domingo, 29 de mayo de 2016

Afro





Guillermo López Gallego, Afro; Pre-Textos, 2016.

Hace algunos días escribió Alberto Santamaría en Facebook que “posiblemente Guillermo López Gallego haya escrito uno de los mejores libros de poesía en castellano de los últimos años”, refiriéndose a Afro, la última entrega de ese poeta reservado e inteligente que firmó hace ocho años El faro (2008). La primera vez que leí Afro, hace casi un mes, no pude evitar relacionarlo con La tierra baldía de T. S. Eliot; no sólo por la mención explícita (p. 16, en adelante cito las páginas sólo por su número entre paréntesis), o la referencia al “correlato objetivo” (30), sino por el diálogo estructural entre un poema extenso y un largo añadido de “Notas” finales, a medias explicativas y creativas, que recuerdan a las que Eliot añadiera a una de sus obras cumbres. También hay otros detalles (la parataxis, la mirada en movimiento, etcétera) que pueden recordar a The Waste Land, pero el complejo de referencias estéticas explicitado por el autor, de la poesía hispanoamericana a la francesa (de la que es traductor), pasando por cierta mirada zen (13, 22), así como al recuerdo de voces como Claudio Rodríguez o Wallace Stevens, nos anima a ver Afro como un poema-río en el que distintas tradiciones se aúnan para volcar la mirada sobre un país extraño (Liberia), en la forma poemática que más libertad le procura al autor.

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Decir que Afro es un libro en el que la mirada es fundamental sería una obviedad, porque todos los libros de poemas lo son; diríamos, para precisar, que es -en parte- un poemario sobre la mirada, un análisis del modo en que se observa como extraneus. El ejercicio descriptivo, notable en muchos momentos, se construye gracias a la panoplia de lecturas con las que López Gallego mira. Ambas capas de sentido han sido bien desentrañadas y unidas por José Ángel Cilleruelo en su lectura del libro:
“Ninguno de estos dos elementos, ni su perfecta simbiosis, da existencia al poema. El poema no es la observación de un espacio, sea propio o ajeno, aunque la contenga; ni es tampoco la refundición de un magma de lecturas, aunque las necesite para no naufragar. El poema es la asunción lírica de ambos componentes de la experiencia; su transformación en la esencia misma del sujeto: «Me disuelvo lentamente / En lo que antes me rodeaba / Y ahora soy yo». Y este es el significado de Afro, el espacio-otro emerge dentro como una auténtica otredad: «No diferencia realidad de presente»”[1].

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Sí, Afro parece ser un ejercicio claro de disolución del yo; amén de lo citado por Cilleruelo, podemos rescatar otro ejemplo: “abandonar el disfraz de yo en esta playa” (21), que es una cita de Transtömer, pero una pregunta no deja de asaltarnos: ¿puede uno diluir su yo si no diluye las lecturas, la mirada cultural a través de la que dice disolverse? ¿No debería quien se disuelve en una playa quedar diluido también en un lenguaje de arena? Pero entonces se cuela Borges de rondón y nos damos cuenta de que no es tan fácil, de que es más fácil metamorfosearse que desaparecer.

El poema comienza con la traducción de un letrero adherido a un coche y termina con este verso: “Dice una voz” (32); quizá la disolución es cultural, e implica disolverse en otras voces.

La elipsis y la notredad -volveremos a ello en El sujeto boscoso, antes de fin de año- son los ejercicios radicales de desaparición. Afro se acerca, pero la mirada originaria se resiste a desaparecer. No es un defecto, es una forma de supervivencia, porque el poeta busca mirar desde el final. Luego explicaremos esto.



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“Soy las mujeres del mercado de Monrovia (…) Soy los demonios que bailan (…) Soy los hombres ociosos que a la puerta de su casa escuchan / El rumor panteísta que viene de la selva” (Afro, 17-18). “Je suis le saint, en prière sur la terrase (…) Je suis le savant au fauteuil sombre (…) Je suis le piéton de la grand’route par les bois nains", Arthur Rimbaud, « Enfances, IV », Illuminations.
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Sobre la semántica del poema, hay que hacer notar que López Gallego no ha titulado su libro África, ni Africano, sino Afro. Esta opción es significativa, por la variedad de horizontes de entendimiento que aporta. Afro es el prefijo que se utiliza en ciencias sociales para definir a los grupos étnicos africanos, pero también designa, utilizado a solas, a sectores de inmigrantes en las sociedades occidentales, a tipos de música e incluso a estilos de peinado relacionados con los movimientos activistas afroamericanos en los Estados Unidos, donde nace la palabra “afro” en los años 50. Como no es posible situarse en la mente del autor, como lectores entendemos que el propósito de la elección no es tanto político como polisémico, en el sentido de no quedar restringido a ninguna de las acepciones anteriores, y no cerrarse a la concreción geográfica que África, por ejemplo, hubiera traído consigo. En cierto sentido, Afro viene a significar lo africano visto desde fuera, y eso nos abre otra perspectiva de análisis, la colonial.

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Un elemento a destacar del libro es que López Gallego no intenta en absoluto lo que llamaríamos el “postureo del desclasamiento”, expresión algo desafortunada pero que intenta explicar la no menos desafortunada pose de quien visita un país desfavorecido y quiere tener una mirada anticolonial sin aceptar de dónde y cómo ha venido, o intenta ser por un rato más paria que los parias y “ponerse en su piel”, sabedor de que unos días después le aguarda el confort primermundista de su casa. Se producen en esos casos, frecuentes en descripciones turísticas de la India, dos errores: una mirada postcolonizadora ignorante de serlo, y el desclasamiento pasajero que produce una falsedad inmediata y reconocible, ya que ese tipo de tránsfugas, según Claude Grignon, “hagan lo que hagan, continúan descifrando la cultura popular por medio del ‘código’ de su cultura de origen (…) y terminan siempre por retornar a su clase de origen (aunque sólo sea bajo la forma de un libro)”[2]. López Gallego actúa con honestidad y no cae ni en el primer falseamiento de la experiencia ni en el segundo, limitándose a construir un relato desde su mirada personal y sus elaborados códigos trilingües, sabedor que los rudimentos culturales que maneja no van a encontrar un espejo en la mirada otra en la que se contempla. Pero al hacerlo con autoconciencia y limpieza, sin poses afectadas, nos ofrece un trabajo honesto en el que el extrañamiento es parte consustancial de la vivencia. El autor, consciente de su situación privilegiada en el país donde vive, consigue algo más difícil de hacer lo que a primera vista parece: una mirada que no es ni elitista ni antielitista.

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Otro aspecto de interés: la pulcritud de la observación permite reflejar todo el horror de las guerras civiles en Liberia (1989-1996 y 1999-2003) aludiéndolas a través de sus rastros en la vida y el espacio cotidianos. El dolor ni se oculta ni se muestra aparatosamente, más bien se le deja espacio para que aparezca. Al aspectoso ruinoso que la humedad confiere a los edificios incluso recién construidos -lo que el autor describe como “gótico africano” (12)- se unen las ruinas bélicas, así como las huellas de proyectiles o balas en los hogares con que los liberianos conviven con normalidad. Esos agujeros y oquedades en los muros son diafragmas ópticos de doble vuelta, por los que los habitantes miran la vida y López Gallego los observa a ellos.

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Un sano sentido del humor aparece cuando López Gallego explora su modo de mirar y de reconstruir la experiencia. Tras describir a un dependiente tuerto en el poema (16), el autor aclara en las notas que “en realidad no era tuerto, pero las epopeyas, por modestas que sean, necesitan cíclopes” (40). O también: “No pis na ya: prohibición de orinar, en lengua krio, la lengua franca de Sierra Leona, escrita en un letrero bajo junto al Mamba Point de Freetown (…) De noche, iluminados por la luz verdosa de una gasolinera cercana, el letrero y el rótulo tienen algo de trascendente” (41-42).

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“Cuándo es fin y cuándo es final?” (18). El poemario comienza con una cita sobre el final, una cita desviada de Mark Strand, que convierte el original (“Not to despair; if the end is come, it too will pass”) en “Si el final ha llegado, también pasará”, cuando alguna traducción prefiere “y que si llega el fin, pasará eso también”. Del mismo modo que el autor toma la realidad para alterarla, utiliza la tradición para cambiarla y ajustarla a sus fines expresivos.

En todo caso, parece que López Gallego participa del deseo del personaje de Beckett: “acabar es de desear, acabar sería maravilloso, quien quiera que yo sea, donde quiera que yo esté”[3]. La experiencia vivida no termina con el final de su anécdota, ni con su recuerdo, sino con su puesta por escrito o, más bien, con su publicación en libro. No es sólo un principio mallarmeano, que también, sino un modo eliotiano de entender la destilación de la experiencia, que sólo acaba cuando se le restituye el sentido (Four Quartets). "Ce ne peut être que la fin du monde, en avançant", Rimbaud, "Enfance".

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La importancia del libro de López Gallego no está sólo en lo que ofrece, también descansa en las preguntas que nos hace y, sobre todo, en las preguntas que se formula a sí mismo.



[Relación con el autor: escasa pero cordial. Relación con la editorial: es el sello donde publico mis libros de poemas]



[1] J. Á. Cilleruelo, “Afro, de Guillermo López Gallego (desplegable)”, El visir de Abisinia, 14/05/2016, accesible en http://elvisirdeabisinia.blogspot.com.es/2016/05/afro-de-guillermo-lopez-gallego.html.
[2] C. Grignon en Jean-Claude Passeron y Claude Grignon, Lo culto y lo popular. Miserabilismo y populismo en sociología y en literatura; Las Ediciones de la Piqueta, Madrid, 1992, p. 102.
[3] Samuel Beckett, El Innombrable (1953); Alianza Editorial, Madrid, 1971, p. 51; traducción de Rafael Santos Torroella.