jueves, 24 de mayo de 2007

Elvira Navarro y el desasosiego


Elvira Navarro
La ciudad en invierno; Caballo de Troya, Madrid, 2006

El primer libro de relatos de Elvira Navarro (1978) viene a situarse en una especialísima categoría, la de los libros encantadores por raros. Deliberadamente raros, como El forastero misterioso, de Mark Twain, o el Viaje alrededor de mi cuarto, de Xavier de Maistre, a los que me recuerda por la utilización maléfica de la salida de la infancia, en el primer caso, como vía de conocimiento al mundo, y por la descripción de los espacios (claustrofóbica de los grandes, y de gran angular en los entornos pequeños) que caracteriza al segundo. Esa extrañeza es deliberada, como todo lo que aparece en este libro formado por cuatro textos inquietantes, cuatro relatos enlazados tonal, geográfica y a veces temáticamente, y protagonizados por Clara, una niña que en unos cuentos tiene doce y en otros catorce años y, en todos, una considerable dosis de mala leche.

En un libro así, la existencia de una sola cita, y además de corte técnico, de Piglia, debe tener un papel revelador o ser una táctica de despiste, algo que tampoco sería extraño en un libro donde todo lo es. La cita comienza así: “para descifrar un enigma hay dos alternativas: la acumulación infinita de datos diferentes o la utilización infinita de un mismo dato. Se puede tomar una serie…”. Creo que lo más significativo de la cita no es la exposición de la dicotomía entre dos procedimientos narrativos (de los cuales la autora habría optado por el segundo, elegir un solo motivo, que a mi juicio vendría constituido por la voluntad de Clara de vivir al límite la dimensión de su miedo o del miedo al miedo), sino una palabra que aparece casi disfrazada en el tono profesoral de la cita: el enigma. En efecto, La ciudad en invierno es un libro enigmático, que habla de casi todo menos de una ciudad invernal, y donde lo narrado, según la teoría del iceberg de Hemingway o la de los “dos cuentos” del propio Piglia, es mucho menos importante que lo sugerido, que el otro cuento paralelo que apenas aparece tras las líneas de Navarro, y que es el auténticamente desasosegador. Un relato constituido en enigmas, a veces desvelados, y a veces sólo sugeridos: “ya no podrá jugar normal, ni mirar normal, ni hacer nada normal, hasta que no deje de sentir eso en las sienes y en el centro del estómago” (p. 18). La ciudad en invierno está configurado sobre ese eso y su objetivo narrativo último es poner en duda al lector sobre si ha entendido su sentido. El editor pone el acento en la cercanía del libro con un cuento de Cristina Fernández Cubas, pero a mi juicio el cuento de esta autora con el que Navarro más se relaciona es “El ángulo del horror”, y con su concepción de lo equívoco.

El libro se permite algunas facilidades, como es jugar con un personaje a lo Lolita que descubre sus impulsos sexuales, en una época donde el sexo prepúber es algo satanizado; también se acoge a fórmulas de hiperviolencia infantil que ya estaban en Niños muertos (1976) de Amis, o en el Running Wild de Ballard (1988), con idéntica vocación de alerta sobre la decadencia de un modo occidental de entender la educación y los peligros del acceso a todo tipo de excitantes antes de tiempo. Quitando esas facilidades, lo interesante de Elvira Navarro es su capacidad de contar el cuento oculto desde el visto, despojando de hojarasca el estilo (demasiado, en ocasiones) y construyendo la anécdota de un modo muy similar a la fabricación infantil de la experiencia: dando vueltas a lo mismo, despistada y desprejuiciadamente, profundizando sin preocuparse, jugando con el rostro serio, como apuntó un poeta. También tiene interés su sentido del humor, nada evidente (una muestra es llamar Clara a la niña más oscura y compleja de nuestra literatura última), y su visión de la crueldad social y familiar, descritas a la perfección. Estamos ante un buen comienzo, que nos invita a estar pendientes de la evolución futura de la autora.
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martes, 22 de mayo de 2007

La luz nueva


Se acerca...



http://www.eldiadecordoba.com/94421_ESN_HTML.htm




3 de junio...

miércoles, 16 de mayo de 2007

Firma digital invitada: Ángel Zapata


[El relatista y ensayista Ángel Zapata, autor del recomendable La vida ausente (Páginas de Espuma, 2006) me envía este texto, que no puedo más que suscribir, lógicamente]


Ideas sobre la literatura
Ángel Zapata

En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura. La literatura es una mercancía como cualquier otra, sujeta al modo de producción, distribución y consumo impuesto por la industria capitalista, y dotada —desde los dispositivos de la Institución literaria— con ese “aura” de excelencia que tiene la función de un valor añadido dentro de los circuitos de intercambio.
A esta situación responde la bagatela conformista que hace furor en los últimos años (esa literatura insulsa, apática, escrita por buenos chicos, complaciente con todo y con todos: una literatura sin esperanza). Pero también desde aquí cabe abogar a partir de ahora no exactamente por una literatura del afuera, como por la escritura misma en tanto afuera de la literatura. Es decir: una escritura que la Institución literaria tenga que expulsar de sí, igual que el organismo expulsa un cuerpo extraño.

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Lowry perseguía la iluminación.
Proust, la rama dorada del tiempo.
Dostoievsky consumió su vida en la defensa militante de una quimera absurda a la que él denominaba “el Cristo ruso”...
El Grial que persiguen los escritores de hoy puede nombrarse con sólo dos palabras: fama y dinero. Su deseo es un deseo cutre, de tonadillera o de paleto; y da la medida exacta de la riqueza y la profundidad de su experiencia, como también —sobra decirlo— de su lamentable catadura moral.

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Hoy la nómina de los escritores está compuesta mayoritariamente —y a partes iguales— por imbéciles y por canallas, sin que haya que excluir en absoluto que estas dos notas definitorias puedan darse a la vez en un mismo sujeto.

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La literatura, en sus momentos más afortunados, era un campo de expresión y de conocimiento de lo humano, así como una exploración de sus posibilidades y de sus modos de experiencia inéditos. Para que esto pueda ser así, obviamente, resulta imprescindible que haya una sociedad que lo necesite y lo reclame… Y estaría de más recordar que el capitalismo de guerra funciona precisamente sobre el trasfondo de la represión sistemática y el “docto” desconocimiento de lo humano (consumados por el discurso de la ciencia y la invasión totalitaria de los dispositivos de la “comunicación”), como también sobre el cierre programado de cualquier horizonte de posibilidad, y el control y la monitorización crecientes de las formas de la experiencia.
A fecha de hoy, pues, este panorama de pesadilla orweliana se traduce en un estado de narcosis generalizada (apuntalado sobre lo que la psiquiatría de Janet denominaba un “descenso del nivel mental”); con lo cual todo llamamiento a la responsabilidad y la transformación por parte de la conciencia artística no puede sino hundirse en ese territorio profundamente gelatinoso de la opacidad social.
Esta sociedad, en suma, no es sólo que no necesite ni reclame el núcleo excesivo —pasional, crítico y/o utópico— que cierta literatura vehiculaba en el pasado, sino que se defiende positivamente de él, a través de la represión (en todos sus modos), la asimilación (cuando le es posible), la producción y difusión masiva de falsificaciones y sucedáneos, la indiferencia y el silencio.

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El divorcio entre escritura y sensibilidad, escritura y experiencia, escritura y saber ha alcanzado tal grado de acuidad, que cuando los autores de hoy intentan escapar a la rúbrica del “entretenimiento” ponen en boca de sus narradores el tipo de sutilezas filosóficas que se puede leer/escuchar en los artículos de los dominicales, los programas de radio de medianoche, los magazines de divulgación científica o los telefilmes de corte dramático.
Ahora bien: denunciar esto es perfectamente inútil, puesto que no se trata tanto de que la Institución literaria no lo sepa como de que no lo quiere saber, o —lo que es lo mismo— de que es precisamente la legitimación a gran escala de esta impostura lo que avala su status de privilegio en la trama de la dominación.

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La estrategia más frecuente entre los intelectuales colaboracionistas consiste hoy en un mecanismo de defensa que Zizek, tras las huellas de Lacan, ha llamado “atenuación”. Se explica muy sencillamente: la atenuación se basa en constatar un hecho de la realidad, y acto seguido disociar esta misma constatación de cualquier posible consecuencia en el plano de la conducta práctica. Su fórmula sería: “Sé perfectamente que esto es así… (pero me sigo comportando del mismo modo que si no lo supiera en absoluto)”. Ni que decir tiene que no hay que apresurarse a asimilar la atenuación a las prolijas justificaciones del cobarde o al intrincado fariseísmo del trepa. La atenuación no se sitúa exactamente en el plano de la labilidad moral. Su dimensión propia es aún más profunda, pues con ella, con el acto de disociación que la funda —y en el que se evaden la culpa subjetiva y el displacer de la contradicción—, es el propio sujeto lo que resulta disociado, son en realidad áreas enteras de percepción y sensibilidad las que terminan secuestradas, devastadas, por esta forma tan contemporánea de la conciencia sierva.
Es la atenuación la que hace posible que en los últimos tiempos estemos escuchando a los escritores “de éxito” hablar contra la mercantilización de la literatura, o viendo cómo algunos escritores que se reclaman “de izquierdas” firman contratos —sin que se les mueva un músculo de la cara— con los más reputados “padrinos” del medio, o con las más voraces y destructoras multinacionales de la edición. Por efecto de la atenuación, la necesidad de ser consecuente se olvida, se forcluye; un corte, un hiato se desliza entre mi saber, por una parte, y mi coherencia y mi responsabilidad como sujeto por otra… con lo que quedo convertido —irremisiblemente— en rehén del Amo que desea por mí, en objeto entregado al deseo del Otro. Los traidores, los lacayos, los vendidos de siempre, son figuras casi entrañables puestos al lado de esta nueva inconsecuencia abismal, de esta denegación de todo efecto vinculado a lo Simbólico, de esta anulación/extinción de sí que tiene un pie hundido en el cinismo, y el otro pie en las puertas de la psicosis.

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Eso que amo apasionadamente en la literatura (es decir: lo que en la práctica institucionalizada de la escritura aún conseguía sobrevivir —contra viento y marea— de la poesía y del mito), ni tiene modo de alojarse ya en los recientes productos editoriales, ni puede articularse —de no ser como estorbo y anomalía— con las nuevas condiciones de producción y reproducción de lo social.
La literatura nació con el ascenso de la burguesía y morirá con ella, ahogada en una misma espiral de agotamiento, banalidad, zafiedad, delirio narcisista, indecencia y mentira.
La poesía y el mito, en cambio, son —mucho más allá de lo que nombraría la palabra “actividades”— modos de lo humano.

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La práctica consolidada por la burguesía del siglo XVII bajo el nombre de “Bellas Letras”, “Literatura”, etc., era ya una acomodación de la fecundidad poética y mítica (de la relación esencial de esta misma espontaneidad con el desbordamiento y el gasto) a las condiciones de producción intensiva, reglada, sometida a control, económica y acumulativa que el capitalismo en auge empezaba a proyectar sobre el conjunto de la existencia social. De ahí que a medio plazo comportara —bajo el nombre de “realismo”— la promoción al rango de paradigma de las formas de percepción y representación del mundo de los nuevos amos o, dicho de otra manera: una idealización de la sensibilidad que distingue a los funcionarios de abastos, los dentistas y los tenderos.

Esto hace que la muerte de la literatura —a la que estamos asistiendo en los últimos años— no sea sino el advenimiento final de un origen, la realización de una latencia; y tenga mucho menos de “traición” o “fracaso” que de consumación de un proyecto, a saber: el de la transformación de la poesía y el mito en un dispositivo de producción (asistido por las “técnicas” que le son propias), el de la expropiación de lo humano en cualquiera de sus formas de surgimiento, para su conversión en beneficio.

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La literatura, pues, se realiza hoy abiertamente como una instancia más del beneficio (y se dedica a apuntalar con todos los recursos a su alcance la preeminencia mítica del capital); con lo cual es este mismo cumplimiento de su proyecto histórico —el advenimiento de su verdad última—, lo que vuelve a dejar en franquía su núcleo “traumático”, excesivo, a-histórico (aquello que en la obra literaria era siempre más y otra cosa que “literatura”)… a condición de que la poesía y el mito no intenten realojarse en los salones de una casa en ruinas, a condición de que acierten a dotarse, por si mismos, de nuevos territorios y nuevas vías de realización.
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martes, 15 de mayo de 2007

Second Life y la literatura




Alguien me preguntaba aquí hace algún tiempo por las formas embrionarias de literatura en Second Life. De momento no he podido examinarlas, ya habrá tiempo. Lo que desconocía era su posible origen literario, que ayer me desveló Juan Bonilla. Bonilla me comentó dos posibles antecedentes novelescos de Secondlife.com. Uno sería la novela de Josep María Andrés, Buena suerte en Mundoclon.com:

http://www.noticiasdot.com/wp2/2007/05/07/¿se-inspiro-second-life-en-una-novela-espanola/

El otro sería una novela titulada Snow Crash, de Neal Stephenson. Si alguien la ha leído que nos cuente el argumento, por favor.



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Comentarios:

Alberto Santamaría me ha dejado el siguente comentario en mi correo, parece que ha problemas hoy en Blogger para colgarlos. Aquí lo tenéis (gracias, Alberto):


Alberto Santamaría
Snow Crash (1993, la fecha es importante) es una novela verdaderamente apasionante, pero sobre manera todo un monumento en lo referente a la construcción narrativa y teórica que late tras la novela. Es difícil sintetizar en pocas palabras. El protagonista de la novela es un Hacker llamado Hiro Protagonist (mucho nos dice el nombre) y se presenta así: "Último de los hackers independientes. El mejor espadachín del mundo. Cazadatos, Corporación Central de Inteligencia. Especialista en Intel sobre software (música películas, microcódigo)" Todo esto es Hiro. A diferencia de Case (Neuromante) Hiro no puede desdeñar su cuerpo ya que es un hacker. Y esto es importante porque ¿qué es snow crash? Pues ni más ni menos que una droga. En realidad no es un virus sino un metavirus, y es informático y biológico a la vez: daña programas, destruye hakers transmitiéndose a través del nervio óptico e infecta cerebros. Con el virus que transmite el Snow Crash "El metaverso se ha convertido en un sitio donde se puede morir [...] Las armas de fuego han llegado al paraiso", escribe Stephenson. Pero también es una novela de aventuras, donde se mezcla la tradición oral sumeria, hackers, el factor babel y los avatares. Cada avatar es un reflejo en el metaverso, ese otro lado donde se puede morir. Es difícil resumir. Los personajes son también de lo más interesante: Enki, que era un propagador de virus, un sacerdote sumerio. La cultura oral es también la base. Otro personaje es Rife, un magnate de la televisión que quiere recuperar la base del virus sumerio, tremendamente destructor para, como buen villano, apoderarse del mundo, pero, ¿de qué mundo? Ese doble juego es importante. En fin, es demasiada información para sintetizar. Soy un mal "resumidor" y apasionado de esta novela. Una lectura que no dejará a nadie indiferente, creo. Sobre ella, y humildemente, hablé al final de El idilio americano, pero un análisis importante, amplio, profundo y jugosísimo lo tenéis en Domingo Hernández: "La cultura oral electrónica. Cuerpos, Hackers, y virus", (en el libro Arte, cuerpo, tecnología, Universidad de Salamanca, 2003).

El libro tiene textos como este, donde se nos dice que todos somos recipientes posible para ese virus que transmite el Show Crash:

“Todos somos susceptibles al atractivo de las ideas virales, como la histeria colectiva, o una tonada que se nos mete en la cabeza y que nos pasamos todo el día tarareando hasta que se la pasamos a otras personas. Los chistes. Las leyendas urbanas. Las religiones descabelladas. El fanatismo político. Por listos que seamos en lo más profundo siempre hay una parte irracional que nos convierte en anfitriones en potencia para la información autorreplicante […] Lo único que impide que estas ideas dominen el mundo es el factor Babel.”


Ah, de Stephenson aparte del conocido Criptonomicon, es cojonuda La era del diamante. Manual ilustrado para jovencitas. No sé si habré sido de ayuda.

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miércoles, 9 de mayo de 2007

viernes, 4 de mayo de 2007

Círculos



Tengo pendientes de lectura -entre otros, muchos otros-, tres libros de poemas, de tres mujeres. Por lo común, antes de leer, siempre hojeo u ojeo, que de ambas formas puede decirse. Al echar ese vistazo, he visto esto en común, es curioso.

1.
Gaia Danese:

Desde que mis dedos
se han cruzado con los tuyos
el tiempo se curva
en abrazos
que, como círculos concéntricos,
con leves movimientos ondulantes,
se acercan a lo eterno.



Gaia Danese, Las extremidades frágiles, Juan de Mairena, Lucena, 2007.


2.
Concha García:

CÍRCULO

Cuando llegas, la recuerdas.
Sí, sabes por qué. El gesto de la solitaria
es tenaz y aprieta el contestador automático.
Cuando llegas, bebes
incendias de humo el habitáculo
con ventanas, y no quieres cenar
porque un plato sería la catástrofe.
Ella está allí, en las patatas
en la cebolla macerada en vinagre
durante cuatro días. Y te giras
hacia el televisor. La cortina, el mundo
no es ningún misterio, es tan simple
encontrarla luego en tu pijama
o pegada a un montón de facturas
que ojeas sin interés. Luego buscas
un lleno total. Algo eclipsante,
terrible, oneroso.


Concha García, Si yo fuera otra; Diputación de Málaga, Colección Puerta del Mar, 2005


3.
Chantal Maillard:


EL CÍRCULO


Trazar un cero en la nada.
Indefinidamente.
Trazar la nada en un círculo.
Apresada en el círculo trazando
nada. Ocuparse en el
círculo. Ocuparse.
En nada. En la nada
-¿la nada?- una oquedad.
Ocupar una oquedad.
Una oquedad de sueño, la vigilia.
Entre sueño y sueño. Una oquedad
ocupada, ocupándose
en nada.

La angustia es esa nada
que de pronto florece
en la oquedad.


Chantal Maillard, Hilos, Tusquets, 2007

miércoles, 25 de abril de 2007

Pensamiento español



Andrés Alonso Martos, Vicente Raga Rosaleny y Juan D. Mateu Alonso (eds.),
Surcar la cultura; Pre-Textos, Valencia, 2006.


La colección “Filosofías” que Pre-Textos coedita con el Departamento de Metafísica de la Universidad de Valencia nos está dejando un interesante legado de pensamiento español joven. En este caso se recopilan 17 ensayos de otros tantos filósofos españoles, prologados por una interesante reflexión inédita del sociólogo Zygmunt Bauman sobre el mercado y la industria cultural.

Aunque la noticia debería ser positiva (hay filosofía en España, y por tanto jóvenes para los cuales sigue siendo una valiosa rama del saber), el tono medio de los ensayos incluidos no anima al optimismo. Para empezar, en el prólogo de los tres editores se lee esta confesión: “al análisis de la cultura como refugio en tiempos de oscuridad se encaminan, pues, todas estas variaciones sobre el tema de nuestro tiempo” (p. 9), que dista mucho de ser entusiasta. Pero además, avanzando en la lectura, nos encontramos con que, salvo raras excepciones (un acercamiento a Rawls, otro a Rorty y poco más), la mayoría de los filósofos incluidos han abandonado la posibilidad de razonar sobre su tiempo y se han dedicado a examinar la historia de la Filosofía, con cumplida sapiencia, eso sí. Algún día habrá que preguntar a nuestros pensadores si no piensan sobre el presente (hay un interesante trabajo sobre el pasado de López Merino) por falta de interés o porque la filosofía contemporánea española no encuentra canales epistemológicos que aborden los temas que hoy nos interesan, salvo las consabidas excepciones (Trías, Molinuevo, Echeverría, el en estas páginas reseñado Gómez Pin). Sí, es cierto que estamos en tiempos oscuros, donde el saber está desplazado y hay más resistencia a la teoría que nunca, pero, precisamente por eso: ¿no es nuestro tiempo actual la materia sobre la que más luz necesitamos? Mientras llegan las nuevas luminarias, contentémonos con un excelente conjunto de ensayos de pensadores actuales como éste, también –es inevitable– con las irregularidades y altibajos de todos los libros colectivos.