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martes, 30 de mayo de 2023

Valente entre el desierto y el espejo

He subido a Academia.edu este artículo sobre José Ángel Valente de hace unos años, por si os interesa:

https://www.academia.edu/102580640/Desierto_contra_espejo_Jos%C3%A9_%C3%81ngel_Valente


 

 

 

sábado, 13 de marzo de 2021

Textos rescatados de Rulfo, Borges, Cortázar y Valente

Al reordenar recientemente mi archivo personal, me he topado con estos textos, entrevistas y artículos de algunos nombres muy relevantes de nuestro idioma, publicados en diversos periódicos, en especial en diario Córdoba. Aquí los dejo, por si les interesan. Lamento que, en algún caso, el recorte original que hice no fuese del todo preciso.


























viernes, 27 de diciembre de 2019

El fragmento como núcleo de la escritura poética de José Ángel Valente



El fragmento como núcleo de la escritura poética de José Ángel Valente[1]



Stefano Pradel, Vértigo de las cenizas: Estética del fragmento en José Ángel Valente. Valencia: Pre-Textos, 2018, 325 páginas.



Las primeras líneas de este ensayo no pueden ser más claras, orientativas y terminantes: “El presente estudio se basa en la hipótesis de que el fragmento representa el eje, o centro, sobre el que se construye la mayoría de la escritura lírica del poeta José Ángel Valente” (pág. 11) —y no sólo de la lírica, como apuntará Pradel más tarde (pág. 257)—. Esta declaración de partida es cierta por entero, siempre que se enfoque desde un prius metodológico básico —nada fácil de asentar de modo indiscutido— que precisa responder a dos cuestiones complejas: en primer lugar, qué se entiende por “fragmento”; y en segundo, y no menos importante lugar, dar respuesta la pregunta acerca de la naturaleza de un “fragmento poético”. Con el fragmento nos pasa como a Agustín de Hipona con el tiempo: la claridad intuitiva del concepto es incuestionable hasta que llega el momento de definirlo. Como bien apunta Pradel, no sólo no es sencillo diferenciar entre los diversos tipos de fragmentarismo (la estudiosa Camelia Elias, citada por el autor, distingue hasta 10 tipologías), sino que resulta arduo diferenciar la forma fragmentaria de las formas breves en general (pág. 41), por no hablar de la dimensión diacrónica, pues en cada época el mismo término puede hacer referencia a realidades textuales y culturales muy diversas, algo que queda claro en el sugestivo recorrido diacrónico por diferentes interpretaciones históricas del reticularismo textual (págs. 42-64) llevado a cabo por el autor.

Pradel dedica la primera parte de su riguroso ensayo a un acercamiento a las diversas —y a veces contrapuestas— visiones del concepto de fragmento, para hacer en la segunda sección una lectura inductiva del fragmento en Valente, evitando los peligros de hacerla deductiva, que sería tanto como acudir a los poemas del poeta gallego con las gafas de ver fragmentos puestas. Muy al contrario, es la propia poesía de Valente la que brinda pistas al hispanista italiano de cómo debe entenderse esa cualidad fragmentaria de su obra. A esta perspectiva une Pradel una propuesta sugerente, la de leer la fragmentariedad en general y la valentiana en particular desde la discontinuidad de la percepción y la crisis del sujeto moderno, de forma que sujeto enunciante en crisis y discurso roto enunciado son causa y consecuencia (pág. 61), una tesis que hemos compartido desde las páginas de El sujeto boscoso (2016).


           Pradel plantea dos vías claras para estudiar el fraccionamiento discursivo en el corpus abordado: la consideración del fragmento como régimen visual y como régimen semántico. En el primer sentido, muy habitual en la poesía de Valente a partir de Interior con figuras (1976), aunque con alguna huella presente ya en El inocente (1970), la fragmentariedad “microestructural […] se puede manifestar en primer lugar a nivel gráfico y formal por medio de un desplazamiento de los versos en la página, en un uso semántico del blanco y del espacio, en la renuncia de las formas rítmicas fijadas por la tradición y en la deconstrucción de las formas o géneros en su mezcla” (pág. 32). Estamos ante una textovisualidad descompuesta, a veces rota o desligada y a veces atomizada, que alerta al lector del texto poético, especialmente en el caso de Valente, de que asiste a una experiencia poética que no puede ser aprehendida de la misma manera que los textos “normales”, entendiendo por tales los poemas alineados en caja tipográfica unitaria tradicional, como explicara Fernando Millán para distinguir esa extendida práctica de distribución del poema de otras más experimentales o visuales.

            En segundo lugar, “también podemos reconocer una fragmentación a nivel semántico” (pág. 32), un tipo de ruptura menos evidente a simple vista y que es fruto de repensar lenguaje y sintaxis. Este tipo de fragmento demanda una concentración lectora, como la de Pradel, que penetre en la estética y en la poética de los versos y se haga eco de su propuesta de un decir otro / roto, términos casualmente anagramáticos en nuestro idioma. La tendencia a la ruptura de la totalidad en esquirlas es natural por cuanto “la totalidad que amenaza al individuo se presenta a José Ángel Valente bajo la forma política de la opresión de un sistema dictatorial que controla y abarca toda la realidad” (Carlos Peinado Elliot, Unidad y trascendencia. Estudio sobre la obra de José Ángel Valente; Sevilla: Alfar, 2002, 37), una realidad de la que Valente tuvo que exiliarse, como es sabido. Por ello, si en algún poeta “la escritura fragmentaria es una escritura de frontera” (Pradel, pág. 41), tanto en los sentidos textuales como en los semánticos, es en José Ángel Valente. En la segunda parte de su libro, la más importante tanto por la extensión como por atesorar el grueso de la carga analítica del autor de Mandorla, Pradel recorre la trayectoria poética de Valente libro a libro, ejemplificando en cada uno la fragmentación a través de un close reading de poemas concretos, que estudia con ahínco y profundidad. En la mayoría de los análisis acierta el autor, aunque cuando examina los primeros libros de Valente nos parece detectar cierta ansiedad fragmentadora, que le lleva a forzar la argumentación —a nuestro juicio— en algún momento, como en la página 75, donde se proyecta una condición esquirlada a un poema que quizá no necesite de esa condición para ser interpretado. Es obvio que la obra de Valente tiene una rara coherencia, pero la presencia de líneas reconocibles a lo largo de su carrera no debe ser confundida con un plan o esquema rector robótico, por cuanto pueden darse sorpresas y saltos evolutivos en la poética de un autor sin que ello signifique una traición al espíritu de fondo o al rigor lingüístico que la preside. Dicho en otras palabras, la tesis de Pradel de la centralidad fragmentaria en la poesía de Valente no se resentiría en absoluto aunque su primer libro, A modo de esperanza, estuviera por completo libre de ella, o aludida sólo de forma semántica, en poemas como “El circo: cinco fragmentos” o “Carta incompleta”. Es natural que sea la madurez de Valente la que propicie un afinamiento e incluso una radicalización de sus principios estéticos, y por ello el ensayo de Pradel tiene sus mejores páginas a partir del preciso examen de Presentación y memorial para un monumento y hasta la excelente lectura de Fragmentos de un libro futuro, poemario que, en efecto y como enfatiza Pradel, es una especie de síntesis de su obra y la meritoria enunciación de una presencia constituida o materializada en la inminente “ausencia futura” (pág. 247) del poeta y de su voz.

El título del ensayo de Pradel, Vértigo de las cenizas: Estética del fragmento en José Ángel Valente, recobra un tema y un término, el de la ceniza, querido para el autor del poema “Serán ceniza…”. Como ha explicado Julián Jiménez Heffernan, en un texto insoslayable sobre el poeta gallego, “Basta mirar el poema que abría su primer libro, A modo de esperanza (1953-54) para comprender que ya entonces la ceniza era su lecho original de enunciación: la base –fundamento (Grund) o precipicio (Abgrund)– de su propia epistemología poética. Esta circularidad, este vértigo de piedras (o cenizas) que retornan a su centro, constituye en el poeta gallego un mecanismo de insistencia figurativa o estancia retórica” (J. J. Heffernan, “Unas palabras inglesas de Valente”, Los papeles rotos; Abada, Madrid, 2004, p. 184). En este sentido no sería difícil leer también la ceniza como la ruina fragmentada de lo ardido, porque orbita alrededor de una imagen, la de los restos tras el incendio, que le interesaba mucho a Valente, como recuerda Pradel (pág. 21), como demostró tanto en sus entrevistas como en sus ensayos —recordemos su lectura de las Pages brulées de Edmond Jabès—.

En resumen, nos encontramos ante un trabajo de notable calidad filológica, calidad avalada por el hecho de haber recibido el XVIII Premio Internacional “Gerardo Diego” de Investigación Literaria, consolidado como un galardón de referencia en lo tocante a la poesía española contemporánea. El ensayo está muy bien documentado, aunque en la parte teórica se echa en falta alguna referencia, como las Poétiques du fragment (1995) de Pierre Garrigues, o la tesis doctoral, disponible en línea, de Marta Agudo Ramírez, La poética romántica de los géneros literarios: el poema en prosa y el fragmento (2004). Pero el trabajo de investigación en la bibliografía sobre Valente es muy meritorio y, sobre todo y como venimos diciendo, lo importante de Vértigo de las cenizas es su propia aportación, materializada en dos direcciones: la primera, la lectura inductiva de la obra de Valente para demostrar que es ella misma la que crea su fragmentariedad, y no al revés; la segunda, la explicación clara e impecable de la relación de esa reticularidad con los procesos de despersonalización desarrollados por Valente, que no dudan en usar la apropiación, la impersonalidad o las formas enunciativas plurales (pág. 136), entre otras estrategias. Ambas líneas de análisis convergen, en resumen, en la descripción del poema en Valente “como espacio de la fracturación de la conciencia, de una multiplicación que manifiesta, en último término, la precariedad del autor y la ilusión de ser individuo” (pág. 293), en hermosas y exactas palabras de Stefano Pradel.


[1] Publicado en Piedras lunares, n.º 3, 2019.

lunes, 5 de julio de 2010

Algunas novedades variadas

Comento algunas novedades editoriales que han aparecido en sellos diversos y que pueden resultar interesantes por distintos motivos.

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El primer libro es un regalo, y nunca mejor dicho, porque el autor ha querido hacerlo de libre descarga para todos los interesados, gratuito y únicamente sujeto a licencia Creative Commons. Su autor es el filósofo José Luis Molinuevo, y su título es Retorno a la Imagen. Estética del cine en la modernidad melancólica (Archipiélagos, 2010). Retomando el proyecto de su fabuloso blog “Pensamiento en imágenes”, cuyo enlace podréis encontrar en la sección de links a la derecha, Molinuevo se propone un regreso a lo real de las imágenes en ciertas películas que a su juicio entran de lleno en lo que denomina “modernidad melancólica”. A su juicio estas películas se presentan saturadas de interpretación, cubiertas de una cáscara pseudofilosófica que a veces diluye su significación, en vez de aclararla. Esa sobresignificación puede enturbiar, según el profesor de Estética, la recepción de unas imágenes que en su momento hacían de su despojamiento conceptual y su aproximación ontológica al espacio el eje de su fuerza (disculpen el brutal resumen de un concepto explicado por Molinuevo durante decenas de páginas). Su discurso es, por tanto, reintegrador y no expansivo, intentando relocalizar qué podría ser lo real estético en esas cintas, que forman parte del mejor legado cinematográfico occidental: Stalker, Fata Morgana, La mirada de Ulises, Blow Up, La Jetée, El cielo sobre Berlín, Blade Runner, El año pasado en Marienbad y un largo y exquisito etcétera. Para terminar, quería hacer énfasis en algo que no suele comentarse en este tipo de ensayos, pero que Retorno a la Imagen es capital: lo magníficamenente que está escrito el texto, la calidad literaria con la que Molinuevo va engarzando imágenes e ideas. Un lujo al alcance de todos. Podéis descargároslo aquí:

http://www.box.net/shared/c0m6yyo66o

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Francisco Rico, Jordi Gracia y Antonio Bonet Correa (eds.), España Siglo XXI. Literatura y Bellas Artes; Fundación Sistema, Madrid, 2010.

Es este un libro ambicioso, de casi mil páginas y numerosos autores, incluido dentro de un proyecto general titulado “España Siglo XXI”, dirigido por Salustiano del Campo y José Félix Tezanos. Este volumen, número 5 del proyecto, Literatura y Bellas Artes, está coordinado por Francisco Rico y Jordi Gracia para la parte de Literatura, y Antonio Bonet Correa para la sección de Arte. La parte literaria del volumen intenta ser una revisión amplia de los fenómenos acaecidos en la última parte del XX y principios del 21, desde la narrativa al teatro pasando por la poesía, el ensayo, la historia y la filología. Cerrando el volumen y el período en estudio hay un artículo mío titulado “Letras sin imprenta. Ciberliteratura, blogs, narrativas cross-media”, con los siguientes epígrafes, por si es de vuestro interés: “Ciberliteratura y cibercultura. Internet como medio creativo. Internet como medio transmisor o soporte de literatura tradicional. Internet como material. Otros ciberespacios: videojuegos y narraciones ‘cross-media’. Bibliografía”.

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Pilar Baumeister, Wir schreiben Freitod... Schriftstellersuizide in vier Jahrhunderten; Peter Lang Verlag, Frankfurt am Main, 2010.

Pilar Baumeister es una escritora de origen español residente en Alemania, autora de libros de poesía y ensayos. Ha publicado este curioso ensayo sobre literatura y suicidio, cuya traducción sería Escribimos muerte voluntaria... Suicidios de escritores durante cuatro siglos. Mi alemán no da toda vía para leerlo, pero quería dejar constancia de la salida del volumen porque en su momento, tuvimos en este blog un largo debate sobre escritores suicidas. De aquel debate tomó Baumeister alguna nota y por eso estoy o estamos, según me cuenta, entre los agradecimientos del libro. Transcribo la nota de prensa de la editorial traducida al español, por si alguien está interesado:

“Intentar una introducción para historias de suicidios sería seguramente absurdo. Sólo en medias res, bajo el peso total de la acción y quizás retrospectivamente sea posible comprenderlas de la manera más apropiada.» El presente ensayo recoge datos biográficos de 423 escritores y escritoras que se quitaron la vida en un período desde 1609 (John Suckling) hasta 2008 (con los más recientes suicidios de Thomas M. Disch, Hugo Claus, David Foster Wallace, Miroslaw Nahacz). Este libro no tiene en absoluto la intención de una evaluación moral, no es ningún reproche contra los incapacitados para vivir, ni tampoco quiere clasificar a la mayor parte de los afectados bajo el término de locos y seres maniático-depresivos, como son nombrados superficialmente con demasiada frecuencia. En lugar de ello, la autora investiga las circunstancias y motivos de esta situación tan extrema que todos comparten. Toma como ejemplos entre otros: parejas que se suicidaron, familias con varios suicidas, subrayando el lugar, la fecha, los acontecimientos y el instrumento para matarse; agrupa los suicidios según edad, sexo, nacionalidad y motivos; por razones políticas (el recuerdo de torturas sufridas), por un amor desgraciado, fracaso profesional, ineptitud de los métodos psiquiátricos o por culpa de enfermedades físicas graves (el derecho a la autonasia fue reclamado por Arthur Koestler). La autora, que es a su vez escritora, quiere denunciar deficiencias en la sociedad –despertar interés por la última obra de sus colegas antes del suicidio y crear una corriente de proximidad hacia sus vivencias, especialmente hacia las 77 autoras. La culminación de su proximidad está en su diálogo ficcional con ellas en el último capítulo.

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Marta Agudo y Jordi Doce han reunido en Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente (Abada, 2010) a numerosos poetas, estudiosos y críticos alrededor de la figura de José Ángel Valente, uno de los poetas e intelectuales españoles más valiosos de los últimos tiempos (o uno de los pocos escritores españoles universalmente valiosos, según se mire). Según la nota editorial, Pájaros raíces es “un acercamiento poliédrico, de facetas diversas pero complementarias, que permite indagar no solo en la naturaleza de esta obra sino en su intenso potencial de impregnación. La herencia creadora y crítica de esta escritura se halla presente, en mayor o menor medida, en la obra de todos los autores cuyos trabajos aquí se recogen, testimonio inequívoco del lugar central que Valente ocupa en la poesía en lengua castellana del pasado siglo y de su capacidad para generar líneas de tensión creadora y de diálogo crítico”. Un servidor colabora con un ensayo titulado “Desierto contra espejo. Por qué Valente tenía que ser mejor”, que es menos polémico de lo que parece, si bien lo que hace oportuno y necesario el volumen son las contribuciones, por orden alfabético, de Jordi Ardanuy, Marcos Canteli, Daniel Casado, José Martía Castrillón, José María Cuesta Abad, Rafael-José Díaz, Diego Doncel, Manuel Fernández Casanova, Agustín Fernández Mallo, María José Flores, Pilar Fraile, Eduardo García, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Isidro Hernández, Amalia Iglesias, Julián Jiménez Heffernan, Alejandro Krawietz, Francisco León, Antonio Lucas, José Antonio Llera, Juan Carlos Marset, Antonio Méndez Rubio, Luna Miguel, Eduardo Moga, Vicente Luis Mora, Luis Muñiz, Marianela Navarro Santos, Antonio Ortega, María Ángeles Pérez López, Julio Pérez Ugena, Carlos Peinado Elliot, Jaime Priede, Raúl Quinto, María do Cebreiro Rábade Villar, Goretti Ramírez, Esther Ramón, José Luis Rey, Jorge Riechmann, Ada Salas, Vicente Valero, Joan de la Vega, Javier Vela, José Luis Zerón Huguet e Ibon Zubiaur. Sólo Valente podía concitar un plantel tan variopinto; si no han leído aún su obra, no duden en hacerlo.

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El último libro que quiero recomendar, aun antes de terminar de leerlo, es la novela El ladrón de morfina (451 Ediciones, 2010), de Mario Cuenca. No sé todavía si le haré o no reseña, pero estoy viendo cosas excelentes que justifican las decenas de críticas muy elogiosas que están apareciendo en las últimas semanas sobre el libro. A modo de muestra, me gustaría reproducir uno de los muchos párrafos a cuyo margen he puesto signos de admiración:

En la guerra, convendrás conmigo, una especie de luz de alarma se mantiene prendida en el fondo del pensamiento, una parte del cerebro sigue escuchando las explosiones que reverberan al fondo de la noche, los bombardeos y las astillas de bambú, y casi puede uno ver esas astillas saltando por el aire, ingresando en la piel de los muchachos, y casi se escuchan los gritos y las pisadas de las botas sobre los charcos congelados, Dios sabe si de agua o de sangre o de orina. Hay prendida una pequeña luz al final del pensamiento, siempre alerta, tal que una lucidez de fondo, como si bajo el nivel del sueño hubiera otro nivel aún más profundo en el que el cuerpo continuara de guardia. Tus ojos, mientras duermes en la guerra, se mueven persiguiendo las cosas que se desplazan dentro del sueño, sino al ritmo del estruendo de fuera, de la realidad de fuera, una realidad en sesión continua, una sesión continua de horror, en la que los muertos caminan agarrando una cuerda muy larga, haciendo una columna muy larga que se pierde en las narices de la noche. Eso no es dormir. Eso es saltar de la guerra a la guerra, pasando por la fiebre.

(pp. 118-119)