viernes, 16 de mayo de 2008

Firma digital invitada: Eduardo García


El poeta Eduardo García (Sao Paulo, 1965) acaba de publicar su último poemario, titulado La vida nueva (Visor), que me parece uno de los poemarios más interesantes de los últimos tiempos. Para esta edición preparó un epílogo, que al final quedó fuera del volumen. Como el texto me parece muy representativo, e ilustra muy bien una serie de tensiones que detecto no sólo en su obra, sino en buena parte de la poesía actual más valiosa (búsqueda de identidad literaria personal, descomposición del sujeto, creación de una idea de "tradición" bastante más ancha y plural que algunas anteriores), me parecía una pena que el texto se perdiera. Completo el texto con un poema del libro, "Cáscara", que el propio autor me ha dedicado, y que me encanta, por cierto.


La vida nueva: relato de un renacimiento



Soy. Somos. Es suficiente. Ahora debemos empezar. La vida ha sido puesta en nuestras manos.
Ernst Bloch

¿Pero no ha existido siempre una lucha entre la tendencia a la petrificación y a la revivificación? ¿No ha abierto el genio regenerativo del hombre siempre nuevas posibilidades de volver atrás las páginas de su existencia y responder con la fundación de nuevas formas de vida?
Peter Sloterdijk



Este libro es el relato de una transformación interior. No encontrará pues el lector una férrea unidad de tono, tal y como ha sido preceptivo a lo largo de las últimas décadas en la “poética de la normalidad”. Por el contrario es su propósito aventurarse en diversos registros a medida que se avanza en el proceso psicológico que se propone poner en escena. El resultado es un poemario coral en donde asistimos a la evolución de un sujeto fragmentado sometido a un proceso de crisis del que finalmente saldrá reforzada su voz con un más vasto aliento.
En consecuencia, difícilmente podrá comprenderse este poemario bajo un solo fácil rótulo retórico, ya sea la fragmentación (que alcanza su clímax en la 3ª sección, cuyo título, “Romper aguas”, no deja lugar a dudas), ya sea el vitalismo (que prevalece en la 1ª, pero tan sólo se desarrolla en plenitud en la última, “La vida nueva”, culminación de todo un trayecto). Jalonan el camino visiones simbólicas alusivas a la transformación en marcha y enérgicas manifestaciones del Deseo, arrojado a la aventura de alcanzar la vida nueva. Pero también dolores de parto, escenas nacidas en momentos de desaliento. Sin la brusca ruptura del sujeto difícilmente puede alcanzarse una profunda transformación. De ahí que el entusiasmo y la quiebra interior se entreveren a lo largo del poemario, graduándose paulatinamente hacia un final en donde se superan las contradicciones en una voz renovada. El Deseo y la Falta combaten aquí sin descanso hasta el renacimiento final del sujeto a una vida nueva, enriquecido por la totalidad del viaje realizado.
Tan extrema experiencia vital requiere para ser representada de altibajos y fracturas. Lo contrario, es decir, el yo unitario racional, la perfección formal y el sereno libro de impoluta factura sólo pueden ser el producto mecánico de una falsificación retórica, no la criatura viva nacida de una genuina introspección. Libros que dialogan con otros libros, en una fantasía consoladora de un yo marmóreo, sólido, sin fisuras. Opuesto ha sido el propósito de este poemario, donde se indaga en la auténtica vivencia interior del fragmentado sujeto contemporáneo: un libro que dialoga con la vida. La emoción de nuestros días, sin fáciles máscaras parlantes. La vida, en su transcurso, se abre paso a impulsos, sembrando abismos para arrojarse después a las alturas. La vida, el arte, la fractura: el goce y el pavor.
Por otra parte, si el propósito del autor pudiera parecer a algunos en exceso ambicioso argumenta éste en su descargo que no es ninguna novedad el relato de una radical transformación. Abundan los precedentes literarios en los que el poeta ha descendido a los infiernos para después retornar a la luz de una nueva vida, desde el episodio del viaje de Odiseo a la Morada de los Dioses hasta la epopeya del Gilgamesh, desde la Eneida a la Divina Comedia. Cuando Virgilio acompaña a Dante en su descenso al inframundo no vuelven sobre sus pasos hasta que han alcanzado el punto más profundo del Infierno. Sólo entonces comienzan el viaje en sentido inverso, el ascenso hacia el Purgatorio y el Paraíso. Si en tales mitos el viaje iniciático adquiere tintes mágico-religiosos, en este libro tal viaje se aborda desde una simbólica secularizada, es decir, psicológica y humana, demasiado humana, como corresponde al sujeto estallado de nuestros días.
Por supuesto el poeta tan sólo se ha entregado al libre vuelo de la intuición, único faro y guía digno de ser tenido en cuenta. Una experiencia de libertad creadora en la que tan sólo cabe dejarse arrastrar por la palabra a cuantos territorios desee ésta conducirnos. No hubo pues un proyecto previo que los poemas trataran más tarde de cubrir paso a paso. Por el contrario, la apuesta del autor ha consistido en permanecer fiel a la experiencia vivida día a día, elaborar sus conflictos arrojándose en pos de la palabra. Poemas de diversos registros fueron naciendo espontáneamente, impulsados por los repentinos vuelcos psicológicos gozados/padecidos por el poeta. La diversidad -tanto métrica como de tono y perspectiva- responde pues a la naturaleza existencial de la aventura. Se han sacrificado algunos de los valores poéticos comunes en la poesía de las últimas décadas (el tono sostenido, el libro unitario, la impoluta construcción…) a fin de dar a luz un libro vivo, dinámico, en tránsito: con fisuras. Justo será valorar sus resultados con arreglo a su propósito.
Lector, no encontrarás aquí un poemario al uso, construido en aras de una retórica preestablecida. Su intención es diametralmente opuesta a la de un narcótico del espíritu. Su sueño es despertarte a la posibilidad de la transformación. Este libro es un fragmento de vida palpitante, el testimonio de una turbulenta experiencia interior: la crónica vital de un renacimiento.


Córdoba, a 11 de mayo de 2008
Eduardo García

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CÁSCARA

para Vicente Luis Mora

Hablo desde la cáscara, ya al borde
del resquebrajamiento: toco, llamo
y un hueco me responde, nada, nadie,
el huevo malogrado, la cáscara vacía,
la voz que ya no alcanza merodea
como un temblor de tierra suspendido
sin tierra y sin temblor pero a la fuga
se desliza una sombra, una corriente,
frágil filo de hielo, pinceladas
se insinúan al fondo, en el reverso
de la cáscara: grietas
en la máscara.