Antoine Compagnon,
¿Para qué sirve la literatura?; El Acantilado, Barcelona, 2008
Este librito contiene la lección inaugural de la cátedra de Literatura Francesa Moderna y Contemporánea del Collège de France, que leyera Compagnon el 30 de noviembre de 2006. Traducido exquisitamente por Manuel Arranz, este ensayo propone dar cuenta de la ambiciosa poética crítica de Compagnon, que intenta compatibilizar la secular división entre teoría e historia a la hora de abordar el estudio de la literatura. Comienza el autor describiendo la génesis (tan histórica como teórica) del problema para luego avanzar su personal intento de síntesis, del que sería tan buena muestra su excelente Los antimodernos (El Acantilado, 2007). Su síntesis parte de una redefinición de los términos: “teoría no querrá decir ni doctrina ni sistema, sino atención a las nociones elementales de la disciplina, crítica de los perjuicios de toda investigación, o incluso duda metodológica; por su parte, historia significará menos cronología o calendario de la literatura que preocupación por el contexto, por el otro, y por consiguiente: prudencia deontológica” (p. 19). Compagnon recuerda la imagen de Albert Thibaudet, que comparaba la escalera de doble espiral del Castillo de Chambord (foto inferior) con la debida complicidad entre historia y crítica literarias. Para
Compagnon, el ADN de la literatura tendría un modelo de triple hélice: teoría, historia y crítica (p. 20).A la luz de esta última, el autor se hace la pregunta más interesante de estos tiempos, sobre todo después del proyecto Bolonia: ¿Por qué es importante leer? ¿Para qué es útil la literatura? Compagnon parece verlas venir: “la universidad atraviesa un momento de incertidumbre sobre las virtudes de la educación general (…) de manera que la iniciación al estudio de la literatura y de la cultura humanista, menos rentable a corto plazo, parece peligrar en la escuela y la sociedad del futuro” (p. 25). En nuestro país, estamos comenzando a sufrirlo: en la Universidad del País Vasco, por el manifiesto que nos ha llegado, parece que quieren suprimirse cuatro títulos de Filología, ni más ni menos. El hecho mismo de tener que explicar la importancia de la literatura ya dice mucho de su decadencia en nuestros días, desde luego. En ello la posición privilegiada de la ciencia, presentada como la explicación de la vida (antes se consideraba tal a a literatura), ha tenido mucho que ver. Compagnon cita al escritor francés del XIX Louis de Bonald, si no me equivoco tatarabuelo de nuestro Caballero Bonald (en la primera parte de sus memorias se refiere Caballero a esta ascendencia), que ya en 1859 anunciaba que “todo anuncia la rendición próxima de la República de las Letras y el dominio universal de las ciencias exactas y naturales”. De ahí a la manida guerra de las “dos culturas” ya hay un paso, y todos los que hemos abogado por su conciliación, que hemos sido muchos en todo el mundo durante todo el siglo pasado y el presente, comprobamos ahora nuestro fracaso (no el fracaso en los medios, sino en la obtención del Fin, la propia conciliación).
Compagnon recuerda las tres explicaciones clásicas del poder de la literatura: su capacidad para instruir de forma amena; la formación crítica que procura frente al engaño, la tiranía o el oscurantismo; y su poder para mejorar y completar la insuficiencia del lenguaje común. Añade a continuación cómo las letras son el caldo de cultivo del cual se sacan más enseñanzas para ramas tan distintas como la historia de la cultura o la ética. Termina el ensayo con una encendida defensa de la necesidad de la literatura para el autoconocimiento, y para el cabal entendimiento de la
Otras razones para defender los estudios humanísticos
Todas las razones apuntadas por Compagnon para justificar la literatura acaban volviendo, fatalmente, al territorio de las humanidades. Eso no es malo, por supuesto, pero genera el problema de ser comprendido por los de fuera, por los bárbaros. Frente a los cerriles ecónomos que consideran que las Humanidades en general y la literatura en particular no tienen sentido en el mundo actual, y teniendo en cuenta que ellos no creen en las evidentes bondades apuntadas, habría que hablarles en su lenguaje, en términos que puedan entender, ya que el abandono de la lectura les ha vuelto imbéciles (o, en realidad, no les ha permitido dejar de ser bebés de chupete). Por eso planteo estos argumentos, en los que late cierto economicismo, no lo niego, pero creánme que he tratado con ellos y razones este tipo de son las
únicas que escuchan. Alabo el espíritu utópico de quienes creen que no se deben mezclar razones prácticas en la defensa de las humanidades, pero me parece que no conocen bien a quienes tienen delante. Se sorprenderían de lo que esta gente piensa de ideas como “cultura”, “formación de la personalidad”, “patrimonio cultural humanístico”, “forja de la capacidad crítica” y conceptos similares. Por lo tanto, y con los pies muy en el suelo, otras posibles razones, infinitamente menos importantes que las alegadas pero tan o más necesarias por la obcecación economicista de los estúpidos detractores de los estudios de letras, podrían ser:1. La literatura estimula el uso y el desarrollo de la imaginación, de manera mucha más efectiva que el cine, donde la imaginación se mutila al estar todos los recursos de la narración puestos en escena, salvo escasos supuestos de elipsis, cada vez menos utilizada por los cineastas actuales. En cambio, la literatura sólo presenta verbalmente esos recursos[1], teniendo que hacer el lector el esfuerzo de completar las letras con su imaginación, para visualizarlas en su mente. La literatura es mucho más compleja que el cine (con muy pocas excepciones), precisamente por operar sobre abstracciones racionales. Por esa razón, el territorio de lo imaginable en ella es muy superior al existente en los lenguajes audiovisuales. Y la imaginación tiene un poder pragmático incuestionable: permite los razonamientos individuales (o brainstorming colectivos) apropiados para hallar soluciones imprevistas a los problemas, alienta a los creativos publicitarios, ayuda al pensamiento lateral de los gestores y directivos, está detrás de las ocurrencias de los auténticos estadistas y es lo único que permite crear, casi de la nada, patentes industriales. Los grandes estadistas, de Marco Aurelio a John Fitzgerald Kennedy, eran grandes lectores y ocasionales escritores de libros; también los grandes científicos que ayudaron a construir el conocimiento tal y como hoy lo entendemos, desde Newton a Einstein o Niels Bohr (Atomic Theory and the Human Knowledge, 1958), leyeron y escribieron libros, que desarrollaron su creatividad y contribuyeron a dar sentido a lo que estaban haciendo. La conclusión es que cualquier cosa que estimule la imaginación, y nada lo hace como la literatura, es buena para el desarrollo de la sociedad.
2. Para entender el mundo actual, algo que deben hacer quienes quieren insertarse laboral o profesionalmente en él, las humanidades son necesarias porque son las que dotan al cerebro de la complejidad intelectiva necesaria no sólo para entender el funcionamiento de las cosas (algo que hacen también los sistemas científicos), sino para darles un sentido, un alcance humanista: saber no sólo cuándo las cosas son lógicas, sino además cuándo son justas, adecuadas a su fines o proporcionales. Hay que hacer hincapié en que el Derecho, aunque sea parcialmente una ciencia no exacta, es también una rama de las humanidades, es una carrera “de Letras”. El desaparecido sabio Eugenio Montejo escribía: “Me río de los políticos que quieren ordenar las cosas de los hombres sin tocar su lenguaje. Tratan de ignorar adrede que la falacia de sus leyes es de índole lingüística más que jurídica”[2]; y con ello hizo énfasis no sólo en la importancia de la lingüística, de la Filología, sino en el hecho innegable de que para conocer las repercusiones sociales de cualquier medida (jurídica o económica) hay que conocer bien a la sociedad sobre la que se opera. No niego que las matemáticas complejas puedan darnos datos importantes sobre el movimiento de una muchedumbre, pero entender una sociedad no puede hacerse sólo desde la ciencia, sino desde la conciencia: desde una lectura humanística global del grupo humano, que una lo científico y lo cultural. Las dos cosas a la vez, no sólo una de ellas. Sobre los grupos humanos y sobre las personas que lo forman, nada dice tanto como la literatura, de la que han tomado infinitos ejemplos los sistemas psicológicos, incluido el psicoanálisis de Freud, montado sobre clásicos de la literatura mundial.
3. La cultura es uno de los bienes económicos de mayor crecimiento en Europa durante los últimos años; algunos estudios hablan de que el mercado cultural produce hasta un 13% del PIB de algunos países. En el caso de España, la lengua española (que, mientras nadie me demuestre lo contrario, requiere de Facultades de Filología para formar a los profesores de español), es un valor económico en alza en nuestro país y en todo el mundo. Aquilatar ese rico patrimonio multisecular sólo puede hacerse si hay lugares donde la enseñanza del idioma pueda hacerse a conciencia, a partir de sus resultados culturales, entre los cuales tiene la literatura un papel único, por ser el mejor modelo de uso del idioma. Esos lugares son las Facultades de Filología, en los cuales la enseñanza de la literatura, española y ajena, tiene un lugar determinante. [Nota para quienes me conocen: imaginaos cómo tiene que estar el ambiente para que yo, con lo que he sido y lo que he dicho, tenga que salir a defender la Filología]
4. El sistema editorial español produce o genera, directa u oblicuamente, miles de millones de euros a la economía española todos los años, por no hablar de un número enorme de puestos de trabajo, directos o derivados (imprentas, industrias papeleras, empresas de logística y distribución). La existencia de licenciados en Filología es absolutamente necesaria para esta industria, bien porque escriben los libros (muchos escritores son filólogos, por afinidad profesional, y también son filólogos los redactores de manuales de enseñanza del español, por ejemplo), bien porque desempeñan el trabajo de corrector de originales, bien porque realizan los informes de lectura o porque proponen, gracias a su pericia técnica económicamente valuable, los libros que deben publicarse. Sin ellos el sistema editorial está condenado a la mediocridad y, de producirse ésta, a su rápida extinción.
5. Los escritores de discursos, a sueldo de políticos europeos refractarios a las humanidades que hacen caso a tecnócratas memoboloñeses, necesitan leer libros, para que los discursos que preparan a esos políticos sean convincentes y persuasivos, según las leyes ya expuestas por un tal Aristóteles (un personaje de los Simpson) en su Retórica (capítulo de la segunda temporada). Hasta para engañar a las masas hace falta literatura.
6. La única forma de que la literatura sea conocida y difundida, para mantener cubiertas las necesidades anteriores, es que haya en las educaciones primaria y secundaria un grupo amplio de profesores de literatura, que transmitan ese importante conocimiento a los niños. Y para que esto sea posible se requieren Facultades de Filología que formen a estos profesores (a ser posible, abierta, amplia y rigurosamente). Así que dejen de hacer el ganso antes de que todos volvamos al mono por la vía rápida.
Addenda sobre la doble hélice y las escaleras de espiral
Antes he dicho que soy partidario de una idea de Cultura que incluye, indispensablemente, a la ciencia, no sólo a las humanidades más pegadas a la letra. Y me alegro de trabajar en una institución, como el Instituto Cervantes, que tiene eso muy claro y que en su programación cultural incluye, de manera obligatoria, actividades científicas, desde conferencias hasta exposiciones. La mención de Antoine Compagnon a Thibaudet, las escaleras de caracol y las dobles hélices me llevan a hacer una comparación (ya habitual) entre algunas escaleras de caracol y los modelos de reproducción del ADN humano.
Algunas reproducciones de estos modelos visuales, donde se pueden ver en colores los componentes del ácido desoxirribonucleico, son incorrectas por estar orientadas hacia la izquierda, cuando en la realidad las dobles hélices giran hacia la derecha. El modelo válido
es el reproducido en el lateral (aclarando que se trata de una representación aproximada). Se ruega no sacar insostenibles conclusiones ideológicas de este modelo científico.El modelo válido coincide con el de estas dos escaleras que incluimos a continuación.
La escalera de Bramante de los Museos Vaticanos es la más conocida; en la actualidad sólo está abierta una de las dos hélices.
La otra escalera, que no es de doble hélice, es de un edificio de Sidney; en realidad la he puesto porque me parece muy elegante.
En la fotografía que incluimos debajo de estas líneas, del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe (Valencia), el modelo de reproducción está orientado correctamente. Pero, y termino con esta pregunta para científicos o para alumnos de la Universidad de Alicante: ¿cuál es el error que tiene este modelo?
Solución en los comentarios.


