jueves, 1 de noviembre de 2007

Poéticas fragmentarias de Vicente Núñez


Vicente Núñez


Rojo y sepia; Visor, Madrid, 2007
El suicidio de las literaturas; e.d.a. libros, Benalmádena, 2003
Viaje al retorno; Huerga y Fierro, Madrid, 2000
Poesía; Diputación Provincial de Córdoba, 1988
Antología poética; Diputación Provincial de Málaga, Col. Puerta del Mar, 1987
Ocaso en Poley; Renacimiento, Sevilla, 1983
Poemas ancestrales; Calle del Aire, Sevilla, 1980


Cualquier aproximación a la obra de Vicente Núñez debe ser fragmentaria, porque ésa es su arquitectura. Pequeños poemas –salvo excepciones–, miles de aforismos, textos ensayísticos dispersos, aproximaciones críticas y lustros de silencio, tejiendo un mosaico –seguramente octogonal– escindido en teselas, como el título de su libro de 1985, Teselas para un mosaico. Una obra a medio camino entre el error[1] y el errar, presentada en esquirlas, como su hermana la lluvia, “tú, que vives llorando” (2007:25), como reza el poema de Rojo y sepia.

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Mi intención es hermanar lo habitualmente deshermanado; explicar la poética crítica de Vicente desde la lírica, y viceversa, porque no hay –a mi juicio– distancia. Todo poeta es crítico, sí, lo dijeron Vicente Gaos y Cernuda, pero eso implica también que ese crítico no es distanciado ni imparcial, y su propia poética se cierne sobre la mirada con que se lee. Lee desde sí, y desde esa subjetividad moral y estética arroja luz, como la lámpara de Abrahams, sobre la obra de los demás.

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Rojo y sepia: fulguración y recuerdo, carne y tiempo. En dos palabras, la poética de Núñez, incardinable dentro de la estética elegíaca, pero plena de carne, sangre, sudor y lágrimas en el acercamiento al amado, al cuerpo amado. Sepia por el color de las fotos antiguas, por la infancia, por el recuerdo de aquel muchacho, de aquel Antiguo muchacho, por decirlo con una expresión de Pablo García Baena, “que brincaba / sobre el césped, corriendo / desatado en la inmensa / pradera de mi vida” (2007:15).

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Bien, comencemos a hermanar: perspectiva crítica sobre los demás, y tono elegíaco: sería importante, entonces, ver cómo lee Núñez a los otros, pero sobre todo a los otros anteriores. Y, en efecto, aquí comienza a detectarse su singularidad. Escribe Miguel Casado: “su actitud ante la tradición es muy expresiva (…) Si obviamente –el virtuosismo rítmico, la retórica, la movilidad entre los grandes lugares heredados– la raíz está en la tradición española; el deseo se dirige con vehemencia a las otras, a las exteriores, como si la vida se cifrara en ellas (…) abismar el análisis de la vanguardia en la percepción verbal de lo barroco, para que se decanten –como se lee en el mismo poema de Ocaso en Poley– ‘nuestros versos de púrpura extranjera
[2]. Desde lo local, lo global, o lo universal, si preferimos el término. Obviamente, Núñez no es un posmoderno (con la plausible excepción de Teselas para un mosaico), pero sí es un adelantado a su tiempo; en su ensayo “El suicidio de las literaturas” hay referencias a Dior, a Hollywood, a referencias pop incrustadas en el discurso sin ruptura ni antagonismo estilístico. Sí, se podía ser universal desde Aguilar de la Frontera, y Núñez lee con mucho adelanto a profetas de la posmodernidad como Baudrillard o Foucault, algo que no muchos poetas de su tiempo –ni del posterior, añado– hacían o siquiera se planteaban hacer.

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Microfracturas, tensiones temporales, requiebros a la tradición y regates al futuro. Láminas de barroco mezcladas con rayaduras de futuro, rodajas de romanticismo salpimentadas con referencias pop. Así era, fragmentaria, medular, calidoscópica, la poética de Vicente Núñez. Un ojo puesto en las Epístolas latinas y otro en el ciberespacio; en el año 1999 Vicente está en un jurado que premia un libro de poemas íntegramente dedicado a Internet. Vicente mucho tiempo después con el autor, y le explica por teléfono que le había encantado el extrañamiento, la dislocación temporal y espacial que le había producido ese extraño viaje por la red. Nunca, ni antes ni después, he podido explicar mejor que él la sensación de la navegación internáutica. Yo, que soy el presunto experto en nuevas tecnologías, que era el joven autor de ese libro cibernético, era adelantado por la izquierda y a mil por hora por un hombre nacido en 1926, que volaba a lomos de un velador de bar ipagrense.

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Rojo y sepia. Carne y tiempo. En “Aquellos fundamentos” (1983:20) leemos: “cuando intenté de nuevo regresar a la vida / en la incierta penumbra del alba que venía, / sentí sobre mi carne, que aún estaba temblando, / el abrazo insondable y total de la muerte”. Carne temblando, carne trémula. Esta es una imagen muy frecuente en la obra de Vicente; carne que nos abre las puertas a una imagen muy significativa en su poesía: la del cuerpo del otro, del amante deseado, como un objeto afilado hacia el que se dirige, temblorosa y firme a la vez, la carne del poeta. En el poema “Síndrome de una noche de verano”, de Ocaso en Poley, leemos: “Temblando va mi carne hacia el desnudo enigma / que afila en sus alfanjes y los eleva lívidos (…) / Qué turbia está la noche sin mi sangre, qué turbia” (1983:39). En Rojo y sepia, confiesa: “qué aprendido tengo el temblor” (2007:27). Esa entrega al filo de la carne del poeta sorprende porque es tierna, porque es devota, el alma del yo poético se entrega sacrificialmente, como a un éxtasis místico: “todo en tu amor dolíame / como un puñal ardiendo” (1983:40); “un cuchillo me hendía del pavor de la muerte” (1983:19), o: “¡Si a víctima me alzaras / en la cruz de tus brazos (1983:21), donde se entiende el amor como una crucifixión en el cuerpo del otro, el amor como un martirio, con el que se gana el paraíso terrenal –no el teológico–, el de la dicha, el de la tierra de carne: “Oh límpido y amado don de tus ojos de oro / que atribuló mi vida de martirios dulcísimos. / De aquel trance, dos lágrimas hoy sangran resbalando / y doliendo” (1983:45). Dejando de lado la plausible explicación fálica de los objetos punzantes, hay que leer más allá, y entiendo que para Vicente es claro que ante el amor, el ser se presenta tembloroso y entregado: “Y tiemblo, / y vibro, y lloro. Porque / te quiero inmensamente todavía” (2007:33). Y en Teselas para un mosaico, escribía: “temblando yo en mi turno (…) / le arrebaté a Aretusa / el dulce beso tuyo” (1988:165).

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Sí, el amor corta. El amor pincha, tiene “sables” (1988:195), “arietes” y “lanceros” (1983:37), tiene espinas
[3], y hacia él corre Vicente Núñez sabiendo –o sin saber– que va a doler antes y mientras, pero –también y sobre todo– después. Porque después hay algo peor que el dolor: la ausencia de dolor, por un lado, el no-sufrimiento que caracteriza a una vida inauténtica, vacía sin el duelo del amor; el recuerdo del dolor/amor pasado, por otro; esa vida en sepia que vuelve a cortar cuando su rojo sangre se contempla desde afuera, desde la distancia del tiempo[4]. Recordando un amor, escribe: “Sufro / una hebra de seda / y un perfume que araña” (2007:37).

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Miguel Casado ha edificado bien o, mejor, ha dispersado bien la estética fragmentaria de Vicente Núñez (Casado en 2000:20). Lo fragmentario es irregular, puntiagudo, espinoso, está astillado y por eso pincha. Lo explica el propio Vicente en un texto sobre Picasso: “la belleza no existe si no es trágica como el vientre destripado de un buitre. Los mitos sólo pueden consumarse desde el pellejo sumiso y graso de los sacrificios” (2003:181). El amante debe ofrecerse a lo punzante, debe convertirse en diana: “ya está herida la flecha, / y no tiene diana mi corazón” (2000:180), y su interior se fragmenta en cuchillos: “deshacía en cristales mi alma un solo nombre” (2000:56).

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Rojo y sepia. Sangre y sueño. Cuerpo y tiempo: “el poeta es como una suma de salidas y de regresos que cuajan en un decir misteriosamente nítido, un decir que rebasa incluso la experiencia para detenerse en el prodigio de la permanente transformación corporal. Todo se incorpora, pero todo vuelve a una consideración de la inestabilidad en el tiempo, a que el tiempo parece ser el único y absoluto sujeto de incorporación” (2003:110), escribe en una reseña sobre Emilio Prados, un poeta muy próximo a él y con cuyos sufrimientos tenía gran afinidad.

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La memoria también es punzante: “la memoria anclada en torres mías; / bien sabes tú que aquellas fueron frías / llagas de amor, de ocaso y de mordedura”, leemos en “Canto a Poley” (1987), dentro de Sonetos como pueblos (1989). Mucho antes, en Los días terrestres (1957) había escrito que la queja es “cómplice del recuerdo” (2000:60).

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Sepia: tiempo. Es interesante ver cómo desbroza Núñez el sistema elegíaco de Manuel Álvarez Ortega en Hombre de otro tiempo (1954), porque él está sumido en una lucha parecida. Dice del poeta y traductor cordobés que “pretende (…) producir un clima elegíaco basado en la discontinuidad de los sentimientos, provocados frente a un tiempo al que vienen demasiado estrechas las experiencias vitales del poeta” (2003:54). Y examinando el tema del amor y el olvido en la poesía de Cernuda, escribe: “el amor es una de las formas más extrañas de posesión del tiempo, de lo que éste contiene de plenitud, de logro y de estímulo para el ingreso en una forma tal de vida que pareciera sobrepasar todas las limitaciones de la condición humana” (2003:71).

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En su prólogo a los Poemas ancestrales de Vicente, escribía Pablo García Baena: “toma Vicente para estos poemas los temas del desván romántico: la cripta, las ruinas, los atardeceres, el molino árabe. Pero también el deseo, la alegría hímnica, el vino, el mural del verano y sus desnudos laten aún entre las humeantes cenizas de la autodestrucción” (Baena en 1980:9). Creo que en esa dicotomía (energía y autodestrucción, realidad y sueño, amor y muerte
[5], carne y tiempo, rojo y sepia) se resolvió la vida de Vicente, y desde luego su obra. Pero me contento, quiero contentarme hoy al recordarle, pensando que toda esa memoria triste, esos versos sobre sepia de sus últimos lustros, se debían no a una tristeza tectónica y ancilar, sino a que había amado tanto y disfrutado hasta el extremo la existencia de tal manera, que cualquier recuerdo no podía ser más que melancólico. Para otros poetas se me ocurre que les viene bien la palabra muerte, pero para Vicente, para Vicente Núñez, no me imagino más que la vida.

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Notas.
[1] “Y al lector se le antoja que ésta pudiera ser la poética del mismo Vicente Núñez: la que se propone el exceso desde la ebullición del lenguaje, la que se recoge en la disidencia y disfruta el riesgo del error”; Miguel Casado, “Vicente Núñez: poética del exceso”, Los artículos de la polémica y otros ensayos; Biblioteca Nueva, Madrid, 2006, p. 65.
[2] M. Casado, “’Deriva’: sintaxis del deseo”, en V. Núñez, Viaje al retorno; Huerga y Fierro, Madrid, 2000, pp. 9-10.
[3] En unas extrañas “Coplas del amor y España”, escribe Núñez, variando sobre tema machadiano: “Con mi corazón dormía / la espina de una traición. / Logré despertarla un día: / ya sí siento el corazón” (1988:192).
[4] “La reflexión sobre la casuística amorosa y sobre el ser y destino del poeta son los dos temas fundamentales en quien, con la distancia temporal suficiente, se entrega a recapitular una vida orientada por el amor y la literatura”; Guillermo Carnero, “Vicente Núñez, o el reino de este mundo”, en V. Núñez, Poesía; Diputación Provincial de Córdoba, 1988, p. 13.
[5] Este y otros juegos de pares conceptuales en la poesía de Núñez son señalados por Rafael Ballesteros en “Notas a la poesía de Vicente Núñez” (1987:14).
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Cómo es posible que se deje a Vicente Núñez tan solito?

Toto

Carlos dijo...

Un poeta excelente, que se suele quedar fuera de demasiados recuentos pseudogeneracionales. Saludos, se os sigue leyendo aunque, como veis, no tenga mucho tiempo ni acceso para la réplica.