Nerea Pallares, Punto de araña. Barcelona: Libros
del Asteroide, 2026.
Madres araña, las mujeres vamos
siendo reales desde los treinta, llegamos
a serlo a los cincuenta; algunas,
madres; otras, sólo reales; arañas, si
tienen hijas, hijas de araña, sí
Olvido García Valdés, Y todos estábamos vivos (2006)
Por más que esta novela se adscriba conscientemente a una de las
líneas narrativas actuales con más visibilidad y prestigio (Mónica Ojeda, Pilar
Adón, Liliana Colanzi, Aixa de la Cruz, Cristina Sánchez-Andrade) o rentabilidad comercial (Irene Solá) de la última década, aquella
que explora la ancestralidad femenina grupal como fuerza telúrica y emancipadora, la rara
madurez de este debut narrativo de Nerea Pallarés hace que su versión de esta senda
de raigambre mítica muestre un valor propio y, desde luego, destacable. Su
habilidad para crear voces y su dominio de la estructura novelesca es
infrecuente, amén de su loable voluntad de lanzarse a la ficción imaginativa, de
lo cual no es óbice que su conocimiento personal del entorno se ponga al
servicio de una verosimilitud en la que los elementos fantásticos nadan con
naturalidad, al formar parte esa mezcla de la cultura popular gallega (“eternos bosques en donde / sombrío misterio
reina”, escribió Rosalía de Castro). Punto de araña puede disfrutarse por
cualquier persona, y quienes hemos vivido en Galicia entramos a fondo en la
espesura mítica, bien guiados por las cuñas de léxico galego que hacen
las veces de migas en el sendero.
Uno de los mayores aciertos
de la novela es la tejidificación de la materia, la revelación de la
gran cantidad de elementos de la realidad próxima que tienen la condición de
tejido, desde el hilo de la conversación hasta las cuerdas vocales; las piernas
se trenzan, las nubes son “espesas como telarañas”, las gotas de lluvia caen
como agujas, las algas se enmarañan en la orilla. Todo lo textiliforme está al
alcance del poder de las Aracnes que, como Parcas shakespearianas, llaman a
destejer el orden establecido y a imponer el silencio comunal. Por estas
páginas, además de los mitos galaicos, caminan los grecolatinos relacionados
con el acto de tejer y la tradicional relación (Cixous, Barthes, Maillard,
Bourgeois) entre texto y tejido. Juan Goytisolo escribía en La cuarentena (1991) que “La escritura de un texto
supone la existencia de un fino entramado de relaciones entre los distintos
nódulos que lo integran. Todo confluye en ella: acontecimientos ajenos, sucesos
vividos, humores, viajes, casualidades, mediante su trabación aleatoria con
lecturas, fantasías e imágenes, en virtud de un ars combinatoria de
cruces, correspondencias, asociaciones de la memoria, iluminaciones súbitas,
corrientes alternas”.
Pallares se aplica a esa labor y urde un tapiz parsimonioso y detallista lleno
de sensibilidad y dureza, donde las condiciones de la vida en el mar, el
narcotráfico y el hartazgo femenino encuentran la tormenta lírica perfecta.
[Relación con autora: ninguna. Relación con editorial: ninguna]