lunes, 15 de septiembre de 2008

David Foster Wallace

Transcribo de El País:


Muere a los 46 años el escritor estadounidense David Foster Wallace
Referente de la nueva narrativa norteamericana, Wallace encontró el reconocimiento con 'Infinite Jest'

EFE / ELPAÍS.com - Washington - 14/09/2008

El escritor neoyorquino David Foster Wallace, conocido por su novela Infinite Jest, fue hallado muerto en su domicilio de Claremont, en California, ha informado este domingo la Policía. Su esposa lo encontró ahorcado al llegar a su casa.
Wallace, de 46 años, se dio a conocer con su primera novela, The Broom of the System (1987), pero saltó a la fama internacional en 1996 con la publicación de Infinite Jest, una parodia del futuro de Estados Unidos a través de los personajes de una academia de tenis y un centro de rehabilitación para drogadictos.
"Era uno de los escritores más influyentes e innovadores de los últimos 20 años", ha asegurado el crítico David Ulin en declaraciones a Los Angeles Times. Wallace "recuperó la novela como una especie de lienzo donde el escritor puede hacer lo que quiera", según este crítico.
El escritor, que durante este año cubrió la campaña presidencial del candidato republicano John McCain para la revista Rolling Stone, estaba dedicado a la actividad docente como profesor de escritura creativa en Pomona College, un centro de estudios liberales en las afueras de Los Angeles.
Entre sus obras figuran también colecciones de cuentos como La niña del pelo raro o Entrevistas breves con hombres repulsivos.


La noticia me la dio Eloy Fernández Porta en un mail, y me la confirmó Alvy Singer un poco después. La leí el domingo por la mañana, en el ordenador de un hotel de Los Ángeles, de esos que salían en sus novelas, y la sensación por ello ha sido de una extraña hiperrealidad. Era extraño pensar que DFW se había suicidado a menos de quince millas del lugar en el que dormía. Cuando he salido a la calle, pensaba que cualquiera de las ambulancias que de vez en cuando pasaban podía contener su cadáver. Me pregunto si Wallace va a ser el Kurt Kobain de la narrativa norteamericana. No lo sé, es demasiado pronto para saberlo. Pero es cierto que ha muerto también demasiado pronto, con menos de 50 años, quizá la edad en que un narrador comience a dar la medida de sus posibilidades.

Mucha gente me ha escrito hoy; escritores afines, y también escritores no afines, personas que aunque no le consideraban un referente sabía apreciar la calidad del autor de Infinite Jest o Girl with curious Hair, entre otros libros espléndidamente traducidos al español por Javier Calvo. Nadie podía esperarse que hubiera que dar por cerrado el corpus de escritura de Wallace con 46 años, por lo que es shocking, brutalmente golpeador, enfrentarse a ese hecho y aceptar la idea de que ya es posible hacer "una valoración". Yo de momento no puedo. Uno siente afinidad con personas que no conoce, por su obra, y yo me sentía afín a DFW por sus libros, aunque no fueran del todo de mi estilo, aunque nunca pudiera considerarme en puridad influenciado por ellos, con la excepción de Entrevistas breves con hombres repulsivos, un libro que me dio una lección fundamental: haz lo que te dé la gana, sin preocuparte de la recepción: si es bueno, será el libro el que creará a sus lectores. "E unibus pluram", un ensayo contenido en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, me sigue pareciendo el mejor texto escrito jamás sobre la relación entre televisión y literatura, y es seguramente el primer ensayo pangeico, escrito por alguien visionario en muchos aspectos. Yo echaré de menos a este hombre al que nunca conocí, que murió en su casa mientras yo dormía a unas millas de distancia. Nada presuntuoso, divertido, inteligente, por las entrevistas que se pueden leer en Google y ver en Youtube, se preocupó de hacer, a su manera, obras de arte perdurables para los demás. Se le puede decir ahora lo que el poeta Álvaro García escribió a James Joyce: "estás en los libros de los otros". En estos próximos días, por tanto, saldré a mi biblioteca a buscarle, en sus libros, en los de los otros y en los míos, para ver si me tomo con sus huellas el café que ya nunca podré tomarme con él.




20 comentarios:

Germán Sierra dijo...

Hola Vicente, y hola amigos.

Ayer llegué a casa a eso de las 10 de la noche y me encontré con una cadena de emails comentando la noticia en respuesta al primer mensaje de Eloy. Poco después, buscando en Google, me tropecé con este primer recuerdo de DFW en Salon.com :

http://www.salon.com/books/feature/2008/09/14/david_foster_wallace/

Recordaba más o menos el relato al que se refiere Laura Miller ("El neón de siempre", en la estupenda traducción española de Javier Calvo), pero, por supuesto, jamás lo hubiese interpretado como una premonición. Tuve que releerlo un par de veces antes de irme a dormir.

Esta mañana me he despertado pensando que debía escribir algo sobre DFW, aunque todavía no sé muy bien lo qué. Yo sí considero los libros de DFW "de mi estilo" (muy especialmente Infinite Jest, pero también sus relatos y artículos), y sí me considero influenciado por ellos, aunque mi estilo difiera del suyo en muchos sentidos y mi talento sea notablemente inferior. Hay unos pocos libros a los que siempre se regresa mientras se escribe, y La broma infinita ha sido y es para mí uno de ellos.

Es posible que, además de las cualidades intrínsecas del libro, que son muchísimas y no me voy a parar a enumerar aquí, mi especial querencia por La broma infinita tenga mucho que ver con que se trata de la primera novela verdaderamente impresionante escrita por un autor de prácticamente mi misma edad: esa que a medida que lees (y se trata de una medida larga) te vas dando cuenta de que allí se encuentra lo esencial que "la gente de nuestra edad" tenía que contar.

Sin DFW, algunos de los mejores relatos de la reciente literatura española no hubieran sido lo que son. No me atrevería a comparar el impacto que su obra ha tenido en la literatura española contemporánea con el que ha podido tener en otras lenguas (excluyendo, claro está, el inglés), pero no creo exagerar sugiriendo que, por nuestra parte, bien se merece un homenaje. Y esto es ponerse a ello.

Hasta siempre, Mr. Wallace.

Anónimo dijo...

Madre del amor hermoso que necrológica más cursi, oportunista y ridícula.
LS

Vicente Luis Mora dijo...

Alvy Singer en el blog "Masacre en los jardines":

Un mundo interminable: David Foster Wallace (1962-2008)
Septiembre 15, 2008, 9:10 am
Archivado en: Reflexiones | Etiquetas: Brett Easton Ellis, David Foster Wallace, Mcsweeneys, Relato, Ricardo Menéndez Salmón

En una entrevista para la revista Quimera, el escritor Ricardo Menéndez Salmón llamaba al orden por ciertos fratricidios contemporáneos y se situaba, sin dudarlo, en la tradición. De una declaración tan inteligente de un escritor dedicado a explorar temas muy similares a los de escritores como William Faulkner o Cormac McCarthy (o sea, las raíces del Mal) puede sacarse un mensaje equívoco: si la literatura es un plagio excelente, funciona y puede ser notable.

Seguramente por eso la recepción en España de David Foster Wallace ha sido, como siempre, injusta y exigente. Pero es lógico. Foster Wallace era, además de un novelista melvilleano, el mejor cuentista en activo de la nueva narrativa estadounidense. Su aportación fue incalculable porque se propuso agotar una tradición y acaso inventarse una, que empezara y terminara por él mismo. Seguramente es el único cuentista comprometido con la labor de su tiempo: contarlo, imaginarlo o al menos fingir reflejarlo. Sólo Lorrie Moore ha conseguido relatos que hablen con esa voz, rica y flexible, de las angustias de la era posindustrial, prácticamente invisibles para muchos narradores.

Hablaba Foster Wallace del problema del minimalismo y lo comparaba con la metaficción Decía que el minimalismo era falaz porque pretendía decir que no había narrador, que no existía. Defendía a Carver con una bella metáfora: I can hear the click. También lo hizo con otros excelentes cuentistas como Cortázar, Barthelme o Coover.

En los relatos de Foster Wallace uno puede oir el click. Incluso en los que parecen (meros) juegos posmodernos no son tales: el autor se hizo dueño de esas formas sólo para criticarlas. El escritor ya alertó del peligro y de lo idiota que suponen los movimientos, y si a Carver le tocó ser minimalista, a Foster Wallace le ha tocado ser posmoderno. Era muy crítico con el uso sistemático de Foucault y De Man en las universidades, decía que el juego posmoderno y trivial llevaba a Bret Easton Ellis y Duchamp era sólo el destino de la MTV. Foster Wallace quiso retar con sus relatos breves a todo una tradición y sólo desde el conocimiento exhaustivo pudo hacerlo. Quiso superar una estética y, sólo parcialmente, lo consiguió. El triunfo de McSweeney’s, de su cómplice Dave Eggers, ya le condenó a ser portavoz generacional.

Foster Wallace decidió agotar, antes de su trágica muerte con 46 años, al propio narrador, a la lengua y también a la elipsis. No esquivo la abstracción y la idea del relato como la composición detenida de un instante, con su magnífico Encarnación de una generación quemada. Supo hacer de la pirueta conceptual todo un relato, casi el más incontestable que ha escrito: Lyndon, en el que ahondaba en la figura más mediocre de todos los poderosos y obligaba a mirarla de frente. Pese a su innegable humor, Lyndon es un cuento sobre la banalidad demasiado trascendente. Una característica que se convirtió en el mayor pero de los críticos empeñados a tapar a Foster Wallace y en seguir destinando a otros propósitos, ignotos y centrales, a ratos aburridamente tradicionales, a la literatura. Con él, el relato pierde a uno de sus auténticos cultivadores, preocupado por cualquier asunto menos el de la eficacia y el canon, costumbre que, curiosamente, rodea a la mayoría de cuentistas.

Por ALVY SINGER

http://masacreenlosjardines.wordpress.com

Anónimo dijo...

Cada uno llora a sus muertos. ¿Por qué ha estado tan mal visto que haya llorado a los míos?

Anónimo dijo...

¿Necrológica oportunista? A quien se le ocurre aprovechar que este hombre ha muerto para escribir una necrológica...

Vicente Luis Mora dijo...

Advierto que el penúltimo comentario no lo he escrito yo. Saludos.

Alvy Singer dijo...

Le vamos a echar de menos. Sobretodo los que día a día esperábamos su nuevo libro, del que el New Yorker publicó un adelanto en forma de relato.

Este texto es de los mejores que he leído sobre esta pérdida. La situación de Vicente esa noche precipita todavía más las circunstancias, extrañas de por sí.

Anónimo dijo...

Agradezco la nota para conocer o acercarme al menos a la obra de un escritor que desconocía por completo.

Alvy Singer dijo...

http://www.harpers.org/archive/2008/09/hbc-90003557 Han puesto a disposición todos los artículos que Foster Wallace escribió para Harper's.

Un saludo a todos.

Alvy Singer dijo...

Del New York Times:

"r. Wallace was an apparent suicide. A spokeswoman for the Claremont police said Mr. Wallace’s wife, Karen Green, returned home to find that her husband had hanged himself. Mr. Wallace’s father, James Donald Wallace, said in an interview on Sunday that his son had been severely depressed for a number of months.

A versatile writer of seemingly bottomless energy, Mr. Wallace was a maximalist, exhibiting in his work a huge, even manic curiosity — about the physical world, about the much larger universe of human feelings and about the complexity of living in America at the end of the 20th century. He wrote long books, complete with reflective and often hilariously self-conscious footnotes, and he wrote long sentences, with the playfulness of a master punctuater and the inventiveness of a genius grammarian. Critics often noted that he was not only an experimenter and a showoff, but also a God-fearing moralist with a fierce honesty in confronting the existence of contradiction.

“David Foster Wallace can do practically anything if he puts his mind to it,” Michiko Kakutani, chief book critic of The New York Times, who was not a consistent praiser of Mr. Wallace’s work, wrote in 2006. “He can do sad, funny, silly, heartbreaking and absurd with equal ease; he can even do them all at once.”

Mr. Wallace, who had taught creative writing at Pomona College in Southern California since 2001 and before that had taught at Illinois State University, came to prominence in 1986 with a broadly comic first novel, “The Broom of the System” (Viking), published when he was just 24. It used the narrative frame of a young woman’s search for identity to draw a loopy portrait of America on a comic and dangerous spiral into the Disneyesque confusion of reality and artifice.

Mr. Wallace was best known for his mammoth 1996 novel, “Infinite Jest” (Little, Brown), a 1,079-page monster that perceives American society as self-obsessed, pleasure-obsessed and entertainment-obsessed. (The president, Johnny Gentle, is a former singer.) The title refers to an elusive film that terrorists are trying to get their hands on because to watch it is to be debilitated, even killed, or so it’s said, by enjoyment. The main characters are a stressed-out tennis prodigy and a former thief and drug addict, and they give rise to harrowing passages about panic attacks and detox freak-outs. The book attracted a cult of fans (and critics too) for its subversive writing, which was by turns hallucinogenically stream of consciousness, jubilantly anecdotal, winkingly sardonic and self-consciously literary. The following year Mr. Wallace received a MacArthur Foundation grant, the so-called genius award.

In contrast to the lively spirit of his writing, Mr. Wallace was a temperamentally unassuming man, long-haired, unhappy in front of a camera, consumed with his work and its worth, perpetually at odds with himself. Journalists who interviewed him invariably commented on his discomfort with celebrity and his self-questioning. And those who knew him best concurred that Mr. Wallace was a titanically gifted writer with an equally troubled soul.

“He was a huge talent, our strongest rhetorical writer,” Jonathan Franzen, a friend of Mr. Wallace and the author of “The Corrections,” said in an interview on Sunday, adding later, “He was also as sweet a person as I’ve ever known and as tormented a person as I’ve ever known.”

Mr. Wallace was born in Ithaca, N.Y., where his father was a graduate student in philosophy. When David was 6 months old, his father got a job at the University of Illinois, and the family moved to Champaign, Ill., where David became a locally prominent junior tennis player. At Amherst College, he studied philosophy and English, graduating summa cum laude in 1985. It was also at Amherst, said his mother, Sally Foster Wallace, an English teacher who specialized in grammar, that he began to write. One of his two senior theses became “The Broom of the System”; the other was about Aristotle and whether statements about the future can be true.

Mr. Wallace received a master’s degree in fine arts from the University of Arizona in 1987 and began sending out his short stories, many of them collected in the volumes “Girl With Curious Hair,” “Brief Interviews With Hideous Men” and “Oblivion.” He also wrote essays and reported pieces on an astonishing array of topics, from lobsters to Roger Federer, the pornography industry to John McCain, collected in several volumes, the latest being “Consider the Lobster and Other Essays” (Little, Brown, 2006).

In addition to his wife, whom he married in 2004, and his parents, who live in Urbana, Ill., Mr. Wallace is survived by a sister, Amy Wallace Havens of Tucson.

His father said Sunday that Mr. Wallace had been taking medication for depression for 20 years and that it had allowed his son to be productive. It was something the writer didn’t discuss, though in interviews he gave a hint of his haunting angst.

In response to a question about what being an American was like for him at the end of the 20th century, he told the online magazine Salon in 1996 that there was something sad about it, but not as a reaction to the news or current events. “It’s more like a stomach-level sadness,” he said. “I see it in myself and my friends in different ways. It manifests itself as a kind of lostness.”

James Wallace said that last year his son had begun suffering side effects from the drugs and, at a doctor’s suggestion, had gone off the medication in June 2007. The depression returned, however, and no other treatment was successful. The elder Wallaces had seen their son in August, he said.

“He was being very heavily medicated,” he said. “He’d been in the hospital a couple of times over the summer and had undergone electro-convulsive therapy. Everything had been tried, and he just couldn’t stand it anymore.”

Anónimo dijo...

Vicente, el ensayo del que hablas, "E unibus pluram", creo que es de una lucidez que asusta. Hasta que leí ese texto no compendí del todo la genialidad de Wallace. Antes sólo la había intuido.
Tu comentario sobre Mr Wallace me ha parecido cojonudo. Lo importante, como él decía, son las emociones.
Un abrazo

Agustín

Anónimo dijo...

Germán, sé lo que dices. Hoy mismo, he teido que escribir algo sobre Wallace, para nada, para mí, pero he tenido que hacerlo.
Un abrazo
Agustín

J. A. Montano dijo...

En mi blog he escrito sobre el *paso atrás* en la literatura de Foster Wallace que supone el suicidio de Foster Wallace:

http://joseantoniomontano.blogspot.com/2008/09/un-escritor-menor.html

Esther dijo...

Da mucho miedo pensar en estas cosas. ¿Por qué un hombre destacado en la literatura como Wallace decide colgarse del cuello? ¿tiene algo que ver su talento? ¿tanto talento mata? ¿por qué colgarse del cuello? si yo tengo un marido como Wallace y decide colgarse del cuello en el salón de casa, le mato. Da mucho miedo pensar en estas cosas. Siento no estar a la altura.

Anónimo dijo...

Esther, es que esto es rock literario...

Germán Sierra dijo...

Quizá no esté de mas comentar, llegados a este punto, y aunque le reste algo de romanticismo trágico al acto de quitarse la vida, que la depresión es una enfermedad, en no pocas ocasiones grave y de muy difícil tratamiento. De las declaraciones del padre de DFW, recogidas en el artículo del NYT que ha colgado Alvy Singer más arriba, se desprende que llevaba mucho tiempo medicándose, probablemente con no demasiado éxito ya que en nuestros días sólo se recurre a la terapia electroconvulsiva cuando fallan los fármacos.
Podríamos discutir interminablemente sobre si la enfermedad ha acabado con él (y, en este caso, su acto no sería muy diferente a cuando Kathy Acker renuncia a continuar tratándose de su cáncer en San Francisco para ir a morir a una clínica naturista en México), o si ha sido un acto libre y voluntario, un "moriatur anima mea morte philosophorum". La verdad, no creo que importe en absoluto.
Me preocupa más (y sé que terminará por suceder en muchos casos) la distorsión que el conocimiento público de su enfermedad pueda introducir en la lectura de su obra. Toda esa basura bio-psicológica que tanto gusta a ciertos comentaristas. Vale, sufrió una larga depresión que terminó en suicidio, pero lo conocíamos, "a fellow of infinite jest, of most excellent fancy..."

Saludos,
Germán

Anónimo dijo...

Virgencita, virgencita que me quede como estoy. Prefiero morir tonto pero viejo, que talentoso y joven.

Quizás no sea tan maravilloso ser escritor. Total, pa morir ahorcao...

Benjy, el poeta memo.

Vicente Luis Mora dijo...

No te preocupes, Benjy, te calculo unos 120 años de vida, por la parte corta.

hombredebarro dijo...

“Estos relatos son pura ficción. Algunos de ellos proyectan los nombres de figuras públicas “reales” en unos personajes inventados y en unas situaciones inventadas. Cuando en esta obra se utilizan los nombres de empresas, de medios de comunicación o de políticos, con ellos sólo se quiere denotar personajes, imágenes,la materia de los sueños colectivos; no denotan ni pretenden dar una información privada de personas existentes, en carne y hueso, ni vivas, ni muertas, o nada que se le parezca.”
Esta aclaración precede a la colección de relatos que se titula “La niña del pelo raro”.
La figura de Foster ha pasado a ser un emblema.
Coincido con el análisis de Montano y con la irónica apreciación de Esther.
Cualquier aproximación a su obra puede ser válida, pero lo más sensato sería poner cada cosa en su sitio. La cagada de su suicidio no debería empañar los posibles valores de su talento literario.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Jopeta, gracias Don Vicente...

Benjy, el poeta memo