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jueves, 15 de octubre de 2009

Los lectores eligen a Juan Goytisolo como deseable Premio Cervantes

Bien, se ha cerrado la consulta, después de 16 días, y aquí están los resultados. Estas son las votaciones de los lectores de Diario de Lecturas, tras consultarles quién debería ser el próximo Premio Cervantes:

1. Juan Goytisolo: 86 votos.
2. Rafael Cadenas: 51 votos.
3. José Manuel Caballero Bonald: 49 votos.
4. César Aira: 48 votos.
5. Carlos Edmundo de Ory: 47 votos.
6. Pere Gimferrer: 45 votos.

A más distancia quedan Tomás Segovia, con 35, y Fernando Vallejo, con 31. De los candidatos propuestos por los lectores, el más votado ha sido, sorprendentemente, el canario Isaac de Vega, un autor muy poco conocido fuera de las islas, con 36 menciones. Después, Nicanor Parra con 25 votos y Leopoldo María Panero con 21.

Revelo ahora mis propios votos: primero voté, para probar el sistema, por todos los candidatos; después, ya seleccionando, voté por Goytisolo, Gimferrer y Eltit. Evidentemente, todos los candidatos que yo propuse tienen calidad, a mi juicio, para recibir el premio y lo merecen; sólo que considero que estos tres nombres son más premiables, por diversas circunstancias, no que sean necesariamente mejores que los otros. Por lo demás, sería muy complejo y polémico comparar a un poeta con un narrador, o establecer juicios de preferencia entre ambos. Ya es complicado y polémico hacerlo entre practicantes de las mismas artes; entre escritores cuyos géneros no se tocan hacerlo es introducirse en un jardín donde los senderos te ensartan.

Es difícil hacer una valoración de estos resultados, por varios motivos. Primero, porque desde la misma IP podía votarse varias veces, lo que altera la consulta. Segundo, porque no tengo acceso al origen geográfico de los votos, que hubiera contribuido a aclarar algo más las cosas. Tengo la impresión, por ejemplo, de que se ha votado mucho más desde España que desde Latinoamérica, por el hecho de que 4 de los 6 candidatos más votados son españoles, algo inconcebible si el grueso de los votantes fuera de este lado del Atlántico (el americano, desde donde escribo).

Sin embargo, no podemos obviar que, votando una o varias veces, cada voto supone un apoyo a un nombre. Por ese motivo, mientras podemos dudar razonablemente de si los lectores prefieren más a Cadenas, Caballero Bonald o Aira, separados por 3 minúsculos votos, no cabe duda de que había una actitud favorable y claramente mayoritaria hacia Juan Goytisolo. De los 455 votos totales, 86 han recaído sobre Goytisolo, lo que supone que uno de cada cinco votantes ha elegido al autor de Señas de identidad, solo o en compañía de otros.

Parece que los votantes han preferido también a los autores de más edad y de más obra, algo lógico, ya que aquí no se está votando –desde luego no era mi intención– al autor más valioso, al “mejor”, sino al que pueda reunir los difusos requerimientos que deberían acompañar al ganador del Premio Cervantes. No sé cuáles sean éstos en la práctica, pero sí sé cuáles deberían ser: el premiado debería ser una figura de larga trayectoria, conocida y respetada en todas las orillas del idioma; su obra debería ser representativa de un concepto elevado del idioma común (esto es: debería ser una obra caracterizada por el uso completo, complejo, problemático y ambicioso del castellano; una obra que aumente y mejore el idioma, como lo hizo la de Cervantes), debería ser una obra de gran o indiscutible calidad literaria, y debería suscitar el consenso de lectores, escritores, críticos y académicos de todos los países donde nuestra lengua se utiliza. Estoy seguro de que eso ocurre con todos y cada uno de los candidatos que yo postulaba; en los de los lectores, lamento decirlo, ocurre en muy pocos casos, porque se han postulado muchos autores que son demasiado jóvenes o de obra aún escasa como para tener la condición de “premiables”. El Cervantes premia a una trayectoria, no a un proyecto inconcluso de trayectoria. También se han postulado otros nombres que me parecen de escasa calidad o simplemente ridículos, aunque no me apetece destacarlos.

No voy a hurtar un factor que a mí mismo me parece polémico, como es el de la inclusión –me extraña que no se haya producido debate sobre esto– de Gimferrer en la primera lista. Polémico no por el hecho de que no sea un escritor extraordinario, sino porque (buena) parte de su obra esté escrita en catalán. Puse su nombre casi sin pensar, de modo inconsciente, porque me parece un escritor hispanoamericano o hispánico indiscutible, en el sentido de “nacido en un Estado donde el castellano es lengua oficial”. Hasta una semana después no caí en la cuenta de que el Cervantes juzga obra realizada sólo en castellano. Pensamos los españoles en Gimferrer como en una figura única, cuando en realidad es un escritor de lengua doble, o esquizofrénica, o dos escritores. Yo le he leído en español, en catalán y en catalán traducido al castellano, y para mí es una figura sola, pero eso no tiene por qué ser así para los lectores del otro lado (este) del océano. Ignoro asimismo qué recepción han tenido las obras de Gimferrer en Latinoamérica; no sé si es un poeta conocido o no, supongo y espero que sí, ya sea su indispensable obra en castellano o la muy importante en catalán. A mi juicio, la obra en castellano de Gimferrer es más que suficiente para postularle al Cervantes, como en su momento la catalana pareció ser suficiente para convertirle en un serio candidato al Premio Nobel. Creo que el mayor premio de Gimferrer es ése, la rotunda necesidad de su existencia, la imposibilidad de “olvidarle” o de no tenerle en cuenta. El hecho de que sus últimas obras hayan sido controvertidas no es óbice para hacer como si la inmensa mayoría de su producción no existiera y fuera incontrovertible.

Para terminar, mi valoración sobre el resultado final, que coincide además con uno de mis votos, es obviamente favorable. Goytisolo es un autor que merece, desde cualquier punto de vista, este galardón. Sus posiciones políticas, ideológicas, religiosas, las críticas a su patria de origen, su personalidad, sus gustos estéticos, su extraterritorialidad o cualquier otro factor externo a la literatura no deberían ser tenidos en cuenta para nada; menos aún para la concesión de un premio literario. En España tenemos la detestable costumbre de juzgar la obra literaria por lo bien o mal que nos cae su autor, o por sus posiciones ideológicas o sociales. A Goytisolo, a la hora de valorarle como escritor, hay que atenerse a sus libros, a su trayectoria. Y pocas obras literarias hispanoamericanas han tenido la buena valoración universal que la suya ha tenido durante décadas. Esto es lo único que puede y debe contar.

Ahora sólo queda por saber qué decide el jurado.


viernes, 17 de julio de 2009

Notas sobre libros nuevos

Juan Bonilla
Tanta gente sola; Seix Barral, Barcelona, 2009

Hace muchos años, cuando Juan Bonilla aún se definía a sí mismo como “terrorista literario” (bueno, la definición era de don Ricardo Gullón pero a Bonilla le encantaba repetirla, fingiendo sentirse disgustado con el adjetivo), escribió un artículo para la revista Clarín (nº 1, enero-febrero de 1996), en el que, haciendo un interesante panorama de la narrativa española de entonces, manifestaba su preocupación por la falta de creatividad estructural y, sobre todo, por la generalizada carencia de imaginación argumental de nuestros prosistas (con las consabidas excepciones). Hay que reconocer que Bonilla queda fuera de esa lacra, ya que cada libro nuevo de relatos es una asombrosa colección de imaginativos sucesos (algunos, quizá, basados “en hechos reales”) que mantienen interesado, cómplice, divertido y reflexivo al lector. En Tanta gente sola (2009) Bonilla vuelve a mezclar literatura y vida (él fue uno de los primeros autores que utilizó sistemáticamente la autoficción, desde 1993 por lo menos, en Veinticinco años de éxitos), si bien en este libro de cuentos propone algo que está más allá de los márgenes habituales de las relaciones literatura y vida: una literatura dirigida a afectar la vida. En cierto momento escribe: “Recomiendo encendidamente a todos los profesores de Literatura de primer ciclo que utilicen este experimento para enseñar bien pronto a sus alumnos cuál es la literatura perniciosa que bajo ningún concepto deben consumir: aquélla que se complace en hacernos creer una cosa alza como si contara con que nosotros no vamos a ponernos a comprobar si lo que nos cuenta es cierto o no. Aquella que se conforma con ser literatura y está incapacitada para ser vida”
[1]. Por lo tanto, la “Metaliteratura”, título del relato que acoge esta variante, está destinada a ser precisamente ese más allá que su etimología denuncia.

Tanta gente sola acoge excelentes cuentos sobre televisión (uno de los géneros preferidos del autor es el telerrelato: rara es su recopilación de cuentos donde no hay uno ambientado en el mundo de la televisión), sobre la multiplicidad subjetiva (“Fregoli”), sobre la ambición de lograr récord Guinness, o sobre la disolución en Internet (“Alma cargada por el diablo”). Hay un sentido homenaje a Perec y una tremenda originalidad argumental, que hace a este libro, como a cualquiera de los libros de relatos de Bonilla, una novedad más que recomendable.



Javier Vela, Imaginario; Visor, Madrid, 2009

Si tuviera que exponer plásticamente los problemas que tienen algunos poetas contemporáneos para situar su estética, intentando asimilar los nuevos tiempos sin renunciar a la tradición heredada, quizá pocos libros como Imaginario sean tan significativos. A lo largo de todo el poemario de Javier Vela (Madrid, 1981) es detectable la tensión entre modernismo y posmodernismo, entre la clasicidad y la intención de romper los odres viejos. Con momentos muy interesantes (aquellos en que desborda) y otros más retóricos (aquellos lastrados por la contención y el excesivo seguidismo), Imaginario guarda algún poema excelente, como este “Europa después de la lluvia”, donde la imaginería posmoderna –el poema es un homenaje a J. G. Ballard– lucha contra el natural clasicismo del autor. Obsérvense como los dos temerosos versos finales casi matan el poema de anacronismo, aunque las estrofas intermedias lo salvan:


EUROPA DESPUÉS DE LA LLUVIA

Imágenes del siglo
en que nací.

Cuadro de la fingida
catástrofe del mundo.

La broma posmoderna
del plutonio
transfigurado en hongo nuclear.

¿Hace el soldado gárgaras
de sangre?

Hay
fuego en el agua
negra: la marea
arrastra peces muertos
y neumáticos.

Pongámonos románticos
por una –última– vez.

Se apaga un sol de fósforo
contra el televisor
y llega la esperada parusía,
bum:

una explosión de luz
en el vacío
nocturno de los días sin mañana.


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Bernard Beckett, Génesis; Salamandra, Barcelona, 2009

Pese a ser algo débil como distopía –la novela podría pasar como versión intelectualizada de Matrix o Terminator–, Génesis es un interesante y ameno libro sobre los límites de la inteligencia humana y la inteligencia artificial. Beckett (Nueva Zelanda, 1967) demuestra en esta obra situada en un futuro lejano habilidad y capacidad de instruir deleitando, como decían los antiguos. Aunque al final descubrimos la condición, hábilmente escondida, de thriller de la obra, Génesis puede ser leída también como reformulación del diálogo platónico, donde las conversaciones entre los personajes van creando un mundo y dándole sentido al mismo tiempo. Algunas partes pueden hacerse lentas y espesas, pero merece la pena llegar al estupendo final y demostrar cómo hemos sido engañados por la inteligente máquina del libro.


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Jesús Ge, Crónica del incendio. Colección Manuales de instrucciones, nº 4. Edita: Fundación Inquietudes, Madrid, 2009.

La Fundación Inquietudes está publicando unas pequeñas plaquettes desplegables que merecen ser al menos mencionadas. Han publicado una antología de tres poetas argentinos, otra de varios poetas jóvenes italianos (con algún descubrimiento precioso), dos dedicadas a Eduardo Milán, una de poemas de Miguel Ángel Curiel y esos “antihaikus” de Jesús Ge (Madrid, 1972). Entre estos irreverentes y tremendistas haikus podemos encontrar algunas piezas devastadoras:

un móvil suena
entre los amasijos
del tren en llamas



llega la carta
a casa del soldado
después del cuerpo



amanecer
sigue gimiendo el perro
sobre el anciano


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J. M. Caballero Bonald, La noche no tiene paredes; Seix Barral, Barcelona, 2009.

Me dejó un poco frío, ya lo dije aquí en su momento, Manual de infractores (2005). Me extrañaba la apuesta estética de aquel poemario, contaminado por completo por su carga de crítica social y de indignación, que a mi juicio había postergado el continente a favor del contenido. Sin embargo, La noche no tiene paredes nos devuelve momentos del mejor Caballero Bonald, porque nos trae de nuevo al amante del Barroco. La Epístola moral a Fabio, el Lope de El caballero de Olmedo, el Fray Luis de la Oda a la vida retirada, la Guía espiritual de Miguel de Molinos y un largo etcétera de textos esenciales caminan por estas páginas, más o menos embozados o disfrazados en sus paños áureos. Apuntes próximos a la indignación del poemario anterior se mezclan con piezas estoicas, senequistas, donde el poeta gaditano recupera lo mejor de la tradición a la que más debe. Me gustó mucho una frase suya de Copias del natural (1999), en la que sentenciaba que “lo que no es barroco, es periodismo”. En cierta manera (pero es su maniera) eso es verdad, y el periodismo irritado de Manual de infractores ha dejado paso a este poemario duro, brillante, rocoso, heterogéneo, epicúreo en lo nocturno y estoico en lo diurno, punzante, quietista en su vertiente contemplativa, áspero, crespo, puntualmente bronco, delicado como una flor espinosa, variado como las Flores de Espinosa, terso como un erizo, tremendista, barroco y donde reconocemos destellos del autor de Descrédito del héroe (1977) y Laberinto de fortuna (1984), dos de los mejores poemarios escritos en castellano del siglo XX.


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Notas
[1] Juan Bonilla, “Metaliteratura”, Tanta gente sola; Seix Barral, Barcelona, 2009, p. 119.