecuente es la de la telaraña onírica que anuncia la llegada de lo pesadillesco a la narración: páginas 46, 55, 60, 127, puesto que la telaraña que tendrá un clímax casi paroxístico en las páginas 65 y siguientes. En ellas se describe un episodio onírico del protagonista, en el que sube hacia el techo de la mansión en la que se encuentra, perdiendo edad conforme sube, hasta llegar casi como un niño. Una enorme telaraña cubre toda la parte superior del edificio y Victor debe atravesarla, hasta encontrar a una araña de dimensiones monstruosas, con la que se une de forma no sexual pero sí corporal; después, baja las escaleras de nuevo “y en cada ventana me veía cada vez más maduro” (p. 69), hasta llegar a su edad de entonces, diecisiete años. La escena puede leerse desde la perspectiva junguiana del encuentro con la sombra propia, como parte del proceso de individuación personal, del mismo modo que la novela puede ser parte del descenso al abismo o mäelstrom del yo (del protagonista, del narrador, del autor) con todas sus consecuencias. La telaraña es también, por supuesto, la propia escritura, la novela en la que se atrapa a Lulu y la sombra que ha proyectado sobre la sombra de Victor. El texto se vuelve no sólo terapéutico –“si la escritura es, como dicen, una terapia”, p. 24–, sino también sismográfico, en el sentido de que registra las evoluciones psíquicas del personaje hasta identificar texto y emoción o discurso escrito y discurso emocional, “como si el texto fuera mi verdadera vida” (Lulu, p. 101). Del mismo modo que la telaraña une a la presa con el horror de la araña y los omnipresentes nervios, arterias, neuronas y venas de sus relatos conectan eléctricamente la percepción y la conciencia, es la escritura, el “vendaje de este texto (…) de esta tela rara y complicada como una gasa o como una telaraña” (Lulu, p. 147), y sus hilos los que “configuran la telaraña que has tejido, no para capturar algo con ella, sino para ser atrapada” (Nostalgia, p. 314; véase también El Levante, pp. 113 y 160); esto permite que en su obra “una línea de la primera página comunica a través de mi esófago con una palabra de la página cuarenta y que los nervios craneales cortocircuitan símbolos y alusiones” (Lulu, p. 100), cerrando el círculo gnoseológico de la literatura de Cărtărescu: telaraña como símbolo – tejido del texto (referencias intratextuales al propio libro o a los otros libros del autor, referencias intertextuales a libros de otros) – tejido nervioso – redes sinápticas del pensamiento – racionalización del inconsciente – símbolos espacializados y espacios simbolizados[6] – urbanismo onírico – las telarañas = correspondencias baudelerianas, signos en rotación – telaraña simbólica. Esquematizado, sería más o menos así:






Reparos

Mi mayor reparo a la obra de Cărtărescu se centra en Las bellas extranjeras, pero de este libro hablaremos en otro lugar. Entre otros errores achacables al autor apuntaríamos cierta cursilería, ligada a cierto entendimiento naif de lo femenino [“Por qué nos gustan las mujeres (…) porque no leen revistas porno y no navegan por sitios porno (…) porque no se masturban”, p. 292, disculpen mis carcajadas]. En otras ocasiones nos encontramos una visión inexcusable y burdamente machista:

Amadísima lectora (…) Tú no buscas entre las hojas de los libros la árida filosofía ni la política encarnizada que retiene en sombrías cárceles a los exaltados y a los temerarios, sino el amor verdadero que, como las rosas prensadas entre las páginas, no muere jamás. (El Levante, p. 59)

Es difícil saber si una declaración como esta es más estúpida que machista, o viceversa. Tampoco es fácil de entender la pudibundez inmadura con la que el autor evita los temas sexuales (salvo alguna excepción en Lulu, pp. 42-43), sobre los que pasa con abstrusas aclaraciones, que no se sabe si esconden incapacidad técnica para la descripción de los coitos o miedo a perder lectores por ser explícito. Preferimos, desde luego, el primer motivo.



El Levante y conclusión

Si tuviera que recomendar uno solo de estos libros recomendaría El Levante (1990), sin dudarlo, porque es un libro imposible. Es un libro que no podría ser escrito más que por el propio Cărtărescu. Como ha explicado su excelente traductora de guardia, Marian Ochoa de Eribe, en una entrevista[7], el volumen publicado en España parte de una “traducción al rumano” que Cărtărescu decidió realizar al entender que su Levantul original, escrito por completo en verso y trufado de guiños a la literatura rumana, era intraducible. Para facilitar la versión a otros idiomas y la circulación del libro, transformó la mayor parte de los pasajes a prosa, con lo que el libro perdió su parte más experimental, deudora del capítulo “Los bueyes del sol” del Ulysses de James Joyce. Pero esta deuda con la tradición (donde Joyce hacía un recuento de los estilos narrativos ingleses, Cărtărescu haría una reconstrucción de los estilos poéticos rumanos; Jorge Carrión desarrolla el mismo envite con la poesía castellana en la segunda parte de Los turistas, 2015) es sólo un punto de partida, pues una cosa es sostener un ejercicio así durante un capítulo, y otra muy distinta levantar un libro entero sustentándolo en un armazón tan ambicioso tanto desde el punto de vista constructivo como estilístico, por no hablar de la incomparable imaginación que puebla El Levante de imágenes vibrantes y de hallazgos expresivos, verbales y semánticos, cuyo disfrute debemos en buena medida a la ejemplar labor de la traductora. A esto hay que añadir una dimensión política, si cabe: se advierte la presencia aún por entonces (1988 sería la fecha de redacción, según cuenta el autor falsablemente en la página 151) de la dictadura de Ceacescu, que moriría fusilado al año siguiente en Targoviste; de esa atmósfera represiva quiere escapar el autor mediante la imaginación, pero también con el canto a unos palicari revolucionarios que no admiten más señor ni amo que la libertad (obsérvese la magnífica alegoría del juez asno en pp. 139-41: “aquel que se inclina / ante cualquier asno que ostenta el poder / merece ser azotado / y honrado con latigazos”), y quizá la presencia explícita de ciertas marcas de consumo occidentales pudiera funcionar como un conjuro contra la restricción comunista, algo que no tengo claro puesto que no soy especialista en historia ni cultura rumana, y bien que lo siento. Si lo fuera, podría detectar más influencias. Así, siguiendo una pista dada en la red por el investigador Adolfo Rodríguez, la lectura de unos poemas de Mihail Eminescu, traducidos por Dana Giurcă y J.M. Lucía Megías, me hacen ver algunas líneas de confluencia:

Pero quizás allá arriba haya castillos
con arcos de oro hechos de estrellas,
con ríos de fuego y con puentes de plata,
con orillas de mirra, con flores que cantan[8]

Y este tipo de imaginería que une arquitectura y fantasía en su ejemplar urbanismo onírico es característico en Cărtărescu, especialmente en El Levante, pero no sólo ahí. En el mismo poema, “Mortua est!”, Eminescu dice:

¿Y para qué?... ¿Acaso no es el todo locura?
¿Por qué tu muerte, mi ángel, tuvo que ser?
¿Acaso hay sentido en el mundo? Y tú, rostro sonriente,
¿sólo has vivido para así poder morir?

Y Cărtărescu parece responder, sobre el mismo tema de la amada muerta:

¿Quiénes somos? No se sabe. ¿Qué hemos sido? Solo ilusión

(…) Pero ¿qué sabes tú, niña? (…)

Incluso tú eres solo tierra:

Bajo tu camiseta de Shakin’ Stevens y bajo tu seno luminoso

Tu horrible esqueleto triunfa sobre ti. (pp. 164-65)

“El oído te miente, el ojo te engaña”, dice Eminescu; “no oyes con los oídos y no ves con los ojos / Nada que no sea ilusión y sueño insípido” (p. 166), replica Cărtărescu. En “Noaptea”, otro poema de Eminescu, la amada “blanca como la nieve invernal” se aparece al poeta justo cuando éste cae en un sueño, algo habitual en el autor de Nostalgia, etcétera. Lo esencial, sin embargo, no es detectar los infinitos materiales con los que éste trabaja, como apuntamos arriba, sino constatar la importancia del trabajo que hace con ellos y cómo les imprime su sello personal y los enriquece, con una potencia que los convierte en precursores de su propio trabajo. Es decir: es Cărtărescu quien me lleva a Eminescu y otros muchos autores, y no al revés, lo que habla muy bien del primero. Los atardeceres en California son los más bellos del mundo, me dijo alguien hace poco, por el extremo grado de contaminación ambiental.

*

Los demás libros de Cărtărescu que he leído podrían ser, con no poco esfuerzo, compuestos por otros autores, o por un equipo de autores con diversos talentos, pero El Levante no. Es una rareza desasosegante, una maravilla, un libro con escasos parangones, y eso que la versión preparada por el autor debe ser apenas una sombra del original. Por eso nuestra obligación es leer la magnífica edición de Impedimenta… y pensar en que debemos ponernos a estudiar rumano para leer la original.




[Relación con el autor y las editoriales: ninguna]




[1] “Another postmodern sunset, rich in romantic imaginery. Why try to describe it? It’s enough to say that everything in our field of vision seemed to exist in order to gather the light of this event”; Don DeLillo, White Noise; Penguin Books, New York, 2009, p. 216.
[2] Mircea Cărtărescu, Lulu; Impedimenta, Madrid, 2013, p. 31.
[3] Y su dominio de la técnica, pues esto que el narrador dice de otra persona bien pudiera decirse del propio Cărtărescu: “Cuando me contaba cualquier sueño, lo visualizaba con tanto detalle que después me parecía que era yo quien lo había soñado”; Mircea Cărtărescu, Por qué nos gustan las mujeres; Funambulista, Madrid, 2006, traducción de Manuel Lobo, p. 38.
[4] Mircea Eliade, Fragmentarium; Trotta, Madrid, 2004, p. 88.
[5] “Practicamos el sexo con un cerebro de hombre, pero queremos con uno de niño, confiado, dependiente, deseoso de dar y recibir afecto”; Mircea Cărtărescu, Por qué nos gustan las mujeres; Funambulista, Madrid, 2006, traducción de Manuel Lobo, p. 196.
[6] Cf. Mircea Cărtărescu, Lulu; Impedimenta, Madrid, 2013, p. 94.
[7] http://www.rri.ro/es_es/el_levante_en_espaol_la_historia_de_una_traduccion_imposible-2530774
[8] “Tres poemas de Mihail Eminescu”,traducción de Dana Giurcă y José Manuel Lucía Megías, publicada en Cuadernos del matemático, 28 (2002), pp. 28-31.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente reseña de la obra del rumano. Una objeción al cursi de DeLillo: calificar de posmoderno un atardecer es una monstruosa pedantería, es flatus vocis. Es como hablar de un atardecer estetico, o cosmetico, es usar la literatura para no decir nada, porque nadie es capaz de imaginar un atardecer posmoderno.

Vicente Luis Mora dijo...

Ok, se lo haré saber a Don, para que se arrepienta de sus pecados :)

Un cordial saludo

Anónimo dijo...

Hola, Vicente. ¿Hay alguna manera de acceder a la primera etapa de tu blog, en bitácoras? Vi que, cuando creaste este a fines del 2006, al comienzo publicabas en espejo en los dos. Pero de momento no logré encontrar los posts más antiguos de bitácoras (si no me equivoco, funcionaba desde 2005). Intenté con el caché de google, pero sólo me muestra los que están en espejo.
Un saludo y qué alegría saber que existan espacios como tu Diario de lecturas!

Anónimo dijo...

Felicidades por la entrada, Vicente Luis. No por nada se te considera uno de los mejores críticos españoles de la posmodernidad. Creo que leyendo este artículo cualquiera que haya leído a Cartarescu no tendrá más remedio que quitarse el sombrero y aplaudir. Así que me quito el sombrero, feliz, al saber que aún quedan lectores así en este mundo. No todo el mundo puede ir a Corinto, decía Horacio. En tu caso, creo que nadie dudará, aun cuando las perspectivas poéticas nos obliguen a enfrentarnos en ocasiones, el billete en primera para la ciudad.

Histerias eruditas aparte como diría Huysmans, sólo me gustaría comentarte algunos apuntes que pueden interesarte, por cuanto pertenecen al imaginario literario del posmodernismo rumano y escapan al conocimiento del crítico hasta que uno se imbuye de la peculiar idiosincrasia cultural bucarestina. Muchos de estas sospechas hermenéuticas surgieron en conversaciones con dos de mis compañeros a los que les debo mucho, Mihai Iacob y Silvia Stefan, probablemente dos de los mejores lectores rumanos de Cartarescu que he encontrado en Bucarest.

En primer lugar, has acertado de pleno al advertir la extremada influencia jungiana en Cartarescu. El onirismo es, para mí, una clara conceptualización literaria de la fiebre jungiana que se vivió en la cultura pop de principios de los 90 en Rumanía, imprescindible para comprender el esoterismo imaginativo de Cartarescu. La figura del travesti, tópica en la literatura posmoderna (Bellatin, Aira, Palahniuk), es a mi juicio y en el caso de Cartarescu una clara formalización metafórica de la teoría psiconalítica jungiana del animus/anima. No es casual esta fiebre jungiana de Cartarescu pues entronca claramente con el espíritu new age que sacude Rumanía tras la caída de Ceausescu como una metáfora de la libertad y en especial consecuencia de la oportunidad de la nueva de expresión libre frente al tabú y la censura impuestos durante el comunismo. Hasta la caída del régimen parte de la poesía rumana de la resistencia era una expresión eufemística de lo prohibido (Blandiana, Stanescu).

La figura del travesti, el gitano como dirían Deleuze y Guattari, expresa perfectamente la libertad democrática pero, a mi juicio, podría encubrir una lectura social que va más allá de la política y se presenta como un desafío a la espiritualidad ortodoxa, que en Rumanía, a diferencia de España, es un símbolo de la libertad individual pero que al mismo tiempo impide que la sociedad rumana se desvincule por completo de los prejuicios morales. Además, el travesti es una forma de epatar a la sociedad rumana a través de uno de los grandes mitos de la Bohemia junto al gitano. Hubo una exposición fotográfica en Bucarest hace un año sobre el periodo interbélico donde tuve el placer de comprobar que en aquel Micul Paris del Este que fue Bucarest antes de la II Guerra Mundial, el travestismo era una práctica común entre algunos jóvenes que frecuentaban los burdeles y los ambientes bohemios que describe Cartarescu en Cegador por influencia tal vez de Eliade. En esta obra hay una fuerte presencia también del lesbianismo vinculado precisamente a los burdeles y cabarets.

En ese sentido, aún se conserva esta doble cara de la sociedad rumana donde todavía existe hoy día un ambiente “gitano”, transgresor, bohemio, travesti, oculto e invisible, como el descrito por Matieu Caragiale en Los depravados príncipes de la Vieja Corte. Creo que Cartarescu aborda esta cuestión, esta nueva censura subrepticia que impone la espiritualidad y por tanto moralidad ortodoxa (que poco o nada tiene que ver con el fervor religioso católico que se da en España), que consigue escandalizar al burgués creando un artefacto que refleja bien los ideales que Deleuze y Guattari adscriben a la literatura menor.

Anónimo dijo...

También es muy interesante comprobar cómo en Travesti Cartarescu teje una red de símbolos, como bien sugieres, en torno al posmodernismo pop. No es casual que la corriente se denomine Blue jeans. Insiste el autor en esta obra en reflejar símbolos de la supuesta libertad americana, los vaqueros, contrapuestos a las viejas costumbres comunistas (¿el color azul podría de los vaqueros ser un símbolo del sueño como en Trakl y el expresionismo?).

Se ve claramente, también, en la ironía de las letras de un Bob Dylan que son tarareadas por los jóvenes personajes cuando son apologías precisamente del comunismo. Creo que este tipo de contradicción está muy presente en la obra de Cartarescu. Hay cierta desconfianza crítica del autor hacia los nuevos tabúes de la sociedad rumana democrática, reflejados claramente no sólo a través de la figura del travesti sino también y muy especialmente en la figura del gitano (se ve bien en Cegador). Es Bucarest aún hoy día una sociedad dividida entre rumanos y gitanos, entre burgueses y "gitanos". Sólo hace falta darse un paseo por las calles de la capital para comprobar que esta contradicción, este contraste que refleja Cartarescu en Travesti (título original de la obra) sigue muy presente.

En cuanto a Nostalgia hay un par de detalles interesantes. El primero de ellos es el Deuz Ex Machina de “El rulestista”, que a ojos del lector español puede resultar tremendamente inverosímil (similar al providencial desenlace de El Palacio de la luna de Auster que no se entiende si se pierde de vista la tradición puritana norteamericana). Parece claro que el relato conecta con la idea del arte como ruleta rusa, como suicidio y sacrificio pero también como azar –otro de los grandes motivos del posmodernismo-. Pero ahondando en la cuestión no es ni mucho menos casual que el suicida se salve gracias a un terremoto.

La aparente inverosimilitud del Deus Ex Machina del final encierra una referencia fehaciente al terremoto que arrasó Bucarest a finales de los 70. Aún recuerda la gente que se desmoronó por culpa del movimiento sísmico del “cutremur” un teatro de la ciudad que era símbolo de la bohemia. A mi juicio, parece conectar aquí Cartarescu con el artista del hambre de Kafka quien muere por la condena inexorable del Dios judio; pero en el caso de Cartarescu la interrupción del suicidio del artista por medio del azar o el libre albedrío (a la manera de un Lope, Calderón o Tirso) frente a la “ananké” de los griegos que fundamenta toda Deus Ex Machina, parece encerrar una defensa del genio bohemio cuya fuerza creadora se manifiesta en el relato como un patetismo a la manera romántica en el que la tormenta del genio encuentra su réplica, nunca mejor dicho, en la naturaleza devastadora (no olvidemos a todo esto que la nostalgia es un concepto romántico y es el motor de la obra en cuestión).

Pero podría ocultar asimismo una alegoría política que guarda relación con el contexto histórico soviético, tal vez sobreinterpretando un poco el sentido del relato. No hay que olvidar que el artista se juega la vida con un juego del azar ruso, la ruleta, que se contrapone a un símbolo de la cultura rumana: el terremoto (lo cierto es que como en Japón los terremotos en Rumanía provocados por las placas tectónicas de los Cárpatos son uno de los mayores miedos del inconsciente colectivo rumano, tanto que hasta el extranjero se contagia de él). De ahí que podamos sostener que sea cuando menos significativo el hecho de que el suicidio político “ruso” se vea contrarrestado por el terremoto sobrenatural “rumano”, esto es, he aquí el sentido de mi lectura, como si el nihilismo comunista contra natura fuera contrarrestado por el azar de la esencia numinosa de la naturaleza y por extensión del genio humano.

Anónimo dijo...

Para cerrar esta reflexión, me gustaría comentar un breve apunte sobre la estructura de “El Mendébil”, cuyo marco narrativo es reflejo de los cenáculos bucarestinos que tenían lugar, y siguen teniendo lugar o eso creo, entre profesores de universidad, escritores y estudiantes. El autor lee el relato ante la audiencia del cenáculo (a la manera de un orador no romano sino rumano). Una forma de nostalgia de los encuentros literarios a los que asistió el propio autor en sus inicios y que formaliza estructuralmente creando un singular marco narrativo que convierte este relato en una pieza singular y muy característica de la idiosincrasia literaria rumana.

En este cuento también se conceptualiza por primera vez la idea de animus/anima jungiana en el descenso (nuevamente) al subsuelo de Bucarest donde se produce el encuentro de esa imagen inconsciente, abyecta y fuente de tabú larvario de lo masculino y lo femenino tan presente en el universo del autor. En este relato adelanta Cartarescu buena parte de la poética y los motivos que se encuentran en la primera parte de Cegador, su mejor obra sin duda alguna, si bien excesiva en algunos momentos por el extremado detallismo de los ambientes, pero que contiene algunas de las mejores escenas y pasajes de todo la literatura de fin de siglo, así como ese excelente símbolo de toda la literatura de Cartarescu que es la mariposa.

Un placer, como siempre Vicente Luis, y perdón por la extensión. Espero que los colegas rumanos no me corrijan demasiado, pues al fin y al cabo es la visión de un extranjero de la intrahistoria bucarestina que ellos, como Cartarescu, vivieron en primera persona.

Mendébil.

Dionisio Porta dijo...

Tuve "¿Por qué nos gustan las mujeres?" y "Levante" entre las manos y veo que me falló la intuición porque elegí el primero, que me está gustando relativamente. Efectivamente hay momentos de buena prosa pero también una cierta ingenuidad en la voz (como bien apuntabas).
Muy buena la teoría express de Gonzalo Torné.
¡Salud!

Dionisio Porta dijo...

Tuve "¿Por qué nos gustan las mujeres?" y "Levante" entre las manos y veo que me falló la intuición porque elegí el primero, que me está gustando relativamente. Efectivamente hay momentos de buena prosa pero también una cierta ingenuidad en la voz (como bien apuntabas).
Muy buena la teoría express de Gonzalo Torné.
¡Salud!

Vicente Luis Mora dijo...

Querido Dionisio, la plataforma Bitacoras.com es un desastre -por eso me vine a Blogger- y el contenido de todos los blogs que tenía allí es ahora inaccesible. No obstante, lo veo ahora como una oportunidad y no como un problema. Ya explicaré por qué. Gracias por preguntar.

Vicente Luis Mora dijo...

Muchísimas gracias, "Mendébil" por tu abrumador comentario. Es un lujo. Aclaro a los lectores que "Travesti" es el título original del libro publicado aquí en España como "Lulu".

Te agradezco especialmente los comentarios referentes a esa realidad sociocultural rumana que, como bien dices, es difícil de aprehender desde la distancia. Me alegra que hayamos coincidido en la lectura junguiana -es tan claro su uso consciente por Cartarescu que entiendo, como tú, que cualquier crítica que la obvia pierde una de las dimensiones más importantes de la interpretación-, y me aclaras mucho con esas alusiones a los cenáculos literarios y a las dimensiones históricas -lo del terremoto en "El ruletista" cobra ahora otra dimensión mucho más interesante, por ejemplo-. Muchísimas gracias por todo.

Anónimo dijo...

A ti, Vicente Luis. Es un placer poder comentar estas cosas todavía en los blogs. Se ha convertido en una forma de resistencia a la sentencia neomoralista y jocosa de Twitter. Habría que hacer un día una comparación entre los moralistas franceses del XVII-XVIII y sus máximas y Twitter actualmente (los paralelismo son escandalosos). Fruto tal ves del retorno a un contexto social donde vuelve a primar el ingenio vivaz frente a la profundidad erudita. Ambas cumplen su función, por supuesto. Pero me parece que tiene mucho más mérito una entrada como esta, y creo que así ha de reconocerse, que los delirios peregrinos y jocosos de Twitter.

Un abrazo,
Mend.

Doctor Salvador Casado dijo...

Te agradezco Vicente tu criterio y buen hacer. El primero es inequívoco al leer este texto y no es fácil. Se nos suele notar la erudición muy fácilmente cuando desbarra hacia pedantería. Fatiga mucho ofrecerla con rigor, de ahí el enorme valor que tiene el criterio y lo que cuesta alambicarlo. Lo segundo es evidente, te tomas tu tiempo para hablar (escribir) y eso, hoy en día, es un lujo de pocos.

Por último te doy las gracias por regalarme a este autor que me estoy bebiendo a borbotones y considero (ya) esencial en mi vida.

Me toca ahora destilar a mí, a ver cómo se lo cuento a mis pacientes a los que de tarde en tarde receto poesía y prosas escogidas.

http://www.doctorcasado.es/search/label/literatura

Un fuerte abrazo y seguimos hablando ;D

Vicente Luis Mora dijo...

Hola, Salvador, te agradezco tu "diagnóstico" y espero que mi fármaco se convierta en panacea. Saludos y gracias por venir.