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sábado, 8 de noviembre de 2008

“Ladrón de mapas” y la realidad porosa

Eduardo Lago
Ladrón de mapas; Destino, Barcelona, 2008

Releo mi crítica de 2006 sobre Llámame Brooklyn, la primera obra de Eduardo Lago, y encuentro ahí lo siguiente: “La construcción general, sustentada en dos narradores, ninguno de ellos omnisciente, toma elementos de la primera parte del Quijote, haciendo Néstor Chapman del ‘editor’ que apenas aparece en la invención cervantina; se utiliza el procedimiento del manuscrito encontrado, pero se salva del peligro del uso manido por los retorcimientos estilísticos a que es, sabiamente, sometido”. Sustituyan “Néstor Chapman” por “Sophie”, y ahí tienen tal cual buena parte de la estructura de Ladrón de mapas.

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La estructura de este libro de historias, engarzadas unas y otras sueltas, es en parte cervantina y en parte sherezadesca, vinculada al modo oriental de narrar historias unas dentro de las otras, como una matriuska, imitado además deliberadamente por Lago en piezas como “Absalam”. Pozuelo Yvancos, en su excelente reseña de este libro (Pozuelo es, con puntuales y lógicas discrepancias, uno de los pocos críticos de suplemento a los que sigo y respeto), apelaba a la obsesión que tiene Lago con la estructura de los libros, obsesión que aparece incluso explícitamente aludida dentro del libro (p. 362). Pero quizá esta obsesión, que tanto le ayudó a convertir Llámame Brooklyn en un libro canónico de nuestra narrativa actual (algo no demasiado difícil, todo sea dicho), quizá no era necesaria para Ladrón de mapas. Voy a intentar explicar por qué, y no va a ser fácil.

La estructura de los libros de cuentos tiene un punto irracional. En la ordenación de un conjunto de relatos no homogéneo (es decir, una compilación de relatos absolutamente exentos, sin que estén escritas sus piezas con una temática común, ni con voluntad de responder a un mismo criterio cosmovisivo), se genera la misma tensión que tienen los grupos de rock a la hora de ordenar las canciones de un nuevo álbum. Cada escritor, cada grupo, cada editor, cada discográfica, tiene sus propias ideas al respecto. Casi todos coinciden con empezar el proyecto con una pieza o relato fuerte, que dé tono al libro, para seguir con una pieza también consistente, dirigida a crear una cierta tensión lectora u oyente. Si el conjunto total tuviera diez piezas, las peores canciones o los relatos más flojos serían, posiblemente, el tercero y el noveno. Los discos suelen cerrarse con una versión o canción menor, mientras que, por el contrario, los libros de relatos intentan cerrarse “a lo grande”, para dejar al lector con buen sabor de boca y con ganas de volver a un futuro libro del artista. Pero estas tendencias expuestas no son más que pautas estadísticas de mi propia –y abundante– experiencia como lector de libros de cuentos, como puntual escritor de los mismos y como oyente fanático de música rock. Como lector de estos curiosos volúmenes, me doy cuenta de que casi todos los autores, en algún momento, elaboran una estructura que se basa en la parcial ausencia de estructura. A mi discutible juicio (basado en una presunción intuitiva e indemostrable), ese equipo formado por autor y editor persigue, más que simetrías o especularidades (que pueblan numerosamente, como demostrase Dällenbach, la novela moderna y posmoderna), y por encima de ritmos climáticos y/o contrapuntísticos, un inasible efecto de lectura, una especie de arco invisible de impactos dirigidos a captar en todo momento la atención y la emoción del lector. El autor de libros de cuentos busca una respiración lectora, un cierto ritmo que no se basa en número de páginas, ni en elementos narrados, sino más bien en las misteriosas asociaciones que produce el estado de ánimo con que se termina de leer un cuento en relación con el espíritu del que le sigue. Ludwig Hohl escribe: “el gran órgano toca una melodía que no puedo escuchar como un todo: apenas escucho realmente sus sonidos; depende sólo de si nos lleva su sonido”
[1]. El libro de cuentos debe llevarnos en volandas, además de que lo disfrutemos nota por nota. Yo hablaría en este género de una estructuración psicológica, más que técnica, que es la que domina en la novela. Y creo, por la explicación matemática que da Lago en el citado lugar, “Coda”, que no ha sido éste el modo de componer Ladrón de mapas, y la declaración explícita de Lago me ha resultado al respecto menos contundente que la propia experiencia de lectura.

El resultado es que el lector asiste al desfile de cuentos de Ladrón de mapas con una extraña perplejidad; lee cuentos, pero acaba el libro sin la sensación de haber leído un libro de relatos, aunque muchos de ellos tienen el tema común de la fábula. La experiencia, en mi caso, no ha sido la de subirme a una montaña rusa narrativa, que es la que suelo tener al leer estos libros, gracias a sus giros, sus cambios de ritmo, sus loops drásticos, sus altibajos. La experiencia lectora de Ladrón de mapas ha sido más bien similar a la de un desfile de moda. Hay que admirar los cuentos de Lago uno por uno, pero el que se mueve es el cuento, no el lector, que asiste impávido a un transcurrir de piezas o modelos, la mayoría de ellos muy agraciado, eso sí. Ha sido una experiencia curiosa asistir a un proceso de lectura por completo despsicologizado, y creado more geometrico, como la Ética spinoziana. No camino sino espectáculo de un viaje. No un tema musical con fugas, sino una notable colección de partituras. No sueño sino construcción. No montaña rusa, sino muñeca rusa.

Ignoro los motivos (o, si los conociera, sería una realidad extracrítica cuya aparición aquí no tendría mucho sentido) que pueden haber llevado a construir un libro tan extraño, donde hay una primera parte perfecta (que funciona por sí sola y cuya extensión, 160 páginas, quizá hubiera justificado su publicación aislada como nouvelle), seguida de dos extras de piezas muy homogéneas y de valor variable, que podrían haber constituido, por sí solas, otro libro de relatos exentos también valioso. Y esa es la impresión que da Ladrón de mapas, ser una Hidra de dos cabezas, que desde el título denuncia su condición gemelar o melliza: hay un libro que se podría llamar Mapas, la primera parte, donde la geografía narrativa tiene un lugar fundamental, y otro que podría llamarse Ladrón (de historias), donde las relaciones difusas entre literatura y ficción, entre fábula y verdad, nos dejan una interesante serie de relatos. Destino nos ha ofrecido los dos libros a la vez. A lo mejor esa es la conclusión.

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Estoy también de acuerdo con Pozuelo cuando en su
reseña de Ladrón de mapas dice que “este libro viene a ser un gran homenaje al cuento, a las historias, tomadas de diferentes épocas, tradiciones, países, a las que incorpora su propio estilo”. El juego sobre las posibilidades de la narración de historias no acaba ahí, en puridad empieza. En “Tintagoel” (un relato que, por cierto, podría haberse quedado fuera del volumen sin merma alguna de éste), cuando el extranjero llega al extraño reino homónimo, lo que pide como uno de sus tres deseos es “el secreto de contar historias” (p. 183). En “Absalam” Alá le dice al protagonista, a quien castiga por haberle ofendido: “para paliar su castigo le concederé un don. Mi siervo narrará historias maravillosos y quienes tengan la fortuna de escucharlas se sentirán tan agradecidos que le ofrecerán generosas recompensas” (p. 186). La interrelación entre las historias y la vida y el modo en que ambas se retroalimentan (tema que practican otros varios narradores actuales, aunque a mi juicio ninguno con la solvencia de Lago), aspecto sobre el que luego volveremos, es la que cierra este círculo que tiene al elogio de la fábula como centro.

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En la reseña que hice de Llámame Brooklyn planteaba una hipótesis con la que el autor, en una conversación sostenida sobre mi crítica con posterioridad, no estaba de acuerdo. Mi hipótesis era que el personaje Gal era una especie de sosias suyo, desde el nombre, ya que Gal es casi un anagrama de Lago (gal-lag). Me dijo Lago que no, que para nada había sido esa su intención, pero las obsesiones mentales no se transfiguran en reacciones conscientes, ni en intenciones, sino que buscan extraños caminos para aparecer, como explica muy bien la psicobiografía. A mi juicio, que Ladrón de mapas no ha hecho más que reafirmar, existe una asociación inconsciente entre esos nombres. Y esa relación extraña entre la obra de Lago y su apellido tiene otros síntomas. Miren los títulos de sus dos libros y observen cómo empiezan: Llá… y La… El juego “la” está presente en los nombres de varios personajes del libro: Absalam, Larkem, Leilah, así como en el apellido de Alfau (a la inversa, como en Gal) y en el topónimo de Nyala. Y luego hay frases curiosas como ésta: “Me sentía como un nadador que se adentra en las aguas de un lago misterioso y cuando llega a su centro no desea regresar a ninguna de las orillas que delimitan el lugar encantado en que se encuentra” (p. 97, subrayado mío), y ahora añadan a lo ya dicho esto: “es precisamente a esas profundidades adonde es preciso descender para crear. Las raíces de la imaginación se hunden allí” (p. 149, , subrayado mío). Para Lago la mayoría de las referencias a la imaginación creadora toman asociaciones marinas –Conrad es uno de sus autores favoritos–, acuáticas o lacustres, y las palabras de ese campo semántico inundan sus textos.

Hay un lector allí al fondo que dice necesitar más pruebas. No hay problema, encontrar este tipo de huellas y rastrear las otras historias hundidas en los libros es mi especialidad. Todas las cursivas que vienen a continuación son mías: “con los ojos de la imaginación vi flotar la figura de Néstor” (p. 93); “me sumergí en los mundos que se abrían al otro lado de la pantalla” (p. 101); “la ciudad es un piélago donde vive un animal ciego que extiende sus tentáculos por los confines de la oscuridad. Mi imaginación entra en ebullición. Desde la atalaya del fuerte Akbar, trato de ubicar el sangam, la encrucijada donde supuestamente brotó la ciudad (…) el de Allahabad se encuentra en la confluencia del Ganges con el río Yamuna, a los que se une un tercer afluente, el Saraswati, que es un río invisible” (p. 151, sangam en cursiva en el original); “Entonces, Rawlins, escucho el rumor de las aguas de la realidad al chocar contra las de la imaginación” (p. 151); “me resulta placentero que las gotas me empapen la ropa y se me quieran meter por debajo de la piel, intentando calarme hasta los huesos” (p. 152); “sabe que me gusta el crepitar de la lluvia sobre la tierra” (p. 205); “Cerré los ojos y vi el lago” (p. 55); “la constelación de palabras que estoy empleando adquiere un matiz muy especial: colonial, mediterráneo, apátrida. Hay algo mágico en ese vocabulario” (p. 165); “hay grandes zonas de la experiencia que están destinadas a permanecer flotando en el misterio” (p. 175, s. mío); “el viajero escrutaba la superficie del estanque con su único ojo, como tratando de desvelar un misterio cuidadosamente oculto entre los reflejos del agua” (p. 179, s. mío); “Sentí que me ahogaba. Tenía que sacar el torrente de palabras que tenía dentro de mí” (p. 332, s. mío); “Ahora entiendo de dónde venía el torrente verbal que me ahogaba”; (p. 335, s. mío). En la primera página, casi abriendo al libro: “al lanzar un texto anónimo a la infinitud del espacio virtual, me siento exactamente igual que quien arroja al mar un mensaje encerrado en una botella” (p. 11). En el sugestivo relato “Unicronio”, que describe un objeto que puede ser una especie de aleph narrativo, los protagonistas pasan de una casa “a las orillas de un lago” (p. 289) a “un claro del bosque donde había una fuente” (p. 292), donde alguien lee un poema que dice en los versos quinto al sexto: “lo que el poema es al agua / que brota de una fuente silenciosa” (p. 293). Después llegan a otra casa, en la que “en un recodo del jardín había un lago semioculto por la arboleda” (p. 298). Sumemos a estas estelas simbólicas el bar ruso descrito en la página 118 cuyo suelo y paredes son acuarios, el “manantial de la fama” central en el relato “Tintagoel”, la visita a Venecia, la historia de “Leilah”, que se cuenta durante toda una noche a bordo de un yate que parece “un buque fantasma”, y ya tenemos el mapa submarino que es la literatura de Eduardo Lago. Lástima haberme dejado Llámame Brooklyn en Córdoba porque estoy seguro de que pueden rastrearse en la novela tantas menciones al campo semántico del agua como en Ladrón de mapas.

No todas las relaciones entre el autor y su obra son conscientes, y la mayoría se encuentran en las profundidades abisales del inconsciente psíquico. Como explicara Jean Delay, “entre el novelista y su doble se opera precisamente una transferencia, positiva o negativa, que le ayuda a tomar consciencia de su propio fondo”
[2]. Andrés Soria y Jiménez Heffernan han planteado la gravitación del nombre de Federico García Lorca sobre su obra poética. “Qué raro que me llame Federico”, escribía el granadino, y tanto el nombre como el apellido son atributos principales de la identidad, que a su vez es otra preocupación constante de la obra de Lago. Por supuesto nada de esto puede probarse. Ni falta que hace. Es parte del lago misterioso en el que nos movemos cuando hablamos de las fuentes de la creación.

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La webstory. Lago es uno de los escasos grandes narradores posmodernos que tenemos, sería uno de los pocos equivalentes que tenemos a ciertos escritores norteamericanos (a quienes, no por casualidad, Lago conoce bien y ha entrevistado con acierto y profundidad; después citaremos un caso concreto). El uso de la webstory o narración escrita para la Red en la novela breve que abre que el libro y le da título, es muestra de la capacidad de Lago para aprehender formas expresivas de los medios de comunicación de masas y recrearlos, elemento a mi juicio esencial del posmodernismo narrativo, como ya hemos dicho en varios lugares (la narrativa pangeica no los recrea, sino que los reproduce). Lago abre Internet como mar de posibilidades, y escribe “me sumergí en los mundos que se abrían al otro lado de la pantalla” (p. 101). Me recuerda el verso, posmoderno también, de Pablo García Casado: “yo he vivido / demasiado tiempo al otro lado de la pantalla // mirando el amor por los anuncios” (Las afueras, 1997). Lago es un narrador inquieto porque no sólo no deja de leer, sino que no deja de buscar: es una persona de su tiempo, que sabe utilizar los numerosos elementos que ofrece la realidad para tejer con ellos la ficción. Que Eduardo Lago y Juan Goytisolo, en sus últimas novelas, utilicen Internet como un recurso narrativo central, mientras otros siguen construyendo sobre Zola, me parece un dato que explica muchas de las cosas que están pasando, y sobre todo muchas de las que, para nuestra desgracia, no están pasando.

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Lago y DeLillo. En una conferencia que le escuché a Eduardo Lago en Providence, Lago comentó la entrevista que le había hecho una vez a Don DeLillo. Contó Lago que el fascinante autor norteamericano llegó a la entrevista parapetado tras un gorro y unas gafas de sol, y con una actitud bastante autista y desganada comenzó a contestar mecánicamente a las preguntas. En un momento dado, Lago le preguntó a DeLillo si estaba de acuerdo con él en que su literatura era un intento desesperado de lucha contra la muerte. En ese momento DeLillo se quitó el gorro, se zafó de las gafas de sol, volvió a la vida y comenzó a responder de verdad a las preguntas.

Me he acordado de eso, porque esa también es la poética de Lago, o al menos es la que dice Sophie, que es para Lago lo que Elizabeth Costello es a Coetzee: “tiene que ver con su idea de lo que es la literatura, a la que tantas vueltas da en los cuentos. Para él, escribir es no dejarse doblegar por el dolor que nos inflige cualquier forma de ausencia, un intento de derrotar a la muerte” (p. 172).


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En este libro aparecen, citados, homenajeados o convertidos en personajes Kipling, Rilke, Dostoievski, Dinesen, Rushdie, Alfau, Milosz, Chejov, James, Kafka, Whitman, Joyce, Gorki, Conrad, Babel, Balzac y Bruno Schulz, entre otros. Hay mucha metaliteratura en Ladrón de mapas y muchos escritores, pero la escritura y la lectura son también parte de la vida, y parte de la poética de Lago opera sobre el pantanoso terreno entre realidad y ficción. En algún sitio lo dice explícitamente: “en este caso la membrana que separaba la realidad de la ficción se había vuelto porosa” (p. 94). El mayor peligro de este proceder (el de que la vida se quede fuera de la narración, postergada por el artificio ficcional), es superado siempre por Lago, quien no olvida en casi ningún momento dar solidez afectiva a los personajes que describe, y de hecho parte de los relatos son reconstrucciones literarias de historias reales, con las que Lago parece buscar ponerse en el lugar de la persona que las sufrió, terminar de entender las motivaciones de seres de carnes y hueso a través de la hipotética reconstrucción de su vida que hacen los personajes (algo visible en “Leilah” y en “Little Man”, por ejemplo). Uno de los personajes dice: “en los libros las historias se interrumpen en la última página pero luego siguen en la vida” (p. 112, idea repetida en páginas 45 y 366). La literatura de Lago nos concilia con la metaliteratura y nos hace ver que, frente a la postura narcisista y vacua de otros que la practican, es aún posible hacer una metanarración generosa, humilde, brillante, alegre y obsequiosa con el don infinito de la lectura recibida.


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Notas
[1] L. Hohl, Matices y detalles; DVD Ediciones, Barcelona, 2008, p. 74.
[2] Jean Delay, “Névrose et creátion”, Aspects de la psychiatrie moderne ; PUF, Paris, 1956.