viernes, 5 de diciembre de 2008

Misentropías: Espacios de lo caótico inhumano y de la entropía de la agresividad



Materiales utilizados para este post:

a) Fotografías realizadas por VLM del nuevo Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la Ciudad de México D.F., obra del arquitecto Teodoro González de León.
b) Reseña y textos del libro Misantropías. Políticas de la enemistad entre el Barroco y la Ilustración española; de Fernando R. de la Flor, publicado en la Editorial Delirio, Salamanca, 2008.
c) Comentario a la exposición Asedios, curada por José Luis Barrios para el MUAC y textos del catálogo de la misma.


1. Momentos misántropos




“Es casi imposible –escribía Chamfort en sus Máximas y pensamientos- que un filósofo, un poeta, no sean misántropos: 1º, porque su gusto y su talento les llevan a la observación de la sociedad, estudio que entristece constantemente el corazón; 2º, porque no siendo su talento recompensado jamás por la sociedad (feliz incluso si no es castigado), ese motivo de aflicción no hace sino redoblar su inclinación a la melancolía”. Cuando era adolescente llevaba un cuaderno con citas de este tipo, que agrupaba en dos subdivisiones: alegatos contra el mundo (donde copiaba largos párrafos de Quevedo, Schopenhauer, Gracián, Chamfort, La Rochefoucaul y otros aforistas franceses), y los alegatos contra el hombre y el nacimiento (contra el hecho de tener hijos: campaban por ahí Flaubert, Diderot, Voltaire –caigo de pronto en que mi adolescencia fue bastante francófila–, Defoe, etc.). La madurez es, en buena medida, el aprendizaje del ajuste de uno con el mundo, y aquel nihilismo precoz fue pasando, por lo que creo que la cita de Chamfort no es exacta, siendo quizá exagerada. Hay motivos para la misantropía, de acuerdo, pero también los hay para el vivir apreciando la existencia y a las personas con las que la compartimos.




Pero puede haber una "cuestión de época" detrás de la frase de Chamfort. El sabio Fernando R. de la Flor, uno de esos pocos filólogos españoles que puede atar cabos entre los tiempos pasados y los actuales sin temblor de manos, uno de los escasos pensadores que pueden citar sin chirrío ni rechines a Paul Virilio o Sloterdijk a continuación de un manual de prudencia del siglo XVII, ha publicado Misantropías, un pequeño ensayo donde estudia la aparición social y cultural del misátropo entre los siglos XVII y XVIII (el ensayo se subtitula Políticas de la enemistad entre el Barroco y la Ilustración española, y sería bonito que el autor nos entregase un día otro manual, donde se hablara de la otra posibilidad que la anfibología del título permite: esto es, de la enemistad entre el Barroco y la Ilustración, de su pelea constante, aún hoy día). FRF recoge primero los legados clásicos de las políticas de la amistad existentes en la época para estudiar su gradual transformación en políticas del antagonismo, primero, y más tarde en mecánicas de la soledad herida, retratando el paso de la soledad amena de Fray Luis a las misantropías aisladas de las que comienzan a escribir algunos hombres cultos de la época como Antonio López de Vega (Las paradojas racionales, s. XVII) o Juan Crisóstomo de Olóriz (Molestias del trato humano, 1745). Si bien de modos diferentes, ambos tratados, a los que une FRF algún libro de Torres Villarroel, comienzan a invertir la tendencia prescrita en manuales de comportamiento de la época (los famosos Espejos), que planteaban la vida fraternal en sociedad como el paraíso humano en la tierra. Estos autores comienzan a plantear la posibilidad (como hará El misántropo retratado por Voltaire) de una existencia no marginal, sino al margen; no residual, sino apartada del resto o frente a él. Cuando Gurevich recuerda los escritos misántropos de Petrarca -un precursor-, quien reconoce que prefiere leer a los muertos porque “hablo con ellos más a gusto que con los que se creen vivos porque dicen groserías y respiran”, el pensador concluye que “Petrarca vive en otra dimensión” (Los orígenes del individualismo europeo; Crítica, Barcelona, 1997, p. 199); esto es: su espacio no es el mismo que los demás; al menos, no el espacio mental. FRF constata modélicamente cómo las pautas socioculturales van dejando margen al comienzo de una desconfianza radical en el ser humano que dejarán, un siglo más tarde, a comienzos del XIX, el camino expedito para lo que se llamará el nihilismo. La misantropía es un paso previo al nihilismo, no es una descreencia total en todo, solamente la renuncia a creer en los demás. Cuando el autor comience a verter sobre sí el “hastío de sí mismo y en una autodesvalorización de la posición del sí propio en el mundo, hasta terminar en una visión totalizadora de la pérdida final de sentido en la vida humana”, estamos en el punto medio del camino. El nihilismo llegará con la elaboración teórica de todos estos elementos, con su incorporación a una narrativa filosófica o artística: La modernidad es la época del nihilismo, "la época en que lo real deviene fábula”, escribe Patxi Lanceros[1]. De ahí se suelda íntimamente al relato moderno, y llega otra muy interesante historia, pero queremos dejar constancia de la importancia de este ensayo de Fernando R. de la Flor, que establece un paso anterior en la “genealogía del saber” del concepto nihilismo.


2. Entropías y asedios: misentropías



Parte José Luis Barrios en su excelente catálogo El reino de coloso. El lugar del asedio en la época de la imagen (Museo Universitario de Arte Contemporáneo, UNAM, México D.F., 2008), de la imagen derrideana del coloso como modelo de irrepresentabilidad. Toda la exposición de la que el catálogo trae causa parece ser un tour de force para intentar colocarse precisamente en los límites de la representación artística, en el terror, pero entiendo que si hay algo que el arte de finales del XX y principios del 21 ha defendido como lo representable por antonomasia es, precisamente, el terror. Las fotografías y documentales incluidos por Barrios en la exposición son una minúscula parte de la miríada de obras de todo tipo (cinematográficas, audiovisuales, pictóricas, literarias, escultóricas, filosóficas, etc.), que han tomado el terror como tema para documentar o como punto de partida. Sin ir más lejos, éste es ya el tercer post que dedicamos al tema en lo que va de año, donde comenzamos hablando del asesino monstruoso para llegar al terror áureo, al cometido en la ficción por millonarios.

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“Hemos experimentado de mil maneras las posibilidades del objetivo fotográfico. Hemos puesto prismas frente a él para deformar la imagen, le hemos dejado inmóvil para hacer ‘nadar’ la imagen, hemos puesto el aparato en raíles deslizantes o placas giratorias para que la imagen, si se da el caso, de deslice o gire sobre sí misma frente a los infortunados espectadores. Sin embargo, hoy todos estos trucos de prestidigitador parecen condenados a desaparecer, hemos comprendido que al espectador ya no se le puede ofrecer gato por liebre, y el esfuerzo se está orientando a expresar sentimientos humanos”
[2], escribió un tal Carl T. Dreyer en 1926.

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Caos. Barrios muestra aquellas obras que delatan la fractura gracias a la cual, dentro de la representación, aparece de manera brusca el acontecimiento, dejando al espectador a solas frente al horror. Es normal que elija mayoritariamente fotos de agencia o documentales. El acontecimiento tiene menos capacidad de entrada en las obras audiovisuales de ficción y en las fotografías de autor. En las primeras la estructura solipsista de la narración cinematográfica y en las segundas la excesiva subjetividad del artista, tanto o más volcado en la aparición de su mirada que en la aparición del hecho en sí, dificultan la recepción de la fractura representacional buscada, de ese lugar donde el espectador se enfrenta sin el cristal del arte a lo terrible desnudo. Pero esta técnica es sólo acertada cuando lo grabado o fotografiado es de un horror sin límites, “cazado” en determinadas situaciones. Cuando se extiende la práctica naturalista a otros momentos, el resultado puede ser paradójicamente falso, y caer en una complacencia ideológica con lo representado. ¿Por qué? Fredric Jameson lo explicará mejor que yo; habla el pensador de la novela, pero colóquese documental o fotografía en su argumento y el resultado es el mismo: “Todo esto (…) también pone de manifiesto el inherente conservadurismo estructural y el carácter antipolítico de la novela realista como tal. Un realismo ontológico absolutamente comprometido con la densidad y la solidez de lo real –ya sea en el ámbito de la psicología y los sentimientos, de las instituciones o de los objetos y el espacio- no puede más que considerar como una amenaza a la naturaleza de su forma la idea de que estas cosas son alterables y no ontológicamente inmutables
[3]. Dicho de otra forma: el documentalista o fotógrafo deben estar atentos a la sobreproducción de naturaleza que altera lo mostrado, para dejar a lo terrible en su pura manifestación concreta: también la realidad se pone a veces manierista, recargada de retórica, y hay que evitarla. Les pongo un ejemplo muy concreto:






Esta imagen es auténticamente terrible. Representa el horror en tiempo real. En cambio, en esta otra, aparece el manierismo:


Ese hombre que se lanza al vacío no es un suicida convencional: su acto responde al estímulo terrible ya existente. El fotógrafo que la capta quiere ahondar en la terribilidad del hecho, está buscando deliberadamente hacer el horror más grande, aumentando los detalles invisibles. No utiliza una cámara, sino un microscopio. Esta imagen, desde el punto de vista ideológico, es bastante sospechosa de colaborar –sin quererlo el autor, pero esos son los peligros del realismo ingenuo– con los objetivos de los terroristas: aumentar el terror, hacerlo más grande, resaltar a la impresionable retina del espectador detalles terroríficos que de otro modo resultarían invisibles. Decirle: este puedes ser tú, ándate con ojo.

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Caza lo que odias (¿o lo que temes?). En Arizona, desde hace un par de años, bandas organizadas de rancheros salen algunas noches al año a cazar inmigrantes ilegales que cruzan la frontera. Estos safaris sistemáticos no parecen demasiado distintos de los que ocurren al otro lado de la frontera, en Ciudad Juárez. Los motivos de ambos son, únicamente a estos efectos, irrelevantes. Lo terrible [1] es que son fenómenos especulares, donde la frontera hace las veces de azogue. Lo terrible [2] es que lo que sucede en México es conocido y denunciado en todo el mundo, pero lo segundo no tanto. Lo dijo Humpty Dumpty: lo que importa, a la hora de la representación del terror, no es el hecho en sí, sino quién manda.
Si analizamos la sociedad contemporánea desde el modelo hobbesiano, por desgracia bastante operativo, las lecturas del orden establecido se sustentan en la idea del miedo al otro, del temor a ser agredido –incluso a ser tocado, recordaba Canetti en Masa y poder–. Escribe Beckett en su relato El expulsado: “la acera más ancha nunca es lo bastante ancha para mí, cuando me pongo en movimiento, y me horroriza importunar a desconocidos”[1]. En consecuencia y como aprendí estudiando Derecho Penal, el poder represor del Estado se convierte en el sustituto civilizado de la violencia, al eliminar la venganza transformándola en castigo, por la lesión inferida al orden social. Nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal es la venganza por otros medios, parafraseando a Von Clausevitz. Pero cuando este orden sustentado en la ley no funciona o funciona mal y torpemente, quedando numerosos espacios de violencia al margen de su alcance, surge un problema de difícil solución. El mundo se convierte en un lugar peligroso, injusto, inseguro, y el miedo propicia la misantropía contra los demás. El caos social, la delincuencia, el casino de los lugares despoblados, la ruleta rusa de los paseos nocturnos, y todos esos imaginarios construidos no sabemos bien por qué y minuciosamente descritos y criticados por Isaac Rosa en El país del miedo (2008), hacen surgir en nuestro interior el animal antisocial inscrito en el esquema previo al contrato social (roussoniano o hobbesiano); antes del pacto, el hombre era un lobo para el hombre. Quebrantado el pacto –se piensa- todo permite el regreso a la violencia[4], a la práctica de la caza. Recordemos la caza humana descrita en el terrible relato de Salvador Elizondo “En la playa”, incluido en Narda o el verano (1966). Es la supervivencia animal: o matas o mueres. El trasfondo ético es la eliminación del orden social: “el devoto fanático sueña ya con la repristinación de todas las cosas y con un mundo renovado, después que éste se haya hundido entre llamas[5], dice Kant. En las películas tipo Terminator esa imaginería nos la brinda un paisaje postapocalíptico. En realidad es pre-creación, está antes de lo social, no después. El caos aterrado, la lucha neandertal de tribus, la agresión primordial, la misentropía. Kubrick sí lo vio bien: la angustia existencial de nuestra especie no estaba en la danza de naves espaciales de 2001, una odisea del espacio, ni siquiera en la hermosa agonía de Hal 9000; estaba en la escena de los primates ante el monolito. La representación mediática/artística del terror de nuestro tiempo nos sitúa, sea de manera distópica o sea bajo la forma de un naturalismo inexistente, ante las formas del fin de la sociedad existente. Algunas obras realizadas de este modo son maravillosas y necesarias (pongo como ejemplo, por todas, la obra de J. G. Ballard). Otras, en cambio, son residuos ideológicos de baja intensidad, conectados -consciente o inconscientemente- con el terror. Nuestro trabajo como espectadores, como artistas o como críticos debería ser entrar en ese caos, revolver la entropía y sacar de ese oscuro pudridero conceptual aquellas obras que, en su salvación artística, también nos salvan, de alguna manera, a nosotros.

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Segunda Ley de la Termodinámica: Cualquier cambio espontáneo en un sistema físico se produce en el sentido de entropía creciente, y el estado final de equilibrio corresponde al valor máximo posible de la entropía (versión de Gamov).











Notas

[1] Patxi Lanceros, “Modernindad y nihilismo”, en Ré-Gaceta Nietzscheana de Creación, Año I, nº3.
[2] Carl T. Dreyer, “El cine francés”, publicado en Politiken el 01/05/1926, incluido en Reflexiones sobre mi oficio; Paidós, Barcelona, 1999, pp. 36-37.
[3] F. Jameson, El realismo y la novela providencial; edición de Julián Jiménez Heffernan, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2006, pp. 30-31.
[4] “Todo el mundo sueña con la emancipación individual, y sin embargo arrastra como un remordimiento colectivo sobre el sujeto. Todo esto se traduce en el odio de sí, en las experimentaciones mortíferas, en las guerras fratricidas… en un estado de cosas mórbido”; Jean Baudrillard en Jean Baudrillard y Jean Nouvel, Los objetos singulares. Arquitectura y filosofía; Fondo de Cultura Económica de Argentina, Buenos Aires, 2006, p. 122.

[1] S. Beckett, “El expulsado”, Relatos; Tusquets, Barcelona, 1997, p. 36. Traducción de Caonex Sanz.
[5] I. Kant, “Replanteamiento de la cuestión sobre si el género humano se halla en continuo progreso hacia lo mejor”, en Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre filosofía de la historia; Tecnos, Madrid, 1987, p. 83.

15 comentarios:

josé luis molinuevo dijo...

Hace pensar, Vicente, tu post. ¿No es una forma de nihilismo ver siempre el presente desde su genealogía en el pasado? Así retrocedemos hasta el tonel de Diógenes; y de ahí a la Nada, de la que, según dicen, hemos sido hechos, no hay más que un paso. Nos encanta (parafraseo a Adorno) el pasado porque sabemos que no se va a volver a repetir. Mientras discutimos si galgos o podencos, barrocos o ilustrados, nos atropella el tren del presente. ¿Qué podemos hacer? ¿Revolvemos en la basura de la entropía esperando algo que nos salve o intentamos salvarnos de los demás con los demás?
Un abrazo.

Vicente Luis Mora dijo...

Bueno, José Luis, tampoco hay que exagerar. Es normal mirar hacia atrás, como el ángel de la historia de Walter Benjamin, mientras se camina hacia delante. Tú mismo lo haces en "Humanismo y nuevas tecnologías" enganchando las metáforas tecnológicas al Frankenstein de Shelley o al Romanticismo alemán. Caminar sobre la nada se da más bien cuando presentificamos todo sugiriendo que hay algo que viene del vacío, creado ex nihilo. La genealogía sólo nos da armas críticas para enfrentarnos a la teoría en marcha del presente. O eso creo. Abrazos.

Manuel G. dijo...

Vicente, muy sugestivo todo.

Para mi hay una interpretación “más ibérica” de estas agresividades.

Retrocedamos a la época romana o prerromana: la península estaba ocupada por un montón de pueblos prácticamente enriscados en sus peñas fortificadas o en sus montañas, con un tremendo espíritu de resistencia hasta la muerte, como lo demuestran los casos de Astapa, Numancia, Sagunto, las guerras cántabras... Para las ciudades y pueblos ibéricos resistir hasta la muerte era una victoria mucho más digna que una razonable capitulación a tiempo.

En tiempos modernos pasaría lo mismo durante la invasión napoleónica: resistencia a muerte en cada pueblo y ciudad. En Zaragoza, por dos veces asediada, los franceses mismos quedaron espantados por la carnicería que tuvieron que realizar para tomar la ciudad.

Llegamos a la guerra civil; los mismos casos: el cerco de Madrid (no pasarán), el Alcazar de Toledo, la resistencia en el Santuario de la Cabeza... No ha habido mayor heroica victoria moral que la derrota absoluta de la República, la cual sigue alimentando el espíritu de honor de gran parte del país.

Estas son nuestras verdaderas “victorias”, las que más valoramos.

Manuel G. dijo...

A lo largo de la historia de España, de una forma u otra, el espíritu de asedio, de resistencia, conforma nuestra mentalidad. A diferencia de pueblos más acomodaticios, los españoles quizás continuamos siendo en nuestro interior gente enriscada que sigue resistiendo fiera y hoscamente a enemigos reales o imaginarios. Es algo que a veces no se ve, pero está ahí operando en todo, y esperando dentro de nosotros a poder manifestarse a la tremenda en algún conflicto. Y en el día al día de otras maneras.

Todo esto me parece mucho más real en España que cualquier otra evolución o influencia que supuestamente nos hubiera conducido de la misantropía al nihilismo. Los españoles a lo mejor no podemos ser nihilistas ni misántropos, cosas demasiado sofisticadas, más de pueblos tranquilos, acomodaticios y civilizados- el nihilismo hasta me parece una cosa dulce para un hispano- nuestra realidad es resistir a todo, odiarlo todo a muerte, enquistarse, hasta alcanzar la derrota, lo más heroica posible.

Esto puede estar ahí latente en casi cada tipo de discurso, así como en las formas narrativas, políticas, ideológicas etc... que se producen en este país. La integración, la cesión, la confraternización, la aceptación de lo contrario, las distintas formas de capitulación acomodaticia... apenas existen en nuestras estructuras internas y tampoco en sus manifestaciones discursivas.

¿No es aterrador?

Tenemos mucho que decir del espíritu de asedio.

josé luis molinuevo dijo...

De tanto mirar al ángel de la historia de Benjamin le he ido encontrando un aire de neoprimitivo digno de una portada de libro de Eloy. Mira hacia el pasado, está de espaldas al futuro, al que le arrastra el viento del progreso moderno que viene del paraíso maldito.
Quizá tengas razón, Vicente, y exagere. Pero es para llamar la atención sobre el paralelismo entre ciertas búsquedas de actualidad del pasado y la cómoda instalación en la inactualidad del presente. Es lo que he tratado de hacer en el libro que citas.
No creo que se pueda ni que se deba detener el tiempo. Probablemente sólo nos queda ponerle y quitarle acentos. A mí ya me empieza a cansar el que se pone al presente con el presentismo de marras, marca Bauman. Por el contrario, encuentro siempre estimulantes los acentos en los libros de FRL, como el que reseñas.
PS.La foto "manierista" de Drew que comentas es la portada de la reedición de "El ángel caído" de José Jiménez.

Vicente Luis Mora dijo...

También es la imagen a la que alude, sin reproducirla, la portada de "El hombre del salto", de Don DeLillo. Ese niño que mira con prismáticos desde la portada está precisamente viendo caer a ese anónimo neoyorkino. Es una imagen ya global, y eso es lo preocupante, a mi juicio. Saludos, José Luis.

Miguel Espigado dijo...

Hola, ha sido una sorpresa muy agradable encontrarme a Rodríguez de la Flor glosado en este post, fue mi profesor de literatura del Siglo XIX en Salamanca, y es uno de los pocos profesores de literatura de esa facultad que recuerdo con admiración auténtica, no solo fruto del cariño. Por lo que nosotros pudimos ver en sus clases, De la Flor, si algo no era (sigue coleando, pero que hable yo en presente de él me parece abusivo, han pasado 5 años)era misántropo. Hablaba de la sociedad decimonónica con una fascinación que sabía contagiar, sus clases eran una especie de suspenso en el monótono monólogo historicista de las Hispánicas de Salamanca. Sabía transmitir amor por la literatura, yo diría una pasión profunda y sosegada que calibraba en cada palabra, y cada palabra sujeta a un énfasis preciso, exclusivo. En conjunto era un expectáculo algo exagerado, que algunos adorábamos y a otros les sacaba de quicio.

Vicente, hablas de la ruptura del pacto social, y según mis ideas sencillas sobre Rousseau, no puedo dejar de pensar en la experiencia que el amor juega en el impulso del anacoreta, más bien su ausencia, su certeza reconcentrada de que el amor ha desaparecido del mundo, y a la vez una profunda nostalgia, del lugar al que su memoria vuelve, donde su ideal del amor quedó petrificado, y va purificándose con los años. Algún día amamos con más intensidad que nunca, luego todo es padecer la tibieza de los libros que jamás nos llenarán como los de antes (es el crítico misántropo), la sociedad que nunca será tan luchadora (el ideólogo misántropo), las personas que ya nunca tendrán la rectitud de antaño (el conservador misántropo).

Una de las palabras favoritas de Rodríguez de la Flor en esas clases era "vitrificación". Nosotros claro, nos la flipábamos con la palabreja, era abstracta y poética a la vez, y venía a aludir a las cárceles de oro que el hombre construía para el hombre, y la mujer, paraisos intocables y asépticos, con decoración de salón de Versalles y clausura de submarino.

Siempre hubo soledad y encierro, pero yo creo que si algo le dio un impulso definitivo a la misantropia (bueno, yo parto de la base de que la misantropia es un mal condenable), es la proliferación de la privacidad, que precisamente ocurre en el XIX con el contagio a las clases populares de los modos burgueses. Dice un anuncio de coches "¿y si el verdadero lujo fuera el espacio?" Me hace gracia porque desde la noche de los tiempos, el verdadero lujo siempre se ha considerado el espacio. Así nos hemos lanzado a la conquista del espacio, pero del espacio privado. Ciframos nuestro éxito en la capacidad para adquirir metros vacíos e infranqueables para el otro, aspiramos a parcelas cada vez más amplias, más cercadas; es el escenario perfecto para la misantropía, que se generaliza gracias a la posibilidad de aislarse, y no antes (¿no demandaba Virgina Woolf una habitación propia?). No hay necesidad de amar nada en un espacio vacío; es lo mismo que decir que no hay necesidad de pacto social alguno cuando eres una especie de Principito viendo crecer Baobaps en tu planeta aislado.

Rodríguez de la Flor compartía con nosotros una pasión que durante cuarenta y cinco minutos nos hermanaba, nos implicaba emocionalmente, y eso era muchísimo más de lo que nos estaban dispuestos a ofrecer la mayoría de los otros profesores. Son esas experiencias colectivas las que nos aglutinan y nos hacen adictos a compartir, se abre ahí el camino para que nos deseemos recíprocamente, nos volvamos colectivos. Quien se deja seducir por la experiencia de compartir, jamás querrá volverse misántropo. Aún cuando la vida lo obligue a ello (el fatum de el hombre moderno: sobrevivir a un holocausto nuclear en el interior de su monovolumen de gran modulabilidad, climatizador y lunas tintadas), siempre acabará encontrando un resquicio para compartir. Finalmente, ¿qué si no venimos encontrando los lectores a este blog? ¿Diario de lecturas como terapia contra la misantropía?

Mientras, yo he decidido que cuando mi vecino pone música, en vez de golpear la pared, me pongo a escucharla (menos mal que tiene muy buen gusto). Un abrazo.

Anónimo dijo...

hola, os dejo noticia de mi libro "Idea trágica de la democracia". también podéis descargaros "La fiebre conquistada", un ensayo sobre rock and roll.

http://www.bubok.com/libros/2042/idea-tragica-de-la-democracia-para-una-ciudadania-caosmopolita

Alvy Singer dijo...

Creo que complementando a su opinión de la foto del Hombre del Salto, que genera un importante debate ético de si la realidad aterrorizada es tal, destacaría muchas de las publicadas el 12 de Marzo por el País en el año 2004. No están disponibles en la hemeroteca digital, me temo, pero son para pensar.

Así que nos vamos a la mejor hemeroteca digital del Mundo, o al menos lo más parecido. Pues tomemos esta foto de La Vanguardia, en las páginas interiores del citado 12: http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2004/03/12/pagina-5/33654161/pdf.html.

El abatimiento en el árbol, el bebé y la lejanía (fuera de plano, al menos) de los servicio de emergencia.

Vicente Luis Mora dijo...

Miguel, yo también me siento lleno de amor. Si no te doy un beso es porque estás en el quinto pino, tan lejos como yo, o casi. El amor a los demás me anonada. Llevo dos meses sin ver a mi chica, así que imagínate hasta qué punto el amor me desborda por doquier. En efecto, hay una manera de ver la modernidad desde el amor o, si quieres, desde el afecto. Así resumía Charles Du Bos parte del pensamiento de Pascal: “el corazón para Pascal es un órgano de conocimiento antes y más incluso que el órgano de la sensibilidad, cuando dice: es con el corazón con lo que conocemos las tres dimensiones del espacio” (C. Du Bos, Journal, Correa, París, 1946, p. 103, anotación correspondiente a junio de 1922). El afecto es uno de los modos del conocimiento moderno, y por ese motivo J. G. Ballard es un posmoderno puro al declarar en La exhibición de atrocidades la muerte del afecto. Es raro que en todas las descripciones de la posmodernidad que he leído, la referencia a lo sentimental carece de protagonismo, mientras que era esencial para la descripción de lo moderno.

Pero no nos engañemos. El paso del Barroco a la Ilustración se da con la misantropía como fondo escénico, según hemos visto con Fernando R. de la Flor, y el paso de la Ilustración a la Modernidad vía Romanticismo a través del pesimismo, como viese Antoine Compagnon en esa obra maestra que es Antimodernos (Acantilado, 2007). El amor tiene mala literatura y mala prensa, y su deconstrucción posmoderna nos deja, Miguel, atados de pies y manos -aunque hay amores difíciles que parten, como bien sabes, de las ataduras, ligaduras y demás sometimientos físicos-. Desde el núcleo duro de la modernidad ya viene el amor combatido, dándole la razón a Compagnon en que lo antimoderno es lo moderno puro. Recuerda que en La montaña mágica, el Dr. Krokovski, uno de los médicos al cargo del sanatorio, da unas lecciones magistrales que llevan por título “El amor como factor patógeno”. Freud decía que era “patológico”: en El malestar en la cultura (1930) escribe: “en condiciones normales nada nos parece tan seguro y establecido como la sensación de nuestra mismidad, de nuestro propio yo. Este yo se nos presenta como algo independiente, unitario, bien desmarcado frente a todo lo demás. Sólo la investigación psicoanalítica (…) nos ha enseñado que esa apariencia es engañosa; que, por el contrario, el yo se continúa hacia dentro, sin límites precisos, con una entidad psíquica inconsciente que denominamos ello y a la cual viene a servir como de fachada. Pero, por lo menos hacia el exterior, el yo parece mantener sus límites claros y precisos. Sólo los pierde en un estado que, si bien extraordinario, no puede ser tachado de patológico: en la culminación del enamoramiento amenaza esfumarse el límite entre el yo y el objeto”. Ahí es nada, Miguel: el amor como comienzo de la disolución del yo.

La figura del moderno en trance de pasar a la posmodernidad está quizá en ese salvaje que Huxley retrata apartado de la sociedad (un amante misántropo, por tanto), al final de Un mundo feliz. ¿No es hermoso? Todas las distopías son, en el fondo, grandes historias de amor; narran la búsqueda de lo humano en sociedades deshumanizadas, donde la estandarización del afecto y del sexo llega incluso a los límites planificados de las Tablas del Amor descritas jocosamente por Zamiatin en Nosotros. Recordemos el año de esta obra de Zamiatin: 1920, en pleno florecimiento moderno. El protagonista de Nosotros se enamora de la ciudadana I-330 y por ello va contra el sistema; también en Fahrenheit 451 la aparición del amor provoca el caos. 1984 se cierra con una irónica declaración de amor. El Partido descrito por Orwell utiliza la castidad como activador del histerismo “pues era susceptible de se trocado en fiebre bélica”. Es todo tan bello...

A partir de ahí, Miguel, la debacle: para Gottfried Benn, el “asesinato con estupro (…) constituye desde siempre la forma verdaderamente ideal del amor”; para Houellebecq, es una comedia patética sostenida por nuestra patética incapacidad de estar solos, y desde más cerca José María Pérez Álvarez escribe: ““Me pregunto no de qué calidad, sino de qué materia –barro, plietileno, corcho- estaremos hechos. De cualquier materia menos de amor”; José María Pérez Álvarez, La vida innecesaria; Caja de Ahorros del Mediterráneo, Alicante, 1989, p. 57.

La palabra nosotros es, en sí misma, una palabra que alude a lo sentimental, al afecto creado entre un grupo de personas, frente al ellos que determina lo bárbaro y extraño. “Nosotros, que nos queremos”, o “We, the people”. Lo social va ligado a lo afectivo, según Rousseau, pero lleva en sí el germen de lo disociativo y violento, corrige Hobbes. En esa dicotomía nos movemos nosotros, el pueblo, desde hace tres siglos. Una mañana besamos al vecino y otra lo denunciamos. Nuestra economía emocional es la de la persecución del otro, bien para amarlo o para partirle la crisma. Pero hoy estoy contigo, Miguel: besos, muchos besos.

Anónimo dijo...

Presente, pasado, genealogía...
Edward W. Said distingue entre filiación y afiliación. Tal vez pueda ayudar ese binomio. Solo tal vez...
J.

Miguel Espigado dijo...

Hermosísimo y sabio texto, Vicente, que espero que no pase desapercibido entre los comentarios, porque merece leerse con tanta atención como cualquiera de los post que encabezan el blog. Solo por tirar de un hilo de las muchísimas cosas de las que hablas, recuerdo a Ridley Scott, en el making off de Blade Runner, cagándose en la madre que parió a los productores de la película, que le obligaron a edulcorar la historia con un final feliz que no pegaba ni con cola en aquel futuro frío, lluvioso y palpitante donde no parecían existir más que individuos. Luego, en la versión del director, el final armoniza mucho mejor con el mundo que se nos propone, donde el amor solo parece verosímil cuando acaba por desvelarse imposible.

¡Paz y amor y muchos besos a todos! (Por una vez, que no se diga).

logiciel dijo...

Veo que empiezan a hacer estragos las luces navideñas y los villancicos a todo trapo...

Tranquilos, pasará rápido. Sólo es un par de semanas al año.

Besos y abrazos, anyway.

Esther dijo...

La misantropía permanece latente en todos nosotros, pero quizás el poeta o el filósofo se recrea en ella durante más tiempo por su condición de voyeour. Tal vez sea la excusa más apropiada para su arte.

Ese miedo que propicia la misantropía se dá, sin ir más lejos, en los niños. En esos niños que creen que su compañero Mounire es distinto a ellos porque no come tortilla de jamón, porque tiene el pene circuncidado o porque en época de navidad no colabora en el Belén.

Ese aceptar a alguien que es distinto a nosotros supone traspasar la barrera del miedo que nos mantiene en ese pudridero. No traspasarla nos convierte en antisociales.

El terror, hoy en día, no es más que un producto que se vende muy bien.

mario dijo...

magnífico post, Vicente. Me dejas boquiabierto y no me queda otra que imprimirlo para leerlo otra vez lápiz en mano. Enhorabuena