viernes, 26 de septiembre de 2008

Pasadizo ontológico entre hoteles modernos y posmodernos

“Tal vez la conciencia oriental de lo efímero deba internarse en el cuasi enfermizo afán de conservación de Occidente, reconstruyendo las ‘cosas’, convirtiéndolas en sucesos, restituyendo a los fenómenos su rango de aparición, a la conciencia su abertura y a la vida humana su inefable consistencia”

Chantal Maillard, La sabiduría como estética. China: confucianismo, taoísmo y budismo; Akal, Madrid, 2000, p. 74.


1) Hoteles posmodernos: objetos como índices de desaparición de la existencia






[hotel: habitación 210, el huésped]



El Huésped. Un portátil Toshiba, modelo Satellite, con pantalla de 15' y sistema de audio Titanium Speaker. Una lata de Coca-Cola light, con un valor energético de 1 Kj. 0.2 Kcal. Un móvil Sony Ericsson Z610i, azul, con cámara de 2.0 mega píxels. Una botella de vino El Coto, Rioja, 2003, crianza. Varios libros: El Triángulo Tóxico: alcohol, comida y depreseión. Cómo evitar los excesos autodestructivos, de Susan Nolen-Hoeksema, Ediciones Paidós Ibérica S.A., 2007; Mujeres malqueridas: atadas a relaciones destructivas y sin futuro, de Mariela Michelena, La Esfera de los Libros, S.L., 2007. Un curso de audio MP3 01G002 Autoayuda, de cómo hablar en público. Un cedé con la banda sonora de Reality Bites, editado por RCA. Una chaqueta blanca modelo Blasier, talla L, 99% de algodón y 1% de poliester, de 29,90 euros. Una mujer. Blanca. Morena. Muerta.


[De Alberto T. Blandina, Carolina Otero, Sergio Velasco y Maxi Villarroya, Hotelº postmoderno; Inéditor, A Coruña, 2008, p. 104]





2) Hoteles modernos: objetos como índices de existencia


[NOCHES DE HOTEL]

Me despierto de noche.

Me acechan los colores dormidos de las cosas:

los grises y los negros y los blancos

son dueños momentáneos

de diez o doce metros de universo,

y necesito nombres que les den consistencia:

silla, cama, mesita, alfombra, vaso, lámpara,

cortina, cenicero, espejo, mini-bar.

No sé si será extraño que me suceda esto

casi siempre en los viajes. No sería capaz

de recordar el nombre de los muchos hoteles

en los que me he escondido

entre objetos idénticos de otros muchos hoteles.

Me asusta recordar que vuelvo a estar de viaje

en un espacio ajeno que creo familiar

a fuerza de saber qué objetos me rodean.

Mañana no sabré en qué lugar del mundo

quise ser y no fui,

pero sabré que había una cama, una silla,

una lámpara, un vaso, una alfombra, un espejo,

cortina, mini-bar, cenicero y mesita.

No ser es tan difícil que uno no puede solo.

[Abel Murcia, Kilómetro 43; Bartleby, Madrid, 2008, p. 28]

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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado especialmente el poema, el texto en prosa me parece más gastado. Pero en ambos he visto como negativo el final efectista. Es un poco como empezar a jugar al poker yendo de farol y levantar las cartas antes de tiempo. Creo que si se hace esa literatura no se puede luego caer en volver al verso final conceptual de siempre, que no me disgusta, pero que quizás sea una rémora.
Pero es sólo una opinión.

Anónimo dijo...

El texto quiere señalar la deshumanización que supone el consumismo moderno.

¿Pero no es esta una visión puritana?

¿Es que debe haber una relación entre la obsesión por los aparatos y las marcas, y la muerte o la causa del suicidio?

¿Es que para no vivir enajenado hay que ser más espiritual que materialista, consumista y seguidor de la moda?

Yo diría que no, que incluso puede ser al revés también.

Me parece bien como deseo del intelectual, pero la realidad dice que no tiene porqué ser más feliz el tipo espiritual. El hombre, y la mujer, pueden ser los seres más materialistas e irles muy bien.

logiciel dijo...

Me quedo con el texto moderno. El posmoderno me lo parece poco. El lenguaje pseudo-periodístico de la ya no tan moderna - y mucho menos posmoderna- narrativa americana creo que requiere de un dominio que como mínimo este ejemplo no demuestra.

Saludos

Raúl dijo...

Pero anónimo II, la cosa no es ser cuestión de adoptar una ética materialista ni idealista. Lo primero es que parecen ser términos gastados, se trasluce algo así como que el materialista vendría a ser el consumista y por tanto, de ética reprobable; y el idealista, el de ethos menos ajustado al consumo, etcétera, y por tanto admirable.

De hecho, yo diría que el que establece una relación casi erótica con los artículos vendría a ser en realidad el idealista, porque persigue a través de la posesión y consumo de cosas el Ideal: la juventud eterna, la felicidad insumisa, el pibón en el Ferrari, un pelo perfecto, etcétera... ¿No funciona así la cosa de la publicidad?

Lo que a mí me preocupa no es que la actitud consumista nos deshumanice, aun cuando las relaciones entre hombres cada vez median más los objetos -teléfonos móviles, messengers, etcétera-, siempre parece que el mensaje y los problemas que nos desasosiegan vienen a ser los mismos, a saber, amor, vida y muerte; lo que me preocupa es que los objetos de consumo se vuelvan humanos o peor aún, humanizantes; algo así como lo de que "tu reloj dice mucho de ti", "tu pelo te hace estar más guapa" o mi favorito, "el yogur que te renueva por dentro y eso se nota por fuera", donde el objeto es ya un ser vivo (o un puñado de bacterias) que se dedica a hacer el bien en tu cuerpo y alma... porque sí y porque lo compras.