miércoles, 16 de mayo de 2007

Firma digital invitada: Ángel Zapata


[El relatista y ensayista Ángel Zapata, autor del recomendable La vida ausente (Páginas de Espuma, 2006) me envía este texto, que no puedo más que suscribir, lógicamente]


Ideas sobre la literatura
Ángel Zapata

En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura. La literatura es una mercancía como cualquier otra, sujeta al modo de producción, distribución y consumo impuesto por la industria capitalista, y dotada —desde los dispositivos de la Institución literaria— con ese “aura” de excelencia que tiene la función de un valor añadido dentro de los circuitos de intercambio.
A esta situación responde la bagatela conformista que hace furor en los últimos años (esa literatura insulsa, apática, escrita por buenos chicos, complaciente con todo y con todos: una literatura sin esperanza). Pero también desde aquí cabe abogar a partir de ahora no exactamente por una literatura del afuera, como por la escritura misma en tanto afuera de la literatura. Es decir: una escritura que la Institución literaria tenga que expulsar de sí, igual que el organismo expulsa un cuerpo extraño.

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Lowry perseguía la iluminación.
Proust, la rama dorada del tiempo.
Dostoievsky consumió su vida en la defensa militante de una quimera absurda a la que él denominaba “el Cristo ruso”...
El Grial que persiguen los escritores de hoy puede nombrarse con sólo dos palabras: fama y dinero. Su deseo es un deseo cutre, de tonadillera o de paleto; y da la medida exacta de la riqueza y la profundidad de su experiencia, como también —sobra decirlo— de su lamentable catadura moral.

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Hoy la nómina de los escritores está compuesta mayoritariamente —y a partes iguales— por imbéciles y por canallas, sin que haya que excluir en absoluto que estas dos notas definitorias puedan darse a la vez en un mismo sujeto.

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La literatura, en sus momentos más afortunados, era un campo de expresión y de conocimiento de lo humano, así como una exploración de sus posibilidades y de sus modos de experiencia inéditos. Para que esto pueda ser así, obviamente, resulta imprescindible que haya una sociedad que lo necesite y lo reclame… Y estaría de más recordar que el capitalismo de guerra funciona precisamente sobre el trasfondo de la represión sistemática y el “docto” desconocimiento de lo humano (consumados por el discurso de la ciencia y la invasión totalitaria de los dispositivos de la “comunicación”), como también sobre el cierre programado de cualquier horizonte de posibilidad, y el control y la monitorización crecientes de las formas de la experiencia.
A fecha de hoy, pues, este panorama de pesadilla orweliana se traduce en un estado de narcosis generalizada (apuntalado sobre lo que la psiquiatría de Janet denominaba un “descenso del nivel mental”); con lo cual todo llamamiento a la responsabilidad y la transformación por parte de la conciencia artística no puede sino hundirse en ese territorio profundamente gelatinoso de la opacidad social.
Esta sociedad, en suma, no es sólo que no necesite ni reclame el núcleo excesivo —pasional, crítico y/o utópico— que cierta literatura vehiculaba en el pasado, sino que se defiende positivamente de él, a través de la represión (en todos sus modos), la asimilación (cuando le es posible), la producción y difusión masiva de falsificaciones y sucedáneos, la indiferencia y el silencio.

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El divorcio entre escritura y sensibilidad, escritura y experiencia, escritura y saber ha alcanzado tal grado de acuidad, que cuando los autores de hoy intentan escapar a la rúbrica del “entretenimiento” ponen en boca de sus narradores el tipo de sutilezas filosóficas que se puede leer/escuchar en los artículos de los dominicales, los programas de radio de medianoche, los magazines de divulgación científica o los telefilmes de corte dramático.
Ahora bien: denunciar esto es perfectamente inútil, puesto que no se trata tanto de que la Institución literaria no lo sepa como de que no lo quiere saber, o —lo que es lo mismo— de que es precisamente la legitimación a gran escala de esta impostura lo que avala su status de privilegio en la trama de la dominación.

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La estrategia más frecuente entre los intelectuales colaboracionistas consiste hoy en un mecanismo de defensa que Zizek, tras las huellas de Lacan, ha llamado “atenuación”. Se explica muy sencillamente: la atenuación se basa en constatar un hecho de la realidad, y acto seguido disociar esta misma constatación de cualquier posible consecuencia en el plano de la conducta práctica. Su fórmula sería: “Sé perfectamente que esto es así… (pero me sigo comportando del mismo modo que si no lo supiera en absoluto)”. Ni que decir tiene que no hay que apresurarse a asimilar la atenuación a las prolijas justificaciones del cobarde o al intrincado fariseísmo del trepa. La atenuación no se sitúa exactamente en el plano de la labilidad moral. Su dimensión propia es aún más profunda, pues con ella, con el acto de disociación que la funda —y en el que se evaden la culpa subjetiva y el displacer de la contradicción—, es el propio sujeto lo que resulta disociado, son en realidad áreas enteras de percepción y sensibilidad las que terminan secuestradas, devastadas, por esta forma tan contemporánea de la conciencia sierva.
Es la atenuación la que hace posible que en los últimos tiempos estemos escuchando a los escritores “de éxito” hablar contra la mercantilización de la literatura, o viendo cómo algunos escritores que se reclaman “de izquierdas” firman contratos —sin que se les mueva un músculo de la cara— con los más reputados “padrinos” del medio, o con las más voraces y destructoras multinacionales de la edición. Por efecto de la atenuación, la necesidad de ser consecuente se olvida, se forcluye; un corte, un hiato se desliza entre mi saber, por una parte, y mi coherencia y mi responsabilidad como sujeto por otra… con lo que quedo convertido —irremisiblemente— en rehén del Amo que desea por mí, en objeto entregado al deseo del Otro. Los traidores, los lacayos, los vendidos de siempre, son figuras casi entrañables puestos al lado de esta nueva inconsecuencia abismal, de esta denegación de todo efecto vinculado a lo Simbólico, de esta anulación/extinción de sí que tiene un pie hundido en el cinismo, y el otro pie en las puertas de la psicosis.

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Eso que amo apasionadamente en la literatura (es decir: lo que en la práctica institucionalizada de la escritura aún conseguía sobrevivir —contra viento y marea— de la poesía y del mito), ni tiene modo de alojarse ya en los recientes productos editoriales, ni puede articularse —de no ser como estorbo y anomalía— con las nuevas condiciones de producción y reproducción de lo social.
La literatura nació con el ascenso de la burguesía y morirá con ella, ahogada en una misma espiral de agotamiento, banalidad, zafiedad, delirio narcisista, indecencia y mentira.
La poesía y el mito, en cambio, son —mucho más allá de lo que nombraría la palabra “actividades”— modos de lo humano.

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La práctica consolidada por la burguesía del siglo XVII bajo el nombre de “Bellas Letras”, “Literatura”, etc., era ya una acomodación de la fecundidad poética y mítica (de la relación esencial de esta misma espontaneidad con el desbordamiento y el gasto) a las condiciones de producción intensiva, reglada, sometida a control, económica y acumulativa que el capitalismo en auge empezaba a proyectar sobre el conjunto de la existencia social. De ahí que a medio plazo comportara —bajo el nombre de “realismo”— la promoción al rango de paradigma de las formas de percepción y representación del mundo de los nuevos amos o, dicho de otra manera: una idealización de la sensibilidad que distingue a los funcionarios de abastos, los dentistas y los tenderos.

Esto hace que la muerte de la literatura —a la que estamos asistiendo en los últimos años— no sea sino el advenimiento final de un origen, la realización de una latencia; y tenga mucho menos de “traición” o “fracaso” que de consumación de un proyecto, a saber: el de la transformación de la poesía y el mito en un dispositivo de producción (asistido por las “técnicas” que le son propias), el de la expropiación de lo humano en cualquiera de sus formas de surgimiento, para su conversión en beneficio.

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La literatura, pues, se realiza hoy abiertamente como una instancia más del beneficio (y se dedica a apuntalar con todos los recursos a su alcance la preeminencia mítica del capital); con lo cual es este mismo cumplimiento de su proyecto histórico —el advenimiento de su verdad última—, lo que vuelve a dejar en franquía su núcleo “traumático”, excesivo, a-histórico (aquello que en la obra literaria era siempre más y otra cosa que “literatura”)… a condición de que la poesía y el mito no intenten realojarse en los salones de una casa en ruinas, a condición de que acierten a dotarse, por si mismos, de nuevos territorios y nuevas vías de realización.
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64 comentarios:

Virgilio Tortosa dijo...

http://www.univerano.ua.es/es/curso.asp?id=85
(todas las ponencias serán transmitidas en directo por Internet)

hautor dijo...

Lo peor no es que los que facturan best-sellers como rosquillas muestren una actitud cínica (la literatura es otra cosa, pero yo hago esto y me forro) sino que últimamente se da el caso extraño de que los medios de comunicación conceden espacio a estos señores (ojo, no tengo nada en contra de un escritor que venda mucho y que asuma los límites artísticos de su tarea) y encaramados a ese púlpito reivindican su "arte" como el único, tachando al resto de escritores, esos interesados en esa cosa incomprensible llamada literatura, de snobs y matraquistas. Éstos últimos disfrazarían su incapacidad de conectar con el gran público -y por tanto su resentimiento- tras una coartada hecha en dosis alícuotas de pretenciosidad e insufrible intelectuaismo. Lo que faltaba. Estoy de acuerdo punto por punto con lo que afirma Zapata (zapatista me veo). Confiemos pues en cierto tipo de literatura (así la veo yo al menos) guiada por una poética de lo vírico, es decir, un artefacto literario capaz de inscribirse en el cuerpo de la literatura, tal y como la entienden los más, para atacarla por dentro y hacerla -cuanto menos- estornudar o llenarla de sarpullidos. Un VIHS quizás sea pedir demasiado, aunque por intentarlo que no quede. Para ello, desde luego, hay que regresar al mundo de lo inhóspito (das unheimlich), aquello de donde siempre abrevó lo mítico, lo "real" de verdad, traumático, evadido una vez tras otra de cualquier representación/imagen. Todo lo contrario del realismo, tal y como se entiende este término en literatura.

Vicente Luis Mora dijo...

Qué bueno veros por aquí. Hautor, después de tanto tiempo... Abrazos.

Sergi Bellver dijo...

Yo no me remitiría a la lógica para suscribir este necesario grano que monsieur Zapata aloja en el culo de la INSTITUCIÓN LITERARIA (en versales, sí, como rezaba aquello de ARBEIT MACHT FREI en los campos de exterminio de los nazis, un eufemimo como cualquier otro... ). Yo me acojo a esa pulsión tan denostada por los literatos de pro, los críticos de postín y los prohombres de la Impúdica de las Letras: la jodida pasión.

Y con ella quemo mis tristes sueños de grandeza personal (poco más que virus en las venas de quien pretenda ser de veras un escritor, un virus mundano, letal, y no vital, como el que señala Hautor). Si bien la sincronía hizo que fuera ayer y no hoy, reciclé con papel obrero mis intenciones, aun con bastante menos tino, pero la misma llama. La misma con la que contesté a una atenta lectora, precisamente, al cuestionarme la utilidad de un (de este) escritor, ni siquiera la del que conmueve pero no contagia: No con la emoción que deja la inapazable ansiedad por hacer algo, que convoca tornados, que cambia, aunque sea en una astilla clavada en la seguridad de los pasos medidos, que incomode lo bastante como para cambiar el rumbo. Y este inciso viene a cuento, porque que un escritor "contamine" la aséptica seguridad del otro con la incertidumbre, para mí, es la mayor prueba de su valía, de su valor, de su no-precio. Y ese es el camino que me marco, ese, y no el precio de mi prostitución.

Y a la contagiosa, espontánea, lúcida pero sin estratagemas, a la pura pasión me remito para secundar, sin ambages, la infinita honestidad de este surrealista, tan pegado al sudor de la gente real.

Permíteme que utilice una fórmula urticante para unos laicos como nosotros, amigo Ángel, pero sólo me resta añadir: Amén.

Edgar Quinet dijo...

esto viene ocurriendo desde hace mucho tiempo y probablemente así seguirá, aunque con ciertas variaciones, fruto de los nuevos tiempos. Esa "literatura vírica", quién sabe, puede que ya se esté reproduciendo en internet, ámbito de virus informáticos y literarios. Que estoy con Zapata qué duda cabe, pero con reservas. ¿Estamos asistiendo a la muerte de la literatura? me resisto a creerlo. Digamos que la LITERATURA está desapareciendo del mercado o, tal vez, el mercado está creciendo al margen de la LITERATURA. Me dedico, entre otras cosas, a vender libros y reconozco que pocas veces vendo literatura, aunque ¡casi todos mis clientes creen que leen literatura!
De todos modos a mí me hastía un poco esto de las mayúsculas. LITERATURA. cuando yo, donde más a gusto leo, es el el váter.

Invito a leer la columna de Andrés Ibáñez ("Comunicados de la tortuga celeste") publicada en ABCD el 28-4-07, titulada: "Estoy harto"

Un saludo!

Anónimo dijo...

Hola,querido Edgar,creo que no sólo la literatura ha muerto (ya ha muerto, y no en gerundio) y creo que el "margen" es peligroso (aunque deseable, no lo niego), como se ve en ciertos blogs del cuento,cuyos autores o asiduos se autoproclaman "marginales", (en esto suscribo lo que dice hautor)pero simplemente para aparecer en los suplementos literarios.
Enhorabuena al autor de la página y al autor del comentario.
un abrazo
Claudia B.

mario dijo...

Eso mismo de que el mundillo literario está lleno de imbéciles y de canallas se lo oí en una entrevista a Roberto Bolaño, pero él concluía que había muchísimos más imbéciles que canallas.

enlejaniadesoles dijo...

Es curioso lo que me pasó ayer, justo terminé de leer Las palabras de la tribu de Valente y por la noche se me ocurrió pasarme por aquí y leí las palabras de A. Zapata. No sé exactamente la razón pero me ha parecido como una justisima y azarosa continuación lectora.
Un saludo.

Constantino dijo...

Hola Ángel: Sinceramente creo que suscribiría el 95% de tu escrito. Lo suscribo sin reparo por dos motivos: uno, porque estoy de acuerdo; dos, porque no me compromete. Y sobre ese no-compromiso es sobre lo que quisiera comentarte algunas cosas desde mi condición de "atenuado", a la que más tarde volveré.
Leo en tu texto y comparto que hoy prevalece "esa literatura insulsa, apática, escrita por buenos chicos, complaciente con todo y con todos: una literatura sin esperanza." y comparto también que "Hoy la nómina de los escritores está compuesta mayoritariamente —y a partes iguales— por imbéciles y por canallas", y sigo compartiendo contigo la idea de que "Esta sociedad, en suma, no es sólo que no necesite ni reclame el núcleo excesivo —pasional, crítico y/o utópico— que cierta literatura vehiculaba en el pasado, sino que se defiende positivamente de él, a través de la represión (en todos sus modos), la asimilación (cuando le es posible), la producción y difusión masiva de falsificaciones y sucedáneos, la indiferencia y el silencio."

Pero lo que no comparto es lo escribes un poco después: "denunciar esto es perfectamente inútil, puesto que no se trata tanto de que la Institución literaria no lo sepa como de que no lo quiere saber, o —lo que es lo mismo— de que es precisamente la legitimación a gran escala de esta impostura lo que avala su status de privilegio en la trama de la dominación.". Y no lo comparto porque entiendo que si en lugar de la queja utilizáramos la denuncia, es decir, obras con nombres y títulos concretos, quizá dejaríamos de avalar con nuestra queja, queriendo o sin querer, la impostura general. Por eso entiendo que suscribir tu texto no me compromete, o lo que es lo mismo, creo que tu texto no es un texto comprometido. Porque mi pregunta es ¿porque no se dicen en tu artículo los nombres de esos buenos chicos que escriben literatura insulsa? ¿por qué no citar la nómina de los imbéciles y de los canallas? ¿por que no desenmascarar dando sus nombres a esos escritores “de éxito” que hablan contra la mercantilización de la literatura, o a esos escritores que se reclaman “de izquierdas” y "firman contratos —sin que se les mueva un músculo de la cara— con los más reputados “padrinos” del medio, o con las más voraces y destructoras multinacionales de la edición." Hablabas antes el silencio y en efecto tú mismo puedes comprobar cómo funciona ese silencio, esa carencia de nombres concretos que es un rasgo llamativo en tu artículo.
Esto Ángel no es un reproche personal ni mucho menos. Si me parece necesario escribirte todo esto es porque me parece necesario que sepamos en qué condición vivimos, es decir, en qué condición "somos". Como ves "la atenuación" empieza por uno mismo. Y ya adelanté antes que me considero un atenuado (curioso que para eso nos sirva Zizek: para llamar a atenuación a lo que bien podríamos llamar cobardía, ese saber y sin embargo comportarse como si no se supiera). Yo también, Ángel, sustituyo por queja la denuncia en mis artículos. Sé de donde proviene mi cobardía: del deseo de mantener mi sueldo y mi estatus con todo lo que eso conlleva (porque ya sabemos que además del estatus de la dominación existe el estatus del dominado que muchas veces se establece en contradicción con la condición de clase). Sé, me consta, que decir nombres concretos en nuestra sociedad, la literaria y la no literaria, te condena a ser expulsado, silenciado. Siempre nos quedarán los blogs, diría acaso nuestro amigo Vicente, pero aún sin negar que los blogs, y este suyo es un buen ejemplo, incorporan en grado cuantitativo una modificación en las coordenadas de la libertad de expresión, no me cabe duda de que están sujetos al mismo proceso de atenuación del que hablas, de ahí que tampoco en ellos se produzca la denuncia concreta salvo en aquellos casos en que el anonimato, con la consiguiente pérdida de credibilidad, facilita, más que el valor, la impunidad. También ellos están sometidos a la necesidad de existir en el mercado de los capitales simbólicos (que a la larga o a la corta devienen vías de transporte hacia el capital económico: bolos, comisariados, prólogos, cursos de verano, etc).
Un ejemplo como el de Ignacio Echevarría y su denuncia sobre la escritura de Atxaga en una obra concreta, funciona como "aviso para navegantes" para todos, para los que se desempeñan en lugares de notoriedad, para los que tiene la esperanza de desempeñarse algún día en esos lugares ( porque esos “buenos chicos” de los que hablas claro que escriben una literatura con esperanza: con la esperanza de mejorar su estatus en el reparto de la tarta) ,o para los que creen que se puede estar en misa sin la obligación de repicar las campanas del amo. O valga también como otro ejemplo posible, el constatar como se fue desactivando el espacio que Rafael Reig inició con valor, cuando, aún atenuado por el humor, en sus primeras colaboraciones en El Cultural denunciaba con nombre y obras concretas, a autores con capacidad para intervenir en la supervivencia del denunciante. Yo tampoco soy Espartaco. Pero no me atrevería a decir que es inútil hacer algo que no hago, y no creo que sea por simples razones de cobardía moral; ocurre que soy una víctima más de unas relaciones de producción que me obligan a vender mi fuerza de trabajo en el mercado libre, es decir, sin libertad. Y si uno no quiere quedarse en la condición de confortable o molesta víctima pasiva, la única salida que veo no es la queja sino organizar política y militantemente la denuncia. Pero antes de nada es preciso llamar a las cosas por su nombre: a la queja, queja y a la denuncia, denuncia. Por eso y porque sé que entiendes y aceptas el escribir como un acto dialógico me he permitido compartir públicamente contigo estas observaciones.
Salud.

Ernesto García dijo...

Suscribo las ideas aportadas por Angel Zapata en el post y le felicito por su precisión. Creo que este tipo de argumentos son necesarios por su carácter combativo en el fondo y en la forma. Pone el dedo en la llaga y llama a las cosas por su nombre. La clave está, creo, en tejer redes alternativas (siguiendo a Riechmann) de edición y publicación donde la literatura siga siendo una apuesta de contrahegemonía. Un asalto furioso a las torres de la institución. Para mí la dificultad estriba en cómo tejer esas redes, cómo ir construyendo procesos desde donde hacer frente a un poder cada vez más esclerotizado y disperso. Un blog como éste es un medio (entre otros), un camino en esa línea valioso y valiente. No obstante, sigo echando en falta, instrumentos organizativos donde, de forma más presencial, se pueda disentir y desenmascarar la hipocresía de las grandes firmas editoriales, de los concursos amañados, de la anemia crítica de buena parte de lo “ensalzado” por las industrias culturales… Más allá del paso (necesario y riguroso) de sistematizar contradiscursos en forma de libros, textos, antológicas, habría (creo) de comenzarse una tarea laboriosa, frágil, intensiva de “rearme político” desde el ámbito literario. No hablo de política en sentido partidista, sino de recuperación ciudadana de la iniciativa cultural. El texto de Ángel constituye una buena base ideológica para comenzar.

hautor dijo...

Una propuesta facilita con la que yo siempre he fantaseado: un listado de premios (todos los géneros) amañados. La cosa no tiene por qué ser blanca o negra, pero sí sería posible establecer una escala de grises, por ejemplo. Grado 10 significaría: "ni lo intentes, si no eres el tocado por la varita del jurado". Grado cero: "absolutamente democrático". Creo que, como poco, este prontuario serviría para ahorrar tiempo y dinero a muchos aspirantes. ¿Imagináis un premio Planeta -o algún otro- al que sólo aspirara el candidato "tapado"? Si Ansón no se sonroja al reconocer -en un reciente editorial de "El cultural" de El Mundo- el funcionamiento del premio Fundación José Manuel Lara e incluso al justificar la elección "subterránea" del candidato en aras al espectáculo y la promoción de la literatura entre el público, ¿por qué debería arredrarse alguien en denunciar -en lugar de justificar- la situación de ese y otros premios y en ventilar públicamente la información disponible? La situación de "poder" de Ansón le permite decir lo que dice y ante esas palabras la plebe literaria, manumitida, inclina su cerviz. Quizás tendría que ser alguien dentro del mismo escalafón, sacando pecho, el que debería dar nombres y apellidos, como exigía Constantino. Un granito de arena, desde luego, pero suficiente para empezar.

Juan Carlos Márquez dijo...

No creo que la literatura haya muerto, pero sí que anda la pobre un poco moribunda. Claro, que yo soy un optimiexistencialista (si se permite acuñar el palabro)y además tiendo a la desmesura. Es imprescindible que la literatura para que podamos seguir llamándola así recobre su intencionalidad intelectual. Cualquier cosa desde la clarividencia hasta la insania sería bienvenida en esta banalidad presente. Ángel lo ha dicho muy alto y muy claro, pero no es una cuestión de nombres propios, como ha avanzado Constantino, sino una cuestión de masas, de masas abducidas por un sistema cultural mafioso, un Gran Hermano Orwelliano que se autoalimenta de vacuidad y repele cualquier atisbo de inteligencia. Vivimos en un Matrix literario, una literatura virtual. Necesitamos héroes. ¿O quizá ya los tengamos?

Sergi Bellver dijo...

Telegráfico:

- Los hay que sí denuncian con nombre y apellidos, con las pruebas del delito y hasta testigos. Lo que pasa es que no llevamos chorreras de fiscal ilustrado y, aparte de un puñadito de fieles lectores (fieles pero sobre todo leales, de los que te dan un capón si hace falta), la concurrencia pasa de largo. Como no tenemos galones no se nos respeta en el estamento, digamos.

- Los premios. Creo que el error de base es la competencia misma, optar a ellos, depositar esperanzas de "grandeza" en ellos, pergeñarse un apellido, coletilla, título nobiliario que lucir desde ese momento, Fulano de Tal, XIII Premio de Novelón de Villarriba.

Deberíamos ir por otra deriva.

Víctor García Antón dijo...

Querido Constantino, he leído despacio el texto de Ángel, el tuyo, el de los demás invitados a este “lugar otro” de Vicente Luís Mora, y siento que dais en el clavo de lo que la literatura hoy no es; apuntáis al centro del sinsentido que ocupa desde hace tiempo, y cada día más, la literatura. Lo siento así porque vuestros textos me cuestionan y me obligan a replantearme de nuevo lo que quiero.
Sin embargo, no estoy de acuerdo en que haya que sustituir la queja (de verdad, no creo que el texto de Ángel lo sea), por la denuncia militante, explícita, con nombre y apellidos, títulos y obras, de la nómina de los imbéciles y los canallas . Y no lo estoy porque no podemos olvidar la enorme contradicción en la que vivimos todos los que de una manera u otra estamos relacionados con la literatura. Hoy el capital ocupa la literatura. Ocupa las empresas donde trabajamos, ocupa los referentes, media en nuestras relaciones y vínculos, y en los capitales simbólicos. Vivimos en la contradicción de tener que lidiar en el día a día con un capitalismo omnipresente que imposibilita radicalmente la dimensión de lo literario. Ahí vivimos.
Como tú apuntas acertadamente, la atenuación alcanza a cada uno de nosotros, (no hace falta decir que a unos más que a otros, claro). Nuestros textos y posiciones están atenuadas. Todos somos, de algún modo, cobardes, sí. ¿Tiene pues sentido trazar en el suelo la línea clara de la honestidad y la coherencia, y situar a continuación, a un lado y a otro de esta línea, cada uno de los nombres del panorama literario? ¿No quedaríamos todos hoy al otro lado de esa línea? ¿No nos enfrentaría y alejaría de las personas que quizá son –somos–, recuperables para la literatura que está por venir? ¿No pondrá a la defensiva a los, digámoslo suavemente, despistados –y no lo olvidemos nunca, voluntariamente, lucrativamente despistados- en lugar de hacer patente lo absurdo de tal posición?
Me parece que, hoy por hoy, cuando la distancia entre lo que vivimos y queremos vivir es aún tan grande, tiene más sentido quedarnos en trazar –eso sí, con meridiana claridad– esas líneas que delimitan una escritura posible. Hacer cada día un poco más difícil, –nunca se logrará del todo, los saltimbanquis al servicio del poder poseen una habilidad enorme– eso tan común hoy de querer estar en este lado y también en el contrario, sin renunciar jamás a nada. Me parece más efectivo manifestar de nuevo lo que, como dice Ángel, la literatura nunca ha dejado de ser: poesía y mito, promesa de una realidad otra. Apuntalar los discursos, erradicar las ambigüedades, y dejar que cada uno, con sus textos y sus actos, en ese bregar constante con la contradicción, se vaya situando del lado de la línea donde quiera estar.
Nada más, Constantino. Sólo espero que se le hayan pegado a estas líneas algo de la sinceridad y, sobre todo, del cariño que he leído en tus palabras a Ángel.
Un abrazo a todos, Salud.

Literaturame.net dijo...

En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura.

Anónimo dijo...

Hola,qué buen blog, aquí hay gente que piensa. Apoyo todas las propuestas. La propuesta de hautor me ha dado una idea: hacer una red de listas de premios amañados y difundirlas donde sea posible, es una forma de empezar a cambiar la triste situación de la literatura. Creo que la clave es la verguenza, que a los autores no-conocidos o no muy conocidos les de verguenza presentarse, que queden desenmascarados y así los premios amañados o no amañados pero los que siguen a las editoriales grandes, no tengan participantes. ¡UTILICEMOS LA VERGUENZA!!!
Javier Montoro

Sr. Molina dijo...

Estoy de acuerdo con Zapata en lo fundamental de su texto, pero también es cierto lo que apunta Constantino: el silencio es una forma de queja, pero no de denuncia. El mayor problema que nos encontramos en estos días es la falta de información veraz y lúcida sobre las nuevas obras literarias. El mercado se inunda con lo que el marketing dicta, y ahí la literatura no tiene nada que ver. Como dice Zapata, los 'buenos chicos' que se lanzan al ruedo narrativo quieren formar parte del sistema que crea esa literatura 'insulsa, apática y sin esperanza'; pero es que esos reclutas del mercado no quieren hacer literatura, sino vivir de la literatura.
Pienso que somos más derrotistas, en general, de lo que debiéramos, pues posiblemente la propia literatura encuentre cauces para mostrarse y seguir luchando, aunque sea difícil en un sistema mercantil como es el actual. No obstante, creo que lo que dice Constantino tiene mucho sentido, pues la queja la compartimos todos, pero denunciar sólo lo hacen unos pocos, y con poca resonancia. Me parece importante compartir lecturas e impresiones, para que lo poco y bueno que se hace hoy día tenga mayor difusión, y no lo atesoren unos cuantos "privilegiados" que se consideran guardianes y garantes de la autenticidad; me parece que es necesario que en medios (cada vez menos) alternativos como este blog, y otros similares, se dé voz a los que nunca aparecerán, no ya en un suplemento literario importante, sino en una pequeña reseña cultural de unas cuantas líneas en algún periódico de provincias.
Aun cuando Zapata esté lleno de razón en su argumento, creo que el momento actual exige de todos menos pataletas y más actitudes constructivas, informativas y participativas.
Un saludo a todos.

Ángel Zapata dijo...

Querido Constantino:


Te agradezco mucho -y no es una fórmula, ni son meras palabras- tu crítica a mi texto, escrita desde el conocimiento, el rigor, la firmeza ideológica, y -muy importante- una más que acreditada honestidad personal. En absoluto la tomo como un reproche. Y la recibo, además, como una corrección fraterna; sobre todo porque no creo que ningún desacuerdo entre nuestros puntos de vista pueda afectar a mucho más que a meras cuestiones tácticas.
¿Por qué no he citado nombres en mi artículo? Bueno… porque lo que pretendía con él era llevar a cabo un análisis crítico y un diagnóstico de la situación, muy a grandes líneas y en un plano puramente teórico…“por ahora”, como le gusta decir a Hugo Chávez.
En este sentido, tienes toda la razón al decir que he usado mal la palabra “denuncia”, pues para hablar de denuncia tendría que haber entrado, efectivamente, en las situaciones y en los nombres concretos.
No creo, en cambio, que tengas ninguna razón al definirte tú mismo como “atenuador”. Y lo que has escrito en tu intervención es la mejor prueba de ello. Me queda, eso sí, el resquemor de haber podido transmitir -a través de mi texto- la impresión de hablar yo mismo desde una postura que excluye la contradicción… Porque desde luego que mi intención no era esa en absoluto, ni creo que en el plano de los hechos una posición así sea posible dentro de la situación actual.
Lo que la atenuación evade es precisamente el malestar, la división subjetiva, la contradicción, así como una hermosa palabra que ha desaparecido del paisaje en que se mueve el sujeto contemporáneo, a saber: la vergüenza.
No voy a caer en ese discurso, tan frecuente hoy día, que afirma que todos, en el fondo, somos cómplices de este tinglado; porque -como expones muy bien en tu texto- algunos lo somos a la fuerza, por elemental supervivencia (y no hay ninguna hipérbole aquí), midiendo siempre el alcance y la significación de estas “complicidades”, tratando por todos nuestros medios de reducirlas a las mínimas imprescindibles, y -desde luego- pagando por ellas un coste de vergüenza y malestar. Nada de todo esto tiene que ver con la atenuación, insisto. Sino que expresa, simplemente, el campo de condiciones -tortuoso y sembrado de minas- por el que hoy está obligada a transitar la conciencia.
Quizá me parezco en esto (¡y sólo en esto, ay!) a aquellos militantes obreros de antiguamente, pero lo cierto es que en un plano personal no deseo ni el más mínimo reconocimiento por parte de un sistema social basado en la opresión, la explotación, la imbecilización y el crimen. No busco ni por lo más remoto “profesionalizarme” como escritor, ni tener un puesto en el palmarés ni una cota de poder en la pomadita (renuncié no hace mucho a una excelente tribuna, porque trataban de obligarme a reseñar libros “comerciales”). No aspiro, en fin, a otro privilegio -ni material ni simbólico- que al privilegio (irrenunciable para mí) de sostenerme en mi deseo... Con lo cual las campañas de difamación, la exclusión y el silencio con los que la Institución literaria capitalista trata de neutralizar a los que se enfrentan a ella no me preocupan, créeme, ni mucho ni poco.
Pero eso sí: en las actuales circunstancias, y con la actual correlación de fuerzas, un “cuerpo a cuerpo” en la dirección de la denuncia no conduciría -pienso- más que a la descalificación en bloque de las evidencias que sostienen nuestro rechazo (tal como se hace hoy con “La Fiera Literaria” y su verdad traumática, indigesta para la “sensibilidad” mayoritaria entre la clase media colaboracionista), cuando no a su recuperación por parte de los medios bajo la forma miserabilizada del espectáculo. David le gana a Goliat en la Biblia, pero todo el mundo sabe la credibilidad que la Biblia merece. Hoy perderíamos ese combate. “Hoy” (lo subrayo con fuerza y en rojo)… Si bien no hay que olvidar ni por un instante que los dueños del presente son “los dueños del vacío”, sí, pero que el futuro no tiene dueño, ni está claro, afortunadamente, que sean ellos los que lo vayan a escribir.
Mi texto, en fin, no pretendía ser una “queja” -no creo que lo sea de hecho-, sino una protesta. La diferencia estriba -como sabes de sobra- en que quien se queja le hace responsable al Otro de su ser (y este es el discurso de la víctima); mientras que quien protesta, en cambio, se sitúa responsablemente ante lo insoportable, y manifiesta estar dispuesto a llevar a cabo las acciones precisas para que eso insoportable tenga fin (con lo cual la protesta misma es ya la primera de estas acciones).
Protestar es abrir el futuro, contestar la clausura del presente: inscribir un límite.
La denuncia explícita que echas de menos en mis palabras es -en efecto- la que hay que organizar política y militantemente.
Tampoco yo creo en ninguna otra posibilidad.
Y sabes que en eso me tienes a tu lado (y que estamos los dos al lado de otros muchos), con todo el compromiso que sea necesario, codo con codo.
Un abrazo bien fuerte.


Ángel.

Anónimo dijo...

¿Denunciar qué, a quién? TODO HA SIDO CONSTRUIDO A PLENA LUZ DEL DIA.
¿Qué estáis buscando? ¿Un puesto en la última cena de la literatura? Jajajajaaa

Bos Rubín dijo...

Tú ríete, sí, a carcajadas, a pleno pulmón. Qué listo; eres un lince pero que muy sarcástico. Nada se construye a plena luz de la noche justamente porque el cinismo es lo que tiene y porque no se ve un carajo. Por cierto, para buscar un puesto en la última cena de la literatura, primero se le tiene que ocurrir a una mente, tan preclara como la tuya, semejante estulticia. Yo ni me río, ni pongo una coma o una precisión a los dos textos de Zapata. Su protesta es muy seria y la repulsión al leer tu post se me sale casi sola. Protesto porque la tiranía feroz del beneficio corporativo pretenda vestir a cualquier libro con el disfraz de literatura y a los arribistas en buenos chicos que están por encima del bien y del mal. Tú, riéte, pero yo protesto porque el trabajo del escritor es como otro tipo cualquiera de trabajo. El que escribe y cambia su trabajo por dinero, no hace nada distinto que un albañil, un director de banco o una meretriz (me gustan mucho, por cierto). Protesto porque se les trate o se les incluya en esa otra cosa que es la literatura. Ellos y el amo se aúpan a los escenarios para recibir aplausos y se encumbran “humildemente” como distintos; eso sí, famosos, competitivos, riquísimos y tronchados de risa. Del otro lado los que dudamos y no nos reímos ni un tanto así. Yo también me examino (bravo Constantino, Víctor, Jorge, Hautor): ¿soy yo un atenuado? Me temo que así es, y por eso pregunto: ¿Alguien se imagina a un fontanero, que trabaja al menos ocho horas cada maldito día desatascando los retretes de otros, recibiendo el Premio Cagantes?, ¿o acaso encabezando las listas del mejor fontanero del año por haber cobrado la hora a mil euros y haber generado un beneficio a su corporación del 25% sobre el del año anterior? ¿Qué dirían los buenos chicos?, ¿se reirían a carcajada limpia?, ¿le aplaudirían a plena luz del día?, ¿acudirían al acto?, ¿pondrían un póster, encima de la mesa en la que escriben, del fontanero remangado con las manos sucias trabajando? Pues eso. Tú ríete hasta que te duela la barriga, que yo me meto en internet para buscar una instantánea de un tío desternillado de risa, que me recuerde lo listo que eres y lo tonto que soy yo.

constantino dijo...

Gracias Ángel por todas tus palabras. Creo que este intercambio de opiniones esclarece los problemas que planteabas en lo que, efectivamente, es expresión de protesta y no de queja. Por mi parte, y a la vista de algunos comentarios que han aparecido, sólo insistir en que la contradicción en la que nos quieren forzar a residir y ser nunca debe convertirse, eso es lo que quieren, en un lugar de habitable resignación porque la contradicción es lo contrario de la dialéctica, es decir, de la construcción de la realidad. De la contradicción hay que salir y salir sólo se sale actuando, moviéndose. Esperemos poder encontrar, construir, ese camino de salida. Todo lo que no sea eso nos haría acreedores a las palabras del juglar; "Lengua sin manos cómo osas fablar",
Un abrazo y Salud.

Jarttita. dijo...

Hacía mucho mucho tiempo que no comulgaba tanto con un texto. Aplausos!!.

Anónimo dijo...

Somos hijos del capitalismo. Negar esto es como decir que somos marcianos o que hemos hecho un viaje por el tiempo desde el siglo XVII (en España) y que nos hemos plantado en el XXI. Por eso creo que casi todo lo que se escriba, lo que se pinte, lo que se edifique o lo que se cante, estará dentro de este sistema. Negar que todo arte hecho hoy día es burgués es negar nuestra propia naturaleza. Sin embargo, debe haber modos de búsqueda, de autocrítica, de desfondamiento, que nos permitan ver más allá. Lo humano, sin embargo, tiene poco de natural. Lo humano es lo que se construye. Y aunque denunciar con nombres y apellidos es edificar un poco más allá (o más acá, depende de cómo se mire) de esa línea de la que hablaba García Antón, siempre he creído que decir nombres y apellidos es proporcionar un expónsor gratuito a quienes, instalados en el sistema competitivo del mercado literario, obtendrán con él, si no dinero, desde luego que fama. Y, para colmo, a quien los señale, el castigo de ser expulsado o expulsada, silenciado o silenciada. Creo, también, que la contradicción es algo con lo que se brega siempre (yo fumo y mancho mis pulmones, pero quiero vivir muchos años). Creo que la contradicción es algo con lo que uno se encuentra cuando quiere ser coherente (dejo de fumar porque mis pulmones negros, pero me apetece seguir fumando, y vuelvo a fumar). Y creo que aunque nos topemos a cada tanto con la contradicción, hemos de movernos, de actuar, como acertadamente dice Constantino, pero sabiendo —esto último es imprescindible— que volveremos a encontrarnos con ella o, lo que es más normal, que mientras sigamos perpetuando el sistema actual, viviremos siempre y “a la fuerza, por elemental supervivencia”, como dice Zapata.

Carlotta Mex

Anónimo dijo...

"ese famoso y rico escritor" fue un día alguien como tú. Así que puede que el próximo seas tú, ese famoso y rico escritor... siempre que escribas algo y tengas alguna ambición, la que sea, por mínima que sea.

Creo que hay un error de base en el planteamiento, el siguiente:

El mismo texto de Ángel, como origen del debate. El planteamiento de Ángel va sobre el "mundo" (sociedad capitalista) y no sobre la "literatura" como pretende. Hay un error al sesgar su propio punto de vista: es un panteamiento que exige un cambio social ("mundanal") que, en consecuencia, incidirá en el "mundo de la literatura". Si vendes más, Ángel, de lo que has vendido realmente un libro tuyo, al término serás uno de "ellos" (uno de "nosotros"). Es lo mismo que en todo lo demás. No es un defecto, en todo caso, "literario". Será más bien un defecto "social". ¿Y ahora?

Soy el de la última cena... amado "bos rubín"

Juan Carlos Márquez dijo...

Aquí, anónimo de la última cena, no estábamos hablando de vender, sino de "venderse", que no es lo mismo.

David Condés dijo...

La lucidez del análisis de Zapata tiene, por fuerza, que doler a algunos. Lo entiendo, ese picor es uno de los síntomas de la putrefacción, que pasean con orgullo los escritores "pro-best-séllers" y demás comadrejas del circuito literario y editorial que Ángel –y muchos de nosotros junto a él- denuncia. Pero no entiendo que el texto de Ángel produzca ese resquemor a alguien que, evidentemente, no ha comprendido ni una jodida palabra de todo lo que se ha escrito aquí. Me refiero a ese personaje, “anónimo”, que tan poco tino ha demostrado, desgraciadamente, en sus intervenciones. Hablo por supuesto desde un respeto necesario “por ahora”, sin intención alguna de descalificar a nadie, a pesar de todo. Es sólo que no acierto a entender en que punto de la argumentación se ha perdido. Sin embargo, me parecen de algún modo interesantes sus comentarios, pues los considero representativos de una forma concreta y muy extendida de creer, más que de pensar: así de bien trabaja el amo, estos son los muelles del colchón sobre el que descansa.

David Condés

Enrique Cisneros dijo...

Estimado anónimo:
Lamento decirte que tras tu aparente buena voluntad (tu condescendencia, más bien) late una profunda incomprensión del planteamiento del texto de Ángel. Para empezar partes de la base de confundir mercado con literatura. Nada más alejado de la realidad. Recordemos que Corín Tellado no es lo mismo que Valle-Inclán. La primera pertenece a la clase de esos "escritores ricos y famosos" de los que hablas , los que escriben "literatura" en el sentido bastardo del que habla Ángel). El segundo a los genuinos creadores de poesía-mito.

Parece que malinperpretas el texto de Ángel cuando das por sentado que brota del resentimiento por una presunta falta de reconocimiento. Es ahí donde tu condescendencia revela su auténtico semblante. Se te olvida que Ángel afirma con toda claridad que no nos interesa la fama ni el dinero. Así, como suena, por extraño que te parezca. Su sueño es distinto del tuyo, por lo que parece. ¿De verdad es tan difícil de comprender que algunos no sirvamos ciegamente al mercado, que nos traiga sin cuidado la fama y el dinero? ¿Tan inconcebible es que algunos resistamos al pensamiento único y la lógica de los mercaderes?

En definitiva, disfrute usted su fama y su dinero. Y hágalo sin conciencia de culpa alguna, por supuesto. Pero no olvide que pertenece a la estirpe de las Corín Tellado y no a la de los Vale-Inclán.
No se puede, amigo mío, adorar a Dios y al Diablo. Lo que es intolerable es que se pretenda hacer pasar por arte la novela-basura de los últimos años, por poner tan sólo un ejemplo evidente.

Te deseo que un Premio Planeta te sonría a la vuelta de la esquina. Cada uno a lo suyo. Nosotros, los que hemos apostado nuestra vida a la poesía-mito, somos frugales para el dinero y la fama, pero insaciables de deseo en lo que al arte se refiere. Que cada cual siga su camino.Pero gato por liebre, definitivamente, no.
¡Mucha suerte!

Sergi Bellver dijo...

Una opinión tiene siempre el valor que demuestra en su planteamiento, más allá de la autoría. Bastante hueras (y ladinas) me parecen ya las consideraciones de este anónimo, pero, ya que estamos bíblicos, le diría al del pan(tea-miento) de la última cena, que la única circunstancia en la que el anonimato es verdadera virtud, es en la ayuda al prójimo y la limosna.

Todo lo demás puede parecernos más o menos acertado, más o menos prudente, pero desde luego, desde el momento en que se hace a cara descubierta, me parece, cuanto menos, más honesto.

Saludos neotestamentarios.

Bos Rubín dijo...

Respetado Anónimo, sé que no me creerás, pero hoy pienso que yo no seré uno de los próximos, sencillamente porque, ni como escritor ni como hombre, la fama o el dinero me importan. No lo hacen porque sé que el dinero no es con lo que hoy se retribuye un trabajo, ya que la cuantía no depende del tiempo de vida o el esfuerzo empleados en la tarea comunitaria (sea esta cual fuere, recuerda al fontanero), sino de decisiones arbitrarias e interesadas. Al no ser el dinero indicativo de trabajo, mucho menos debería serlo de fama (que hoy sabemos es vanidad y una forma más de medrar para acumular riqueza).

No te rías todavía, por favor, Anónimo, que ahora voy con la Literatura. Los asuntos no se pueden contemplar como algo aislado, y eso es lo que yo entiendo de la protesta de Zapata (no hablo de lo que entienda él). Los escritores chicos buenos simulan y pretenden que la excelencia y la retribución dineraria les viene por su trabajo, pero no es así (se recubren de barniz para convertirse en estatuas admirables y veneradas). No digo que entre ellos no haya artistas y grandes trabajadores de la Literatura (dignos incluso de ser estudiados hasta en las escuelas), sino que a eso otro que hacen, que no es sino compra-venta corporativa, no lo llamen literatura porque no lo es. Uno de mis deseos, que no ambición (ésta camina con ardor a conseguir poder, riquezas, dignidades o fama), es la escritura; escribo, entre otras, para que mi trabajo algún día se acerque a la Literatura, para que algún escrito golpée en eso tan distinto del dinero, como a mí me han golpeado y me golpean los trabajos de otros escritores.

Anónimo, me caes mejor como últimocenista. Una pena que no veas que no se trata de la última cena, sino de la contradicción en la utopía. Tonto que soy, insisto.

Anónimo dijo...

Hmmmmm. No sé...

M dijo...

El anónimo debe ser uno de esos "buenos chicos". Imagino que la diferencia entre los paseantes de por aquí, y los que pertenecen a tu grupo, anónimo, es que unos se inscriben en la última cena, reducidos aunque fuertes en un recodo de honestidad, de construcción combativa (esos voceadores que aún creen -creemos- que hay cosas que decir, que escribir, y por las que incendiarse); y los otros, los caniches falderos, cenan todos juntos en el Burguer King cada noche y se manotean la espalda mordisqueando su whopper por lo bien que les trata la institución literaria y la poltrona que han conseguido.

Tengo un amigo que también es uno de esos buenos chicos, como tú. El otro día andaba tratando de explicarle lo absolutamente perverso que es haberle puesto el nombre de una marca de Helados a un teatro -Teatro Hägen Dazs, en la plaza de Jacinto Benavente-. Perversidad, infección capitalista en un lugar reservado a un, al menos, deseo de foco cultural, horrísona estética.. Le comentaba cosas de esas, a lo que él no sabía responder otra cosa que: pon el modo cultureta off, por favor.

-Qué más te da si eso ha servido para salvar un teatro que iban a tirar... -me decía el buen chico.

Lo dicho: no hay más ciego que el que no quiere ver. O citando a Reverdy: "Ya no se puede dormir cuando se ha abierto los ojos".

gregorioecologista dijo...

Me imagino a Robert Fripp (King Crimson), por ejemplo, hablando de la nefasta situación de la música comercial actual. Inmediatamente, imagino algún anónimo despistado defendiendo a Miguel Bosé, por ejemplo, diciendo que lo que le pasa a ese tío es que es un envidioso y lo que quiere es que le den a él también algún premio amigo d’esos.
Absurdo. ¿Verdad?
Cuando Bisbal se autocalifica como artihta, creo que nadie se lo toma en serio.

Desde mi posición de lector, ni se me pasa por la cabeza el pensar que, por ejemplo, los autores de “La catedral del Mar” tengan la más mínima intención de hacer literatura, y ninguno de mis amigos y conocidos con los que comparto pasión por la lectura, lo pensaría tampoco.

Supongo que esto no es lo mismo para aquel escritor de vocación y valía que no puede vivir de escribir, o que tan sólo consigue malvivir. Debe joder mucho ver a María del Pau Janer, por ejemplo, tratada como “literata” mientras se forra.
Desde mi punto de vista de lector, insisto en esto, tengo clarísimo que hay muchos libros, pero literatura poca, al igual que hay muchos discos y música poca, y lo mismo con el cine, con las “artes plásticas”, etc. Por alguna extraña razón, en literatura hay algún extraño empeño en mantener que no es así. Que Espido Freire diga que el Quijote es aburridísimo es como si Jesse Dylan (american pie), por ejemplo, osase hablar de lo aburrido de las películas de Bergman, por ejemplo. Pero la gente no se ríe de ella y sigue pensando que es una artihta.

Ahora, tampoco hay que confundir el tocino con la velocidad (no digo que aquí se haga): Hace unos días perdido en la red me encontré una discusión sobre “Nocilla Dream” en la que muchos de los que allí abrevaban, mantenían que no podía ser una buena obra si se hablaba tanto de ella.


Sigan así, aún quedan lectores de verdad.

Y siga usted así Vicente. Esos no-escritores tienen un potente aparato mediático de su parte; ustedes tienen otros medios, como este blogs, sin el cual no hubiese conocido en su día a interesantísimos autores como el propio Fernández Mallo, por ejemplo.

José Berrón dijo...

Queridos compañeros:

Inmune al virus extendido dentro del “panorama literario actual” (espeluznante y bestial archipiélago del doctor Moreau repleto de “atenuados” narcisistas, traumatizados monaguillos que intentan abrirse paso, bendecidos apóstoles del mercado y otros santones litero-liberales), Ángel Zapata vuelve a hacer un verdadero llamamiento a la toma de conciencia del escritor, de llamamiento a reapropiación, de superación de la post-sociedad a la que se ha afiliado todo ese escuadrón de escritores desclasados, al reencuentro de la subversión en la escritura, en el texto, ese texto que vehicula el rojo magma de la resistencia a la desimbolización y al desarme de la poesía.

Si las palabras de A. Zapata se convierten en esa marea dialéctica que sacude a los fetidos manglares literarios, el análisis de “Constantino”, de Victor G Antón, de Cisneros, de Bos Rubin, de Sergi Belver, y etc, son oleaje en una misma dirección.
Es un verdadero goce leer tanta resistencia hacia este desolador panorama.

Salud

Anónimo dijo...

Me siento incomprendido.

Una cosa son los de los best-sellers.

Otros los que escriben un par de novelitas y están forrados.

Otros sois la mayoría de vosotros.

Diferentes maneras de vivir (o intentar vivir)de lo mismo: de la literatura.

No creo que por no vender, por escribir en el anonimato, por "amar" tanto la pureza literaria, seáis distintos.

Y una pregunta: ¿cómo sois capaces de hablar tanto de la literatura desligándola de su contexto sociopolítico? Me parece que os jode no tener un puesto en la última cena de la literatura. Eso es todo. Bueno, casi todo.

Sigo creyendo que no afrontáis la problemática real. En el fondo creéis que el martirio os salvará de algo.

Juan Carlos Márquez dijo...

Por lo pronto, anónimo de la última cena, eso que llamas "martirio" nos salvará de leer ciertos libros. Pero es de agradecer tu intervención porque nos ha permitido llegar al cogollo, a las verdaderas razones por las que escribimos, a los primeros eslabones del arte, mucho antes de que se rompa la cadena.
Yo no soy tan extremista como otros compañeros. A mí, si me apuras, me puede parecer hasta lícito que ganéis dinero con la literatura, ahora solo hace falta que os lo merezcáis, como ocurre con los buenos artesanos. Ah, y que os deis cuenta de que eso que hacéis no es literatura.

Carlos dijo...

Querido Ángel, gracias por tu texto. Seguro que conocerás las reflexiones sobre la institución arte de Peter Bürger en Teoría de la Vanguardia, ya que algo de lo que dices va por ahí. El propio Bürger tiene un libro estupendo, Crítica de la estética idealista, donde constata la existencia de esta Literatura autónoma -siguiendo los postulados adornianos de la industria cultural: la Institución Literaria-, precisamente por algunos clichés en los que creo que caes: la autonomía estética de la obra de arte, la concepción del artista como grande o genio, como afán totalizador cuasirreligioso -Kafka, Proust, Lowry... ellos sí que se lo tomaban en serio-. Bürger viene a decir que volver a tal manera "totalizadora" de literatura no sólo es imposible, si no que en la misma idea de obra maestra, tan querida por el propio Adorno, síntesis de sujeto y objeto en la nueva mitología del arte -según postulados que vienen de Schelling a Schlegel, pero llegan a Rothko y Gamoneda- está la justificación de un Mercado Puro, una Alta Literatura que oponer a la basura comercial, y en definitiva, una postrer justificación de la Institución Literaria. En eso me parece que tiene razón un comentario anónimo que dice "esos populares escritores fueron como tú". Quizá el cambio esté en la misma concepción de la obra, en su "descompensación", su contextualización, sus salidas de tono... Y por ahí no esté todo perdido, como sentencia la ciclotimia pesimista/idealista del blog. En fin, perdona el rollo, pero tu texto me ha gustado.

Emilia Lanzas dijo...

Masivamente, la actual literatura es reaccionaria. Y no sólo porque sirva al poder, sino porque despoja al texto, de forma deliberada e ideológica, de cualquier contenido. Tal y como las grandes editoriales estipulan, los escritores se convierten en asalariados conformes con sus amos en vaciar la cultura. Se está operando un mecanismo reductor del conocimiento y del pensamiento, para desarmar, de otra manera, al pueblo.
Se le dice: “lee”, haciéndonos ver un derecho donde está justamente lo contrario, la abrogación del saber.
Sin duda, hoy y siempre, las ideas y la cultura dominante han sido las ideas y la cultura de la clase dominante; pero nunca como ahora el literato –y esto va mucho más allá de la simple complacencia- ha sido tan deshonesto; ha desmerecido tanto de la libertad. Su complicidad con el capitalismo es absoluta.
Construyamos allí donde se ha efectuado la experiencia de la destrucción.

Anónimo dijo...

Una semana después, vuelvo por aquí a leer los comentarios que ha suscitado la granada que Ángel lanzó desde este blog y me llama la atención que en ellos nadie se haga eco del tipo de escritura por la que aboga, una escritura, dice “en tanto afuera de la literatura”.
No niego importancia a la protesta, a decir en voz alta que muchos no nos tragamos la realidad que nos imponen, la literatura que nos venden. Pero así como la protesta es un primer acto –público– de rebeldía, la escritura –ese acto en apariencia tan íntimo y solitario– debe ser el campo desde el que demos la batalla cotidiana, el territorio desde el cual buscar –recuperar– el ser que el sistema capitalista, el espectáculo, la literatura nos niega y nos seguirá negando. La escritura, pues, debe ser el ahora, el mientras tanto, en el que nos desnudemos a preguntas, en el que reconquistemos eso humano que no es mercancía, eso que el sistema no puede reducir a mercancía. Eso insoportablemente humano que aún a nosotros mismos nos hace daño reconocer. Desde ahí habría que escribir. Desde ahí me gustaría a mí escribir.
Es importante la protesta, sí, la denuncia también, pero ese trabajo “silencioso” de “la escritura misma”, es para mí el acto de rebeldía –aquí, ahora– que mayor importancia reviste. Podríamos emplear más energías en hablar sobre esto, y no en señalarnos unos a otros. Ángel… a mí, personalmente, me gustaría oír lo que tengas que decir sobre esos “nuevos territorios y nuevas vías de realización”.
un abrazo,
karla

Bos Rubín dijo...

No te sientas incomprendido, ultimocenista, porque la mayoría de la población mundial no sólo te comprende, sino que comparte tus planteamientos. Yo te comprendo pero no te comparto. Los best-sellers son productos de consumo sin disfraz de ningún tipo. Las dos novelitas de los forrados que dices, también son productos de consumo, pero disfrazados de literatura genial. Escribes que la mayoría de nosotros somos otros; todos somos otro para uno y yo hablo por mí. Pretendo trabajar la escritura y que el trabajo no sea un producto ni con disfraz ni sin él, ni siquiera deseo que sea literatura o arte, por lo tanto nada que ver con lo genial y sí con la búsqueda de algo que no creo que sepa nunca qué es.

Me sorprende tu pregunta: ¿cómo sois capaces de hablar tanto de la literatura desligándola de su contexto sociopolítico? (sic). Recuerdo que en una de tus intervenciones en este blog decías que Zapata se equivocaba porque su planteamiento iba sobre “el mundo” (sociedad capitalista) y no sobre “literatura”. ¿No es eso en lo que disentías sobre la tesis de Zapata?

El martirio. Yo no quiero padecer ni sufrimiento ni alegría por defender nada; sin embargo, a veces, uno se expone a la violencia –la odio en cualquiera de sus formas, aunque posiblemente es lo que ahora esté haciendo al participar aquí de esta manera–. Aún así en el sufrimiento no veo salvación alguna, independientemente de que tampoco me interesa lo más mínimo salvarme de nada.

Veo que no te ríes tanto, pese a que quizá noto cierto sarcasmo en la incomprensión de la que hablas. Da igual. Mi postura tiene grietas, supongo que enormes. Quizá lo interesante sea que tesis y antítesis se orillen en síntesis.

Adiós y salud.

Anónimo dijo...

Comentario de Ángel Zapata:


Querido Carlos: es posible que mi texto se presta a algún equívoco en este sentido, pero no sólo no abogo por ningún tipo de autonomía estética para la obra de arte, sino que pienso que hay dinamitar ese territorio de lo estético y disolverlo, sin más, en la vida.

El Arte, en tanto práctica y dispositivo puestos a punto por la organización de la sociedad burguesa, nombra precisamente esa especie de cordón sanitario donde el poder capitalista nos permite experimentar (bajo la forma pasiva, diferida e inocua de la "ficción") todas las áreas de experiencia que se han extirpado implacablemente de la vida cotidiana, regulada hasta en sus últimas resquicios por la "normalización" del pensamiento y la conducta acorde con las exigencias de la producción/consumo, luego -obviamente- con ese saqueo de la vida misma en todos sus órdenes para que sirva al "beneficio" de las clases dominates.

El Arte es la experiencia de la belleza expropiada de la vida, alienada de la vida, y devuelta a ella como "fetiche", como mercancía, como Espectáculo.
Hace tiempo que no creo ya en este tipo de Arte; en la alienación que el Arte mismo nombraba y contra la que algo en él se debatía con todas sus fuerzas.
La vida bajo el régimen capitalista es cada día más fea, más sorda, más átona, más triste, más obtusa, más cruel y más irrespirable... de verdad: yo diría que no es "arte" lo que necesitamos, sino el núcleo de resistencia y de experiencia viva que el arte vehiculaba en sus mejores momentos, la trasfiguración de la vida a que apuntaba (y que en absoluto hay que identificar, desde luego, con los nombres señeros del cánon, ni los supestos "genios", ni con nada que se le parezca... sino, por ponerte un ejemplo, con esa hermosísima Obra de arte de los insurgentes en la Comuna de París al disparar contra los relojes: al abolir la angustia y la opresión del tiempo numerable.)

Un saludo

inés mendoza dijo...

Hola:
Muchas gracias Vicente, por dar espacio y luegar a este debate, ya sabes que me gusta tu blog.
Me parece hermoso -y no casual, porque estoy estudiando ciertas cosas que atañen a la dialéctica precísamente- Constantino, que hables de Dialéctica. Es un significante que ha desaparecido, porque muy pocos artistas quieren superar nada -huelga decir que mucho menos oír hablar de ningun tipo de oposición o lucha-, y por eso, creo, el arte se está volviendo cada vez más doméstico/domesticado. Pienso que la palabra tiene fuerza de cambio, a condición de que el "medium" (el artista) sepa/sepamos no olvidemos nunca que el sentido de toda actividad humana es trascender, no en pos de un proyecto sino en pos de algo, un deseo, un algo Otro. Pero ¿cómo hacer? es la pregunta que subyace a este debate. Personalmente no lo sé, pero estoy preguntándomelo y actuando cuando sé dónde y cómo, y ahora creo que nuestra acción colectiva -la de los que queremos trascender al Otro- es precísamente regar este tipo de debates, este tipo de preguntas. porque es verdad que no hay que resignarse (pero dudo que los que estamos aquí debatiendo estemos resignados)pero también es verdad, creo, que hay que contar con lo que hay, no para "reformarlo" sino para empezar a darle forma a lo que aún está ausente, a darle forma a lo que no está, para que esté precísamente.

Anónimo dijo...

Querido Carlos: estás invitado a la última cena de la literatura. Los gastos corren por mi parte.

Saludos.

Vicente Luis Mora dijo...

Qué buena anécdota aquella de París, Ángel. Me he acordado de que la cito en Pangea:

"El capitalismo ha sustituido como medio constrictor (Jünger) el reloj en marcha por el reloj detenido, que es mucho más efectivo por productivo sin solución de continuidad. Las mismas masas revolucionarias que según Benjamin disparaban en 1848 contra los relojes, quizá ahora les darían cuerda."

Saludos a todos y gracias por este interesante debate, creo que muy necesario.

Anónimo dijo...

Querido Bos Rubín, una aclaración:

No estoy en contra, para nada, del texto de Ángel. Quise decir -imprecisión mía- que donde ángel dice "Literatura" debería decir "sociedad capitalista". Una acción contra esta última conllevaría cambios de actitudes en la misma "literatura". De lo contrario, sería imposible. Es decir, no se pueden cambiar las actitudes literarias sin primero no se han conseguido las de nuestra sociedad.

Espero me comprendas.

Y una advertencia: por darte cuenta del sentido de mi risa estás a punto de ser invitado en la última cena de la literatura.

Y un pétalo al viento para el debate: la Estética pertenece a la esfera del pensamiento, de la teorización. Las estéticas, en cambio, se dan en la realidad, la exuda cada texto por sí mismo. Y con frecuencia, se contraponen. De su ejercitamiento de la guerra (una lucha poderosa) al Poder hay un paso. De ahí el sentido de este estimulante debate...

Bos Rubín dijo...

Estimado (me vas cayendo mejor…) Ultimocenista:

Uno. A tu párrafo primero, casi amén (me estás contagiando el espíritu catecumenal). Parece que escribes, así que podrías haberlo dicho antes ¿no? Los golpes certeros son efectivos cuando se acercan a la diana, es decir que cada uno debe comenzar la acción en su ámbito cercano.

Dos. Creo que te voy pareciendo algo más listillo, se nota en la debilidad que estás a punto de mostrar si me invitas a la última cena. En caso de que lo hicieras, estoy dispuesto a acudir; eso sí, detrás de una cortina para no perder detalle o barriendo las migas escoba en mano.

Tres. No, si al final va a ser verdad que la síntesis es posible…

Se me olvidaba: no te lamentes que te comprendo, hombre.

Vicente Luis, muy buen lugar para la dialéctica.

Anónimo dijo...

José Berrón dijo...

Querida Inés:

Es eso, creo que precisamente tu lo has dicho: la acción colectiva o sea: El comunismo del arte; que es parte del universo en permanente trasformación.
De ahí interpreto el sentido del comentario de Ángel en el que dice: "...sino que pienso que hay dinamitar ese territorio de lo estético y disolverlo, sin más, en la vida", y esto es porque la vida es (debe ser)una de las más sobervias formas de expresón del todo cambiante; transformador.

Dice el texto de Ángel algo que nunca se atreverían a defender un Vargas LLosa, un Andrés "espectaculo" Neuman, y etcetera, y es en concreto lo siguiente: "El Arte es la experiencia de la belleza expropiada de la vida, alienada de la vida, y devuelta a ella como "fetiche", como mercancía, como Espectáculo". Y esto es porque a ellos "la profesión de artista", la competitividad individual del mercado; esa arena de gladiadores ulcerosos que es el "panorama literario" en sí, donde patrón y productor("LA FIESTA DEL CUENTO")ponen el libro-mercancía a circular. Luego a la literatura "de la que hoy no hay nada que esperar" hay que añadirle el soporte que la vehicula: ese libro fetiche concreto (que Victor y yo rechazamos) de libro de tapa dura, con una tira que anuncie "20.000 ejemplares vendidos", y ese tipo de biografia de gladiador de la incosistente vida actual.
En el espacio donde queremos fluir para "trascender al Otro" que propone Inés, no hay lugar para Dios, ni para el mercado literario, ni para profesionales escritores, ni para el libro-fetiche, ni para sus normas (in)morales eternas, es un espacio donde se niega , es un espacio donde hay que llegar con ciertas maletas vacias.
Inés tu propuesta y tus dudas son necesrias plantearlas.
Ángel Zapata con su primer texto-manifiesto y sus sucesivas respuestas, está abriendo un verdadero movimiento tectónico de placas, esta revolviendo "algo" que nos acerca a esa inercia dialectica, creando nuevos continentes.

salud

hautor dijo...

Observo que -inevitable en todo proceso dinámico- la larga lista de comentarios se ha convertido en un acontecer estocástico con tendencias estacionarias. El atractor extraño podría venir dado por los siguientes elementos: best-seller+última cena+dialéctica+atenuación+mercado+mito+alteridad. Es lógico preguntarse cuál es la imagen resultante de este conglomerado. La que yo veo se parece a la que retrata Starobinski en su fenomenal ensayo -o lo que sea- "Retrato del artista como saltimbanqui". El artista de verdad, el que acaba calando y que tiene por tanto un alto porcentaje de probabilidades de entrar en el canon (aunque sea el heterodoxo) es aquel vilipendiado por su época (el albatros de Baudelaire) y bendecido tras su muerte. Un chivo expiatorio en toda regla, expulsado para salvaguardar la salud (cultural) de la ciudad y venerado tras su defenestración (pobrecito, con lo buen escritor-pintor-escultor que era) como un salvador (de la misma cultura). Kafka decía que el lugar ideal de la escritura era una celda al fondo de un larguísimo pasillo, Fausto que toda creación exige clausura (ahí están los ritos de incubación como antecedente de lo que digo. Incubado fue Parménides e incubado vivía Heráclito de Éfeso. La celda, pregunten a Sade, Cervantes o Proust, es una buena manera de incubación). No nos lamentemos entonces, al menos no demasiado. En esta época de visibilidad absoluta lo original está del lado de la discreción ("preferiría no ser visto" -a veces, por qué no, hasta no leído- me parece un buen lema para un Bartleby contemporáneo). Lo contrario es hacerle el juego al mercado y a la metafísica de la comunicación.

En definitiva, lo mejor que le puede pasar a uno en la Última Cena es ser crucificado.

Carlos dijo...

Gracias por la invitación a la última cena, a la que iré para ver qué se cuece.
Ángel, estoy prácticamente de acuerdo en tu crítica destructiva, pero si hubiera que construir -por seguir el cliché dialéctico-, me parece un paso demasiado apresurado el de la incorporación del arte en la vida, es decir, la dinamitación de la obra de arte para su disolución en la realidad. No me creo demasiado la lectura estética de manifestaciones, atentados, o huevos en la academia, "acciones estéticas" deudoras de conceptos idealistas como la "obra total", no creo que consista en dinamitar, o romper fronteras, si no en contextualizar: sbaer qué polos son y cómo se relacionan. A mí me guta la literatura, pero me gusta más aún cuando acepta sus limitaciones y su crecimiento a través del contexto, de esa citada "realidad sociopolítica". Es decir: la obra perecedera. Me gusta el "incremento de percepción" que se tiene cuando se lee un libro. Antes, durante y después de su lectura. Leer para romper la gramática de la mirada sobre la realidad. Y me gusta lo que no es literatura. Y cuando el arte dinamitado pasa a la vida, olvidado el fetiche en los museos, ¿qué queda? La música total: en centros comerciales y ascensores. La poesía total: los copis publicistas, "tu rostro intensamente rehidratado / de forma duradera", o el romance teatral en un semáforo de la Gran Vía. El arte total: una escultura ruizdelapradiana sobre la que jóvenes familias burguesas posan sudadas manitas escleróticas. Internet es otra forma de perversión, por supuesto, una perversión compensatoria, como una disgregación de andar por casa. Un travestismo aceptado. En fin. La parte de culpa de la literatura -"nuestros padres mintieron"- la sabemos. Ahora, si publicamos novelas, o escribimos poemas, o dibujamos nueces con gouache ¿cómo hacerlos siendo tan conscientes del callejón estético?

Juan Carlos Márquez dijo...

Ángel, vistos los debates tan interesantes que suscitas cada vez que intervienes, es una pena que no tengas tu propio blog. Dejo caer la reflexión y me esfumo entre la niebla...

Anónimo dijo...

José Berrón

Querida Inés:

Es eso, creo que precisamente tu lo has dicho: la acción colectiva o sea: El comunismo del arte; que es parte del universo en permanente trasformación.
De ahí interpreto el sentido del comentario de Ángel en el que dice: "...sino que pienso que hay dinamitar ese territorio de lo estético y disolverlo, sin más, en la vida", y esto es porque la vida es (debe ser)una de las más sobervias formas de expresón del todo cambiante; transformador.

Dice el texto de Ángel algo que nunca se atreverían a defender un Vargas LLosa, un Andrés "espectaculo" Neuman, y etcetera, y es en concreto lo siguiente: "El Arte es la experiencia de la belleza expropiada de la vida, alienada de la vida, y devuelta a ella como "fetiche", como mercancía, como Espectáculo". Y esto es porque a ellos "la profesión de artista", la competitividad individual del mercado; esa arena de gladiadores ulcerosos que es el "panorama literario" en sí, donde patrón y productor("LA FIESTA DEL CUENTO")ponen el libro-mercancía a circular. Luego a la literatura "de la que hoy no hay nada que esperar" hay que añadirle el soporte que la vehicula: ese libro fetiche concreto (que Victor y yo rechazamos) de libro de tapa dura, con una tira que anuncie "20.000 ejemplares vendidos", y ese tipo de biografia de gladiador de la incosistente vida actual.
En el espacio donde queremos fluir para "trascender al Otro" que propone Inés, no hay lugar para Dios, ni para el mercado literario, ni para profesionales escritores, ni para el libro-fetiche, ni para sus normas (in)morales eternas, es un espacio donde se niega , es un espacio donde hay que llegar con ciertas maletas vacias.
Inés tu propuesta y tus dudas son necesrias plantearlas.
Ángel Zapata con su primer texto-manifiesto y sus sucesivas respuestas, está abriendo un verdadero movimiento tectónico de placas, esta revolviendo "algo" que nos acerca a esa inercia dialectica, creando nuevos continentes.

salud

Vicente Luis Mora dijo...

El último comentario de hautor es de los mejores que se han escrito jamás en la bitácora. Añado a su interesante reflexión ésta, no menos pertinente:

"La brecha se abre en el mundo para actuar en él desligado de él"; Chantal Maillard, Husos; Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 48.

Anónimo dijo...

¿Se atragantaron todos?

Bos Rubín dijo...

Yo no me atraganté, es que estuve "fuera".

Deberías firmar como Ultimocenista; Anónimo, cuando menos, induce a error.

¿Sos vos quien pregunta? Si es así, tengo una cuestión nueva.

Tú dirás...

Salud.

Anónimo dijo...

Estoy esperando a que lo sueltes. Estás tardando...

Ultimocenista

Anónimo dijo...

Sigo pensando, Bos Rubín, que te atragantaste en la última cena!
Ultimocenista

DJS dijo...

Escribe Zapata:

“En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura. La literatura es una mercancía como cualquier otra, sujeta al modo de producción, distribución y consumo impuesto por la industria capitalista”

Y un poco más adelante:

“La literatura nació con el ascenso de la burguesía y morirá con ella”

En estas citas queda afirmada claramente la historicidad de la literatura, es decir, es un discurso ligado al modo de producción capitalista que coincidió en la historia con el nacimiento de la burguesía. Sin embargo en la serie de comentarios que siguen al artículo de Zapata parece imponerse una ecuación contraria. A saber: la literatura es algo opuesto al capitalismo, un arma que sirve al sujeto (humano) para resistir a la tiranía del sistema capitalista. Sucede que ese potencial subversivo de la literatura ha sido traicionado por algunos autores que, plegados a unas normas de mercado y de gusto dominante, han desactivado este potencial a cambio de dinero. Para recuperar este atenuado poder revolucionario de la literatura bastaría con reencontrar la verdadera literatura.

El problema está en que no hay una verdadera literatura opuesta al capitalismo porque no hay literatura sin capitalismo. Habrá literatura más o menos popular, más o menos vendida, pero desde luego no hay una literatura que no sea capitalista. La literatura tiene fecha de nacimiento y fecha de defunción en tanto producto histórico. Difícilmente la literatura servirá para derrotar al capitalismo porque la literatura ha sido (junto a otras bellas artes) un modo de discurso fundamental para el capitalismo. Seguramente porque ha sido (no sé si todavía) una de las grandes herramientas de subjetivación que ha usado el capitalismo para crear seres humanos (sujetos(-al-poder)).

Comparto la idea de Zapata de una escritura fuera de la literatura como única forma de resistencia. Ahora bien: ¿cuál puede ser esa escritura? Verdaderamente no puedo ni imaginar esa forma de escritura radicalmente no literaria que pueda dar esperanza a los lectores que esperan los aperitivos de la última cena con un libro en la mano. No creo que sea suficiente una escritura de vanguardia, una escritura experimental o una escritura comprometida y de denuncia. Me gustaría pensar que en esa última cena (a la que espero asistir) se pueda leer, como postre, esta nueva escritura.

Por favor si alguien tiene pistas que no dude ni un momento en dejarlas en un post.

(perdón por el ladrillo)

Ángel Zapata dijo...

ángel zapata escribió:



Querido amigo Carlos:


Sé que defiendo una posición muy poco homologable respecto de los conceptos corrientes de arte o de anti-arte… Puesto que hablo (en una línea de pensamiento deudora del surrealismo y el situacionismo) de una superación efectiva del arte que supone su realización en el tejido mismo de la vida; y esto último en un sentido que sigue al pie de la letra el impulso de la reflexión de Marx. Tal como lo ha expuesto Louis Janover:


“Marx veía en la actividad artística la promesa de un florecimiento humano, que no será alcanzado más que con la desaparición de todas las formas de la alienación social. En algunos lugares de su obra asimila pura y simplemente el trabajo creador a esta actividad, y hace del arte “una anticipación de la más alta creación” (es decir: de lo que habrá de ser la actividad social misma, una vez suprimido el trabajo alienado). Como en el caso de la filosofía, Marx anuncia la desaparición de la poesía y, al mismo tiempo, su transfiguración en una actividad superior: es preciso suprimir la poesía para realizarla.”


En esta dirección, mi postura se construye también en diálogo con la elaborada desde hace ya años por el Grupo Surrealista de Madrid (y muy en particular por dos téoricos que a mí me parecen imprescindibles hoy: Eugenio Castro y José Manuel Rojo)... Pero en cualquier caso se trata de un área de reflexión vastísima, que rebasaría con mucho el marco de este debate.
Por otra parte, es que tampoco creo demasiado a estas alturas en esos prolijos debates de meras "ideas”. En el entorno del surrealismo resuenan incesantemente fórmulas del tipo “ética del comportamiento revolucionario”, “vida poética”, “conducta poética”... Pero todo esto, desde luego, es profundamente incompatible con la (cada día más dificultosa y precaria) fantasía de “clase media” en que están embebidos la mayoría de los así llamados escritores españoles de hoy.
Como sabes de sobra, la clase media es una clase-almohadilla, destinada a atenuar la virulencia de las contradicciones y del enfrentamiento entre clases a que se ve abocado el sistema de la dominación capitalista. Su razón de existir es el escamoteo, el disimulo y la negación del conflicto que subyace a esta sociedad y —por extensión— del que funda la realidad toda; es decir: la clase media existe como negación sistemática de todo conflicto, de la realidad del conflicto mismo, y del conflicto que es la realidad.
Su lema podría ser: “existo en tanto niego con mi vida toda dimensión problemática de la existencia”, o -más exactamente aún- “existo en tanto no doy problemas: existo en tanto espectador y en tanto objeto”.
Reconozco, pues, que esperar conciencia y rebeldía de nuestros simpáticos y virginales escritores de clase-media-cutre tiene mucho de quimera por mi parte; y que es una actitud del todo importuna, con ribetes abiertamente masoquistas.
Por lo demás, no estamos en desacuerdo sobre la posibilidad (y hasta la necesidad) de una conciencia pasional, maravillada, revolucionaria, mítica y poética que se exprese -por qué no- como escritura.
Pero eso sí: frente a la normalización y/o estandarización intensamente ideológicas de la Literatura industrial (y hoy no hay otra), está escritura ha de encarnar la apuesta apasionada —y activamente refractaria a toda fetichizacion mercantil, “cultural”, etc— por el texto en tanto espacio de experiencia… Entendiendo “experiencia”, desde luego, no como la reproducción seriada, sumisa e inercial de las pautas de pensamiento y conducta abismalmente obtusos —y crecientemente subnormales— que día y noche difunden los mass-media, sino como una apertura a las condiciones no-explícitas de la subjetividad (a lo “impensado” del sujeto), a la zozobra y la riqueza que constituyen la trama de la vida sensible: a la inagotable posibilidad y la incesante aventura de lo humano.
Nada de esto último resulta detectable (por muy buena voluntad que se le ponga) en la gran mayoría de los así llamados escritores españoles de hoy.
Lo que no dejo de constatar con rabia, con decepción, con mucha soledad, con cierto dolor aún, con miedo.
Un abrazo.


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Querido DJS:


Estoy completamente de acuerdo cuando afirmas:


“Difícilmente la literatura servirá para derrotar al capitalismo porque la literatura ha sido (junto a otras bellas artes) un modo de discurso fundamental para el capitalismo. Seguramente porque ha sido (no sé si todavía) una de las grandes herramientas de subjetivación que ha usado el capitalismo para crear seres humanos (sujetos(-al-poder)).”


Y en este sentido no me hago ninguna ilusión respecto a la eficacia de la literatura como instrumento de transformación social. Doy en cambio una validez plena a estas palabras de Janover:


“Lo que está en el corazón de la vida cotidiana de cada cual no es el acontecimiento político, que se olvida apenas aparece y que se presta a todas las manipulaciones por parte del poder; es, al contrario, la reflexión —válida para cualquier tiempo y cualquier sociedad— sobre los temas que forman la trama de la sensibilidad humana y de la existencia cotidiana: la relación entre la mujer y el hombre, entre el individuo y la naturaleza, el papel de la violencia y de la muerte, del sueño y de lo maravilloso, temas inagotables y siempre renovados que no cesan de preocupar a nuestro mundo como preocuparon a las otras épocas, estimulando el espíritu de creación de los hombres con la misma intensidad y la misma profundidad.”


Y por lo mismo, no me cabe duda de que esta intensidad y esta profundidad son las que habrán de ser rescatadas por el impulso, la inspiración y las prácticas mítico-poéticas que sin duda harán eclosión en la sociedad que nazca de las ruinas del capitalismo.
Mientras tanto, estamos una vez más de acuerdo en que no es en absoluto suficiente “una escritura de vanguardia, una escritura experimental o una escritura comprometida y de denuncia” (es decir: la representación de la negatividad presente que a su vez debe ser negada, como decía Marcuse).
Creo en una escritura como la que he descrito en la respuesta a Carlos; es decir: en la escritura como resistencia a la devastación de la vida sensible que está llevando a cabo el Biopoder (con lo cual últimamente me inclino a pensar en algo parecido a una inscripción sensible de los restos y/o una inscripción de los restos sensibles… teniendo en cuenta que el discurso ya obscenamente totalitario de la Mercancía se imagina, de hecho, sin posibilidad de sustracción, sin “restos”).
Me refiero, pues, no a una “literatura” que “represente” los males de esta sociedad; sino a una escritura que vehicule lo irrepresentable del dolor y de la angustia ligados al patético ejercicio de supervivencia en que el capitalismo convierte nuestras vidas… Como también, desde luego, a una escritura que contagie ese núcleo irreductible de lo humano que la omnipotencia (imaginaria) del Amo capitalista no puede devastar.
Aun así, me sigue pareciendo imprescindible del todo salir del marco de la representación -oponerse activa, vital y ejecutivamente a esa mera supervivencia de la que hablaba hace un momento-; y en esta línea te recomiendo una serie de propuestas y líneas de fuga sencillamente clarividentes: las contenidas en el libro “Situación de la poesía por otros medios a la luz del surrealismo” del Grupo Surrealista de Madrid (Ed. Traficantes de sueños).
Un abrazo.


Ángel.

Carlos dijo...

Ángel,
gracias por tu mensaje y por tu simpatía.
Perdona pero estoy cansado, un poco o mucho, por culpa del trabajo, la incapacidad recombinatoria de nuestra identidad en el mundo poscapitalista... que aspira a ser de clase media, pero sólo puede ser precaria (la identidad, digo). En ese sentido, el viejo sueño burgués de la autonomía me atrae más que el contraburgués de la libertad, que me aterra. No me creo mucho el valor -ni el significado- que le otorgas a términos como "experiencia" ni la posibilidad de una desaparición del arte en la vida no-alienada.
No sé, no sé: vivo como si me lo creyera, pero no me lo creo. Me caen muy bien, así dicho, el grupo surrealista de Madrid, especialmente los dos que nombras, más Julio, pero en su propia dualidad arte/vida, sujeto/objeto -que el término fetiche trasciende al mostrar lo que no es, su presencia fantasmática, como la palabra...
En fin, que esto lo tendremos que hablar en persona –no me siento a la altura de este blog- en la feria del libro, dónde van a firmar los escritores subversivos como tú, y dónde van a vender los tenderos ideólogos como yo.

Vicente Luis Mora dijo...

Me ha parecido sugestiva esta opinión de Juan Francisco Ferré, en el número de mayo de Quimera, a partir de sus reflexiones sobre la provocación ética y literaria de la obra de J. G. Ballard, opinión que creo linda con algunos aspectos de este debate:

“la capacidad de absorción del sistema es casi total, o totalitaria (…) Steven Shaviro ha calificado a Ballard con acierto de teórico social que expresa sus ideas visionarias a través de ficciones de género. ¿De qué otro modo hacerlo, en un contexto donde la sociología practicante es uno de los instrumentos más productivos al servicio del sistema, sin caer otra vez en las redes institucionales del mismo poder que se pretende desafiar en vano? Las ambigüedades y complejidad de los dispositivos de la ficción permiten a Ballard la máxima libertad de pensamiento al tiempo que le garantizan una total impunidad. Que el dominio de lo simbólico se haya convertido en el último reducto de resistencia al status quo es algo que podría interpretarse como un aspecto desolador del presente cultural, o, en todo caso, invitaría a sospechar del alcance y los postulados de los así llamados productos de la cultura, ya afecten a las frecuencias del alto o el bajo consumo, y a empezar a tomar en serio los diagnósticos más críticos sobre su esencial gratuidad e irrelevancia”;
Juan Francisco Ferré, “La revolución de la clase media. Apuntes para una definición de Ballard como teórico social de la postmodernidad”; Quimera nº 282, mayo 2007 p. 33.

Marta dijo...

Cuentos devaneos mentales...¿por qué nadie comenta, por poner un ejemplo, la excelsa labor de mutilación que ejercen suplementos literarios como El Cultural donde sólo tienen cabida los libros editados por Chus Visor?

Vicente Luis Mora dijo...

"Todos serán juzgados. Maestro del matiz y del escrúpulo, / Reza por mí y por todos los escritores, vivos o muertos: / Porque hay muchos cuyas obras / Son de mejor gusto que sus vidas, porque la vanidad / De nuestra vocación no tiene fin, ampáranos, / Haz frente a la traición de los oficinistas”

W. H. Auden, “Ante la tumba de Henry James”, Los señores del límite. Selección de poemas y ensayos (1927-1973); Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2007, p. 169.

Enrique Ortiz dijo...

Enhorabuena, Vicente, es de lo mejor que he leído en mucho tiempo: tanto la carta de Angel como los comentarios; gracias por aglutinar a opiniones tan inteligentes, honestas y coherentes (como Constantino). Un saludo desde la admiración.

Anónimo dijo...

En las circunstancias actuales,chaval, no hay nada que esperar de los literatos que se prestan al juego del mercantilismo, que son casi todos. Ergo: casi todo lo que se escribe es pura mierda confitada en letras. De la literatura siempre hay algo bueno que esperar. Sólo hay que escardar un poco, y tener fe en que siempre habrá clásicos, a pesar de los Robin Cook y los Ruiz Chafón.

chema dijo...

Me ha gustado esta honda reflexión tan bien condimentada de Barthes, Cioran y algo de Jünger. En fin, todo esto es el resultado de la institucionalización del arte, por no decir, mariconización(que nada tiene que ver con la auténtica homosexualidad)