domingo, 17 de julio de 2016

Los móviles y el regreso de la muerte






El pasado jueves se difundió en Facebook uno de los vídeos más escalofriantes que jamás he visto. La grabación, realizada por la estadounidense Diamond Reynolds, comienza justo después de que su novio, Philando Castile, reciba cuatro disparos dentro del coche en el que viajan ambos junto a su hija de cuatro años, sentada en el asiento trasero. Los tres son afroamericanos. Minutos antes, un policía les conmina a detenerse por una luz trasera rota; en la conversación posterior, se produce una confusión entre el agente y Castile, que va en el asiento del copiloto; el chico va a sacar algo del bolsillo, parece que la documentación, y el policía le descerraja cuatro tiros a bocajarro. Ella saca el teléfono y comienza a grabar y emitir en directo por Facebook, mientras él agoniza, y con bastante frialdad relata su visión de los hechos. A los millones de personas que hemos visto el vídeo completo nos deja helados ver al chico muriendo, pero creo que no podremos olvidar jamás la calma con la que ella ofrece a la cámara su punto de vista, documentando la muerte, convertida, súbitamente, en una especie de periodista que ofrece su primera exclusiva. Al parecer, según un psicólogo de Harvard, esa calma de Reynolds se debe a que el cerebro se disocia en situaciones tan traumáticas, eliminando la emotividad en aras de la supervivencia. Gracias a las cámaras de los móviles, ahora también tenemos un documento grabado que testimonia en directo esa disociación. Las cámaras nos permiten asistir en vivo a todas las formas del horror, tanto externo como íntimo. En este caso, al tratarse de una cámara subjetiva, la grabación nos introduce de lleno en la vorágine porque la voz de Reynolds nos apela directamente, nos habla a cada uno de nosotros. Al terminar el vídeo, que dura más de diez minutos, oímos finalmente romperse a la mujer en un grito desgarrador, consciente ya por completo de lo que acaba de pasar, y su hija, para entonces huérfana de padre, le dice: “tranquila, mamá, estoy aquí contigo”.

Las tecnologías audiovisuales están cambiando una rutina algo ficticia que habíamos construido durante siglos. Mientras que en la Edad Media y el Renacimiento la muerte era parte consustancial de la experiencia humana, y la España del Barroco, según recordaba George Steiner en su reciente Fragmentos, se contaba entre las culturas “saturadas de muerte”, en el siglo XVIII comenzó un rápido y profundo movimiento dirigido a ocultar la mortalidad. En su ensayo “El narrador”, Walter Benjamin apuntó que “la sociedad burguesa, mediante dispositivos higiénicos y sociales, privados y públicos, produjo un efecto secundario, probablemente su verdadero objetivo subconsciente: facilitarle a la gente la posibilidad de evitar la visión de los moribundos”. Algo similar expuso Max Scheler en su libro Muerte y supervivencia (1933), un libro paradójicamente póstumo, y en el mismo sentido se han expresado sesudos pensadores como el Steiner de las Gramáticas de la creación, Pierre Bourdieu o Edgar Morin, siendo el fenómeno asimismo evocado por Manuel Cruz -“Ni la muerte es ya lo que era (fundido en negro)”, El País, 29/09/2005-. Las causas de esta progresiva ocultación podrían ser varias: la incompatibilidad del hecho fatídico con la esperanza de progreso indefinido anclada en el inconsciente ideológico occidental, la pujanza de las prácticas sanitarias y la “mala prensa” que para la medicina suponen los tercos fallecimientos, la creciente tendencia a la satisfacción perenne e instantánea, que alcanzaría su culmen en las últimas décadas del XX y en la que seguimos instalados, y un largo etcétera. El sabio Michel Foucault apuntaba: “todo el mundo sabe (…) que ha desaparecido la gran ritualización pública de la muerte, o que en todo caso se ha eclipsado progresivamente desde finales del s. XVIII. Hasta el punto de que ahora la muerte –habiendo dejado de ser una de las clamorosas ceremonias en las que participaban los individuos, la familia, el grupo y casi la sociedad entera– ha pasado a ser algo que se oculta, se ha hecho la cosa más privada y la más vergonzosa (hasta el punto de que el sexo es menos objeto hoy de tabú que la muerte)”. Vergüenza o gusto por el progreso, ausencia ritual o rubor médico, la cuestión es que la muerte fue ella misma extinguiéndose, haciendo bueno el verso del inmenso poeta peruano César Vallejo: “pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”. La muerte se confinó a los velatorios, se sacó de las casas a los hospitales; se movió después, significativamente, a las afueras de las ciudades, a grandes tanatorios situados todo lo lejos que la urbe pudiera permitirse. Se limitó su aparición en los medios y en las ficciones audiovisuales, siempre dulcificada y carente de largas agonías; la muerte era aquello que debía suceder después de las caídas en los tiroteos, pero cuyo dramatismo sanguinolento era cuidadosamente borrado, elidido por su crudeza y por su incompatibilidad con cualquier final feliz. La muerte dejó de considerarse “el carácter constante de la vida” (Schopenhauer), y se fue diluyendo en una existencia que desaparecía sin dejar huella en la casa propia, como si allí hubiera vivido un fantasma.

Y en cierta forma lo había, y esa operación de borrado había convertido a buena parte del mundo en la Comala de Juan Rulfo, pues se sabía que había muertos, pero nadie los había visto. Al perderle el respeto a la muerte, como explicaba Carlos Barral en sus Observaciones a la mina de plomo, se le acaba perdiendo el respeto a los muertos: “los supuestos avances de las técnicas sanitarias (...) y sus prácticas ajenas a la reflexión filosófica (…) han exagerado la alienación de la muerte propia y la indiferencia por la muerte de otros”. Si yo no lo veo a él, él no puede verme a mí, dicen los niños que juegan al escondite.

Sin embargo, todo esto ha cambiado. Y lo ha hecho radicalmente. La culpa no la ha tenido, por una vez, la televisión; tampoco la red, a la que culpamos de varios males que aquejan a la sociedad, aunque no renunciamos a usarla. Diría que el agente de cambio han sido las cámaras de vigilancia y, sobre todo, las cámaras de los teléfonos móviles, que son cámaras de vigilancia portátiles, a través de las cuales mantenemos un férreo control panóptico de nosotros mismos y de los demás. A raíz de estas recientes muertes de afroamericanos por disparos de la policía, ha comenzado a circular un meme: “la violencia no es nueva, lo que es nuevo son las cámaras”, con el que se quiere denunciar que las víctimas siempre estuvieron ahí, pero no había alguien con una cámara que pasara por las inmediaciones del disparo mientras se detenía al sospechoso. El ciudadano, gracias a su teléfono móvil, se convierte en el improvisado periodista que graba la escena y la sube a las redes sociales, de donde la toman los medios periodísticos, para redifundirla a su vez en sus perfiles virtuales y retroalimentar el circuito icónico. De esta forma, los telediarios y periódicos ya no están llenos de muertos, como antes, sino colmados de muerte, del hecho mismo del fallecimiento brutal y lleno de sangre, que antes era sistemáticamente hurtado de las pantallas. Del recuento de víctimas se pasa a la contemplación -a veces incluso en directo, como en algunos actos terroristas recientes en Francia y Estados Unidos-, del modo en que una persona se convierte en número, en que pasa de cuerpo a cadáver sin que cruce por el antiguo estado de fantasma. Los móviles han traído la muerte de regreso a nuestra vida, a nuestro presente inmediato, como forma de documentación de los gestos del poder. La sociedad ha pasado de necrófuga a necrófila, y todos llevamos en nuestros bolsillos una herramienta de grabación que registra para siempre el rostro de la muerte, de la misma forma en que Egon Schiele hiciese un retrato del Gustav Klimt recién fallecido. Pero estas grabaciones, como la brutal realizada por Reynolds, son también una forma de luchar contra el posible abuso, retratándolo en directo, obligando a la policía desde ahora a pensar que sus actos pueden ser emitidos en directo, lo que les llevará, suponemos y deseamos, a cumplir a rajatabla y a conciencia su función de defensa de los derechos civiles.

6 comentarios:

arati dijo...

Grandísimo post, felicidades. He disfrutado mucho con tus planteamientos. En este mundo de gran hermano que nos han traído los móviles, la violencia está aún más presente de lo que ya se hizo en el siglo pasado con el periodismo. Aunque como creo recordar que apuntaba Susan Sontag, nuestra capacidad de asumir las imágenes de la violencia tiene un límite y cuando son tantas nos anestesiamos, por pura reacción natural de supervivencia, nos saturamos, no podemos asimilarlas.
Eso nos deja a un paso de la banalización.

Sobre el tema de la muerte y sus representaciones te recomiendo el artículo de Nelly Schnaith: La muerte sin escena http://www.debatefeminista.pueg.unam.mx/wp-content/uploads/2016/03/articulos/021_01.pdf que aunque ya tiene unos años sigue siendo interesantísimo.

Saludos

Vicente Luis Mora dijo...

Muchas gracias por el comentario y por la aportación. Es un tema que de cuando en cuando recobra vigencia.

Un cordial saludo

Nuno dijo...

Interesante

casilda garcía archilla dijo...

Sí, magnífico artículo, esperanzador, además.

Ilkhi Carranza dijo...

Vivimos el dilema del Double Bind, por un lado, la ansiedad tanatofóbica tan extendida en nuestras sociedades que data, como bien dices, del siglo XVIII y fue acrecentada en el siglo XX, y por otro lado, la recreación de la muerte gracias a instrumentos como las cámaras móviles de última generación que miles de millones de ciudadanos llevan en sus bolsillos para captar la realidad que se desvanece como la muerte.

En este mundo donde parece que sólo está vivo quien produce y consume, la muerte sólo interesa si produce dividendos, la economía se ha convertido en la teología del siglo XXI. La negación de la muerte persiste (aunque se filme con una cámara subjetiva) tanto es así que esta negación deviene en indiferencia y frialdad hacia la vida. El terrorismo, el genocidio y el suicidio al transmitirlos por las redes sociales son vistos como si fueran montajes audiovisuales truculentos en los que matar y morir estuvieran supeditados a la capacidad tecnológica para llevarlo a cabo, grabarlo y emitirlo en tiempo real.

Saludos

Vicente Luis Mora dijo...

Gracias por las aportaciones, y un cordial saludo.