domingo, 25 de enero de 2009

Fragmenta III




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Reproducción de dinosaurio cazada viva en un área de descanso en Arizona.
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[Diciembre 2008] “You need a face to face the world”, dice Maria Siemionow, de la Cleveland Clinic, directora del equipo de ocho cirujanos que, durante 22 horas del día 17 de diciembre, han realizado un transplante de rostro casi total. La intervenida era una mujer que había sufrido una terrible desfiguración; parte de la piel utilizada era suya, y parte era de un cadáver. How do you feel about the prospect of living with a face from a dead person?, le preguntaron en uno de los test psicológicos previos, aunque no le dejaron ver el rostro del donante para que no pensara que iba a parecerse a él/ella. Lo que hace al rostro no es tanto la musculatura, sino la estructura ósea tras ella, de forma que la piel nueva se adapta al contorno facial. En tanto el trauma había afectado a los huesos, el resultado es inesperado para la paciente, aunque al verse no ha rechazado su nueva cara. No sabemos qué respondió la paciente cuando le preguntaron cómo se planteaba la perspectiva de vivir con la cara de una persona muerta. Pero todas las células de nuestra cara y las de nuestros huesos mueren y son sustituidas por completo por otras (salvo las neuronas y algunas otras) cada siete años, de modo que cada siete años somos otra persona, y llevamos nuestro rostro sobre el cadáver de otro. El de aquel que fuimos.

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“Puso un rostro en nuestra faz sin nosotros”, escribió el místico persa Rumi.

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La literatura de César Aira puede resumirse en la imagen de un hombre paseando a un perro congelado.

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En los premios literarios, a los escritores ya nos queda sólo el lugar de los finalistas.

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Francisco Gálvez
Tránsito; Diputación Provincial de Málaga, Col. Puerta del Mar, Málaga, 2008.

Reedita la Diputación Provincial de Málaga, creo que con muy buen criterio, este excelente poemario de Francisco Gálvez publicado por vez primera en 1994. Como señala Eduardo García en su prólogo, eran aquellos malos tiempos para la diversidad y un período poco adecuado para la aparición de un poemario tan singular como Tránsito. Quizá ahora haya otros vientos para apreciar un libro que entonces era contracorriente y hoy también, pero por fortuna existen hoy más corrientes que en aquellos días, o más espacio para otras corrientes. La figura de Francisco Gálvez, a pesar de editar en editoriales conocidas, como Pre-Textos o Hiperión, y de coordinar revistas (Antorcha de paja, La manzana poética) y encuentros literarios, no es todo lo conocía que debiera por el gran público, y sin duda ello se debe a que dentro de sus distintos tonos (que van de la poesía tecnológica de El hilo roto [2001] a la reflexión “lakista” de El paseante [2005]), su lírica nunca ha sido complaciente ni ha atendido a las modas en curso. Tránsito sigue siendo, hoy por hoy, el libro más importante del autor, y quizá el que mejor define su poética. Eduardo García coloca a este poemario, con buen juicio, dentro de la escasa poesía metafísica real escrita en castellano (porque la conocida últimamente como tal, según García y de nuevo con razón, ni es metafísica ni es –en algunos casos– poesía), en cuanto ahondamiento profundo y riguroso en el concepto de tiempo, a través del motivo del tránsito. Este motivo, como sigue apuntando García, no hace referencia a la fugacidad ni a la pérdida, sino a “la conciencia de la continua transformación del mundo” (p. 20). Sobre la senda heraclitiana, García establece las líneas de lectura de estas transformaciones, que son tanto del tiempo en nosotros como de nosotros en el tiempo: “y el mundo es otro mundo, / y el hombre es otro hombre” escribe Gálvez, mientras que García recuerda las casi parejas palabras de Heráclito: “es siempre uno y lo mismo en nosotros, lo vivo y lo muerto, lo despierto y lo dormido, lo joven y lo anciano. Lo primero se transforma en lo segundo, y lo segundo en lo primero” (fragmento 88). La conciencia de esa escisión nuclear del individuo, no en dos partes separadas y estancas, sino en dos o más secciones fluctuantes, ventriculares, comunicadas, dicotiledóneas, metanoicas, “sístole y diástole / de un mismo espejo”, que decía Gonzalo Rojas
[1], es la que nutre la mejor poesía moderna y posmoderna, desde Pessoa a John Ashbery, de Juan Ramón y Vallejo a Bernard Nöel, Eduardo Milán o Gamoneda. En esa estirpe que toma al sujeto como una incertidumbre, y no como un risible sujeto sólido y firme, es donde se coloca este excelente poemario de Gálvez. Un poemario en el que encontraremos textos como este “Rotación”:

La noche es el comienzo
de un día que ya es noche.
Todo gira en destellos y relámpagos
y la penumbra es un viaje
sin partida ni llegada.
En lo temporal huye el hombre,
mientras el mundo gira en su esplendor
como una bengala de fiesta.



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Ideas para instalaciones artísticas. Colocar en las calles de una ciudad bocas de metro falsas, idénticas a las reales pero colocadas en lugares donde no puedan jamás existir, para despistar a los viandantes. Colocar postes de parada de autobús o marquesinas en la ribera de un río. Escaleras mecánicas en funcionamiento, que den a muros en construcción.

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Él no había estado nunca en una casa de lenocinio (...) La mujer mantiene una billetera frente a su cara, con las dos manos.
-¿Usted es escritor?
-¿Yo? No. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Le gustan los escritores?
-No, no me gustan.
-¿Por qué? No son malas personas.
-Sí, son malas personas.


Ricardo Piglia, Nombre falso

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Amar: perder lectoras.

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Edmundo Paz Soldán, Palacio Quemado; Alfaguara, Madrid, 2008.

Según nos dice la Wikipedia,

El Palacio Quemado es el nombre popular para denotar al Palacio de Gobierno boliviano, está situado en la Plaza Pedro Domingo Murillo en el centro de la ciudad de La Paz. Es un edificio en el cual se encuentra el presidente de la república y sus ayudantes que dirigen el país. El edificio ha tenido muchos nombres. Su apodo (Palacio Quemado) se originó del hecho de que fue incendiado en una sublevación del año 1875 en el gobierno de Tomás Frías. Se ha construido y mejorado desde entonces un buen número de veces, pero el nombre ha permanecido arraigado en el pueblo paceño.

La historia de un país se puede contar, bien a través de uno solo de sus habitantes, al modo de los narradores rusos del XIX (Anna Karenina, Miguel Strogoff, Tarás Bulba, Raskolnikov), o por uno solo de sus edificios. En el caso de Bolivia, si hay un edificio que admite ese simbolismo aglutinador es sin duda el Palacio Quemado. En esta novela, Paz Soldán toma el edificio como espacio narrativo de esta novela dura, realista, implacable con la política reciente de su país y con ciertos círculos históricos viciosos, que parecen impedirle salir adelante según los deseos de muchos de sus ciudadanos. El personaje elegido es idóneo: un escritor de discursos. Los escritores de discursos –entre los que me encontré durante un tiempo– son personajes con una perspectiva muy interesante sobre lo que sucede, ya que están a la sombra del poder, principalmente político y económico, aunque esa permanencia en la penumbra les permite no quedarse ciegos con la luz de los flashes. No comparten el lugar de los oradores, pero toman su voz. Una de las muchas facetas interesantes de Palacio Quemado es precisamente la de la responsabilidad personal respecto a los discursos escritos. Cada escritor de discursos, supongo, la salva a su manera, aunque Óscar, el protagonista de la novela, elige la peor de las vías: asumir por completo y dirigir ortodoxamente el discurso del Presidente Canedo, que sabe fallido y destinado al fracaso desde muy pronto. Óscar va haciendo que el Presidente (que niega con su roma actitud personal y la rigidez de su cuerpo los dinámicos parlamentos que Óscar le prepara) sea más coherente con su propia política de lo que realmente es, con lo cual las palabras le hunden aún más en el vacío de su propia irresolución. Una irresolución que se debate perennemente entre el Coyote, un ministro populista y tirano, y Mendoza, un Vicepresidente razonable, culto y elitista. Que al final de la novela descubramos la rapacidad de ambos es el modo de Paz Soldán de mostrar el cul de sac de cierta clase política latinoamericana, incapaz de conducir a sus países ni por el lado populista ni por el elitismo democrático: “un puerto chileno, una trasnacional norteamericana… De golpe y porrazo, los grandes responsables de nuestro atraso –porque nos costaba aceptar que quizás fuéramos nosotros mismos los responsables– parecían unidos a los ojos de la oposición” (p. 71). Una incapacidad estructural para gobernar(nos) que sólo mi optimismo antropológico sin pruebas me impide extrapolar ahora mismo a cualquier clase política de cualquier país del mundo. El caso es que Óscar comienza la novela siendo consciente del poder de los discursos (“la gente se quejaba de que los políticos siempre decían lo mismo […] y sin embargo a la hora de la verdad los escuchaba y analizaba cada una de sus frases como si éstas tuvieran poder. Y era verdad, lo tenían”, pp. 46-47), y poco a poco va siendo consciente que el poder es más bien relativo (p. 270), y que lo que importa es el poder de la imagen:

Constaté con angustia que aunque ya era muy consciente de que mis palabras no servían para nada, de que las palabras no servían de nada, de que el lenguaje no servía de nada, de que quizás para lograr que el presidente se comunicara con el pueblo debía inventar otro lenguaje que no pasara necesariamente por las palabras –estaba leyendo Homo videns, el libro de Sartori que me había recomendado Mendoza– (…) (p. 176)

Nada baladí la cita de Sartori, pues Homo videns es precisamente un manual preciso de cómo el poder político actual pasa, cada vez con más intensidad, por las pantallas pequeñas (aunque Sartori cometió el error, en 1997, de minimizar el papel de Internet). Y este es uno de los méritos más interesantes de la novela, a mi juicio: esclarecer la forma en que los pequeños detalles que rodean al poder pueden a veces injerir en la vida política de un país, determinarla y acabarla estropeando de forma irresoluble. El escritor de discursos es el que escribe para la realidad desde la sombra; Paz Soldán ha intentado iluminar esa sombra, arrojar luz narrativa para saber cuáles son los hilos con los que se mueve la realidad de las cosas, y quiénes los mueven.

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Guillermo Bon Bonzá, doctor en Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona, envió a varios congresos tres ponencias con nombres falsos, párrafos plagiados e insultos racistas escondidos en citas en alemán. Una de las comunicaciones la firmaba Hans Heidelberg, supuesto profesor titular de la inexistente Universidad Politécnica de Münchengladbach. Al desvelar su trampa, dijo que los trabajos, aceptados por comités de especialistas y editados en los CD-Rom de tres universidades importantes, revelaban los teatros inverosímiles en que se han convertido las ferias de vanidades académicas.
Néstor García Canclini, Diferentes, desiguales y desconectados, 2006



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EL PROFETA

¡Acerté, adiviné en un libro mío la forma en que se acabaría el mundo!, me gritaba el muy imbécil, mientras yo corría buscando a mi mujer.
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Diciembre 2008 - enero 2009
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Notas
[1] G. Rojas, “A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro”, Esencial. 104 poemas y otros textos; Equinoccio, Caracas, 2005, p. 100.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Por eso yo no amo.

Benjy, el poeta memo.

Ana dijo...

Muy bueno lo de las ferias de vanidades académicas.

¡Ánimo con la tesis!

Saludos

Anónimo dijo...

Amar: no tener tiempo para leer blogs aburridos.

Una lectora

Anónimo dijo...

Excelente entrada, Vicente. Me deja pensativo respecto a muchas cosas.
Un abrazo

Agustín

Jules dijo...

Miguel Strogoff: ¿narrador ruso?

Vicente Luis Mora dijo...

Miguel Strogoff, personaje ruso, como todos los otros. Pensé que se entendería claramente, ya que no conozco ninguna narradora rusa llamada Anna Karenina. Saludos.

Alvy Singer dijo...

¿No ha leído la enorme "The Great and Times of Lev" de Anna Karenina? Es buenérrima. Va de un hombre que es periodista de guerra y luego escribe best sellers. Muy recomendable.

Por cierto, tengo mucho interés en comprobar qué tal la última de Paz Soldán. El interés por la política latinoamericana también está en "Indecision" de Benjamin Kunkel y me parece interesante ver cómo reflexionan sobre ello sus creadores.

PD: ¿Se atrevería usted a reseñar The Audacity of Hope?

Vicente Luis Mora dijo...

Ja ja estaría bien. Para quienes no sepan de qué habla Mr. Singer:

In his speech addressing the Democratic National Convention in 2004, Obama said:

“ In the end, that's what this election is about. Do we participate in a politics of cynicism or a politics of hope? John Kerry calls on us to hope. John Edwards calls on us to hope. I'm not talking about blind optimism here -- the almost willful ignorance that thinks unemployment will go away if we just don't talk about it, or the health care crisis will solve itself if we just ignore it. No, I'm talking about something more substantial. It's the hope of slaves sitting around a fire singing freedom songs; the hope of immigrants setting out for distant shores; the hope of a young naval lieutenant bravely patrolling the Mekong Delta; the hope of a millworker's son who dares to defy the odds; the hope of a skinny kid with a funny name who believes that America has a place for him, too. Hope in the face of difficulty. Hope in the face of uncertainty. The audacity of hope!

Oche Zamora dijo...

El profeta me ha encantado. Que haya gente así no lo dudo.
Hace poco he leído el relato de Piglia, Nombre falso, y me he quedado sin palabras, es genial.
Una cosilla a propósito del relato: ¿Sabías que el consejo que Kostia le da al tímido hombrecillo que lo acompaña en el bar -la primera vez que Kostia aparece- es un fragmento de una Aguafuerte de Roberto Arlt? Pues sí, concretamente de la titulada La terrible sinceridad.

Un saludo

Vicente Luis Mora dijo...

Artl es una constante en toda la obra de Piglia en general y en "Nombre falso" en particular. En la p. 149 de la edición de Anagrama señala como una de las características de la obra de Roberto Arlt “la mujer como döppleganger y como espejo invertido”. Saludos.