martes, 7 de abril de 2009

Tres pequeñas joyas


Leonardo Valencia, Kazbek; Funambulista, Madrid, 2009

El ecuatoriano Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969) escribe en Kazbek sobre los libros de pequeño formato, término que siempre me hace recordar al libro de Jabès, fascinante como todos los suyos: Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato (Círculo de Lectores, 2002). La concepción de Valencia de este tipo de pequeña joya no tiene que ver con el tamaño del volumen sino, quizá, y a la vista del listado de las páginas 60-61, con las dimensiones de la huella que dejan en el lector. Kazbek tiene dos partes, la segunda de ellas (aunque están hiladas entre sí) más interesante que la primera, lastrada por el mal de nuestra época: la autoficción. En el último número de Revista de Libros titula Amelia Gamoneda “Memorias de egotismo” su revisión de las memorias de Sollers, y me temo que ese título puede resumir a la perfección la narrativa en castellano de nuestro tiempo. Dentro de esta literatura egódica, como doy en llamar a la literatura excesivamente inflada de yo, entre la que por desgracia se encuentra mi Circular (2003), hay grados de egotización y narcisismo. Algunos son tolerables y otros no. Por fortuna, Kazbek está entre las más admisibles. Hay un autor ecuatoriano que vive en Barcelona y que escribe libros parecidos a los de Valencia, pero la palabra “Valencia” no aparece por ningún sitio, algo de agradecer. En la segunda parte, las variaciones libres sobre los dibujos de Peter Mussfeldt, transformado en la ficción en el Sr. Peer, son muy sugestivas e inquietantes, a mi juicio lo mejor del libro. Zazbek me ha interesado, aunque lo cierto es que dentro de las obras de Valencia sigo prefiriendo El libro flotante de Caytran Dölphin (2006), sobre todo en su magnífica versión digital, que analizo en un artículo que aparecerá en breve en un libro colectivo sobre literatura española. En todo caso, Zazbek interesará a los lectores que gusten de la literatura austeriana, a los amantes de los libros fragmentarios y de pequeño formato, a los inclinados a la unión de literatura y arte y a los lectores de Leonardo Valencia, un colectivo al que recomiendo la adhesión.






Hugo Mújica, La casa y otros ensayos; Vaso Roto, Barcelona, 2008.



Un poeta es alguien que calla
Hugo Mújica




Vaso Roto, la editorial de Monterrey (México), que acaba de instalarse también en Barcelona, viene publicando hasta el momento libros de autores muy interesantes, como Mark Strand, Alda Merlini, Charles Wright, Derek Walcott o el autor al que ahora nos referiremos, Hugo Mújica, de quien ofrece tres ensayos poéticos agrupados bajo el título de La casa y otros ensayos.


Cuando me preguntan el momento en que más próximo me he sentido a la gran poesía, siempre respondo que ese momento fue el día en que leí poemas conjuntamente con Hugo Mújica. Los treinta centímetros de distancia que nos separaban en Córdoba marcaron mi máxima proximidad con la poesía con mayúsculas, aunque él -muy modesto, por lo que me pareció ese día-, parece escribirla con minúsculas. Su experiencia de monje trapense durante varios años, en los que guardó voto de silencio (muy parecida a la de otro gran poeta, el coreano Ko Un, que hizo lo mismo durante muchos años), parece haber forjado el carácter de sus poemas, llevados al extremo de la precisión y la contención expresivas, como si no quisieran levantar polvo al ser leídos, o no quisieran hacer ruido al ser escuchados. Mújica es también un ensayista notable, capaz de aunar diversas tradiciones para tejer un ensayo imprescindible sobre el vacío y el silencio (Pensar el vacío; Trotta, 2002), de hacer un ensayo en verso que pasó, por desgracia, bastante desapercibido en nuestro país (Lo naciente. Pensando el acto creador; Pre-Textos, 2007), y de apuntar en unas breves palabras y con una delgadez metafísica ideas imborrables sobre el parecido entre la casa y el cuerpo en “La casa”, primero de los textos que componen La casa y otros ensayos. Este texto tiene en común con los siguientes, “Crisis y fecundidad” y “El hueco de cada corazón”, que los tres alumbran conceptos distintos pero de parecida simbología: algo que, en principio, debía ser interior y cerrado (la casa, la crisis, el corazón), demuestran que, lejos de ser términos relativos al enclaustramiento, hacen referencia a la apertura, a la irradiación centrífuga hacia el exterior. Ya decía Juan Ramón Jiménez que “el centro escucha en círculos”, y Mújica es muy consciente de esa misma tensión de lo nuclear hacia lo exterior, en cuyo tránsito está la esencia misma del concepto movimiento, pero también del concepto esencia. Con una visión orientalizante, Mújica entiende que las cosas no responden a un solo principio, sino que se conforman dialógicamente, a la vista de sus opuestos y en dirección a ellos, siempre con un sentido de apertura. De ahí que el poeta escriba: “la casa, morada y estancia, habitada se entiende hogar, hogar que, encendido, se abre hospedaje: se ofrece apertura” (p. 25); “la imagen de la crisis es una ruptura, pero una ruptura por exceso: algo que entra donde no hay espacio, lo abre” (p. 42); “corazón es entonces, el nombre del espacio, la apertura” (p. 56). Cualquier texto de Mújica es valioso; este pequeño librito quizá no es una de sus grandes obras teóricas, pero en cualquier caso es una buena puerta de entrada para quien no conozca su imprescindible obra literaria.






Manuel Moyano, El Imperio de Chu; Ediciones Tres Fronteras, Consejería de Cultura, Juventud y Deporte, Murcia, 2008.

A pesar de las dudas sobre el género que mostraba hace poco Andrés Ibáñez en ABCD, siempre me ha interesado mucho el microcuento como forma literaria. Los he disfrutado mucho como lector e intento estar pendiente de lo que hacen autores como Luis Britto, José María Merino, Ana María Shua, Pedro Ugarte, Julia Otxoa, Luis Landero, Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio y otros tantos autores que tocan (puntual o exclusivamente) el microgénero. A ellos se suma el excelente relatista Manuel Moyano, que ha sacado un libro minúsculo, de diminuto formato, donde podemos encontrar piezas tan sugestivas como estas dos:


EL EXPEDIENTE

Responde con un vigoroso apretón de manos al jefe de personal cuando éste le comunica que ya es un empleado más de la compañía. Entra en su nueva oficina y, nada más sentarse a la mesa, alguien le tiende un expediente. Algo inseguro, lo abre sin detenerse a leer el título y empieza a rellenar casillas en blanco, a sembrarlo aquí y allá de anotaciones: no quiere que nadie dude de su aplicación en el trabajo. De vez en cuando, pregunta una duda a un compañero, saca un refresco de la máquina o atiende alguna llamada. Su ímpetu inicial, sin embargo, empieza a disminuir, y cada vez se siente más cansado. El expediente parece no tener fin: siempre hay una nueva página después de la última, esperando a ser rellenada. Repara en sus propias manos: han empezado a salirle unas manchas de color café. En cuanto a su cabello ―lo puede ver reflejado en la base del flexo que descansa siempre sobre la mesa―, se ha vuelto blanco. Cuando el nuevo jefe de personal le comunica que su contrato ha terminado, que ya está jubilado, intenta darle las gracias, pero un fuerte ataque de tos se lo impide. Apenas logra incorporarse de su silla. Antes de abandonar para siempre la oficina, cierra el expediente y lee por fin las dos palabras que lo encabezan: «Mi vida».





LUNA PÁLIDA
Tras contemplar el delicado paisaje que se extiende más allá de su ventana, el emperador remoja el cálamo de su pluma en el tintero y escribe: «Bella flor de loto bajo la luna pálida». Mientras relee su propia composición, una sutil lágrima se desliza por su mejilla y cae sobre el fino papel de arroz. Lo seca cuidadosamente con la manga de su vestido. Poco después, comprueba que queda suficiente tinta en el cálamo y firma con trazo elegante la sentencia a muerte de trece campesinos que esta mañana osaron pedir una reducción de los tributos a las puertas de palacio.



5 comentarios:

Jesus Andres dijo...

Kazbek. Suena muy interesante. Otro libro a la lista de tareas pendientes...


Gracias!

Anónimo dijo...

Ey, Vicente, ¿no es Mujica y no Mújica?
Un saludo.

Vicente Luis Mora dijo...

Puede ser, pero siempre he oído Mújica y las esdrújulas se acentúan en castellano. Si la pronunciación correcta es MuJIca, será llana y sin acento. Ahora mismo no tengo ningún libro suyo a mano, ya lo corregiré. Saludos.

Apostillas literarias dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

A mí me pasa igual que a Vicente. Lo pronuncio mal: lo correcto es Mujica (sin acento) y Laínez (acento en í).