sábado, 6 de septiembre de 2008

Filosofía, de Víctor Gómez Pin


Filosofía eres tú

[Publicado en el número de septiembre de revista Mercurio]

Víctor Gómez Pin
Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen; Espasa Calpe, Madrid, 2008

El punto de partida de este libro de Gómez Pin es tan simple que resulta escabrosamente ambicioso: devolver a la filosofía su condición de despertador (frente a aquellos que la han considerado como tisana sustitutiva del Prozac), incluirla en el giro de preocupaciones básicas de los humanos, y hacerlo con esa transparencia “que viene emblemáticamente asociada al nombre de Descartes” (p. 15). Ahí es nada: hacer filosofía para todos, desde un lenguaje de todos, revirtiendo el giro hermenéutico que desde principios del XX ha convertido a la Filosofía en algo para iniciados, dotado de una koinée terminológica que, según el Vattimo de El fin de la modernidad, aleja al lector y enreda al especialista en una serie de topoi francamente indiscernibles no ya para el común, sino incluso para lectores expertos y cultos, pero no especializados en esa peculiar sintaxis, llena de incrustaciones griegas y alemanas. Seguramente el éxito continuo de pensadores como Nitzsche, Benjamin o Cioran, que siguen interesando a nuevas generaciones de lectores, parte precisamente del milagro de su transparencia expositiva. Algo que intentan también otros pensadores como Rosset, pero a costa de cierta superficialidad puntual en el tratamiento de los asuntos.

Gómez Pin se plantea expresamente su libro como algo muy necesario, a mi juicio: “un catálogo relativo a qué ha de saber un filósofo” (p. 29), y ese catálogo incluye mucho más que el tradicional acervo de la Historia de la Filosofía, que es un buen laboratorio de trabajo, pero no el final de los saberes que debe dominar un pensador. Gómez Pin añade: “Tal saber incluye necesariamente aspectos relativos a genética, lingüística, mecánica clásica, mecánica cuántica, Teoría de la Relatividad, teoría matemática de Conjuntos, topología algebraica, teoría físico-matemática del campo, teorías ondulatorias de la luz y del sonido, momentos de la historia de la teoría musical, historia conceptual del arte… y un no muy largo etcétera” (ibídem). En unos apéndices al libro se entra, ya de modo bastante técnico, en todos estos asuntos, lo que demuestra la coherencia del autor, que no se limita a exponer una programática, sino que demuestra haberla seguido, de modo intachable, durante muchos años. Cada capítulo del libro es un asombroso modo de leer el mundo, desde la historia científica, cultural y filosófica de cada concepto. Además, Gómez Pin señala oportunamente algo con lo que en principio estaríamos de acuerdo: “Los problemas filosóficos son universales antropológicos, es decir, no hay lengua en la cual no estén presentes, ni sociedad que no esté obsesionada por ellos” (p. 37). Sin embargo, su actitud claramente cientifista -radicalmente cientifista, más bien-, nos plantea una duda: al hacer tanto hincapié en la necesidad de conocer los rudimentos de la ciencia de nuestro tiempo para sustentar deducciones filosóficas de ellas, el autor olvida que también quienes en el pasado lo hicieron llegaron a conclusiones falsas por ser la ciencia algo en perpetuo desarrollo, una ficción que siempre escribe una historia inacabada. Hay algo de paradójico en defender universales a partir de concretos, aspectos que crucen la especie entera a partir de formulaciones incompletas de estados de investigación. Apoyando conclusiones filosóficas sobre la genética cuando aún no se ha completado el desciframiento completo de todos los genes se corre el mismo riesgo que cuando se elaboraban reflexiones sobre el espacio y el tiempo antes de Einstein (y Einstein ya tampoco basta). Por eso Gómez Pin acierta más cuando escribe sobre la importancia de la ciencia (en general) y de la actitud científica como algo natural al ser humano, que cuando busca un principio científico y extrae consecuencias metafísicas del mismo. Esa preocupación científica es un universal, sí, pero no pueden serlo sus resultados parciales y concretos.

En el libro se hacen referencia (p. 59) a tesis de su libro Entre lobos y autómatas. La causa del hombre (Espasa Calpe, 2006), lo que nos permite ver la unidad de su pensamiento. Se vuelve a incidir entre las diferencias de la conciencia humana respecto a la animal (esta vez desarrollando una tesis de Hobson, pp. 119 y siguientes), diferencias que para él justificaban la no necesidad de unos derechos de los animales equivalentes a los del hombre. La cuestión de la igualdad de derechos entre animales y hombres está planteada por Gómez Pin rebatiendo los puntos de partida teóricos que otros pensadores españoles (como Jesús Mosterín o Jorge Riechmann). Al argumento del enorme parecido genómico, oponía Gómez Pin otro de no poca lógica: “si el grado de homología (…) es suficiente para considerar que nos corresponde un común destino, ¿por qué las cosas parecen ir por otra vía?; ¿por qué hay tal disparidad, tanto anatómica como psicológica y de comportamiento, entre ambas especies? Y sobre todo: ¿por qué no se da en el ‘hermano’ primate cosa análoga a nuestro lenguaje?” (Entre lobos y autómatas, p. 72). Y es que el lenguaje es, para el autor, un elemento fundamental para explicar las diferencias que plantea lo humano; no por casualidad retomará el tema cuando aborde la inteligencia artificial. Utilizando las tesis de Wittgenstein (p. 81), Chomsky y Pinker, elabora una construcción que nos hace ver que, en efecto, sólo el hombre tiene lenguaje, mientras que animales y máquinas se mueven por códigos instintivos o impuestos por el hombre, en cuya formación y desarrollo no pueden intervenir. En Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen lo sentencia de este modo: “el lenguaje simplemente es nuestra naturaleza, o una parte muy importante de ella” (p. 160). Así pues, donde habría que poner hincapié no es en el estudio de los muchos cromosomas que compartimos con ciertas razas animales, sino en esos pocos cromosomas cuya información biológica es diferente. Por supuesto, estos planteamientos de Gómez Pin no indican ni animadversión contra los animales ni resquemor ante la naturaleza, ya que sólo en el seno de ésta, como advierte sensatamente, es entendible el proyecto humano.

Hay aseveraciones de lo más interesante, como ésta sobre el espacio: “Y sin embargo, hay razones para estimar que tal geometría y tal espacio constituyen efectivamente (como Kant pretendía) una suerte de constructo determinante de nuestra percepción del entorno, una intuición a priori a la que nuestra intuición empírica se amolda. En suma: Aunque el espacio físico no sea euclidiano, nuestra percepción del mundo sí lo es” (p. 68). Otra: “el electrón representa una suerte de reencuentro con lo sustancial” (p. 84). A pesar de ser un gran conocedor de temas científicos, es curioso cómo Gómez Pin olvida a veces algunos rudimentos científicos para arrimar el ascua a su sardina, como cuando escribe: “corolario importantísimo del postulado según el cual la filosofía concierne al género humano como tal, es también que la disposición filosófica ha de ser fomentada desde muy pronto, impidiendo que la educación infantil se traduzca en parcialización del espíritu. Pues un niño es naturalmente rebelde al aprendizaje de disciplinas desprovistas de hilo conductor que las unifique y, en consecuencia, carentes de sentido” (p. 18). En realidad, eso no se debe a que el niño necesite una representación en modo filosófico y prosódico de la realidad, sino más bien a que las limitaciones de las conexiones sinápticas de su cerebro, hasta que cumple 7 años, le hacen imposible cualquier otro tipo de relación, como apuntan las investigaciones cognitivas más recientes. La percepción de lo fragmentario como relato no hilado del mundo requiere, ojo a esta obviedad, una inteligencia plenamente desarrollada. Pero habría que buscar con lupa mistificaciones de este tipo en Gómez Pin, que ya demostró en su acomplejante Infinito y medida (1987) su dominio de las artes matemáticas, por poner un ejemplo. Por poner algún defecto más, para que no se note demasiado la admiración incondicional de quien suscribe estas palabras, Pin critica la nueva cultura literaria de “corta y pega”, pero él la utilizaba en Entre lobos y autómatas reproduciendo en dos páginas (28 y 44) exactamente la misma frase sobre la crueldad de los lobos. En Filosofía el corta y pega de párrafos como el del “lac operón" llega a las tres veces. También le negaba en Lobos y autómatas el sentido del humor a los robots, pero el corrector automático de Windows le cambió a Josep Carner por Josep Carné. Hay criterios discutibles de edición en Filosofía, como por ejemplo que algunas citas aparezcan meramente entrecomilladas y otras (p. 146) con nota al pie aclarando su origen bibliográfico. También, porque los paratextos son siempre traicioneros y los créditos de un libro son siempre interesantes, se podría decir algo sobre los filósofos con agente literario, sobre si eso puede afectar -o no- al contenido de un libro, sobre si la exigencia es la misma cuando se esperan cierto tipo de resultados -o no-. Pero eso lo dejamos para otro día. Con lo que hay en las excelentes páginas de Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen tenemos estímulos, ideas, planes de estudio e interrogaciones universales que dan, en efecto, para toda una vida.

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33 comentarios:

Manuel G. dijo...

Esta filosofía que va de la mano de la física cuántica etc...en realidad ¿no se infantiliza? ¿no se convierte a pesar de todo en una simple mecánica con reglas ya fijas y dadas, en una filosofía que se somete a reglas limitadas de un campo determinado bastante corto al fin y al cabo?

Una filosofía indagatoria, más bien en los órdenes del pensamiento, en el sentido a como lo pueda ser el pensamiento freudiano, o incluso Nixeano...de caminos no lineales y no lógicos...¿no es siempre mucho más potente?

La filosofía de corte científica curiosamente da mucha charlatanería...¿no es curioso?

Manuel G. dijo...

...quiero decir "no lógicos" en el sentido más bien de "no mecánicos"

Rafel Lopes dijo...

Muy interesante su reseña, señor Mora... Buscaré por mi librería a ver si encuentro el libro. Aunque ya para empezar parece que Gómez Pin hace algunas afirmaciones que probablemente discutiría -como esa vastedad de conocimientos que le exige al filósofo, simplemente inabarcable en esta era de especialización y saberes que tienden al infinito-, parece un soplo de aire fresco en el panorama filosófico español...

Libertariano dijo...

Estoy de acuerdo en que la filosofía con VGP (y Aristóteles, Averroes, Descartes, Kant, Popper) tiene que ir de mano de la ciencia. De manera principal. Lo que no quiere decir que no se presten oídos a otras dimensiones y actividades. La Filosofía, especialmente ella, tiene que interesarse en todo lo humano.

Pero la ciencia tiene que ser su principal aliada precisamente porque no es una "ficción". Etiquetarla así es un error categorial. La característica de la ciencia es que es una búsqueda inacabable pero su asíntota es la verdad y su metodología, la refutación de las teorías basándose en los hechos. Ahí reside su fuerza pero también su limitación. Pero es que lo que no tiene límites, es amorfo.

Cuando Gómez Pin insiste en el carácter procientífico de la filosofía también está apuntando al carácter inacabado de la misma filosofía, alejándose tanto de los presupuestos fundamentalistas de la filosofía dogmática como de los relativistas de la filosofía posmoderna.

Una derivada interesante: de ese modo, al igual que hay progreso en ciencia se podría alcanzar un progreso en los ámbitos filosóficos, políticos, morales...

En fin, VGP es un neoilustrado, contra el oscurantismo tan caro a tantas imposturas intelectuales.

Saludos, Vicente

Vicente Luis Mora dijo...

Sobre lo de que la crítica no es una ficción -lo que desde luego es-, a ver si encuentro por ahí un artículo o texto al respecto de Agustín Fernández Mallo, que como físico nuclear en ejercicio, creo que tiene mucho que decir. Saludos a todos.

Jordi Roldán dijo...

En estos casos, siempre acudo a Wagensberg. Varios puntos de su A más cómo menos por qué.

[408] El qué es lenguaje, el cómo es ciencia, el para qué es tecnología y el porqué es, quizá, filosofía.
[409] El qué del cómo es el lenguaje de la ciencia
[410] El qué del porqué es el lenguaje de la filosofía
[411] El porqué del cómo es filosofía de la ciencia
[412] El porqué de qué es la filosofía del lenguaje
[413] El cómo del qué es la ciencia del lenguaje
[414] El para qué del qué es la técnica del lenguaje

No hace falta especificar que el árbol de lo que se llama conocimiento se ha disgregado en numerosas ramas y que éstas tienden a su vez a bifurcarse hasta el infinito, en un crecimiento que sigue una progresión exponencial. Sin embargo, no por ello se debería dar la espalda a otros ámbitos que no nos competan (otro fallo del maniqueísmo occidental es la división entre ciencias y letras). Digamos que un científico debería conocer la filosofía de Heidegger, Spinoza, Popper..., igual que un filósofo no puede ignorar los avances en neurociencias y genética, por ejemplo. No se pueden generar teorías ni avances tecnológicos, científicos o humanistas, y si se hacen serán imprecisos y/o erróneos, sin tener en cuenta que funcionamos como redes, no como algoritmos. Supongo.

Libertariano dijo...

Ok, mientras busca el texto de Fdez. Mallo, y dado que tengo a mano el libro de Barbara Herrnstein, me digo con ella:


“La mayoría de los niños aprende a una edad relativamente temprana que algunas de las cosas que les decimos son “realmente verdad” y que otras son “solo cuentos””

Antes de lanzarme a buscar con Groucho un niño de cuatro años (aunque admito que la confrontación entre un niño marxista y un físico teórico está en principio descompensada), me digo que, después de todo, Hamlet, al que todo le parecía una ficción dentro de una ficción escondida en una ficción (como la fórmula de la Coca Cola), también fue niño.

Saludos realistas

Anónimo dijo...

Discrepo, por si vale la puyita, con Libertariano cuando en su primer comentario afirma que la ciencia no es ficción. También es ficción, como la filosofía, como la crítica, como nosotros mismos.

Saludos.
Toto

Anónimo dijo...

Sopla aire fresco en la filosofía española, no lo dude. Gómez Pin es una muestra de ello se esté más o menos de acuerdo con su posicionamiento tardomoderno. Félix Duque, Manuel Barrios, Sánchez Meca, Javier Echeverría, y una larga lista bastante heterogenea: neuma y logos.

Estoy más por la interdisciplinariedad en todos los campos -Juan Arana decía que era interesante que un físico leyera a Martin Buber o que escuchara a Serrat, por ejemplo- que por esa centralidad que Gómez Pin le asigna a la ciencia. Me quedo con una de las tesis de su anterior libro, (aunque el autor quizás sea en este ensayo algo injusto y demagogo al tocar el tema de los derechos de los animales) la centralidad absoluta del lenguaje en todo lo que tenga que ver con el ser humano, para recordar que el lenguaje es un poliedro y el pensamiento-lenguaje científico una de sus caras.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Sobre esto podemos discutir sin llegar a tierra firme. Al menos esa es mi experiencia. Pero bueno por alusiones:
Libertariano, en primer lugar, creo que porque algo busque la verdad no tiene garantizado que no sea una ficción. La astrología busca una verdad en base a unos mecanismos que a ella le funcionan, y tengo la impresión de que es pura ficción.
En mi opinión la ciencia tiene un componente ficción por varios motivos, el primero lo dice implícitamente Libertariano aunque no se dé cuenta: si la ciencia, como él dice, busca la verdad, como asíntota, es decir, que se aproxima a la verdad sin nunca llegar a ella, (que sería en este caso el significado de la palabra asíntota), entonces, si así es, está claro que no alcanza nunca una verdad, por lo tanto es una ficción. Una “ficción verosímil”, pero al cabo una ficción, ya que sólo algo no es ficción cuando puede “cerrase” desde algún afuera, es decir, cuando tiene un límite que se alcanza para darse como una verdad objetiva, absoluta y con independencia del punto de vista. Por lo que Libertariano afirma ( estoy de acuerdo), eso no ocurre en la ciencia.
Por otra parte, más simplificadamente, creo que se podría decir así: la ciencia no es la realidad sino una representación de la realidad, y como tal representación, es ficción. Prueba de ello es que las diferentes visones científicas del mundo han ido mutando, incluyéndose las unas en las otras, afilando más y más el lápiz, y cuando el lápiz no se puede afilar más, esa “ficción” agota su grado de verosimilitud y ocurre una revolución, un cambio de paradigma, que suele incluir al anterior (aunque no siempre) y vuelta a empezar.
Otro argumento aún más general podría ser que cada civilización tiene su “ciencia”, la cual aplica y le funciona. De los precolombinos a los esquimales. Con eso está dicho todo. Cada uno, en base a su cultura, construye su verdad, su ficción.
Por último, pienso que hay que desmitificar ciertos dogmas de verdad de la ciencia, hay que darse cuenta de la ciencia no es más un lenguaje, un como tal es un constructo cultural que parte de la cabeza de los hombres y, no del exterior a la cabeza de los hombres.
Esta es más o menos mi opinión, pero como todo es ficción puede no deje de ser una ficción más. Hace tiempo que es un asunto que no preocupa. Me interesa que una ficción, sea la ciencia o la filosofía o o que sea, me funcione, no busco la verdad ni me interesan esos conceptos. La existencia de una verdad la considero una fe como otra cualquiera que a quien le funcione, pues estupendo, no seré yo quien intente adoctrinar bajo mi ficción a otra ficción.
Un saludo.
Agustín

Anónimo dijo...

(Corrección DEL ANTERIOR COMENTARIO QUE HABÍA PUESTO, POR VARIOS ERRORES TIPOGRÁFICOS)
Sobre esto podemos discutir sin llegar a tierra firme. Al menos esa es mi experiencia. Pero bueno por alusiones:
Libertariano, en primer lugar, creo que porque algo busque la verdad no tiene garantizado que no sea una ficción. La astrología busca una verdad en base a unos mecanismos que a ella le funcionan, y tengo la impresión de que es pura ficción.
En mi opinión la ciencia tiene un componente ficción por varios motivos, el primero lo dice implícitamente Libertariano aunque no se dé cuenta: si la ciencia, como él dice, busca la verdad, como asíntota, es decir, que se aproxima a la verdad sin nunca llegar a ella, (que sería en este caso el significado de la palabra asíntota), entonces, si así es, está claro que no alcanza nunca una verdad, por lo tanto es una ficción. Una “ficción verosímil”, pero al cabo una ficción, ya que sólo algo no es ficción cuando puede “cerrarse” desde algún afuera, es decir, cuando tiene un límite que se alcanza para darse como una verdad objetiva, absoluta y con independencia del punto de vista. Por lo que Libertariano afirma ( estoy de acuerdo), eso no ocurre en la ciencia.
Por otra parte, más simplificadamente, creo que se podría decir así: la ciencia no es la realidad sino una representación de la realidad, y como tal representación, es ficción. Prueba de ello es que las diferentes visones científicas del mundo han ido mutando, incluyéndose las unas en las otras, afilando más y más el lápiz, y cuando el lápiz no se puede afilar más, esa “ficción” agota su grado de verosimilitud y ocurre una revolución, un cambio de paradigma, que suele incluir al anterior (aunque no siempre) y vuelta a empezar.
Otro argumento aún más general podría ser que cada civilización tiene su “ciencia”, la cual aplica y le funciona. De los precolombinos a los esquimales. Con eso está dicho todo. Cada uno, en base a su cultura, construye su verdad, su ficción.
Por último, pienso que hay que desmitificar ciertos dogmas de verdad de la ciencia, hay que darse cuenta de que la ciencia no es más que un lenguaje, y como tal, es un constructo cultural que parte de la cabeza de los hombres y, no del exterior a la cabeza de los hombres.
Esta es más o menos mi opinión, pero como todo es ficción puede que no deje de ser una ficción más. Hace tiempo que es un asunto que no me preocupa. Me interesa que una ficción, sea la ciencia o la filosofía o lo que sea, me funcione, no busco la verdad ni me interesan esos conceptos. La existencia de una verdad la considero una fe como otra cualquiera que a quien le funcione, pues estupendo, no seré yo quien intente adoctrinar bajo mi ficción a otra ficción.
Un saludo.
Agustín

conde-duque dijo...

Estoy de acuerdo con Agustín en que la ciencia es sobre todo un lenguaje. Como tal, consiste en palabras que se relacionan con otras, incluso que pueden ser definidas como conceptos (y situadas en ecuaciones, leyes, etc.) pero que pueden no tener correspondencia en la realidad –sea esto lo que sea– y, en ese sentido, como dice, ser “ficción”. Son instrumentos que sirven a una teoría, a esa representación de las cosas que se hace desde una teoría. Por eso cuando cambia el paradigma muchos términos de ese lenguaje resultan ya inservibles, carecen de sentido y simplemente desaparecen, pues ya no tienen razón de ser en el nuevo paradigma. (Sin embargo, yo creo que, por mucho que se quiera mixtificar, entre lo que hace Arthur C. Clarke y lo que hace Werner Heisenberg sigue habiendo una diferencia cualitativa. Como la hay entre lo que hace Fernández Mallo en su laboratorio y lo que hace cuando escribe un poema o un relato).
No estoy nada de acuerdo, en cambio, con el posible discurso multiculturalista aplicado a la ciencia (antepenúltimo párrafo): eso de que cada civilización tiene su “ciencia” me parece absurdo. No hay matemáticas mayas o egipcias o santanderinas. Lo que hay geometría euclidiana y geometría no euclidiana. Y llamarle ciencia a otras cosas (de ritos mágicos a técnicas más o menos depuradas) me parece muy discutible. Todo eso sirvió hace años para crear un montón de departamentos universitarios y que unos cuantos vivieran del cuento, pero no hay contenido: de hecho, ya nadie se lo cree.
No sé si la “verdad” debe ser o no el objetivo de la ciencia, pero sí supongo que debería serlo de la filosofía, que precisamente tiene entre sus atribuciones la de analizar y clarificar los términos y conceptos utilizados por la ciencia. Y si la palabra “verdad” nos parece demasiado pretenciosa, que puede ser (por espíritu escéptico de nuestra época hasta nos da un poco de vergüenza utilizarla), lo que hay que buscar sin duda es la INTELIGIBILIDAD. Si falta esa voluntad de inteligibilidad, tanto en filosofía como en ciencia, a mí me parece que estamos perdidos y abrimos la puerta al timo.
Yo creo que el compromiso de inteligibilidad se debería aplicar incluso a cualquier escritura y, sobre todo, a la ensayística. Por eso me parece que insistir una y otra vez en términos metafilosóficos como tardomoderno, posmoderno, etc. (como veo que hacéis por aquí constantemente, como si fuesen “verdades” intocables) deja de ser clarificador y se convierten en meras etiquetas para salir del paso y no profundizar.
Ya termino, que me estoy pasando.
Pese a sus retorcimientos sintácticos proustianos (que nos hacen disfrutar mucho de su estilo literario pero nos complican el seguimiento de sus ideas), para mí Víctor Gómez Pin es de los pensadores más interesantes que tenemos ahora en España. Y es de agradecer su interés por salir al debate público. Tiene una proyección pública mucho mayor que otros filósofos que también me parecen importantes, como Felipe Martínez Marzoa, que desarrolla su labor más en el ámbito académico.
Un saludo.

cgamez dijo...

Hola a todos.

En primer lugar, decir que estoy muy de acuerdo con el comentario de Vicente al calificar la ciencia como "algo en perpetuo desarrollo" y en cierta forma, "una ficción que siempre escribe una historia inacabada" (eso me parece hasta poético). La voluntad científica por intentar acercarse a la verdad no la justifica como tal verdad (AFM dixit muy acertadamente). Ejemplo: astronomía ptolemaica. 14 siglos de error científico sustentado en una filosofía como la aristotélica, tan interesada en la búsqueda de la verdad (pragmática). Ese error a veces me hace sospechar que los astrofísicos de la actualidad, que apenas si conocen el 20% de los elementos con los que trabajan (materia oscura) no hacen más que construir mitos (los del Big Bang), que la cosa es muy grande para pretender explicarla al dedillo. Otra cosa es la percepción de la ciencia que tienen, por ejemplo, los físicos que trabajan en electrónica. Para ellos, el transistor y los microchips son hechos (que nosotros, los internautas podemos contrastar). O los que lo hacen bombardeando átomos con protones. Los protones existen porque les permiten trabajar con ellos, canalizarlos, dirigirlos, obtener resultados contrastables (una ficción que funciona sin más, muy en la línea de lo que afirma AFM). En este sentido, la explicación de la realidad que comporta la ciencia actúa como lo hacía el mito en la Grecia presocrática. Y no, yo no soy relativista. Creo que la ciencia sí permite obtener conocimiento por una sencilla razón: al poder le interesa la ciencia, invierte en ciencia, y obtiene más poder (económico, político, militar). No hay más que ver como las grandes civilizaciones tuvieron asociada su ciencia. Con esto entronco con mi segunda opinión. Me temo conde-duque que si existió una matemática egipcia (Pitágoras viajó allí para aprender sus técnicas para el cálculo de superficies y el cálculo de fracciones, también fue a Mesopotamia a estudiar su astronomía y sus cálculos trigonométricos, después volvió a la Magna Grecia y elaboró sus propias ideas matemáticas, más teóricas, y consiguió el poder político de su polis) y matemática maya (difícil de estudiar por los problemas con el alfabeto, pero la astronomía era tan potente que su calendario no requería reajustes -bisiestos- como el nuestro). Incluso el 0 se postuló primero en la India, y los negativos en China (en Grecia fueron desechados por incomprensibles). No lo digo por chulear, sino para que se comprenda que la matemática es una manera entender el mundo (ficticia eso sí) bastante universal, y que al poder siempre le ha interesado y la ha financiado por sus múltiples aplicaciones. Esto lo tienen claro en las universidades americanas, plagadas de matemáticos y científicos hindúes, chinos, japoneses y de donde haga falta. Una visión eurocéntrica del conocimiento científico sólo lleva a la crítica posmoderna porque es incapaz de explicar la compleja humanidad en toda su extensión.

En mi humilde opinión, la perspectiva más interesante para analizar la ciencia es la que comenta anónimo (lástima de la tal condición): la interdisciplinariedad. En este sentido, recuerdo el ya antiguo número 20 de Archipiélago: El cuento de la ciencia. Sí, tenía mucho artículo ultrarrelativista (que no suscribo). Pero al final había un debate entre Manolo Delgado (antropología), García Calvo (lingüística, filosofía) y Wagensberg (ciencia) que me pareció magnífico.

Opinión aparte: lo siento Jordi, a mí los aforismos de Wagensberg no me dicen nada , me parecen obviedades o juegos de palabras (otra cosa es cuando reflexiona). Prefiero 100 000 veces tus relatos (por cierto, el del 3 de septiembre magnífico, el último aún no tuve tiempo pero pronto)

Sólo me falta la sociología, porque la ciencia sí, es lenguaje, pero se articula en torno a un grupo de científicos reputados que elaboran ese lenguaje y lo contrastan empíricamente de forma comunitaria para que sea comprendido por otros científicos, y para ello se debe negociar la financiación y el carácter generacional en importante y...

Me estoy enrollando mucho. Sólo añadir que Gómez Pin, a su manera, trabaja la ciencia desde esa perspectiva interdisciplinar. Y hace trabajar mucho. A la gente con formación científica en filosofía y a los filósofos en ciencia (una amiga a la que se le ocurrió trabajar con él sobre las desigualdades de Bell aún se acuerda, yo no me matriculé en sus cursos de doctorado, pero se me ocurrió asistir a uno de sus congreso de ontología y no veas la de curro, aparte de la mecánica cuántica, Dirac y la geometría proyectiva, con las intuiciones filosóficas y la interpretación filosófica de la cuántica). Sólo que Gómez Pin trabaja desde sus propias inquietudes (aplaudible) y acepta que otros no comulguen con su pensamiento (loable).

Perdón por el rollo, un saludo.

Hautor dijo...

Coincido, obviamente, con aquellos que aseguran que la ciencia es una ficción. Distinta de la de un poema, por supuesto. Pero es que la ficción (¿o era el Ser?) se declina de muchas maneras. La ciencia es la ficción que estudia el mundo exterior con un enfoque objetivo (presupuestos epistemológicos que no son, desde luego, los de la poesía). La 'verdad' no tiene más sentido que la coherencia -consistencia- dentro de un sistema lógico. Pero ya Gödel demostró que en cualquier lenguaje mínimamente complejo existen enunciados verdaderos no demostrables. Esto quiere decir que -también en ciencia- no puede eliminarse la componente humana, lo cual incluye la toma de decisiones. Cada una de estas decisiones 'modifica' el mundo en el que vivimos, lo que no significa que esa decisión sea la 'verdadera'. Uno puede creer que vive en un universo hiperbólico (curvatura negativa) o esférico (curvatura positiva) o, incluso, plano. La indecidibilidad (un concepto éste, por cierto, al que resulta en extremo afecto ese otro filósofo que es Derrida) de la constante cosmológica permite cualquiera de las tres posibilidades. Los quarks ni son reales ni dejan de serlo. Hay científicos que decidieron que 'existían' y a partir de ello se pusieron a trabajar. Y la cosa cuajó. Del mismo modo que ocurre con las ficciones. Unas funcionan, y otras no.

Anónimo dijo...

Hola.
Básicamente estoy de acuerdo con todo lo que se está diciendo, salvo en lo que dices, Conde Duque, sobre la imposibilidad de una ciencia fuera de lo que comúnmente llamamos ciencia por estas tierras. Además de lo que dice Gamez, que suscribo totalmente, hay que tener en cuenta que la palabra ciencia es un término occidental, hecho por occidentales y para occidentales. Es decir, en sentido estricto, claro que no se puede hablar de ciencia maya o sioux, pero sí de conocimiento maya o sioux. Yo cuando decía ciencia en ese contexto daba por sentado eso, daba por sentado que la decía entre comillas. Si ciencia para nosotros es la capacidad de montar un sistema que nos permite conocer el mundo y predecir, esos pueblos también tiene su “ciencia” (ahora sí, entrecomillada), es decir, conocimiento del mundo, conocimiento que no tenemos ni idea de cuál es y que no podemos ni atisbarlo porque tenemos otro lenguaje tan distinto que llega hasta los niveles de la propia estructura mental. Podemos entender cómo se relacionaban con el mundo los mayas, pero no aplicar esas relaciones a nuestro mundo, porque su lenguaje, y por lo tanto su cosmovisión, es otra.


Lo que sí que no tiene ningún sentido es hablar de “ciencia santanderina”, porque los santanderinos se hayan inmersos en un sistema de pensamiento, lenguaje y estructura mental occidentales, por lo tanto, o hacen ciencia occidental o hacen esoterismo (siempre bajo las definiciones de ciencia y magia que damos los occidentales).


Gamez, el número de Archipiélago del que hablas me parece buenísimo. Yo también lo tengo.


Por último, suscribo lo de la interdisciplinaridad; de hecho, a mi manera, llevo años haciéndola en mis textos. Lo que pasa es que es una palabra a la que le tengo ya manía, para todo se usa, hasta el vendedor de colchones de El Corte Inglés te la saca para algo. Parece que de tanto usarla ha perdido su significado. No sé.
Un saludo

Agustín

Anónimo dijo...

Abundando en lo que dice Hautor, yo diría que la ciencia es una buena ficción, una ficción bien construida, como lo es por ejemplo, haciendo un símil fácil, En Busca del Tiempo Perdido. Y otro tipo de “ciencias”, por ejemplo, la Iglesia de la Cienciología es una ficción mal construida, como puede serlo una mala novela (que cada cual busque su ejemplo).

Algo que hay que plantearse es si en ciencia encontramos lo que ya queríamos encontrar porque usamos las herramientas preparadas para ello. O dicho de otra manera, no podemos encontrar cosa alguna si no disponemos previamente el lenguaje necesario para identificarla y nombrarla. Como bien dice Hautor, los quarks, como tanto otros entes físicos, se primero se postularon, y después se encontraron.

Conceptos como el de “verdad” sólo tienen sentido dentro de un sistema de referencia dado. Fuera de él, aquel sistema de referencia no puede declararse.

Por ejemplo, un ejemplo típico que ponen algunos filósofos de la ciencia: la proposición, “la luna y la tierra se atraen porque se aman”, no puede ser refutada por la ciencia porque el concepto “amar” se sale fuera de su marco de referencia, no es objeto de su estudio. De hecho hay culturas que piensan que esa proposición es cierta, y les funciona para moverse en el mundo, en su mundo, en su marco de referencia.
Saludos.
Agustín

PD: Vicente, menuda has liado!

Vicente Luis Mora dijo...

La culpa es de Gómez Pin, no mía ;)

En serio, este es un tema que merece la pena discutir. A ver si encuentro un artículo que leí hace tiempo sobre la tiranía de algunos (subrayo ALGUNOS) científicos como "think tanks", dedicados a engañar a algunos políticos, para obtener proyectos de investigación o líneas de trabajo que a ellos les interesaban que fueran desarrollados, a ser posible con continuos y abundantes fondos estatales. La ciencia no es imparcial, ni es limpia por completo, ni deja de ser un constructo intelectual (es decir, una ficción; también las ficciones pueden ser lógicas, como los cuentos de Enrique Prochazka o los poemas titulados "Juguetes lógicos" de Jacques Roubaud, o las Notes toward a supreme Fiction de Wallace Stevens), ni es pura y virginal, ni es la misma en todos lados, ni es homogénea. Prefiero no sacar el "affaire Sokal" para no enrarecer el debate, pero la ciencia cambia cada día, y lo que ayer era evidente y científicamente demostrado en apenas diez años ha resultado ser una chapuza, cuando no un amaño disfrazado con matemáticas.

Precisamente mañana, como algunos sabéis, comienza en el CERN de Ginebra el experimento físico más importante de los últimos años, en busca del bosón de Higgs. "En busca del bosón de Higgs" sería como hoy titularía Proust su previsible obra maestra. Como sabéis, los científicos del CERN operan sobre una ficción científica, están buscando una cosa que aún no saben si existe. Operan sobre hipótesis plausibles y razonables, que pueden luego darse o no. También quienes iban en pos de la fusión frían pensaban que sus cálculos eran correctos y científicos, y que correspondían a una verdad a la que sólo faltaba una pequeña demostración científica. Se equivocaron. Hubo astrónomos que estuvieron siglos pensando, como dogma de fe, que Saturno sólo tenía dos satélites, frente a los más de 60 contabilizados actualmente; también hubo científicos que impusieron durante siglos que la sangre no circulaba: llegaron a conseguir que se quemara vivo a Miguel Servet, por hereje. Otro día hablamos sobre la Verdad, si queréis, pero para mí, como decía el excelente poema de Juan Bonilla, "La Verdad es un periódico de Murcia".

¿Se equivocan los del CERN? A partir de mañana en sus pantallas.

conde-duque dijo...

Veo que no me debí de expresar bien (aquí, el que reivindicaba la inteligibilidad…), porque me parece que me habéis entendido al revés:
Gámez, si puse los ejemplos de matemáticas mayas o egipcias era precisamente porque sabía que existieron (sería muy difícil construir pirámides sin tener ningún conocimiento matemático o geométrico). Lo que quería decir es que no hay unas “matemáticas mayas” esencialmente distintas de unas “matemáticas egipcias” o de otra civilización o cultura, que es precisamente lo que defiende el multiculturalismo (para mí eso es tan absurdo como hablar de unas “matemáticas santanderinas”, por eso lo decía). Lo que hay son “matemáticas”, surjan donde surjan y las haga quien las haga. La matemática es un saber universal. Otra cosa es que no sea un saber inmutable y perenne, pues hay distintos paradigmas, evolución, rupturas, revoluciones, etc. No sé si me explico. Quien tiene un lenguaje propio (que, además, es universal) es la matemática; no sé cómo podrían influir los distintos lenguajes naturales (los distintos idiomas) en el lenguaje matemático.
De verdad: no veo el eurocentrismo por ningún lado. En cualquier caso, esa calificación de “¡eurocentrista!” es un comodín multiculturalista demasiado fácil: vale para todo hombre blanco occidental y es irrefutable.
Agustín, no pretendía negar la existencia de conocimiento en otras culturas, ni mucho menos.
Creo que no acabo de entender bien tu argumentación: por un lado hablas de la limitación de los lenguajes naturales, como el maya (en la línea de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo"); y por otro lado hablas de “un sistema de pensamiento, lenguaje y estructura mental occidentales”, más allá de sus distintos lenguajes naturales, como enfrentado a un sistema no occidental. Al margen de que esté de acuerdo o no con las premisas (yo no sería tan determinista en cuestión de lenguajes/mentalidades de culturas o civilizaciones), la única conclusión que se me ocurre para cerrar con validez ese razonamiento es que la ciencia sea el lenguaje propiamente occidental (de esa mentalidad occidental), frente a otros distintos tipos de conocimiento (que emplean su peculiar lenguaje), pero me parece que no quieres defender eso. En fin. No sé si te he entendido bien.
Respecto al concepto de “ciencia”, es un tema complicado. Ni siquiera dentro del pensamiento occidental es un concepto unívoco: no es lo mismo la “episteme” griega que la “ciencia” moderna de Bacon, por ejemplo; y actualmente se habla directamente de “tecnociencia”.
En realidad no creo que exista “la ciencia” como tal. Lo que existen son ciencias.

conde-duque dijo...

Ahora he visto tu nuevo comentario (de las 10:49:00 PM), Agustín.
Ése sí que lo entiendo bien y estoy de acuerdo (creo).

PD: Debatir ayuda a pensar (nos obliga a replantarnos ciertas cosas y nos descubre otras nuevas), ¿no? Al menos a mí sí.

Vicente Luis Mora dijo...

Acabo de encontrar, buscando otras cosas, un texto impagable: una reseña de un libro de estudios culturales. El libro en cuestión incluye dos textos, de sendas antropólogas, que extraen las conclusiones de sus investigaciones sobre dos comunidades científicas, y la descripción de los factores (para nada relacionados con la verdad, desde luego) que influyen -y cómo- en sus investigaciones: el artículo se llama, con un título que llamará la atención de Agustín, "Ángulos, bolas y esquinas".

Link:
http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/nuant/cont/60/rb/rb8.pdf

Para que el link funcione, porque el formato de los comentarios los corta, debéis pasarlo a word y unirlo, para luego pegarlo en la barra de URL de vuestro navegador.

Saludos.

Vicente Luis Mora dijo...

Por curiosidad para quien la tenga, un reportaje explicador de la importancia del experimento de hoy sobre el bosón de Higgs:

Arranca la búsqueda de la 'partícula Dios'
El superacelerador de hadrones se pone hoy en marcha con el objetivo de hallar el bosón de Higgs - Es la última pieza del 'puzzle' subatómico y puede abrir por fin la ventana al Big Bang

JAVIER SAMPEDRO

EL PAÍS 10/09/2008

La sala de reuniones del partido tory está llena de militantes que charlan tranquilamente cuando, de pronto, la señora Thatcher entra por la puerta. A medida que Thatcher camina por la habitación, los militantes más cercanos forman corrillos a su alrededor y, en consecuencia, dificultan el movimiento de su líder.

Los militantes representan el campo de Higgs, una forma de energía que impregna todo el espacio y confiere masa a las partículas (como Thatcher). Un protón, por ejemplo, no tendría masa si no fuera por el campo de Higgs. Sin ese campo misterioso, todos seríamos livianos como el fotón, y nos moveríamos, como él, a la velocidad de la luz.

La anterior parábola, debida al físico británico David Miller, es un pequeño clásico de la divulgación científica. En 1993, el ministro británico de Ciencia, William Waldegrave, reparó en que su departamento estaba gastando mucho dinero en la búsqueda de una cosa llamada "el bosón de Higgs", y lanzó el desafío: "No sé si financiaré la búsqueda del bosón de Higgs, pero le pago una botella de champán a quien logre explicarme qué es". Miller se ganó el champán con la historia de la señora Thatcher.

El Gran Colisionador de Hadrones (Large Hadron Collider, o LHC), que entra hoy en funcionamiento junto a Ginebra, tiene también otros objetivos, pero el principal es encontrar el bosón de Higgs, apodado "la partícula-Dios" por el premio Nobel Sheldon Glashow. Es una predicción central del modelo estándar con el que los físicos describen el mundo subatómico, y observarlo requiere las altas energías de colisión que alcanzará el LHC, un esfuerzo de 6.000 millones de euros.

Esas altas energías también han llevado a algunas personas a temer que el LHC pueda causar una catástrofe planetaria, mediante la creación de un agujero negro u otros fenómenos. Estos catastrofistas han llegado a presentar dos demandas judiciales contra el acelerador de Ginebra.

El grupo de físicos reunidos en el Consejo Asesor de Seguridad del LHC (LHC Safety Assessment Group, o LSAG) ha concluido, sin embargo, que "incluso si el acelerador llegara a producir microagujeros negros -una posibilidad contraria al modelo estándar de la física de partículas-, estos serían "incapaces de agregar materia en torno a ellos de una forma que resultara peligrosa para la Tierra".

El campo de Higgs -el conjunto de los militantes tories que llenan la habitación- fue postulado en 1963 por media docena de físicos, de los que el británico Peter Higgs ni siquiera era el más destacado (de hecho, hay quien prefiere llamarlo "campo de Higgs-Brout- Englert-Guralnik-Hagen-Kibble"). Pero fue Higgs el primero en hablar del "bosón de Higgs".

El campo de Higgs y el bosón de Higgs son dos formas de ver el mismo fenómeno. Esta dualidad se deriva de uno de los principios más desconcertantes -pero también mejor establecidos- de la física cuántica (la antiguamente llamada "dualidad onda-corpúsculo"). El caso más familiar es el de la doble naturaleza de la luz, que consiste a la vez en un campo electromagnético y en un chorro de partículas, o fotones.

El modelo estándar de la física subatómica divide las partículas en dos grandes grupos: las que constituyen la materia (fermiones, como los quarks) y las que transmiten las fuerzas (bosones, como el fotón). El propuesto bosón de Higgs, por tanto, sería una partícula, y eso es lo que los físicos esperan observar en el nuevo superacelerador de Ginebra.

En la parábola de Miller, el bosón de Higgs se puede visualizar así: imaginemos que, en vez de la señora Thatcher, lo que llega a la habitación es el mero rumor de que Thatcher va a venir. Los militantes más cercanos a la puerta forman un corrillo para oír la noticia. Luego pasan el rumor a los siguientes, que forman un corrillo, etcétera. Ese corrillo virtual que se propaga es el bosón de Higgs. También tiene masa, pero esta vez gracias a sí mismo.

Fue el físico teórico norteamericano Steven Weinberg quien encajó los campos de Higgs en el mismo centro neurálgico del modelo estándar de la física de partículas (o más bien creó con ellos el modelo estándar). El trabajo de Weinberg y sus colegas Abdus Salam y Sheldon Glashow tiene que ver con uno de los principales objetivos de la física actual: la unificación entre las fuerzas fundamentales de la naturaleza, es decir, la formulación de una teoría que explique todas esas fuerzas de una sola tacada.

Los grandes avances en la comprensión científica del mundo suelen consistir en unificaciones de ese tipo. La misma física en su conjunto recibió el impulso definitivo cuando Newton desarrolló el concepto de gravedad, que explicaba a la vez la órbita de la Luna, los movimientos de los planetas y el comportamiento de los objetos en tierra firme: una unificación.

La revolución de la energía eléctrica se debe al trabajo de Faraday y Maxwell, que comprendieron que dos fuerzas previamente percibidas como dispares, la electricidad y el magnetismo, eran en realidad dos formas de mirar a una única fuerza: el electromagnetismo. La gravedad y el electromagnetismo se convirtieron en las dos "fuerzas fundamentales" de la naturaleza conocidas a finales del siglo XIX.

Pero la exploración interna de la estructura del átomo reveló pronto otras dos "fuerzas fundamentales" más. Se llaman fuerza nuclear "fuerte" y "débil", y son las que mantienen unido el núcleo atómico y provocan los varios tipos de desintegración radiactiva. En total, cuatro fuerzas a unificar.

Cada una de estas fuerzas se asocia a una partícula mensajera (denominada bosón, como vimos antes). La partícula mensajera de la fuerza electromagnética es el fotón. Weinberg y sus colegas se dieron cuenta de que la fuerza nuclear débil podría explicarse mediante una partícula idéntica al fotón en todo excepto en su masa. El fotón no interactúa con el campo de Higgs, y como consecuencia no tiene masa. Pero el nuevo mensajero debía interactuar con el campo de Higgs adquiriendo una masa considerable (unas 90 veces la masa del protón).

Los mensajeros de la fuerza nuclear débil (los bosones W y Z) aparecieron poco después en los aceleradores de partículas, y tenían las propiedades predichas por Weinberg: idénticos al fotón en todo excepto en que tenían cerca de 90 veces la masa del protón.

Weinberg, Salam y Glashow recibieron el premio Nobel en 1979. Su teoría había unificado las fuerzas electromagnética y nuclear débil. El mismo tipo de idea se puede extender a otras partículas y fuerzas fundamentales. El campo de Higgs es por ello un elemento central del modelo estándar de la física de partículas.

Si el bosón de Higgs aparece en el LHC en los próximos años, la última pieza habrá encajado y el modelo estándar habrá recibido el espaldarazo definitivo. En caso contrario, habrá que modificar el modelo en sus fundamentos más básicos.

En la parábola de Miller, la "masa del protón" no es una sustancia que acompaña al protón en su desplazamiento: ahora son estos diez militantes y un segundo después son otros diez distintos. Pero siempre son diez, porque ése es el atractivo típico de la señora Thatcher. Por eso todos los protones tienen la misma masa.

Y también por eso las distintas partículas tienen diferentes masas: porque su atractivo para el campo de Higgs tiene distinta magnitud. El físico teórico Brian Greene -un string theorist, o especialista en la "teoría de cuerdas" que aspira a unificar las cuatro fuerzas fundamentales, incluida la gravedad- lo ha explicado con una variante de la parábola de Miller en que los militantes tories son reemplazados por una turbamulta de paparazzi que esperan a la entrada de un estreno de Hollywood.

Si llega un coche y se baja Brad Pitt, los paparazzi se agregarán en torno a él y apenas le dejarán moverse: el actor habrá adquirido una gran masa. Pero si el que aparece es una vieja gloria de Hollywood de la que no se acuerda ni su agente artístico, los paparazzi le dejarán pasar sin apenas oponer resistencia. La masa de la vieja gloria será por tanto muy pequeña. Y uno puede imaginar todo un espectro de masas intermedias.

El bosón de Higgs es también un componente esencial de las actuales teorías sobre el origen del universo, conocidas genéricamente como "inflación cósmica" o "universo inflacionario". La inflación -el bang del big bang, en palabras de Greene- es una expansión cósmica rapidísima, más veloz que la velocidad de la luz, que según estos modelos ocurrió una fracción de segundo después del origen del cosmos.

La inflación parece una teoría extraña, pero es necesaria para explicar que el universo actual sea homogéneo a gran escala: es decir, que consista en todas partes del mismo tipo de agregados de galaxias y supercúmulos de galaxias, pese a que las regiones distantes del cosmos no han tenido ocasión de interactuar para ponerse de acuerdo sobre cuáles han de ser sus propiedades básicas.

La carrera de los físicos para experimentar en aceleradores de partículas cada vez más potentes puede verse como un viaje hacia atrás en el tiempo. Como el universo era en su origen inconcebiblemente pequeño y denso en energía, y a partir de ahí empezó a expandirse y enfriarse, cada nuevo acelerador emula al universo primigenio en una fase algo anterior de su evolución inicial.

Visto desde el prisma de la unificación de las fuerzas fundamentales, cada incremento en la energía de las colisiones en los aceleradores nos acerca un poco más a la época remota en que todas las fuerzas eran en realidad la misma: como la electricidad y el magnetismo son la misma fuerza en la actualidad, y como el electromagnetismo y la fuerza nuclear débil resultan ser lo mismo a las energías de colisión que se alcanzaron en los años setenta.

En el origen del universo, todas las partículas y todas las fuerzas eran iguales: los campos de fuerza estaban evaporados a aquellas altísimas temperaturas, y sólo se fueron condensando después (donde "después" significa una fracción de segundo).

El campo (o una serie de campos) de Higgs fue el primero en condensarse, y ello eliminó en cascada la simplicidad del universo primitivo: las partículas elementales adquirieron distintas masas, y también los bosones mensajeros, con lo que la única fuerza primordial se separó en las actuales fuerzas fundamentales.

Todas las partículas elementales conocidas tienen masas distintas. Los protones y los neutrones que constituyen el núcleo atómico no son partículas elementales, sino que están hechos de dos tipos de quarks, up y down (un protón consiste en dos quarks up y uno down; un neutrón consiste en dos down y un up). Esto es lo que había predicho la teoría, pero los aceleradores han revelado además otros cuatro tipos de quarks, y todos tienen masas distintas, que cubren un intervalo entre 0,05 y 190 veces la masa del protón.

Todas esas partículas gratuitas con masas tan disparatadas quedarán explicadas si los experimentos proyectados en el LHC logran encontrar el bosón de Higgs. Quizá el apodo de "partícula Dios" que le puso Lederman le quede un poco grande, pero ni siquiera el santo grial ha sido tan buscado en la historia.

Anónimo dijo...

Hola a todos, pongo un breve ejemplo que creo que ilustra bien lo que quiero decir:

En los próximos días habrá una súper colisión entre dos chorros de protones en el nuevo acelerador del CERN, como bien dice el artículo que ha colgado Vicente.
Mi idea, o “visión del mundo”, es que el choque que habrá ahí, el fenómeno físico en sí, no es ciencia. Ciencia es la explicación que, dentro de un corpus teórico, 10000 físicos mirando pantallas darán a ese fenómeno.
El choque de partículas nada significa sin esa explicación que es Ciencia.
Pero tal Ciencia, como explicación que es, necesita un lenguaje (y hasta es un lenguaje en sí misma).
Todo lenguaje emana y se aloja en la mente humana.
Por lo tanto la Ciencia, como el lenguaje que es, es un constructo.

Creo que con eso queda clara cuál es mi visión del asunto.
Eso, sí, evidentemente, puede que esté confundido. No lo sé.
Un saludo.
Agustín

cgamez dijo...

conde-duque:
Ahora te entiendo (perfectamente). Creo que los dos decimos algo muy parecido (cosas de lo virtual, perdona por el eurocentrismo).

Agustín:
Es cierto, lo de interdisloquesea cansa un poco. Cambiemos el término: análisis híbrido, o múltiples lecturas (ambos sacados del primer link de Vicente). O inventemos la palabra (creo que la poesía postpoética nos podría servir de ayuda, lo dejo en tus manos).

Vicente:
Los dos textos excelentes y muy interesantes. Sampedro es para mí el mejor periodista científico de este país.

Por otra parte, resulta paradójico que este debate sobre ciencia (y Gómez Pin) coincida con "el gran experimento". Aunque algunas de las cosas que explica Sampedro me han asustado. Si se consigue una explicación física teórica de todo el universo, unificación de las cuatro fuerzas y reorganización de las partículas incluida, ¿qué quedará por investigar? Se acabará para la física teórica eso de "una ficción que siempre escribe una historia inacabada" (que me gustó tanto). Ahí radica el peligro. Creo que algo así pasó con la astronomía ptolemaica, que lo sabia todo del universo (o eso creía). Espero que en "el gran experimento" encuentren algo inesperado, por el bien de todos.

Un saludo.

cgamez dijo...

Por cierto, creo que al link le falta la coletilla final 'pdf'. Al menos yo no la visualizo.

Vicente Luis Mora dijo...

En eso discrepamos, CG; creo que si todo eso se descubre sólo será el comienzo de una nueva incertidumbre, que formulo en términos de Leibniz: ¿por qué se organiza el universo así y no de otro modo?

Anónimo dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con el último comentario de Agustín.

Sin embargo el último planteamiento de CG me parece algo pueril, o bien no ha entendido lo que es "ciencia" todavía, aún creyendo que sí. Para empezar: ¿cómo "un experimento" va a resolver todos los problemas que la ciencia se plantea?

Con el ánimo de aportar algo a este interesante debate copio aquí debajo algunos "fragmentos" numerados del libro "Campo nublo" de Antidio Cabal, un libro de poesía para entendernos "híbrido", de esos inclasificables:

45. Una verdad es siempre dos verdades, la que es y la que no es. Si se trunca el par, la mentira deviene. En ambos casos se sabe nada.

65. El espacio no cambia, el tiempo no cambia, la substancia no cambia. Ellos cambiarán cuando nosotros no cambiemos.

67. Observo al mismo tiempo que el agua que veo corre hacia el este y que el sol que veo corre hacia el oeste. Qué hacer.

92. He aquí una vía de extinción: que lo que puede pensarse no puede saberse, o que lo que puede saberse sólo puede saberse.

125. Todo cuanto somos será siempre reciente.

167. Resolver el ser, reorganizar las apariencias, y seguir sospechando.

193. Los exploradores llegaron al confín. Habían traspuesto los trayectos de substancia, los extremos del término y las anomalías más incalculables-insupuestas, y habían bordeado las sensaciones. Examinaron lo no tocado, expectantes de una corrección del principio, partidarios de alguna totalidad de la totalidad, de alguna manifestación perpetua. El análisis, conforme a la médula del sujeto y el objeto, al fenómeno nupcial, dijo que el confín también pertenecía a la catástrofe y a la rutina.

202. El universo es como una granada. En cada grano, la totalidad no es idéntica, sólo verdadera. Quien libe en uno, no libará en ninguno. Y se acercará más a la diversidad de sí suya.

235. La verdad no es inherente a la verdad. Su enfermedad es total. Ella siempre es otra cosa.

358. Los lugares que existen son cuatro, de los que se han comprobado tres, de los se han aceptado dos, de los que se ha podido elegir uno, de los que no se ha podido aprovechar ninguno.

651. Nacemos para morir, entretanto vamos al cine.

Saludos.
Toto

Anónimo dijo...

Y yo añado eso tan importante que dijo Mafalda. "El dinero no lo es todo en la vida. También están los cheques".

Benjy, el poeta memo.

franco dijo...

hola che como estas espero que bien yo aca recorriendo este exelente blog y deseandote la mejor de las suertes que sigas con el mismo trabajo y esfuerzo era eso nada mas ha y te espero en el mio chau suerte

Anónimo dijo...

Celebro, Toto, que hablas de ese libro, "Campo Nublo", de Antidio Cabal.
Es un libro que tengo porque un buen amigo y muy buen poeta, Ricardo Hernández Bravo, me lo envió desde la isla de La Palma.
Es un libro tan inclasificable como sorprendente.
Qué bueno. Me alegra el día.
Saludos
Agustín

Anónimo dijo...

Ay, Agustín, "te conozco" desde tus primeros libros precisamente por Ricardo, también amigo mío. Los dos somos de la misma isla... De su periplo peninsular trajo libros de poetas que aquí eran difíciles de encontrar, entre ellos un par tuyos, y de esto hace años... Puedo tener muchas sorpresas para ti (Vicente tiene más información) jejejee.

Abrazos para ti y para todos.

cgamez dijo...

No pretendía afirmar que con "el gran experimento" iban a resolverse todos los problemas de la ciencia. Seguramente me he expresado mal. Pretendía tan sólo plasmar mis miedos ante el afán determinista de una parte de los físicos teóricos y su búsqueda de una explicación completa y cerrada del universo (formación, materia, estructura). Algo que se me antoja desfasado en una época como la nuestra, posmoderna, donde cuesta creer en la existencia de una "gran teoría" capaz de englobar toda la física (y sólo la física, aunque tiene ya tantos contactos con otras ciencias que el planteamiento resultaría imposible).

Pretendía por tanto, circunscribirme tan sólo al ámbito de la física teórica. "Ciencia" es algo más amplio, o como dice conde-duque, se trata más bien de "ciencias", donde la física teórica sería una más. En todo caso (y esto lo he repasado por si acaso), en ningún momento he afirmado que yo entendiera completamente el concepto "ciencia" o creyera algo parecido como se me acusa(¿?). Sólo plasmé mis reflexiones y volví a recordar las ansias por la unificación de fuerzas de mis profesores de física en la universidad (en aquella época, finales de los 80, obcecados por la búsqueda de un monopolo que nunca se encontró y deseosos de la llegada de un nuevo mesías que encontrara el camino para esa unificación mediante una teoría). Por tanto, no era una afirmación (pueril), era la expresión de un miedo, el de llegar al conocimiento total (existe?) donde todo cuadra y se puede predecir.

Si (supongo que) comprendo la discrepancia de Vicente. Imagino que cuando se llegue a conocer en profundidad el cómo, se intentará ir detrás del "por qué" (como sucedió con la cinemática, aunque las teorías son sólo buenas aproximaciones). Pero la necesidad de contrastación empírica me hace desconfiar de una serie de teorías que se pretenden universales (en el ámbito exclusivo de la astrofísica). ¿Cómo se puede saber si la naturaleza que rige una región del espacio a años luz de nosotros es la misma que la nuestra si nunca hemos podido enviar un aparato allí que la mesure? Creo que el Big Bang es hasta ahora, lo que Agustín definiría una "buena ficción" porque funciona hasta ahora. Pero me parece exagerado tomarlo como un acto de fe, como algo que es una verdad inamovible (fiel sustituto de la antigua idea de Dios). Lo mejor que le pudo pasar a la matemática antigua, fue la imposibilidad de la resolución de la cuadratura del círculo. Eso acabó llevando a las infinitas cifras de pi y, en cierta forma, a la teoría del caos. Y esa continua búsqueda me parece clave para tener en la ciencia una "buena ficción".

Puede parecer paranoia, pero es un debate, el del fin de la ciencia, que tiene muchos años. El último coletazo lo protagonizó uno de los máximos representantes de la hoy llamada "tercera cultura", el periodista científico John Horgan, que en su libro El fin de la ciencia postulaba el final de la investigación en física porque ya todo estaba a punto de ser descubierto en ese campo. Cuelgo aquí un comentario de la época de Mosterín (cientifista irredento) para demostrar que no se trata de una paja mental (que también):


JESÚS MOSTERÍN
Diario "El País" ( 24-03-99)

Parece que los ocasos de siglo propician los anuncios agoreros, aunque prematuros, sobre el final de la historia y de la ciencia. A finales del siglo XIX Lord Kelvin pensaba que todas las fuerzas y elementos básicos de la naturaleza habían sido ya descubiertos, y que lo único que quedaba por hacer a la ciencia era solucionar pequeños detalles ( "el sexto lugar de los decimales"). En 1875, cuando Max Planck empezó a estudiar en la Universidad de Munich, su profesor de física, Jolly, le recomendó que no se dedicara a la física, pues en esa disciplina ya no quedaba nada que descubrir. En 1894 Robert Millikan recibió el consejo de abandonar la física, una ciencia agotada, y dedicarse a la sociología. Pero al año siguiente se descubrió el electrón (cuya carga eléctrica mediría el mismo Millikan más tarde) y Max Planck (que afortunadamente no había seguido el consejo de Jolly) inició el estudio de la radiación del cuerpo negro, que acabó conduciendo a la cuantización de los niveles de energía y, en definitiva, a la nueva física cuántica.

El 29 de abril de 1980 el físico Stephen Hawking dedicó su lección inaugural como Profesor Lucasiano de la Universidad de Cambridge a la pregunta ¿Está a la vista el final de la física teórica?. Su respuesta fue que sí, y que la teoría de supergravedad N = 8, entonces de moda, sería la teoría definitiva. Sin embargo, el viento sopla con fuerza en las cumbres especulativas de la física contemporánea y en menos de una década la supergravedad N = 8 pasó a formar parte de lo que el viento se llevó. Hoy las apuestas irían por las teorías de supercuerdas, pero quién sabe dónde estarán en otra década.

Hace dos años el periodista John Horgan publicó el libro El fin de la ciencia en el que generalizaba a todas las ramas del saber la tesis escatológica de que el final está próximo. Su mayor debilidad estriba en la ingenua fe con que el autor acoge cuanto le dicen unos y otros científicos. Los científicos lo son porque a veces obtienen resultados más o menos sólidos, pero ello es compatible con lanzarse en otras ocasiones a las especulaciones más arriesgadas o descabelladas.

Newton dedicó tanto tiempo a la alquimia como a la mecánica, Faraday era miembro de una secta fundamentalista, Cantor interrumpía sus clases de matemáticas para sostener que las obras de Shakespeare en realidad fueron escritas por Francis Bacon, y el físico Frank Tipler ha desarrollado recientemente la tesis (tomada en serio por Horgan) de que todo el universo se va a transformar en un supercomputador programado por Dios para resucitar a los muertos. La ciencia no se basa en argumentos de autoridad, y las afirmaciones de los científicos (incluso de los famosos) han de someterse a la criba del análisis epistémico y de la contrastación empírica.

Lejos de acercarse a su final, gran parte de la ciencia actual está en mantillas. No sabemos nada de la vida fuera de la Tierra, ni siquiera si la hay o no. No entendemos el funcionamiento de nuestro cerebro, no sabemos qué pasa en nuestra cabeza cuando tomamos una decisión o aprendemos una canción.

Ignoramos en qué consiste la materia oscura, que constituye más del 90 % de la masa del universo. No sabemos si existe el campo de Higgs previsto por el modelo estándar de la física de partículas. La mejor teoría física de que disponemos, la teoría cuántica de campos, es incompatible con la gravitación y sólo evita los valores infinitos de la energía de sus campos mediante la renormalización, estableciendo un corte ultravioleta, lo que implica que no aceptamos su validez más allá de cierta cota de energías. De hecho, suele considerarse que las teorías cuánticas de campos son meramente teorías efectivas, aproximaciones a bajas energías de otras teorías subyacentes distintas y aún desconocidas. En astronomía, cada vez que lanzamos un nuevo detector al espacio, encontramos sorpresas. En cosmología, como en paleoantropología, cada nueva radiación medida y cada nuevo hueso excavado pone patas arriba nuestras teorías precedentes. Los modelos cosmológicos inflacionarios están cogidos con alfileres y no duran más que la canción del verano. La ciencia está en ebullición y su final no está a la vista.

Jesús Mosterín.

Hagamos ciencia-ficción al respecto (y me parece muy sugerente en esto el fragmento 202 de Cabal sobre la idea del universo como una granada): qué pasaría si una de esas sondas que se envían periódicamente hasta los confines de nuestro sistema solar descubriera una estructura material imposible de explicar desde nuestras teorías, qué hubiera que replantear nuestros conceptos de átomo, tabla periódica, estructura del átomo, estructuración de la materia, enlaces químicos... El replanteamiento del puzzle debería ser general, y ello conllevaría una concepción distinta de todo el universo.

Un saludo.

Anónimo dijo...

CGamez, totalmente de acuerdo contigo.
Un saludo.
Agustín

Anónimo dijo...

Podéis escuchar dos conferencias que dio Víctor Gómez Pin en la Fundación Juan March http://www.march.es/conferencias/anteriores/index.asp?busqueda=avanzada&conferenciante=G%F3mez+Pin%2C+V%EDctor
Un saludo,
Patricia