sábado, 25 de febrero de 2023

Escritura creativa e imaginación literaria


Este libro académico, compilado por Carlos Peinado Elliot y por mí, plantea un acercamiento teórico a la escritura creativa, completado por visiones prácticas de escritores -como Sara Mesa, María Alcantarilla o Fernando Iwasaki- y de escritores que además son investigadores, como Antonio Orejudo, Lila Zemborain, Juan Arnau, Javier García Rodríguez, Manuel Angel Vázquez Medel, José Manuel Mora-Fandos, Mario Aznar, el propio Carlos Peinado o quien esto escribe. En la segunda foto aparecen todos los colaboradores. Es uno de los primeros libros publicados en España desde este enfoque teórico, y esperamos que sea de vuestro interés, especialmente de investigadores, personas que dirijan talleres o que quieran ahondar en estas cuestiones por su cuenta.
 
El libro puede comprarse en versión digital en versión completa o en capítulos sueltos, por si solo os interesan algunos en concreto: https://www.dykinson.com/libros/escritura-creativa-e-imaginacion-literaria/9788411228466/

 

 

 

 

sábado, 18 de febrero de 2023

Interrupciones y enlaces

 


Heather Christle, Heliopausa. Trad. Ezequiel Zeidenwerg. Barcelona: Kriller71, 2022.

Michel Blanchot dice en su ensayo La conversación infinita (Madrid: Arena libros, trad. Isidoro Herrera, 2008, p. 94) que cuando sostenemos una conversación con alguien “la interrupción permite el intercambio. Interrumpirse para escucharse, escucharse para hablar”. Es decir, para que exista un diálogo, lo esencial es que ese diálogo se detenga, se corte, se interrumpa. A juicio del pensador francés, esa es la clave de la comunicación lógica; de hecho, añade con sorna, “a quien habla sin parar terminan por encerrarle” (p. 93). Por ejemplo, pensemos en los tres monólogos desquiciados e ininterrumpidos de la trilogía de Samuel Beckett (Molloy, Malone Dies, The Unnamable). En otras palabras: mantener el sentido, o cierto sentido, requiere de la interrupción del discurso.


Leyendo este interesantísimo libro de poemas de Heather Christle, traducido por Ezequiel Zeidenwerg con su eficacia habitual, he vislumbrado una poética de la interrupción, un discurso cortado de continuo por la polifonía de otras voces o de otras ideas, que interfieren en el poema como un injerto natural para producir tipos diferentes de frutos dentro del mismo arbusto. Si nos fijamos, el término astronómico del título, Heliopausa, ya nos está indicando que la pausa es parte del concepto, que la ruptura es consustancial al tejido del texto, y que su papel interruptor es, según Blanchot, “portador del enigma mismo del lenguaje: causa entre las frases, pausa de un interlocutor a otro y pausa alerta, la de la escucha que duplica el poder de la locución” (p. 93). La poeta Ángela Segovia, en su excelente prólogo a este libro, lo explica con inteligencia: Los poemas de Christle persiguen una pausa “donde el sentido todavía prende, y el significado ya no importa” (p. 11).

Esa poética discontinua preside el libro, aunque es especialmente intensa en poemas como “Loop de la desintegración 1.1”, “Poema sobre la naturaleza” o “Cuánto dura la heliopausa”, uno de los poemas más brillantes que he leído en los últimos tiempos. Otras veces, la poética de la interrupción sacude algunos textos concretos. Así, “Vernon Street” tiene una cadencia que es súbitamente interrumpida por una fulguración: “la próxima vida / pienso vivirla en orden alfabético” (p. 47). Y luego el poema sigue por otros derroteros, como si tal cosa. La parte final, que agrupa una serie lírico-epistolar de poemas a alguien llamado Seth, que también alteran la lógica secuencial de la correspondencia para convertirse en formas metanoicas donde cabe cualquier tipo de mensaje. También en poesía “tomar la palabra [...] significa interrumpir la secuencia que organiza y controla la producción y límites de los discursos”, escribía Noelia Pena (El agua que falta; Caballo de Troya, Madrid, 2014, p. 14), y la poesía de Christle es un excelente modelo de toma de palabra y de postura, que pulsa la piel de nuestra contemporaneidad en búsqueda de las zonas más sensibles. Heliopausa es ese mensaje extraterrestre entrecortado que no sabíamos que estábamos esperando.

 

Roald Hoffmann, Los hombres y las moléculas. Selección y trad. Luisa Pastor. Alicante: Auralaria Ediciones, 2022.


En el prólogo a su excelente antología Catalista (Huerga y Fierro, 2002, trad. Carlos Quiroga), donde descubrí su singularísima voz, el poeta y… premio Nobel de química de 1981 Roald Hoffmann apuntaba: “El idioma de la ciencia es un idioma bajo tensión. Se crean las palabras para describir cosas que parecen indescriptibles en palabras (ecuaciones, estructuras químicas, etc.). Las palabras no logran, no pueden representar todo lo que ellas significan. Aun así, las palabras son todo lo que tenemos. Incluso bajo tensión, siendo un idioma natural, el idioma de la ciencia es inherentemente poético. […] Hay metáforas en abundancia en ese mundo de la ciencia” (p. 13). Estamos ante uno de los pocos ejemplos de una figura con impacto real en una rama científica del conocimiento capaz también de ofrecer frutos artísticos o humanísticos de relieve. Como se explica en los paratextos de Los hombres y las moléculas, antología preparada y traducida por Luisa Pastor, Hoffmann ha sido muy influyente en la explicación de cómo se producen algunos compuestos químicos, y también, podríamos añadir, ha modelizado la forma de componer poemas con un pie en la ciencia y otro en la lírica. Auralaria Ediciones, que da sus primeros pasos, ha tenido el acierto de publicar esta antología, con una selección diferente a la de Catalista y complementaria con ella. Luisa Pastor ha incluido, con buen criterio, una dirección que apenas aparecía en el otro florilegio: la de la poesía más confesional de Hoffmann, ligada a sus terribles experiencias de sobreviviente de la persecución nazi, de la que se libró de milagro, escondido en una buhardilla. Y lo curioso es que estos poemas dolorosos y crudos se entremezclan y alternan con las piezas de órbita estético-científica, al principio con cierta sorpresa lectora, pero luego con una naturalidad comprensible: la mente de la que surgen ambos discursos es la misma; hay una sola mirada, aunque sean varios los objetos sobre los que se posa.


Si Christle utiliza una poética de la interrupción, Hoffmann emplea una estética del enlace, de la covalencia y la continuidad entre ideas entendidas molecularmente. Entre la enorme riqueza del campo semántico de la química (recordemos que Samuel Taylor Coleridge asistía a las clases del químico Davy para atesorar ideas), Hoffmann sabe distinguir las metáforas idóneas para construir “La poesía de las moléculas”, título de la conversación con Stefan Klein (autor del ameno libro de divulgación científica La belleza del universo, Seix Barral, 2018) que se incluye al final de Los hombres y las moléculas, junto al discurso de Hoffmann al recibir el premio Nobel. En su poesía hay ecos de Wallace Stevens (“Birdland” parece un claro homenaje a las “Trece formas de mirar un mirlo”) y del excelente poeta A. R. Ammons, que compartía descansos con Hoffmann en Cornell University, y con quien mantuvo una amistad fructífera para ambos: Hoffmann aprendía del torrente poético de Ammons y Ammons comprendía mejor algunas perspectivas científicas que luego aplicaría en algunos textos de sus Poemas escogidos (Plurabelle, 2003). Sin embargo, la voz de Hoffmann es siempre propia, precisamente por su especial conformación mental, y cualquier huella o influencia queda destilada en el laboratorio de su capacidad de síntesis. Un libro de notable calidad, con algunos altibajos pero también con no pocos momentos deslumbrantes.

 

[Relación con autores y editoriales: ninguna]

lunes, 2 de enero de 2023

Esperanza López Parada, Eduardo Moga, Juan de Salas

 


Eduardo Moga, Hombre solo. Madrid: Huerga & Fierro. Colección Rayo Azul, 2022.

Eduardo Moga plantea cada libro como un proyecto con retórica, tono y estética propias, de modo que una poética de la variación parece regir su ya larga trayectoria lírica, acrecentada por este último título, Hombre solo, publicado por la interesante colección Rayo Azul de Huerga & Fierro. En esta nueva entrega de la obra en marcha de Moga la semántica desolada, casi nihilista, produce una crisis discursiva que pronto parece una transposición de una crisis vital. Moga emplea un arriesgado verso largo y libre, despojado y descarnado, prosaico no pocas veces, que simula deliberadamente un desahogo furibundo, vibrante en el marco de resonancia de una escritura desatada, donde la única esperanza que encontramos reside en la clara existencia de una pulsión, la de escribir. Y mientras hay pulsión, hay deseo, y mientras hay deseo hay vida y esperanza. El torrente frondoso de Hombre solo es a menudo es enunciado por un flanêur solitario y triste que deambula alucinado, intentando escapar, urbe mediante, de una soledad omnipresente en el poemario. Un punto más en una línea estética tempranamente descrita por Tomás Sánchez Santiago en un artículo de Cuadernos Hispanoamericanos de 2004: “una radicalidad que sigue invistiendo a Eduardo Moga de un alto grado de presión expresiva y de veracidad, rasgos por los que ya se reconoce su escritura. Su personal fuselaje enunciativo y su imaginería rodante en torno a una severidad existencial golpea con mandobles implacables y simultáneos la conciencia indefensa del lector”. Hombre solo entra dentro de esa línea y a la vez la sacude; es un libro singular en la trayectoria de Moga, quizá un poco lastrado por la minúscula tipografía, que dificulta la lectura pero que, al mismo tiempo —y supongo que esa ha sido la razón de tan difícil decisión editorial—, permite mantener la disposición textovisual de los poemas y su lectura sin rupturas versales.

 

Esperanza López Parada, Un tiempo de gracia. Valencia: Pre-Textos, 2022.

Este extraordinario libro de Esperanza López Parada debería ser asignatura obligatoria en cualquier taller literario, para analizar los hábiles y talentosos recursos con los que la autora convierte sutilmente un tema en un hallazgo. Tiempo de gracia confirma la coherente y singular trayectoria de esta poeta, a mi juicio una de las más brillantes de nuestro panorama, cuya discreción quizá es parte de la razón de que no sea tan conocida como merece. Otra causa puede ser que la suya no es una poesía elemental y, en consecuencia, requiere de cierta atención lectora —no es una poesía difícil, sino compleja, algo muy diferente—.

El libro se organiza sobre un año contado entre dos fechas luctuosas: un tiempo de gracia. La primera tarea sería entonces esclarecer el posible sentido de gracia en este contexto. La expresión “tiempo de gracia” tiene su propio sentido dentro de la religión católica, aunque creo que la minúscula invita a entender este término, gracia, no tanto o no solo en un sentido religioso, sino en un sentido trascendente —si bien no dentro de la inmanencia, como la Olvido García Valdés en Confía en la gracia (2020)—. Aunque hay referencias religiosas dentro del poemario de Esperanza López Parada, parecen destiladas o recontextualizadas, porque un entendimiento literal de la gracia entendida como “ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza” (María Moliner), parece bastante contradictorio con el tenor de los poemas de libro, donde son el mal, el dolor y la malaventura de la muerte los que presiden el sentido —junto a la confianza puesta en una futura reunión simbólica—. No obstante, el vocabulario religioso, bíblico y litúrgico es omnipresente en el poemario, por más que esté resignificado hacia la minúscula, rebajando sus resonancias a la vez que se busca la inserción en un espacio intemporal y de lucha entre sentido y sinsentido. También hay en Tiempo de gracia otra re-simbolización, la del mar como muerte (lo oceánico como pathos, en vez de como ethos) en el poema “Agosto”, una de las secciones más notables del libro, y también una retorsión del tiempo bajo una perspectiva de relatividad emocional, como un cronoespacio que puede ser sacudido, expandido o alterado por el trauma (lo que trae a la mente el “time is out of joint” de Shakespeare). Algunos poemas desbordan la emoción, pero es su contención y su elipsis parcial lo que los hace realmente estremecedores. López Parada explica a la perfección cómo hacer del dolor una experiencia universal, en vez de convertirlo en una exhibición pornográfica individualista, como es tan corriente en estos días. El resultado es un libro esperanzador, técnicamente impecable, emotivo, demasiado humano, filosófico y destinado a periódicas relecturas. En suma, si algún jurado del próximo premio nacional de poesía está leyendo estas líneas, le animo a que recorra detenidamente este libro.

 

Juan de Salas, Los reales sitios. Barcelona: Ultramarinos.

Lo que viene a continuación no es una reseña, sino un diálogo. Es subjetivo en extremo y por ello debe ponerse en cuarentena, aunque yo no conozca de nada a Juan de Salas.

 

Los reales sitios trabaja con un elemento que me resulta muy querido, y que he utilizado en la parte Centro de Circular 22 —por esto decía que esto que leen no es una reseña, sino un diálogo—: la descripción de las zonas y normas invisibles de la ciudad: aquellas normas urbanísticas y de planificación que, sin saltar a la vista más que para los expertos, determinan la ciudad, conforman sus posibilidades arquitectónicas y espaciales y, sobre todo, son la materialización de los poderes en una encarnadura tan indetectable a simple vista como poderosa e inamovible —o extremadamente rígida y resistente al cambio—. La habilidosa poética de Juan de Salas, que mezcla una mirada afectiva no normada, un poso teórico de historiador del arte, un compromiso político y una retórica original y arrojada, ofrece a quien lea Los reales sitios una experiencia singular de lectura de conceptos que damos por (archi)sabidos como paisaje, espacio, afueras o ciudad, resemantizándolos y haciéndolos aparecer, si no como nuevos, sí al menos tan renovados que ya asemejan otra cosa, una realidad distinta y más próxima a la nuestra. En especial, me han parecido de notable inteligencia las tres piezas que parten del género de la zarzuela para lograr la superposición estratigráfica de tiempos y espacios que revela la pertinaz raigambre de lo rancio y lo casposo en la hipermodernidad pangeica de nuestros días. Estamos ante una completa deconstrucción de lo que significa mirar en el siglo XXI y ya lo dije en El lectoespectador: lo que caracteriza la modernidad de una literatura es su forma de mirar. Juan de Salas está aquí, entre nosotros, pero ya está en otro tiempo: más adelante. No es que sea un nombre promisorio para el futuro, es que es el futuro ahora. Si no me entienden, lean Los reales sitios, y creo que coincidirán conmigo.

 

[Relación con los autores: cordial con Moga, he intercambiado correspondencia con López Parada sobre su obra, ninguna con Salas. Relación con las editoriales: he publicado varios libros en Pre-Textos; ninguna con Huerga y Ultramarinos]