domingo, 22 de mayo de 2016

Diario de lecturas





Me ha gustado tanto la novela de Rubén Martínez Giráldez, Magistral (Jekyll & Jill Editores, Zaragoza, 2016) que prefiero esperar para decir algo al respecto, de cuando en cuando regurgito la lectura y retoco las notas que armé para un pequeño ensayo. Me han gustado los aforismos de Ana Pérez Cañamares en Ley de conservación del momento y los de Luis Arturo Guichard en El silencio escribe con tijeras, ambos publicados en La isla de Siltolá (Sevilla, 2016). Lamento decir que de la misma editorial me dejó algo frío el poemario de Sonia Román, Pan con pan (2016), pero me compensaron algunos fragmentos y la idea compositiva de Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas, de Álex Chico (La Isla de Siltolá, 2016). 

Me ha interesado mucho el Viaje a la nada de la poeta Elsa López (Hiperión, 2016), una ácida reflexión sobre la nada y el vacío existencial disfrazada crónica poética de un viaje por los países nórdicos limítrofes con el polo norte. La nieve, la blancura y los paisajes desérticos y helados le sirven a la autora como motivos para sacar sus propios demonios y canalizarlos a través de dos tipos de formas: unos poemas breves o brevísimos en verso libre, por un lado; unos pequeños poemas en prosa, que aparecen en cursiva, complementando la visión afilada y cortante de los primeros. Destaco algún poema donde Elsa López demuestra su capacidad para la (re)creación de imágenes:

Hay un baile en la pista de hielo
cuando se cruzan los aviones por el aire.
Hay una danza parecida a otras danzas
Cuando el timón de dirección se mueve en el encuentro
como si fueran tiburones en un deslizamiento macabro.
Sobre la pista sus aletas van y vienen,
se entrecruzan y deslizan
como si el mar fuera una imagen errónea
de una verdad suprema, incuestionable.

Y, hablando de la editorial Hiperión, estoy disfrutando mucho de la edición que han preparado de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (2016) de Cervantes, que voy degustando a pequeños sorbos. Y me ha gustado Iconocracia (Artium / CAAM / Turner, 2016), de Iván de la Nuez, aunque sobre este ensayo-catálogo hablaremos otro día. Y me ha gustado que la indispensable editorial Candaya le haya dado una oportunidad a La edad media (2016), de Leonardo Cano, primera novela de un autor que nace bastante hecho, casi maduro, diríamos, dotado de una voz propia capaz de desdoblarse con acierto en otras voces (un relato en tercera persona, otro construido con diálogos de chat y un tercero verbalizado a través de un acertado “nosotros-choni”) y con franca habilidad para manejar y cruzar distintos tonos y temas. La estructura triádica de la novela es un acierto como planteamiento, aunque al extenderse durante toda la novela se vuelve demasiado rígida -quizá se podría haber quebrado de algún modo en la parte final, para aliviar la sensación de turnos inquebrantables-. 
El título de la obra de Cano hace referencia a la edad desde la que los personajes contemplan la vida y también parte de su pasado, sin complacencia ni demasiada ilusión, en medio de una ciénaga de microcorrupciones y de sálvese quien pueda que recuerda mucho a la cotidianidad que nos ofrece la prensa diaria, colmada de titulares irritantes. Los ambientes descritos por el preciso bisturí sociológico de Leonardo Cano son tan asfixiantes como las relaciones personales de los personajes que los habitan, y la inclemencia no está tanto en la mirada del narrador, que también, sino en el comportamiento casi atávico de los exitosos perdedores que retrata. Hay un detalle textovisual al término de la novela (la composición de un mensaje amoroso en forma de listado de canciones reales de Spotify), que muestra el sano impulso de Cano de perseguir cualquier vía que pueda introducir capas de sentido al discurso. Como reparo, reprocharíamos a la novela que los personajes se estancan a veces durante decenas de páginas en las mismas actitudes y haceres, y cabría esperar otras formas más eficaces para describir el estancamiento que la calma chicha de la acción novelesca. Pero creo que es un demérito comprensible en un debut, y hay que insistir más en los variados dones que contiene La edad media que en sus escasos aspectos mejorables. Llamativa opera prima la de Cano, a quien seguiremos con expectación el rastro.

Por último, me parece excelente Conjunto vacío (Almadía, México D.F., 2015), la novela de la mexicana Verónica Gerber Bicecci, un brillante ejercicio textovisual de tintes conceptuales donde la unión de texto e imagen cobra todo el sentido y realza con ambas expresividades el discurso. Luego volveremos al tema de la imagen, pero nos interesa ahora centrarnos en la complejidad de esta novela aparentemente sencilla. En su página 201 se utiliza la imagen de dos “espejos encontrados” para aludir sagazmente a dos hogares familiares que reflejan su mutuo vacío. Cuando en La literatura egódica explorábamos la poderosa imagen de los espejos enfrentados, que puede rastrearse en autores tan diferentes como Amiel, Bellatin, Gabriel Celaya o el artista Pistoletto, escribíamos: “las ideas de fraude y falta de correlación exacta con lo real están casi siempre detrás del imaginario inconsciente del espejo, de modo que su utilización en estos textos no deja de ser una forma de juegos de duelo, por emplear el título de José Manuel Cuesta Abad, que acreditan el fallecimiento de un modo realista y plano de percibir la realidad”[1]. La imagen de los juegos de duelo es especialmente apropiada para describir un libro como Conjunto vacío, donde lo lúdico no es más que el presagio del dolor, narrado como un juego donde pierden todos.

Gerber ha diseñado un cuidadoso puzle urdido mediante la técnica de los agujeros narrativos de gusano, un mecanismo tomado de la física especulativa que, desde su planteamiento teórico por Hugh Everet III, está poblando las ficciones literarias y audiovisuales de finales del XX y principios del XXI, de Fringe a Interestellar, de Borges a Juan Trejo, Mario Cuenca o Colectivo Juan de Madre, como hemos visto en otras entradas de este blog. Además, en Conjunto vacío el concepto de Tiempo y su circularidad no sólo marcan estructuralmente la novela, sino también le imprimen su huella semántica, pues Gerber deja claro que el pasado está presente, de forma más o menos visible, en los acontecimientos que suceden a los personajes de la novela (“el pasado […] se queda ahí flotando en algún lugar y no deja de reconfigurarse”, p. 167). Al tejido de estas sutiles injerencias de unos tiempos y unos caracteres en otros ayuda de forma sabia y sibilina la retórica visual de la novela, sobre la que ahondamos un poco.

El personaje en primera persona que cuenta la historia, llamado Verónica, como la autora, confiesa en cierto momento lo siguiente: “Yo(y), en cambio, quería ser artista visual pero casi todo lo pensaba en palabras” (p. 35), explicitando la condición anfibia de la propia Gerber, que lejos de ser una debilidad o una carencia es una fortaleza para contar esta historia de demonios familiares y carencias afectivas. Hay momentos muy originales, como las páginas 114 a 120, en que Alonso y Verónica sostienen una charla mientras recorren una muestra de arte en un museo, y los diálogos se interrumpen ante las imágenes contempladas -que es lo que suele pasar cuando uno va acompañado a ver una exposición y la calidad de las obras enmudece a quienes las admiran-:







A lo que hay que añadir que, además, esas ilustraciones recrean obras de pintores conocidos, en una inteligente relectura de la tradición plástica. En Conjunto vacío, como en las buenas novelas textovisuales que examinábamos en El lectoespectador (2012), la imagen no es una mirada añadida al texto, sino el resultado de una mirada nueva sobre la realidad, que se hace con dos instrumentos de observación y no con uno adulterado (no es la mirada de un artista plástico, ni la de un escritor, sino la de la suma de ambos). Del mismo modo, el uso de la imagen por Gerber no responde a una carencia de lenguaje, como algunos suelen interesadamente sugerir, sino a la presencia de dos lenguajes que multiplican sus significados a través del cruce de significantes: Gerber es artista y escritora y no tiene por qué elegir entre ambas posibilidades para expresarse, en pos de la proliferación de sentidos. La prueba es que también el lenguaje escrito se somete a juegos -asimismo juegos de duelo, porque representan otras tantas incomprensiones o ilegibilidades-, que recuerdan a The Night (2016), la novela del venezolano Rodrigo Blanco Calderón. Es decir: todos los lenguajes en juego están analizados, sometidos a crítica, llevados al límite de sus posibilidades, lo cual es lógico en una novela obsesionada con la idea de fin -véase el agujero de gusano entre las páginas 198 y 14 y el bello diagrama de la página 211-. Basta pensar que hasta la reversibilidad del tiempo en el que vive la protagonista está reflejada textovisualmente en el nombre con el que siempre se refiere a sí misma: “Yo(y)”, un palíndromo que sitúa una identidad vacía -el centro de la“o”, parejo al nietzscheano anillo de Clarisse[1]- en el núcleo de una indeterminación, “Y”, que llega a la vez desde el pasado y el futuro.

La habilidad de Gerber para crear efectos de este tipo no debe hacernos pensar que estamos ante una novela efectista, que busque el asombro del lectoespectador; en absoluto, es una obra que sólo desea presentar a su interlocutor un mundo o conjunto de mundos en cuyos vericuetos espacio-temporales puede perderse con la sensación de estar caminando por un laberinto de muros hechos de inteligencia. Conjunto vacío, resultado de la reflexión de que las relaciones afectivas son una suma de vacíos conjuntos, puede parecer para un lector superficial un artefacto ligero; pero leído en su aguda complejidad, como es recomendable, resulta tan terrible como un niño que arranca por simple curiosidad las patas a una hormiga.



[Relación del crítico con Hiperión, Candaya y Almadía: ninguna. Relación con Elsa López, Leonardo Cano y Verónica Gerber: ninguna]


[1] Véase el fantástico ensayo sobre la disolución del yo en la narrativa en alemán del siglo XX de Claudio Magris, El anillo de Clarisse; Península, 1993.





[1] V. L. Mora, La literatura egódica; Universidad de Valladolid, 2013, p. 61.