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lunes, 20 de enero de 2014

Llera Bonilla López Bringhurst Dobry





José Antonio Llera, Transporte de animales vivos; Aristas Martínez, Badajoz, 2013. Cuando me asomé hace tiempo al ensayo de José Antonio Llera Rostros de la locura. Cervantes, Goya, Wiseman (Abada, 2012), me sorprendió esta frase de la primera página: “Los ojos furiosos de Medea en el óleo de Delacroix brillan más afilados que la daga que empuña”. En aquel momento pensé que la frase parecía un verso, y la impresión se corrobora hoy tras leer este poemario de Llera, cuajado también de brillantes imágenes en prosa. La obra de Llera, que es muy personal pero a la vez recuerda a prosas hipnóticas como las de los Tres poemas de Ashbery o el Libro de los venenos de Gamoneda, tiene un potente lado salmódico que hunde sus raíces en el inconsciente, aunque sin caer en lo onírico más que en momentos muy puntuales (“Sueño”, p. 63). Es una poesía impura, donde referencias a clásicos de la literatura en varias lenguas (Llera es profesor de Literatura Comparada) se mezclan con plásticos y cámaras de fotos, en una mezcla afterpop que, no obstante, tiene más tensión hacia el sublime estético que hacia lo popular, sin olvidarlo: “Estás aturdido, poeta. Para no desplomarte apoyas el cuerpo en los contenedores y acaricias las pérgolas de acero. / Si la Verdad te ignora como esa dama a quien quieres tocar los pechos en las verbenas, si la naranja metafísica se convierte en zanahoria y tu sueño trafica con el plomo, prepara el torniquete o mézclate entre la multitud que espera su turno en el photo-call” (pp. 46-47).

Juan Bonilla, Una manada de ñus; Pre-Textos, Valencia, 2013. Nuevo volumen de los relatos de Juan Bonilla (Jerez, 1966), uno de los escritores españoles mejor dotados para el género. A diferencia de otros títulos del autor en que los relatos eran más independientes, Una manada de ñus muestra cierta cohencia interior: todos los cuentos están ubicados en un eje temporal próximo al de la infancia y adolescencia de Bonilla, y a su entorno geográfico (Jerez de la Frontera, Cádiz), lo que unido a la nomenclatura de de los distintos narradores parece indicar que Bonilla ha regresado a la autoficción. Decimos “regresado” porque Bonilla lleva utilizándola desde hace 20 años, desde la aparición de su primer libro de prosas, Veinticinco años de éxitos (La Carbonería,1993), y si bien la autoficción es hoy en día una plaga en las letras españolas, hay que recordar que Bonilla fue uno de sus primeros y más habituales practicantes. En consecuencia, su uso no responde a las modas sino a una coherencia estética sostenida durante dos décadas, pues también la ha utilizado en otros libros intermedios. De hecho, Una manada de ñus puede ser, a mi juicio –y conozco la bien la obra del jerezano– el libro más autobiográfico y “confesional” de Bonilla, algo extraño en alguien que ha utilizado el género autoficcional para esconder más que para mostrar la anécdota biográfica real. A destacar los relatos “Cuidados paliativos”, “El sol de Andalucía embotellado” y “Justicia poética”; en este último se hace un ingenioso rescate (y una justa vindicación) del poeta José María Fonollosa.

La estética de Edgardo Dobry muestra en Contratiempo (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013), algunos puntos comunes con los expuestos arriba para Llera: erudición mezclada con referencias cotidianas, incluso chocarreras, como los titulares de un diario deportivo, sabia mezcla alto/bajo/cultural, menciones a otras lenguas (de las que Dobry es traductor profesional), etcétera. La poética de Dobry, una de las más interesantes de la actualidad, como ya dijimos en este mismo blog (aquí y aquí), ha pasado de cierto intelectualismo sustentado en el extrañamiento metafísico a un “extrañamiento próximo”, lo que significa que el personaje muestra su perplejidad ante todo lo que le rodea y se ampara parcialmente en la cultura para orientarse, sin conseguirlo. A pesar de esa evolución, señalada también por Raúl Zurita en la contraportada, hay líneas o afinidades entre las dos estéticas, como es natural: “era toda nuestra mitología / en una ciudad sin más historia / que una decrépita promesa de futuro” (El lago de los botes, 2005); “Bronceado de mitología / vuelve de la biblioteca // y ahora sabe que se puede / caer al cielo como a un pozo” (Contratiempo, p. 23). Y una preocupación objetual que ya estaba en poemarios anteriores (“Las cosas / escuchan, cuántas veces lo habré dicho”, p. 90). El resultado es un poemario nervioso, que reproduce los contratiempos vitales con contrapuntos antisublimes; un libro a ratos punzante cuya lectura no deja indiferente al lector.

Como aire fresco y saludable novedad en el mundo del relato breve podemos definir Los monos insomnes (Chiado Editorial, 2013), de José Óscar López (Murcia, 1973). Imaginación disparatada, desparpajo narrativo, humor y apuntes líricos, detalles de ingenio y finura expresiva coinciden en estos cuentos disímiles, extraños, donde perlas de poesía y brochazos sexuales, ciencia ficción y realismo descarnado conviven sin ningún problema, unidos por la singular mirada de su autor. Si “John Holmes y el nuevo mundo” puede recordar a “Johana Silvestri” de Bolaño (Llamadas telefónicas), “Variaciones del fin del mundo” nos trae a la memoria Ruido de fondo de Don DeLillo, y el extraordinario relato “El universo es un jardín a nuestro paso”, pleno de imágenes memorables, puede resucitar al mejor Stanislaw Lem. Un volumen desconcertante, con alguna caída (“El mal, la brevedad”), pero que el lector lamenta terminar, porque pocos autores como López tan indicados para llevarle a uno a lugares que no imaginaba que existieran y que agradece que hayan sido inventados.

Robert Bringhurst, La belleza de las armas; Kriller71 Ediciones, Barcelona, 2013.
No conocía la poesía del estadounidense Bringhurst (Los Ángeles, 1946), y debo decir que ha sido una grata sorpresa. Como sus paisanos Eliot Weinberger o Susan Sontag, Bringhurst es una persona preocupada por las más diversas culturas y los más distintos saberes; pero el poeta añade una encomiable voluntad de aprender lenguas, tanto las más habladas (inglés, chino, español, árabe), como lenguas muertas y otras insospechadas (navajo, cree, la lengua de Haida Gwaii), cuya cultura oral intenta preservar y, a su manera, reconstruir en ocasiones mediante la palabra poética. Su perspectiva antropológica y su inaciable inquietud convierten esta antología, seleccionada por él mismo, notablemente traducida por Aníbal Cristobo y Marta del Pozo y bien prologada por Nacho Fernández R., en una suerte de excavación arqueológica (de “arqueología del sentido” habla Fernández en su texto), que investiga en la profundidad del conocimiento humano a la vez que deja visibles las capas estratigráficas sobre las que se asienta la escritura. Las trazas indias y griegas, mexicas o mesopotámicas, nutren un discurso que –quizá por su riguroso asiento secular– logra el milagro de sonar muy contemporáneo. Como si Bringhurst hubiera conseguido encontrar una especie de denominador humano común (digámoslo así para no ponernos muy junguianos; La belleza de las armas invita a esa lectura, aunque el autor prefiere a Frazier y su La rama dorada, como puede verse en la página 204), una philosophia perennis que no pierde actualidad porque afecta a algún tipo de esencia o de sustancia (táchese lo que no proceda según ascendencias). Recomendable esta voz, que busca allí donde nadie supone que hay algo: “oscuridad bajo el alba, / oscuridad en el hueco de la mano; // dentro de la espina dorsal la oscuridad, la oscuridad / que hierve en las glándulas; // la arrugada lámina de oscuridad que se / aloja en cada fisura del cerebro; // la membrana / de la oscuridad que siempre se halla / interpuesta / entre dos superficies al cerrarse” (p. 101).

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[Relación del crítico con las editoriales: Abada, ninguna; Kriller71, ninguna; Pre-Textos es mi editorial de poesía; Adriana Hidalgo, ninguna; Chiado, ninguna. Relación con los autores: Ninguna con Bringhurst, amistad con Juan Bonilla; simple correspondencia sobre sus libros con Llera, Dobry y López]

viernes, 7 de agosto de 2009

Subrayar


[Página tachada, de Fernando Millán]
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Recuerdo una época anterior, cuando yo tenía novias o amantes —esto es, una época antediluviana; debió suceder por la Modernidad, más o menos—, una de ellas me prestó un libro que –según me contaba– le había impactado. Hasta que no leí ese libro no comprendí la importancia de los subrayados que yo hacía en mis propios libros, hasta entonces un simple gesto mecánico. Leyendo las líneas remarcadas por ella, en tinta negra y en una novela de ciencia ficción no demasiado buena, comprendí de golpe que los subrayados lo dicen todo de nosotros, desvelan nuestras obcecaciones latentes y nuestras inercias intelectuales o psicológicas más ocultas. Tuve la tentación de poner en un folio aparte todos los subrayados que mi amante había hecho en la novela, sabedor de que esos extractos podían constituir un relato exento, en este caso un cuento de terror, con su padre como protagonista. Con posterioridad, descubrí durante una conversación con ella que, en efecto, su relación de odio/terror con sus progenitores en general y su padre en particular había estructurado, en cierto modo, su manera de enfocar la vida y su imposibilidad para mantener cualquier relación afectiva estable, algo que, por suerte, encajaba muy bien con la alergia que por entonces yo desarrollaba hacia la estabilidad (de cualquier tipo). De esto debe hacer mucho tiempo; por entonces, yo era todavía uno.

En todo caso, mi descubrimiento fue posterior a que Salvador Elizondo escribiese un falso relato, en realidad es una excelente digresión ensayística, titulado “En defensa de lo desprestigiado”. Merece la pena transcribir el largo primer párrafo, porque abunda en la importancia de los subrayados en los libros: “Cuál no sería mi sorpresa al compulsar los subrayados de dos ejemplares idénticos de An Outcast of the Islands, leídos con veinticinco años de diferencia, y comprobar que a todo lo largo de sus 368 páginas no hubo un solo caso en que coincidieran. Además, la naturaleza de los subrayados era totalmente diferente en cada ejemplar. En mi primera lectura, hecha todavía sin malicia de escritor, señalaba los pasajes que se referían a la profundidad de las pasiones, a la vehemencia de los sentimientos, a las formas de vida y los parajes exóticos que el autor describe con gran maestría. [...] Pasados cinco lustros desde entonces, los subrayados de mi relectura señalan únicamente los procedimientos técnicos, las argucias y las convenciones literarias con las que el autor desarrolla la trama del argumento y mueve a los personajes en un medio palafítico inusitado [...] la misma ley que rige la diferencia entre los subrayados compensa las actitudes o las disposiciones de ánimo con que nos aproximamos a una obra literaria en diversas épocas de la vida”[1]. Elizondo lo puede decir más alto, pero no más claro: quienes releen los libros son otros, en 25 años el lector cambia drásticamente y el resultado, a modo de líneas de sismógrafo mental, son esas líneas quebradizas extendidas en el margen de la página. Esas marcas irregulares, trazadas sosteniendo el libro en posición vertical, sin equilibrio, son un inquietante test de Rorschach que trasluce todo lo que éramos en el momento de la lectura.

Por eso los subrayados son terroríficamente delatores, por eso deberíamos cuidarnos más de eliminar los libros que leímos (o los subrayados que dejamos en ellos) que los libros tempranos y torpes que escribimos; los libros ajenos subrayados por nosotros son más letales para nuestra intimidad que nuestros escritos íntimos, que los borradores, que las cartas de amor. Los subrayados son el verdadero autorretrato, puesto que suponen una escritura sin el vértigo de la autoría, una emanación libidinal en estado puro, una confesión por escrito sin revisión ni repaso corrector; nos acechan como una marca psicológica dejada inconscientemente sobre los libros de los demás, una proyección lineal y alineada de nuestras fantasías de perfección, nuestras pulsiones atávicas, nuestras obsesiones privadas, nuestras ironías. Somos nuestros subrayados. Y en los críticos literarios el mal del párrafo marcado es todavía peor, porque es un tic profesional y delata una tacha ética imborrable. George Steiner, en Pasión intacta, escribe que “el intelectual es, sencillamente, un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano”. Ese gesto revela, en sí mismo, nuestra escasa catadura moral: mírennos ahí, sentados, empuñando algo afilado con lo que hendir el talento ajeno, apuñalando líneas al borde del troquelado, esbozando patéticamente un perecedero canon –ralo, escaso, avaro– de lo que creemos que vale en la obra de los demás: ese gesto altanero y repugnante ya lo dice todo de nuestra propia miseria.


[1] S. Elizondo, Camera lucida; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2001, p. 119.





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Addenda de 2017: http://revistapenultima.com/continuacion-de-subrayados-diversos-de-vicente-luis-mora-sobre-continuidad-de-ideas-diversas-de-cesar-aira/

Y también este microcuento de José Óscar López, Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena: Balduque, 2017, pág. 81:



Addendas de 2019:


1: “Has subrayado algunos versos que yo también subrayé”[1], dice para indicar afinidades electivas un personaje de Belén Gopegui. Luis Rodríguez: “[...] a mí siempre me han llamado la atención los libros subrayados por otros; busco con ansia lo subrayado. Luego pienso que es impúdico”[2].



2: Leo Trance (2018), de Alan Pauls, y en la entrada titulada “Subrayar”, subrayo: “Eslabón de enlace entre la lectura callada (gratuita, puramente amateur) y la lectura escrita (especializada, profesional), el subrayado, como le gusta llamar, genéricamente, al simple goce de dejar un rastro en la nieve de lo que lee, es quizás el único documento autobiográfico que no se atrevería a contradecir, que reconocería y aceptaría aun cuando lo comprometiera o lo humillara, tan fiel, preciso y no manipulable como para la vida de un árbol el dibujo de los anillos internos de su tronco” (Alan Pauls, Trance; Ampersand, Buenos Aires, 2018, p. 109).






[1] Belén Gopegui, El comité de la noche; Random House, Barcelona, 2014, p. 113.
[2] Luis Rodríguez, El retablo de no; Tropo, Barcelona, 2017, pp. 46-47.