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domingo, 30 de enero de 2011

Prospecciones sobre Posmodernidad y poesía española


Alfredo Saldaña, No todo es superficie. Poesía española y posmodernidad; Universidad de Valladolid, Servicio de Publicaciones, Valladolid, 2009, 258 pp.

[1]

Yo quizá vivo en 1908; mi vecino, sin embargo, hacia 1900; y el de más allá, en 1880.

Adolf Loos, Ornamento y delito (1908)

1929 parece un tiempo único; pero es 1929 vive un muchacho, un hombre maduro y un anciano, y esa cifra se triplica en tres significados diferentes (…) es la unidad de un tiempo histórico de tres edades distintas.

José Ortega y Gasset, ¿Qué es Filosofía? (1929)

En un libro reciente, la profesora Mª del Pilar Lozano Mijares encuadraba al profesor y poeta Alfredo Saldaña en una dirección teórica que caracterizaba como “la posmodernidad esperanzada”[2], caracterizada por la deconstrucción crítica del sistema acompañada de propuestas de reconstrucción. En efecto, Saldaña es uno de los investigadores más sistemáticos y tenaces en la persecución de un concepto actualizado y consistente de Posmodernidad, sobre todo cuando el término se vincula con la poesía española contemporánea. Después de varios trabajos ya publicados al efecto, y cerrándolos en más de un sentido, aparece ahora No todo es superficie, que ahonda en ese esclarecimiento y desarrolla alguna de sus líneas de trabajo.

Saldaña se enfrenta, como advierte en la primera frase del ensayo, a un esfuerzo titánico que puede correr (quien lo probó, lo sabe) la suerte de la mayoría de los atrevimientos: “pensar un tiempo y un lugar desde sus propias coordenadas” (p. 15). Es cierto que el riesgo es tan grande como necesario; la buena salud de una literatura, de una cultura, se contrasta por su nivel de compromiso autorepresentacional, en el modo en que esa episteme se contempla y examina a sí misma, de un modo realmente crítico, cuestionando sus principios epistemológicos y no sólo los resultados concretos de su producción artística. Un estudio del presente limitado a las obras y que no bucee en los presupuestos que soportan y en parte (sólo en parte) explican aquellas obras, es un panorama falso, que se deja llevar por lo que esa producción tiene de tendencia. Hay que hacerlo incluso aunque pueda llegarse a la conclusión a que llega Germán Labrador en su completo estudio sobre poesía y drogas en la transición española, Letras arrebatadas: “avanzando hacia el cierre de este discurso, cabe participar una contradicción sustancial: el mismo discurso que pretende hallar su motor de búsqueda en una movilidad y proximidad esenciales de los textos en los que se fundamenta ha señalado, en su articulación, el cierre y la lejanía de los mismos”[3]. En suma, si el análisis del estado de cosas quiere hablar, como No todo es superficie, de las relaciones de un entorno textual con la posmodernidad, la presencia constante de la idea de autoconsciencia tiene que ser nuclear en la construcción del estudio, y éste debe correr los riesgos de esa over-selfconsciousness. Saldaña lo sabe y por eso selecciona para abrir el libro una de las citas más autoconscientes de la literatura mundial: los versos del Autorretrato en un espejo convexo de Ashbery en que Vasari describe el momento en que el Parmagianino toma el pincel y la esfera de cristal para retratarse, gesto que Ashbery utiliza para enfocar su propio autorretrato y los límites de la poesía como representación.

Puede sorprender al lector que espera encontrar un libro sobre poesía española que No todo es superficie no comience a hablar de este tema hasta la página 103. La primera parte se dedica por completo a ahondar en el concepto de posmodernidad, intentando hacer por un lado una descripción y por otro un diagnóstico. La introducción es larga, pero quizá es necesario para situar el concepto antes de lanzarse a estudiar sus matices y su repercusión en la poesía actual. Tanto cuidado se debe a que la posmodernidad es una categoría muy discutida, donde todo está en cuestión, y donde laten fuerzas contradictorias; no en vano dice Eagleton en The Illusions of Posmodernism que “posmodernism (…) is both radical and conservative together”[4], por poner un simple ejemplo en cuanto al enfoque ideológico de la posmodernidad, algo de lo que se habla mucho en las páginas de Saldaña. Una categoría, esta de posmodernidad, sobre la cual siguen siendo más abundantes las visiones negativas que las positivas. Para Roger Bartra, poniéndolo como ejemplo de la primera visión, The Waste Land de Eliot es una metáfora “para describir la crisis que va fracturando la modernidad durante el siglo XX hasta alcanzar la tierra baldía de la posmodernidad”[5]. Sin embargo, Saldaña muestra una actitud favorable ante cierto entendimiento de lo posmoderno. Apunta, con mucha razón, que “la posmodernidad ha sido menos beligerante con su pasado inmediato que la modernidad con el suyo” (p. 85), y que pueden encontrarse varias líneas argumentales y numerosas líneas prácticas que darían una imagen de la posmodernidad como un discurso capaz de ser crítico, rigurosamente estético y poéticamente feraz. Lo único reprochable a esta larga introducción es que parece construida como un patchwork de textos diferentes, lo que explicaría algunas repeticiones innecesarias (vgr., el debate sobre la posmodernidad como continuación de la modernidad, la idea de Historia según Benjamin, el potencial crítico de las vanguardias), que se deslizan a lo largo de la exposición.

Uno de los propósitos centrales del libro es analizar la presencia de lo que llama Saldaña “sensibilidad crítica posmoderna” en una serie de textos representativos, en su opinión, de la poesía española posterior a 1960. El concepto de lo que sería una “poesía española posmoderna” es, desde luego, complejo y polémico; en realidad, casi cada autor que lo ha estudiado tiene sus propias ideas al respecto, que van desde las visiones amplias y generalistas hasta las más estrechas. En este último flanco, el poeta Agustín Fernández Mallo ha dado su propia respuesta, algo radical: “la poesía que en este país se dio en llamar, y aún se da entre la crítica especializada y determinados antólogos, poesía postmoderna, poesía que surge en un momento muy determinado, a principios de la década de los 80 con la consolidación de la democracia, poco o nada tiene que ver con las acepciones sociológicas, filosóficas y estéticas comúnmente aceptadas por este término; diríamos aún más: es absolutamente contraria a los presupuestos de éstas”[6]. Esta aseveración, sin embargo, no es del todo desencaminada si pensáramos en un concepto riguroso de posmodernismo, caracterizado no por uno sino por todos o la mayoría de los caracteres que la doctrina tradicional ha ido señalando: metaliteratura, autoreferencialidad, intertexto, ironía, pastiche, parodia, post-genericidad, ideología débil, hibridez, cuestionamiento del poder y de los grandes relatos, etc. La postura de Saldaña, por el contrario, se limita al estudio de aquellos textos que para él representan líneas de sensibilidad crítica posmoderna que, a su juicio, tienen la fuerza estética suficiente como para representar una excepción al estado general apuntado por Fernández Mallo. Prescinde así, con acierto, de criterios generacionales, para examinar la literatura en estudio buscando ciertas líneas de tensión. La más significativa, a su juicio, es la que viene constituida por lo que llama estética de la otredad, que se caracteriza por tocar de cierta manera (renuncia al discurso unificador, discontinuidad, prosaísmo deliberado, actitudes transgresoras, cf. p. 109) ciertos temas (sexualidad, erotismo, lo grotesco, la crítica al lenguaje establecido y a los discursos de poder; cf. pp. 193ss), y por una sensibilidad “que se aprecia tanto en la disolución del canon clásico de belleza como en la quiebra y descomposición de la unidad y totalidad de la estructura orgánica de la obra de arte” (p. 230). Asimismo, también destaca, en las que son para mí las mejores páginas del ensayo (221ss) la relación entre fragmento y silencio y su huella en las poéticas contemporáneas, como nota principal de la posmodernidad poética más reseñable. En este sentido, los autores que destaca más reiteradamente Saldaña son Leopoldo María Panero y Jenaro Talens, seguidos a mucha distancia por Eduardo Hervás, Fernando Merlo, Ángel Petisme, Ignacio Prat, Riechmann, etc. Este tipo de cánones alternativos, con selecciones de nombres diferentes a las (casi) siempre utilizadas, enriquecen el panorama y apuntan a su consideración como un todo, en vez de a una metonímica y dominante porción del mismo, algo muy frecuente en los estudios al uso.

En cualquier libro que se acerque a la posmodernidad es fácil encontrar elementos con los que disentir, por la misma inasibilidad y fluidez de la categoría. Me gustaría discutir algunos elementos planteados por Saldaña. El primero de ellos la consideración de que “habrá que aceptar con Gianni Vattimo (1987) que el fin de la vanguardia es un acontecimiento que impone transformaciones radicales las relaciones sociales del ser humano y que el propio concepto de vanguardia resulta inoperante para –desde él–teorizar sobre el arte actual” (p. 16). Estamos asistiendo últimamente a una tendencia, a mi juicio más que necesaria, de redefinición de términos y conceptos en nuestro tiempo. Steven Shaviro está trabajando en un libro para redefinir el tradicional concepto de “lo bello” y ajustarlo a nuestra perspectiva temporal; D. Driedichsen intenta actualizar el concepto de “valor añadido”, y Boris Groys hace excelentes esfuerzos para intentar esclarecer qué sea en nuestros días “lo nuevo”. Estos tres conceptos tienen varias centurias de antigüedad; el más reciente es el de surplus value y se retrotrae a las teorías de Marx, de forma que también va cumpliendo años. Creo que más que considerar inoperante el concepto de vanguardia lo que hay que hacer es redefinirlo, haciendo reelaboraciones (tan serias como las citadas, obviamente) destinadas a saber qué puede significar vanguardia en nuestros días; pero hay un hecho obvio, y es que la vanguardia sigue funcionando y buena prueba de ello es que, como ha señalado Gustavo Guerrero, parte de la mejor renovación de la narrativa latinoamericana (Bellatin, Aira, o Tabarovsky, entre otros) está pasando, precisamente, por la reelaboración de las técnicas vanguardistas, actualizándolas al presente[7]. Miguel Casado utiliza el término poesía dilatada (próximo al anglosajón de expanded poetry) para describir aquella poesía actual que, de una fórmula próxima al surrealismo, hace que el concepto de pensamiento poético tenga que ensancharse hasta incluir dentro de sí al irracionalismo, configurado no como un no-pensamiento, sino como un pensamiento otro[8]. Como vemos, la vanguardia en general y el surrealismo en particular[9] tienen una importante vida en la actualidad, lo único que necesita es un replanteamiento terminológico –no un entierro– . En otro orden de cosas, a la pregunta formulada por Saldaña, “¿aconseja la variedad de formas que presenta esa poesía prescindir del canon y apreciar su singularidad específica en la suma de sus diferencias?” (p. 19), la respuesta es que, paradójicamente, cuando uno acumula un número de singularidades, el resultado es un canon. Llámese el resultado “antología”, “lista de lecturas”, o “autores que uno considera relevantes”, lo canónico es siempre el resultado de una destilación de singularidades. Sí es cierto que el de canon es otro término que habría que redefinir para no confundirlo con ciertas visiones estrechas que se han hecho populares en los últimos lustros.

Este libro de Alfredo Saldaña, que en realidad corona casi quince años de estudios dedicados al tema por el autor (sea mediante visiones generales o acercamientos a poéticas concretas), es una aportación bibliográfica ineludible; a partir de ahora, estudiar la poesía posmoderna española tiene que partir (sea para concordar con sus ideas, sea para refutarlas) de No todo es superficie, por la sólida argumentación de la parte teórica y la definición del marco posmoderno, y por el rigor de la aplicación concreta con la que luego particulariza las premisas antes establecidas. En efecto, como el mismo autor apunta, los estudios que tocan el tema suelen hacerlo de forma superficial (p. 103); frente a esa tendencia, y haciendo caso al título del ensayo, Saldaña ha demostrado que hay mucho que rascar, mucho que profundizar, sobre la aparentemente delgada cáscara de lo posmoderno, y que en el fondo, ocultada tras pilas de papel de crítica anacrónica, crítica mezquina y poesía normalizada, había poesía posmoderna que valía la pena revisitar.

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[Relación con el autor reseñado: escasa y epistolar, aunque cordial. Relación con la editorial: ninguna]


[1] Reseña publicada con el título de "Prospecciones" en la Revista de Literatura del CSIC, vol. 72, n. 144 (2010).

[2] M. del Pilar Lozano Mijares, La novela española posmoderna; Arco Libros, Madrid, 2007, p. 112.

[3] G. Labrador, Letras arrebatadas. Poesía y química en la transición española; Devenir, Madrid, 2009, p. 450.

[4] T. Eagleton, The Illusions of Postmodernism; Wiley-Blackwell, New Jersey, 1996, p. 132.

[5] Roger Bartra, Culturas líquidas; Katz Editores / CCCB, Barcelona, 2004, p. 9.

[6] Agustín Fernández Mallo, Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma; Anagrama, Barcelona, 2009, p. 55

[7] G. Guerrero, “La desbandada. O por qué ya no existe la literatura latinoamericana”, Letras libres, nº 93, junio 2009, pp. 24-29.

[8] M. Casado, “Apuntes del exterior: poesía y pensamiento”, Deseo de realidad; Ediciones Universidad de Oviedo, Servicio de Publicaciones, Oviedo, 2006, pp. 20ss.

[9] Cf. nuestro “Diccionario irracional de surrealistas”, Quimera nº 304, marzo 2009, pp. 51-55.

viernes, 8 de mayo de 2009

Juan Trejo y El fin de la Guerra Fría



Juan Trejo, El fin de la guerra fría; La otra orilla, Barcelona, 2008

Esta novela transita por un lugar que me resulta muy atractivo, donde están incardinados algunos –no todos– de los narradores vivos que más me interesan (DeLillo, Pynchon, Coetzee, Houellebecq): esa delgada línea roja que separa los acontecimientos colectivos de los individuales, que une lo sociológico con lo psicológico, develando las cadenas de hechos que nos anudan a la sociedad y la retroalimentación afectiva que en ésta provoca nuestro comportamiento… ¿o es al revés? En realidad no importa: cualquier historia puede contarse desde ambos puntos de vista, o en los dos sentidos: del personaje hacia el resto del mundo, o de los demás hacia el protagonista. Trejo escoge el primer camino, partiendo de tres personajes (la estadounidense Dona, la china Zheng, el español Tomás) y llegando hacia la realidad sociopolítica del mundo tras el 11/S y los últimos coletazos de la Guerra Fría. La conjunción de un “reparto” internacional, una ambientación barcelonesa –cosmopolita, dentro de un orden–, y alusiones continuas a la geopolítica anterior y posterior al 2001 nos podría hacer colegir aceleradamente que estamos ante una novela global, pero no creo que sea así, y si puedo lo explicaré después. No quiero desviarme de lo esencial, la arriba citada línea psicosocial que une las particulares faltas de ajuste entre los tres personajes principales y su existencia, y la situación del mundo en estado permanente de Guerra Fría:

Contra lo que suele decirse, la Guerra Fría sí fue una contienda directa, sí tuvo lugar. Se lanzaron los misiles, fue una guerra que se libró día a día, en la mente de todos los habitantes del planeta. La Guerra Fría fue la guerra de la ansiedad. Se vivía con una horrible sensación de inminencia a la que todos acabaron por acostumbrarse. La tensión se hizo consustancial al paso del tiempo, como una especie de ruido de fondo imprescindible. (p. 237).

En esta tesitura, el estiramiento de la guerra fría provoca una situación psicológica de Zungwang, figura ajedrecística que representa el instante donde el siguiente movimiento, sea cual sea, conduce al desastre. La novela representa muy bien esa tensión ante la situación estanca, esa expectación nerviosa ante la aparición del accidente, tema al que tanto discursiva como narrativamente esta novela debe algunos de sus mejores momentos –que no son pocos, por cierto–. La mención al ruido de fondo, en un párrafo muy de Don DeLillo, no es casual, como tampoco lo son otros homenajes ocultos y parodias veladas a figuras del pensamiento y la literatura actuales. La familia disfuncional estadounidense de la que proviene Dona lleva Munro por apellido; una elección nada casual, pues ese tipo de familias es uno de los temas favoritos de la escritora Alice Munro. El efectista arquitecto esloveno Slavoj Apeyron es un trasunto del filósofo esloveno Slavoj Zizek, del que Trejo ofrece una visión no demasiado positiva. Los otros tributos espigados (Franzen, DeLillo, y otros narradores norteamericanos) son más episódicos y superficiales.

Si tuviera que buscar un narrador español a quien se parezca Trejo, elegiría sin duda a Germán Sierra, aunque Sierra es más directo y menos moroso que Trejo, quien podría quizá haber reducido algunas páginas, historias o explicaciones, que tienden al abundamiento o al innecesario detallismo. Tiene razón el autor cuando explica que “las acciones simbólicas, del signo que sean, no requieren repetición” (p. 158), pero luego contradice su propio aserto repitiendo menciones a símbolos (el trozo de esmalte de uña en la formica, los pechos como femeninos como núcleo psicológico, etc.), en un énfasis superfluo y gratuito. Es complicado saber qué es necesario y qué no en la novela, un género predispuesto a la derrota, el exceso y la “odiosa deliberación” (Borges), pero no por ello sería impertinente preguntarnos, por ejemplo, qué añade la página 182 a El fin de la guerra fría.

Decía antes que, a pesar de las apariencias, El fin de la Guerra Fría no es una novela global. Creo que, en realidad, es una novela bastante postcatalana, entendiendo este extraño neologismo como aquel modelo de construcción narrativa que, tomando como eje narrativo la ciudad de Barcelona, intenta insertarse en una tradición posmoderna que considera la urbe como lugar inseparable del concepto de sujeto contemporáneo y, en parte, como explicadora de algunos aspectos psicológicos del mismo
[1]. De esta forma la novela de Trejo se emparentaría con algunas líneas narrativas de Javier Calvo o del desaparecido Francisco Casavella, que dejan atrás la concepción de Barcelona como espacio al que llegar (característica de autores como Rodoreda, Marsé o Mendoza) para construir una tradición para la cual Barcelona es un (magnífico) lugar del que partir, mirando a otras partes del mundo (especialmente, pero no sólo, a Estados Unidos), o mirando el mundo bajo una forma nueva, como la del videojuego (véase la novela postcatalana de Gabi Martínez, Ático, o el relato de Robert Juan-Cantavella “Barcelona Arcade” en la antología Odio Barcelona, Melusina, 2008). Eloy Fernández Porta señalaba otro ejemplo cuando, hablando del relato de Quim Monzó “Dos ramos de rosas”, escribía sobre él que poseía dos modos degradados de entender la cultura, y que “esos modos no se circunscriben a una localidad catalana, sino que están a la vez en la mentalidad del ciudadano y en todas partes”[2]. La narrativa tardocatalana sería más bien endógena, siendo más exógena la postcatalana; más realista aquélla y más simbólica ésta. Si me permiten la broma, aquéllos escriben Barcelona y éstos Barna. Como la mitad de la narrativa española está hecha por catalanes o por escritores que viven en Barcelona, supongo que este será un juicio muy cuestionado, pero desde fuera de la Ciudad Condal se ven claras algunas líneas de fuga.

Como ven, El fin de la Guerra Fría da para mucho, algo muy poco frecuente tratándose de una primera novela. La edad del autor y su madurez lectora han ayudado a que sea una primera obra tardía y bien sopesada, de la que deberíamos destacar, ante todo, su solidez narrativa. Es la de Trejo una novela llena de hallazgos, como la emocionante escena final, la recreación de una familia burguesa típica tan fría como engrasada, la descripción de una arquitectura de camuflaje (p. 92), o la síntesis de nuestra época como una mezcla de velocidad y deslizamiento que impide los lazos simbólicos de unión duraderos (p. 255). En resumen, un libro ambicioso, ameno, bien escrito e inteligente, que se ha ganado el derecho a ser considerado como uno de los debuts narrativos más rotundos e inapelables de la novela última en castellano.

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Nota.
[1] Sobre este tema abundo en mi tesis doctoral, a la que me remito cuando aparezca. Léase este párrafo de Trejo: “resultó curioso que el eje central de su discurso fuese la idea de que la ciudad era en la actualidad la unidad mínima para pensar en el sujeto y la identidad”; Juan Trejo, El fin de la guerra fría; La otra orilla, Barcelona, 2008, p. 87. Y véase el interesante proyecto digital de Javier Calvo, http://www.riosperdidos.com/, que se presenta como una “vindicación de los lugares sagrados de Barcelona”.
[2] Eloy Fernández Porta, Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop; Anagrama, Barcelona, 2008, pp. 259-60. El subrayado es del autor.

sábado, 6 de octubre de 2007

Firma digital invitada: Martín Rodríguez Gaona

Como alguien reclamaba en los comentarios volver a tratar de temas referentes a Posmodernidad, cuelgo este texto de Martín Rodríguez Gaona, que siempre ha sido uno de los visitantes asiduos de la página.

Martín Rodríguez-Gaona (Lima, 1969) ha publicado los excelentes poemarios Efectos personales (Ediciones de Los Lunes, 1993), Pista de baile (El Santo Oficio, 1997) y Parque infantil (Pre-Textos, 2005), y ha vivido en Perú, Estados Unidos y España. Tiene un Master in Arts en Romance Languages por la Bowling Green University y ha sido becario y coordinador de la Residencia de Estudiantes de Madrid.



EN TORNO A LA POSMODERNIDAD Y LA MUERTE DEL POSMODERNISMO


Nada ha cambiado en las calles, ni en las universidades ni en los televisores. Una generación se viste de acuerdo a las recomendaciones del Corte Inglés, otra incrementa su colección de manga o hentai, e insiste en depurar su clínica ironía –o el buen rollo-, mientras come kebabs y, con un ipod, huye del fútbol y la prensa del corazón. Nadie sabe qué pensar frente a los sucesos que se repiten hace ya varios años: incendios petroleros o forestales, escándalos inmobiliarios, despidos intempestivos y trepidantes viajes en yates y pateras. En los cursos de verano se celebra el aniversario de un gran poeta, muerto en extrañas circunstancias. Los partidos políticos preparan sus baterías para discutir, en los noticiarios, por lo que esté más a tiro.

De alguna manera, los ciudadanos de a pie constatan, día a día -pese a que el concepto rara vez se haga explícito- que la posmodernidad es un hecho. Los egresados de empresariales buscan un posible destino para becas en comercio exterior: hay que elegir entre Eslovenia y Marruecos, Bélgica o China. En Lavapiés, la solución al casticismo y al problema de la inmigración resulta espontánea: en las fiestas de la Paloma niñas ecuatorianas bailan en trajes goyescos. El posmodernismo puede ser definido también como la conciliación de la decoración minimalista y el jardín zen, sumando algunas velas aromáticas, según la tienda favorita de la treintañera becaria, que ha descubierto hace poco que Gwyneth Paltrow tiene una película sobre Sylvia Plath, ´poeta suicida inglesa´. En internet los escritores emergentes conversan y conspiran, muestran su fascinación por Foucault, Lacan y Baudrillard, y comentan acaloradamente las desventuras y los aciertos en las novelas de Douglas Coupland y Bret Easton Ellis, proponiendo también, mediante largos intercambios, nombres y taxonomías para evaluar sus propias propuestas... pero, pese a todo, no hay optimismo. No hay respuestas, salvo la constatación de una crisis: conviviendo en la mutación de la cultura en las sociedades postindustriales.

La posmodernidad, como fenómeno social, parece cada vez más desligada de los discursos y las propuestas estéticas que se asociaron con el posmodernismo, nombre que cobijó a la mayoría de las producciones que, en cinco continentes, han sido determinantes para las artes, la literatura y la cultura popular de los últimos años. La brecha entre la vida cotidiana, en cualquier rincón del planeta, y las aproximaciones teóricas para comprender los cambios de sensibilidad sufridos en un frenético fin de siglo, parece ser insalvable. Un sentido de agotamiento se suma al de futilidad, y no es simplemente una cuestión de tono lo que separa el escepticismo inicial -que se propuso como emblema generacional a inicios de los noventa- de la sensación de impotencia que impregna la creatividad o la cotidianidad de todos aquellos que hoy deciden no desempeñarse en función del reconocimiento o del éxito comercial más inmediato y masivo.

Un aspecto peligroso del debate posmoderno ha sido la homogenización derivada de un discurso relativizado -tanto ética como estéticamente- surgido en torno a la indeterminación y la diferencia. Un relativismo muy sugerente que ha significado una gran libertad creativa, forjando un clima propicio para la experimentación, la integración de las artes y la exploración de nuevos medios y protagonistas. Sin embargo, esta diversidad que a veces es notable por su energía, abiertamente reconoce una inevitable dependencia de la sociedad de consumo, lo que ha terminado por marcar la producción artística de las últimas décadas de un peculiar determinismo de mercado.

Pese a que el discurso posmoderno ofrece algunos espacios para la resistencia -lo que en sus versiones más masivas se concede como el predominio de lo políticamente correcto y la representatividad por cuotas, la tolerancia y la curiosidad frente a lo lejano, lo ajeno- el escaso calado de esas disidencias -incluso en la articulación de asociaciones culturales o colectivos- no hace sino más visible el clima general de escepticismo, trivialidad y apatía derivado de un relativismo moral por completo afín al liberalismo económico. Parece evidente que dichas loables alternativas, en términos prácticos y en su estado actual, no sólo han sido insuficientes, sino que han contribuido involuntariamente a consolidar un escenario cada vez más enrarecido.

Hasta hace poco se podía pensar que en la pugna entre una concepción del mundo que acababa y otra que estaba en marcha, el balance para la segunda no era del todo negativo. Las críticas a la modernidad y al proyecto ilustrado eran ciertas: dos guerras mundiales, la insatisfacción de las sociedades desarrolladas y el hambre en el Tercer Mundo lo demostraban sin lugar a dudas. Pero la contundencia de los hechos -la violencia militar surgida a partir de la caída de las Torres Gemelas- ha cambiado definitivamente este panorama. Con sus múltiples facetas, muchas aún sugerentes e imprescindibles para interpretar los cambios en un escenario globalizado, el posmodernismo filosófico y sus proyecciones artísticas facilitaron también una vía al pensamiento único: el de un nuevo fundamentalismo, el económico.

APUNTES SOBRE UNA DESAPARICIÓN ANUNCIADA

Dentro de la mentalidad capitalista, los objetos, los individuos y las ideas dejan de existir simplemente cuando no brindan más beneficios. El posmodernismo, desde el año 2002 aproximadamente, ha dejado de ser útil: su misión está cumplida, dentro de la agenda cultural del capitalismo tardío. El cuestionamiento posmoderno de la razón instrumental significó, antes que cualquier aportación estilística, crítica o liberadora, la instrumentalización de la teoría en beneficio del Nuevo Orden Mundial.
Nadie se sorprenda de no recordar propuestas abiertamente totalitarias u oscuras (más allá del sensacionalismo de Baudrillard, las provocaciones nihilistas de Foucault o la impudicia de Fukuyama), pues la función del posmodernismo ha sido tan sutil como efectiva, dentro de lo que podría denominarse como una política de desinformación global. Curiosamente, aquel momento en el que la eficacia pragmática legitima el conocimiento aplicado (sea en los manuales técnicos, el libro de autoayuda o la literatura de entretenimiento) coincide con el del furor editorial y académico que internacionalizó el debate posmoderno. Así, el posmodernismo y el posestructuralismo, en la confusión de la pluralidad de sus discursos, nunca representaron un desafío y, más bien, fueron rentables e inocuos para la economía globalizada: producían un efecto sedante similar al de la televisión, en una versión dirigida a un público minoritario y más imaginativamente sensible. El posmodernismo siempre tuvo el atractivo de lo inasible, dentro y fuera de las universidades, y supo proporcionar un rasgo de distinción, un signo diferenciador, tan necesario para la reivindicación simbólica de las clases medias. Y esto se puede percibir de igual forma en sus versiones audiovisuales o académicas como al visitar un museo o un restaurante de diseño.

El posmodernismo, ya se sabe, fue el reino de la paradoja, el pastiche, la ironía y el fluir libre de significantes y significados. Aunque en su proyecto se pretendía potenciar la importancia de lo concreto frente a lo abstracto, de lo local frente a lo universal, emancipando así al cuerpo de ataduras y convencionalismos históricos o morales, en la práctica muchos de sus autores potenciaron un tipo de alienación tan poderosa, tan cerebral, que la realidad misma terminó siendo un asunto irrelevante. Los poetas del posmodernismo -Foucault y Baudrillard, pero también Derrida o Lacan- son forjadores de nuevos grandes relatos que se impusieron por su poder de sugerencia, por sus habilidades para fundar nuevos mitos, repitiendo los patrones de dominación (relaciones centro-periferia) que supuestamente criticaban: un discurso articulado desde puntos privilegiados de las sociedades avanzadas, pero que buscaba proyección en escenarios globales.

Es cierto que las críticas y las refutaciones al posmodernismo han sido paralelas a su crecimiento -desde las advertencias del propio Frederic Jameson y el abierto rechazo de Jurgen Habermas, hasta su poco entusiasta calado en las pensadoras feministas o, ya en otro plano, el activismo cívico global de Noam Chomsky- pero lo que escasamente se ha señalado es que toda la producción intelectual de finales del siglo XX ha sido canalizada hacia la consolidación de un debate tan atractivo como interminable, cuya finalidad puede haber sido distraer o despolitizar a aquellos sectores aún renuentes a una seducción por el consumo. Si esto es meramente una hipótesis, al menos una prueba de la futilidad del debate sería el aún persistente uso del término moderno, en la vida cotidiana, para referirse a algo positivo, nuevo o recientemente elaborado, o aquellos ciudadanos que, de otra parte, reconociéndose en signos y prácticas posmodernas, difícilmente logran atisbar una definición del concepto.

Recordemos que en una apropiación típica del capitalismo, las universidades estadounidenses han tenido participación activa en este proceso. Centros de estudios como Cornell, Yale y Columbia acogieron a Paul De Man, Jacques Derrida y Gayatri Spivak, quienes contribuyeron a la metamorfosis del discurso posestructuralista y su posterior aplicación en el multiculturalismo, en búsqueda de un bálsamo para el contexto social estadounidense, en crisis desde los años sesenta. Logrando apaciguar a las minorías, manteniéndolas en compartimentos incomunicados, y además proporcionando identidades diferenciadas y rentables para el mercado, el remedio parecía contentar a todos. Ese atractivo fue rápidamente potenciado por los medios de comunicación, que a través de la música y el cine irradiaron los productos que la nueva sensibilidad proponía a nivel planetario. Y la potencia, y la legitimidad del discurso se seguía construyendo, con el invalorable apoyo de los intelectuales del Tercer Mundo, sin otra opción laboral que la Academia estadounidense, quienes finalmente se encargarían de propagar el discurso en sus zonas de influencia.

A pesar de gestos concretos, como la confrontación entre Derrida y Fukuyama -cuando la prédica neoliberal de este último no mostraba aún indicios de mala conciencia-, el error de los pensadores posestructuralistas y posmodernos consistió en no aplicar sus teorías a un debate económico. Se comprende esto quizá por su rechazo al pensamiento marxista, agotado ciertamente en sus versiones dogmáticas, ortodoxas y cómplices de regímenes asesinos, pero tampoco ninguno de ellos intuyó, quizá porque pese a todo mantenían una visión eurocéntrica, la relevancia que la globalización tendría para su propio discurso. Una mundialización de los mercados y de la cultura que, ante todo, es un fenómeno de naturaleza económica y geopolítica, y que fue clave en la difusión y la institucionalización de sus ideas.

Es decir, una vez que Margaret Thatcher y Ronald Reagan imponen al consumo como el paradigma que resuelve un largo periodo de crisis, el posmodernismo se convierte en la ansiada alternativa, multifacética pero única, puesta a disposición tanto de quienes cedían a la tentación de los nuevos mercados –y sus innovadores lenguajes o tecnologías- como para aquellos que anhelaban un reciclaje ideológico tras la caída del muro. Así se popularizaron objetos e ideas de variados tamaños y colores, globalizando términos -tecnología digital, worldwideweb, diversidad, mestizaje, diferencia, alternativo, desaparición de las fronteras nacionales, etc.- pero siempre adaptándolos a los propósitos de la economía de mercado.

Otra forma de corroborar el fin de, al menos, esta fase ´desideologizada´ del posmodernismo ha sido su propio éxito como corriente o movimiento. El desgaste es claro desde la observación de la banalización de sus problemáticas y rasgos estilísticos, también ya asimilados y transformados en retórica. Pese a que, prácticamente por su propia concepción antihistoricista y antijerárquica, quizá nunca sea posible establecer un canon o una antología de obras posmodernas internacionales, parece indudable que las manifestaciones más influyentes del posmodernismo, en lo que respecta a difusión y consumo, valores supremos que reconoce el mercado, son dos documentos textualmente importantes y estéticamente insufribles como Matrix y El código Da Vinci: la hiperrealidad y la deconstrucción al alcance del instinto de las mayorías; distopías y conspiraciones comprensibles en todos los idiomas y culturas del planeta. Tarkovski y Eco, desde esta perspectiva, habrían sido homenajeados y al mismo tiempo superados en buena ley.

Sin embargo, el aspecto más grave del colapso del posmodernismo es el desvanecimiento de aquellos conceptos que se proponían como una alternativa socialmente practicable en sustitución a la ética esencialista y a la noción de ciudadanía del proyecto ilustrado. La acción militar occidental en Oriente Medio comprueba que la diferencia ha sido efectivamente diferida hasta que lleguen tiempos mejores, que el Otro insiste en devolvernos una imagen brutal de nosotros mismos, y que la resistencia no surge con éxito siempre que se ejerce el poder, sobre todo en enfrentamientos desproporcionados. Es decir, el neoconservadurismo en Estados Unidos ha decretado el fin de la tolerancia, por lo que el lenguaje de la legalidad internacional ha quedado sin referentes, y no sólo se debe asumir la monstruosidad de los hechos, sino la interpretación tendenciosa de los mismos, mediante la manipulación informativa construida por los medios de comunicación. Quizá nunca la ausencia de verdad haya sido más palpable. Algo que excede las arenas artísticas o políticas: las iglesias protestantes del país continente organizan actualmente seminarios con títulos como “Deseando a Dios en los tiempos posmodernos”.

Paradójicamente, desde una orilla completamente distinta, el desfase entre textos e imágenes y la realidad sensible, experimentado en pocos años sucesivamente en Madrid, París, Bagdad o Beirut, se va haciendo intolerable, y es evidente que no sólo son síntomas de dolor psíquico, miedo a la precariedad laboral, estrés o alienación. Las nuevas tecnologías y su aplicación cotidiana mediante bitácoras de texto e imagen van creando un flujo de opiniones en el que se percibe el malestar y la indignación globales. Es un fenómeno incipiente pero crucial, pues ha dinamizado tremendamente la distribución, que sigue siendo la raíz de la desigualdad en las transacciones capitalistas. Por el momento, uno de los debates más urgentes es el que busca mantener el libre acceso y la independencia de estos medios de expresión e intercambio (v.g. las plataformas free software y creative commons). Así, mientras la posmodernidad como fenómeno social es cada vez más cotidiana, en el uso individual de las tecnologías y en la interconexión comunicativa que difumina las fronteras nacionales, el posmodernismo, como discurso distanciado, irónico o celebratorio, en el mejor de los casos, agoniza.

No obstante, el reconocer las carencias del discurso posmoderno, desde la actual coyuntura, no significa la refutación o la negación de sus contribuciones. El posmodernismo introdujo la sospecha, la curiosidad y el contraste de perspectivas y, sobre todo, masificó estos cuestionamientos, antes circunscritos a especialistas científicos o políticos. Ahora probablemente sea el momento de darle un sentido a estos planteamientos, quizá en la forma de un nuevo humanismo que supere imposturas e intereses inmemoriales, y tenga una auténtica proyección global, democrática y participativa.

En esta línea de acción, las aportaciones filosóficas de pensadores como Lyotard, Deleuze y Derrida podrán ser aún valiosas pero -al igual que con los productos artísticos y mediáticos surgidos en su espectro discursivo- tras haber sido sometidas a una urgente revisión (al fin y al cabo, el término nunca tuvo el consenso de sus protagonistas). Existe, todo parece indicar, la necesidad y el espacio para un acercamiento más contextual -que supere tanto la ansiedad de la pertenencia histórica como la prepotencia del mercado- en el que ideas y técnicas innovadoras logren aprovecharse en la apertura de una etapa en que sea posible el anhelo y la articulación de identidades múltiples, locales y transnacionales. Una vía que incluya tanto el goce y la realización individual como la elección de responsabilidades cívicas.

Martín Rodríguez-Gaona.

miércoles, 24 de enero de 2007

LA PALMERA -VIRTUAL- DEL FONDO DE LA MENTE


(Blog original y más completo en http://vicenteluismora.bitacoras.com)


Javier Moreno
Cortes publicitarios; Devenir, Madrid, 2006


Para mí es un especial placer que este poemario aparezca en el blog. Por dos motivos: primero, porque me parece una exploración estética muy a las (saludables) afueras de lo que actualmente se está haciendo en la poesía contemporánea. Segundo, porque su autor siempre ha sido, desde los comienzos de este blog, uno de los más interesantes y combativos comentaristas. Eso sí: no revelaré el seudónimo con el que intervenía (él puede hacerlo, si lo desea).

Si hay un género difícil es la poesía de corte filosófico, siempre en el delgado límite entre la pedantería y el error metodológico, puesto que el poema, en sí mismo, es una indagación intuitiva, al modo en que razonaban –tan fructífera y estéticamente, al mismo tiempo– los pensadores presocráticos griegos. Sin embargo, hay contadas excepciones, casi siempre argentinas (Hugo Mújica, Girri, Juarroz), en que se salva el método y éste funciona. Al corto numeral hay que sumar el nombre de Javier Moreno, formado en diversas ramas del conocimiento, autor de una curiosa novela que acaba de aparecer, Hermogeníada (Asociación Cultural a la Deriva, Murcia, 2006) y otros títulos, tanto en prosa como en verso. Moreno ha llevado a cabo en Cortes publicitarios, su segundo libro de poemas, una curiosa reelaboración de materiales filosóficos, pasándolos por tamices en apariencia ajenos pero que, tras su síntesis, nos revelan insospechadas correspondencias. Por ejemplo, del mismo modo que muchos pensadores actuales, de Gómez Pin a José Luis Molinuevo, recurren al mito platónico de la caverna para explicar nuestras coordenadas de audiovisualidad global, Moreno se remonta a Aristóteles para rescatar una de sus sentencias memorables: la de que no es posible pensar sin imagen (De Anima, 428a 1-4), aunque “el original dice fantasma”, como completa, oportunamente, el poeta[1] (1). El rescate –y el regate filológico en corto– nos ofrece, por sí mismo, un infinito campo de posibilidades para explicar el simulacro estructural de imágenes y constructos de “realidad” paralela que nos acompaña.

En la órbita de pensadores como Subirats, rozando a veces el discurso irónico / icónico de un Baudrillard, Moreno desmonta nuestro sistema social de referencias culturales desde los artefactos económicos, publicitarios, ideológicos y tecnológicos en los que se parapetan sus firmezas fantasmáticas. Su poesía utiliza para ello un sistema que va más allá de los rizos y rizomas posmodernos, indagando en los propios rudimentos de la imagen como canal significativo, ahondando en la semiosis y estableciendo el discurso –poético y social; el presentado y el negado– como parte de la misma semiosfera lotmaniana. Disculpen este enjambre conceptual, pero con él intentamos vertebrar una explicación plausible del planteado por Moreno, mucho más profundo y menos superficial de lo que a primera vista puede parecer.


Lugar de esta lírica extraña

En los últimos tiempos están apareciendo ya algunos libros que entran de lleno en lo que llamaría literatura pangeica. La mayoría son poemarios, aunque hay algunos en prosa (Cero absoluto, de Javier Fernández, la reciente Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo -ambas aquí reseñadas-, la obra curiosísima y valiosa de Mercedes Cebrián). Esto es lógico porque los poetas van siempre por delante, en cuanto a la recepción de las novedades estéticas. Cortes publicitarios es un poemario audaz, lleno de hallazgos, que no aparecerá en los suplementos al uso porque me temo que algunos críticos no sabrían qué hacer con él, desde donde leerlo. Vamos a ver si nosotros somos capaces; puede ser interesante partir de uno de los poemas:


Himno a George Eastman

Todo empezó con
Daguerre o quizás aún antes
con Aristóteles metiendo su cabeza
en el
interior de una cámara oscura y aquella polémica
ocurrencia en su Acerca del
alma:
No es posible pensar sin imagen (el original dice fantasma)
Como
todo asunto de alquimia
fue necesario recurrir a Mercurio
(mediador
entre lo visible y lo invisible)
para positivar bigotes y vestidos de boda
en el fondo una fotografía es un espejo
que guarda un reflejo congelado
Su idea fue democratizar la imagen
sacarla de los santuarios y mostrar
que cualquier ser era digno
de ser fotografiado


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Mientras tanto el
celuloide
devino cadena de ceros y unos
y más ceros
quizás como
sugerencia
de que somos apenas
tangencias de la nada
Teuth enemigo
de Platón resultó
desbancado por Apolo quien
al igual que los flashes
nos hiere de lejos
Así la memoria
es sucesión de instantáneas
tomadas en museos, plazas y bares
junto a una inacabable
tarea de
montaje. El yo fructifica
desde entonces
a veinticuatro fotogramas por
segundo
-pongamos que el alma
sea inconsútil cruz de malta-
el resto
es morosa melancolía o por el contrario
cámara rápida de la épica
Tu
imagen ocupa exactamente 984 Kb
en este archivo. La calidad es excelente
y usando el zoom puedo aproximarme
a tu rostro
como cuando te besaba
dilatar el horizonte que dibujan tus párpados (ya
no se ve pero recuerdo
en tus labios una sonrisa)
hasta el negro abisal de la pupila
Y ahí
acaba todo
y empieza tu ausencia
desbordando píxels y pronombres

La imagen tiene un papel relevante no sólo en este poema, sino en todo el libro. Esto es algo consustancial a la literatura y a la cultura de Pangea, estructuralmente audiovisual. La parte sónica se confía, en lo literario, a la verbalidad de lo escrito, que sigue creando su música callada en nuestra mente; pero lo visual se incorpora de dos formas: la inclusión puntual de imágenes que desbordan el código ideográfico tradicional de la poesía (en este caso, la reproducción de un recuadro que a su vez reproduce una publicidad de la marca Kodak), en un juego de simulacros destinado a reproducir el efecto habitual de la iconosfera en nosotros. Moreno va más allá en su exploración intelectual, demonstrando que es un gran conocedor de los medios expresivos / represivos de la sociedad de la comunicación de masas:


Si quieres acabar con un símbolo
haz de él un millón de copias
Si quieres acabar con una palabra
repítela hasta convertirla en eslogan
Si quieres acabar con una idea
divúlgala a la hora de máxima audiencia
para que forme parte del menú de pizza
y alitas con salsa barbacoa


Para Moreno, la idea de “pensar sin imagen” es una hipótesis imposible, como expone en el interesante poema “Drácula (subtítulos)”, texto donde se opone a la teoría de Deleuze favorable a un pensamiento no visual. Como intentaremos demostrar en un texto que aparecerá este año, la mente contemporánea, sobre todo la de los nacidos con posterioridad a 1960, está formateada de tal modo por el aprendizaje audiovisual, que la posibilidad de “pensar” a base de mecanismos abstractos, sin imágenes por medio, es una simple utopía. Merece la pena recordar este párrafo, donde se explicita que ese formateo alcanza incluso a pensadores de generaciones muy anteriores a la nuestra:


No hay un solo dominio cultural que no haya sido transformado radicalmente por la progresiva implantación de sistemas tecnológicos. (…) Eugenio Trías confesaba también no hace mucho que el carácter cinematográfico de su estilo de escritura, corroborando que la mezcla de las artes ya ha alcanzado el propio ensayo filosófico.[2]
Por este motivo Moreno se alinea con la línea de teóricos que confían en las posibilidades de la imagen, aunque sea, como dice citando a Aristóteles en el poema antes transcrito, en su versión de phantasma. Es decir: lo importante no es, a juicio de Moreno, si la imagen que aparece en el pensamiento (me acuerdo ahora de aquel verso terminal de Wallace Stevens, “la palmera del fondo de la mente”) es verdadera; seguramente no lo sea, pero es el lugar del que partir. La elaboración epistemológica del pensar o del escribir, que radica en ella, sólo tiene que considerar la imposibilidad de su veridicción, en términos de Greimas: no podremos contrastarla pero, seguramente, eso ya no es necesario para que nuestro andamiaje se sostenga. Es una de las características de Pangea, como expongo en mi ensayo: la realidad pangeica es incomprobable; los medios de comunicación nos presentan una “imagen” que de ninguna manera podemos calificar como cierta o falsa, por no tener los medios tecnológicos necesarios para verificarla. Si interactuamos en un chat con varias personas, no tenemos forma alguna de asegurarnos de que su nombre es cierto, de cuál sea el nombre que puede haber detrás del nick o seudónimo elegido, por no decir la imposibilidad radical de contrastar si lo que dice sobre sí o sobre otros tiene algún viso de veracidad. Ni siquiera (y esto es lo que distinguiría Pangea de la Posmodernidad) es necesaria la verosimilitud, la apariencia de verdad, la presencia de datos “fiables”. Se ha dado un paso más: quien opera en chats no necesita la verdad ajena, porque no necesita la propia. El primero que se engaña a sí mismo es él; como demuestran todos los psicólogos que han hecho estudios con internautas, la posición del navegante que interactúa sentimental o afectivamente es la de un avatar, la de una máscara que oculta la mayoría de las partes rechazadas de su personalidad para crear otra, más atractiva a sus ojos, que desea que vean los otros, y ser reconocido por ella. Como decía el Zizek de Lacrimae rerum, es una proyección fantasiosa, fantasmática, donde volcar las ansiedades y dinamitar (virtual pero en parte satisfactoriamente) las represiones. Por eso son muy habituales los cambios de sexo en personalidades digitales. Es un modo rápido de cruzar una frontera aún difícil de salvar en la realidad cotidiana.

Si las personalidades son, siguiendo nuestro razonamiento, visuales, configuradas como avatares que permiten incluso elegir el “aspecto” virtual de un dibujo o figura que nos representa (en el correo de Yahoo esta opción es ya un hecho desde 2006), si nuestra identidad es, desde el DNI y hasta las fotos de nuestra web o blog, una imagen, ¿cómo no entender que el proceso de identificación está cambiando, que no tiene nada que ver con el moderno y cada vez menos con el posmoderno? El filósofo Eduardo Subirats ha entendido bien el papel de las nuevas tecnologías en la creación de identidad, algo también muy presente en la obra narrativa de Juan Francisco Ferré; para Subirats

Yo: ficción gramatical de una conciencia lingüística y mediáticamente programada. Yo = Otro: identidad impersonal electrónicamente construida como sujeto/objeto de la irrealidad de los medios. Nada permite la constitución de un sentido interior y exterior al flujo de imágenes que regula los ritmos muertos de su supervivencia.[3]

Moreno también lo ha entendido a la perfección: “pensar sin imagen es / renunciar al doble nuestro / de cada día / ése que monta en metro / y escucha sólo silencio / en la caracola del sueño / que trafaga y suda / buscando anagramas / de la palabra SENTIDO” (p. 50). Por eso, y en un giro magistral, termina el poema diciendo que pensar sin imagen nos procura una imagen vampírica, la de alguien que no puede verse en los espejos. Sin doble (digital, imaginístico, pangeico), ya no hay identidad. Somos dos: uno en la parte física de la existencia, otro en Pangea, cuando nos relacionamos a través de los medios de comunicación. Hasta en los últimos móviles aparece en pantalla la foto de quien nos llama, si cargamos su imagen en la tarjeta de memoria. Ojo a este refinamiento: el concepto pangeico de “memoria” es algo que sirve para cargar imágenes y vídeos. Unamos esa idea al argumento de la película La memoria de los muertos (Omar Naim, 2004), donde se nos presenta un futuro inmediato en que se puede recuperar la memoria de las personas muertas para hacer con ella montajes de su vida que los familiares ven en su funeral, como una película. ¿Ciencia ficción? En 2004 sí, pero en octubre de 2006 científicos de la universidad china de Tsinghua consiguieron desplazar objetos y llamar por teléfono utilizando la mente, previamente conectada con diodos al ordenador. En 2009 aparecerán los primeros modelos de robots capaces de tomar decisiones de forma libre, y el MIT de Massachussets lleva años trabajando en modelos de hologramas mentales de interacción. Esto no es futuro, sino presente; estos son los temas básicos que van a cambiar nuestro mundo en los próximos años, junto con la clonación y el estudio de las células madre, y me alegra infinitamente que haya poetas que se preocupen por estos temas, en vez de investigar sobre si la poesía es conocimiento o comunicación, o sobre el legado de Antonio Machado en nuestra lírica. Moreno está en otra cosa, dedica espléndidas odas a Tim Berners-Lee y el presente de Moreno (esto es, el contenido semántico de Cortes publicitarios), es la ciencia-ficción de muchos. En Pangea aludíamos al culto global a la velocidad, constituida como una nueva religión, donde la instantaneidad es la única posibilidad de salvación de los negocios, de la comunicación y de la tecnología. Escribe Moreno: “alcanza / la velocidad de las cosas / Mira la luz que intenta / darse a la fuga / y casi lo consigue / Huye tú también. Síguela / si puedes”. En otras palabras: mientras algunos PSC, Poetas Sobradamente Conocidos, publican ensayos sustentados en epistemologías del XIX, Moreno está recorriendo Pangea, observando la resolución en píxels de la palmera del fondo de la mente. Leyendo Cortes publicitarios puede asistirse a un cambio epistemológico en directo. El lenguaje poético en que toda esta construcción se vertebra, quizá en alguna ocasión demasiado prosaico, es menos importante que su sentido; la potencia semántica de Cortes publicitarios coloca a este poemario en un lugar extraño, central e inaugural dentro de nuestra poesía.



Notas
[1] Chantal Maillard, en su último dietario filosófico, escribe: “El caso es que desprendo al yo (…) del tema y cuelgo la imagen en la pared, formando galería con las demás (…) Una a una. Segrega. Se segregan. Vienen de la memoria, unas, otras se construyen al momento (phantasía, decían los griegos: representación; phantasmas: imágenes)”; Husos. Notas al margen; Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 43.
[2] F. Broncano, “La filosofía y la tecnología: una buena relación”, en Fernando Broncano (ed.), Nuevas meditaciones sobre la técnica; Trotta, Madrid, 1995, p. 10.
[3] E. Subirats, La existencia sitiada; Fineo, México, 2006, p. 22.




Comentarios
Estoy completamente de acuerdo con tu apreciación sobre este libro que también he leído con un deleite y emoción especiales, con la sensación de estar ante algo realmente nuevo, una puerta abierta. una sensación parecida a la que me produjo el "Joan FOnataine" que conocí a través de este blog y por lo cual le estoy agradecido para siempre. En lo que no puedo estar de acuerdo es en la crítica que hace del "prosaísmo" del libro. A mí no me parece en absoluto prosaico, no al menos si tenemos en cuenta que su lirismo no radica en la subletividad lírco-emocional tradicional sino en el concepto de ironía romántico y en un tono distanciado que es el que provoca la emoción al comprobar las conexiones de los diferentes lenguajes, mitos e imágenes que van surgiendo y revelándose unos a otros en un plano diferente al de su habitual expectativa de recepción. En cualquier caso, gracias por el trabajo de realizar estas críticas que siempre nos tienen al día de lo verdaderamente interesante en la selva de las novedades literarias
axlrose — 22-01-2007 11:13:32

Digamos, por seguir con lo que te escribía en otro post, que éste si me ha abierto el apetito lector. Muy sugerente la apuesta. Trataré de acercarme a él. Pero quería hacer una salvedad ( y espero no desvirtuarte el sentido del post). Ante todas esas realidades nuevas, todos esos estímulos, ¿qué otras respuestas poéticas se están dando? Respuestas o preguntas, claro. Quiero decir, desde otros postulados y corrientes poéticas, ¿ se está siendo receptivos a esta nueva realidad? Es una pregunta de un lector que no puede, ni de lejos, abarcar todo el mapa literario actual. Gracias. Espero con esto no desviar la intencionalidad de tu post.
enlejaniadesoles — 23-01-2007 12:51:54

Gracias por tus palabras, Axl. Bienvenido.
vicente luis mora — 23-01-2007 16:27:33

(Para enlejaniadesoles): bueno, la recepción, como dejo caer en la reseña, es bastante alicorta y parcial. El mundo digital se incorpora más bien como decorado, no como objeto de reflexión. Quiero decir que si hace diez años un poeta español escribía:"tu carta me ha dejado congeladocomo un amanecer en Samarkanda"(Atención: se advierte a los consumidores que este es un ejemplo de ficción, rodado por especialistas en circuito cerrado)el mismo vate ahora escribiría:"tu e-mail, que me ha dejado congeladocomo un amanecer en Samarkanda"Pero sin entrar a reflexionar, en ningún momento, sobre la enorme diferencia entre una cosa y otra: no es lo mismo, no requiere el mismo tiempo ni tiene la misma carga de premeditación y voluntad de duración permanente escribir un mail que una carta. Es un mero ejemplo. Si lo que me preguntas es quiénes se están preocupando por lo segundo, es decir; quiénes han decidido reflexionar sobre este tema o, más bien, incluir de cuando en cuando elementos de reflexión sobre el papel de las nuevas tecnologías, de los nuevos medios de comunicación, de la nueva economía, de la nueva percepción de la realidad, de la nueva situación mundial tras el surgimiento del terrorismo global, y un largo etcétera, la respuesta es fácil. Casi nadie.Por eso creo que, cuando alguien se toma esa molestia de pensar para y por los demás, sobre hechos que nos afectan a todos, merece cierta atención. Ello no conllevará, de modo inmediato, hacer buena poesía, pero sí denotará varias cosas:1) Una cierta forma de compromiso civil. 2) Una concepción ética de la poesía, como indagación capaz de preguntarse, y de preguntarnos, sobre lo que (nos) pasa.3) Un acercamiento a la preocupaciones reales de la gente, y aun a su cotidianeidad y experiencia personal diaria. Es decir: no más realidad, sino más "efecto de" realidad, más preocupación por elaborar un realismo no ingenuo.4) Hacer lo que hicieron, en su momento, la mayoría de los grandes poetas, caracterizados siempre (por decirlo con palabras de Santayana) por la honda preocupación por los temas sociales, científicos y psicológicos que angustiaban a su tiempo -y a ellos con él-.No sé si respondo, esta tarde estoy algo espeso. Otro día sigo. Saludos.
vicente luis mora — 23-01-2007 19:27:21

Sin intentar, como propones, más allá de Samarkanda, una mirada de mayor calado, se ve difícil una cierta forma de compromiso civil, sabiendo que "sin doble (digital, imaginístico, pangeico), ya no hay identidad" que valga. Dónde, claro, se podría añadir. Y hasta "cuándo" nos preguntamos lo que pasa.Antes hablabas del discurso irónico-icónico de Baudrillard.En su mayor parte considero que dicha ironía surge de la utilización de sus ideas por artistas postconceptuales americanos de los años ochenta. No sé qué opinas, su pensamiento postmoderno siempre tiene algo de elegíaco. Incluso el situacionismo, escalofriante por la misma razón, no dejaría de ser un avistamiento de un topos nuevo (el que los escritores que suelen aparecer por este tu blog llevan ya tiempo empezando a glosar)."El resto es morosa melancolía o por el contrario/cámara rápida de la épica"Gracias por tu trabajo. Saludos.
Liquid Sky — 24-01-2007 09:51:41