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domingo, 2 de mayo de 2021

Gertrude Stein, Ben Marcus, la dificultad relativa

 

Ben Marcus, Norteamericanas ilustres. Trad. Rubén Martín Giráldez. Madrid: Malastierras, 2021.

Gertrude Stein, Aprender a escribir. Trad. Itziar Hernández Rodilla y Paula Zumalacárregui Martínez. Pamplona: Greylock, 2021.

 


 

Hay un cuento de Jorge Luis Borges, titulado “La cámara de las estatuas”, que contiene la inquietante imagen de un libro extraordinario, un libro del que “no se pudo descifrar su enseñanza, aunque la letra era clara”. Tengo razones para creer que ese libro era de Gertrude Stein.

 

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“La lengua literaria es compleja porque intenta conseguir algo extraordinariamente difícil: fijar los aspectos elusivos de la maraña vital, representar la intensidad de la conciencia, producir esa clase de historias que cautivan y fascinan.”; Ben Marcus, en Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, de Ben Marcus, con unos Pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez. Zaragoza: Jekyll & Jill, 2018, pp. 12-13.

 

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Hay que distinguir los textos complejos de los herméticos. Los segundos son indescifrables, total o parcialmente, por voluntad del autor. La escritura asémica, por ejemplo, practicada por algunas voces experimentales, no puede ser comprendida; son otros sus propósitos, consistente quizá en la expresión gráfica pura, de corte principalmente icónico. Algunas literaturas irracionales o surrealistas proponen contenidos horros de referencia, autotélicos, insondables; tampoco buscan ser entendidos, o no por completo. El ruidismo poético tiene su propio régimen de afectos y efectos. Otros procederes —como los desplazamientos gongorinos, los planos paralelos en Mrs Dalloway de Virginia Woolf, los retruécanos de Joyce, los deslizamientos fónicos de Roussel, la imagen poética, el cut-up de Burroughs, la retardación narrativa, el flujo de John Ashbery, la parataxis extrema de The Last Novel de David Markson o las escrituras errantes estudiadas por Julio Prieto— buscan el extrañamiento, y bien que (lo) hacen.

 

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Ben Marcus y Gertrude Stein pueden proponer narrativas complejas, de lenta digestión y pensamiento, pero están lejos de ser herméticos. Sus tácticas están a medio camino de la familiaridad y del asombro. Su prosa está enrarecida, como una habitación de niebla.

 

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Algunos lectores perezosos pueden pensar que a Stein no hay quien la entienda. Que en su literatura no hay método, sino una especie de juego, una broma destinada a emitir variaciones o permutaciones del lenguaje. Como si un mono aprendiera mil palabras y las fuese tecleando en mil máquinas de escribir, alternándolas y remezclándolas hasta el paroxismo.

 

A estos lectores me gustaría hacerles tres preguntas: la primera sería si han puesto en la lectura la suficiente observación, porque no han detectado la sutileza con la que Stein va generando conexiones, ecos, ritornelos, coincidencias, recuperaciones, insistencias —como explican Benito del Pliego y Andrés Fisher, Stein crea su propio método[1]—. La segunda pregunta es: si las variaciones y repeticiones no les disgustan en la música, ¿por qué sí les molestan en la literatura? Y la tercera es todavía más radical: ¿quién les dijo a ustedes que hay que entender todo lo leído? ¿Qué miserable profesor de literatura, qué canalla les dijo tal cosa?

 

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Planteo la hipótesis, disparatada pero estadísticamente comprobable, de que César Aira ha aprendido un truco de Gertrude Stein: diseminar a lo largo de su producción experimental las reglas de lectura de la misma. Quien lea a Stein puede tener la sensación de que el azar rige su escritura, pero estoy en completo desacuerdo. Hay una mecánica en ella, hay un proceso perfectamente calculado, del que Stein va sembrando por aquí y por allá algunas semillas, para el lector atento. Por ejemplo, parte de su poética puede leerse en la página 60 de Aprender a escribir: “agregar procesando”. Y luego Stein procesa, agregando, para cumplir su propio dictum: “agregando agregando ser amplio ampliando ampliando un bulevar una calle un pueblo”. Un crecimiento recurrente, a base de fractales sintagmáticos, que van reflejando y ampliando a escala algunos motivos. Y más adelante: “Una gramática en continuidad” (p. 260).

 

Su proliferación discursiva no es tumoral, sino acuática: se desborda, se desparrama cuidadosamente, en razón de las posibilidades geográficas de inundación.

 

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“Casi todos los libros que aprecio, y absolutamente todos los que me han servido para algo, son difíciles de leer. [...] Unos me han servido aunque eran difíciles; otros porque lo eran”; Paul Valéry, Cuadernos (1894-1945); edición de Andrés Sánchez Robayna, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007, p. 58.

 

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 Pablo Picasso, Gertrude Stein (1905-1906)

 

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Aprender a escribir no es un libro de escritura creativa, sino una lección de cómo escribir.

 

No por los resultados concretos, tan discutibles como los de cualquier otro clásico de la literatura, sino por la obsesiva y casi morbosa preocupación de la autora por la mejor manera de hacerlo.

 

No hace falta escribir como Stein, bastaría con tener su coraje.

 

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“Enemigo declarado de la ‘escritura amigable para con el público’, Marcus se coloca sin temor del lado de la dificultad: ‘senderos sintácticos completamente nuevos’, ‘una aspiración poética que tiene fe en la posibilidad de que el lenguaje cree marcos de sentido fantasmales’. Gertrude Stein, Samuel Beckett y William Gaddis se cuentan entre sus modelos precursores”; Cinthia Ozick, “Los muchachos en el callejón, lectores que desaparecen y la gemela fantasmal de la novela”, Críticos, monstruos, fanáticos y otros ensayos literarios. Buenos Aires: Mardulce, trad. Ariel Dilon, 2020, p. 26.

 

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A ver, no se equivoquen ustedes: Ben Marcus está como una regadera. Sus obras son alucinantes, porque 1, ofuscan, seducen o engañan; 2, sorprenden, asombran, deslumbran; 3, fantasean, imaginan vivamente algo; 4, padecen (y parecen) alucinaciones; 5, se confunden, desvarían (DRAE). Sus novelas sólo se parecen a un personaje de Ben Marcus, sólo lo tautológico funciona a modo de definición.

 

Voy al grano, porque son ustedes gente ocupada, o eso dicen. Los procedimientos de enrarecimiento narrativo de Marcus se basan en la inversión irracional, y son los siguientes:

—Resemantización de objetos y hechos.

—Deserotización del sexo.

—Proliferación de las connotaciones del lenguaje, hipostasiado hasta rozar el sinsentido.

—Extrañamiento semántico.

—Se familiarizan los vínculos entre extraños y se enrarecen los vínculos familiares.

—Se cosifican o reifican las personas (p. 95) y se personifican los objetos (p. 212).

—Se normativiza la ilógica, como el contrato del “voto de quietud”, y se desregulariza la lógica.

 

Es curioso que un libro sobre poder antilogomáquico del silencio, como Norteamericanas ilustres, hinche tanto la expresión y desarrolle hasta el agotamiento el lenguaje; las resemantizaciones generan códigos tan complejos y con tantas capas de significación que el aire léxico se vuelve irrespirable, de puro denso.

 

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In Gertrude Stein a deliberate prolixity of language gives to the words something of the capacity for repetition that music has.

Northrop Frye, Anatomy of Criticism (1971, p. 266)

 

How to Write fue escrita por Stein justo en el límite entre sus obras más experimentales de los años 20, muy influidas por la percepción pictórica de la época, y las obras más accesibles que vendrían después, como The Autobiography of Alice B. Toklas (1933). Aprender a escribir se parece más a las primeras. Su lector notará parecidos con fragmentos como éste de Tender Buttons: Objects, Food, Rooms (1914):

 

 


Cito de Tender Buttons: Objects, Food, Rooms. Mineola, NY: Dover Publications, 1997, p. 8.

 

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Hay capítulos de Norteamericanas ilustres, como “La cabeza de la nueva hembra”, que parecen el análisis antropológico de una tribu inexistente.

 

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“Bajo la estrategia del fantasma de la vanguardia es posible pensar a la narración, a lo narrativo, por afuera de esa fatalidad, reinventando para la lengua un estado de vacilación, de ambigüedad, en la ilusión de perforar el lenguaje, de llevarlo afuera, de sacarlo de contexto, de encoger el contexto al máximo hasta que la literatura se vuelva inmanencia: la dimensión política de la frase.”; Damián Tabarovsky, Fantasma de la vanguardia: Buenos Aires: Mardulce, 2018, p. 23.

 

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Estas obras no tienen traductores, sino héroes. Agradezco y valoro el esfuerzo de Iztiar Hernández Rodilla y Paula Zumalacárregui Martínez con la obra de Stein, cuya dificultad ellas mismas explican en un pequeño prólogo a la obra. Respecto al trabajo de Rubén Martín Giráldez sobre Marcus, no sólo nos permite acceder de lleno al mundo del novelista estadounidense; también creo que quien lea Norteamericanas ilustres tendrá más herramientas para entender la exigente obra narrativa del propio Martín Giráldez, muy valorada en esta casa.

 

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La dificultad literaria es relativa. “Gramática es lo mismo que relativo”, dice Stein (p. 258). Más que libros difíciles, hay lecturas remolonas, perezosas, “algo así como frenar la lengua mientras se habla” (Marcus, p. 103). Sacudámonos la parálisis, lancémonos al abismo. Allí, al fondo, nos aguarda la mejor versión de nosotros, la lectora o el lector que deberíamos ser.

 

 

 

 

[Relación con autores y editoriales: ninguna]

 

 



[1] B. del Pliego y A. Fisher, “Gertrude Stein: retratos, composición, repetición”, Revista Laboratorio, nº. 9, 2014, en https://laboratoriodeescrituras.udp.cl/gertrude-stein-retratos-composicion-repeticion/.

domingo, 18 de noviembre de 2018

El antilector




Buena parte de las lecturas son antilecturas. El propio ejercicio de la lectura es a veces un ejercicio de respuesta o de resistencia, porque los libros acaban generando anticuerpos contra otras clases de libros. Cuanto mayor es la experiencia de un lector, más crece en él el placer de leer a la contra, y la razón es que el paso de los años disminuye la probabilidad de engañarlo o seducirlo. E incluso la antilectura aparece cuando la persona que lee se encuentra en formación: la antropóloga Michèle Petit recordaba que “si bien muchos adolescentes leen estimulados por el deseo de sus padres, hay otros que se vuelven lectores ‘en contra’ de su familia, y encuentran en esta actividad un punto de apoyo decisivo para desarrollar su singularidad”[1]. Esa actividad opositora puede darse asimismo en las lecturas que propician o dan lugar a la escritura de otros libros, como los antilibros mencionados por Novalis, que para Jorge Luis Borges constituían una especie de género tan ficticio como comprobable. José Ángel Valente decía en Diario anónimo (2011) que "todo libro encierra su contralibro". El lector constante es siempre un antilector, un lector en guardia; tanto contra las normas o costumbres que le disuaden de leer (la costumbre, incluso para el Código Civil, es una ley consuetudinaria), como contra los libros que lee, esos textos que suscitan su inmediata respuesta, su contradicción antagónica. Buena parte de la escritura es una Antagonía.



Lo que sigue no es una reseña, sino una noticia, o bien una reflexión ilustrada, si ustedes quieren. Por varios motivos: el primero es que este libro es difícil hasta de citar. Creo que la cita filológica exacta sería:



Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, de Ben Marcus, con unos Pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez. Zaragoza: Jekyll & Jill, 2018.



Pero tampoco estoy muy seguro, admito recomendaciones. A la dificultad del título se añade otro problema: el libro parece ser de Ben Marcus, con un “añadido” de Martín Giráldez, pero tal cosa no es cierta. Si he contado bien, Martín Giráldez firma 4 páginas más que las firmadas por Marcus; ese sería el primer indicio de puntualización. El segundo es que la traducción al castellano de los dos pequeños textos de Marcus es obra del propio Martín Giráldez. Tales indicios nos animan a pensar que estamos ante un libro, o más bien un proyecto, de Martín Giráldez, al que ha querido sumarse generosa y bienhumoradamente Ben Marcus, cediendo sus dos artículos, uno contra la idea de literatura de Jonathan Franzen y otro irónico contra sí mismo (“He escrito un libro malo”, pp. 141-148.



La segunda razón para no reseñar es que no tiene mucho sentido elaborar una recensión sobre un libro conformado por dos o tres poéticas, entendiendo por tal término la explicación argumentada que hace un escritor de su estética; poética que Marcus hace por oposición (en una antilectura de Franzen), y Martín Giráldez a partir de una antipatía histórica: la espesa y polémica dialéctica entre naturalismo y retoricismo, dos lecturas antagónicas del concepto literatura que, como él mismo explica en su proceloso y argumentado escrito central, “Pinitos en pedantería”, están siempre presentes en el campo literario, mutando de terminologías y aspecto de época en época, sin terminar de resolverse nunca. Como muestra un botón: mientras releo este libro de Marcus y Martín Giráldez, que defiende una estética fuerte y estilísticamente compleja, aparece un artículo de Beatriz Sarlo en Babelia sobre William Carlos Williams, donde se defiende una “retórica en grado cero”. Y así vamos pasando los siglos.



Martín Giráldez hace en sus “Pinitos en pedantería” un escrito que parece el cruce de una sátira de Juvenal con un artículo académico de literatura comparada, y cada quien tendrá sus reservas —yo las tengo— sobre sus ideas, planteamientos y pareceres, pero hay que saludar encomiásticamente la aparición de un texto de ideas literarias firmado por un escritor, bien escrito y argumentado, que aparece gracias a la cada vez más indispensable Jekyll&Jill en un panorama intelectual escasamente intelectual, donde el armazón estético de la mayoría de los escritores actuales nunca se expone, limitándose a parciales y estratégicos brochazos puntualísimos en entrevistas, redes sociales o actos públicos. Se esté de acuerdo o no con Martín Giráldez, la generosidad de su mostración, su arrojo y su panoplia de lecturas merecen, pura y simplemente, la rendición (condicional) y el aplauso.



El texto de Ben Marcus no precisa comentario, porque es un texto autocomentado y porque sería baladí describir un acontecimiento, el del desarrollo de sus ideas, que nadie va a hacer mejor que el propio Marcus. Hay que leerlo y disfrutarlo; su sana indignación —contra un libelo de Jonathan Franzen que éste lanzase contra la literatura de riesgo— y su inteligencia —la de Marcus— me han recordado a otro festín propiciado por el mismo estropicio: el artículo de Cynthia Ozick, “Blues de la alta cultura” (Metáfora y memoria. Ensayos reunidos; Mardulce, Buenos Aires, 2016), no menos delicioso que el de Marcus, aunque quizá menos contundente, porque la exposición corrosiva y archirretorizada de Marcus se impone por sí misma frente a la pobreza conceptual y la mediocridad expositiva de Franzen.



Hay que leer este libro de Marcus y Martín Giráldez porque es un libro a la contra. Ni más ni menos. Un libro que va de frente contra muchas inercias literarias, industriales y lectoras, señalando el lugar de la oposición —una cantina oscura, recóndita y llena de libros raros en la que son habituales los lectores de este blog, entre otros—. No es este el momento —todavía— de hablar de qué sería en nuestros días la vanguardia, ese término tan connotado y a la vez deconstruido que ya perdió todo sentido reconocible. Pero una de sus muchas dimensiones sería la del anti, la del antagonismo, la oposición, la antinomia y la adversatividad. Una oposición frontal al estado de cosas (en lo literario y en algunos casos también en lo social), es decir: lo antitético al anticuario. Haroldo de Campos definió como “antilibro” el Serafim Ponte Grande (1934) de Oswald de Andrade, una prosa experimental, exploratoria y multigenérica. Apollinaire firmó un manifiesto titulado L’Antitradition futuriste (29 de junio de 1913). Tendríamos el Libro del desasosiego de Pessoa, categorizado por Richard Zenith para la edición portuguesa de Assírio & Alvim (1998) como “anti-libro”, y se sumarían con gozo los Antipoemas (1954) de Nicanor Parra y los Textos y antitextos (1970) de Fernando Millán. Y añadamos el concepto de antinovela, de numerosa bibliografía[2], por lo que mencionaremos uno solo de sus ejemplos, la Rayuela de Cortázar. Y aunque Rayuela no es el modelo —al menos no el mío, quiero decir— de lo que sería una vanguardia actual, no está de más recordar, como hizo Alan Pauls en su momento, que el propio Cortázar definió su obra en una carta como “una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género (…) Quiero acabar con los sistemas y las relojerías para ver de bajar al laboratorio central y participar, si tengo fuerzas, en la raíz que prescinde de órdenes y sistemas”[3]. En efecto, una novela experimental debería ser un laboratorio de la novela y de la lectura y antilectura de novelas, un lugar dedicado a la práctica del ensayo-error interminable donde el autor pone a prueba otras formas y semánticas (innovación), o las mismas formas y semánticas con otras combinaciones o desde otras perspectivas (experimentación), en aras de abrir —y abrirse— puertas expresivas, para que el cansino fin de la novela sea sólo el fin de quienes dejaron de leerla.
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[1] Michèle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. México D.F.: Fondo de Cultura Económica 1999, p. 149. Traducción de Rafael Segovia y Diana Luz Sánchez.

[2] Ver un resumen bibliográfico en M.ª Ángeles Chaparro Domínguez, “El concepto de novela y antinovela en La varona. Antinovela, de Francisco Contreras Pazo (1975)”, Lectura y signo, n.º 8, vol. 1, 2013, con aproximaciones de Sarraute, Sartre, William Gass o John Barth, entre otros.
También se puede leer el artículo de Juan Goytisolo “Las antinovelas”, en Babelia de 01/12/2014: https://elpais.com/cultura/2014/11/27/babelia/1417090781_192501.html.